domingo, 24 de diciembre de 2017

Obra poética.- Baltasar del Alcázar (1530-1606)


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Canción I

«Tres cosas me tienen preso / de amores el corazón:
la bella Inés, y jamón / y berenjenas con queso.
Una Inés, amantes, es / quien tuvo en mí tal poder
que me hizo aborrecer / todo lo que no era Inés.
Trájome un año sin seso, / hasta que en una ocasión
me dio a merendar jamón / y berenjenas con queso.
Fue de Inés la primer palma; / pero ya juzgarse ha mal
entre todos ellos cuál / tiene más parte en mi alma.
En gusto, medida y peso / no les hallo distinción:
ya quiero Inés, ya jamón, / ya berenjenas con queso.
Alega Inés su beldad; / el jamón, que es de Aracena;
el queso y la berenjena, / su andaluza antigüedad.
Y está tan en fil el peso / que, juzgado sin pasión,
todo es uno: Inés, jamón, / y berenjenas con queso.
Servirá este nuevo trato / destos mis nuevos amores
para que Inés sus favores / nos los venda más barato,
pues tendrá por contrapeso, / si no hiciere razón,
una lonja de jamón / y berenjenas con queso.


Soneto

 Yo acuerdo revelaros un secreto
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas, por buen orden que yo en éste siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.
 Venidos al segundo, yo os prometo
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, una hormiga,
que van fuera ocho versos del soneto.
 Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,
que teniendo el soneto ya en la boca
y el orden de decillo ya estudiado,
 conté los versos todos y he hallado
que, por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, es acabado.


Madrigal

Rasga la venda y mira lo que haces,
rapaz; que en esta edad no es hecho honroso
romperme el sueño y las antiguas paces;
desarma el arco, déjame en reposo,
porque la helada sangre no aprovecha,
ni es dispuesto sujeto
donde haga su efecto
la venenosa yerba de tu flecha.
Pero si determinas
con tus armas divinas,
rompiendo mis entrañas,
hacerme historiador de tus hazañas,
ablanda el pecho désta que te priva
de tu imperio y valor con su dureza,
igual a su belleza,
si no quieres, Amor, que, cuando escriba,
forzado en las cadenas,
cante por tus hazañas las ajenas.»


[El extracto pertenece a la edición de Cátedra. ISBN: 84-376-0174-6.]
 

sábado, 23 de diciembre de 2017

Confusiones de una autora ante sus lectores.- Ema Wolf (1948)


