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sábado, 10 de julio de 2021

Medianoche de amor.- Michel Tournier (1924-2016)


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Escribir de pie


 «El visitador penitenciario del centro de Cléricourt me había advertido: “Todos han cometido barbaridades: terrorismo, toma de rehenes, hold-up. Pero fuera de sus horas en el taller, han leído algunos de sus libros y querrían hablar con usted”. Así que reuní todo el coraje que pude y tomé el camino que lleva a aquel infierno. No era la primera vez que acudía a la cárcel. Como escritor, se entiende, y para charlas con esos lectores especialmente atentos, los jóvenes detenidos. Conservaba de aquellas visitas un gustillo de insoportable aspereza. Recordaba sobre todo un espléndido día de junio. Después de dos horas de charla con seres humanos semejantes a mí me volví en mi coche diciéndome: “Y ahora les llevarán a sus celdas, y tú te vas a cenar a tu jardín con una amiga. ¿Por qué?”
 Me confiscaron los papeles y a cambio tuve derecho a una gruesa ficha numerada. Pasearon por mis ropas un detector de metales. A continuación se abrieron unas puertas dirigidas electrónicamente, y se cerraron detrás de mí. Franqueé compartimentos. Me aventuré por pasillos que olían a encausto. Subí escaleras cuyos huecos estaban tapados con redes “a fin de prevenir las tentativas de suicidio”, me explicó el carcelero.
 Estaban reunidos en la capilla y, algunos, en efecto, eran muy jóvenes. Sí, habían leído alguno de mis libros. Me habían oído por la radio. “Trabajamos la madera –me dijo uno de ellos- y nos gustaría saber cómo se hace un libro”. Conté mis investigaciones previas, mis viajes, después los largos meses de artesanía solitaria en mi mesa (manuscrito= escrito a mano). Un libro es algo que se hace como un mueble, por paciente ajuste de piezas y trozos. Para ello hace falta tiempo y cuidado.
 -Sí, pero una mesa y una silla sabemos para lo que sirve. ¿Es útil un escritor?
 Era necesario que se planteara la pregunta. Les dije que la sociedad estaba amenazada de muerte por las fuerzas de orden y de organización que pesan sobre ella. Todo poder –político, policíaco o administrativo- es conservador. Si nada lo equilibra, engendrará una sociedad bloqueada, semejante a una colmena, a un hormiguero, a un termitero. Ya no habrá nada humano, es decir, imprevisto, creativo, entre los hombres. El escritor tiene como función natural la de iluminar con sus libros ámbitos de reflexión, de contestación, de puesta en cuestión del orden establecido. Incansablemente lanza llamadas a la revuelta, al desorden, porque no hay nada humano sin creación, aunque toda creación molesta. Por eso es tan a menudo perseguido. Cité a François Villon, más a menudo en la cárcel que libre; Germaine de Staël, que desafió al poder napoleónico negándose a escribir la única frase de sumisión que le habría valido el favor del tirano; Víctor Hugo, exiliado veinte años en su islote. Y Jules Vallès, y Solzhenitsin y muchos otros.
 -Hay que escribir de pie, nunca de rodillas. La vida es una tarea que siempre hay que hacer de pie –concluí yo.
 -¿Y eso? ¿No es sumisión eso?
 ¿La Legión de Honor? En mi opinión, es la recompensa de un ciudadano tranquilo, que paga sus impuestos y no incomoda a sus vecinos. Pero mis libros escapan a cualquier recompensa, lo mismo que a toda ley. Y les cité las palabras de Erik Satie. Aquel músico oscuro y pobre detestaba al glorioso Maurice Ravel, al que acusaba de haberle robado su lugar al sol. Un día Satie se entera con estupor de que le han ofrecido a Ravel la Legión de Honor y que la ha rechazado. “Él rechaza la Legión de Honor –dijo-, pero toda su obra la acepta”. Lo cual era bastante injusto. De todas formas, creo que un artista puede por su parte aceptar todos los honores, a condición de que su obra los rechace.
 Nos separamos. Me prometieron escribirme. Yo no lo creí. Me equivocaba. Hicieron algo más que eso. Tres meses más tarde una camioneta de la penitenciaría de Cléricourt se detenía delante de mi casa. Se abrieron las portezuelas traseras y sacaron de allí un pesado pupitre de roble macizo, uno de esos grandes muebles sobre los que escribían los oficiales de notarías, pero también Balzac, Víctor Hugo o Alejandro Dumas. Acababa de salir del taller y aún olían las virutas y el barniz. Iba acompañado de un breve mensaje: “Para escribir de pie. De parte de los presos de Cléricourt”.
[…]      

