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domingo, 26 de septiembre de 2021

Políticas de la naturaleza. Por una democracia de las ciencias.- Bruno Latour (1947)


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5.-La exploración de los mundos comunes

Las dos flechas del tiempo

 «Mientras que los modernos iban siempre de la confusión a la claridad, de lo complicado a lo simple, de lo arcaico a lo objetivo y ascendían siempre por la escalera del progreso, nosotros –aunque seguiremos progresando- lo haremos descendiendo por un camino que, sin embargo, no es el de la decadencia: iremos de lo confuso a lo todavía más confuso, de lo complicado a lo todavía más complicado, de lo explicado a lo implicado. No esperamos del futuro que nos emancipe de todos nuestros vínculos, sino que nos vincule, al contrario, mediante lazos más estrechos, a mayores multitudes de aliens que hayan pasado a ser miembros a tiempo completo del colectivo (1) en vías de formación. “Mañana –exclaman los modernos- nos habremos desprendido más”. “Mañana –murmuran los que debemos llamar no-modernos- estaremos más ligados”. Mark Twain afirmaba que no hay nada seguro aparte de la muerte y los impuestos; será preciso añadir a partir de ahora una certeza más: mañana el colectivo estará más intrincado que ayer. Será preciso, en efecto, mezclarnos aún más íntimamente con la existencia de una multitud todavía mayor de seres humanos y no-humanos, cuyas demandas serán todavía más inconmensurables que las del pasado, y en las que, sin embargo, deberemos ser capaces de refugiarnos sin una morada común. Ya no esperamos que ninguna lluvia de fuego venga a ponernos a todos de acuerdo, matándonos a golpes de objetividad. No hay terminación en nuestra historia. La única que da por sentado el fin de la historia es la flecha de los modernos. Dado que el hecho de convertirse poco a poco en un cosmos no tiene final, no hay, pues, para la ecología política, ningún Apocalipsis que temer: al contrario, regresa a casa, al oikos, a los aîtres ordinarios, a la existencia banal.
 La ecología política no se contenta con poner fin a la historia de los modernos, sino que suprime además la aberración más extraña ofreciéndole retrospectivamente una explicación completamente distinta de su destino. En efecto, los modernos, a pesar de estar obsesionados con el tiempo, nunca han tenido ninguna oportunidad con él, porque, para hacer funcionar su vasta maquinaria, siempre han precisado situar el mundo de los hechos indiscutibles fuera de la historia. Nunca han encontrado la manera, por ejemplo, de instituir una historia de las ciencias mínimamente creíble: han tenido que contentarse con tener, bajo este nombre, una historia de los humanos que descubrían la naturaleza indiscutible e intemporal. Los modernos se han encontrado, pues, inmersos en un dilema que, como todo lo demás, ha acabado por atraparlos de nuevo: se anticiparon con la esperanza de tener en cuenta cada vez menos proposiciones, cuando, algunos siglos atrás, habían puesto en marcha una máquina formidable que elaboraba el mayor número posible de entidades –culturas, naciones, hechos, ciencias, genes, artes, animales, industrias-, un inmenso trastero que no dejaban de movilizar o de destruir cada vez que afirmaban querer simplificar, depurar, naturalizar, excluir. Se deshacían del resto del mundo en el momento en que, como Atlas, cargaban el mundo sobre sus vastos hombros, pretendían externalizarlo todo, a pesar de que internalizaban la Tierra entera. En tanto que imperialistas, afirmaban no depender de nadie; y, al estar en deuda con el universo entero, se creían libres de todo vínculo; implicados, querían lavarse las manos de toda responsabilidad.
 Cuando los modernos, como iguales de Dios, pasaron finalmente a ser coextensivos a la Creación, ¡aprovecharon ese momento para entregarse al aislacionismo más completo y creer que habían quedado fuera de la historia! No es de extrañar que su reloj se detuviera al mismo tiempo que su bicameralismo (2) se hundía, aplastado bajo el peso de todos aquellos que lo habían reclutado todo, pretendiendo no tenerlo en cuenta ni ofrecerle un mundo común (3). No puede uno entrometerse en el mundo y arrojarlo luego al exterior, en reserva o en descarga. Si debemos extraer una lección del mito de Frankenstein, es precisamente la inversa a la de Víctor, el desdichado inventor del célebre monstruo. En el momento en que, con lágrimas de cocodrilo en los ojos, se arrepiente de haber jugado a aprendiz de brujo cuando, al innovar indiscriminadamente, oculta tras el pecado venial el pecado mortal del que su criatura lo acusa con razón: haber huido del laboratorio abandonándola, bajo el pretexto de que, como todas las innovaciones, había nacido monstruosa. Nadie puede considerarse Dios y no enviar enseguida a su único hijo a intentar arreglar el peliagudo asunto de la Creación caída…
Resultado de imagen de bruno latour politicas de la naturaleza La ecología política hace algo mejor que suceder a la modernidad: la desinventa. Ve retrospectivamente en este movimiento contradictorio de vinculación y desvinculación una historia mucho más interesante que la de un frente de modernización que avanza inexorablemente desde las tinieblas del arcaísmo hasta las claridades de la objetividad –y, por supuesto, mucho más rica que el antirrelato de los antimodernos que releen esta historia según la inclinación, igualmente inexorable, de una decadencia que nos ha alejado de una dichosa matriz para arrojarnos a la frialdad de un mundo helado por el cálculo-. Los modernos siempre han hecho lo contrario a lo que han dicho: ¡esto es lo que les salva! No hay ni una sola cosa (4) que no sea una asamblea. No hay ni uno de los hechos indiscutibles que no sea el resultado de una discusión meticulosa en el núcleo mismo del colectivo. No hay ni un solo objeto sin riesgo (5) que no acarree tras de sí una larga cabellera de consecuencias inesperadas que persigan al colectivo, obligándolo a reanudarse. No hay ni una sola innovación que no rediseñe de arriba a abajo la cosmopolítica (6), obligando a cualquiera a recomponer la vida pública. Los modernos no han distinguido ni una vez en su corta historia los hechos de los valores, las cosas de las asambleas. Ni una sola vez han logrado volver insignificantes e irreales a los que creían poder excluir para siempre y sin proceso alguno. Se han creído irreversibles sin lograr irreversibilizar nada. Todo esto sigue estando tras de sí, a su alrededor, ante ellos, en ellos, como un acreedor que llama a la puerta exigiendo únicamente que se retome, explícitamente y sobre unas nuevas bases, el trabajo de exclusión e inclusión. En el mismo momento en que lloran por vivir en un mundo indiferente a su ansiedad, siguen habitando en esta República (7) en la que han nacido de forma muy ordinaria.
 La ecología política no condena, pues, la experiencia moderna, ni la anula, ni tampoco la revoluciona: la rodea, la envuelve, la desborda y la encaja en un procedimiento que finalmente le da su sentido. Digamos las cosas en términos morales: la ecología política perdona. Con piadosa sensatez, reconoce que es posible que no hubiera mejor manera de proceder; acepta, bajo ciertas condiciones, hacer borrón y cuenta nueva. A pesar del sentimiento de culpabilidad que les gusta arrastrar tras de sí, los modernos no han cometido todavía el pecado mortal de Víctor Frankenstein. Cometerían uno, de todas formas, si aplazaran para más tarde esta reinterpretación de su experiencia que les ofrece la ecología política y si, viéndose rodeado por una multitud de aliens, enloquecieran, prolongando todavía la forma moderna de creerse contemporáneos al mundo; si creyeran vivir en una sociedad envuelta de una naturaleza; si se consideraran finalmente capaces de modernizar el planeta a fuerza de objetividad. A juzgar por su ingenuidad –y quizás incluso por su inocencia-, se arriesgan a caer en el proverbio: perseverare diabolicum est.

