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domingo, 9 de julio de 2023

Memorias de antes del exilio (1887-1919).- Félix F. Yusúpov (1887-1967)


Félix Yusúpov uno de los conspiradores del asesinato de Rasputín ...
XXV

1917: En arresto domiciliario en Rakítnoie – Primera fase de la Revolución – Abdicación del Zar – El Zar se despide de su madre – Regreso a San Petersburgo – Una propuesta singular

  «Las noticias que nos llegaban de San Petersburgo eran muy alarmantes. Parecía obvio que todo el mundo había perdido el juicio y que el desastre era inminente.
 El 12 de marzo estalló la Revolución. En la capital se declaraban incendios por todas partes, y en las calles los tiroteos eran continuos e intensos. Gran parte del ejército y de la policía se había pasado al bando de la Revolución, incluidos los cosacos de la escolta, élite de la Guardia Imperial.
 Tras largas discusiones con el “consejo de los diputados, obreros y soldados”, el Sóviet, se constituyó un gobierno provisional bajo la presidencia del príncipe Lvov. Los socialistas impusieron a Kérenski como ministro de Justicia.
 Ese mismo día, el emperador abdicó. Para no separarse de su hijo enfermo, lo hizo en favor de su hermano, el gran duque Miguel. Todo el mundo conoce el texto de ese documento histórico, pero no puedo por menos de recordar aquí sus nobles palabras:

 Por la gracia de Dios, nos, Nicolás II, emperador de todas las Rusias, zar de Polonia, gran duque de Finlandia, etc., hacemos saber a todos nuestros fieles súbditos:
 En estos días de lucha encarnizada contra el enemigo exterior que, desde hace tres años, se esfuerza por someter a nuestra patria, Dios ha querido enviar a Rusia una nueva y terrible prueba. Disturbios internos amenazan con tener una repercusión fatal sobre el desenlace de esta guerra que no parece tener fin. El destino de Rusia, el honor de nuestro heroico ejército, la felicidad del pueblo y el porvenir de nuestra querida patria persiguen a toda costa la victoria en esta guerra.
 Nuestro cruel enemigo se entrega a sus últimos esfuerzos, y ya se acerca el día en que nuestro valiente ejército, con la ayuda de nuestros gloriosos Aliados, lo aplastará definitivamente.
 En estos días decisivos para la existencia de Rusia, nuestra conciencia nos dicta facilitar a nuestro pueblo una estrecha unión y la organización de todas sus fuerzas para la rápida consecución de la victoria.
 Por ello, de acuerdo con la Duma del Imperio, juzgamos necesario abdicar la corona del Estado ruso y abandonar el poder supremo.
 Al no querer separarnos de nuestro hijo amado, legamos nuestra herencia a nuestro hermano, el gran duque Miguel Aleksándrovich, otorgándole nuestra bendición en el momento de su subida al trono. Le pedimos que gobierne en estrecha unión con los representantes de la nación que ocupan los escaños de las asambleas legislativas y que les preste inviolable juramento en nombre de nuestra amada patria.
 Hacemos un llamamiento a todos los hijos leales de Rusia, les pedimos que cumplan con su deber patriótico y sagrado obedeciendo al zar, en esta dura prueba nacional, y que lo ayuden, junto con los representantes del país, a conducir al Estado ruso por las vías de la gloria y la prosperidad.
¡Que Dios ampare a Rusia!
 NICOLÁS
 
