Mostrando entradas con la etiqueta Wolf. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Wolf. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de mayo de 2019

Prosistas griegas. Testimonios y fragmentos.- Johann Christian Wolf (1679-1754)


Resultado de imagen de johan christian wolf 
11.-Leoncio

«Esta filósofa epicúrea alcanzó su floruit o apogeo en torno al año 330 a.C. Escribió un libro en el que defendía las doctrinas de Epicuro frente a Teofrasto, cuyo ingenio y estilo fue alabado por Cicerón.
 
11.1.-La tortuosa relación con Epicuro
Leoncio a Lamia
 Nada hay más triste, al parecer, que un viejo que se ha vuelto adolescente. Tal es como me trata ese Epicuro que lo critica todo, que sospecha de todo, que me escribe cartas irresolubles y me echa del Jardín. ¡Por Afrodita!, si Adonís tuviera ya cerca de ochenta años, no lo soportaría, piojoso como es, enfermizo y todo cubierto de vellones en vez de ropas. ¿Hasta cuándo soportará una a este filósofo? ¡Que se quede con sus máximas capitales sobre la naturaleza y con sus retorcidas normas! A mí que me deje mi máxima principal de mí misma cómodamente, que no se encoleriza ni ultraja. Realmente, tengo a un asaltante como éste, no como tú, Lamia, a Demetrio.
 ¿No va a ser posible vivir con moderación por culpa de este hombre? Quiere socratizar, charlatanear, ironizar y considera a uno Alcibíades o Pitocles y piensa que me va a convertir en Jantipa. En última instancia, me levantaré y huiré a cualquier parte de la tierra antes que soportar sus cartas descosidas. Y ya se ha atrevido a lo más terrible e insoportable de todo por lo que te he escrito, deseosa de recibir tu opinión sobre qué he de hacer.
 Sin duda conoces al hermoso Timarco de Cefisia. No niego que tengo trato familiar con este joven desde hace mucho y conviene que tú me digas la verdad, Lamia. Hace poco que he conocido con él a mi primera Afrodita, pues él me ha desflorado, siendo como soy su convecina. Desde aquel momento, no ha dejado de enviarme todo tipo de obsequios: vestidos, joyas de oro, esclavas, esclavos, indios, indias... Lo demás me lo callo. Incluso se anticipa a los más mínimos detalles para que nadie pruebe antes que yo los frutos de la estación. Y me dice: "Aparta de ti ahora a tal amante y que no se te acerque". Y, ¿con qué nombres crees que lo llama? Ni ático ni filósofo, sino el primer llegado de Capadocia a Grecia. Pero yo, aunque en toda la ciudad de Atenas no hubiera más que Epicuros, ¡por Artemis! que no los sopesaría a todos en el brazo de Timarco, o más bien, ni siquiera en su dedo. ¿Qué dices tú, Lamia? ¿No es verdad esto? ¿No tengo razón? No, por Afrodita, te pido que no te acuda eso a la mente, sino un filósofo, uno ilustre y que tiene trato con muchos amigos. Que coja lo que tengo, que enseñe a otros, porque a mí no me sirve de nada la gloria.
 Pero, ¡oh, Démeter!, concédeme al que quiero, a Timarco. Es que, por mi culpa, este joven se ha visto obligado a todo tipo de cosas: a abandonar el Liceo, su propia juventud, a sus camaradas y su compañía, y a vivir con él, a adularlo y a celebrar sus inconsistentes opiniones. Y le dice: "Tú, Atreo, sal de mi finca solitaria y no te acerques a Leoncio". Igual que él no te va a replicar con más razón que ésta, ¡no te acerques tú a la mía! Pero él, joven como es, soporta a otro rival amoroso viejo, mientras que el otro no soporta a quien lo es con más derecho. ¿Qué puedo hacer, ¡por los dioses!, te lo suplico, Lamia? Por los misterios, por el alejamiento de estas desgracias que, considerando la ausencia de Timarco, hace poco que expiro, sudo y mis extremidades y mi corazón me dan vueltas. Te pido que me acojas contigo unos pocos días y haré que este se dé cuenta de qué clase de bienes ha disfrutado teniéndome en su casa.
 Ya no soporta al muchacho, lo sé de sobra, e inmediatamente nos enviará como embajadores a Metrodoro, a Hermarco y a Polieno. ¿Cuántas veces crees que yo, Lamia, me he presentado en privado ante él y le he dicho: "¿Qué haces, Epicuro? ¿No te das cuenta de que Timócrates, el hijo de Metrodoro, se burla de ti por esto en las asambleas, en los teatros ante los demás sabios?". Pero ¿qué se puede hacer con él? Es un desvergonzado en el amor. Así que también yo seré igual de desvergonzada que él y no dejaré a mi Timarco. Salud.
Alciphr. 2, 2.
 
