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domingo, 11 de julio de 2021

Tela de sevoya.- Myriam Moscona (1955)


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 «La única forma de traducción que la memoria tiene a su alcance es el lenguaje. Sólo el materno nos da la entrada a ese valle nativo y único en el que decimos mejor aquello que pensamos. Aun cuando hablemos con soltura otros idiomas, aquel en que nos brotan los insultos, las operaciones aritméticas y las expresiones intempestivas suele ser el de nuestra lengua primera. En ella conservamos los fotogramas de toda la cinta vital que nuestro cerebro nos traduce en forma de recuerdos. Aun nuestra memoria visual así como la de temperaturas y olores, texturas y matices, que no requiere de palabras (porque sus palabras son las sensaciones), la captamos a través de un proceso de lenguaje. De modo que no es del todo extraordinario que un grupo de exiliados conserve su lengua y la transmita a los suyos durante un tiempo, pero sí resulta notable que, durante alrededor de treinta generaciones, el ladino se haya mantenido en efervescencia pese a que sus hablantes estaban ya integrados en distintos países europeos y africanos. Lo extraño es lo que ocurrió en algunos destinos de la diáspora.
 La señora S. D., doctora en Bulgaria, estudió y se desarr
olló como pediatra en Sofía. El constante contacto con la realidad de su país, su vida profesional, día y noche, durante cincuenta años, estuvo siempre anclada al búlgaro. Al llegar a su casa, se retiraba la bata de trabajo y cambiaba del búlgaro al ladino. Todas sus relaciones íntimas y familiares, su lengua de hija, hermana, novia y esposa se dieron en ese español arcaico que conoció de niña y que ya no transmitió a sus hijos de la misma forma. Sus hijos nacieron en la segunda mitad del siglo XX, momento en que la práctica del ladino comenzaba a debilitarse. La creación del estado de Israel en 1948 y la aniquilación de cientos de miles de judíos sefardíes, hablantes naturales de la lengua, en los campos de exterminio nazi, son dos de los factores que explican este fenómeno. “Si Israel hubiese decretado además del hebreo, el yiddish y el judeoespañol como lenguas oficiales, la historia hubiese sido otra”, dice con una expresión dulce.
 El señor J. R., de Salónica, pasó toda su juventud en Grecia y jamás aprendió la lengua local. La comunidad sefardí de Salónica era tan numerosa antes de la Segunda Guerra Mundial que bastaba hablar judeoespañol para comprar un litro de leche en el mercado, para tratar con sastres, estibadores del muelle  amigos del barrio. Los hablantes de ladino llegaron a representar sesenta y cinco por ciento de la población total, convirtiéndola en lengua franca entre los pobladores judíos, cristianos y musulmanes. El padre del señor J. R. pertenecía a una familia de clase media alta que decidió mandar a su hijo al Liceo Francés. Su lengua materna era el ladino y su lengua de estudios el francés, tal como ocurría con muchos hijos de familias acomodadas. El joven J. R. podía prescindir del griego. Finalmente, su mundo inmediato se desarrollaba sin dificultades con estas dos lenguas. Después de la trágica historia de persecución (el noventa y cinco por ciento de la población que fue a dar a los campos de concentración no volvió), el señor J. R. llegó a México en los años cuarenta. Aprendió el español local, y aunque siguió empleando algunas expresiones insustituibles en ladino, les dijo a sus tres hijos mexicanos: “Después del exterminio no le veo ningún sentido a insistir en esta transmisión. Para mí, el djudezmo murió en los campos de exterminio y me parece absurdo revivirlo”. No fue el único.
Resultado de imagen de tela de sevoya Caso aparte son las comunidades que se establecieron en Siria (familias que se distinguen, por ejemplo, por los apellidos Galante, Picciotto, Laniado). Su integración a las comunidades locales fue tal que no conservaron el djudezmo como lengua familiar. Razón que explica sólo en parte el hecho de no haber continuado con la práctica del ladino pues no es el único grupo que se fundió con la sociedad local. Las razones profundas de por qué no adoptaron esa lengua que llevaban consigo al salir de España son un enigma aunque hay una posible explicación. Las comunidades judías en Siria son tan antiguas que incluso se mencionan en la Biblia. Damasco, por ejemplo, es considerada la ciudad más antigua del mundo con una población continua. Cuando en el siglo XV y XVI algunos expulsados de España que llegaron a Alepo y a Damasco se integraron a una comunidad que ya estaba allí, se fundieron lingüísticamente al árabe de tal forma que la práctica del castellano del siglo XV se debilitó poco después hasta perderse por completo.