 Al día siguiente, 16 de marzo, el gran duque Miguel firmó la abdicación provisional. Kérenski, que lo había obligado a ello, le dio las gracias en términos grandilocuentes. El gobierno provisional otorgó al emperador la “autorización” de despedirse del ejército. La emperatriz viuda, acompañada por mi suegro, abandonó enseguida Kiev para trasladarse a Moguiliov, sede del Gran Cuartel General.
 Nicolás II subió al vagón de su madre y estuvo dos horas encerrado con ella. De su conversación no se supo nada nunca. Cuando mi suegro fue invitado a reunirse con ellos, la emperatriz lloraba a lágrima viva. El zar, de pie, inmóvil, fumaba en silencio.
 El gobierno provisional se inclinó ante la voluntad del Sóviet, que exigía la detención inmediata del soberano. Al mismo tiempo se publicó el famoso orden del día número uno que proclamaba la abolición de la disciplina militar, del saludo a los oficiales, etc. Se invitaba a los soldados a formar sus propios comités administrativos, o sóviets, y a designar ellos mismos a los oficiales que querían conservar.
Memorias de antes del exilio (1887-1919) (Clásica) eBook: Yusúpov ... Era el fin del ejército ruso. En algunos cuarteles los soldados ya habían empezado a asesinar a sus oficiales.
 Tres días más tarde el emperador partió a Tsárskoie Seló, pues se lo autorizó a reunirse con su familia. Después del desgarrador adiós a su madre, que había de ser su despedida suprema, Nicolás II, vestido con una simple camisa caqui con la cruz de San Jorge, subió a su tren, parado en la vía enfrente del de la emperatriz. Ésta, de pie, lloraba asomada a la ventana de su vagón, santiguándose y haciendo gestos de bendición. Desde la ventana de su propio vagón su hijo le hizo un último gesto de despedida mientras el tren arrancaba.
 Al llegar a Tsárskoie Seló, el emperador se vio abandonado por todos. Tan sólo el príncipe V. Dolgorúkov lo acompañó hasta el Palacio Alejandro.
 A finales de marzo fui liberado, y regresamos todos a San Petersburgo. Antes de partir, celebramos un servicio religioso en Rakítnoie. La iglesia estaba llena de campesinos que lloraban: “¿Cómo vamos a vivir ahora? —Repetían—. ¡Nos han quitado a nuestro zar!”.
 En Járkov quisimos bajar del tren para ir a la cantina. A duras penas logramos abrirnos paso a través de la multitud que abarrotaba la estación. Toda esa gente se llamaba “camarada” entre sí. Alguien me reconoció y pronunció mi nombre. Al instante, la muchedumbre se agitó. Empujados por todas partes, medio asfixiados, teníamos la desagradable sensación de que esa gente que nos aclamaba en cualquier momento podía también lincharnos. Unos militares vinieron en nuestro auxilio y nos abrieron paso hasta la cantina. La multitud se precipitó detrás de nosotros, por lo que hubo que cerrar las puertas. Quisieron que pronunciara un discurso. Rehusé, alegando que era incapaz de hablar en público. Entonces nos enteramos de que acababa de entrar en la estación el tren que traía desde el Cáucaso al gran duque Nicolás Nikoláievich. Para llegar hasta él tuvimos que volver a abrirnos paso a través de la multitud que, esta vez, aclamaba a gritos al gran duque. Éste me besó con efusividad. “¡Por fin vamos a poder vencer a los enemigos de Rusia!” Tuvo que dejarnos enseguida, pues su tren partía ya. Al subir al nuestro, me crucé en el pasillo con el cantante Alchevski. Me dijo que volvía del campo, donde lo habían enviado para recuperarse de una grave afección nerviosa. Vino a nuestro compartimento y se ofreció a cantar para nosotros. De pronto calló y me miró fijamente con una expresión arisca: “¿Por qué me miran así? —preguntó—. No puedo seguir cantando”. Desconcertado, traté de animarlo a continuar, pero se negó y empezó a decir cosas incoherentes con una voz cada vez más fuerte. Sus gritos no tardaron en llamar la atención de los viajeros que ocupaban el compartimento contiguo. Uno de sus amigos, que viajaba con él, encontró en el tren a un médico que le puso una inyección calmante. Pero por la noche volvimos a oírlo gritar a pleno pulmón. En esa atmósfera de tensión general, el encuentro con ese desdichado demente se sumó a la impresión de pesadilla que nos acompañó en todo el viaje.
 Encontramos San Petersburgo muy cambiada. En las calles reinaba un desorden indescriptible. La mayoría de los viandantes lucía escarapelas rojas. Nuestro propio chófer había juzgado prudente ponerse una pajarita roja para acudir a la estación a recogernos: “¡Quítate ese horror!”, le ordenó mi madre, escandalizada.
 Lo primero que hice fue ir a Moscú a visitar a la gran duquesa Isabel, a la que hacía meses que no veía. Vino a mi encuentro, me besó y me dio su bendición. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
 —Pobre Rusia —dijo—, ¡a qué terrible prueba tiene que enfrentarse! Todos somos impotentes ante la voluntad divina. Sólo nos queda rezar a Dios e implorar su misericordia.»