 11.2.-Amores de Leoncio y Epicuro
"Cuentan que Epicuro" cohabitaba con la hetera Leoncio.
"Cuentan que Epicuro" la ensalzaba y la halagaba en las Cartas dirigidas a Leoncio: ¡Soberano Peán, querida Leoncito! ¡Con que aplauso nos hemos llenado al leer tu cartita! 
 Y "cuentan que Epicuro" escribía a otras muchas heteras, pero en particular a Leoncio, de la que también Metrodoro se había enamorado.
 "Cuentan que Epicuro" gastaba una mina diaria en comer, según él escribe en la carta dirigida a Leoncio.
 Siendo tal y como era, entregó a su hermana Bátide como esposa a Idomeneo y cogió a Leoncio, la hetera ática, a la que tuvo por concubina.
 D.L. 10, 4, 5, 6, 7, 23.
 
 11.3.-Los placeres epicúreos
 Las veces que se reunieron con Hedea y Leoncio, sin duda bebían vino de Tasos y ¡cuántos vigésimos días cenaron con todo lujo!
 Delicadezas, vino de Tasos, perfumes, guisos, pasteles regados en abundancia con el líquido de la abeja de amarillas alas los buscan los apetitos de los lujuriosos. Y, además de eso, mujeres bellas y jóvenes, como Leoncio, Boidio, Hedea y Nicedio que campaban por el Jardín.
 Plu. Non posse suaviter vivi secundum Epicurum 1089 C, 1097 D.
 
11.4.-Leoncio y Hedea
 Claro que sí, voy a vivir con la hetera Hedea y a convivir con Leoncio y a "escupir en la belleza" y a situar el bien "en la carne y los cosquilleos"; estos ritos requieren la oscuridad, requieren la noche y los acompañan el olvido y la ignorancia.
 Plu. De latentr vivendo 1129 B.»
 
 
    [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2011, en traducción de Manuel González Suárez. ISBN: 978-84-8367-338-6.]

 
 

sábado, 23 de diciembre de 2017

Confusiones de una autora ante sus lectores.- Ema Wolf (1948)


