lunes, 17 de abril de 2017

"Carmen".- Prosper Mérimée (1803-1870)


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III

«He nacido -dijo- en Elizondo, en el valle de Batzán. Me llamo don José Lizarrabengoa y usted conoce lo bastante España, caballero, para que mi nombre le diga al instante que soy vasco y cristiano viejo. Si me pongo el don, es porque tengo derecho a ello, y si estuviera en Elizondo le enseñaría un pergamino con mi genealogía. Quisieron que fuera sacerdote, y me pusieron a estudiar, pero yo apenas sacaba provecho. Me gustaba demasiado el juego de la pelota y es lo que me ha perdido. Cuando jugamos a la pelota, nosotros los navarros, nos olvidamos de todo. Un día que había ganado yo, un muchacho de Álava se metió conmigo; cogimos las makilas y le vencí también; pero esto me obligó a marcharme del país. Encontré a unos dragones y me alisté en el regimiento de Almansa, en caballería. La gente de nuestras montañas aprende pronto el oficio militar. Ascendí enseguida a cabo y me habían prometido hacerme sargento cuando, para desdicha mía, me pusieron de guardia en la fábrica de tabacos de Sevilla. Si ha ido usted a Sevilla habrá visto ese gran edificio, extramuros, cerca del Guadalquivir. Me parece estar viendo todavía la puerta y, al lado, el cuerpo de guardia. Los españoles, cuando están de servicio, juegan a las cartas o duermen; yo, como buen navarro, trataba constantemente de estar ocupado. Me encontraba haciendo una cadena con alambre de latón, para sujetar la baqueta. De repente, los camaradas dicen:
 -La campana está tocando; las chicas van a entrar al trabajo.
 Sabrá, señor, que hay de cuatrocientas a quinientas mujeres empleadas en la fábrica. Son las que lían los cigarros en una gran sala, donde los hombres no entran sin un permiso del Veinticuatro, porque cuando hace calor, se aligeran de ropa, sobre todo las jóvenes. A la hora en que las obreras vuelven después de comer, muchos jóvenes van a verlas pasar y se las dicen de todos los colores. Pocas de ellas rehúsan una mantilla de glasé y los aficionados a esa pesca no tienen más que agacharse para coger el pez. Mientras los otros miraban, yo permanecía en mi banco, cerca de la puerta. Era joven entonces; siempre estaba pensando en mi tierra y no creía que hubiera chicas guapas sin faldas azules y sin trenzas cayéndoles por los hombros. Además, las andaluzas me daban miedo; no estaba aún acostumbrado a su manera de comportarse; siempre de broma, jamás una palabra en serio. Así pues, tenía yo la nariz en la cadena, cuando oigo a unos ciudadanos que decían:
 -¡Mira la gitanilla!
 Levanté los ojos y la vi. Era un viernes, nunca lo olvidaré. Vi a esa Carmen que usted conoce, en cuya casa le encontré hace algunos meses.
 Llevaba una falda roja muy corta que dejaba ver unas medias de seda blancas con más de un agujero, y bonitos zapatos de tafilete rojo, anudados con cinta color de fuego. Apartaba la mantilla para descubrir los hombros y un gran ramo de casia que sobresalía de la camisa. Tenía también una flor de casia en la comisura de la boca y avanzaba balanceándose sobre las caderas como una potranca de la remonta de Córdoba. Una mujer con ese traje en mi país habría hecho persignarse a la gente. En Sevilla, todos echaban algún piropo atrevido a su figura; respondía a cada uno mirando dulcemente con el rabillo del ojo, con el puño en la cadera, descarada como una auténtica gitana que era. Al principio no me agradó y reanudé mi trabajo; pero ella, como suelen hacer las mujeres y los gatos, que no vienen cuando se les llama y vienen cuando no se les llama, se paró ante mí y me dirigió la palabra:
 -Compadre -me dijo, a la manera andaluza-, ¿quieres darme la cadena para poner la llave de mi caja de caudales?
 -¡Es para colgar la aguja del fusil! -respondí.
 -¡La aguja! -exclamó riendo-. ¡Ah! El señor hace encaje, porque necesita agujas y alfileres.
 Todos los que allí estaban se echaron a reír y noté que me ponía colorado y era incapaz de responder.
 -¡Vamos, corazón mío -continuó ella-, hazme siete varas de encaje negro para una mantilla, alfilerero de mi alma!
 Y cogiendo la flor de casia que tenía en la boca, me la lanzó, con un movimiento del pulgar, exactamente entre los dos ojos. Caballero, me hizo el efecto de una bala que me alcanzaba... No sabía dónde meterme, me quedé inmóvil como un pasmarote. Cuando hubo entrado en la fábrica, vi que la flor de casia se había caído al suelo entre mis pies; no sé lo que me pasó, pero la cogí sin que mis camaradas se dieran cuenta y la guardé cuidadosamente en la guerrera. ¡Primera tontería!
 Dos o tres horas después, aún estaba pensando en ello, cuando llega jadeando al cuerpo de guardia un portero con la cara demudada. Nos dice que en la gran sala de cigarros habían asesinado a una mujer y que era preciso enviar la guardia. El sargento me ordena que tome dos hombres y vaya a ver. Tomo a mis hombres y subo. Figúrese usted, señor, que dentro de la sala encuentro en primer lugar trescientas mujeres en camisa, o poco menos, todas gritando, dando alaridos, gesticulando, haciendo un estruendo que no dejaría oír a Dios tronar. A un lado había una, patas arriba, cubierta de sangre, con una X en la cara que acababan de hacerle de dos navajazos. Frente a la malherida, socorrida por las mejores del grupo, veo a Carmen sujeta por cinco o seis comadres. La mujer herida gritaba:
 -¡Confesión! ¡Confesión! ¡Me muero!
 Carmen no decía nada, apretaba los dientes y movía los ojos como un camaleón.
 -¿Qué ocurre? -pregunté.
 Me las vi y me las deseé para saber lo que había pasado, porque todas las obreras me hablaban a la vez. Parece ser que la mujer herida se había jactado de tener dinero bastante en el bolsillo para comprar un burro en la feria de Triana.
 -¡Atiza! -dijo Carmen, que tenía la lengua expedita-. ¿No te basta con una escoba?
 La otra, herida por la afrenta, quizá porque se sentía sospechosa con ese objeto, responde que no entendía de escobas, por no tener el honor de ser gitana ni ahijada de Satanás, pero que la señorita Carmencita conocería muy pronto su burro, cuando el señor corregidor la llevara a pasear con dos lacayos por detrás para espantarla las moscas.
 -Pues yo te voy a hacer bebederos de moscas en la mejilla -dijo Carmen-, y quiero pintarte en ella un jabeque -después de esto, ¡zas! ¡zas! Con la navaja  de cortar la punta de los cigarros comienza a dibujarle en la cara cruces de San Andrés.
 El caso estaba claro; cogí a Carmen por un brazo:
 -Hermana -le dije cortésmente-, tienes que seguirme.»

 

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