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domingo, 10 de agosto de 2025

Ilíada.- Homero (ca. siglo VIII a.C.)

 

Canto XIX

 «Eos, de azafranado peplo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le entregara. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando copiosamente, y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo:
 "¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y bella como jamás varón alguno la haya llevado para proteger sus hombros".
 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas armas y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor; sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras:
 "¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo -pues le falta vida- y corrompan todo el cadáver".
 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: "Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los inoportunos enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservará igual o más fresco que ahora. Tú convoca a junta a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor".
 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
 El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves y hasta los pilotos que las gobernaban y como despenseros distribuían los víveres, fueron entonces a la junta; porque Aquiles se presentaba después de haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Odiseo, ministros de Ares, acudieron cojeando, apoyándose al arrimo de la lanza -aún no tenían curadas las graves heridas- y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
 "¡Átrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una doncella. Así la hubiese muerto Artemisa en las naves con una de sus flechas el mismo día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los aqueos, de larga cabellera, a que peleen y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza".
 Así habló, y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el magnánimo Pelida renunciara a la cólera. Y el rey de hombres Agamenón les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso.
 "¡Oh, amigos, héroes dánaos, ministros de Ares! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oír o decir algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos, prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Zeus, la Moira y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron padecer a mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día en que le arrebaté a Aquiles la recompensa. Mas ¿qué podía hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija venerada de Zeus es la perniciosa Até, a todos tan funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, a quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al fornido Heracles en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante todas las deidades: 
 "Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un varón que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos".
 Respondíole con astucia la venerable Hera: "Mientes y no cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Zeus Olímpico, jura solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy a los pies de una mujer".
 Tal dijo. Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le había de ser. Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo al Crónida diciendo:
 "¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aquéllos".
 Tales fueron sus palabras y un agudo dolor penetró en el alma del dios que, irritado en su corazón, cogió a Até por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Até, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Até a los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.
 Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Até, cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y tú marcha al combate y anima a los demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer te ofreció en tu tienda el divino Odiseo. Y si quieres, aguarda, aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo".»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Luis Segalá y Estalella, pp. 311-314. ISBN: 84-7530-113-4.]

domingo, 19 de febrero de 2023

Anábasis de Alejandro Magno.- Lucio Flavio Arriano (h. 86 - 175)

Flavio Arriano - Wikipedia, la enciclopedia libre
Libro II

El nudo gordiano

   «Una vez Alejandro en Gordio, se apoderó de él un vivo deseo de subir a la ciudadela, donde se encontraba el palacio de Gordio y de su hijo Midas, para ver su carro y el nudo del yugo de su carro. Existía una leyenda muy difundida entre los habitantes de la región a propósito de aquel carro. Decían, en efecto, que Gordio fue un antiguo pobre frigio que sólo poseía un puñado de tierra que trabajar y dos yuntas de bueyes; una le servía para arar, y con la otra Gordio llevaba el carro. Encontrándose cierto día arando, un águila se posó sobre el yugo y permaneció posada en él hasta que fue la hora de desuncir los bueyes; Gordio, maravillado ante lo que veía, se puso en marcha a dar conocimiento del prodigio a los adivinos telmiseos, ya que estos telmiseos eran sabios en la interpretación de prodigios, don éste que habían heredado (y que también poseían sus mujeres y niños) de sus mayores. Al acercarse a un poblado telmiseo, se encontró con una joven que estaba sacando agua, y le contó lo que le había sucedido con el águila. Ella (que también era de familia adivina) le ordenó que regresara a aquel sitio e hiciera un sacrificio a Zeus Rey. Pidióle él que le acompañara y le explicara el sacrificio, y Gordio lo celebró tal como ella le había indicado. De sus relaciones con la muchacha les nació un hijo al que llamaron Midas. Llegado a la edad adulta, fue Midas un hombre noble y de buen porte; pues bien, sufrían por aquel entonces los frigios una guerra civil y les había vaticinado el oráculo que un carro les traería un rey que pondría fin a su guerra fratricida. Cuando aún estaban éstos deliberando sobre ello, apareció Midas acompañado de su padre y de su madre, e hizo detener su carro en plena asamblea. Los frigios, interpretando el oráculo, reconocieron en él a aquel hombre que, según el dios, vendría en el carro. A continuación le hicieron su rey, y fue así como Midas puso fin a la guerra civil. En agradecimiento a Zeus Rey por haberle enviado el águila, depositó el carro de su padre como ofrenda en la acrópolis de la ciudad.
 A más de ésta, corría otra leyenda sobre este carro: estaba vaticinado que quien fuera capaz de soltar el nudo del yugo del carro gobernaría en toda el Asia. El nudo era de hilachas de cornejo, y parecía no tener principio ni fin. Alejandro, en vista de lo difícil que resultaba encontrar un modo de desatarlo y como, de otra parte, no podía consentir que quedara atado, no fuera a ser que ello influyera en el ánimo de sus hombres, cercenó —según dicen— el nudo con un golpe de su espada y exclamó: ¡Ya está desatado!
 Aristobulo, sin embargo, cuenta que Alejandro, desenganchando la clavija de la lanza del carro (se trataba de una estaquilla que atraviesa de parte a parte la lanza), sujetó simultáneamente el nudo hasta liberar el yugo de la lanza del carro.
 No puedo yo precisar de qué modo actuó Alejandro en este asunto del nudo; el caso es que él y los suyos dejaron el carro seguros de que el oráculo sobre la liberación del nudo estaba cumplido, pues además también aquella noche hubo truenos y relámpagos en el cielo, como indicios de algo prodigioso. Alejandro, a la vista de ello, ofreció al día siguiente sacrificios en honor de los dioses que habían manifestado estas señales por la desatadura del nudo.