Resultado de imagen de ema wolf  
«Pero bueno, ahí estoy, en un aula o en la pequeña biblioteca, investida de, o más bien arreando, tres facultades, como tres señales de poder, para mí relativas y confusas, que son: la de quien ha escrito esos libros; la de quien tiene por ahí algún título en Letras; y otra, menos visible pero que me compromete mucho más: la de haber leído bastante -no digo «ser» una «lectora» porque rechazo esa categoría tanto como la de «lectores verdaderos», ¿habrá lectores falsos?-, digo solamente haber leído bastante. Alguna seguridad agrega en ese momento ser todas esas cosas, pero también establece una distancia: no estoy entre los chicos, claramente estoy delante de ellos; y en el medio, los libros, ese pequeño capital que circunstancialmente nos ha vuelto socios.
  Quisiera dejarles muchas cosas, pero no tengo más que un rato, casi con seguridad el único.
  La intimidad que tenía con el texto mientras lo estaba escribiendo -semanas, meses inventando, restregando y puliendo, esa cercanía tan estrecha, que a mí me dura incluso después de que lo veo impreso, desaparece completamente la primera vez que lo veo en manos de los chicos. Ahí hay un salto. Es la certeza de que eso que había hecho para mí, resulta que lo había hecho para ellos, y ellos están allí ahora, tiernos e inexorables. Por eso, junto con la innegable satisfacción, también me nace dentro algo defensivo: ¿así que me leyeron?, bien, ¿pero y yo qué tengo que ver? Y si por caso me piden que yo misma les lea el texto en voz alta, como para mí también la lectura es un acto íntimo y silencioso, el repliegue es todavía más fuerte: me siento expuesta, medio desvestida, además descubro comas mal ubicadas y toda clase de torpezas, por supuesto irreparables. Porque una cosa es publicar algo que con tiempo y suerte habrán de leer a lo mejor miles de chicos, y otra, para mí mucho más perturbadora, tener que leerlo allí mismo para que me escuchen treinta.
  La lectura en la escuela tiene poco que ver con las formas adorables de lectura infantil que describieron tantos amantes de los libros: el lector como un iniciado, los libros como tesoro privado y hogar permanente; la lectura absorta, voraz; leer todo, hasta los papeles de la basura; la lectura gatuna, entre sábanas, de altillo, de baño, de piso panza abajo. Pensemos en la ansiedad del pequeño Sartre por poseer los libros, al principio zamarreándolos como si fueran muñecos, por vencer a las frases que se le resistían, ese niño que -escribiría años después-, no arañaba la tierra ni buscaba nidos pero los libros fueron sus pájaros y sus nidos, sus animales domésticos, su establo y su campo. O Borges escondido en la azotea para poder leer Las mil y una noches; quien, ya mayor, parafraseando a Emerson, describiría la biblioteca paterna como un gabinete repleto de espíritus hechizados que al abrir los libros despertaban. Sin ir a buscar referentes tan altos, la lectura escolar tampoco tiene mucho que ver con la mía, que transcurría según dos variantes: debajo de un árbol -como, después supe, recomendaba Omar Kayyam- o encima.
  Los autores, por supuesto, nos adherimos a la manera personal y secreta de leer -«libidinosa», llegó a decir Daniel Pennac-, y la escuela nos pone ante una manera ruidosa, exterior, utilitaria, a plena luz, colectiva, interferida; una lectura entre privada y pública, no sé bien cómo calificarla, porque los chicos leen textos de ficción, incluso textos que a veces ellos mismos han elegido libremente, pero lo hacen de un modo estructurado, según modalidades más bien previsibles. Sabemos, desde la sociología, que la lectura nunca es una experiencia del todo íntima, que el lector opera en función de lo que intercambia, comparte y se contagia, que lee con los valores que recibió y con un imaginario, gestos y gustos que tiene en común con otros, pero acá, por supuesto, me refiero sólo al leer, al ejercicio, al modo en que se abordan los libros en nuestra escuela. Y lo que de inmediato echo de menos, más allá de otros beneficios más sofisticados, es el ocio que acompañaba mis lecturas; ellas pedían tiempo, silencio, tranquilidad, concentración, y yo podía proporcionárselos, y ahora pienso que me devolvían más de eso mismo. No quisiera tener una mirada reaccionaria sobre este punto, pero sigo pensando que estos son bienes valiosos -aun para no leer- y que hoy están bastante acorralados, especialmente en nuestras grandes ciudades. Se les va recortando el hábitat, como a los osos panda. Y es en las mismas escuelas donde a menudo se asocia este déficit con ciertas conductas de los chicos: hiperexcitados, ansiosos, con dificultades para entender, profundizar, escuchar. No como único motivo, por supuesto, ni como una relación directa causa-efecto -sería simplista pensar eso-, pero sí como dos fenómenos que se apoyan y se alimentan entre sí.