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«Pero bueno, ahí estoy, en un aula o en la pequeña biblioteca, investida de, o más bien arreando, tres facultades, como tres señales de poder, para mí relativas y confusas, que son: la de quien ha escrito esos libros; la de quien tiene por ahí algún título en Letras; y otra, menos visible pero que me compromete mucho más: la de haber leído bastante -no digo «ser» una «lectora» porque rechazo esa categoría tanto como la de «lectores verdaderos», ¿habrá lectores falsos?-, digo solamente haber leído bastante. Alguna seguridad agrega en ese momento ser todas esas cosas, pero también establece una distancia: no estoy entre los chicos, claramente estoy delante de ellos; y en el medio, los libros, ese pequeño capital que circunstancialmente nos ha vuelto socios.
  Quisiera dejarles muchas cosas, pero no tengo más que un rato, casi con seguridad el único.
  La intimidad que tenía con el texto mientras lo estaba escribiendo -semanas, meses inventando, restregando y puliendo, esa cercanía tan estrecha, que a mí me dura incluso después de que lo veo impreso, desaparece completamente la primera vez que lo veo en manos de los chicos. Ahí hay un salto. Es la certeza de que eso que había hecho para mí, resulta que lo había hecho para ellos, y ellos están allí ahora, tiernos e inexorables. Por eso, junto con la innegable satisfacción, también me nace dentro algo defensivo: ¿así que me leyeron?, bien, ¿pero y yo qué tengo que ver? Y si por caso me piden que yo misma les lea el texto en voz alta, como para mí también la lectura es un acto íntimo y silencioso, el repliegue es todavía más fuerte: me siento expuesta, medio desvestida, además descubro comas mal ubicadas y toda clase de torpezas, por supuesto irreparables. Porque una cosa es publicar algo que con tiempo y suerte habrán de leer a lo mejor miles de chicos, y otra, para mí mucho más perturbadora, tener que leerlo allí mismo para que me escuchen treinta.
  La lectura en la escuela tiene poco que ver con las formas adorables de lectura infantil que describieron tantos amantes de los libros: el lector como un iniciado, los libros como tesoro privado y hogar permanente; la lectura absorta, voraz; leer todo, hasta los papeles de la basura; la lectura gatuna, entre sábanas, de altillo, de baño, de piso panza abajo. Pensemos en la ansiedad del pequeño Sartre por poseer los libros, al principio zamarreándolos como si fueran muñecos, por vencer a las frases que se le resistían, ese niño que -escribiría años después-, no arañaba la tierra ni buscaba nidos pero los libros fueron sus pájaros y sus nidos, sus animales domésticos, su establo y su campo. O Borges escondido en la azotea para poder leer Las mil y una noches; quien, ya mayor, parafraseando a Emerson, describiría la biblioteca paterna como un gabinete repleto de espíritus hechizados que al abrir los libros despertaban. Sin ir a buscar referentes tan altos, la lectura escolar tampoco tiene mucho que ver con la mía, que transcurría según dos variantes: debajo de un árbol -como, después supe, recomendaba Omar Kayyam- o encima.
  Los autores, por supuesto, nos adherimos a la manera personal y secreta de leer -«libidinosa», llegó a decir Daniel Pennac-, y la escuela nos pone ante una manera ruidosa, exterior, utilitaria, a plena luz, colectiva, interferida; una lectura entre privada y pública, no sé bien cómo calificarla, porque los chicos leen textos de ficción, incluso textos que a veces ellos mismos han elegido libremente, pero lo hacen de un modo estructurado, según modalidades más bien previsibles. Sabemos, desde la sociología, que la lectura nunca es una experiencia del todo íntima, que el lector opera en función de lo que intercambia, comparte y se contagia, que lee con los valores que recibió y con un imaginario, gestos y gustos que tiene en común con otros, pero acá, por supuesto, me refiero sólo al leer, al ejercicio, al modo en que se abordan los libros en nuestra escuela. Y lo que de inmediato echo de menos, más allá de otros beneficios más sofisticados, es el ocio que acompañaba mis lecturas; ellas pedían tiempo, silencio, tranquilidad, concentración, y yo podía proporcionárselos, y ahora pienso que me devolvían más de eso mismo. No quisiera tener una mirada reaccionaria sobre este punto, pero sigo pensando que estos son bienes valiosos -aun para no leer- y que hoy están bastante acorralados, especialmente en nuestras grandes ciudades. Se les va recortando el hábitat, como a los osos panda. Y es en las mismas escuelas donde a menudo se asocia este déficit con ciertas conductas de los chicos: hiperexcitados, ansiosos, con dificultades para entender, profundizar, escuchar. No como único motivo, por supuesto, ni como una relación directa causa-efecto -sería simplista pensar eso-, pero sí como dos fenómenos que se apoyan y se alimentan entre sí.
  Claro, los autores somos adultos. Sabemos del modo gratuito de leer, ni emocional ni crédulo del «distanciamiento»... Nos parecemos más a esos lectores llenos de tics y manías que describía Italo Calvino. Leemos por placer... Pero placer da leer a Borges, a Guimaraes Rosa... Salgari, y Andersen, y Jack London daban otra cosa. Daban alegría, eran apasionantes. Y es eso lo que quisiera comunicarles a los chicos, sólo que ya pertenecen al territorio de la memoria, que tiñe las cosas, y que yo no soy más aquella lectora incondicional -no ingenua, sí incondicional, rendida. Quisiera trasmitirles lo que a mí me ocurría al leer, cuidando de no imponérselo, que no piensen que necesariamente les debe ocurrir eso, porque sería volver a instalar la paradoja, ya demasiado conocida, de «obligarlos a disfrutar». Es lo que me sugieren, por ejemplo, las consignas y frases fuerza que nuestros maestros pegan sobre las pizarras en celebración de la lectura, o los discursos pro-lectura de los actos públicos del distrito. Voces que instan, como si instar bastara.
  La escuela irrita a veces a los autores.
  «Usa» los textos de ficción, los manipula y los trasmuta. Una vez leídos, a los chicos los ponen invariablemente a trabajar con ellos: los hacen hacer dibujos, posters, dramatizaciones, manualidades, redactan nuevos finales y nuevos textos con los mismos personajes, cuando no subrayan las palabras esdrújulas, como si la lectura no pudiera permanecer como pensamiento, interioridad, conversación, y debiera dar prueba física de su existencia, porque ésa es a la vez la prueba de que «sirve». Yo les pregunté a los maestros por qué los hacen trabajar después de leer, nunca encontré una respuesta satisfactoria. Siempre siento que esas prácticas alejan a mis textos de mí, y a los lectores de mis libros, de mis formas deseables de leer. La escuela actúa en función de necesidades que yo no tengo, pero nunca me convencerán de que una maqueta de plastilina, un disfraz de Maruja, un rotafolio, sean extensiones necesarias de mis textos, y tampoco que, después de haber hecho todas esas cosas, los chicos los habrán comprendido mejor, o disfrutado más, o se sentirán más estimulados a leer.