  [ El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2011, en traducción de Isabel González-Gallarza Granizo, pp. 265-268. ISBN: 978-8484286486.]

viernes, 29 de enero de 2021

Antiimperialismo. Patriotas y traidores.- Mark Twain (1835-1910)

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3.-Rusia
Soliloquio del Zar (North American Review, marzo de 1905)

  «Después de su baño matinal, el Zar acostumbra a meditar durante una hora antes de vestirse (Corresponsalía del London Times).
 (Mirándose en el espejo). Desnudo, ¿qué soy? Una caricatura delgada, arrugada y con piernas de araña, a imagen de Dios. Mirad la cabeza de cera, la cara con expresión de melón, las orejas apantalladas, los codos nudosos, el pecho hundido, las espinillas afiladas y luego los pies, callosos, nudosos, ¡la imitación de una radiografía! No hay nada imperial en esto, nada imponente ni impresionante, nada que provoque respeto y reverencia. ¿Es ante esto que ciento cuarenta millones de rusos besan el suelo? ¿A esto reverencian? ¡No, evidentemente! Nadie podría reverenciar este espectáculo, que soy yo. Pero entonces, ¿a quién, a qué reverencian? En privado, nadie lo sabe mejor que yo: a mis ropas. Sin mis ropas estaría tan destituido de autoridad como cualquier otra persona desnuda. Nadie me diferenciaría de un cura, un barbero o un petimetre. Luego, ¿quién es el verdadero Emperador de Rusia? Mis ropas. Nadie más.
 Como sugiriese Teufelsdrockh, ¿qué sería el hombre, cualquier hombre, sin sus ropas? Tan pronto como nos detenemos a reflexionar sobre esa proposición, comprendemos que sin sus ropas un hombre no sería nada en absoluto; que la ropa no sólo hace al hombre, la ropa es el hombre. Sin ella somos un cero a la izquierda, un vacío, no somos nadie, no somos nada.
 Los títulos, otra artificialidad, son parte de su vestuario. Éstos y la lencería esconden la inferioridad de quien los usa, haciéndole sentir grande, una maravilla, cuando en el fondo nada hay de destacable en él. Pueden hacer que toda una nación caiga de rodillas y reverencie sinceramente a un emperador que, sin sus ropas y sin su título, caería al nivel de un zapatero y sería engullido y perdido de vista en la multitud de los irrelevantes. Un emperador que, desnudo en un mundo desnudo, no sería noticia, no llamaría la atención, sería distraídamente atropellado como cualquier otro extraño sin importancia; quizá hasta le ofrecieran un kopek para cargar la maleta de alguien. Un emperador que, por el mero poder de esas artificialidades, su ropa y su título, llegue a ser reverenciado como una deidad por su pueblo, al mismo tiempo que por puro placer puede desterrarlos, perseguirlos, destruirlos, como lo haría un matador de ratas si un accidente del destino le hubiese otorgado esta vocación, más apropiada a sus capacidades que el ejercicio del gobierno. Es un poder estupendo el que reside en los ropajes y los títulos que todo lo ocultan; llenan de respeto a quien los mira, le hacen temblar, por más que sepa que toda dignidad real hereditaria no es más que una usurpación, un poder ilegítimamente adquirido, una autoridad conferida por personas que carecían de ella. Pues los monarcas sólo han sido elegidos por la aristocracia, una nación jamás ha elegido uno.