Alejandro enfermo

  Al día siguiente, Alejandro se puso en camino hacia Ancira, en Galacia. Se presentó ante él una embajada del pueblo paflagonio con ofertas de sumisión y promesas de formalizar un pacto, solicitándole a cambio no entrar en el país por la fuerza. Alejandro les ordenó que prestaran obediencia a Cala, el sátrapa de Frigia, mientras él se adentraba en la región de Capadocia, atrayéndose a su bando a toda la zona hasta el río Halis, y gran parte de la del otro lado del río. Dejó a Sabictas como sátrapa de Capadocia, y se puso al frente de sus tropas en dirección a las Puertas Cilicias.
 Al poco llegó al campamento de Ciro (a quien acompañara Jenofonte en su expedición), y al ver que las Puertas estaban custodiadas por una poderosa guarnición, dejó allí a Parmenión con los batallones de infantería que estaban dotados de armamento más pesado, mientras que él, a la hora del cambio de la primera guardia, tomó a sus hipaspistas, arqueros y agrianes, y avanzó durante la noche contra las Puertas, con intención de caer sobre la guardia cogiéndolos por sorpresa. Aunque su avance no pasó desapercibido, su acto de osadía tuvo el mismo efecto, ya que los centinelas, al ver que era el propio Alejandro quien abría la expedición, abandonaron su puesto y se retiraron en huida. Al día siguiente, a la hora del alba, cruzó con todas sus fuerzas las Puertas, iniciando así el descenso hacia Cilicia. Le llegaron noticias por entonces de que Arsames, que antes planeaba conservar la ciudad de Tarso para los persas, pensó ahora abandonarla al haberse enterado de que Alejandro ya había sobrepasado las Puertas, por lo cual los habitantes de Tarso temían que Arsames se entregara al saqueo de la ciudad antes de abandonarla. Enterado de esto Alejandro, llevó a la carrera hacia Tarso a la caballería y las tropas más ligeras, para que Arsames, al percatarse de lo inmediato de su ataque, abandonara Tarso y se reuniera con el rey Darío sin dejarle expoliar la ciudad.
Anabasis Alejandro Magno libros i-iii: 049 B. CLÁSICA GREDOS ... Dice Aristobulo que Alejandro fue víctima aquí de una enfermedad; según otros, sin embargo, ocurrió que Alejandro contrajo unas fuertes fiebres que le provocaron convulsiones e insomnio después de haberse bañado (sudoroso y acalorado como estaba) durante un buen rato en el río Cidno, cuyas aguas fluyen puras y frías por medio de la ciudad, después de atravesar una zona despejada desde las cimas del monte Tauro. Los médicos creyeron que Alejandro no sobreviviría, aunque Filipo, un médico acarnanio que acompañaba a Alejandro y que gozaba de fama de hombre entendido en medicina, y que era además de acreditado comportamiento en el campo de batalla, fue partidario de purgar a Alejandro, quien a su vez se mostraba plenamente de acuerdo con el tratamiento. Mas ocurrió que cuando ya le preparaban la copa, le fue entregada a Alejandro una carta de parte de Parmenión que decía: “Cuídate de Filipo, he oído que ha sido comprado por el dinero de Darío para darte muerte mediante un brebaje.” Alejandro leyó la nota con atención, y teniéndola aún en la mano, cogió la copa de purgante y dio a leer a Filipo la nota, bebiéndose el purgante al tiempo que Filipo leía la nota de Parmenión.
 Al poco rato se hizo evidente que Filipo había acertado plenamente en la prescripción del remedio; es más, no se turbó siquiera al leer la nota, sino que lo único que le rogó a Alejandro fue que le obedeciera hasta el final en cuanto le había recomendado, porque su salvación dependía de que siguiera sus instrucciones. En verdad, el purgante hizo efecto y cesó su dolencia.
 Alejandro dio pruebas así a Filipo de ser un amigo que da crédito a sus amigos, y las dio también a sus generales de que él confiaba plenamente en sus amigos incluso ante circunstancias insospechadas, demostrándoles al mismo tiempo su valentía frente a la muerte.

