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sábado, 22 de mayo de 2021

Eloísa está debajo de un almendro.- Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)


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Acto primero


  «Edgardo: (Contento, a Fermín.) Oye, me parece que este chico nos va a servir, Fermín.
 Fermín: Ya le dije al señor que le gustaría.
 Edgardo: Me alegro mucho, aunque también lo lamento, pues cuando él entre a mis órdenes, te perderé de vista a ti…
 Fermín: Yo bien quisiera seguir en mi puesto, señor… pero el servicio de esta casa le desgasta a uno tanto…
 Edgardo: Sí. Aquí se quema mucha servidumbre; es una pena. Bueno, pues sigue adiestrándole. Ya sabes: durante ocho o diez días, que no se separe de ti, que te siga a todas partes, que se fije bien en todo lo que hagas tú y que tome buena cuenta de todo cuanto vea y de cuanto oiga. Y así que le des de alta, me lo dices, para liquidarte a ti y despedirte.
 Fermín: Sí, señor.
 Edgardo: ¡Ah! Oye… No olvides prepararlo todo, que dentro de cinco minutos salimos para San Sebastián.
 (En ese momento, por el foro izquierdo, aparece Micaela hablando a grandes voces.)
 Micaela: ¡Edgardo! ¡Edgardo! ¿Estoy yo loca o has dicho que te vas a San Sebastián?
 Edgardo: Las dos cosas, Micaela.
  (Esta Micaela merece párrafo aparte también. Se trata de una dama igualmente distinguida e igualmente singular que el resto de la familia que vamos conociendo. Es un poco mayor que Edgardo. Micaela viste totalmente de negro, es rígida y altiva; se expresa siempre de un modo dominante, como si se hallase colocada a 1200 metros sobre el nivel del mar y en el momento en que la conocemos lleva dos grandes perros sujetos con una cadena. Avanza de prisa, tirando de los perros, y con destreza de persona ya habituada a ello, por entre los muebles, hacia la cama de Edgardo.)
 Micaela: (De un modo patético.) ¡Insiste por ese camino Edgardo! Insiste por ese camino, que algún día acabarás por decir algo ingenioso. Pero, dejando aparte tus sarcasmos, que ya no me hieren ni me ofenden, yo me pregunto si no puedes irte a San Sebastián mañana por la noche u otra noche cualquiera, que no sea la noche de hoy, precisamente…
 Edgardo: ¿Y por qué en la noche de hoy no debo irme a San Sebastián?
 Micaela: Porque esta noche van a venir ladrones, Edgardo. Te lo estoy anunciando desde el lunes. ¡Y no  me lo discutas! No me lo discutas porque ya sabes que a mí eso no se me puede discutir…
 Edgardo: Ya, ya lo sé. Y no pienso discutírtelo. (Volviendo a Fermín.) Aíslame, Fermín.
 Fermín: Sí, señor.
 (Toca el resorte de la pared y la especie de persiana de madera que aísla una habitación de otra comienza a bajar.)
 Micaela: (Patéticamente.) ¡Aislándote no evitarás que los ladrones vengan, Edgardo!
 Edgardo: Pero dejaré de verte y oírte, Micaela.
 (La persiana baja del todo, tapando la cama y el trozo de habitación correspondiente.)
 Micaela: (Digna y pesarosa.) Bien está. Cuando yo digo que ésta es una casa de locos… Irse a San Sebastián esta noche, justamente esta noche, que toca ladrones… (Dando un enorme suspiro.) ¡En fin! Por fortuna, vigilo yo y vigilan “Caín” y “Abel”. (Por los perros.) Que si no estuviésemos aquí nosotros tres, no sé lo que sería de todos… (Se va por el primero a la derecha.)
 Leoncio: (Estupefacto.) ¿Quién es ésta?
 Fermín: La hermana mayor del señor.
 Leoncio: ¿Y que es eso de que esta noche toca ladrones?