 No existe poder sin ropas. Es el poder el que gobierna a la raza humana. Si desnudamos a sus jefes, ningún Estado podría ser gobernado. Los funcionarios, desnudos, no ejercerían ninguna autoridad; lucirían (y serían) como cualquier otro: un lugar común, algo inconsecuente. Un policía vestido de particular es un hombre, con su uniforme es diez hombres. La ropa y los títulos son la cosa más potente, la influencia más formidable sobre la tierra. Son las que llevan a la gente a respetar voluntaria y espontáneamente al juez, el general, el almirante, el obispo, el embajador, el frívolo conde, el duque idiota, el sultán, el rey, el emperador. Ningún gran título es eficiente sin un vestuario que lo apoye. En las tribus de salvajes desnudos, los reyes usan alguna tela o decoración que ellos mismos definen como sagradas y no permiten que nadie más las use. El rey de la gran tribu Fan usa un trozo de piel de leopardo sobre su hombro, es algo exclusivo de la realeza; aparte de eso, va totalmente desnudo. Sin su trozo de piel de leopardo para impresionar e imponer respeto, no conservaría su empleo.
 (Después de un silencio). ¡Qué curiosa invención, qué inexplicable invención la raza humana! Incontables millones de rusos han permitido durante siglos que nuestra familia los robe, insulte, pisotee, mientras ellos vivían, sufrían y morían sin otro propósito ni función que asegurar el confort de esa familia. Esa gente es como caballos, sólo eso, caballos con ropas y una religión. Un caballo con la fuerza de cien hombres dejaría que un hombre lo golpee, lo mate de hambre, lo conduzca: millones de rusos permiten que un puñado de soldados los mantengan en la esclavitud, ¡y esos mismos soldados son sus hijos y sus hermanos!
 Es algo extraño cuando se piensa en ello: el mundo aplica al Zar y a su sistema los mismos axiomas morales que están de moda y son aceptados en los países civilizados. Puesto que en estos países se considera incorrecto deshacerse de los opresores si no es mediante procesos legales, se pretende aplicar la misma regla con Rusia, donde no existe nada parecido a la ley; excepto la de nuestra familia. Las leyes no son más que restricciones, no tienen otra función. En los países civilizados restringen a todos y los restringen por igual, cosa que me parece justa e imparcial; pero en Rusia, las leyes existentes hacen una excepción: nuestra familia. Hacemos lo que nos place, lo hemos hecho durante siglos. Nuestra profesión habitual ha sido el crimen; nuestro pasatiempo habitual, el asesinato; nuestra bebida habitual, la sangre, la sangre de la nación. Sobre nuestros rosarios yacen millones de muertos. Pero los píos moralistas consideran que es un crimen asesinarnos. Nosotros y nuestros tíos somos una familia de cobras a cargo de ciento cuarenta millones de conejos, a quienes torturamos y asesinamos, y de quienes nos alimentamos todos los días. Pero aun así los moralistas insisten en que matarnos es un crimen, no un deber.
Resultado de imagen de Antiimperialismo patriotas y traidores  No me corresponde a mí decirlo en voz alta, sino a alguien dentro mío, como yo: todo esto es ingenuamente irrisorio, ilógico. Nuestra familia está por encima de la ley; no hay ley que pueda alcanzarnos, limitarnos, proteger al pueblo de nosotros. Por lo tanto, somos unos proscritos. Los proscritos son un blanco adecuado para la bala de cualquiera. ¡Ah, qué haría nuestra familia sin los moralistas! Siempre han sido nuestro sostén, nuestro apoyo, nuestros amigos; hoy son nuestros únicos amigos. Siempre que ha habido oscuras