  La escuela también parece mandada a hacer para alimentar nuestra refunfuñante relación con el análisis de contenido, la interpretación, la «traducción» que describía Susan Sontag. Usted, cuando dijo aquello, en realidad quiso decir esto, ¿no? ¿Qué mejor que preguntarle al autor, entonces, que de seguro ha de tener todas las claves? La ambigüedad, el segmento de historia que se escapa, el «porque sí», la sinrazón de la conducta de los personajes..., mejor pasar todo en limpio, normalizarlo. No importa que el texto sea transparente, cavarán para mirar qué hay abajo, hundirán el dedo en el soufflé. No me preocupan las lecturas que hacen los chicos, sino las que les hacen hacer: de esas no me puedo hacer cargo. En estos veinte años que pasaron desde que salió mi primer libro, incursioné en las formas que menos se dejaban atrapar por la lectura interpretativa, desde la parodia hasta los catálogos de animales, con mucho éxito debo decir, pero no todo el éxito; por lo que llegué a la conclusión de que para encontrar un contenido útil basta la voluntad .Pero siempre me iré de la escuela con la duda de que tal vez «algo» en el texto invitó a que fuera leído de ese modo. El sistema no estimula las lecturas originales -lo sé-, ¿pero quién me asegura que mi texto no fue cómplice involuntario de la lectura didáctica?
  A pesar de estas cosas nuestra escuela -sobra decirlo- es fundamental como promotora de lectura. La necesitamos muchísimo, y todo lo que me escuchen decir aquí serán apenas variaciones de un único conflicto no resuelto entre la importancia que tiene y le asigno, y el escozor que me causan algunos de sus métodos, que a veces hasta parecen conspirar contra sus propósitos.
  Pero me toca estar ahí. Y los chicos preguntan. Y en esas preguntas aparecen otras «lecturas» que tienen hechas, éstas ya sobre el mundo de los libros y de la escritura.
  Me hizo gracia descubrir en un artículo de Michel Tournier, en un viejo ejemplar del Correo de la Unesco, que las preguntas que le hacían sus chicos eran exactamente iguales a las que nos hacen los nuestros. No son más pueriles que las de los adultos -decía- y en conjunto, quizás menos, porque, de un modo brutal, van directamente a lo esencial. ¿Cuánto tiempo tarda en escribir un libro? (¿Cuál de ellos?) ¿Cuánto gana? (Diez por ciento sobre el precio de tapa; los libros no se recogen de los prados como frutas silvestres, imagen engañosa que podría aparecer en un libro para niños) Si tiene faltas de ortografía, ¿qué le dicen en la editorial? ¿Alguien la ayuda a corregirlas? (Los tranquiliza mucho saber que estamos respaldados en ese aspecto, tanto como saber que a la edad de ellos también teníamos faltas de ortografía) Algunas preguntas son fáciles, otras hay que responderlas como si lo fueran. ¿Qué hay de verdad en sus historias? Esta última, decía Tournier, pone en entredicho toda la estética literaria: la verdad de la ficción; tema que peló las pestañas de tantísimos ensayistas. Yo agregaría esta variante, más comprometida: ¿usted escribe sobre lo que le pasa? Los derivaría a mi terapeuta, si lo tuviera. Bueno -les explico-, yo tenía una gata igual a mi tía abuela e imaginé que el tío abuelo de alguien podía haberse reencarnado en un gato. Algunos se ríen, otros me miran como yo miro a los nenes de cinco años. De cualquier modo, sé que la cosa no pasa por ahí, ésa es sólo la anécdota, la superficie. Ahora bien: ¿quiero indagar en esa cuestión?, ¿tengo la obligación de indagar? No. La relación que tengo con lo que escribo es un mecanismo delicado, y a ver si todavía rompo algo.
  Quieren saber si leía de chica. (Muchas de las preguntas, verán, apuntan a que yo les dibuje una imagen de mí a la edad que ellos tienen) Les digo que para mí leer fue una suerte. Y es así: leía porque en mi casa había libros, porque mis padres y abuelos leían; para mis padres la instrucción determinaba mejora y ascenso en la escala laboral y, por ende, social, pero la lectura era un hábito que se valoraba por sí, cualquiera fuera la condición del sujeto, no era un medio, lo alentaban bien, en forma natural, sin énfasis ni discursos. Sin embargo estaba previsto un desarrollo que se truncó o se torció, y el modesto capital de lectura que había en las casas de aquellos hijos de inmigrantes hoy parecería un lujo. Lo mismo cuando los chicos me preguntan cómo llegué a escribir: tengo que decirles que para escribir hay que leer -sin que me malentiendan, por favor: ser escritor no es el premio por haber sido lector-, pero ocurre que hay lugares donde una afirmación tan simple como ésta basta para ver esfumarse la posibilidad.
  Faltan libros. No hay, o hay pocos, en los sitios donde los chicos están. Se organizan numerosos eventos de promoción de la lectura, y entre los promotores culturales hay desde entusiastas y eficaces francotiradores a burócratas de las dependencias oficiales, pero mi impresión es que si sus esfuerzos dieran cien por cien del resultado, los chicos no leerían más porque su acceso a los libros es mezquino y defectuoso. (Últimamente, en Buenos Aires, el estímulo de la lectura adoptó la forma de mega eventos públicos rodeados de mucha prensa. Por ejemplo, una donación masiva, en contenedores, para dos escuelas carentes de provincia -como si fuera defendible la posición de que las escuelas pobres deban nutrirse de libros usados-; o una gigantesca maratón de lectura, también con libros donados, como la que estaba por comenzar cuando me venía, patrocinada por una fundación asociada a un importante matutino). Pero el trabajo en penumbra, silencioso, sistemático, encarado en forma permanente, que implica proveer de libros y de mediadores idóneos, está desplazado. Quizás por eso: porque no luce.
  Hay lugares -tengo tres recuerdos muy vívidos- donde sentí que hablar de libros era ofensivo. No había rol de escritor que se pudiera sostener. Para esos chicos el universo de las letras, hasta el de las palabras, era un territorio casi amenazante. No tenían libros en sus casas, ni biblioteca en la escuela, ni biblioteca en sus barrios. No existía el lugar de fuga para ellos. Y no eran chicos de la calle, eran escolares, una escuela los contenía, estaban dentro del sistema. Pero había que recomponer algo antes, para que luego la lectura pudiera contribuir a hacer de ellos lo que ya sabemos: individuos autosuficientes, mejor equipados, capaces de pensar. Mientras tanto cualquier discurso sobre su función reparadora era provisorio. Es el punto donde el voluntarismo encuentra su límite, creo, y el problema de la lectura trasciende la lectura, es político, sin duda lo es, y sería ingenuo circunscribir la tarea al contacto, a provocar o alentar el contacto, como si lo único que estuviera faltando fuera la oportunidad. En nuestros países no deberíamos soslayar esta instancia política; que seguramente trae turbulencias y ruidos en esta permanente voluntad de acordar, tan armoniosa y sin fisuras, como la que se pone de manifiesto en estos foros, y que es muy loable pero que se logra sólo si están todos los problemas, con todos sus ingredientes y alcances, puestos a la vista y en consideración. Por eso a veces también me pregunto si la preocupación por cómo leen nuestros chicos no es hilar demasiado fino. En realidad leen como pueden, como los dejan, si los dejan. Sin embargo no podemos dejar de hacerlo, justamente porque a veces esa escuela es la única proveedora de alguna, precaria, forma de lectura.
  Por cierto, a los autores nos invitan casi siempre a las escuelas donde los libros, digamos, circulan.
  Y allí estoy, de nuevo, pensando si es mejor privilegiar las preguntas más generales, ésas que «valen para todos los libros», o atender más bien a la curiosidad de ese momento. Pensando, siempre, cómo intervenir sin interferir.» 
 
