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lunes, 6 de julio de 2020

La guerra de Yugurta.- Cayo Crispo Salustio (86 a.C. - 35 a.C.)

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  «5.-Voy a escribir la guerra que el Pueblo Romano tuvo con Yugurta, rey de los Númidas, primero porque fue grande y encarnizada y de victoria indecisa, después porque entonces el pueblo fue contra la soberbia de los nobles; esta contienda confundió las cosas divinas y humanas y llegó a tal punto de la locura que la guerra y la devastación de Italia puso fin a las discordias civiles. Pero antes de comenzar el relato me referiré a un poco más arriba a fin de que todas las cosas sean conocidas mejor y más claramente.
 En la segunda guerra púnica en la cual Aníbal, capitán de los cartagineses, después que el nombre romano se hubo hecho glorioso, disminuyó bastante la potencia de Italia; Masinisa, rey de los Númidas, acogido en amistad por aquel Publio Escipión, que después por su valor ganó el sobrenombre de Africano, emprendió muchas y muy esclarecidas empresas militares; por las cuales, vencidos los cartagineses y apresado Sifax, cuyo imperio en África fue poderoso y vasto, el Pueblo Romano dio al rey cuantas ciudades y tierras había conquistado con las armas en la mano. Así, pues, la amistad de Masinisa nos era constantemente honrosa y útil; y no se acabó sino con el imperio y con su vida. Después su hijo Micipsa obtuvo él solo el reino cuando una enfermedad arrebató a sus hermanos Manastabal y Gulusa. Micipsa tuvo dos hijos, Aderbal y Hiempsal y tuvo en su casa, tratándole como a ellos, a Yugurta, hijo de su hermano Manastabal, al cual Masinisa -porque nació de una concubina- había privado de su herencia.
 6.-Luego que éste llegó a la mocedad, gallardo de fuerzas, hermoso de aspecto pero bastante más vigoroso de ingenio, no se dejó corromper por la molicie y el ocio; pero, como es costumbre de aquellas gentes, cabalgaba, tiraba el arco, en la carrera competía con sus coetáneos y, aunque superaba a todos en reputación, era, sin embargo, estimado de todos: además de esto se pasaba la mayor parte del tiempo en la caza y era el primero o de los primeros en herir a los leones o a otras fieras; y obrando mucho, hablaba poquísimo de sí mismo. De estas cosas Micipsa, aunque al principio se alegraba considerando que el valor de Yugurta redundaría en gloria para su reino, sin embargo, después que comprendió que el mozo en la flor de la edad se iba ganando más y más crédito mientras él era ya maduro y pequeños sus hijos, vivamente turbado por este hecho, revolvía muchos pensamientos en su interior. Le aterraba la naturaleza humana, ávida de mando, proclive a satisfacer las pasiones del ánimo y, sobre todo, la favorable ocasión de su edad y de sus hijos, la cual, con la esperanza de buen éxito, hace extraviar aun a los hombres menos emprendedores; añádase a esto el amor por Yugurta que encendía el pecho de los Númidas, por los cuales si hubiesen quitado de en medio a un varón tal, temía Micipsa que se levantasen sediciones o guerras.
 7.-Angustiado con estas dificultades, después que ve que ni con la violencia podía quitarse de en medio a tan bien quisto del pueblo y, por otra parte, siendo Yugurta valiente y deseoso de gloria militar, determinó exponerlo a los peligros y tentar por este camino fortuna. Por ello, teniendo Micipsa que enviar al Pueblo Romano socorros de caballería y de infantería para la guerra de Numancia, le puso al mando de los Númidas que envió a España con la esperanza de que, o bien al hacer alarde de su valor o por el furor de los enemigos, seguramente perecería. Pero la realidad le salió muy de otra manera a como él había calculado. Porque Yugurta, pronto y agudo de ingenio como era, así que conoció el carácter de Publio Escipión, que entonces era el general de los Romanos, y las costumbres de los enemigos, a costa de gran trabajo y cuidados, y además de esto y obedeciendo a todos con suma modestia y en muchas ocasiones saliendo al encuentro de los peligros, llegó en breve a hacerse tan ilustre que era sumamente querido de los nuestros y muy temido de los Numantinos. Y a la verdad era valeroso en la batalla y maduro en las deliberaciones, lo que es difícil en sumo grado; de estas dos cosas una, la mayor de las veces, suele hacer, por prudencia, temerosos, y la otra, por audacia, temerarios. En consecuencia, el general trataba casi todas las cosas difíciles por medio de Yugurta; le contaba entre sus amigos y más cada día le mostraba su amistad viendo que ni consejo ni empresa suya le salía vana. Agregábase a esto la libertad del ánimo y la destreza del ingenio, por el cual tenía a muchos romanos encadenados con íntima amistad.