La leyenda de la pintura

  Pierre y yo nacimos el mismo año en el mismo pueblo. Aprendimos a leer y a escribir en el mismo colegio. Pero a partir de ahí nuestros destinos empezaron a divergir. Mientras que Pierre destacaba en matemáticas, se apasionaba con la química y se llevaba todos los premios en física, para mí sólo contaban la literatura, la poesía y más tarde la filosofía. A los veinte años, Pierre se expatriaba. Yo me quedaba en el pueblo, en la casa secular de mis antepasados. Ya no veía a mi amigo de la infancia, pero tenía noticias suyas a través de sus padres, que seguían siendo vecinos míos. Estaba él en los Estados Unidos. Había estudiado electricidad, electrónica e informática. Según decían, tenía un puesto importante en una firma de ordenadores.
 Yo le veía alejarse de mí a medida que hacía progresos de acuerdo con su vocación. Yo escribía relatos y leyendas que bebían en las fuentes de la tradición popular. Me parecía que tan sólo la proximidad de los bosques y las labores de mi infancia podrían alimentar mi inspiración de narrador. Cuanto más se enriquecía mi arte, más me enraizaba yo en mi tierra natal.

 Un día, bruscamente, reapareció Pierre. Llamó a mi puerta y se arrojó en mis brazos. Apenas había cambiado. A pesar de la distancia, había seguido mis trabajos. No había uno de mis libros que no hubiera leído y releído. Y me traía una proposición fantástica. Su firma acababa de poner a punto un sistema de codificación internacional. Cualquier programa podía ser registrado en un volumen ínfimo y se hacía accesible a una  multitud de decodificaciones en lenguas diversas. Me proponía convertirme en el primer escritor del mundo que aprovechara aquel sistema. Si yo estaba de acuerdo, pondrían toda mi obra en el ordenador y sería descifrada a continuación en los ciento treinta países provistos actualmente de una terminal apropiada. Mis libros conocerían así una prodigiosa difusión, comparable a la de la Biblia o el Corán. El proyecto de Pierre me entusiasmó.
 -Yo soy un hombre de comunicación –me dijo-. Tú eres un hombre de creación. La comunicación sólo se justifica por el mensaje que vehicula. Sin ti, yo no sería nada.
Resultado de imagen de michel tournier medianoche de amor -No seas tan modesto –le dije a mi vez-. La creación no puede prescindir de la difusión. Yo no aspiro ni a la gloria ni a la fortuna. Pero necesito que me lean. ¿Qué es un músico si no tocan su música, qué es un autor dramático sin teatro? La comunicación añade a la creación una vida innumerable e imprevisible sin la cual no es más que un objeto inerte.
 Y como yo no me expreso bien más que como narrador, le conté una parábola del sabio derviche Algazel, más concretamente llamado Rhazali o Ghazali, arreglada un poco a mi manera, como es lícito hacerlo en la tradición oral.
 Érase una vez un califa de Bagdad que quería hacer decorar las paredes del salón de honor de su palacio. Hizo venir a dos artistas, uno de Oriente y otro de Occidente. El primero era un célebre pintor chino que nunca había dejado su provincia. El segundo, griego, había visitado todas las naciones y aparentemente hablaba todos los idiomas. No era tan sólo un pintor. Estaba igualmente versado en astronomía, física, química y arquitectura. El califa les explicó su intención y confió a cada uno una de las paredes del salón de honor.