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 La mayoría de los judíos que vivían en Bulgaria eran simples y modestos trabajadores de los barrios pobres del país. Muy pocas familias gozaban de lujos. Y muy pocas también, si es que de verdad las hubo, eran prestamistas, banqueros o dueñas de negocios que produjeran envidia entre la gente. La imagen de los judíos búlgaros difería totalmente de la propaganda nazi que presentaba a “la raza” con la típica imagen de los usureros. “Nuestros judíos son españoles” le dijo el rey Boris al militar Joachim von Ribbentrop, el temible ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania nazi. En este “nuestros judíos son españoles” se encerraba una defensa, sin duda, pero también se hacía hincapié en la lengua que serpenteaba en el país, tan distinta a la búlgara, y que lejos de complicar, enriquecía las condiciones culturales de la nación. Los judíos no eran calificados de extranjeros peligrosos que vestían y vivían diferente, hablaban una lengua extraña y llevaban a cabo ritos incomprensibles. Muchos polacos y ucranianos odiaban a los judíos instintivamente porque parecían distintos, extranjeros. Los judíos búlgaros, en cambio, vivían prácticamente igual que sus vecinos. Entre ellos no había hasídicos, ni usaban sombreros o talits (mantos para el rezo); los únicos judíos barbados eran los rabinos que difícilmente se topaban en las calles. Algunos judíos se cuidaban de comer todo kosher, pero la mayoría más bien apreciaba el sabor de los mariscos y de la carne común y corriente. Algunos rezaban durante los sábados y las fiestas sagradas, pero la mayoría no. Muchos trabajaban o se divertían los sábados como un día cualquiera. A los poetas, escritores, compositores de la comunidad judía, se les consideraba artistas nacionales búlgaros. Unos cuantos hablaban de la lengua mejor que los búlgaros de viejas raigambres y cantaban sus canciones y sentían un profundo amor por su país. Los judíos de Bulgaria eran, en suma, una comunidad heterodoxa que no parecía preocupada por su religión. Existía una historia para describir de qué modo, hasta la creencia en Dios era, entre los judíos búlgaros, poco popular. No así su sentido cultural, presente en sus dichos, proverbios, humor, gastronomía y ciertas expresiones verbales. Se contaba, pues, que cuando Jehová bajó a la Tierra a visitar a sus comunidades pudo entrar en todos los países del mundo donde encontraba población judía. Sólo unas puertas encontró selladas: las de Bulgaria. Los judíos no mostraban interés en visitas celestiales.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2014, pp. 81-85. ISBN: 978-84-16011-02-5.]

sábado, 5 de junio de 2021

Limpia y fija... por un chico de instituto.- Mariano de Cavia (1855-1920)


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“¡A mí, plin!”


