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lunes, 10 de agosto de 2020

Diálogos amenos.- Pietro Aretino (1492-1556)

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Segunda parte
Segunda jornada

  «Enana: La mayordoma de Malfetta tenía la costumbre de decir que la dicha y el contento de una prostituta, eran hermanos de las esperanzas de un cortesano que tiene en su poder el aviso por el cual sabe que un tal se muere, y el hombre se cura precisamente en el momento en que el otro acaba de obtener sus beneficios. ¿Es quizá dichosa la mujer que tiene que sentarse con las asentaderas de otro, andar con los pies de otro, dormir con los ojos de otro, comer con la boca de otro? ¿Está satisfecha de que por todas partes se la señale con el dedo como a una perdida, como una mujer pública?
 Pipa: ¡Oh! ¿Toda prostituta es mujer pública?
 Enana: Sí.
 Pipa: ¿Cómo que sí?
 Enana: Cualquiera que pague por holgarse con ella va a saltarle encima, ya sea rico hasta reventar, ya un piojoso, por la razón de que los ducados relucen tanto en la mano de los lacayos como en la de los señores, y lo mismo hay que abrir la puerta al criado que al rey. Por tanto, toda prostituta que quiere tener dineros, y no espadas o bastones, es pasto del público.
 Pipa: No se puede hablar mejor.
 Enana: Pregúntales, no solamente a los predicadores, sino a sus púlpitos de madera, si vivimos dichosas y contentas. Los predicadores se yerguen en toda su altura, y mírales cómo se nos echan encima: ""¡Oh, perversas concubinas del diablo! ¡Esposas de almas locas, hermanas de Lucifer, vergüenza del mundo entero, deshonor de vuestro sexo in mulieribus! ¡Los dragones del infierno os devorarán vuestra alma, os la quemarán; las calderas de azufre hirviente os esperan, los asadores rojos al fuego os reclaman, las garras de demonios van a despedazaros, seréis la carne para sus garfios y os flagelarán a latigazos de serpientes in aeternum in aeternum!" He aquí ahora a los confesores: "Ite in igne, in igne, os digo, lujuriosas, sacos de pecados, expoliadoras de hombres, brujas endemoniadas, espías del diablo, miserables lobas!", y no quieren ni oírnos, cuánto menos darnos la absolución. Cuando llega la Semana Santa, los judíos que pusieron en cruz a Nuestro Señor van mejor vestidos que nosotras, y además la conciencia nos hostiga y nos grita: "Idos a sepultaros en un montón de estiércol y no os mostréis entre los cristianos". ¿Y cómo es que estamos reducidas a tan miserable condición? Nada más que por los hombres, por complacerles. ¿Por qué nos han hecho ellos lo que somos?
 Pipa: ¿Por qué no se clama contra los hombres tanto como contra nosotras?
 Enana: Es lo que yo te quería decir. La paternidad de la Reverencia del señor predicador debería volverse hacia el lado de sus señorías y decirles: "¡Oh, vosotros, espíritus tentadores! ¿Por qué tomáis por fuerza, por qué contamináis, por qué volvéis al revés a esas prostitutas de mujeres, a esas buenas prendas de mujeres, a esas aturdidas de mujeres? Si las manejáis como bien os parece, ¿a qué las desvalijáis, a qué las golpeáis, por qué las difamáis?" Bien debiera el fraile hacer de manera que esas serpientes, esos calderos, esos asadores, esos arpones, esos ganchos y todos los diablejos se volvieran un poco contra los vicios de los hombres.