 8.-Había en aquel tiempo en nuestro ejército varios individuos entre nuevos y nobles para los cuales las riquezas tenían más importancia que el bien y lo honesto; eran facciosos en Roma y por ello gozaban de prestigio entre los aliados; famosos más que virtuosos. Estos inflamaban el ánimo de Yugurta, prometiéndole que a la muerte de Micipsa sería el único señor en el reino de Numidia, puesto que era grande su valor y en Roma, por otra parte, todo se vendía. Pero, después que, destruida Numancia, Publio Escipión licenció las tropas auxiliares y resolvió volverse a casa, honró espléndidamente a Yugurta con regalos y con alabanzas en presencia del ejército; después le llevó a su tienda y allí le aconsejó en secreto que cultivase la amistad del Pueblo Romano, más bien mediante la pública autoridad que valiéndose de particulares y que no se acostumbrase a hacer regalos a nadie, pues no sin riesgo se compraba a pocos lo que era de muchos; si quería persistir como hasta ahora en sus buenas costumbres, la gloria y el reino le vendrían por sí solos a las manos; pero si se daba excesiva prisa, sus propias riquezas le empujarían al precipicio.
LA GUERRA DE YUGURTA / LA CONJURACIÓN DE CATILINA de Cayo Crispo ... 9.-Después de haberle hablado así, le despidió con una carta dirigida a Micipsa, cuyo contenido era éste: "El valor de tu Yugurta en la guerra de Numancia fue extraordinario; me consta que esta noticia te será muy grata. Yo le estimo por sus méritos y haré cuanto pueda por que también le estime el Senado y el Pueblo Romano. Me congratulo contigo por nuestra amistad; ahí tienes a un hombre digno de ti y de su abuelo Masinisa." El rey, pues, cuando supo por la carta de Escipión que eran ciertas las noticias que le habían dado sobre Yugurta, conmovido por el mérito y la gallardía del mozo, cambió de propósito y se aplicó a ganarse a Yugurta con beneficios; al punto le adoptó y en su testamento le declaró heredero junto a sus hijos. De allí a pocos años, consumido por las enfermedades y por la edad, sintiendo que le llegaba el fin de su vida, dicen que, en presencia de amigos y parientes y de sus hijos Aderbal y Hiempsal, habló a Yugurta de esta manera:
 10.-"Yo te acogí cuando eras pequeño, Yugurta, en mi reino después de la pérdida de tu padre, sin esperanza y sin bienes de fortuna, juzgando que en agradecimiento no me hubieses querido menos que mis propios hijos si te hubiese engendrado; en esto no me engañé. Pues para no mencionar otros grandes y egregios hechos tuyos, últimamente, a la vuelta de Numancia, honraste con la gloria a mí y a mi reino y con tu valor nos hiciste a los romanos de amigos que éramos, amicísimos; renovaste en España el nombre de nuestra familia; por último, venciste a la gloria con tu fama, cosa difícil entre los mortales. Ahora, ya que la naturaleza está poniendo término a mi vida, por esta mi diestra, por la fe que debo al reino, te exhorto y te conjuro a que ames a estos que por sangre te son parientes y por beneficio mío, hermanos; y no desees más agregarte a extraños que conservar a los que te son afines por sangre. No son los ejércitos ni los tesoros los que sostienen el trono, sino los amigos que no se ganan por las armas ni se pueden comprar con oro: se obtienen con buenos oficios y lealtad. ¿Pues quién es más amigo que el hermano para el hermano? ¿O a qué extraño encontrarás fiel si eres enemigo de los tuyos? En verdad que os dejo un reino bien firme si hay paz entre vosotros; pero será débil si no os amáis y avenís; pues con la concordia se acrecientan las pequeñas cosas y con la discordia las más grandes se destruyen. Por lo demás a ti Yugurta, que por edad y sabiduría aventajas a otros, antes que a éstos te conviene prevenir que no suceda de otro modo: pues en toda contienda el más poderoso, aun cuando reciba una injuria, por el hecho de ser así, aparenta ser el agresor. Y vosotros, Aderbal y Hiempsal, respetad y honrad a un hombre semejante, imitad su valor y poned vuestro empeño en que no parezca que yo he prohijado hijos mejores que los que he engendrado."
 11.-A estas palabras, Yugurta, aunque comprendía que el rey no hablaba con sinceridad, y él mismo fomentaba en su ánimo sentimientos muy distintos, sin embargo, respondió con dulzura, como lo pedían las circunstancias. Pocos días después murió Micipsa. Y una vez que le hicieron magníficas exequias, según costumbre real, los príncipes se reunieron para deliberar entre sí de todos sus asuntos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1985, en traducción de José Torrens Béjar. ISBN: 84-7291-907-2.]