   «Aun  cuando otra cosa promete el epígrafe de esta sección, el presente apunte no se traza para limpiar ni fijar ningún punto turbio ni dudoso del lenguaje corriente. Se trata no más de una curiosidad demopédica.
 Ya sé que esto de la demopedia se les atraganta a algunos hablistas (por la otra punta) que cabalmente se distinguen por sus formidables tragaderas para embaular los más absurdos barbarismos; pero, es lo que se dice, ¡a mí plin!
 ¿De dónde diantre viene esta plebeya locución con que el vulgo dicharachero y muchos festivos escritores han sustituido modernamente el antiguo “¿qué se me da a mí?” Todo, aun lo más extravagante, lo más incomprensible que el pueblo pone en boga, tiene alguna razonable explicación.
 Un mozalbillo que todavía está en la segunda enseñanza, aunque algo procure aprender leyendo y escuchando, no puede estar en ciertos toques y retoques del habla popular, cuando tienen su probable origen en dichos y hechos que “un chico de instituto” no ha estado en ocasión de alcanzar.
 Valga por lo que valiere, daré a algunos curiosos que me la han pedido la explicación del ¡a mí, plin! que me ha dado uno de los leones que acompañan a la diosa Cibeles. Es un madrileño muy antiguo y jura por el Olimpo entero haber oído la frase primitiva de que se ha derivado, por corrupción familiar, la frasecilla hoy corriente.
 Ello fue –si el león no me ha engañado- allá en los días en que el héroe de los Castillejos, político de sumo temple, a quien inmoló la barbarie de las disensiones españolas, había alcanzado el grado máximo en el termómetro de la popularidad. (También tengo yo mi poco de retórica entre el pulgar y el índice).
 Entraba por Recoletos, y era un domingo por la tarde, cierta arrogante y guapísima moza, más o menos doncella de éstas que llamamos de servir, en la amartelada compañía de un ramplón y desmedrado sorche, que sin pasar de soldado raso podía reírse con toda su atroz bocaza del mismísimo sargento Utrera, de quien se cuenta que reventó de feo.
 En dirección contraria a la de aquella pareja tan desigual venían tres o cuatro sargentos que no reventaban de feos, como el del dichote, sino de puro apuestos y bonitos.
 -¡Vaya una jembra juncal! (empezaron a decir); ¡viva la gracia y viva el salero, y vivan sus papás de usted y muera el mal gusto que usted tiene! Pero, gloria, ¿de cuándo acá hacen los ángeles tan buenas migas con los demonios?
 Y la moza sandunguera, lanzando dos miradas, una de sumo desdén a los sargentos guapos y otra de hondo cariño al feísimo sorche, dijo con altivo donaire:
 -Pa mí… ¡Prim!
 Oyó la frase alguna gente y de boca en boca se ha ido transformando (degenerando, mejor dicho) hasta caer en la rastrera locución con que ahora “ilustramos” y “decoramos” el lenguaje familiar, estropeándola en su primitivo y gracioso significado: el de manifestar nuestro amoroso interés por algo que incomprensiblemente zahieren los demás.
[…]

Arribismo y arribistas

 Así, señores míos, así: con la “b” más rotundamente labial; porque así, en español, tenemos derecho a decirlo y el deber de escribirlo.
 El arriviste francés (persona que quiere medrar, “llegar” a toda costa; ambicioso sin escrúpulos) sale ahora a relucir con mucha frecuencia en la crítica social, y los que la ejercen en nuestros periódicos y nuestras conversaciones se han apoderado del terminillo ultrapirenaico, para aplicárselo a aquel tipejo osado y desaprensivo –tan abundante en España como en la nación más concupiscente- sin fijarse en que no hay para qué tomar de prestado lo que en casa poseemos.
  ¿Para qué escribir “arrivismo” y “arrivista” con la v del vocablo francés, y entre comillas, a fin de dar a entender que se trata de cosa exótica y sin ciudadanía entre nosotros? ¿A qué poner a la francesa lo que podemos y debemos emplear a la española?
 ¿No tenemos el verbo arribar, entre cuyas acepciones la Academia señala la de “llegar al fin que se desea”? ¿No tenemos además, con notoria ventaja sobre el léxico francés, un adverbio tan castizo  y tan expresivo como el de ARRIBA?...
 ¡Arriba, arriba y arriba, de cualquier modo que sea! Tal es precisamente la fórmula del medro a ultranza, y tal el lema de los apaches bien vestidos, de los hampones con más talento que sentido moral.
 Con un canto en los pechos podríamos darnos por que todos los neologismos que se nos cuelan en el habla fuesen de tan clara estirpe y de tan patente legitimidad como este arribismo y estos arribistas, que para nada necesitan ir entre comillas ni ortografiarse a la francesa.
 Y conste que no hablo solamente por cuenta propia. Iguales observaciones hizo ya, no ha mucho, en La España Moderna mi catedrático en el Instituto del Cardenal Cisneros don Fernando Araujo. Deploro no tener a mano el texto, para refrendar mis elementales observaciones con razonamientos más fundamentados.
 (Que nadie me ponga en solfa este bombo a un profesor, porque ya tengo aprobada la asignatura que explica su merced).
[…]

