domingo, 8 de enero de 2017

"Cartas a Theo".- Vincent van Gogh (1853-1890)


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 Arles (febrero de 1888 - mayo de 1889)

«Soy más viejo que tú y mi ambición consiste en dejar de ser una carga para ti. Si no llueven ranas mientras tanto, espero poder lograrlo algún día.
 De cualquier modo, una tela que yo cubra de pintura, ya vale más que una tela en blanco. Eso (mis pretensiones no van más lejos, créeme) constituye mi derecho a pintar, mi razón de pintar. ¡Pues claro que lo tengo!
 A mí, vivir como debería y querría, es decir, como un filántropo, sólo me ha costado arruinarme los huesos y trastornarme el cerebro.
 A ti te habrá costado, en concepto de anticipo, pongamos unos quince mil francos, que me has adelantado.
 Ahora bien... no hay que burlarse de nosotros...
 Si él, Gauguin, dice: "estoy en la cumbre de mis poderes y mi talento", ¿no podría yo decir lo mismo?
 Pero claro, nosotros no estamos en la cumbre de nuestras finanzas. Debemos hacer por consiguiente lo que sea más barato.
 Muchos cuadros, pocos gastos: ésa es la línea a seguir. Así pues, te digo una vez más que abandono toda preferencia por el Norte o por el Sur.
 En cualquier proyecto que uno haga, hay raíces ocultas de dificultades. Como con Gauguin, sería tan sencillo. Pero, después de trasladarse, ¿seguirá estando contento?
 Puesto que no se pueden hacer proyectos, no me preocupa lo precario de la situación. Saber y sentir eso nos debe levantar el ánimo e impulsarnos al trabajo. Si procediendo así, la pifiamos, lo cual dudo, alguna cosa quedará. Pero confieso no poder prever nada cuando a hombres como Gauguin uno los ve acorralados. Esperemos que haya una salida para él y para nosotros.
 Si pensara, si reflexionara en la posibilidad de un desastre, sería incapaz de nada. Me lanzo de cabeza en mi trabajo y resurjo con mis estudios. Si en el interior la tempestad retumba demasiado fuerte, me bebo un vaso de más para aturdirme.
 Esto es estar trastornado, frente a lo que uno debería ser.
 Si antiguamente me sentía menos pintor, ahora la pintura es para mí una distracción, como la caza de conejos para los chiflados, que la ejercitan para distraerse.
 La atención se vuelve más intensa; la mano, más segura.
 Por eso me atrevo a asegurarte que mi pintura será cada vez mejor. Porque es lo único que tengo.
 ¿Has leído en los Goncourt que Jules Dupré también les hacía el efecto de un chiflado?
 Jules Dupré había encontrado un benefactor, un amateur que le pagaba. ¡Si yo pudiera encontrar eso, y no ser tanta carga para ti!
 Después de la crisis experimentada al venir aquí, no me atrevo a hacer proyectos ni nada. Me encuentro ahora mejor de salud, pero la esperanza, el deseo de triunfar está quebrantado, y trabajo porque necesito hacerlo; para no sufrir tanto moralmente, para distraerme.

29 de julio de 1888

 Hablando de esa sensación de vacío que a veces sientes, a mí me pasa exactamente lo mismo.
 Consideremos, si quieres, el tiempo en que vivimos como un renacimiento verdadero y grande del arte. La apolillada tradición oficial está todavía en pie, pero en el fondo es impotente y perezosa. Y los nuevos pintores, aislados, pobres, tachados de locos, y, como secuela de este tratamiento, su real disminución en cuanto se refiere a su vida social.
 Entonces, debes saber que tú te has impuesto una tarea semejante a la de los pintores primitivos ya que les suministras dinero y vendes sus telas, lo que les permite producir otras. Si un pintor se arruina el carácter trabajando sin descanso en la pintura, que lo incapacita para un montón de cosas, la vida de familia, etcétera; si, en consecuencia, él pinta no sólo con el color, sino con la abnegación y el renunciamiento de sí mismo y el corazón destrozado, su trabajo tampoco está pagado, sino que te cuesta exactamente lo que al pintor esta pérdida de la personalidad, mitad voluntario, mitad fortuito.
 Quiero decirte con esto que si tú haces pintura indirectamente, eres más productivo que yo, por ejemplo. A medida que te vuelves fatalmente más comerciante, te vuelves más artista.
 Lo mismo espero ser yo, en idéntico caso. Cuanto más disipado, enfermo, cántaro roto me siento, más artista me siento también, en este gran renacimiento del arte del cual hablamos.
 Así son las cosas en verdad; pero el arte existe eternamente, y este renacimiento, este retoño verde surgido de las raíces del viejo tronco cortado, son cosas tan espirituales que nos queda una cierta melancolía pensando que, con menos gastos, se hubiera podido trabajar para la vida, en lugar de hacerlo para el arte.
 Tú, que quizás amas el arte más que yo, deberías hacerme sentir, si puedes, que el arte sigue vivo.
 Pienso que esto no pertenece al arte, sino a mí, y que la única manera de recobrar el alomo y la serenidad sería trabajar mejor.
 Volviendo a la conclusión de mi última carta, me estoy haciendo viejo; creer que el arte sea una antigualla no son más que desvaríos. Ahora, si sabes lo que es una "musmé" (lo sabrás cuando hayas leído Madame Chrysanthème, de Loti), acabo de pintar una.
 Me ha costado casi una semana; no estando todavía muy bien de salud, no he podido hacer ninguna otra cosa. De haberme encontrado bien, hubiera manchado a ratos perdidos algunos paisajes, pero debía reservar mi potencia cerebral para llevar a buen fin mi musmé. Una musmé es una muchacha japonesa (provenzal, en este caso) entre doce y catorce años. Éstas son las dos figuras que tengo: el zuavo y ella.
 He recibido de Bernard diez apuntes como los de su burdel; tres al estilo de Redon, hacia quien siente un gran entusiasmo, por mí compartido apenas. Pero hay una mujer lavándose, muy rembrandtesca, vista a lo Goya, y un paisaje con figuras, muy curioso. Me ha prohibido expresamente que te los envíe, pero los recibirás por el mismo correo.
 No ya mis cuadros, sino yo mismo, sobre todo últimamente, me he vuelto huraño como aproximadamente Hughes van der Goes, en el cuadro de Emile Wauters.
 Sólo que, habiéndome hecho afeitar cuidadosamente toda la barba, creo tener, en dicho cuadro tanto del calmoso abad como del pintor loco, representado con tanta inteligencia.
 Y no estoy descontento de estar un poco entre los dos, porque es preciso vivir; sobre todo porque, para no andarse con rodeos, cualquier día puede sobrevenir una crisis.»

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