  Claro, los autores somos adultos. Sabemos del modo gratuito de leer, ni emocional ni crédulo del «distanciamiento»... Nos parecemos más a esos lectores llenos de tics y manías que describía Italo Calvino. Leemos por placer... Pero placer da leer a Borges, a Guimaraes Rosa... Salgari, y Andersen, y Jack London daban otra cosa. Daban alegría, eran apasionantes. Y es eso lo que quisiera comunicarles a los chicos, sólo que ya pertenecen al territorio de la memoria, que tiñe las cosas, y que yo no soy más aquella lectora incondicional -no ingenua, sí incondicional, rendida. Quisiera trasmitirles lo que a mí me ocurría al leer, cuidando de no imponérselo, que no piensen que necesariamente les debe ocurrir eso, porque sería volver a instalar la paradoja, ya demasiado conocida, de «obligarlos a disfrutar». Es lo que me sugieren, por ejemplo, las consignas y frases fuerza que nuestros maestros pegan sobre las pizarras en celebración de la lectura, o los discursos pro-lectura de los actos públicos del distrito. Voces que instan, como si instar bastara.
  La escuela irrita a veces a los autores.
  «Usa» los textos de ficción, los manipula y los trasmuta. Una vez leídos, a los chicos los ponen invariablemente a trabajar con ellos: los hacen hacer dibujos, posters, dramatizaciones, manualidades, redactan nuevos finales y nuevos textos con los mismos personajes, cuando no subrayan las palabras esdrújulas, como si la lectura no pudiera permanecer como pensamiento, interioridad, conversación, y debiera dar prueba física de su existencia, porque ésa es a la vez la prueba de que «sirve». Yo les pregunté a los maestros por qué los hacen trabajar después de leer, nunca encontré una respuesta satisfactoria. Siempre siento que esas prácticas alejan a mis textos de mí, y a los lectores de mis libros, de mis formas deseables de leer. La escuela actúa en función de necesidades que yo no tengo, pero nunca me convencerán de que una maqueta de plastilina, un disfraz de Maruja, un rotafolio, sean extensiones necesarias de mis textos, y tampoco que, después de haber hecho todas esas cosas, los chicos los habrán comprendido mejor, o disfrutado más, o se sentirán más estimulados a leer.
  La escuela también parece mandada a hacer para alimentar nuestra refunfuñante relación con el análisis de contenido, la interpretación, la «traducción» que describía Susan Sontag. Usted, cuando dijo aquello, en realidad quiso decir esto, ¿no? ¿Qué mejor que preguntarle al autor, entonces, que de seguro ha de tener todas las claves? La ambigüedad, el segmento de historia que se escapa, el «porque sí», la sinrazón de la conducta de los personajes..., mejor pasar todo en limpio, normalizarlo. No importa que el texto sea transparente, cavarán para mirar qué hay abajo, hundirán el dedo en el soufflé. No me preocupan las lecturas que hacen los chicos, sino las que les hacen hacer: de esas no me puedo hacer cargo. En estos veinte años que pasaron desde que salió mi primer libro, incursioné en las formas que menos se dejaban atrapar por la lectura interpretativa, desde la parodia hasta los catálogos de animales, con mucho éxito debo decir, pero no todo el éxito; por lo que llegué a la conclusión de que para encontrar un contenido útil basta la voluntad .Pero siempre me iré de la escuela con la duda de que tal vez «algo» en el texto invitó a que fuera leído de ese modo. El sistema no estimula las lecturas originales -lo sé-, ¿pero quién me asegura que mi texto no fue cómplice involuntario de la lectura didáctica?
  A pesar de estas cosas nuestra escuela -sobra decirlo- es fundamental como promotora de lectura. La necesitamos muchísimo, y todo lo que me escuchen decir aquí serán apenas variaciones de un único conflicto no resuelto entre la importancia que tiene y le asigno, y el escozor que me causan algunos de sus métodos, que a veces hasta parecen conspirar contra sus propósitos.
  Pero me toca estar ahí. Y los chicos preguntan. Y en esas preguntas aparecen otras «lecturas» que tienen hechas, éstas ya sobre el mundo de los libros y de la escritura.
  Me hizo gracia descubrir en un artículo de Michel Tournier, en un viejo ejemplar del Correo de la Unesco, que las preguntas que le hacían sus chicos eran exactamente iguales a las que nos hacen los nuestros. No son más pueriles que las de los adultos -decía- y en conjunto, quizás menos, porque, de un modo brutal, van directamente a lo esencial. ¿Cuánto tiempo tarda en escribir un libro? (¿Cuál de ellos?) ¿Cuánto gana? (Diez por ciento sobre el precio de tapa; los libros no se recogen de los prados como frutas silvestres, imagen engañosa que podría aparecer en un libro para niños) Si tiene faltas de ortografía, ¿qué le dicen en la editorial? ¿Alguien la ayuda a corregirlas? (Los tranquiliza mucho saber que estamos respaldados en ese aspecto, tanto como saber que a la edad de ellos también teníamos faltas de ortografía) Algunas preguntas son fáciles, otras hay que responderlas como si lo fueran. ¿Qué hay de verdad en sus historias? Esta última, decía