Consultas

 Se me suele favorecer con muchas de ellas, otorgándoseme una autoridad que no puede tener un alumno de segunda enseñanza. Para responder a las consultas demasiado sutiles, alambicadas o enredosas, doctores tiene la Santa Madre Gramática que a todos nos deben enseñar.
 En cambio, se me dirigen otras preguntas que lo mismo pudieran dirigirse a un niño de la escuela.
 Por ejemplo, un señor, o señorito, al encontrar en El Imparcial la frase “por aguas marroquíes” desea saber si ese plural está bien usado, lo mismo que el de ceutíes y tetuaníes.
 Claro es que sí, que sí y que sí (suma: tres síes), dado que al natural o al vecino de Ceuta y de Tetuán le llamamos ceutí y tetuaní, a la morisca; no ceuteño, tetuanero, ceutino, tetuanense, etc., etc.
 ¿Es que a mi estimable comunicante le gustaría más decir tetuanís, ceutís y marroquís? Pues dígalo norabuena, que mayores, mucho mayores disparates corren de boca en boca y de escrito en escrito, y dé al diablo –si así se le antoja- los correctos y castizos rubíes, carmesíes, neblíes, zequíes, Zegríes y tanto más “íes” que no recuerdo ahora.
Resultado de imagen de limpia y fija por un chico de instituto Otra consulta:
 “¿Cómo está mejor dicho? ¿Treinta y un mil pesetas, o treinta y una mil pesetas?”
 Mire usted: lo importante es tenerlas de bolsillo adentro, o gastarlas con gusto y con salud.
 Fuera de eso, de ambos modos lo dicen y lo escriben por ahí. Treinta y un mil pesetas parece más eufónico. Treinta y una mil pesetas es, evidentemente, más exacto y ajustado a los preceptos.
 Elija usted lo que más le plazca; pero, vamos, aquí, en confianza, ¿a que no dice ni escribe usted “Los cuentos de las Mil y Un Noches”?
 Otro comunicante y que firma, por cierto, “El Cachidiablo, académico de Argamasilla”, me pide que dé un varapalo a los que, a propósito de la Exposición de Artes decorativas, hablan del “arte decorativo” masculinizándolo en singular.
 ¡Pues ese es el uso! Ya hablé de ello, con pelos y señales, cuando ha tres años ingresé en el Instituto de Paco Jiménez (alias Cardenal Cisneros).
 Al guasón académico argamasillesco he de decille en nombre de sus cofrades el Monicongo, el Paniaguado, el Burlador, el Tiquitoc y el Caprichoso, que la otra Academia –la real y oficial- declara ambiguo el vocablo “arte”; y, con efecto, si todo el mundo (el mundo de lengua española) habla de las Bellas Artes, femeninas en plural, muy raro es el redicho que habla del arte pictórica, del arte escultórica, del arte lírica, del arte escenográfica… Ningún pecado mortal es hablallo y escribillo así (académicos giros del Caprichoso de Argamasilla); pero, vamos, como antes se ha dicho, ¿a que el Cachidiablo, por muy cachidiabólicamente que escriba, no se atreve a poner en letras de molde que es un “ferviente devoto de la consoladora, de la purificadora, de la sagrada Arte?
 Otra consulta y no van más:
 “Ya habrás visto, estimado ‘Chico del Instituto’, que la Real Academia de la Lengua ha introducido una gran modificación en la ortografía. Ya no se acentúan las letras vocales a, e, o ,u. Hay que escribir, verbigracia: ‘Voy a tu casa, Antonio e Isidro, vas o vienes, diez u once’. ¿Qué opinas de esa innovación?”
 Opino lo mismo que de aquel rótulo “La Himnovadora” (absolutamente exacto y queda jurado por mi honor de adolescente), que vi en una barbería y peluquería de los barrios bajos: en la calle de Provisiones, por más señas.
 Por mí, se puede mandar que “esquilen al perro”: es decir, que quiten los acentos a las susodichas preposiciones y conjunciones. (Yo, pobre de mí, amén de ignorante, nada sabía de amputaciones semejantes). Pero lo que sigo es que seguiré acentuando las susodichas vocales allá por el año de 1968 en que empezaré a ser viejo y se cumplirá el primer centenar –centenario es otra cosa- de la tan gloriosa como estéril Revolución de Setiembre… o de ‘Septiembre’, como ponen los neorreformadores con vistas, demasiadamente retrospectivas, a los Escipiones y a Sertorio, al hombre Pompeyo y al superhombre César.
[…]

 Del “carnet”