sábado, 16 de mayo de 2020

La máquina de leer los pensamientos.- André Maurois (1885-1967)


André Maurois - ¡¡Ábrete libro!! - Foro sobre libros y autores
Capítulo XIII: Dos episodios


 «Ya les he hablado de la increíble importancia que se da en Westmouth, lo mismo que en la mayoría de las Universidades americanas, a la temporada de fútbol. Los alumnos escogidos para formar parte en el equipo abandonaban los estudios durante el entrenamiento. «Trabajaban» entonces en un estadio cercado de altos muros y cuya entrada, se guardaba con severidad, pues el deporte había, desde hacía unos años, adoptado en los Estados Unidos un aire de guerra civil. El espionaje medraba, y ciertos colegios incluso mantenían un verdadero servicio secreto encargado de espiar las maniobras y formaciones del adversario. Mientras escribo, estas prácticas han sido condenadas por las principales Universidades, prometiendo abstenerse de emplearlas; pero en la época de mi estancia en Westmouth, el recelo era grande y la prudencia justificada.
 La eficacia de semejante espionaje debe sorprender a los que, como la mayoría de los franceses, no conocen más que dos tipos del fútbol: el fútbol asociación y el rugby, admitiendo los dos infinita variedad de combinaciones y exigiendo que se improvisen las mejores concepciones tácticas. Pero el fútbol americano es un juego más mecánico. Adelantar con la pelota es tan difícil que, para engañar y franquear la defensa, el equipo asaltante debe preparar sus ofensivas pulgada a pulgada, tal como llegaron a hacerlo, en 1917, las infanterías europeas. Una larga serie de movimientos (llamados “plays” o “juegos”) son estudiados, aprendidos de memoria, ensayados, y alguno de entre ellos lleva además un número. Si el capitán anuncia “23”, en seguida cada jugador sabe el lugar que debe ocupar en la formación y si su papel será atacar, pasar, despejar de un puntapié o, por el contrario, bloquear a adversario. Siendo ésta la naturaleza del juego, es fácil imaginar lo útil que puede ser para un equipo el conocimiento de las formaciones “ensayadas” por sus rivales.
 En el transcurso del mismo partido es necesario vigilar que el equipo adversario no pueda adivinar que tal señal corresponde a tal serie de movimientos. Por lo tanto, se han inventado mil combinaciones para guardar el secreto. Tan pronto el capitán y sus hombres se reúnen en un pequeño círculo apretado, el plan del próximo ataque se indica en voz baja; luego se grita el número en voz alta, pero perdido entre otros muchos. Por ejemplo; se llega a un acuerdo entre el capitán y sus hombres para que, de tres grupos de cifras, sea únicamente el segundo el que importe. Entonces “43, 37, 25” significa para los indicados: “juego 37”. O bien, el grupo de dos cifras que sigue a un 9 es el que tiene valor. Así, “21, 37, 39, 30” quiere decir, que el juego sea el 30. Además, para el caso de que estas combinaciones, pese a su complicación, sean descubiertas, el coach (o entrenador), enseña a sus hombres el arte de transformarlas durante el transcurso del partido, como hacen los Estados Mayores mediante códigos misteriosos que, en tiempo de guerra, sirven para cifrar los despachos.
 Pido perdón por esta digresión; era necesaria para que el lector pudiera, comprender el primero de los episodios a los que me refiero y que revelaron el psicógrafo al público americano. Les explicaré brevemente porque es fácil encontrar una descripción detallada en los periódicos de la época. Por lo que a nosotros se refiere, es suficiente saber: 1.º Que el joven Darnley, fanático del fútbol, además de asistente de Hickey, era asistente del coach de Westmouth, el famoso Lovejoy; 2.º Que el partido Westmouth-Ejército era todos los años el acontecimiento central de la temporada de fútbol; 3.º Que aquel año el equipo del Ejército (el de los cadetes de West-Point) era infinitamente superior que el nuestro; 4.° Que las jugarretas más sabias de West-Point fracasaron, no obstante, milagrosamente; 5.° Que pese a nuestra inferioridad evidente, Westmouth, con gran sorpresa de todos los expertos, gano el partido por 27 puntos contra 15; 6.