 Fermín: Pues que se empeña en que vienen ladrones todos los sábados. Está más perturbada aún que el señor: es un decir. De día no sale nunca de su cuarto, y ésta es la que colecciona búhos. Tal como usted la ve, con los perros a la rastra, se pasará toda la noche en claro, del jardín a la casa y de la casa al jardín.
 Leoncio: Pues habría que oírles a los perros si supieran hablar.
 Fermín: Creo que están aprendiendo, para desahogarse.
 Leoncio: (Riendo.) ¡Hombre! Eso me ha hecho gracia.
 Fermín: ¡Chist! No se ría usted, que aquí las risas están muy mal vistas.
 (Por la escalera del fondo surge entonces como un obús Práxedes. Es una muchacha pequeña y menuda que personifica la velocidad. Trae una bandeja grande con una cena completa, dos botellas, vasos, mantelería, etc. y avanza con todos sus bártulos, como un gato por un vasar, vertiginosamente, y sin rozar ni un objeto, hasta una mesa donde deposita la bandeja y, con rapidez nunca vista, arregla y sirve un cubierto sin dejar un instante de hablar, no se sabe si con Fermín o consigo misma.)
 Práxedes: ¿Se puede? Sí, porque no hay nadie. ¿Qué no hay nadie? Bueno; hay alguien, pero como si no hubiera nadie. ¡Hola! ¿Qué hay? ¿Qué haces aquí? Perdiendo el tiempo, ¿no? Tú dirás que no, pero yo digo que sí. ¿Qué? ¡Ah! Bueno, por eso… ¿Qué por qué vengo? Porque me lo han mandado. ¿Quién? La señora mayor. ¿Qué traigo? La cena de la señora, porque es sábado y esta noche hay que vigilar. ¿Qué por qué cena vigilando? Porque no va a vigilar sin cenar. ¿Te parece mal que vigile? Y a mí, también. Pero, ¿podemos nosotros remediarlo? ¡Ah! Bueno, por eso… Y ahora a dejárselo todo dispuesto y a su gusto. ¿Que lo hago demasiado deprisa? Es mi genio. Pero ¿lo hago mal? ¿No? ¡Ah! Bueno, por eso… Y no hablemos más. Ya está: es un voleo. ¿Bebidas? ¡Claro! No iba a comer sin beber. Aunque tú bebes, aunque no comas. ¿Lo niegas? Bien. Allá tú. Pero ¿es cierto, sí o no? ¡Ah! Bueno, por eso… (Yendo hacia Fermín y Leoncio.) ¿Y la señora? ¿Se fue? Lo supongo. Por aquí, ¿verdad? (El primero derecha.) Como si lo viera. ¿Qué si voy a llamarla? Sí. (Señalando a Leoncio, y mirándole.) Este va a ser el criado nuevo, ¿no? Pues, por la pinta, no parece gran cosa… ¿Qué sí lo es? ¡Ah! Bueno, por eso… Aquí lo que nos hace falta es gente lista. Ahí os quedáis. (Inicia el mutis.) ¿Decíais algo? ¿Sí? ¿El qué? ¿Qué no decíais nada? ¡Ah! Bueno, por eso… (Se va por el primero derecha.)
 Leoncio: Y ésta es otra loca de la familia, claro.
 Fermín: No. Esta es la señorita de compañía de doña Micaela, y está en su juicio.
 Leoncio: ¿Que está en su juicio?
 Fermín: Sí. ¿Es que ha notado usted algo raro en ella?
 Leoncio: ¿Cómo que si he notado algo raro en ella? ¿Y usted no nota nada oyéndola hablar?
 Fermín: Yo es que ya no discierno, acostumbrado como estoy a… ¡Claro! Si no podré aguantar ni ocho días más… Si también el criado que estuvo antes que yo perdió la chaveta…
 Leoncio: ¡Pero, hombre!
 Fermín: Si de aquí salgo para una celda de corcho…
 Leoncio: No sea usted pesimista, caramba.