 [El extracto pertenece a la edición en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes]
  

viernes, 22 de diciembre de 2017

El camino más corto.- Medardo Fraile (1925-2013)


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El camino más corto

«A poco de volver de la India -no hacía un año aún que cobraba la jubilación-, empezó a decir Mathias que no sabía que hubiese ninguna religión acertada y que tenía una buena idea, una idea básica llamada a tener muchos adeptos. Con este motivo empezó a escribir cartas que a veces rompía y a veces echaba al correo. Y así, un buen día, se recibió una respuesta de Canterbury, del secretario de un secretario, que todos los vecinos fueron leyendo por las tardes, mientras bebían cerveza en "Three Jolly Gardeners":
 -Parece que le hacen caso -se empezó a decir.
 Ruth estaba intranquila. Al principio creyó que era una manía más, como cuando le dio por observar a las currucas, o coleccionar huevos de aves marítimas o sellos de la Commonwealth. Pero tuvo que rectificar cuando le oyó decir un día que había que vender la casa para comprar otra -o mandar hacer una- más adecuada a los fines que se proponía, que eran -añadió- encauzar a Dios las almas convenientemente. Y, por primera vez, Ruth le oyó decir algo que le pareció sólo una incoherencia: God's: de Dios.
 Un domingo, a la hora del té, apareció Mathias con dos hombres que Ruth no conocía. Llevaban planos y la saludaban con unción y untuosidad extrañas, y la miraban, y parecían como sorprendidos de verla tan normal, ocupándose del cake y de los sandwiches y preguntándoles si querían echar la leche antes o después del té. Eran de una inmobiliaria. Y, antes de marcharse, los dos y Mathias firmaron en un papel cuya última frase era: "En domingo, día del Señor."
 Mathias había canjeado su casa por otra de una sola planta, pequeña, en forma de capilla, con un jardinillo detrás, en el que, al fondo, contrató la construcción de una barraca de cinc para vivienda.
 Ruth lloró. Pero él la miró larga, mansamente, y con palabras que a ella le sorprendieron porque le recordaron las del reverendo monseñor Donoghue, al que habían tratado en Rawalpindi, dijo:
 -Antes de llorar deberías haber considerado en posesión de cuánto bien inmerecido estás ahora. Antes de llorar, sígueme, aprende y alégrate en el fondo de tu corazón.
 Hacía cerca de cuarenta años que estaban casados y nunca le había oído hablar así. Era como si se le hubiera vuelto la lengua de terciopelo, como si hubiera lavado sus palabras en agua muy limpia, como si en su garganta tuviera un estuchito de miel. Antes era casi vulgar cuando hablaba.
 Mathias y Ruth se trasladaron a la capillita, y a ella le impresionó: primero, su pobreza; luego, que las palabras que decían producían un eco blando, sordo, como si se arañaran o se escabulleran un poco en la pared. A Ruth el eco le daba miedo, pero él la tranquilizó diciendo:
 -Las palabras que oyes son las mismas de antes, pero las oyes distintas porque ya no eres la misma.
 Los primeros días fueron muy duros: hubo que arreglar el jardín, [...] Hubo que instalar una estufa en la capilla y hacer además un agujero ancho, bastante hondo, en el presbiterio. Tuvieron que dibujar los carteles de propaganda para atraer a los primeros fieles, comprar doce sillas -de momento- y colocarlas, etc.
 Mathias hizo exactamente siete carteles, cada uno con un color del espectro solar para anunciar el primer "servicio" de la religión nueva, un domingo, a las once de la mañana. Los carteles tenían las siguientes frases: "El camino más corto está esperando", "Ya no hay por qué dudar", "Usted y el oficiante tienen la misma importancia, por lo menos", "El genitivo sajón más simple ahuyentará al diablo", "Esta es la casa de Dios y la suya", "Dios, por fin, al alcance de todos" y "Olvide lo aprendido y sepa más".
 El primer domingo, a las once, entraron, tímidamente, mirando y remirando la capilla con cierto disimulo, dos mujeres maduras con sombrero -que, desde luego, no se conocían-, cuatro viejas -posiblemente asistentas-, con sombrero también, y un muchacho alto, pálido, con un libro de oraciones o salmos bajo el brazo, que se fue al fondo, a un rincón, y no dijo nada.
 Mathias estaba un poco nervioso y se mezcló, sonriendo, entre los futuros fieles, presentándose:
 -Mathias Skulker.
 Se presentó y habló de que estaba lloviendo -cosa que sabían todos-, de que había hecho sol el viernes y que la radio anunciaba más lluvia y frío la próxima semana.
 Habían pasado todos veinte minutos hablando del tiempo animadamente cuando se oyó una voz, más bien cavernosa, pero educada, que dijo:
 -Aquí hemos venido a hablar de la eternidad... no del tiempo.
 Era una de las viejas que, por lo exigente y presuntuosa no debía ser -como a Mathias le pareció al principio- una asistenta.
 Una de las mujeres maduras preguntó si se podía fumar.
 Mathias dudó unos instantes y luego, sibilante, cerrando los ojos, dijo:
 -Todo es incienso, según se mire.
 Con lo que la mujer abrió inmediatamente su cajetilla y encendió un cigarrillo con aire de reto.
 La secundó, en silencio, el joven del rincón.
 Mathias se metió hasta la cintura en el agujero del suelo, en el presbiterio y dijo, entre otras cosas:
 -Mi púlpito, hermanos, es al revés: no sobre vosotros, sino bajo vosotros. Porque ya está dicho: "Usted y el oficiante tienen la misma importancia, por lo menos." Gracias por acudir a la llamada y estar aquí, en este habitáculo, vacío de objetos hechos por la mano del hombre -excepto la estufa y las sillas-, pero lleno del que todo lo llena. Nuestra intención ha sido ésa: que sólo habite aquí su palabra. Nuestra religión es muy simple: vosotros creéis en Él, por eso estáis aquí. Seguid creyendo. Dios no podrá nunca explicarse aunque se escriban sobre Él millones y millones de libros. ¿Comprendéis bien a vuestro vecino? ¿Sabéis que sois una micropartícula infinitésima, inimaginable, en el cerebro de Dios? ¿Pues cómo queréis comprender al que todo lo comprende? Las religiones -todas menos ésta- nos llevan a la duda o a prácticas oscuras. ¿Por qué? Porque quieren explicar lo que no está al alcance del hombre y se entregan, además, a ceremonias de alabanza sin sospechar esto: cada movimiento que hacemos -cualquiera-, obedece y alaba al Señor. Por eso digo: "Olvide lo aprendido y sepa más." Pero vosotros diréis: hay actos y pensamientos malos. Pues bien: debemos reducirlos a cenizas. ¿Cómo? Diciendo con frecuencia durante el día: God's: de Dios. Al final de una conversación, al entrar en casa, al salir, al levantarse, al hacer o decir cualquier cosa, hayamos o no acabado. El diablo permanece en el acto y en el pensamiento malo; pero al decir God's, se funde como lacre, se convierte en pomo de ceniza. Sed buenos, moveos como si os estuvieran mirando desde arriba y no hubiera -y no hay- dónde esconderse; creed como hasta ahora lo habéis hecho y ya estáis "en el camino más corto." Ahora, hermanos, podéis orar aquí o retiraros a vuestros hogares.
 Excepto el joven y una de las mujeres maduras, que se marcharon, los demás se quedaron charlando, sin hacer caso de la exhortación a orar.
 A Ruth, por ser el primer día, le pareció oportuno sacar dos botellas de Jerez, y así lo hizo. Salieron todos al jardín aprovechando que, durante diez minutos, las nubes tuvieron prostatitis.
 La que fumaba preguntó de pronto, afectando cierto misticismo:
 -Querido, míster Skulker, ¿y cómo nos llamamos? ¿Cómo se llama nuestra religión?
 Míster Skulker cerró los ojos, apretó la mandíbula, esbozó una sonrisa y dudó en su interior, aunque parecía concentrarse:
 -¿Que cómo os llamáis?
 -Sí.
 -"Todo". Os llamáis "todo". 
Los fieles se miraron un poco decepcionados. Hubieran preferido llamarse "algo". Mathias lo advirtió y se prometió a sí mismo darles, otro día, un nombre distinto.»
 

jueves, 21 de diciembre de 2017

Helena, Helena, amor mío.- Luciano de Crescenzo (1928)


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XIV.-Las Amazonas
Donde conocemos a las Amazonas y presenciamos los mortales duelos entre Aquiles y Pentesilea, y entre Aquiles y Memnón. Para concluir, nos reencontraremos con Ekto, en esta ocasión en el campamento aqueo, y nos despediremos del desdichado Tersites.