 Pipa: Es lo que harán quizá.
 Enana: No lo pienses, no lo creas, no lo esperes y la razón es que ¡ay de los débiles! He aquí por qué los varones son requebrados, y no reprendidos por los reverendos. Ahora, vayamos a los medios de hacerse pagar de los que nos molestan por abajo y por arriba.
diálogos amenos. pietro aretino. bruguera amigo - Comprar en ... Pipa: Me parece que ya me habéis hablado de ellos.
 Enana: No es verdad, aparte de que los mensajes que tienen importancia deben ser repetidos dos o tres veces. Pipa, yo quisiera saber de esos galanes superficiales que nos zahieren porque nosotras buscamos nuestro provecho y nos hacemos pagar los servicios hechos a quien nos los pide; yo quisiera saber por qué motivo y con qué derecho íbamos a estar obligados al prójimo por sus bellos ojos. He ahí el barbero que te lava y te rasura; ¿por qué?, por tu dinero; los vendimiadores no darían un golpe de azadón en la viña, los sastres no pondrían una aguja en un par de calzones, si el dinero no lloviera en sus bolsas; ponte enferma y no tengas cuartos, y verás venir al médico, sí, mañana a la noche; toma una sirvienta y no le pagues su salario y te verás forzada a hacer su tarea tú misma; ve a buscar un manojo de rábanos, ve a buscar aceite, ve a buscar sal, ve a buscar todo eso sin dinero y te volverás con las manos vacías; todo se paga, hasta la confesión, hasta la absolución.
 Pipa: Eso no se paga; alto ahí.
 Enana: ¿Qué sabes tú?
 Pipa: El penitenciario me lo dijo cuando me dio el golpecito de varilla en la cabeza.
 Enana: Puede ser, pero mira al preste que ha recibido la confesión, si no le ofreces nada, y verás la bonita cara que te pone. Sea lo que quiera que sea, las misas se pagan, y el que no quiere ser sepultado en el cementerio o a lo largo del muro, tiene que pagar el Kyrie eleison, el Porta inferi y el Requiem aeternam. No quiero decirte más; las prisiones de Corte-Savella, de Torre di Nonna y del Capitole os tienen encerradas y bien estrechamente; no quieren ellas ser menos sobrecargadas y hasta el verdugo ha de reclamar tres o cuatro ducados por cada cuello que cuelga y cada cabeza que corta, y no grabaría una marca sobre la frente de un ladrón, no cortaría un poco de nariz o de oreja si el senador o el gobernador, el potestad y el capitán no le dieran lo que es debido. Si, pues, a ti te parece justo el dar tu cuerpo, todos tus miembros y toda tu ternura por un "Muchas gracias, madona", tú allá. Si te place entregarte a esos negociantes que no miran a nadie a la cara, a menos de tener alguna usura que sacar, entrégate.
 Pipa: No, no; de ningún modo lo haré.
 Enana: Entonces, entiéndeme bien, y cuando me hayas entendido, pon en obra mis consejos. Si los sigues, los hombres no sabrán guardarse de ti, en tanto que tú sabrás guardarte de ellos.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de José Santina. ISBN: 84-02-08994-1.]