º Que nuestro coach, después del partido, dejó escapar delante de Hickey unas frases imprudentes, o más exactamente, inconscientes; 7.º Que Hickey llevó a cabo una rápida investigación que demostró que la víspera Darnley había instalado un psicógrafo en el cuarto ocupado por el capitán del equipo de West-Point, en el hotel de Westmouth; 8.º Que estos hechos fueron inmediatamente puestos en conocimiento del presidente Spencer y que este, hombre honrado, pidió inmediatamente que se jugara otra vez; 9.º Que está aventura ocupó durante dos semanas todos los periódicos deportivos de los Estados Unidos; 10.º, y última. Que Hickey, físico solamente conocido en la víspera por algunos especialistas, se hizo de la noche a la mañana tan célebre como un boxeador o como un bandido.
LA MAQUINA DE LEER LOS PENSAMIENTOS de ANDRE MAUROIS: PLAZA Y ... Entonces vimos, Susana y yo, cómo nuestra avenida, antes tan tranquila, se llenaba de reporteros. Los mejores periodistas de Nueva York fueron encargados de «tratar», como se dice allá, el asunto Hickey. Mi vecino se había transformado en “noticia de primera página”, y cuando las Agencias descubrieron que también yo había estado mezclado a la invención del psicógrafo, empecé a recibir telegramas pidiéndome artículos sobre la “máquina para leer el pensamiento”. Naturalmente me abstuve de hacerlo por estar firmemente decidido a no comprometer en mi persona la dignidad de la Universidad. Pero algunos de nuestros colegas sintieron menos escrúpulos y lograron, para Westmouth, en la Prensa de los dos Continentes, una publicidad desagradable.
 Fue esta publicidad la que causó el segundo episodio al que me he referido. Quiero hablarles del célebre asunto Ladislas Kogacz. Recordarán la historia de aquel brillante abogado acusada de haber asesinado al marido de la mujer que era su amante. La importancia de la lucha oratoria entre el acusado y el fiscal del distrito había, en algunas semanas, transformado el asunto Kogacz en una causa casi tan célebre como el asunto Dreyfus; después de la condesa, millares de telegramas habían llegado a manos del gobierno del Estado, suplicándole que indultara a un inocente. Por tres veces fue anunciada la ejecución, y por tres veces el gobernador, justamente preocupado, había encontrado pretextos legales para conceder un aplazamiento. En aquel momento, la prensa reveló la existencia del psicógrafo y, naturalmente, las autoridades de la prisión concibieron la idea de pedir a Hickey uno de sus aparatos para instalarlo en la celda de Kogacz.
 Recuerdo la velada durante la cual Hickey y yo discutimos prolijamente, ante nuestras esposas sobre aquel asunto. Hickey vacilaba sobre la respuesta que mandaría a las autoridades de Pensilvania.
  —Me parece —decía— que sería poco deportivo violar así, sin que quepa una defensa, el refugio más secreto del espíritu de un prisionero. Es dar demasiadas facilidades a la acusación.
  —No opino como usted —le contesté—. Si Kogacz es inocente, su aparato ofrecerá la prueba indiscutible de esta inocencia. Si es culpable, peor para él. No me interesa un asesino.
  —Aunque haya matado —decían nuestras esposas—, ¿por qué entregarlo? El que asesina por amor no es peligroso. No os mezcléis en este asunto.
 Hickey terminó por ponerse de mi parte, o por lo menos reconocer que no podía negar a la justicia del país donde vivía el beneficio de un descubrimiento ya del dominio público, y por fin mandó a Darnley a Pensilvania. Aquello fue la condenación definitiva del desgraciado Kogacz, que no solamente era perfectamente culpable del crimen, sino de otros dos, revelados por el psicograma. Después de aquello, Kogacz pasó directamente a la silla eléctrica y Hickey se transformó más que nunca en la providencia de los periodistas. Le molestaban, hablaba de abandonar Westmouth y refugiarse en Inglaterra, pero hubiera sido en vano. El psicógrafo era ya conocido en el mundo entero y su inventor condenado a la gloria.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1985, en traducción de Rosa S. de Naveira. ISBN: ISBN: 978-84-0142-164-8.]