propuestas de asesinato, el moralista ha avanzado y nos ha salvado con su máxima proverbial: “Absteneos: nunca nada políticamente valioso se ha conseguido mediante la violencia”. Probablemente él se lo crea. Probablemente no haya tenido nunca un libro escolar de historia universal, que le haya enseñado que su máxima no está respaldada por las estadísticas. Todos los tronos se han establecido mediante la violencia, ninguna tiranía monárquica ha sido derrocada jamás sino mediante la violencia, fue mediante la violencia que mis antecesores afianzaron nuestro trono. Durante siglos lo han mantenido gracias al asesinato, la traición, el perjurio, la tortura, el destierro y la prisión; y por los mismos medios hoy yo lo sigo conservando. Nunca existió un Romanoff educado y con experiencia que no revirtiese esa máxima, afirmando: “Nada políticamente valioso se ha conseguido jamás sin el uso de la violencia”. El moralista comprende que hoy, por primera vez en nuestra historia, mi trono está realmente en peligro y la nación está despertando de su inmemorial letargo de esclavitud. Pero lo que él no comprende es que tal cosa se debe a cuatro actos de violencia: el asesinato de la Constitución de Finlandia por mi mano; la matanza de Bobrikoff y Plehve por revolucionarios asesinos; y la masacre de inocentes que ordené hace unos días. Pero la sangre que corre por mis venas, sangre instruida, entrenada, educada por sus terribles herencias, sangre vigilante de sus tradiciones, sangre que ha ido a la escuela durante cuatro siglos en las venas de asesinos profesionales, mis predecesores; ¡ella percibe, ella entiende! Esos cuatro actos han provocado una conmoción en las inertes y cenagosas profundidades del corazón nacional que ninguna persuasión moral hubiera logrado; han despertado el odio y la esperanza en ese corazón largamente atrofiado y, poco a poco, lenta pero seguramente, ese sentimiento penetrará en todos los pechos y los poseerá. A su debido tiempo, hasta en el pecho del soldado; día fatal ese, día del juicio final. Poco a poco habrá consecuencias. ¡Qué poco sabe el moralista académico del tremendo poder moral de la masacre y el asesinato! Sin duda que habrá consecuencias. La nación está por parir y pronto habrá un poderoso nacimiento: ¡EL PATRIOTISMO! Para decirlo con palabras rudas, simples y desagradables: el verdadero patriotismo, el patriotismo real; la lealtad, pero no a una familia y a una ficción, sino la lealtad a la nación misma.
 Hay veinticinco millones de familias en Rusia. Hay un niño-hombre en el regazo de cada madre. Si fuesen veinticinco millones de madres patrióticas, deberían repetirles cada día a sus hijos-hombres: “Recuerda esto, guárdalo en tu corazón, vive por ello, muere por ello si fuese necesario: que nuestro patriotismo es medieval, gastado, obsoleto; y que el nuevo patriotismo, el único patriotismo racional, es la lealtad a la nación TODO el tiempo, lealtad al gobierno cuando se lo merezca”. Cuando dentro de una generación haya en esta tierra veinticinco millones de patriotas educados y entrenados, mi sucesor tendrá que pensárselo dos veces antes de hacer asesinar a un millar de pobres e indefensos que sólo piden humildemente bondad y justicia, como yo hice el otro día.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Icaria Editorial, 2006, en traducción de Ángelo Ponziano y Mercè Ubach, pp. 89-92. ISBN: 84-7426-893-1]