martes, 2 de junio de 2020

Tentaciones mahometanas.- Stefan Weidner (1967)

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Después del 11-S: Argel, Alepo y Ánnaba

   «Simón fue ante todo un escándalo para la Iglesia. No se conformó con ser un hermano más del monasterio. En su extrema autonegación contravino lo que cualquier hombre en su sano juicio entendería por vida monacal. Creó un patrón de conducta que se convirtió en un peligro para los demás, cuyos esfuerzos por abandonar el mundo quedaban en comparación totalmente eclipsados cuando no despojados de todo valor. Quien intentaba ser de su cuerda y seguir su ejemplo corría peligro de muerte. Quien al igual que él no comía nada en cuarenta días moría. Quien como él no bebía nada en cuarenta días moría igualmente. El que se aplicaba como él el cilicio reventándose las venas y lacerándose las carnes hasta sangrar y sentir cómo le ardían las heridas, y rechazaba como Simón hacía cualquier tipo de cuidado, terminaba por morirse. Por esa razón, para impedir que su conducta hiciera escuela, fue expulsado del monasterio. Se instaló en un pedazo de tierra en lo alto de la colina, donde luego sería erigida la columna, y mandó que lo encadenaran para no sucumbir a la tentación, para ausentarse del mundo. […]
 Poco a poco, cuando contaba aproximadamente treinta y cinco años, alcanzó tal fama que la gente peregrinaba en masa a su encuentro con la esperanza de asistir a sus proezas. […] Observaban atónitos la increíble fe de ese hombre, que lo hacía inmune a todo lo que hay sobre la tierra, a cualquier cosa que pudiera sucederle, pues no había nada que le afectara. Se quedaban pasmados frente a aquel hombre que no sentía miedo ante nada, que pese a estar preso en un cuerpo había liberado su mente como nadie había podido hacerlo antes. Aunque conviene precisar: lo que había liberado era su alma. Su mente se mantenía ligada a Dios y a los Evangelios.
 Y en el momento en que se vio asediado por la gente, atormentado, obligado a actuar, huyó hacia arriba, se subió a una columna. Nadie supo de dónde había salido, quizá fuera él mismo quien la construyera; en un primer momento su altura era de ocho pies, lo suficiente como para estar por encima de todos, aunque aún demasiado cerca de los brazos estirados de una turba histérica de peregrinos. De modo que fue ampliándola más y más hasta que, finalmente, en los últimos días de su vida, alcanzó a medir cincuenta pies. Pero mucho antes, cuando su columna no pasaba de los quince pies, constantemente exhortado y forzado como estaba, descubrió sus dotes de orador: las palabras brotaban de su interior como una cascada, mas no en un flujo continuo, sino a borbotones imprevisibles. […]
 Comenzó, como siempre hacía, a proferir todo tipo de insultos, ofensas e injurias; estaba fuera de sí, furibundo. "¡Cretinos! ¡Cerdos miserables! ¡Hatajo de corruptos, no sois más que culos que rezuman lascivia! ¿Queréis que os cure? Me hacéis reír. Seguid mi ejemplo. Alegraos de estar enfermos. Al menos así buscáis refugio en Dios. Si estuvierais sanos, ¿acaso estaría yo ahora viéndoos? Y vosotros, los que creéis estar sanos, sois los más enfermos de todos sin siquiera percataros. Os creéis especiales. Os consideráis los más devotos. ¡Bah! ¡Largaos! Escoria. Fariseos. Chusma del Señor. Judíos, persas, romanos, maniqueos... Putas e hijos de puta, vándalos, germanos, paganos convertidos, cerdos cristianos"; ése era siempre su último recurso, el último intento, la mayor de las humillaciones. Cuando volvió en sí, se vio obligado a repetir: "No son más que una panda de cerdos cristianos. Supersticiosos, histéricos, mirones, cerdos cristianos arrojados al mundo". Y sabía que estaba en lo cierto. No eran mucho mejores que eso. No se había producido progreso alguno en la religión. Si acaso retrocesos. Daba absolutamente igual quién creyera qué. Lo sabía, y también sabía que esto era lo más doloroso, la gran prueba. Había permanecido en silencio durante semanas y ahora había explotado. Había vuelto a fracasar. Había sido un belicoso orgasmo no deseado. Y lo que lo hacía aún peor: en público. Una manifestación de ira. De odio. Esa multitud era el diablo, la tentación. Su columna medía entonces quince pies, nadie podía tocarlo, pero no servía de nada. Era necesario erigir otra, una más alta. […] "¡Marchaos1 ¡Haz que se vayan! Sois los enemigos de Dios Sois el demonio hecho hombre. Si tuviera unas piedras aquí arriba, os lapidaría. Si tuviera poder en el cielo, haría que llovieran piedras sobre vosotros".