 Fermín: (Mirando el reloj y alarmándose.) ¡Ahí va! Dos minutos para el tren de San Sebastián. Hay que arreglarlo todo en un vuelo. (Pone junto a la cama unas maletas y manipula en el cine.)
 Leoncio: (Siguiéndole.) Oiga usted, ¿pero eso de San Sebastián era fetén?
 Fermín: ¿El qué?
 Leoncio: El viaje del señor.
 Fermín: Hombre, claro. Rara es la noche que no va a algún sitio… No ve que tiene toda clase de cosas para distraerse, y a ratos hasta tira al blanco desde ahí: que por eso exige que a su criado no le importen los tiros; pero llega un momento en que la cama le aburre, y necesita viajar.
 Leoncio: Pero, ¿sin moverse de la cama?
 Fermín: Sí, claro. De la cama no se mueve más que lo justo para que yo se la arregle, por las mañanas. Y para estirar las piernas por aquí un ratillo, porque, si no, a estas horas ya estaría paralítico. ¿No ve que lleva así veintiún años?
 Leoncio: ¡Hay que ver!
Resultado de imagen de eloisa esta debajo de un almendro salvat Fermín: Pues para viajar acostado es para lo que tiene usted que aprenderse los horarios y los trayectos ferroviarios. Porque el señor, a veces, se duerme viajando; pero uno tiene que estar ojo avizor toda la noche para tocar la campana al salir el tren de cada ciudad, que hay que hacerlo a la hora exacta; cantar los nombres de las estaciones y vocear las especialidades de la localidad.
 Leoncio: Oiga usted, ¿y paran ustedes en muchos sitios?
 Fermín: La noche que el señor va en el correo, sí; pero otras noches que tiene prisa coge el rápido y entonces la cosa es llevadera.
 Leoncio: ¿Y con ese aparato qué hay que hacer?
 Fermín: Esto es para proyectar vistas de los sitios principales por donde se pasa. (Se acercan ambos a la linterna.) ¿Ve? (Enseñándole una caja.) Aquí están las del itinerario de San Sebastián, numeradas y por orden de proyección. (Mirando el reloj.) ¡La hora! Vamos allá. Siéntese usted ahí y fíjese en todo, para que aprenda pronto… (Toca el resorte de la pared y la especie de persiana de madera se levanta, descubriendo la cama donde Edgardo está leyendo un libro.)
 Edgardo: ¿Qué? ¿Ya es la hora?
 Fermín: Sí, señor. Van a dar la salida.
 Edgardo: ¿Tienes los billetes? ¿Has facturado los equipajes?
 Fermín: Sí, señor. Y aquí los bultos de mano. Todo está en regla, señor.
 Edgardo: ¿No ha venido nadie a despedirnos?
 Fermín: Nadie, señor.
 Edgardo: Mejor. Las despedidas son siempre tristes.
 Leoncio. (Que contempla la escena asombrado, sentado en un sillón aparte.) ¡Chavó, qué imaginación!
 Fermín: (Toca un pito, la campana y luego la sirena.) Ya salimos, señor.
 Edgardo: ¡Andando! Llevamos muchísimo retraso, pero lo ganaremos mañana en Alsasua. Voy a echarme una cabezadita hasta Villalba.
 Fermín: Hay parada en La Navata, señor.
 Edgardo: Bueno; pero si voy dormido, no me despiertes. (Se reclina en la almohada y cierra los ojos.)
 Leoncio: (Aparte.) Y viajando así no habrán descarrilado nunca, claro… (Fermín se acerca, sentándose en otro sillón.)
 Fermín: ¿Qué? ¿Se queda usted en la casa?
 Leoncio: Pues, la verdad, lo estoy dudando.
 Fermín: Me lo temía. Tres aspirantes se han rajado al ver esto de los viajes.