«Las Amazonas (1) están presentes en muchas leyendas populares. No hay mitología que no incluya el tema de las mujeres guerreras: desde la griega hasta la de los pieles rojas, desde la china hasta la celta, desde las Valkirias wagnerianas hasta Minnehaha, la coleccionista de cueros cabelludos. Sin embargo, para saber si estamos hablando de seres legendarios o de personajes de carne y hueso, habrá que distinguir entre las que se convierten en Amazonas por necesidad y las que llevan en la sangre una vocación belicosa. Las primeras eran menos insólitas de lo que se suele creer: antiguamente, cuando una población era saqueada, los invasores, a fin de evitar eventuales represalias futuras, solían pasar a cuchillo a todos los varones del lugar, incluidos viejos y niños. De ahí que las viudas necesitasen armarse, acaso con las armas de sus difuntos maridos, para defenderse de nuevos ataques por parte de los pueblos invasores. Otro es el caso de las mujeres dotadas de instintos guerreros, que, más bien, parecen un residuo de una época matriarcal sobre la que mucho se ha fantaseado sin conseguir nunca la mínima prueba, o acaso la proyección de un antiguo sueño feminista, siempre anhelado y jamás conseguido.
 Las Amazonas por excelencia fueron las que tuvieron como reinas a las hermanas Hipólita y Pentesilea (2): sus dominios se extendían  desde las costas del mar Negro hasta la actual Capadocia. Una vez al año solían visitar a los pueblos colindantes, con la única finalidad de hacerse fecundar por los machos locales; más tarde, eliminaban a todos los recién nacidos de sexo masculino, o, como alternativa, se los enviaban a los padres. De todas maneras, no faltaron las consabidas excepciones: por ejemplo, la de la reina Lisipe que se enamoró ardientemente de su propio hijo Tanais. Por último, hay quienes sostienen que las Amazonas encargaban todas las labores domésticas a los esclavos varones, especialmente a los cojos. Lo referido a los cojos ha de remontarse, al parecer, a una no mejor identificada reina Antianara, defensora de la teoría según la cual el hombre cojo es más hábil en los "juegos amorosos".
 Durante los períodos de paz las Amazonas vestían de negro; en la guerra, por el contrario, se cubrían con pesadas armaduras de piel de serpiente. También sus escudos estaban hechos con ese material y tenían forma de hoja de hiedra. Todos los años se elegían dos reinas por votación en asamblea: una para la paz y la otra para la guerra. La primera, comparable a los actuales ministros del Interior, administraba la justicia y controlaba todos los problemas de orden público; la segunda entraba en funciones solamente cuando la comunidad se veía amenazada desde el exterior.
 Pero ¿cómo ocurrió que las Amazonas llegaran a Troya? Al parecer, por una coincidencia fortuita. Narran los mitólogos que, durante una batida de caza, la reina Pentesilea dio muerte por error a su hermana Hipólita y que, para evitar la persecución de las Erinias (o, peor aún, de las Amazonas adictas a Hipólita), se dirigió al palacio de Príamo con la intención de purificarse (3). Cayó por allí en pleno funeral: la corte estaba en un baño de lágrimas. Héctor acababa de morir y los troyanos necesitaban con urgencia apoyos militares. Entonces Paris le ofreció, aparte de la anhelada purificación, también numerosos presentes de oro y plata, a condición de que acudiese, desde el mar Negro, la tan temida caballería de las Amazonas (4).
 Cuando los aqueos vieron que se les echaban encima las Amazonas, huyeron como alma que lleva el diablo. Aquellas extrañas criaturas, recubiertas de piel de serpiente, con largas melenas y una sola mama al aire, los atemorizaron, en parte porque hasta entonces nunca habían visto caballos con un ser humano adherido al lomo: de tal suerte, las Amazonas les parecieron feroces centauras. El único que no huyó, obviamente, fue el consabido Aquiles, que a pie firme aguardó la llegada de Pentesilea.
 Sobre el resultado del duelo existen las más diversas versiones: unos le asignan la victoria final a la amazona y otros a Aquiles (5), algunos pintan a Pentesilea como una virgen invencible o, por el contrario, como la víctima de una extraña maldición: la de que siempre le tocara ser poseída por la fuerza. Según éstos, nuestra amazona era tan bella y seductora que no podía evitar, en cada hombre que la mirase, el estallido de un repentino raptus sexual. Esto le aquejó tantos problemas que la pobrecilla se vio obligada a vestir, incluso en verano, una armadura de bronce que la ocultase a las miradas de los varones.»
 
 
(1) "Amazona" en griego, vocablo compuesto por a privativa y mazon, debería significar "carente de mama"; ello secunda una leyenda según la cual las mujeres guerreras se amputaban la mama derecha para mejor tensar el arco. Será así, pero yo no me lo creo; me convencería mucho más una etimología (acaso atrevida) que se fundase en la a privativa y amaxa, donde con este término nos referimos al carro de guerra. Efectivamente, las Amazonas fueron las primeras que cabalgaron sin montura y eliminaron el carro de combate.
(2) Las más conocidas entre las reinas de las Amazonas fueron: Antíope, Antianara, Hipólita, Lampado, Lisipe, Marpesia, Melanipa, Minicia, Onfalia y Pentesilea. 
(3) En el mundo homérico, cuando alguien cometía algún delito particularmente terrible, por ejemplo, el de dar muerte a un familiar, para después librarse de las Erinias del remordimiento recurría a la "purificación" que solamente podía conceder un rey en ejercicio de su cargo. 
(4) Al parecer, en tiempo de la reina Mirina las Amazonas disponían nada menos que de tres mil infantes y treinta mil guerreras a caballo.
 (5) A principios del siglo XIX Heinrich von Kleist escribió un drama, Pentesilea, en el que la reina de las Amazonas derrota al héroe y termina devorándolo por exceso de entusiasmo erótico.
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Planeta, 1997, en traducción de Atilio Pentimalli Melacrino. ISBN: 84-08-46222-9.]
  