Tentaciones mahometanas (DE): Amazon.es: Weidmer, Stefan, Ugarte ... Un murmullo atravesó la muchedumbre de peregrinos. ¡Qué alegría! Ha reaccionado. Ha reparado en su presencia. Sí, ha entrado en contacto con ellos: ha querido lapidarlos. Entonces la multitud empezó a rugir: ¡Lapídanos, Sam'an, apedréanos, por favor, ven y lapídanos! -sonaban a coro cientos de gargantas-. ¿No tienes piedras? ¡Aquí están las piedras que nos merecemos!" […] Y como Simón no tenía piedras a mano, algunos empezaron a lanzarlas a la plataforma que culminaba su columna, como si se tratara de un partido de baloncesto, para que éste pudiera luego arrojárselas. Cada vez volaban más piedras hacia él, y sin embargo se incorporó y permaneció erguido con el fin de que impactaran en su cuerpo. Por un momento dio la impresión de que era él el lapidado, de que era él quien había querido que lo apedrearan. Sus cuatro adeptos, los guardianes de la columna, intervinieron emprendiéndola a garrotazos con la turba, mientras Simón pareció tranquilizarse. Era evidente que las piedras le hacían un gran bien, que las frescas e inesperadas heridas, que la sangre en la frente y en el pecho, le proporcionaban alivio. Cuando se dieron cuenta de que volvía a enmudecer, de que su ira remitía y de que soportaba bien las piedras, cesaron bruscamente de arrojarlas y volvieron a aullar: "¡Lapídanos, apedréanos!" Mas él volvió a sumergirse en sí mismo, se arrodilló en lo alto de su columna y dio gracias a Dios por haberlo liberado al fin de esa tentación.
 Demasiado tarde. La multitud estaba histérica. […]
 Entonces alzó la voz para decir: "¿A qué habéis venido? ¿Con qué fin? Si queréis ser como yo, si realmente eso es lo que queréis (cosa que no acabo de creerme), idos de aquí, dispersaos, buscad una cueva, un desierto o una montaña. Pero sé muy bien que sois débiles. Habéis venido aquí para que os ayude. Mas vuestro único mal es precisamente haber venido a mí. Lo único que puedo hacer por vosotros es echaros. Idos de aquí y sólo con eso ya estaréis curados, os digo. Vuestra enfermedad son vuestros anhelos y no otra cosa, enfermáis porque creéis necesitarme. Pero nadie puede ayudaros salvo vosotros mismos. No necesitáis a nadie. No me necesitáis a mí. Ni siquiera necesitáis un dios. Tan sólo os empeñáis en necesitarlo. Si lo necesitáis a Él, ¿por qué venís a mí? ¿Por qué venís a escucharme a mí en vez de escuchar la palabra de Dios? ¿Qué puedo deciros que no haya dicho Dios? No necesitáis a Dios, necesitáis pastores, igual que el ganado. No necesitáis un salvador, ni santos, ni bendiciones, necesitáis pan. No necesitáis compasión, necesitáis amor. Dios os ha dejado a vuestra suerte. Ni siquiera el demonio quiere manifestarse ante vosotros. Sois criaturas más allá del bien y del mal. Fijaos en las bestias. ¿Qué saben ellas de la creación? ¿Qué sabéis vosotros acerca de Dios? Decís que anheláis lo que hay detrás de la muerte. Me dais risa. Dedicaros a vivir sin más. ¿Quién ha confundido vuestro entendimiento? ¿No soy un modelo para vosotros? ¡Pues entonces seguid mis pasos! No hacéis nada en absoluto. ¿Qué queréis de mí? ¿Es que no tenéis nada más importante que hacer? Habéis estado aquí apostados durante semanas, hombres fuertes, jóvenes esperanzados, mujeres hermosas, ancianos experimentados... ¿No tenéis tareas que hacer, no tenéis tierras? ¿No tenéis hijos? ¿No tenéis obligaciones? No necesitáis preocuparos del más allá. Para Dios sois insignificantes. Dedicaros a vuestros quehaceres y dejad que Dios se dedique a los suyos. Rezad si os hace bien. Pero sólo cuando hayáis pagado todas vuestras deudas, cuando hayáis acabado con la tarea del día. No le debéis nada a Dios. Dios no es un acreedor. ¿Qué va a reclamaros quien nada necesita? ¿Qué ibais a darle? ¡Miraos bien! ¿Darle algo a Dios? No le debéis nada a Dios, le debéis todo a vuestras vidas, vosotros, sentados aquí, contemplándome, gandules, vagos, descarriados. ¿Habéis arado hoy vuestras tierras? ¿Habéis ordeñado vuestras cabras? ¿Habéis jugado hoy con vuestros hijos? ¿Os habéis acostado con vuestras mujeres? ¿Habéis embarcado vuestras mercancías? ¿Habéis contado vuestro dinero? ¿Habéis honrado a vuestros padres? ¿Habéis arreglado el tejado? ¿Habéis cortado leña para el invierno? Si es así, ¡rezad! Cuando hayáis hecho todo lo que tengáis que hacer, rezad, rezad y rezad. Que la paz sea con vosotros por siempre. Amén".
 A partir de entonces, Simón pronunció sus sermones dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, siempre a la misma hora.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 2005, en traducción de Valentín Ugarte. ISBN: 84-96080-63-3.]