lunes, 9 de septiembre de 2019

El chino.- Henning Mankell (1948-2015)

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Cuarta parte: Los colonizadores (2006)
Corteza de piel de elefante
28

«Yan Ba bebió agua del vaso que tenía junto al micrófono, antes de proseguir. Se acercaba al punto en el que sabía que se suscitaría una dura discusión no sólo entre sus oyentes de aquella mañana, sino también en el seno del Partido Comunista y en el Politburó.
 "Hemos de saber lo que hacemos", declaró Yan Ba, "pero también lo que no hacemos. Lo que ahora proponemos tanto a vosotros como a los africanos, no es una segunda oleada de colonizaciones. No llegaremos como conquistadores, sino como los amigos que somos. No es nuestra intención repetir las humillaciones del colonialismo. Sabemos lo que significa la opresión, puesto que muchos de nuestros antepasados vivieron en circunstancias próximas a la esclavitud en Estados Unidos durante el siglo XIX. Nosotros también sufrimos la barbarie del colonialismo occidental. El hecho de que existan similitudes aparentes no significa que vayamos a exponer al pueblo africano a una segunda invasión colonialista. Lo único que perseguimos es resolver un problema al tiempo que prestamos nuestro apoyo a esas gentes. En las desiertas llanuras, en los fértiles valles que rodean los grandes ríos africanos, trabajaremos la tierra trasladando allí a millones de nuestros campesinos pobres que, sin dudarlo, empezarán a cultivar la tierra que está en barbecho. Con ello no arrojamos de aquí a nadie, tan sólo llenamos un vacío y todos se beneficiarán de ello. Hay países en África, sobre todo en el sur y en el sudeste, que podrían repoblarse con los pobres de nuestro país. De este modo cultivaríamos la tierra africana al tiempo que eliminaríamos la amenaza que se cierne sobre nosotros. Sabemos que habremos de enfrentarnos a la oposición, y no sólo del resto del mundo, que creerá que China ha pasado de apoyar la lucha contra el colonialismo a convertirse en país colonizador. Además hallaremos resistencia en el seno del Partido Comunista. El objetivo de mi discurso es esclarecer en qué consistirá esa resistencia. Serán muchas las voluntades que habrá que quebrantar en las esferas de poder de nuestro país. Los que hoy estáis aquí poseéis la sensatez y la perspicacia suficiente para comprender que gran parte de la amenaza contra nuestra estabilidad puede eliminarse como acabo de explicar. Las nuevas ideas siempre encuentran detractores. Mao y Deng lo supieron mejor que nadie. En ese sentido, ambos eran iguales, jamás tuvieron miedo de lo nuevo, siempre buscaron salidas que, en nombre de la solidaridad, ofreciesen a los pobres de la tierra una vida mejor."
 Yan Ba prosiguió una hora y cuarenta y cinco minutos más explicando en qué consistiría la política china en un futuro próximo. Cuando terminó, estaba tan cansado que le temblaban las piernas, pero recibió un aplauso atronador. Una vez que el silencio volvió a reinar en la sala, y cuando las luces ya estaban encendidas, miró de nuevo el reloj. La ovación duró diecinueve minutos. Había cumplido su misión.