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media.- Jacques Le Goff (1924-2014)


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El castillo

«Desde la Edad Media se lo ha confundido a veces con el palacio, pero en la historia hay que distinguir cuidadosamente la realidad del mito. El palacio tiene dos características particulares que le alejan del castillo o del alcázar. En primer lugar, es en esencia una morada real, o al menos principesca, mientras que el castillo pertenece a un simple señor, a pesar de que los reyes puedan, en tanto señores, construir castillos. De las dos funciones esenciales que tiene el castillo, la militar y la residencial, esta última es la que habitualmente prima en el palacio, mientras que la función militar es más propia del castillo.
 El castillo está estrechamente vinculado al feudalismo. Su imagen recurrente en el imaginario europeo indica que la época y el sistema feudal, que rigió entre el siglo X y la Revolución francesa, fue un estrato fundamental de las realidades materiales, sociales y simbólicas de Europa. De manera general, puede advertirse una lenta pero constante evolución del castillo desde su papel de fortaleza hasta el de residencia. Es curioso que su transformación -el castillo ha estado estrechamente unido a la actividad militar- se suscitara de manera decisiva en los siglos XIV-XV debido a una revolución técnica: la artillería. Como las murallas no resistían los cañonazos, el castillo pasó a ser una reliquia, un símbolo, una ruina y, para muchos, nostalgia. Pero el período que nos interesa aquí, el de la larga Edad Media, ha propuesto una buena definición para el castillo: una fortaleza habitada.
 Entre los siglos X y XII, el castillo primero aparece con dos formas: en el norte de Europa, con torres y habitáculos modestos fortificados, erigidos en alturas naturales o artificiales: es el castillo sobre un montículo; en la Europa meridional, este castillo precoz se erige preferentemente sobre alturas naturales y rocosas. Contrariamente a lo que a veces se ha escrito, los castillos erigidos sobre montículos o sobre rocas no fueron construidos a base de madera, sino que desde el principio fueron de piedra. [...] De manera general, el castillo, al igual que el claustro, no se separa de su entorno natural. Es decir, a diferencia de la catedral, que está integrada -aunque también la domina- en la ciudad y que sólo evocó a la naturaleza cuando el imaginario romántico, como hemos visto, hizo de ella un bosque, el castillo arraigó el feudalismo en el suelo. Pese a que en algunas regiones de Europa se construyera en las ciudades, como en Normandía (Caen), en Flandes (Gante) o en muchos sitios de Italia, el castillo sigue estando asociado al campo y, más aún, a la naturaleza. Es la unidad de la red espacial de habitación establecida, en la realidad y en el imaginario europeo, por el feudalismo.
 En los siglos XI y XII, el desarrollo de los castillos sobre montículos suscitó la construcción de fortalezas que dejarían, en el imaginario europeo, una de las formas espectaculares del castillo fortificado. Fue la torre del homenaje (en francés donjon, término procedente de dominionem, lugar señorial, cuya etimología deja en claro que el castillo fue, fundamentalmente, un centro de mando). El derecho de fortificación de un castillo y, por lo tanto de su construcción, era un privilegio que otorgaba el rey. Pero una de las características del feudalismo fue la de desposeer a la monarquía de sus privilegios en beneficio de los señores. Los castellanos -a quienes, en principio, los soberanos habían confiado castillos- rápidamente se convirtieron en sus dueños. Y la reapropiación de esos castillos por los reyes y los príncipes constituye un largo episodio significativo de la época feudal, después del tiempo de lo que Georges Duby llamó las "castellanías independientes" de principios del siglo XI y de mediados del XII. Los duques de Normandía, los reyes de Inglaterra o los reyes de Aragón recuperaron fácilmente el poder sobre los castillos de su aristocracia, pero la lucha, en los siglos XI y XII, de los primeros reyes capetos contra los castellanos de Île-de-France fue larga y difícil.
 El castillo se extendió por toda la cristiandad. Al principio, sobre todo apareció en las zonas fronterizas, en las zonas de conflictos. Así, en contacto con el islam ibérico [...] Castilla, por ejemplo, les debe su nombre. La construcción del feudalismo desarrolla en los señoríos pueblos fortificados, castillos que reúnen a todos los habitantes del señorío o a una buena parte de ellos. Pierre Toubert, que ha estudiado el fenómeno en el Lazio, ha propuesto el término incastellamento, que se ha convertido en uno de los aciertos del vocabulario del feudalismo medieval. Si bien entre los siglos XI y XVI se construyeron castillos por todas partes, algunas regiones fueron especialmente activas al respecto debido a los conflictos militares y a las instalaciones feudales. Así, el país de Gales, codiciado por los ingleses, en el siglo XIII se cubrió de castillos. Y en España, donde los soberanos cristianos de la Reconquista les prometían a los guerreros que les seguían los castillos existentes o los castillos en construcción, proliferaron rápidamente. Fue entonces cuando nació la expresión francesa "châteaux en Espagne", que instalaba, en el sueño de la Europa cristiana, la importancia de los castillos. 
 En su tiempo, y también en el imaginario moderno y contemporáneo, algunos castillos han adquirido una personalidad impresionante. Sin la espiritualidad de la catedral, el castillo proclama, no obstante, su potencia simbólica y se impone como imagen de la fuerza y del poder. [...] Hacia 1240, Federico II, emperador de Alemania y rey de Sicilia, hizo construir en Abulia el Castel del Monte,un castillo en forma octogonal que es una obra maestra de la arquitectura y la ornamentación, pues combina las grandes tradiciones arquitectónicas cristianas y musulmanas de aquella época.
 Tenemos la costumbre de considerar que el castillo de Coucy, que el conde Enguerrando III hizo reconstruir entre 1225 y 1245, es una ruina ejemplar de lo que fue un castillo medieval. He aquí la descripción que un arqueólogo ha hecho sobre él: "Es una fortaleza de aquel tiempo que está entre las más impresionantes, con su plano trapezoidal, sus cuatro torres en los ángulos, su enorme torre del homenaje en la fachada más larga totalmente aislada de la muralla por un profundo foso: las dimensiones hacen de él una formidable fortaleza. Muros de seis metros, torres de cuarenta metros de alto y la torre del homenaje de cincuenta y cinco metros de alto y treinta y uno de diámetro".
 Si bien el castillo en un entorno natural es el modelo por excelencia del castillo fortificado feudal, los castillos urbanos también nos han dejado prestigiosos ejemplos. [...] En Italia, el soberano más prestigioso aunque no siempre el más obedecido, el papa, remodeló, para convertirlo en un castillo a la vez militar y residencial, un monumento de la Antigüedad, la enorme tumba del emperador Adriano, transformado así en el castillo de Sant'Angelo. Cuando los papas, en el siglo XIV, dejaron Roma para instalarse en Aviñón, hicieron construir allí uno de los castillos más espectaculares, una residencia que a pesar de su nombre de Palacio de los Papas es más bien una fortaleza.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Paidós, en traducción de José Miguel González Marcén. ISBN: 978-84-493-2396-6.] 
 