Alejandro en Tarso
 
 Poco después envió a Parmenión hacia el otro paso que divide el territorio cilicio del asirio para que lo ocupara él primero y poder controlar desde allí todos los accesos. Cedió a Parmenión para que le acompañaran toda la infantería aliada, los mercenarios griegos y los tracios que mandaba Sitalces, así como los jinetes tesalios. Alejandro fue el último en levantar el campamento de Tarso, para llegar al día siguiente a la ciudad de Anquíalo, que, según la leyenda, había construido el asirio Sardanápalo. Por su perímetro y por los cimientos de sus murallas se veía que esta ciudad había sido una gran construcción, y que su poderío había debido alcanzar gran importancia. La tumba de Sardanápalo está cerca de los muros de Anquíalo, y el propio Sardanápalo está sentado sobre ella, con sus manos entrelazadas como si fuera a tocar palmas, y había inscrito en ella un epigrama en caracteres asirios; según los asirios, era una inscripción en verso y el sentido de sus palabras, el siguiente: "SARDANÁPALO, EL HIJO DE ANACINDARAJES, CONSTRUYÓ LAS CIUDADES DE ANQUÍALO Y TARSO EN UN SOLO DÍA. TÚ, EXTRANJERO, COME Y BEBE Y DIVIÉRTETE, PORQUE TODO LO DEMÁS EN LA VIDA NO VALE ESTO" (aludía al aplauso que las palmas hacen al batir), aunque decían que el "DIVIÉRTETE" tenía en lengua asiria mayor picardía.
 Desde Anquíalo llegó Alejandro a Solos, e impuso a sus habitantes una guarnición y los penalizó con una multa de doscientos talentos de plata por haberse mostrado mejor predispuestos para con los persas. Reuniendo tres batallones de infantería macedonios, todos los arqueros y los agrianes, partió desde aquí contra los cilicios que ocupaban las alturas. En total empleó siete días en desalojar por la fuerza a unos y atraerse a otros mediante pactos; al cabo de este tiempo regresó a Solos.
 Tuvo noticias entonces de que Tolomeo y Asandro habían derrotado a Orontóbates, el persa encargado de la protección de la ciudadela de Halicarnaso y de la custodia de Mindo, Cauno, Tera y Calípolis, y a quien estaban sometidas también Cos y Triopio. La nota le decía que Orontóbates había sido derrotado en una gran batalla en la que habían muerto setecientos de sus infantes y unos cincuenta jinetes, a más de habérsele capturado no menos de mil prisioneros. En Solos, Alejandro ofreció un sacrificio a Asclepio, participando él en persona y todo el ejército, y celebró una carrera de antorchas e instituyó un certamen gimnástico y literario. A los habitantes de la ciudad les permitió gobernarse según su régimen democrático.
 Poco después se puso de nuevo en marcha en dirección a Tarso, y mientras tanto envió a Filotas al frente de la caballería para que se dirigiera a través de la llanura de Aleia hacia el río Píramo, mientras él se acercaba con la infantería y el escuadrón real a Magarso, donde ofreció sacrificios a Atenea de Magarso. Desde aquí marchó a Malo, y sacrificó según correspondía a su héroe Anfíloco. Acabó con la revuelta civil en que encontró a sus habitantes, y perdonó los tributos que pagaban al rey Darío, ya que la ciudad de Malo era una colonia de Argos, y él se consideraba descendiente de los Heraclidas de Argos.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1982, en traducción de Antonio Guzmán Guerra, pp. 166-171. ISBN: 84-249-0266-1. Tomo I.]

viernes, 11 de enero de 2019

La caza del Octubre Rojo.- Tom Clancy (1947-2013)


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El primer día. Viernes, 3 de diciembre
El Octubre Rojo