 -Cuando hayáis terminado –dijo- se reunirá la corte en gran pompa. Examinará y comparará vuestras obras y la que sea considerada la más bella le valdrá a su autor una enorme recompensa.
 Después, volviéndose hacia el griego, le preguntó cuánto tiempo necesitaría para terminar el fresco. Y misteriosamente, el griego respondió: “Cuando mi cofrade chino haya terminado, yo habré terminado”. Entonces el califa interrogó al chino, que pidió un plazo de tres meses.
 -Bien –dijo el califa-. Haré dividir la habitación en dos con una cortina a fin de que no os molestéis mutuamente, y volveremos a vernos dentro de tres meses.
 Pasaron los tres meses y el califa convocó a ambos pintores. Se volvió hacia el griego y le preguntó: “¿Has terminado?” Y, misteriosamente, el griego respondió: “Si mi cofrade chino ha terminado, yo he terminado”. Entonces el califa interrogó a su vez al chino, que respondió: “He terminado”.
 La corte se reunió dos días después y se dirigió en pleno hacia el salón de honor con el fin de juzgar y comparar ambas obras. Era un magnífico cortejo en que se veían vestidos bordados, penachos de plumas, joyas de oro, armas cinceladas. Todo el mundo se reunió primero del lado de la pared pintada por el chino. Qué grito de admiración. El fresco presentaba un jardín de sueño plantado con árboles en flor, con pequeños lagos en forma de alubia cruzados por graciosas pasarelas. Una visión paradisíaca de la que los ojos no se cansaban nunca. Era tan grande el encantamiento que algunos querían que se declarase al chino vencedor del concurso, sin siquiera echarle un vistazo a la obra del griego.
 Pero enseguida el califa ordenó correr la cortina que separaba la habitación en dos y la multitud se volvió. La multitud se volvió y dejó escapar una exclamación de maravilloso estupor.
 ¿Qué había hecho el griego, pues? No había pintado nada en absoluto. Se había contentado con colocar un amplio espejo que empezaba en el suelo y subía hasta el techo. Y por supuesto aquel espejo reflejaba el jardín del chino en sus mínimos detalles. Pero entonces os preguntaréis, ¿en qué era más bella y emotiva que su modelo aquella imagen? Pues en que el jardín del chino estaba desierto y vacío de habitantes, mientras que en el jardín del griego se veía una magnífica multitud con vestidos bordados, penachos de plumas, joyas de oro y armas cinceladas. Y toda aquella gente se movía, gesticulaba y se reconocía con regocijo.
 Por unanimidad, el griego fue declarado vencedor del concurso.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 1992, en traducción de Santiago Martín Bermúdez, pp. 143-145 y 233-236. ISBN: 84-204-2609-1.]

domingo, 4 de agosto de 2019

Reflexiones sobre la paz.- Madame de Staël (1766-1817)

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Primera parte
Capítulo I: de la fuerza actual de Francia