martes, 19 de diciembre de 2017

"Un viejo que leía novelas de amor".- Luis Sepúlveda (1949)


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Capítulo sexto

«Luego de comer los sabrosos camarones, el viejo limpió prolijamente su placa dental y la guardó envuelta en el pañuelo. Acto seguido, despejó la mesa, arrojó los restos de comida por la ventana, abrió una botella de Frontera y se decidió por una de las novelas.
 Lo rodeaba la lluvia por todas partes y el día le entregaba una intimidad inigualable.
 La novela empezaba bien.
 "Paul la besó ardorosamente en tanto el gondolero, cómplice de las aventuras de su amigo, simulaba mirar en otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos."
 Leyó el pasaje varias veces, en voz alta.
 ¿Qué demonios serían las góndolas?
 Se deslizaban por los canales. Debía tratarse de botes o canoas y, en cuanto a Paul, quedaba claro que no se trataba de un tipo decente, ya que besaba "ardorosamente" a la niña en presencia de un amigo, y cómplice por añadidura.
 Le gustó el comienzo.
 Le pareció muy acertado que el autor definiera a los malos con claridad desde el principio. De esa manera se evitaban complicaciones y simpatías inmerecidas.
 Y en cuanto a besar, ¿cómo decía?, "ardorosamente". ¿Cómo diablos se haría eso?
 Recordó haber besado muy pocas veces a Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo. A lo mejor en una de esas contadas ocasiones lo hizo así, ardorosamente, como el Paul de la novela, pero sin saberlo. En todo caso, fueron muy pocos besos porque la mujer, o respondía con ataques de risa, o señalaba que podía ser pecado.
 Besar ardorosamente. Besar. Recién descubrió que lo había hecho muy pocas veces y nada más que con su mujer, porque entre los shuar besar era una costumbre desconocida.
 Entre hombres y mujeres existían las caricias, por todo el cuerpo, y no les importaba si había otras personas. En el momento del amor tampoco besaban. Las mujeres preferían sentarse encima del hombre argumentando que en esa posición sentían más el amor, y por lo tanto los anents que acompañaban el acto resultaban mucho más sentidos.
 No. Los shuar no besaban.
 Recordó también cómo, en una oportunidad, vio a un buscador de oro tumbando a una jíbara, una pobre mujer que deambulaba entre los colonos y los aventureros implorando por un buche de aguardiente. El que tuviera ganas la arrinconaba y la poseía. La pobre mujer, embrutecida por el alcohol, no se daba cuenta de lo que hacían por ella. Esa vez, el aventurero la montó sobre la arena y le buscó la boca con la suya.
 La mujer reaccionó como una bestia. Desmontó al hombre, le lanzó un puñado de arena a los ojos y se largó a vomitar con un asco indisimulable.
 Si en eso consistía besar ardorosamente, entonces el Paul de la novela no era más que un puerco.
 Al caer la hora de la siesta había leído y reflexionado unas cuatro páginas, y estaba molesto ante su incapacidad de imaginar Venecia con los rasgos adjudicados a otras ciudades también descubiertas en novelas.
 Al parecer, en Venecia las calles estaban anegadas y, por eso, las gentes precisaban movilizarse en góndolas.
 Las góndolas. La palabra "góndola" consiguió seducirlo finalmente y pensó en llamar así a su canoa. La Góndola del Nangaritza.
 En medio de tales pensamientos lo envolvió el sopor de las dos de la tarde y se tendió en la hamaca sonriendo socarronamente al imaginar personas que abrían las puertas de sus casas y caían a un río apenas daban el primer paso.
 Por la tarde, luego de darse una nueva panzada de camarones, se dispuso a continuar la lectura y se aprestaba a hacerlo cuando un griterío lo distrajo obligándolo a asomar la cabeza al aguacero.
 Por el sendero corría una acémila enloquecida entre estremecedores rebuznos y lanzando coces a quienes intentaban detenerla. Picado por la curiosidad, se echó un manto de plástico sobre los hombros y salió a ver qué ocurría.
 Tras un gran esfuerzo, los hombres consiguieron rodear al esquivo animal y, evitando las patadas, fueron cerrando el cerco. Algunos caían para levantarse cubiertos de lodo, hasta que por fin lograron tomar el animal por las bridas e inmovilizarlo.
 La acémila mostraba profundas heridas a los costados y sangraba copiosamente por un desgarro que empezaba en la cabeza y terminaba en el pecho de pelambre rala.
 El alcalde, esta vez sin paraguas, ordenó que la tumbaran y le despachó el tiro de gracia. El animal recibió el impacto, lanzó un par de patadas al aire y se quedó quieto.
 -Es la acémila de Alkasetzer Miranda -dijo alguien.
 Los demás asintieron. Miranda era un colono afincado a unos siete kilómetros de El Idilio. Ya no cultivaba sus tierras arrebatadas por el monte y regentaba un miserable puesto de venta de aguardiente, tabaco, sal y alkasetzer -de ahí le venía el mote-, en el que se proveían los buscadores de oro cuando no querían llegar hasta el poblado.
 La acémila llegó ensillada y eso aseguraba que el jinete debía estar en alguna parte.
 El alcalde ordenó prepararse para salir al otro día temprano hasta el puesto de Miranda, y encargó a dos hombres que faenaran el animal.
 Los machetes actuaron certeros bajo la lluvia. Entraban en las carnes famélicas, salían ensangrentados y, al disponerse a caer de nuevo, venciendo la resistencia de algún hueso, estaban impecablemente lavados por el aguacero.
 La carne troceada fue llevada hasta el portal de la alcaldía y el gordo la repartió entre los presentes.
 -Tú, ¿qué parte quieres, viejo?
 Antonio José Bolívar respondió que sólo un trozo de hígado, entendiendo que la gentileza del gordo lo inscribía en la partida.
 Con el pedazo de hígado caliente en la mano regresó a la choza, seguido por los hombres que cargaban la cabeza y otras partes indeseadas del animal para botarlas al río.»
 