«-Bueno, mi comandante, ¡otra vez salimos al mar para servir y proteger la Rodina! -El capitán de fragata Iván Yurievich Putin asomó la cabeza a través de la escotilla, sin permiso, como era su costumbre y trepó la escalerilla con la torpeza propia de un hombre de tierra. La diminuta estación de control estaba ya llena de gente con el comandante, el navegante y un silencioso hombre de guardia. Putin era el zampolit* del buque. Todo lo que él hacía era para servir a la Rodina **, palabra que tenía míticas connotaciones para un ruso y que, junto con V. I. Lenin, era, en el partido comunista, el sustituto de una verdadera divinidad.  
 -Así es, Iván -respondió Ramius con mejor ánimo del que realmente sentía-. Dos semanas en el mar. Es bueno salir del puerto. El marino pertenece al mar y no es bueno estar allí atado, rebasado por burócratas y obreros de botas sucias. Y tendremos un poco más de calor.
 -¿Esto le parece frío? -preguntó Putin, incrédulo.
 Por centésima vez Ramius se dijo que Putin era el perfecto oficial político. Su voz sonaba siempre demasiado fuerte, su humor era demasiado afectado. Jamás permitía a nadie olvidar quién era él. El perfecto oficial político, Putin, era un hombre temible.
 -He estado demasiado tiempo en submarinos, amigo mío. Me he acostumbrado a las temporaturas moderadas y a un piso estable debajo de mis pies. -Putin no captó el velado insulto. Lo habían destinado a submarinos después de una interrupción rápida de su primera incursión en destructores debido a los crónicos mareos; y tal vez porque no le molestaba el estrecho confinamiento a bordo de los submarinos, algo que muchos hombres no pueden soportar.
 -¡Ah, Marko Aleksandrovich, en Gorki, en un día como éste, las flores se abren!
 -¿Y qué clase de flores pueden ser ésas, camarada oficial político?
 Ramius exploraba el fiordo a través de sus binoculares. Era el mediodía y el sol apenas se levantaba sobre el horizonte en el sudeste, arrojando luces anaranjadas y sombras púrpuras sobre las paredes rocosas.
 -¡Pero... flores de nieve, por supuesto! -dijo Putin riendo ruidosamente-. En un día como éste, las caras de los niños y de las mujeres tienen un brillo rosado, el aliento se estira detrás de uno como una nube, y la vodka tiene un sabor especialmente agradable. ¡Ah, estar en Gorki en un día como éste!
 "Este bastardo debería trabajar para Intourist", se dijo Ramius, lástima que Gorki es una ciudad cerrada a los extranjeros. Él había estado allí dos veces. Lo había impresionado como una típica ciudad rusa, llena de edificios destartalados, calles sucias y ciudadanos mal vestidos. Como en la mayoría de las ciudades soviéticas, el invierno era la mejor estación para Gorki. La nieve ocultaba toda la suciedad. Ramius, medio lituano, tenía recuerdos de su infancia de un lugar mejor, una población costera cuyo origen hanseático había dejado muchas filas de edificios presentables.
 No era común que quien no fuera ruso puro se encontrara a bordo de -y mucho menos mandara- un navío soviético de guerra. El padre de Marko, Aleksandr Ramius, había sido un héroe del partido; un comunista convencido y dedicado, que había servido bien y fielmente a Stalin. Cuando los soviéticos ocuparon por primera vez Lituania en 1940, el padre de Marko había tenido una destacada actuación detectando disidentes políticos: dueños de tiendas, sacerdotes y todo aquel que pudiera crear problemas para el nuevo régimen. Todos ellos fueron embarcados hacia destinos que luego ni siquiera Moscú pudo definir. Cuando los alemanes invadieron, un año más tarde, Aleksandr luchó heroicamente como comisario político, y poco después habría de distinguirse personalmente en la batalla de Leningrado. En 1944 regresó a su tierra natal con la punta de lanza del Undécimo Ejército de Guardias para tomarse una sangrienta venganza sobre quienes habían colaborado con los alemanes o eran sospechosos de haberlo hecho. El padre de Marko había sido un verdadero héroe soviético... y Marko estaba profundamente avergonzado de ser su hijo. La salud de su madre se había resentido durante el interminable sitio de Leningrado. Ella murió al darlo a luz a él y debió criarlo su abuela paterna en Lituania, mientras su padre se pavoneaba en el comité central del partido, en Vilna, esperando su promoción a Moscú. Logró eso también y era candidato a miembro del Politburó cuando su vida quedó interrumpida por un ataque al corazón.
 La vergüenza de Marko no era total. La prominencia de su padre había hecho posible su meta de entonces, y Marko planeó tomarse su propia venganza sobre la Unión Soviética; una venganza suficiente tal vez como para satisfacer a los miles de compatriotas suyos que habían muerto aun antes de que él naciera.
 -Adonde vamos, Iván Yurievich, hará todavía más frío.
 Putin palmeó el hombro de su comandante. ¿Era su afecto fingido o real?, se preguntaba Marko. Probablemente real. Ramius era un hombre honesto y reconocía que ese sujeto, pequeño y gritón, tenía realmente algunos sentimientos humanos.
 -¿A qué se debe, camarada comandante, que usted parece siempre contento de dejar a la Rodina y hacerse a la mar?
 Ramius sonrió detrás de sus binoculares.
 -Los marinos tienen sólo un país, Iván Yurievich, pero dos esposas. Usted jamás podría comprender eso. Ahora yo estoy en camino hacia mi otra esposa, la que es fría y cruel, pero también es dueña de mi alma. -Ramius hizo una pausa. Su sonrisa se desvaneció-. Mi única esposa ahora.»
 
* Oficial político.
** Madre Patria.
 
      [El texto pertenece a la edición en español de RBA Editores, 1993, en traducción de Benigno H. Andrada. ISBN: 84-473-0143-5.]

sábado, 3 de noviembre de 2018

Los superhéroes y la filosofía.- Tom Morris (¿...?)


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19.-¿Qué hay detrás de la máscara? El secreto de las identidades secretas