 A propósito del manoseado “carnet” escolar (q.e.p.d.) me preguntan unos estudiantes de mucha más talla que yo, pues alcanzan al último curso de Derecho, si hay o no hay en tierra de garbanzos, tomates y melones, algún vocablo que honradamente sustituya a ese “carnet” gabachizo de que tanto usan y abusan los castradores del idioma.
 No ya “algún vocablo”, su media docena de ellos hay en lengua española para los diversos significados que los franceses encierran dentro de la sola palabra “carnet”.
 Según sus diccionarios más corrientes viene de la latina quaternetum y quiere decir “petit livre de notes, de compte, etc.”
 A esto se le llamaba ya en nuestro siglo XVI libro de memoria (en singular, no en plural, como decimos a la moderna) y con tal nombre se le cita en cien obras, poniendo por encima de todas ellas al Quijote; pero como ese librito de anotaciones estrictamente íntimas y privadas es cosa distinta del documento semipúblico, pues sirve de identificación individual, que recibe ahora de los galiparlantes el nombre de “carnet”, fuerza es buscar otra u otras palabras en nuestro léxico.
 Ahí están, por de pronto, las de cartilla y libreta. De la cartilla dice el Diccionario oficial (tercera acepción del vocablo en la edición 13ª) que es la “libreta donde se anotan ciertas circunstancias o vicisitudes que interesan a determinadas personas, como la que la policía da a los sirvientes, las Cajas de Ahorros a los imponentes, etc.” ¿Qué era sino una libreta o cartilla de esas el difunto “carnet” estudiantil?
 ¿Que no le placen ni le satisfacen a Maese Reparos las palabras españolas que se citan? ¿Que no le parecen bastante finas y elegantes? Amigo, yo no tengo la culpa de que estos remilgados papahuevos, después de admitir a carga cerrada los más pobres, torpes e impropios voquibles de extranjis, se muestren respecto del habla española tan absurdamente escrupulosos como aquella célebre limpia de Burguillos, que lavaba los huevos al freillos… y escupía después en la sartén.»         

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Renacimiento, 2006, pp. 4-6, 19-20, 46-49 y 94-95. Depósito legal: Z-3866/2006.]

miércoles, 6 de mayo de 2020

Itinerario poético.- Gabriel Celaya (1911-1991)

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Hablando en castellano

  «Hablando en castellano, / mordiendo erre con erre por lo sano,
la materia verbal, con rabia y rayo, / lo pone todo en claro.
Y al nombrar doy a luz de ira mis actos.
Hablando en castellano, / con la zeta y la jota en seco zanjo
sonidos resbalados por lo blando, / zahondo el espesor de un viejo fango,
cojo y fijo su flujo. Basta un tajo.
Hablando en castellano, / el "poblo, puoblo, puablo", que andaba desvariando,
se dice por fin pueblo, liso y llano, / con su nombre y conciencia bien clavados
para siempre, y sin más puestos en alto.
Hablando en castellano, / choco, che, te, ¡zas!, ¿ca? Canto claro
los silbidos y susurros de un murmullo que a lo largo / del lirismo galaico siempre andaba vagando
sin unidad hecha estado.
Hablando en castellano, / tan sólo con hablar, construyo y salvo,
mascando con cal seca y fuego blanco, / dando diente de muerte en lo inmediato,
el estricto sentido de lo amargo.
Hablando en castellano, / las sílabas cuadradas de perfil recortado,
los sonidos exactos, los acentos airados / de nuestras consonantes, como en armas, en alto,
atacan sin perdones, con un orgullo sano.
Hablando en castellano, / las vocales redondas como el agua son pasmos
de estilo y sencillez. Son lo rústico y sabio. / Son los cinco peldaños justos y necesarios
y de puro elementales, parecen cinco milagros.
Hablando en castellano, / mal o bien, pues que soy vasco, lo barajo y desentraño,
recuerdo cómo Unamuno descubrió su abecedario / y extrajo del hueso estricto su meollo necesario,
ricamente substanciado.
Hablando en castellano, / ya sé qué es poesía. Leyendo el Diccionario
reconozco cómo todo quedó bien dicho y nombrado. / Las palabras más simples son sabrosas, son algo
sabiamente sentido y calculado.
Hablando en castellano, / decir tinaja, ceniza, carro, pozo, junco, llanto,
es decir algo tremendo, ya sin adornos, logrado, / es decir algo sencillo y es mascar como un regalo
frutos de un largo trabajo.
Hablando en castellano, / no hay poeta que no sienta que pronuncia de prestado.
Digo mortaja o querencia, digo al azar pena o jarro. / Y parece que tan sólo con decirlo, regustando
sus sonidos, los sustancio.
Hablando en castellano, / en ese castellano vulgar y aquilatado
que hablamos cada día, sin pensar cuánto y cuánto / de lírico sentido, popular y encarnado
presupone, entrañamos.
Hablando en castellano, / recojo con la zarpa de mi vulgar desgarro
las cosas como son y son sonando. / Mallarmé estaba inventado
el día que nuestro pueblo llamó raso a lo que es raso.
Hablando en castellano, / los nombres donde duele, bien clavados,
más encarnan que aluden en abstracto. / Hay algo en las palabras, no mentante, captado,
que quisiera, por poeta, rezar en buen castellano.