 
 [El extracto pertenece a la edición de Editorial Planeta, 1997. ISBN: 84-08-46225-3.]
  

lunes, 18 de diciembre de 2017

Escritos sobre arte (1934-1969).- Mark Rothko (1903-1970)


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Lo autóctono (hacia 1941)

«El problema de la educación artística consiste fundamentalmente en determinar los objetivos de la misma. Estamos de acuerdo en que la pintura es ante todo una actividad biológica consistente en la expresión del impulso creativo y que es uno de los lenguajes naturales encargados de realizar dicha función. Ello viene atestiguado por la facilidad natural con la que el niño crea las formas esenciales que están siempre presentes en todo arte. Negar al niño dicha experiencia significaría reprimir un modo de habla y de comunicación tan instintivo como el propio lenguaje oral.
 Una vez incluido en nuestro currículum escolar, debemos centrarnos en determinar los objetivos específicos de dicha actividad. Estos objetivos son de dos tipos:
 1.-Su aportación inmediata al niño en tanto ejercicio de expresión durante su vida escolar.
 2.-Su aportación a su vida futura como adulto, dentro del esquema general de su existencia.
 En relación con el primer tipo, la pintura creativa ha demostrado ya suficientemente su valor a través de la práctica realizada en nuestras escuelas. Ha contribuido, en primer lugar, a la felicidad del niño, ya que le ofrece una actividad que le encanta realizar. El que sus resultados tengan la calidad que sin duda tienen, el que sea capaz de plasmar tan palpablemente su mundo en toda su intensidad e inmediatez y sea capaz, a su vez, de comunicarlo, tiene un efecto muy saludable en el desarrollo de su personalidad. Se aprecia claramente hasta qué punto sirve de ayuda para disolver sus inhibiciones y para el ajuste de su personalidad.
 Tratemos ahora el segundo tipo. Podríamos considerar la experiencia de la pintura creativa al mismo nivel de las construcciones con tacos de madera o la realización de bolas de barro, es decir, como una función lúdica de manipulación de materiales plásticos que podemos olvidar una vez que el niño deje de interesarse por ello. Está claro, sin embargo, que la actividad pictórica no puede valorarse en estos términos, desde el momento en que forma parte importante del mundo adulto y, tarde o temprano, el niño tendrá que participar en la vida cultural de una sociedad en la que la pintura juega un papel relevante. Es por ello que esta actividad inicialmente instintiva debe orientarse también hacia una eventual participación del sujeto en la vida cultural, tanto de modo activo como pasivo. La diferencia entre ambas posiciones no es tan grande como pudiera parecer, ya que una participación pasiva satisfactoria es, a su modo, tan creativa como el acto de pintar.
 Una actividad natural y completamente desinhibida sólo se sustenta por sí sola durante un período relativamente corto de tiempo. Antes o después habremos de enfrentarnos con que el niño no se conforma ya con trabajar de una manera inconsciente y nos demanda los placeres del aprendizaje, del desarrollo y del progreso. En el caso de algunos niños, dicho progreso se produce por sí mismo, pero normalmente [sic] habrán de ser el profesor o el entorno quienes estimulen ese deseo de aprender mediante recompensas. Una vez llegados a este punto, habremos de valorar seriamente nuestra responsabilidad en el proceso. Deberemos indicar unas directrices que, al menos, no contradigan la potencial experiencia futura del niño y le aporten algo en ese sentido.
 La adaptación personal del niño a su vida inmediata es, obviamente, uno de los fines principales durante el período educativo. Sin embargo, este libro parte de la premisa de que tal ajuste puede producirse sin por ello tener que violar las leyes mismas de la pintura; y que una valoración adecuada de dichas leyes puede contribuir palpablemente a alcanzar tanto unos como otros objetivos.
 No podemos evitar mirar con envidia la seguridad con la que se ponía en práctica la enseñanza de la pintura en los grandes períodos artísticos del pasado. El aprendiz que entraba en el estudio de los maestros del Renacimiento era realmente afortunado, ya que tanto los objetivos como los métodos artísticos estaban claramente definidos y eran aceptados por todos. El dogmatismo que se derivaba de ello se compensaba por el hecho de que el mismo daba como resultado un tipo de arte de importancia vital para su época, cuyo valor no se ha visto mermado por el tiempo. Por suerte, era tal la unidad existente y resultaba tan adecuada la síntesis que ofrecía respecto a las necesidades intelectuales y espirituales del período que el arte podía desarrollarse perfectamente dentro del marco del orden establecido.
 Desgraciadamente, nuestra sociedad carece de una unidad comparable ni en relación a las ideas, ni tampoco en lo que respecta al arte. Nuestro propio país es, al momento presente, un campo de batalla sin sangre en que luchan por ser aceptadas una docena de posturas enfrentadas o totalmente inconexas entre sí. Tales posturas gozan de un público que varía considerablemente tanto en cualidad como en tamaño. Carecemos de un mito axiomático y reconocible en el que el arte pueda basarse para generar símbolos aceptados por todos. En este país en concreto, hace mucho que ni siquiera intentamos desarrollar una tradición autóctona que nos proporcione la escala que nos permita medir satisfactoriamente nuestros métodos y nuestros objetivos.
 Sería muy interesante hacer una investigación acerca de los alumnos de la academia nacional que son, supuestamente, los guardianes de la tradición americana. Posiblemente, algunos pinten retratos a la moda según los preceptos de la academia. Sin embargo, nos sorprendería descubrir que una gran mayoría se han rebelado contra la tradición y que muchos de ellos exponen en colectivos de artistas abstractos, expresionistas y dentro del "nuevo grupo americano", sin dar muestra alguna del uso de los preceptos aprendidos en la academia.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Paidós, en traducción de Jesús Carrillo Castillo y Eduardo García Agustín. ISBN: 978-34-493-1995-2.]