lunes, 4 de noviembre de 2019

Gog.- Giovanni Papini (1881-1956)

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Visita a Lenin

«Los primeros minutos del coloquio fueron más bien penosos. Lenin se esforzaba en estudiarme, pero con aire distraído, como si cumpliese un deber que ahora ya no le importaba. Y yo, ante aquella máscara azafranada y cansada, no tenía valor para hacer las preguntas que me había propuesto. Murmuré al azar un cumplido sobre la gran obra realizada por él en Rusia. Y entonces aquella cara medio muerta se llenó de arrugas espectrales que querían ser una sonrisa sarcástica.
 -Pero si todo estaba hecho -exclamó Lenin con un brío inesperado y casi cruel-; todo estaba hecho antes de que llegásemos nosotros. Los extranjeros y los imbéciles suponen que aquí se ha creado algo nuevo. Error de burgueses ciegos. Los bolcheviques no han hecho más que adoptar, desarrollándolo, al régimen instaurado por los zares y que es el único adaptado al pueblo ruso. No se pueden gobernar cien millones de brutos sin el bastón, los espías, la Policía secreta, el terror, las horcas, los tribunales militares, las galerías y las torturas. Nosotros hemos cambiado únicamente la clase que fundaba su hegemonía sobre este sistema. Eran sesenta mil nobles y tal vez unos cuarenta mil grandes burócratas; en total, cien mil personas. Hoy se cuentan cerca de dos millones de proletarios y de comunistas. Es un progreso, un gran progreso, porque los privilegios son veinte veces más numerosos, pero el noventa y ocho por ciento de la población no ha ganado mucho en el cambio. Esté seguro de que no ha ganado nada, y es al mismo tiempo lo que se quiere, lo que se desea, aunque por otra parte era del todo inevitable.
 Y Lenin comenzó a reír en sordina como un comerciante que ha engatusado a alguien y contempla alegremente las espaldas del burlado que se va.
 -Entonces -murmuré-, ¿y Marx, y el progreso, y lo demás?
 Lenin me miró con aire de estupefacción.
 -A usted, que es un hombre potente y extranjero -añadió-, se lo podemos decir todo. Nadie lo creerá. Pero recuerde que Marx mismo nos ha enseñado el valor puramente instrumental y ficticio de las teorías. Dado el estado de Rusia y de Europa, me he tenido que servir de la ideología comunista para conseguir mi verdadero fin. En otros países y en otros tiempos hubiera elegido otra. Marx no era más que un burgués hebreo aferrado a las estadísticas inglesas y admirador secreto del industrialismo. Le faltaba el sentido de la barbarie y por esta razón era apenas una tercera parte de hombre. Un cerebro saturado de cerveza y de hegelianismo, en el que el amigo Engels esbozaba alguna idea genial. La Revolución Rusa es una completa negación de las profecías de Marx. Donde no había casi burguesía, allí ha vencido el comunismo.
 Los hombres, señor Gog, son salvajes espantosos que deben ser dominados por un salvaje sin escrúpulos, como yo. El resto es charlatanería, literatura, filosofía y músicas para uso de los tontos. Y como los salvajes son semejantes a los delincuentes, el principal ideal de todo Gobierno debe ser el de que el país se asemeje lo más posible a un establecimiento penal. La vieja mazmorra zarista es la última palabra de la sabiduría política. Bien meditado, la vida del presidiario es la más adaptada al promedio vulgar de los hombres. No siendo libres están, al fin, exentos de los peligros y de las molestias de la responsabilidad y se hallan en condiciones de no poder realizar el mal. Apenas un hombre entra en la prisión, debe, por la fuerza, llevar la vida de un inocente. Además, no tiene pensamientos ni preocupaciones, pues ya están aquí los que piensan y mandan por él: trabaja con el cuerpo, pero su espíritu descansa. Y sabe que todos los días tendrá que comer y podrá dormir, aunque no trabaje, aunque esté enfermo, y todo esto sin las preocupaciones que incumben al libre para procurarse su pan cada mañana y un lecho cada noche. Mi sueño es transformar a Rusia en un inmenso establecimiento penal y no se imagine que lo diga por egoísmo, pues con un tal sistema, los más esclavos y más sacrificados son los jefes y los que los secundan.