La interesante motivación de Superman

«Superman sabe que es extraterrestre. Se siente como un alienígena. Es el más extraño de nuestro mundo. Pero ha conocido y probado lo suficiente la vida y la condición humanas como para sentirse muy atraído por ellas, más aún, muy implicado en ellas. Jonathan y Martha Kent fueron padres buenos y cariñosos y Clark creció experimentando la amistad, la tristeza, la emoción, la felicidad, la esperanza y todas las emociones y relaciones normales de una vida genuinamente humana. En algún nivel, se diría que desea, con gran intensidad, ser humano; o, por lo menos, saber qué significa ser humano al modo más profundo e íntimo posible. Pero también comprende lo suficiente las reacciones humanas como para darse cuenta de que esto no sería factible si lo perciben como lo que es en realidad. Tiene que encajar sin estridencia. No puede destacar de la manera en que lo haría si se conociera toda la verdad sobre su caso.
 Imagine el lector una persona de su misma edad y apariencia, que se acercara a usted en una cafetería abarrotada o un restaurante de comida rápida lleno a rebosar, y le preguntara si puede compartir un espacio libre en su misma mesa. Usted apenas levanta la mirada pero accede y el extraño se sienta a comer. La intromisión le interrumpirá y alterará su estado emocional, hasta cierto punto, no muy importante. Notará la presencia de alguien que no conoce y quizá le haga sentir un tanto incómodo. Pero sería fácil saludar a la persona, entablar una conversación y, entonces, tras un rato, quizá incluso sienta que ha establecido una nueva amistad. Pero cojamos ahora este pequeño experimento de ideas y hagamos un pequeño cambio. Al levantar la vista hacia el extranjero, ¡qué sorpresa más fenomenal! Se trata justamente de su estrella de cine favorita -o el músico que más hondo le llega-, alguien a quien nunca jamás habría pensado llegar a tener delante en persona, sólo en el enorme póster de su habitación. La reacción emocional, probablemente, será por completo distinta. A usted le resultará extraordinariamente difícil actuar con naturalidad y desarrollar una relación mínimamente normal con esa persona. Esa es la diferencia que puede crear la otredad de la fama. El filósofo del siglo XVII, Blaise Pascal (1623-1662), vio que todo esto es fruto de nuestra imaginación y no se debe a que la otra persona exista en una dimensión distinta de la realidad ni pertenezca a una raza extraterrestre.
 Pero cambiemos de nuevo la historia y hagamos que el extraño sea reconocible, precisamente como un extraterrestre único, venido de otro planeta y provisto de tales superpoderes que es capaz de salvar, destruir, sanar o matar en un instante. Será imposible -o tan difícil como se alcance a imaginar- desarrollar una conversación normal y natural con ese ser alienígena y marcharse a casa sin tener los pelos más de punta que un cepillo. El restaurante, probablemente, se vaciaría como si hubiera un incendio y la patrulla del Grupo Especial de Operaciones de la policía ocuparía el exterior a los pocos minutos, rodeando el local hasta la llegada del ejército y las autoridades del gobierno. En cambio, sería rarísimo que todo acabara en compartir una bolsa de patatas fritas con mayonesa y la historia de las vidas respectivas. En realidad, sólo con que Batman -un ser plenamente humano, pero con un poder oscuro y amenazador- se plantara delante de usted en un aparcamiento poco iluminado, lo más probable es que la mera fuerza de su presencia pusiera su corazón a mil y bombeara adrenalina por todo su cuerpo. La piel se le pondría de gallina, temblaría usted del miedo y quién sabe si no se pondría a chillar o incluso se desmayaría. En otras palabras: sería dificilísimo, si no imposible, desarrollar nada ni remotamente similar a una relación normal. Multiplique sólo eso varias veces y podrá hacerse una idea de lo difícil que resultaría, para un extraterrestre claramente superpoderoso, caminar entre nosotros en toda su otredad y sin embargo experimentar relaciones humanas ordinarias y, a través de éstas, todo el espectro emocional de la condición humana. Si este ser anhelara poder disfrutar de la experiencia, debería aparecer entre nosotros tan bien disfrazado que pudiera mezclarse anónimamente y ser aceptado como uno más de nosotros. Según creo, justo esto es lo que Superman decidió hacer desde mucho tiempo atrás. Su verdadera identidad es, en efecto, la del Hombre de Acero, pero sospecho que al menos una parte importante de él desearía ser Clark Kent.
 En el Bhagavad-Gita, gran texto sagrado del hinduismo, el ser último Krishna, que es semejante a un dios, adopta la apariencia de un simple conductor de carreta para ayudar a guiar al destacado héroe Arjuna en una importante encrucijada de su vida. Con esta identidad, Krishna puede sostener una conversación informal con Arjuna y el héroe escucha la sabiduría de éste. En la Biblia se nos dice que Dios Hijo, un ser literalmente divino, adoptó la forma de un hombre y nuestra condición al completo para experimentar lo mismo que experimentamos nosotros, sufrir lo que sufrimos y salvarnos de las consecuencias más graves de nuestras maneras más irresponsablemente egoístas; lo hizo transformándonos, como uno de nosotros y más que uno de nosotros, pero el Nuevo testamento está lleno de lo que los teólogos denominan el "secreto mesiánico": la reticencia de Cristo a revelar íntegramente qué y quién es en realidad, hasta que las personas que lo rodean están preparadas para comprenderlo y aceptarlo. Son temas que se reflejan, de varios modos, en muchas de las mejores narraciones de Superman a lo largo de las décadas. El mayor de los guardianes, el gran defensor y salvador, debe ser uno de nosotros al mismo tiempo que es más que nosotros.
 Superman no pretende servir al mundo exactamente del modo en que lo querría hacer el Detective Marciano o incluso el Dr. Manhattan de Alan Moore, con toda su distante otredad. No quiere ser un dios casi aristotélico, un motor inmóvil del mundo, aislado en su propia independencia autónoma. Anhela establecer una conexión existencial con nosotros. Quiere servirnos, realmente, como uno más de nosotros. Su identidad secreta como Clark Kent no es una simple treta más de superhéroe, un arma o instrumento más del superarsenal. Es una parte crucial de la voluntad y el empeño genuinos de vivir la aventura humana y proteger a la humanidad desde dentro. No puedo evitar creer que este deseo es el resultado del amor que le dieron sus padres humanos e incluso algunos de sus amigos de infancia.  El poder transformador del hecho que ellos lo aceptaran plenamente y se comprometieran con él ha despertado en el superhombre un deseo de compartir la aceptación y el compromiso mutuos con más personas de este mundo.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Blackie Books, 2010, en traducción de Cecilia Belza y Gonzalo García. ISBN: 978-84-938272-1-2.]

jueves, 22 de marzo de 2018

Los campos del honor.- Jean Rouaud (1952)