«Toda la fuerza de la revolución de Francia consiste en el arte de fanatizar la opinión al servicio de los intereses políticos. Si un hombre cualquiera tuviera influencia sobre los franceses, el conocimiento de su carácter, el examen de su ambición, sin duda harían fáciles los medios de tratar con él; pero son las ideas las que reinan en Francia y no los individuos. Los franceses tienen demasiada vanidad para someterse a un jefe; el rey se confundía con la realeza: era el rango y no el talento el que le colocaba por encima de todos; pero aquel que se escogiera, que se siguiera y al que se creyera voluntariamente, sería por lo mismo reconocido como debiendo a su talento su superioridad sobre los demás; y esta confesión no es francesa. La invención de la imprenta, vulgarizando las luces, ha hecho mucho más rara la especie de ciega confianza que somete los soldados a sus jefes políticos o militares; y cuando se agrega a la invención de la imprenta esa otra invención más moderna de los panfletos, que aparecen todos los días y a todas las horas, que investigan los menores actos de los hombres, que subrayan cada ridículo, que dan pábulo a cada sospecha, que deciden de todo, se verá que es imposible conservar la magia de la gloria. Esta continua observación es para ella una especie de prostitución donde se destruye su prestigio.
 Se ha repetido mucho que no ha habido grandes hombres en esta revolución; yo creo que se puede observar en las diferentes épocas esfuerzos de virtud, pruebas de valor, amplitud de espíritu, una audacia criminal que en los tiempos pasados, incluso en la época de la revolución inglesa, hubieran sido suficientes para adquirir verdadera influencia; y, sin embargo, en Francia ninguna reputación se ha mantenido. Los hombres no han sido otra cosa más que instrumentos de la idea dominante; el pueblo les ha considerado como medios y no como jefes. Necker estaba con el pueblo, en tanto que le creía oprimido; lo combatió cuando quiso transformarse en usurpador; en ese mismo instante, Necker,  se vio abandonado por todos los que le habían seguido. Mirabeau murió a tiempo para no experimentar la inutilidad del talento empleado en remontar el torrente dominador. Lafayette, fiel a su juramento a la constitución, y queriendo defenderla en la jornada del 10 de agosto, no ha podido conservar, de todos los guardias nacionales de Francia, más que veinte compañeros de infortunio. Dumouriez, cuyo talento militar no puede ser puesto en duda, arrastrado por una de sus intrigas a intentar restaurar el trono, que otra intriga le había hecho derrocar, tuvo que huir de las armas de sus propios soldados, quienes, nada instruidos de la opinión que puede merecer su carácter moral, no debían ver en él más que un bravo y victorioso general. No queda más que Robespierre, cuyo terrible poder necesita ser explicado; pero si es posible decirlo, se había identificado con el terror, y amparándose de todas las odiosas pasiones de los jacobinos, llegaba sin saberlo, a hacerse un trono del cadalso, donde ocupaba el lugar del verdugo; pero desde que esta intención quedó manifestada, desde que quiso pretender a ciertas distinciones en el imperio de la maldad, surgió la revuelta contra él. La Convención ha surgido, sin duda, del sentimiento de horror y de espanto que estos crímenes inspiraban; pero en los primeros momentos el pueblo incierto no se ha aliado a la Convención contra Robespierre, más que por la preferencia que siempre concede a una asamblea sobre un hombre. El pueblo no quiere y no cree armarse más que para sí mismo. Es la reunión de sus representantes lo que defiende en la Convención y el poder de un individuo, sea quien sea, no tiene nada de democrático.
 Se podrían hallar ideas de libertad en esta invencible repugnancia hacia el gobierno de uno solo, o al ascendiente del pequeño número; pero como este principio es incompatible con la estabilidad del estado social, resulta destructor de esta libertad que se cree su base. Sin embargo, lo que importa en la circunstancia actual, no es analizar las desgracias incontestables de la revolución de Francia, sino juzgar sus efectos. Los franceses, reunidos contra los extranjeros, son por sí mismos más fuertes que toda Europa y los franceses están unidos por la fuerza de la opinión pública. Los medios de influenciarla deben ser, por consiguiente, el primer objeto de las potencias. Se ganarían sucesivamente los conductores de la facción popular, si se representaran completamente semejantes a los que se habían desechado. Desde que existe un movimiento público, crea siempre hombres para aprovecharse de ellos. No se trata, convengo en ello, de la mayoría numérica de Francia como entusiasta de las ideas democráticas, sino que son todos los caracteres activos, impetuosos, que multiplican su existencia mediante sus pasiones, arrastrando a los otros a su voluntad y reclutando a los débiles mediante el mismo espanto que inspiran. Los intereses que se oponen a esta impulsión son de naturaleza combinada; el móvil es el amor al orden y al reposo y los medios se resienten casi siempre de la moderación del fin. Los crímenes de los jacobinos, colocándoles en situación desesperada, han reagrupado y doblado su fuerza; la misma conciencia de un hombre honesto le aísla; hay, quizá, en la virtud algo de solitario y de completo que se opone al cambio, a la reunión de intereses necesarios para formar un partido en los momentos de agitación política. En fin, las potencias, por la incertidumbre de sus sistemas, por las faltas que ha cometido, han impedido que el partido contrario a la república pudiera ofrecer ningún objeto fijo de reunión en el interior. El odio contra la invasión extranjera es, por consiguiente, en Francia, una especie de sentimiento general; es la sola idea que reúne a una nación presta a desunirse.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Espasa-Calpe Argentina, 1946, en traducción de M. Granell.]