 Dejó el podio por la misma vía por la que había accedido a él y se apresuró a subir al coche que lo aguardaba junto a una de las puertas de salida. Durante el trayecto de vuelta a la universidad intentó imaginarse la discusión que habrían desencadenado sus palabras. ¿O tal vez se marcharían ahora los asistentes, cada uno por su lado, sin comentar nada? ¿Volverían quizás a sus asuntos para reflexionar sobre los grandes acontecimientos que marcarían la política china el año venidero?
 Yan Ba lo ignoraba y sintió cierta nostalgia del escenario que ahora abandonaba. Ya había terminado su tarea. Nadie, en el futuro, mencionaría su nombre cuando los historiadores estudiasen los decisivos sucesos que se producirían en China en el año 2006. La leyenda hablaría quizá de una reunión celebrada en el Emperador Amarillo, pero nadie sabría con exactitud qué pasó. Los participantes de dicha reunión tenían órdenes estrictas de no anotar una sola palabra.
 Cuando Yan Ba llegó a su despacho, cerró la puerta e introdujo el discurso en la destructora de papel que le habían instalado cuando le encomendaron aquella misión secreta. Una vez destruidos los folios, recogió las tiras y las llevó a la sala de calderas del sótano de la universidad. Un conserje le abrió uno de los hornos. Arrojó los restos del discurso y se quedó a ver cómo se reducían a cenizas.
 Eso era todo. El resto del día lo dedicó a trabajar en un artículo sobre lo que supondrían para el futuro las investigaciones sobre el ADN. Salió del despacho poco después de las seis y se marchó a casa. Se estremeció al acercarse a su nuevo coche japonés, que era parte del pago por el discurso pronunciado.
 Aún quedaba mucho invierno. Añoraba la llegada de la primavera.
 Aquella misma noche, Ya Ru miraba por los ventanales de su enorme despacho situado en la última planta del edificio del que era propietario. Meditaba en el discurso que aquella mañana había escuchado sobre el futuro de China. Sin embargo, no pensaba en su contenido. De hecho, él sabía desde hacía tiempo cuáles eran las estrategias que en el seno del Partido cobraban forma como respuesta a los grandes retos por venir. En cambio, sí lo sorprendió el hecho de que su hermana Hong hubiese sido invitada a escuchar dicho discurso. Por más que ocupase un alto cargo como consejera de quienes formaban el núcleo del Partido Comunista, no esperaba encontrarla allí.
 No le gustó. Estaba convencido de que Hong pertenecía a los viejos comunistas, los que protestarían ante lo que, sin duda, verían como una vergonzosa nueva colonización de África. Puesto que él era uno de los más ardientes defensores de la política que estaba fraguándose, no quería verse enfrentado  a su hermana sin necesidad. Aquello generaría nerviosismo y le afectaría en la posición de poder que él ocupaba. Si algo desagradaba a la dirección del Partido y a quienes gobernaban el país era precisamente que se suscitasen conflictos entre altos cargos en puestos de influencia que, además, estuviesen emparentados. Nadie había olvidado la gran oposición que reinó entre Mao y su esposa Jiang Qing.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2008, en traducción de Carmen Montes. ISBN: 978-84-8383-095-6.]