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III

«Joseph no morirá. Su hermana Marie ha hecho el viaje de Random a Tours con una provisión de medallas piadosas que, nada más llegar, desliza bajo la almohada de su hermano y de sus compañeros de infortunio. Ha aguardado para ello a que le den la espalda las enfermeras de uniforme blanco que evolucionan como bailarinas entre las camas. Algunas, que no creen sino en la ciencia y sus virtudes cartesianas, se irritan contra esos amuletos, iría mucho mejor un vagón de morfina. Porque la benéfica morfina escasea. Las enfermeras, solicitadas por todas partes, la dosifican con esmero, la reparten según empíricos coeficientes: la intensidad de los gemidos, la proximidad de la muerte. Cuando se les acaba, quisieran taparse los oídos, gritar más fuerte que todos aquellos dolores acumulados. Esta guerra va demasiado lejos. Todos están de acuerdo, será la última. Para Joseph y millones más, desde luego.
 Sentada a la cabecera de su hermano, Marie se ha puesto a trabajar de inmediato. Ha sacado su rosario, elegido en su cielo al encargado de los sufrimientos -se trata del propio Cristo, aunque los santos mártires, despedazados, lapidados, quemados, no hayan desmerecido-, y rosario tras rosario le ruegue que cargue como un peso más en sus fornidas espaldas de carpintero ese silbido que brota del pecho de su hermano. A cambio -discurre qué le podría dar, ya que sólo se tiene a sí misma-, sí, da ese deseo que por las noches le invade las entrañas, da su sangre de mujer. Sangre por sangre, el trato es justo. Joseph recupera los colores, pronto se incorpora en la cama, reclama comida. En Touraine es primavera, el Loira crece con las aguas del deshielo, en un vaso los últimos restos de muguete. Joseph evoca la eventualidad de una próxima vuelta a casa, finge animación, bromea con una muchacha de servicio, promete que se casará con ella en cuanto esté curado. La muchacha se ríe (ya van por lo menos veinte que se lo piden), Marie un poco menos -esa carita arrogante-. Luego, vuelve a notarse cansado, tose un poco, quiere descansar. Se echa, extiende los brazos a lo largo del cuerpo, entorna los párpados. Tras esa breve remisión, vuelven los estertores, la fiebre, las visiones de aquel teatro de horror. Al caer la noche, el joven de tez macilenta entra en agonía. Esta vez el médico militar no da ya ninguna esperanza. La joven prometida pasa regularmente en la penumbra, y despacito, para no despertar a los que duermen, le pone un paño húmedo en la frente, le sube las sábanas hasta el pecho, y, cuando un brutal acceso de tos le hace incorporarse en la cama, lo coge como a un niño en sus brazos y le vierte entre los labios una cucharada de jarabe. Al despuntar el día, cuando un blanco resplandor inunda la inmensa sala común y se oye en el silencio del alba el chapoteo del río, sus ojos tienen una espantosa fijeza. Marie, que llega la primera, se queda sobrecogida. Le dicen que no es aún el final pero que debe prepararse. Se producirá a media tarde con una mirada más dulce.
 Se anuncia ya la muerte de Joseph, su nombre aparece en una imagen piadosa y patriótica que se vende a medio franco, para obras de beneficencia, en la parroquia de Commercy (subprefectura de la Meuse, especialidad en magdalenas), orlada con una fina franja negra, monumento de tristeza con un título de novela heroica: "Los campos del honor", y un subtítulo de quiosco de estación: "Donde corrió a mares la Sangre de Francia en 1914-16." (Sigue la batalla. Anuncian un folleto que saldrá después de la guerra con todo lo sucedido.) Una gran cruz negra, con el monograma de Cristo en el centro, se aureola con los nombres de las regiones trágicas: Artois, Serbia, Dardanelos, Marne y Mosa, Lorena y Alsacia, Argonne e Yser, como una corona de espanto que enumera en la trama de ramas de olivo el subconjunto de los mártires comunes, igualados por la matanza, de tal manera que Vimy aparece escrito tan grande como Lens, Dixmude como Ostende, Les Eparges como Nancy. Que esta imagen recuerde a todos cuán agradecidos debemos estar a Dios por la prodigiosa batalla del Marne y por la solidez que desde entonces tiene nuestro frente. Y si la batalla, como está escrito, tuvo tanto de prodigio, o sea de cruz de Clodoveo en el cielo de Tolbiac, de santa Genoveva liberando París, de Juana de Arco en Orleáns y de León I consiguiendo del vándalo Genserico que respetara la vida de los habitantes de Roma, fue quizá porque Dios estaba también con nosotros, Padre consternado al ver el uso que hacen sus hijos de su libertad, conservando para cada uno la misma piedad, el mismo amor desconsolado.
 Piadoso recuerdo de los héroes, en especial de -anotar a continuación el nombre, riachuelo que confluye hacia el gran río rojo, la cloaca máxima, la loba menstrual-, cosa de la que se encarga con su caligrafía irreprochable su hermana Marie, entonces joven maestra, que pierde dos hermanos en la historia (la oficial, para una vez que ésta interfiere en la nuestra, la abandonada) y agrega al margen, pues sólo queda sitio para el nombre y ha de ser corto (es un formulario para plebeyos, para la masa, la que se inscribe en los monumentos a los muertos esculpidos al estilo del descendimiento de la cruz, aplastando las columnas de nombres con una especie de representación republicana de la salvación): "21 años, herido en Bélgica, fallecido en Tours, el 26 de mayo de 1916." Y tan sucinto comentario salva a Joseph de la larga noche amnésica.
 Entre estos dos límites, en ese espacio de puntos suspensivos, la tía inscribe con tinta violeta tamizada por el tiempo el misterio por dilucidar de una vida que se acaba. Veintiún años. Sabemos -ella nos lo contó- que a los catorce años La Pérouse mandaba ya una fragata, por lo que siete años más tarde atesoraba sin duda la memoria de un viejo lobo de mar, en cambio Joseph abandona su pueblo para morir y no ve más que un paisaje devastado, y del viaje sólo la promiscuidad de los vagones de ganado y la cubierta de lona de una ambulancia sobre sus ojos enfermos, Joseph que quizá no conoció el placer de una mujer, Joseph catapultado en medio del infierno de los hombres, Joseph demasiado joven para ese acto capital, "Joseph morir" el 26 de mayo de 1916, así lo escribe la tía.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, en traducción de Javier Albiñana. ISBN: 84-339-1139-2.]