 Lenin calló un momento y se puso a contemplar un diseño que tenía ante sí. Representaba, según me pareció, un palacio alto como una torre, agujereado por innumerables ventanas redondas. Me atreví a formular una de mis preguntas:
 -¿Y los campesinos?
 -Odio a los campesinos -respondió Vladimiro Ilitch con un gesto de asco-, odio al mujik idealizado por aquel reblandecido occidental llamado Turguenev y por aquel hipócrita fauno convertido que se llama Tolstoi. Los campesinos representan todo lo que detesto: al pasado, la fe, la herejía y la manía religiosa, el trabajo manual. Los tolero y los acaricio, pero los odio. Quisiera verlos desaparecer todos, hasta el último. Un electricista vale, para mí, por cien campesinos.
 Se llegará, según espero, a vivir con los alimentos producidos en pocos minutos por las máquinas en nuestras fábricas químicas, y podremos al fin hacer la matanza de todos los labriegos inútiles. La vida en la naturaleza es una vergüenza prehistórica.
 Tenga usted en cuenta que el bolcheviquismo representa una triple guerra: la de los bárbaros científicos contra los intelectuales podridos, del Oriente contra el Occidente y de la ciudad contra el campo. Y en esta guerra no dudaremos en la elección de las armas. El individuo es algo que debe ser suprimido. Es una invención de aquellos gandules griegos o de aquellos fantásticos germanos. Quien resista será estirpado como una pústula maligna. La sangre es el mejor abono ofrecido a la Naturaleza.
 No crea que yo sea cruel. Todos estos fusilamientos y todas esas horcas que se levantan por mi orden me disgustan. Odio a las víctimas, sobre todo porque me obligan a matarlas. Pero no puedo hacer otra cosa. Me vanaglorio de ser el director de una penitenciaría modelo, de un presidio pacífico y bien organizado. Pero aquí se hallan, como en todas las prisiones, los rebeldes, los inquietos, aquéllos que tienen la estúpida nostalgia de las viejas ideologías y de las mitologías homicidas. Todos esos son suprimidos. No puedo permitir que algunos millares de enfermos comprometan la felicidad futura de millones de hombres. Además al fin y  al cabo, las antiguas sangrías no eran una mala cura para los cuerpos. Hay una cierta voluptuosidad en sentirse amo de la vida y de la muerte. Desde que el viejo Dios ha muerto -no sé si en Francia o en Alemania-, ciertas satisfacciones han sido acaparadas por el hombre. Yo soy, si quiere, un semidiós local, acampado entre Asia y Europa, y por tanto me puedo permitir algún pequeño capricho. Son gustos de los que después de la decadencia de los paganos se había perdido el secreto. Los sacrificios humanos tenían algo bueno: eran un símbolo profundo, una alta enseñanza, una fiesta saludable. Y yo, en vez de los himnos de los fieles, siento llegar hasta mí los alaridos de los prisioneros y de los moribundos y le aseguro que no cambiaría con la Novena Sinfonía de Beethoven esa sinfonía, canto anunciador de la beatitud próxima.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1961, en traducción de Mario Verdaguer. Depósito legal: B.883-1961.]