 Leoncio: Hombre, viendo esto se raja Emilio Salgari. No por el viajar en sí, que ya ve usted; yo nací yendo mis padres a una becerrada en Busdongo, sino por el miedo ese de acabar en un manicomio que a usted ha empezado a entrarle al cabo de cinco años, y que a mí ha principiado a rondarme ahora, al salir el tren.
 Fermín: Pero usted comprenderá que sueldos como estos no se ganan sin trabajo.
 Leoncio: Hombre, claro.
 Fermín: Y viajar con el señor tiene sus ventajas, porque está uno autorizado a sentarse aquí toda la noche y a comer y a beber a discreción los productos de cada sitio por donde se pasa. Yo, en el último viaje que hicimos por Galicia, me harté de langosta y de vino del Ribeiro.
 Leoncio: ¡Arrea! Y hoy, ¿qué menú líquido tenemos en el itinerario?
 Fermín: Pues empezando por leche fresca al cruzar Las Navas y acabando por chacolí, toda la tira.
 Leoncio: Me está usted animando a quedarme.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 74-81. Depósito legal: M. 14.386-1969.]

domingo, 18 de octubre de 2020

Los Mandible. Una familia: 2029-2047.- Lionel Shriver (1957)


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2029
8.-Los gozos de ser imprescindible

  «Cuando lo citaron para que se reuniera con la rectora en agosto, Lowell supuso que Ellen Packer quería disculparse personalmente por el desaprensivo retraso de la nómina. En épocas de estrechez, se recorta el presupuesto del sindicato de estudiantes y se reducen las horas de apertura de la piscina. No se castiga al personal docente.
 Un agravio tan internalizado confería una sensación de poder y, antes de reunirse con la rectora, dio mil vueltas pensando si debía darle a Packer un tirón de orejas o mostrarse magnánimo. […] El secretario de la rectora no lo miró a los ojos en ningún momento, ni siquiera cuando el joven le anunció que la señora Packer estaba lista para recibirlo.
 Ellen Packer era gorda. No rellenita ni rechoncha, sino descaradamente gorda, de las que parecen decirle a uno qué-miras, y puesto que no se disculpaba por serlo, Lowell empezó a perder las esperanzas depositadas en ese encuentro. Por supuesto, él nunca empleaba la palabra gordo/a delante de nadie, pues ese adjetivo sentencioso se había asociado con negro/a y enano/a con el sentido "no natural", punto. Además, en los últimos quince años habían cambiado más cosas que el lenguaje. Detrás de un escritorio macizo como ella, la enormidad de Packer era una declaración política. Desde que los obesos habían pasado a ser la mayoría, habían obtenido una astuta ventaja sobre los contemporáneos más raquíticos. A fin de cuentas, sustantivos como peso y gravedad connotaban seriedad e importancia, y eso sin mencionar a la gente gorda. Las personas como Packer hacían gala de su volumen para subrayar que eran fuerzas con las que había que contar sí o sí. […]
 -Profesor Stackhouse… La verdad es que no creo que sirva de mucho andarme con rodeos -anunció Parker después de que Lowell ocupara la silla eléctrica delante del escritorio. La voz de Packer siempre sorprendía; era aguda y cantarina-. Quiero darle las gracias por los largos años de servicio en esta universidad y espero que no se tome usted esto como un reflejo de insatisfacción de la administración con sus clases o su capacidad para la investigación. Pero me temo que no podemos renovarle el contrato.
 Lowell se quedó tan estupefacto que su réplica llegó un segundo demasiado tarde.
 -Eso es imposible. Soy titular.
 -Ayer, a última hora de la noche, la junta votó a favor de revisar el reglamento de Georgetown. A partir de septiembre, ya no ofreceremos plazas de titular. Y lo prometido anteriormente en relación con una plaza fija queda revocado de inmediato. Los sueldos de los profesores están llevándose una parte inaceptable del presupuesto.
 -Pero la titularidad protege la libertad de cátedra...
 -La titularidad es un anacronismo -lo interrumpió la rectora-. ¿Qué otra profesión ofrece un trabajo para toda la vida?