martes, 16 de enero de 2018

Supremas visiones de Oriente.- Pierre Loti (1850-1923)


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Carta abierta al señor ministro de negocios extranjeros
Diciembre de 1920

«La angustiosa incertidumbre sobre la situación de nuestra Francia en Oriente parece tocar, por fin, a su término. Favorable o desastrosa, la decisión del Supremo Consejo de los Aliados no está muy lejos de ser adoptada. Que un latido de buen sentido y de equidad pueda inspirar a los árbitros de nuestro porvenir en aquellas regiones una solución que sea duradera, por moderada y por justa; una solución que asegure la paz en el Islam, salvaguardando un poco aún nuestros seculares intereses, tan amenazados, ¡ay!, por rivales implacables... Creo firmemente en el partido francés verdaderamente patriota; ya casi no hay un diplomático talentoso y sincero cuyos ojos no hayan acabado por abrirse a la necesidad de mantener una Turquía fuerte y amiga, para conservar en Oriente vestigios, al menos, de nuestra preponderancia de antaño, que era casi vital, y -consideración novísima- para formar en Europa una vigilante y sin duda suficiente barrera de vanguardia contra el desbordamiento del salvajismo ruso.
 No quiero repetir eternamente las mismas verdades que tantas veces me he visto obligado a proclamar, a pesar del prejuicio de denegación de ciertos periódicos; pero estas verdades, a las cuales se han rendido ahora la mayor parte de los hombres de buena fe, creo que es un deber repetirlas aún, en pocas palabras, ya que nos encontramos en el momento supremo.
 Acerca de las "matanzas de Armenia", creo haber dicho con sobrados testimonios y pruebas en mi apoyo casi todo cuanto había que decir: la reciprocidad en el matar, la loca exageración en las quejas de esos armenios que desde hace siglos explotan tan vilmente a sus vecinos los turcos y que, incansables calumniadores, no cesan de hacer valer su título de cristianos para azuzar contra Turquía el fanatismo occidental.
 En cuanto a los griegos, me parece que no es menester ya revisar su proceso. Gracias a Dios, su causa está juzgada. Ha sido para ellos un castigo del cielo que la guerra nos haya permitido conocerlos de sobra. Los testimonios de nuestros miles de soldados sobre sus engaños y su odio hacia Francia, los relatos de nuestros jefes sobre el horror de si invasión en Anatolia son abrumadores y decisivos. Por otra parte, aquí están los términos del dictamen oficial de la Comisión de Investigaciones de los Aliados, acerca del comportamiento de los griegos en Pérgamo y en Menemén: "El enervamiento, la fatiga y el miedo les han hecho cometer, sin provocación, una verdadera carnicería de hombres civiles turcos, indefensos. Los oficiales griegos, presentes, han faltado completamente a su deber." Es cosa de preguntarse cómo franceses de buena fe pueden estar cegados aún por el prestigio de la antigua Grecia, hasta el punto de apoyarlos.
 Mis pobres amigos turcos, por el contrario, ¡cómo han ganado al ser conocidos un poco más de cerca! Todos los que de nosotros se han acercado a ellos, aun como enemigos, han sentido desvanecerse sus prejuicios, que han caído a tierra como castillos de naipes. En todos nuestros ejércitos de Oriente, se cantan con ardiente simpatía sus alabanzas y su particularísimo afecto hacia nosotros.