lunes, 1 de junio de 2020

Una vida violenta.- Pier Paolo Pasolini (1922-1975)

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Primera parte
3.-Irene

   «Muy ufano por su primer domingo transcurrido con su novia, Tommaso volvió a Pietralata; y, en cuanto llegó, el Zimmio, el Cagone y otros dos o tres de la pandilla lo pararon y le preguntaron si estaba dispuesto a ir con ellos a la Anguillara, para un trabajito de gallinas. Tommasino dijo:
 -Claro. ¿Cómo no?
 Ya era tarde y partieron en un "Mil cien" que los otros habían robado por la tarde.
 El robo de gallinas en Anguilara resultó bien y, al día siguiente, realizaron otro por el lado de Tívoli y después otros más en Villalba y en Settecamini, cada vez más cerca de la ciudad. El Sábado Santo, para evitar la fatiga de ir lejos, dieron un golpe en Ponte Mammolo, a dos pasos, a orillas del Aniene.
 Dejando de lado las bromas, he aquí cómo se desarrollaron las cosas. El Cagone, el Zellerone, Cazzitini, el Budda, el Gricio, el Sciacallo y Nazzareno, en unión con los más jovencitos, Tommasino, el Zimmio y el Zucabbo, habían ido a Tiburtino para alquilar un furgón, pues se les presentaba la ocasión de hacer un trabajito por otro lado, hacia Ciampino: se trataba de tres o cuatro quintales de bronce. Llovía. Calados hasta la médula, los compinches llegaron a Tiburtino y se pusieron a silbar frente a la ventana de una casa que daba al campo. Carlo el Sordo salió al zaguán y, cuando los otros le pidieron el furgón, se los rehusó:
 -¡No, no y no! Yo no les doy mi furgón. Ya van tres veces que lo doy, después las cosas quedan en la nada y yo me quedo con las ganas.
 -Pero nosotros no somos así -protestaron.
 -Bueno -contestó Carlo el Sordo-. Ustedes me dan enseguida cinco mil liras y yo les doy el furgón.
 -Es que nosotros no tenemos ahora cinco mil liras -replicaron los compinches.
 -Siendo así -dijo el Sordo-, lo siento, pero el furgón no sale.
 -Nos arruinas -le explicaron-. Mañana es Pascua. ¿Qué vamos a hacer sin una lira en el bolsillo?
 -Ven con nosotros -propuso el Sciacallo-, si no nos crees.
 -No, no -dijo Carlo-, a mí la policía me conoce demasiado. Tendría calabozo para años si nos agarrasen.
 -Te dejamos los abrigos -propuso el Cagone.
 -¿Y qué hago con los abrigos? -contestó Carlo-. Mañana es Pascua, quiero pasármela tranquilo, no quiero estar toda la noche en vela pensando en el furgón.
 Así que, quieras o no quieras, tuvieron que marcharse sin furgón. El Cagone, el Zellerone, el Sciacallo, el Budda, el Gricio, Cazzitini y Nazzareno se metieron en el "Bar Duemila", que estaba por allí, frente al Monte del Pecoraro. Los tres más jóvenes se quedaron en la calle, ante el lote de casas en que vivía Carlo el Sordo, sin resolverse a marcharse.
 -Nada que hacer -dijo deprimido el Zimmio.
 -Estaríamos locos si nos fuéramos a dormir -profirió el Zucabbo-. Hagamos algo. De algún modo tendremos que encontrar dinero.
 -¿No sabes -dijo Tommaso, que era el más ávido desde que se había metido con la Irene- que cuando los trabajos se improvisan uno cae fácilmente en la trampa?
 -Mañana es Pascua. Prefiero pasármela en la cárcel antes que estar sin un lira en el bolsillo -replicó el Zucabbo.
 -Ni siquiera podemos ir por ropa tendida -observó amargamente el Zimmio-, porque llueve. ¿A quién se le va a ocurrir tender ropa con este tiempo?