 -Hay procedimientos para eliminar una plaza de profesor titular -dijo Lowell, intentando no perder los nervios y lanzarse a una autoinmolación-. Pero el protocolo es complejo... Se requiere mucho más que una visita al rectorado. Los casos raros siempre tienen que ver con acusaciones de acoso sexual o insensibilidad racial, y a mí no se me ha acusado de ninguna de esas dos cosas... A menos que tenga usted alguna otra buena noticia que comunicarme.
 -Puede usted demandarnos, por supuesto -dijo Packer, como quien no quiere la cosa. Antes de ese encuentro a las cuatro de la tarde debió de tener esa misma conversación varias veces-. Aunque, en su situación, me lo pensaría dos veces... Los honorarios del abogado... La universidad también se ha asesorado. Conocemos todos los detalles. Ahora mismo lo que está en juego es la existencia de esta institución. Si usted y otros colegas despedidos ganasen los juicios, esta universidad ya no podría existir. ¿Qué indemnización cobraría entonces?
 -Pero dejando a un lado la cuestión de la titularidad, éste es un despido injusto.
 -No hay despido injusto cuando la plaza que usted ocupa se ha eliminado. Entre nosotros, le diré que estoy de acuerdo en que, en sentido estrictamente jurídico, es injusto que usted pierda su trabajo. Pero le bastará con darse un paseo por esta ciudad para ver injusticias parecidas en todas las esquinas.
 -Dado el carácter de lo que está ocurriendo en el país, me asombra ver que se despida precisamente a un profesor del Departamento de Economía.
 -Acepto la ironía -dijo ella en tono insulso-. Pero si su disciplina fuese una ciencia más rigurosa, el carácter de lo que está ocurriendo podría ser otro.
 -Que en mi campo trabajen también algunos pánfilos atípicos no implica que todos tengamos la cabeza en el culo. -La mordacidad fue un lujo que Lowell se permitió-. Hablando de lo cual, ¿le importa decirme a qué otros miembros de mi departamento ha puesto de patitas en la calle?
 -No debería. Es confidencial. Pero supongo que pronto será vox populi. -La rectora le dio los nombres de un puñado de colegas.
 Resultó que era la mitad del departamento. Pero lo que hizo él principalmente fue tomar nota de los nombres que no oyó.
 -¿No han despedido a Mark Vandermire? ¡Es un imbécil populista! ¡Un agitador!
 -No voy a justificar el razonamiento que ha determinado cada decisión. Tomarlas ha sido difícil. Pero con la confiscación del oro y la liquidación de la deuda con China, las investigaciones del profesor Vandermire sobre metales preciosos siguen siendo oportunas.
 -Entonces la ideología sí ha desempeñado un papel en esta matanza selectiva. Y después hablan de libertad de cátedra.
 Packer cerró el fleX.
 -¿Publicó usted o no que los Estados Unidos podían "gestionar fácilmente" la deuda nacional del 290% del PIB que tendríamos en 1950? ¿O que la Reserva Federal había, de hecho, "infrautilizado" la política monetaria y que podía permitirse ser "más expansionista"? ¿Que la inflación es un "bien social" que ayuda a los pobres porque alivia el endeudamiento y que una "moneda sana y fuerte" no es más que "un fetiche de los ricos"? No estoy segura de que mis vecinos, que de ninguna manera están en una buena posición económica, estuviesen de acuerdo con usted. No ahora que están pagando veinte dólares por un Tootsie Roll.
Resultado de imagen de los mandible una familia -Fue Vandermire quien le proporcionó esas citas de mis trabajos, ¿verdad? -Eran los mismos fragmentos que la rata venía refregándole por la cara desde hacía meses-. Pero sí, sostengo cada una de estas afirmaciones, pues esta calamidad no tiene nada que ver con la deuda soberana ni con la política monetaria. ¡Sólo tiene que ver con el báncor! Además, ¿qué pasa con Ryan Biersdorfer? ¿Está diciéndome que no lo despiden porque la universidad respalda su opinión de que el colapso financiero es lo mejor que le ha ocurrido a los Estados Unidos desde que llegó el congelador con sistema antiescarcha?