La poesía es un arma cargada de futuro

 Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, / mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando, / como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente / los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades: / las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas / que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo, / piden ley para aquello que sienten excesivo.
ITINERARIO POETICO Coleccion letras hispanicas: Amazon.es: Celaya ...Con la velocidad del instinto, / con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte / en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria / como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto, / para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser si pecado un adorno. / Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren / y canto respirando.
Canto y canto y cantando más allá de mis penas / personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, / y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero / que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta / a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo / con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos / y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo / como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que tiene nombre. / Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.»
 

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1977. ISBN: 84-376-0032-4.]

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media.- Jacques Le Goff (1924-2014)


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El castillo

«Desde la Edad Media se lo ha confundido a veces con el palacio, pero en la historia hay que distinguir cuidadosamente la realidad del mito. El palacio tiene dos características particulares que le alejan del castillo o del alcázar. En primer lugar, es en esencia una morada real, o al menos principesca, mientras que el castillo pertenece a un simple señor, a pesar de que los reyes puedan, en tanto señores, construir castillos. De las dos funciones esenciales que tiene el castillo, la militar y la residencial, esta última es la que habitualmente prima en el palacio, mientras que la función militar es más propia del castillo.
 El castillo está estrechamente vinculado al feudalismo. Su imagen recurrente en el imaginario europeo indica que la época y el sistema feudal, que rigió entre el siglo X y la Revolución francesa, fue un estrato fundamental de las realidades materiales, sociales y simbólicas de Europa. De manera general, puede advertirse una lenta pero constante evolución del castillo desde su papel de fortaleza hasta el de residencia. Es curioso que su transformación -el castillo ha estado estrechamente unido a la actividad militar- se suscitara de manera decisiva en los siglos XIV-XV debido a una revolución técnica: la artillería. Como las murallas no resistían los cañonazos, el castillo pasó a ser una reliquia, un símbolo, una ruina y, para muchos, nostalgia. Pero el período que nos interesa aquí, el de la larga Edad Media, ha propuesto una buena definición para el castillo: una fortaleza habitada.
 Entre los siglos X y XII, el castillo primero aparece con dos formas: en el norte de Europa, con torres y habitáculos modestos fortificados, erigidos en alturas naturales o artificiales: es el castillo sobre un montículo; en la Europa meridional, este castillo precoz se erige preferentemente sobre alturas naturales y rocosas. Contrariamente a lo que a veces se ha escrito, los castillos erigidos sobre montículos o sobre rocas no fueron construidos a base de madera, sino que desde el principio fueron de piedra. [...] De manera general, el castillo, al igual que el claustro, no se separa de su entorno natural. Es decir, a diferencia de la catedral, que está integrada -aunque también la domina- en la ciudad y que sólo evocó a la naturaleza cuando el imaginario romántico, como hemos visto, hizo de ella un bosque, el castillo arraigó el feudalismo en el suelo. Pese a que en algunas regiones de Europa se construyera en las ciudades, como en Normandía (Caen), en Flandes (Gante) o en muchos sitios de Italia, el castillo sigue estando asociado al campo y, más aún, a la naturaleza. Es la unidad de la red espacial de habitación establecida, en la realidad y en el imaginario europeo, por el feudalismo.