 Callaron, cariacontecidos. En el silencio circundante sólo se oía caer la lluvia. Y he aquí que, de pronto, oyeron cantar un gallo: era el gallo de Carlo el Sordo.
 -¿Y si le limpiáramos el gallinero al Sordo? -dijo el Zucabbo, brillantes los ojos-. ¿Por qué ese hijo de p... no quiso alquilarnos su furgón?
CUENTOS de MARIETA: Brújulas y Espirales: Pier Paolo Pasolini "Una ... -¡Aoh! -exclamó entonces el Zimmio-. A propósito de gallinas... ¿Quieren venir conmigo? Ahora que lo pienso, junto a la iglesia de Ponte Mammolo los curas tienen un gallinero. Yo sé dónde están las gallinas, porque hace unos años fui allí a robar huevos. ¡Ammazza, son muchas!
 -¿Cuántas, más o menos? -preguntó Tommaso. 
 -Doscientas, trescientas -repuso el Zimmio.
 -Entonces, vamos, vale la pena -dijo Tommaso-. A quinientas liras cada una, son ciento cincuenta mil.
 -¿Y dónde las ponemos? -preguntó el Zucabbo.
 -Yo llevo el forro del colchón -contestó sin titubeos el Zimmio-. Mi madre lavó la lana. Figúrense las gallinas que caben... Podemos meter al mismo sacristán...
 Así, llenos de esperanza, se pusieron en marcha.
 […]
 Tommaso y el Zucabbo llegaron a casa del Zimmio y lo llamaron. Estaba durmiendo. Como tenía a su novia en Ponte Mammolo, y ella y su madre eran muy católicas, él, aunque cayéndose de sueño, había tenido que madrugar para ir allá a oír misa con ellas. Había vuelto hacía poco más de media hora y se había echado otra vez en la cama, quedándose dormido inmediatamente. Tommaso y el Zucabbo lo despertaron:
 -¿Y las gallinas? -preguntaron-. ¿Qué? ¿No nos vas a dar las nuestras?
 -Dos se las di a mi madre -dijo el Zimmio, hinchado de sueño y sombrío, pero con una cara tan rara que no convencía a nadie-, y las otras dos las dejé allá, en la Via Casal dei Pazzi.
 Los miró unos instantes, con las bolas de los ojos que se le llenaban de risa.
 -A propósito... -prosiguió, y largó la risa-. A propósito, ¿saben lo que dijo el cura en la misa?
 Y seguía riéndose con tantas ganas que no podía pronunciar una sola palabra; los otros sabían que había ido a oír misa precisamente allá donde tres horas antes habían estado robando, y lo miraban también regocijados.
 -Dijo -empezó a contar el Zimmio cuando se hubo calmado un poco- que anoche le robaron treinta gallinas... Que unos ladrones sacrílegos se introdujeron anoche en su gallinero y que los condenados le robaron treinta gallinas, aprovechándose de él, que hace la caridad... ¡Treinta gallinas, dijo aquel hijo de perra!
 A Tommaso y el Zucabbo les brillaban los ojos por la alegría de saber que habían hablado de ellos durante la misa, ante tanta gente.
 -¡Ahh! -exclamó el Zucabbo-. ¿Lo oyes, Tommaso? Somos peores que el Tinea. ¿Qué te parece?
 -¡Aoh! -dijo Tommaso-. ¿Vamos a misa a oír lo que dice?
 -¡Vamos! -contestó con entusiasmo el Zucabbo.
 -Lárgate con nosotros, ¡dale! -dijo Tommasino al Zimmio.
 Así, hicieron la caminata hasta Ponte Mammolo y no se dieron por satisfechos con escuchar el sermón de la segunda misa, sino que también quisieron oír el de la última, de mediodía. El cura hablaba de ellos, de estos ladrones, de estas almas perdidas, de estos sacrílegos, etcétera, etcétera... Se hicieron una panzada de misas; por lo demás, hacía más de diez años que no pisaban una iglesia y ya ni siquiera recordaban quién había creado el mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1969, en traducción de Attilio Dabini. ]