Tournier, pone en entredicho toda la estética literaria: la verdad de la ficción; tema que peló las pestañas de tantísimos ensayistas. Yo agregaría esta variante, más comprometida: ¿usted escribe sobre lo que le pasa? Los derivaría a mi terapeuta, si lo tuviera. Bueno -les explico-, yo tenía una gata igual a mi tía abuela e imaginé que el tío abuelo de alguien podía haberse reencarnado en un gato. Algunos se ríen, otros me miran como yo miro a los nenes de cinco años. De cualquier modo, sé que la cosa no pasa por ahí, ésa es sólo la anécdota, la superficie. Ahora bien: ¿quiero indagar en esa cuestión?, ¿tengo la obligación de indagar? No. La relación que tengo con lo que escribo es un mecanismo delicado, y a ver si todavía rompo algo.
  Quieren saber si leía de chica. (Muchas de las preguntas, verán, apuntan a que yo les dibuje una imagen de mí a la edad que ellos tienen) Les digo que para mí leer fue una suerte. Y es así: leía porque en mi casa había libros, porque mis padres y abuelos leían; para mis padres la instrucción determinaba mejora y ascenso en la escala laboral y, por ende, social, pero la lectura era un hábito que se valoraba por sí, cualquiera fuera la condición del sujeto, no era un medio, lo alentaban bien, en forma natural, sin énfasis ni discursos. Sin embargo estaba previsto un desarrollo que se truncó o se torció, y el modesto capital de lectura que había en las casas de aquellos hijos de inmigrantes hoy parecería un lujo. Lo mismo cuando los chicos me preguntan cómo llegué a escribir: tengo que decirles que para escribir hay que leer -sin que me malentiendan, por favor: ser escritor no es el premio por haber sido lector-, pero ocurre que hay lugares donde una afirmación tan simple como ésta basta para ver esfumarse la posibilidad.
  Faltan libros. No hay, o hay pocos, en los sitios donde los chicos están. Se organizan numerosos eventos de promoción de la lectura, y entre los promotores culturales hay desde entusiastas y eficaces francotiradores a burócratas de las dependencias oficiales, pero mi impresión es que si sus esfuerzos dieran cien por cien del resultado, los chicos no leerían más porque su acceso a los libros es mezquino y defectuoso. (Últimamente, en Buenos Aires, el estímulo de la lectura adoptó la forma de mega eventos públicos rodeados de mucha prensa. Por ejemplo, una donación masiva, en contenedores, para dos escuelas carentes de provincia -como si fuera defendible la posición de que las escuelas pobres deban nutrirse de libros usados-; o una gigantesca maratón de lectura, también con libros donados, como la que estaba por comenzar cuando me venía, patrocinada por una fundación asociada a un importante matutino). Pero el trabajo en penumbra, silencioso, sistemático, encarado en forma permanente, que implica proveer de libros y de mediadores idóneos, está desplazado. Quizás por eso: porque no luce.
  Hay lugares -tengo tres recuerdos muy vívidos- donde sentí que hablar de libros era ofensivo. No había rol de escritor que se pudiera sostener. Para esos chicos el universo de las letras, hasta el de las palabras, era un territorio casi amenazante. No tenían libros en sus casas, ni biblioteca en la escuela, ni biblioteca en sus barrios. No existía el lugar de fuga para ellos. Y no eran chicos de la calle, eran escolares, una escuela los contenía, estaban dentro del sistema. Pero había que recomponer algo antes, para que luego la lectura pudiera contribuir a hacer de ellos lo que ya sabemos: individuos autosuficientes, mejor equipados, capaces de pensar. Mientras tanto cualquier discurso sobre su función reparadora era provisorio. Es el punto donde el voluntarismo encuentra su límite, creo, y el problema de la lectura trasciende la lectura, es político, sin duda lo es, y sería ingenuo circunscribir la tarea al contacto, a provocar o alentar el contacto, como si lo único que estuviera faltando fuera la oportunidad. En nuestros países no deberíamos soslayar esta instancia política; que seguramente trae turbulencias y ruidos en esta permanente voluntad de acordar, tan armoniosa y sin fisuras, como la que se pone de manifiesto en estos foros, y que es muy loable pero que se logra sólo si están todos los problemas, con todos sus ingredientes y alcances, puestos a la vista y en consideración. Por eso a veces también me pregunto si la preocupación por cómo leen nuestros chicos no es hilar demasiado fino. En realidad leen como pueden, como los dejan, si los dejan. Sin embargo no podemos dejar de hacerlo, justamente porque a veces esa escuela es la única proveedora de alguna, precaria, forma de lectura.
  Por cierto, a los autores nos invitan casi siempre a las escuelas donde los libros, digamos, circulan.
  Y allí estoy, de nuevo, pensando si es mejor privilegiar las preguntas más generales, ésas que «valen para todos los libros», o atender más bien a la curiosidad de ese momento. Pensando, siempre, cómo intervenir sin interferir.» 
 
