viernes, 22 de diciembre de 2017

El camino más corto.- Medardo Fraile (1925-2013)


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El camino más corto

«A poco de volver de la India -no hacía un año aún que cobraba la jubilación-, empezó a decir Mathias que no sabía que hubiese ninguna religión acertada y que tenía una buena idea, una idea básica llamada a tener muchos adeptos. Con este motivo empezó a escribir cartas que a veces rompía y a veces echaba al correo. Y así, un buen día, se recibió una respuesta de Canterbury, del secretario de un secretario, que todos los vecinos fueron leyendo por las tardes, mientras bebían cerveza en "Three Jolly Gardeners":
 -Parece que le hacen caso -se empezó a decir.
 Ruth estaba intranquila. Al principio creyó que era una manía más, como cuando le dio por observar a las currucas, o coleccionar huevos de aves marítimas o sellos de la Commonwealth. Pero tuvo que rectificar cuando le oyó decir un día que había que vender la casa para comprar otra -o mandar hacer una- más adecuada a los fines que se proponía, que eran -añadió- encauzar a Dios las almas convenientemente. Y, por primera vez, Ruth le oyó decir algo que le pareció sólo una incoherencia: God's: de Dios.
 Un domingo, a la hora del té, apareció Mathias con dos hombres que Ruth no conocía. Llevaban planos y la saludaban con unción y untuosidad extrañas, y la miraban, y parecían como sorprendidos de verla tan normal, ocupándose del cake y de los sandwiches y preguntándoles si querían echar la leche antes o después del té. Eran de una inmobiliaria. Y, antes de marcharse, los dos y Mathias firmaron en un papel cuya última frase era: "En domingo, día del Señor."
 Mathias había canjeado su casa por otra de una sola planta, pequeña, en forma de capilla, con un jardinillo detrás, en el que, al fondo, contrató la construcción de una barraca de cinc para vivienda.
 Ruth lloró. Pero él la miró larga, mansamente, y con palabras que a ella le sorprendieron porque le recordaron las del reverendo monseñor Donoghue, al que habían tratado en Rawalpindi, dijo:
 -Antes de llorar deberías haber considerado en posesión de cuánto bien inmerecido estás ahora. Antes de llorar, sígueme, aprende y alégrate en el fondo de tu corazón.
 Hacía cerca de cuarenta años que estaban casados y nunca le había oído hablar así. Era como si se le hubiera vuelto la lengua de terciopelo, como si hubiera lavado sus palabras en agua muy limpia, como si en su garganta tuviera un estuchito de miel. Antes era casi vulgar cuando hablaba.
 Mathias y Ruth se trasladaron a la capillita, y a ella le impresionó: primero, su pobreza; luego, que las palabras que decían producían un eco blando, sordo, como si se arañaran o se escabulleran un poco en la pared. A Ruth el eco le daba miedo, pero él la tranquilizó diciendo:
 -Las palabras que oyes son las mismas de antes, pero las oyes distintas porque ya no eres la misma.
 Los primeros días fueron muy duros: hubo que arreglar el jardín, [...] Hubo que instalar una estufa en la capilla y hacer además un agujero ancho, bastante hondo, en el presbiterio. Tuvieron que dibujar los carteles de propaganda para atraer a los primeros fieles, comprar doce sillas -de momento- y colocarlas, etc.
 Mathias hizo exactamente siete carteles, cada uno con un color del espectro solar para anunciar el primer "servicio" de la religión nueva, un domingo, a las once de la mañana. Los carteles tenían las siguientes frases: "El camino más corto está esperando", "Ya no hay por qué dudar", "Usted y el oficiante tienen la misma importancia, por lo menos", "El genitivo sajón más simple ahuyentará al diablo", "Esta es la casa de Dios y la suya", "Dios, por fin, al alcance de todos" y "Olvide lo aprendido y sepa más".