 En los siglos XI y XII, el desarrollo de los castillos sobre montículos suscitó la construcción de fortalezas que dejarían, en el imaginario europeo, una de las formas espectaculares del castillo fortificado. Fue la torre del homenaje (en francés donjon, término procedente de dominionem, lugar señorial, cuya etimología deja en claro que el castillo fue, fundamentalmente, un centro de mando). El derecho de fortificación de un castillo y, por lo tanto de su construcción, era un privilegio que otorgaba el rey. Pero una de las características del feudalismo fue la de desposeer a la monarquía de sus privilegios en beneficio de los señores. Los castellanos -a quienes, en principio, los soberanos habían confiado castillos- rápidamente se convirtieron en sus dueños. Y la reapropiación de esos castillos por los reyes y los príncipes constituye un largo episodio significativo de la época feudal, después del tiempo de lo que Georges Duby llamó las "castellanías independientes" de principios del siglo XI y de mediados del XII. Los duques de Normandía, los reyes de Inglaterra o los reyes de Aragón recuperaron fácilmente el poder sobre los castillos de su aristocracia, pero la lucha, en los siglos XI y XII, de los primeros reyes capetos contra los castellanos de Île-de-France fue larga y difícil.
 El castillo se extendió por toda la cristiandad. Al principio, sobre todo apareció en las zonas fronterizas, en las zonas de conflictos. Así, en contacto con el islam ibérico [...] Castilla, por ejemplo, les debe su nombre. La construcción del feudalismo desarrolla en los señoríos pueblos fortificados, castillos que reúnen a todos los habitantes del señorío o a una buena parte de ellos. Pierre Toubert, que ha estudiado el fenómeno en el Lazio, ha propuesto el término incastellamento, que se ha convertido en uno de los aciertos del vocabulario del feudalismo medieval. Si bien entre los siglos XI y XVI se construyeron castillos por todas partes, algunas regiones fueron especialmente activas al respecto debido a los conflictos militares y a las instalaciones feudales. Así, el país de Gales, codiciado por los ingleses, en el siglo XIII se cubrió de castillos. Y en España, donde los soberanos cristianos de la Reconquista les prometían a los guerreros que les seguían los castillos existentes o los castillos en construcción, proliferaron rápidamente. Fue entonces cuando nació la expresión francesa "châteaux en Espagne", que instalaba, en el sueño de la Europa cristiana, la importancia de los castillos. 
 En su tiempo, y también en el imaginario moderno y contemporáneo, algunos castillos han adquirido una personalidad impresionante. Sin la espiritualidad de la catedral, el castillo proclama, no obstante, su potencia simbólica y se impone como imagen de la fuerza y del poder. [...] Hacia 1240, Federico II, emperador de Alemania y rey de Sicilia, hizo construir en Abulia el Castel del Monte,un castillo en forma octogonal que es una obra maestra de la arquitectura y la ornamentación, pues combina las grandes tradiciones arquitectónicas cristianas y musulmanas de aquella época.
 Tenemos la costumbre de considerar que el castillo de Coucy, que el conde Enguerrando III hizo reconstruir entre 1225 y 1245, es una ruina ejemplar de lo que fue un castillo medieval. He aquí la descripción que un arqueólogo ha hecho sobre él: "Es una fortaleza de aquel tiempo que está entre las más impresionantes, con su plano trapezoidal, sus cuatro torres en los ángulos, su enorme torre del homenaje en la fachada más larga totalmente aislada de la muralla por un profundo foso: las dimensiones hacen de él una formidable fortaleza. Muros de seis metros, torres de cuarenta metros de alto y la torre del homenaje de cincuenta y cinco metros de alto y treinta y uno de diámetro".
 Si bien el castillo en un entorno natural es el modelo por excelencia del castillo fortificado feudal, los castillos urbanos también nos han dejado prestigiosos ejemplos. [...] En Italia, el soberano más prestigioso aunque no siempre el más obedecido, el papa, remodeló, para convertirlo en un castillo a la vez militar y residencial, un monumento de la Antigüedad, la enorme tumba del emperador Adriano, transformado así en el castillo de Sant'Angelo. Cuando los papas, en el siglo XIV, dejaron Roma para instalarse en Aviñón, hicieron construir allí uno de los castillos más espectaculares, una residencia que a pesar de su nombre de Palacio de los Papas es más bien una fortaleza.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Paidós, en traducción de José Miguel González Marcén. ISBN: 978-84-493-2396-6.]