 [El extracto pertenece a la edición en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes]
  

miércoles, 16 de noviembre de 2016

"Sociologías de la vida cotidiana".- Mauro Wolf (1947-1996)


Resultado de imagen de mauro wolf    
 1.-La etnometodología
 1.1.- Dos ejemplos para comenzar

 "a) En un test para medir el desarrollo lingüístico, se muestran a los niños algunas figuras, con el cometido de indicar cuál entre ellas responde mejor a la pregunta planteada. Sucede a veces que entre las figuras de un hombre, un niño, un perro y una mesa, acompañadas por la indicación "busca al que habla", aparte del hombre y el niño también se indica el perro.
 Existen dos reacciones posibles.
 Si el parámetro "hablar" se usa en el test para distinguir a los seres humanos de los animales, dado que el niño ha incluido en su respuesta también la figura del perro, de ello se deduce que aún no ha desarrollado la habilidad de usar correctamente los conceptos.
 O bien se puede pensar, en cambio, que no es que el niño sea incapaz de abstraer y de clasificar en categorías, sino que éste se sitúa en una realidad diferente, en la que también los perros (como le han enseñado los adultos: "mira al perrito, que te está diciendo hola...") hablan y se expresan.
 El niño, por tanto, está en situación de abstraer, sólo que para realizar tal operación usa elementos distintos de los que usa el investigador que hace el test. Y así atribuir una respuesta equivocada al niño que ha unido la palabra "volar" al dibujo de un elefante, indica que el test mide más la competencia del adulto que lo suministra que la del niño: quienquiera que esté mínimamente familiarizado con los tebeos, los libros para niños, los dibujos animados, sabe que los elefantes vuelan y los animales hablan. Es necesario, por tanto, evitar el empobrecer la complejidad de los mundos, de las realidades en las que vivimos constantemente.
 b) En una casa de reeducación para ex detenidos rigen dos "sistemas culturales" distintos: el primero está constituido por las finalidades de la institución, por su historia, por los puntos de vista de los miembros del personal que trabaja en él; el segundo es el "código de los ex detenidos", que indica a éstos cómo comportarse los unos con los otros y con el personal.
 Para darse cuenta de qué es este código, se pueden elegir dos caminos: o bien tratar de explicitar las reglas que lo componen y la moralidad, el orden que aquél propone, de forma que consienta explicaciones de este tipo: "el código ordena no espiar, no dejarse castigar, compartir lo que se tiene, ayudar a los compañeros, no dar confianza al personal, ser leales con los compañeros, etc. (el detenido interioriza y aplica estas normas de comportamiento, actuando en consecuencia)"; o bien tratar de ver cómo funciona en la vida cotidiana de la casa de reeducación este código, cómo es asimilado y usado por los ex detenidos.
 En este segundo caso se puede observar que la máxima "no ser chivato" no es usada como una máxima abstracta o como la enunciación de un valor moral. Se aplica más bien una trama constante de situaciones prácticas y funciona como indicación de tales situaciones: actúa, por ejemplo, como una invitación al interlocutor a organizar la interacción teniendo siempre en cuenta el código. Por ejemplo, algunas conversaciones entre un ex detenido y el sociólogo investigador se concluyen cuando aquél dice: "Entiéndame, no quiero ser chivato." No es una simple descripción de la propia adhesión al código: es más bien una situación de passion and jugment (pasión y juicio, Bittner, 1973, 115). Con esta frase el ex preso no muestra sólo haber interiorizado el código, sino que también 1) explicita al mismo tiempo que concibe la conversación como una solicitud de delación, 2) formula el distinto estatus social que separa al preso del interlocutor, 3) proporciona una justificación de por qué finaliza la conversación (como si dijese "no contesto más para evitar el ser chivato").
 ¿Cómo puede ser que una pequeña porción de interacción cotidiana y una simple frase no muestren sólo la adhesión a normas de comportamiento, sino que desempeñen también estas otras importantes funciones? Esencialmente porque el contexto y el lenguaje, la escena social y la acción, se determinan recíprocamente, están conectadas entre sí.
 Reciprocidad y "provincias de realidad" son dos temas presentes en la etnometodología,  a la que está dedicado este capítulo".