viernes, 19 de enero de 2018

El mito y su significado.- Julien Ries (1920-2013)


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Capítulo II: La antigüedad clásica y el mundo griego y romano
4.-El everismo: interpretación histórica del mito

«4.1.- La influencia de Alejandro Magno
 
 Evémero, amigo del rey Casandro de Macedonia (311-296 a.C.), fue encargado de una misión en la India. Mientras tanto, el mundo griego era marcado por un acontecimiento de particular relevancia: la conquista de Alejandro. Fue un verdadero momento de cambio en la historia de la civilización, de la cultura y de la religión del mundo mediterráneo. La conquista de Alejandro produjo el fin de la ciudad griega: se iniciaba el "ecumenismo" del helenismo. Los dioses orientales hacen su ingreso en Grecia; comienza la invasión de las doctrinas religiosas de Asia, en particular de las religiones de la Mesopotamia y de la India. Además, también Egipto tendrá un rol que desarrollar.
 A partir de esta época vemos en Grecia dos nuevos conceptos provenientes de Asia y Egipto: el primero es la idea de la trascendencia divina expresada por la palabra hagios. Este término tendrá una brillante carrera por el hecho de que la Biblia de los Setenta lo utilizará para traducir el concepto soter, Salvador. Los dioses orientales son dioses salvadores, ellos tienen la impronta de los monarcas orientales, salvadores de su pueblo.
 Debe señalarse otro acontecimiento: la divinización de Alejandro. Conquistador y civilizador, Alejandro fue verdaderamente el gran hombre del siglo, al punto de ser considerado un Dios. Su apoteosis se repercutirá sobre la exégesis del mito.
 
4.2- Evémero
 
 En una obra perdida, Hiera agrapha, la Cosa sacra, Evémero describe una isla del Océano indiano en la cual se encuentra una ciudad, Pachaia. En esta ciudad, Evémero habría visto una columna de oro con una inscripción: era la narración de la vida de Zeus, el gran benefactor de la humanidad. Zeus realiza cinco viajes a países del mundo llevando a los hombres la civilización, él en tiempos antiguos era un hombre que se convierte en Dios.
 La novela política de Evémero contiene una interpretación histórica del mito según la cual la personalidad humana que ha dado grandes servicios a la humanidad es divinizada. Los mitos son los relatos maravillosos de acontecimientos históricos deformados por la distancia en el tiempo y por la fantasía de los escritores. La mitología es, por tanto, una historia poética y los dioses son, tan solo, producto de la admiración o el temor que concitan y han terminado por ser llevados a los altares. Los seres sobrenaturales de la mitología son reales y los mitos son los acontecimientos o eventos de sus vidas novelados y deformados por los mitólogos.
 
4.3.-La posición de Evémero
 
 Se piensa que Evémero había deseado sostener y justificar un culto a los soberanos, que asumía cada vez más importancia en la época helenística. Posiblemente, además, estaba impartiendo una suerte de lección a los soberanos, invitándoles a comportarse de modo de merecer la divinización. La obra de Evémero se coloca en el origen de toda una corriente de secularización de los dioses. El principio de Evémero tiene una derivación estoica (el estoicismo verdaderamente se expresaba con una gran actividad literaria en el siglo IV a.C.). En su De natura deorum, Cicerón refiere esta teoría, que atribuye al historiador Lucilio Balbo: ciertos dioses son hombres que son distintos por sus grandes obras de bien; en otros casos, nacen de cierta realidad física.
 Evémero ha extendido esta explicación a todos los dioses de la mitología. Según el testimonio de Sexto Empírico, que habla de Evémero el ateo, este último había otorgado a los dioses un doble origen: por un lado, antes de los tiempos históricos, los más potentes y más astutos entre los jefes se atribuyeron indebidamente una dignidad divina; por el otro lado, la divinidad fue conferida voluntariamente por el pueblo, después de la muerte, a reyes muy valerosos y a los inventores que habían contribuido a mejorar las condiciones de vida. Así, Evémero consuma una exégesis histórica del mito, a saber, de Homero y de Hesíodo.
 