lunes, 27 de abril de 2020

La vuelta al mundo en 80 días.- Julio Verne (1828-1905)

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Capítulo XXVII

«Ese personaje, que había tomado el tren en la estación de Elko, era hombre de elevada estatura, muy moreno y bigote negro; vestía pantalón negro, corbata blanca y guantes de piel de perro. Parecía un reverendo. Iba de un extremo a otro del tren, y en la portezuela de cada vagón pegaba con obleas una nota manuscrita.
 Picaporte se acercó y leyó en una de esas notas que el honorable elder William Hitch, misionero mormón, aprovechando su presencia en el tren número 48, daría de once a doce, en el coche número 117, una conferencia sobre el mormonismo, invitando a oírla a todos los caballeros deseosos de instruirse en los misterios de la región de los "santos de los últimos días".
 Picaporte, que sólo sabía del mormonismo sus costumbres polígamas, base de la sociedad mormónica, se propuso asistir a ella.
 La noticia se esparció rápidamente por el tren, que llevaba un centenar de viajeros. Entre ellos, treinta a lo más, atraídos por el cebo de la conferencia, ocupaban a las once los asientos del coche número 117, figurando Picaporte en la primera fila de los fieles. Ni su amo ni Fix habían creído oportuno molestarse.
 A la hora fijada, el elder William Hitch se levantó, y con voz bastante irritada, como si de antemano le hubiesen contradicho, exclamó:
 -¡Oh, digo yo que Joe Smith es un mártir, que su hermano Hyram es un mártir, y que las persecuciones del Gobierno de la Unión contra los profetas van a hacer también un mártir de Brigham Young! ¿Quién se atreverá a sostener lo contrario?
 Nadie se aventuró a contradecir al misionero, cuya exaltación era un contraste con su fisonomía, naturalmente serena. Pero su cólera se explicaba, indudablemente, por estar entonces sometido el mormonismo a trances muy duros. El Gobierno de los Estados Unidos acababa de reducir, no sin trabajo, a esos fanáticos independientes. Se había hecho dueño del Utah, sometiéndolo a las leyes de la Unión, después de haber encarcelado a Brigham Young, acusado de rebelión y de poligamia. Desde aquella época, los discípulos del profeta redoblaban sus esfuerzos y aguardando los hechos, resistían con la palabra a las pretensiones del Congreso.
 Como se ve, el elder William Hitch hacía proselitismo en el ferrocarril.
julio verne / la vuelta al mundo en 80 días. * - Comprar Libros de ... Y entonces refirió apasionado, en relación con los raudales de su voz y la violencia de sus ademanes, la historia del mormonismo desde los tiempos bíblicos: "Cómo en Israel un profeta mormoní de la tribu de José publicó los anales de la nueva religión y los leyó a su hijo Morimón; cómo muchos siglos más tarde una traducción de ese precioso libro, escrito en caracteres egipcios, fue hecha por José Smith, junior, colono del estado de Vermont, quien se reveló como profeta místico en 1825; cómo por último, le apareció un mensajero celeste en una selva luminosa y le entregó los anales del Señor."