miércoles, 8 de junio de 2016

"Buscando al Emperador".- Roberto Pazzi (1946)


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XIX

 "De modo que era verdad lo de la revolución en San Petersburgo, y que el Zar ya no era Zar...
 Un día de agosto lo habían visto llegar acompañado por un séquito de trescientas veinte personas, y alojarse luego en el palacio del gobernador. Muchas casas de la ciudad tuvieron que ser requisadas para acomodar al personal del séquito: diez damas de compañía, doce gentilhombres de cámara, seis camareras, dos camareros, diez criados, tres cocineros, cuatro pinches de cocina, un mayordomo, un cantinero, un enfermero, un secretario, un barbero, tres perros spaniel, además de los doscientos guardias del coronel Kobylinsky. Decían que estaba prisionero, que en San Petersburgo había estallado la revolución, pero ellos jamás llegaron a creérselo del todo: pues veían a su Zar cada día paseando sonriente por la ciudad, a la misma hora de la tarde, acompañado por las grandes duquesas y el séquito, mientras los guardias apenas lograban contener a los transeúntes que querían besarle la mano... Se sabía que la Zarina no salía jamás del palacio del gobernador para no apartarse de su hijo, enfermo de hemofilia. Luego debieron ocurrir otras cosas en San Petersburgo, porque un día otros soldados, los soldados rojos, llegaron para llevárselo y el Zar volvió a marcharse en abril, aunque con un séquito menor, tal vez para regresar más rápido a su palacio de Tsarkoie Seló. Se decía, de todas formas, que lo habían detenido en Ekaterinburgo. De hecho, desde el día de su partida ellos se sintieron abandonados hasta que llegó un regimiento entero de soldados rojos cuyo comandante, el comisario del pueblo Nykolsky, declaró que en toda Rusia ya no había nobles ni Zar, que la guerra había terminado y que pronto la tierra sería entregada a los campesinos. La ciudad no sabía a quién creer. Aunque a partir de entonces muchas cosas cambiaron y la vida ya no volvió a ser la de antes. La primera novedad fue la supresión de la carera de la vergüenza. Desde hacía siglos las prostitutas, los judíos, tres o cuatro usureros, los mendigos, algunos locos y los enanos, tenían que participar en una carrera por la plaza de San Alejo, en la que las mujeres competían sin ropa interior bajo las faldas arremangadas y los hombres afeitados y enfundados en costales como si fueran penitentes.
 Luego se evacuó a los deportados de la fortaleza de Orlov. Vieron entonces a los prisioneros de estado, aquéllos que habían atentado contra la vida del abuelo del Zar, vacilar a la entrada de la fortaleza, frotarse los ojos y bajarlos después de una rápida mirada al sol, cegados por esa luz cuyo resplandor no esperaban volver a ver. Hasta que apareció -las mujeres al verlo huyeron despavoridas haciéndose la señal de la cruz-, el gigantesco coronel Ruzsky, el dinamitero, padre de un gran amigo del Zar, y hombre tan alto y corpulento que, al no caber en ninguna celda, tuvo que ser encerrado en la torre que hacía esquina, desde cuyas rejas todas las mañanas contaba a los niños su historia para que jamás se marcharan de su ciudad y para que no cometieran el mismo error que él, cuando de muchacho huyera de su poblado hacia el sur, a San Petersburgo, escondido en el carruaje de un mercader judío. Más tarde se prohibió al juglar que cantara, al juglar que por los caminos polvorientos en verano y resbalosos a causa del hielo en invierno informaba a la gente sobre lo que decían que pasaba en Moscú y San Petersburgo, dando vueltas con su tambor a la hora del crepúsculo, cuando la gente volvía a casa del trabajo y tenía ganas de escuchar sucesos lejanos e improbables.
 El nuevo gobierno, cuyo comisario, atrincherado entre todo su regimiento, ocupaba ahora la casa del gobernador, quería que la gente escuchara la radio que había hecho colocar en la plaza del mercado y que leyera los periódicos, en vez de escuchar a esos inveterados mentirosos que eran los juglares.
 Fue ese comisario maníaco el que hizo parar el reloj de la torre de San Salvador, el único de la ciudad, regalo de la Zarina Isabel, en cuyo pesado calendario de mármol blanco se habían asomado durante doscientos años, movidos a mano por los Agagianian, la familia armenia encargada de esa tarea, los días y los meses del calendario ruso -que llevaba trece días de retraso con respecto al del mundo-, en tanto que el viejo mecanismo del reloj hacía avanzar los minutos. Era preferible que los ciudadanos aprendieran a ser más precisos, y a llevar un reloj, en lugar de tener que depender de los frecuentes retrasos de esa familia de distraídos que, a menudo, y sobre todo en invierno, cuando en Siberia quedaba detenido el tiempo, olvidaban marcar los minutos, las medias horas y, a veces, hasta los días".