 4.4.-Palaephatos y Diodoro Sículo
 
 Palaephatos es un gramático alejandrino del siglo II a.C., autor de un tratado que, en lo esencial, se ha perdido. Él reprende a Evémero, pero de modo esfumado; en la mitología busca el fondo de verdad positiva de la cual los mitos serían la amplificación poética.
 Deodoro Sículo (al inicio de la era cristiana) ha abrazado la tesis de Evémero. En su Biblioteca histórica distingue por una parte los mitos divinos, en los cuales ve una teología o una fantasía creada por los poetas y, de otra parte, los mitos heroicos. Tan sólo estos últimos se arraigan en la realidad. Diodoro también distingue los dioses en celestes y terrestres y piensa que estos últimos han sido creados de la divinización producida a causa de los beneficios que han procurado. A esta segunda categoría pertenecen los héroes y semidioses. Así, Diodoro no considera una parte del panteón como divina. Su evemerismo es, también, limitado en cuanto Diodoro no se sirve de ello para explicar la apoteosis de ciertas dinastías reales. Los Padres de la iglesia han obtenido mucho de Evémero para sostener la vanidad del paganismo y la inanidad de sus dioses.»
 
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Edición Azul. ISBN: 978-84-95488-40-4.]
 
 

jueves, 14 de julio de 2016

"Lara".- Lord Byron (1788-1824)


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 XVII

 "Aparecían en Lara, inexplicablemente claros, muchos elementos de los que debe amarse y odiarse, buscarse y temerse. Variable era la opinión sobre lo que le sucedía. Siempre que se pronunciaban alabanzas o deprecaciones, nunca su nombre era olvidado. Su silencio formaba un tema de conversación favorito de todos. Procuraban examinar, adivinar y creer lo que debían conocer de lo que le sucediera. ¿Qué había sido Lara? ¿Quién era el que, así desconocido andaba por el mundo de los demás, sin que nada se supiese de él, salvo cuál era su linaje? Algunos opinaban que se trataba de un odiador de sus prójimos. Desde luego, estando con ellos se mostraba alegre entre los alegres pero si, se observaba su sonrisa y se le miraba cerca, su alegría se apagaba y marchitábase hasta convertirse en una expresión de desprecio. Esa sonrisa podía llegar a su labio, pero no lo rebasaba, ni nadie veía que su risa hiciese sus ojos risueños. De todos modos a veces había también dulzura en su mirada, como si su corazón no fuese duro por naturaleza, pero en cuanto lo advertía su espíritu parecía rechazar tal flaqueza como indigna de su orgullo. Y, en el acto, asumía un talante acerado, como si despreciase el eliminar cualquier duda que pudiese marchitar a medias la estima de los otros. Era aquello como una penitencia que se imponía a sí mismo un pecho a quien la ternura podía antaño haber privado de su reposo. Aquello, motivando sus agravios, podía obligar al alma a entregarse al odio por haber amado demasiado.

 XVIII

 Había en él un esencial desprecio de todas las cosas, como si ya hubiese sufrido todo lo peor que le podía acontecer. Parecía un extraño al mundo de los vivos. Dijérasele un espíritu errante herido por los demás. Lleno de oscuras imaginanzas, buscaba peligros a los que sólo por suerte escapaba. Pero escapaba en vano, porque, al evocar sus recuerdos, su ánimo de un lado se entusiasmaba y del otro lamentaba tener más capacidad para el amor de lo que la tierra concede a los que son de mero molde mortal. Sus primeros sueños del bien dejaron al desnudo la verdad y la conturbada virilidad siguió a la turbada juventud. Pasaron años malgastados en la búsqueda de verdaderos fantasmas, agostando facultades que podían servir a mejores propósitos. Fieras pasiones soplaban en presurosa desolación sobre su sendero; y sus mejores sentimientos, si alguno había sobrevivido a tanta lucha, peleaban a su vez en loco reflejo entre sí, en el curso de su vida atormentada. Mas, siendo soberbio se empeñaba en atribuir a la naturaleza parte de lo que le avergonzaba, cargando todas sus culpas a su forma carnal que le apartaba su alma y sólo ofrecía su cuerpo como festín a los gusanos.
 Acabó confundiendo el bien y el mal y casi atribuyendo a su destino los actos de su voluntad. Demasiado orgulloso para sentir el egoísmo vulgar, a veces renunciaba a lo suyo por el bien de los otros, pero no por piedad ni porque debiera hacerlo, sino por una extraña perversidad de pensamiento que le impulsaba, con secreta complacencia, a hacer lo que pocos o ninguno hubiera osado. El mismo impulso, en los momentos de la tentación, podía conducir su espíritu al crimen. De esta manera, o iba más allá o se hundía más bajo que los hombres con quienes se sentía condenado a respirar y de los que anhelaba separarse para lo bueno o para lo malo, sin excluir a ninguno de los que compartían su calidad de mortal. Su mente, aborreciendo la vida común, había instalado su trono en regiones propias, muy lejanas al mundo. Así, pasaba fríamente sobre todo lo que estaba en un plano inferior, aun cuando ahora su sangre parecía fluir con más templanza. Más feliz hubiese sido si nunca se encenagara en la culpa y viviera en la fría corriente en que ahora había convertido sus sentimientos. desde luego, compartía el camino de los demás hombres y hacía y hablaba lo que ellos. No ultrajaba las reglas de la razón infringiéndolas ni atacándolas porque su locura no estaba en la cabeza sino en el corazón. Rara vez divagaba al hablar ni expresaba sus pensamientos  de manera que pudiese causar ofensa".