  -Entre usted y yo, su iconoclastia me parece exagerada. Pero el tratado Las correcciones del profesor Biersdorfer está teniendo una gran repercusión en todo el mundo, y tal vez lo ayude a recaudar fondos para Georgetown en el extranjero. Al menos es un punto de vista positivo que, al parecer, hace que alguna gente se sienta mejor.
 -Ya voy entendiendo cómo selecciona a sus profesores. Rescatando a los que hacen que los estudiantes se sientan mejor.
 -Lo siento, profesor Stackhouse, no era mi intención inmiscuirme en los conflictos internos de su disciplina. Me temo que tenemos que poner punto final a esta conversación.
 Lowell empezó a sentirse presa del pánico. No había querido una confrontación.
 -Escuche, ¿y si acepto una reducción de mi sueldo?»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, en traducción de Daniel Najmías, pp. 207-211. ISBN: 978-84-339-7980-3.]

lunes, 10 de agosto de 2020

Diálogos amenos.- Pietro Aretino (1492-1556)

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Segunda parte
Segunda jornada

  «Enana: La mayordoma de Malfetta tenía la costumbre de decir que la dicha y el contento de una prostituta, eran hermanos de las esperanzas de un cortesano que tiene en su poder el aviso por el cual sabe que un tal se muere, y el hombre se cura precisamente en el momento en que el otro acaba de obtener sus beneficios. ¿Es quizá dichosa la mujer que tiene que sentarse con las asentaderas de otro, andar con los pies de otro, dormir con los ojos de otro, comer con la boca de otro? ¿Está satisfecha de que por todas partes se la señale con el dedo como a una perdida, como una mujer pública?
 Pipa: ¡Oh! ¿Toda prostituta es mujer pública?
 Enana: Sí.
 Pipa: ¿Cómo que sí?
 Enana: Cualquiera que pague por holgarse con ella va a saltarle encima, ya sea rico hasta reventar, ya un piojoso, por la razón de que los ducados relucen tanto en la mano de los lacayos como en la de los señores, y lo mismo hay que abrir la puerta al criado que al rey. Por tanto, toda prostituta que quiere tener dineros, y no espadas o bastones, es pasto del público.
 Pipa: No se puede hablar mejor.
 Enana: Pregúntales, no solamente a los predicadores, sino a sus púlpitos de madera, si vivimos dichosas y contentas. Los predicadores se yerguen en toda su altura, y mírales cómo se nos echan encima: ""¡Oh, perversas concubinas del diablo! ¡Esposas de almas locas, hermanas de Lucifer, vergüenza del mundo entero, deshonor de vuestro sexo in mulieribus! ¡Los dragones del infierno os devorarán vuestra alma, os la quemarán; las calderas de azufre hirviente os esperan, los asadores rojos al fuego os reclaman, las garras de demonios van a despedazaros, seréis la carne para sus garfios y os flagelarán a latigazos de serpientes in aeternum in aeternum!" He aquí ahora a los confesores: "Ite in igne, in igne, os digo, lujuriosas, sacos de pecados, expoliadoras de hombres, brujas endemoniadas, espías del diablo, miserables lobas!", y no quieren ni oírnos, cuánto menos darnos la absolución. Cuando llega la Semana Santa, los judíos que pusieron en cruz a Nuestro Señor van mejor vestidos que nosotras, y además la conciencia nos hostiga y nos grita: "Idos a sepultaros en un montón de estiércol y no os mostréis entre los cristianos". ¿Y cómo es que estamos reducidas a tan miserable condición? Nada más que por los hombres, por complacerles. ¿Por qué nos han hecho ellos lo que somos?