 El primer domingo, a las once, entraron, tímidamente, mirando y remirando la capilla con cierto disimulo, dos mujeres maduras con sombrero -que, desde luego, no se conocían-, cuatro viejas -posiblemente asistentas-, con sombrero también, y un muchacho alto, pálido, con un libro de oraciones o salmos bajo el brazo, que se fue al fondo, a un rincón, y no dijo nada.
 Mathias estaba un poco nervioso y se mezcló, sonriendo, entre los futuros fieles, presentándose:
 -Mathias Skulker.
 Se presentó y habló de que estaba lloviendo -cosa que sabían todos-, de que había hecho sol el viernes y que la radio anunciaba más lluvia y frío la próxima semana.
 Habían pasado todos veinte minutos hablando del tiempo animadamente cuando se oyó una voz, más bien cavernosa, pero educada, que dijo:
 -Aquí hemos venido a hablar de la eternidad... no del tiempo.
 Era una de las viejas que, por lo exigente y presuntuosa no debía ser -como a Mathias le pareció al principio- una asistenta.
 Una de las mujeres maduras preguntó si se podía fumar.
 Mathias dudó unos instantes y luego, sibilante, cerrando los ojos, dijo:
 -Todo es incienso, según se mire.
 Con lo que la mujer abrió inmediatamente su cajetilla y encendió un cigarrillo con aire de reto.
 La secundó, en silencio, el joven del rincón.
 Mathias se metió hasta la cintura en el agujero del suelo, en el presbiterio y dijo, entre otras cosas:
 -Mi púlpito, hermanos, es al revés: no sobre vosotros, sino bajo vosotros. Porque ya está dicho: "Usted y el oficiante tienen la misma importancia, por lo menos." Gracias por acudir a la llamada y estar aquí, en este habitáculo, vacío de objetos hechos por la mano del hombre -excepto la estufa y las sillas-, pero lleno del que todo lo llena. Nuestra intención ha sido ésa: que sólo habite aquí su palabra. Nuestra religión es muy simple: vosotros creéis en Él, por eso estáis aquí. Seguid creyendo. Dios no podrá nunca explicarse aunque se escriban sobre Él millones y millones de libros. ¿Comprendéis bien a vuestro vecino? ¿Sabéis que sois una micropartícula infinitésima, inimaginable, en el cerebro de Dios? ¿Pues cómo queréis comprender al que todo lo comprende? Las religiones -todas menos ésta- nos llevan a la duda o a prácticas oscuras. ¿Por qué? Porque quieren explicar lo que no está al alcance del hombre y se entregan, además, a ceremonias de alabanza sin sospechar esto: cada movimiento que hacemos -cualquiera-, obedece y alaba al Señor. Por eso digo: "Olvide lo aprendido y sepa más." Pero vosotros diréis: hay actos y pensamientos malos. Pues bien: debemos reducirlos a cenizas. ¿Cómo? Diciendo con frecuencia durante el día: God's: de Dios. Al final de una conversación, al entrar en casa, al salir, al levantarse, al hacer o decir cualquier cosa, hayamos o no acabado. El diablo permanece en el acto y en el pensamiento malo; pero al decir God's, se funde como lacre, se convierte en pomo de ceniza. Sed buenos, moveos como si os estuvieran mirando desde arriba y no hubiera -y no hay- dónde esconderse; creed como hasta ahora lo habéis hecho y ya estáis "en el camino más corto." Ahora, hermanos, podéis orar aquí o retiraros a vuestros hogares.
 Excepto el joven y una de las mujeres maduras, que se marcharon, los demás se quedaron charlando, sin hacer caso de la exhortación a orar.
 A Ruth, por ser el primer día, le pareció oportuno sacar dos botellas de Jerez, y así lo hizo. Salieron todos al jardín aprovechando que, durante diez minutos, las nubes tuvieron prostatitis.
 La que fumaba preguntó de pronto, afectando cierto misticismo:
 -Querido, míster Skulker, ¿y cómo nos llamamos? ¿Cómo se llama nuestra religión?
 Míster Skulker cerró los ojos, apretó la mandíbula, esbozó una sonrisa y dudó en su interior, aunque parecía concentrarse:
 -¿Que cómo os llamáis?
 -Sí.
 -"Todo". Os llamáis "todo". 
Los fieles se miraron un poco decepcionados. Hubieran preferido llamarse "algo". Mathias lo advirtió y se prometió a sí mismo darles, otro día, un nombre distinto.»
 

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