 En este momento, algunos oyentes poco interesados por la relación retrospectiva del misionero, abandonaron el vagón; pero William Hitch, prosiguiendo refirió "cómo Smith, junior, reuniendo a su padre, a sus dos hermanos y algunos discípulos, fundó la religión de los 'santos de los últimos días', religión que, adoptada, no tan sólo en América, sino en Inglaterra, Escandinavia y Alemania, cuenta entre sus fieles, no sólo artesanos, sino muchas personas que ejercen profesiones liberales; cómo una colonia fue fundada en Ohio; cómo se edificó un templo gastando doscientos mil pesos y cómo se construyó una ciudad en Kirkand; cómo Smith llegó a ser un audaz banquero y recibió de un simple exhibidor de momias un papiro que contenía la narración escrita de mano de Abraham y otros célebres egipcios".
 Como esta historia se iba haciendo un poco larga, las filas de los oyentes se fueron aclarando y el público quedó reducido a unas veinte personas.
 Pero el elder, sin dársele un ardite esta deserción, refirió los detalles "cómo José Smith quebró en 1837; cómo los accionistas le embrearon y le emplumaron; cómo se le volvió a ver más honorable y más honrado que nunca, algunos años después, en Independence, en el Missouri, y jefe de una comunidad floreciente que no contaba menos de tres mil discípulos. Y entonces, perseguido por el odio de los gentiles, se vio obligado a huir del Far-West americano".
 Aún quedaban diez oyentes y, entre ellos, el buen Picaporte, que era todo oídos. Así supo "cómo después de muchas persecuciones Smith apareció en Illinois y fundó, en 1839, a orillas del Misisipí, Nauvoo-la-Bella, cuya población se elevó hasta veinticinco mil almas; cómo Smith fue su alcalde, juez supremo y general en jefe; cómo en 1844 se presentó candidato a la presidencia de Estados Unidos y cómo, por último, atraído a una asechanza a Cartago, fue encarcelado y asesinado por una banda de hombres enmascarados".
 Al llegar a este punto sólo quedaba Picaporte en el vagón y el elder, mirándole de hito en hito, fascinándolo con sus palabras, le recordó que dos años después del asesinato de Smith, su sucesor, el profeta inspirado Brigham Young, abandonando Nauvoo, fue a establecerse a orillas del Lago Salado, y allí, en aquel admirable territorio, en medio de una región fértil, en el camino que los emigrantes atravesarían para ir a California, la nueva colonia, gracias a los principios de la poligamia del mormonismo, tomó enorme extensión.
 -¡Y por eso -añadió William Hitch-, por eso la envidia del Congreso se ha ejercitado contra nosotros! ¡Por eso los soldados de la Unión han pisoteado el suelo de Utah! ¡Por eso, el poeta inspirado Brigham Young, abandonando Nauvoo, reclama toda justicia! ¿Cederemos a la fuerza? ¡Jamás! ¡Arrojados del Vermont, arrojados del Missouri, arrojados del Utah, ya encontraremos algún territorio independiente donde plantar nuestra tienda, y usted, adicto mío -añadió el elder, fijando sobre su único oyente su enojada mirada-, ¿plantará la suya a la sombra de nuestra bandera?
 -¡No! -contestó con valentía Picaporte, que huyó a la vez, dejando al energúmeno predicador en el desierto.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984, en traducción de Ángel Fuentes. ISBN: 84-7530-742-6.]