 [...] Quiero terminar estas lamentaciones con un juramento solemne a mis amigos, conocidos y desconocidos, pues aunque ahora soy injuriado, calumniado y aborrecido, sé, por el contrario, que tengo amigos, amigos a miles, con los que marcho acompañado por la vida. Desde todos los rincones del mundo siento llegar a mí su simpatía ardiente y pura. Todos los correos me traen pruebas de ello, a menudo exquisitas, y siempre emocionantes. Por regla general, me falta tiempo para contestarlas; pero bien saben estos hermanos lejanos que su pensamiento llega casi diariamente a mi corazón. Pues bien, quiero, desde aquí, conjurarlos a todos a creerme. Quiero gritar a todos: sí, creedme, fiaos de mi lealtad, hasta me atrevo a decir que de mi clarividencia. Si desde tantos años como hace que me he impuesto el deber de defender hasta la muerte al pueblo turco -levantando con ello en mi camino un clamor de insultos y de amenazas, asalariados o sencillamente imbéciles- es porque sé muy bien lo que digo. Por otra parte, tengo conciencia de la responsabilidad que esto acarrea y la acepto, inclinando así a la opinión hacia los pobres calumniados de Estambul, pues la opinión es incontestable. Por mi parte, he contribuido a esclarecerla y éste es quizá el único acto de mi vida que me honra, en vísperas ya del momento en que mi modesto papel terrestre llega a su fin. Sí, sé lo que digo. He vivido largo tiempo en Oriente y allí me he mezclado con todas las clases sociales y he adquirido la más íntima certidumbre de que sólo los turcos, en esta amalgama de razas irreconciliables, tienen honradez arraigada, delicadeza, tolerancia, valentía no exenta de piedad y que sólo ellos nos aman con un afecto hereditario, que permanece firme a pesar de todo nuestra tibieza, a pesar de las sublevantes injurias de algunos de nosotros.
 Antes de afirmar esto y con esta energía a mis amigos, he tenido que interrogarme profundamente: ¿no estaré deslumbrado por ciertos espejismos, por el hechizo, por el color, por los radiantes recuerdos de mi juventud? Pues bien, ¡no! Mi adhesión y mi aprecio a los turcos reconocen causas mucho menos personales. Tengo la convicción de que sería no solamente inicuo sino funesto aniquilar a este pueblo leal, contemplativo y religioso que sirve de contrapeso a nuestros desequilibrios, a nuestro cinismo, a nuestras fiebres. Y además, hace quinientos años que allí está en su casa, lo que constituye un título de propiedad, y bajo todos sus cipreses, altos como torres, el suelo de sus adorables cementerios está infiltrado de la sustancia de sus muertos. [...]
 Es cierto que sería un atentado irreparable contra la belleza del mundo desterrar a los turcos de su Constantinopla, tan impregnada de su genio oriental, y cuyo encanto se llevarán con ellos. Pero, para nosotros los franceses ya había motivos más graves para no suscribir su expulsión -admitiendo que esto fuese posible incluso derramando torrentes de sangre que enrojecieran el Mármara-, y es que los últimos destellos de nuestra influencia, antes soberana, desaparecerían de allí, al mismo tiempo. [...] Hoy, ante la amenaza de una sublevación general del Islam, que se desencadenaría al mismo tiempo que se extiende el bolcheviquismo hacia el Oeste como una gangrena, ¿qué se haría?...»

 [El extracto pertenece a la edición en español de José J. de Olañeta, en traducción de Vicente Díez de Tejada. ISBN: 84-7651-954-0.]