 Pipa: ¿Por qué no se clama contra los hombres tanto como contra nosotras?
 Enana: Es lo que yo te quería decir. La paternidad de la Reverencia del señor predicador debería volverse hacia el lado de sus señorías y decirles: "¡Oh, vosotros, espíritus tentadores! ¿Por qué tomáis por fuerza, por qué contamináis, por qué volvéis al revés a esas prostitutas de mujeres, a esas buenas prendas de mujeres, a esas aturdidas de mujeres? Si las manejáis como bien os parece, ¿a qué las desvalijáis, a qué las golpeáis, por qué las difamáis?" Bien debiera el fraile hacer de manera que esas serpientes, esos calderos, esos asadores, esos arpones, esos ganchos y todos los diablejos se volvieran un poco contra los vicios de los hombres.
 Pipa: Es lo que harán quizá.
 Enana: No lo pienses, no lo creas, no lo esperes y la razón es que ¡ay de los débiles! He aquí por qué los varones son requebrados, y no reprendidos por los reverendos. Ahora, vayamos a los medios de hacerse pagar de los que nos molestan por abajo y por arriba.
diálogos amenos. pietro aretino. bruguera amigo - Comprar en ... Pipa: Me parece que ya me habéis hablado de ellos.
 Enana: No es verdad, aparte de que los mensajes que tienen importancia deben ser repetidos dos o tres veces. Pipa, yo quisiera saber de esos galanes superficiales que nos zahieren porque nosotras buscamos nuestro provecho y nos hacemos pagar los servicios hechos a quien nos los pide; yo quisiera saber por qué motivo y con qué derecho íbamos a estar obligados al prójimo por sus bellos ojos. He ahí el barbero que te lava y te rasura; ¿por qué?, por tu dinero; los vendimiadores no darían un golpe de azadón en la viña, los sastres no pondrían una aguja en un par de calzones, si el dinero no lloviera en sus bolsas; ponte enferma y no tengas cuartos, y verás venir al médico, sí, mañana a la noche; toma una sirvienta y no le pagues su salario y te verás forzada a hacer su tarea tú misma; ve a buscar un manojo de rábanos, ve a buscar aceite, ve a buscar sal, ve a buscar todo eso sin dinero y te volverás con las manos vacías; todo se paga, hasta la confesión, hasta la absolución.
 Pipa: Eso no se paga; alto ahí.
 Enana: ¿Qué sabes tú?
 Pipa: El penitenciario me lo dijo cuando me dio el golpecito de varilla en la cabeza.
 Enana: Puede ser, pero mira al preste que ha recibido la confesión, si no le ofreces nada, y verás la bonita cara que te pone. Sea lo que quiera que sea, las misas se pagan, y el que no quiere ser sepultado en el cementerio o a lo largo del muro, tiene que pagar el Kyrie eleison, el Porta inferi y el Requiem aeternam. No quiero decirte más; las prisiones de Corte-Savella, de Torre di Nonna y del Capitole os tienen encerradas y bien estrechamente; no quieren ellas ser menos sobrecargadas y hasta el verdugo ha de reclamar tres o cuatro ducados por cada cuello que cuelga y cada cabeza que corta, y no grabaría una marca sobre la frente de un ladrón, no cortaría un poco de nariz o de oreja si el senador o el gobernador, el potestad y el capitán no le dieran lo que es debido. Si, pues, a ti te parece justo el dar tu cuerpo, todos tus miembros y toda tu ternura por un "Muchas gracias, madona", tú allá. Si te place entregarte a esos negociantes que no miran a nadie a la cara, a menos de tener alguna usura que sacar, entrégate.
 Pipa: No, no; de ningún modo lo haré.
 Enana: Entonces, entiéndeme bien, y cuando me hayas entendido, pon en obra mis consejos. Si los sigues, los hombres no sabrán guardarse de ti, en tanto que tú sabrás guardarte de ellos.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de José Santina. ISBN: 84-02-08994-1.]