 Notas:
(1)      Colectivo: debe distinguirse de la sociedad, término que conlleva una mala repartición de los poderes; acumula además los antiguos poderes de la naturaleza y de la sociedad en un único recinto, antes de ser partido de nuevo en distintos poderes (consideración, planificación, seguimiento). A pesar de su utilización en singular, el término no se refiere a una unidad ya establecida, sino a un procedimiento de recolección de las asociaciones de humanos y de no-humanos.
(2)      Bicameralismo: expresión de ciencias políticas para describir los sistemas representativos de dos cámaras (Asamblea y Senado, Cámara de los Comunes y Cámara de los Lores); aquí debe entenderse la descripción de la repartición de poderes entre la naturaleza (concebida, por lo tanto, como un poder representativo) y la política. Sin embargo, a este “mal” bicameralismo debe seguirle un “buen” bicameralismo que distinga dos poderes representativos: el de la consideración –la cámara alta- y el de la planificación –la cámara baja-.
(3)      Mundo común: (o igualmente, buen mundo común, cosmos, el mejor de los mundos): la expresión designa el resultado provisional de la unificación progresiva de las realidades exteriores (a las que se reserva la expresión de pluriverso); el mundo, en singular, no es lo que es dado sino lo que se debe obtener reglamentariamente.
(4)      Cosa: aquí se utiliza su sentido etimológico, que conlleva siempre una discusión en el seno de una asamblea, que exige un juicio efectuado en común, en contraste con el objeto. Por lo tanto, la etimología de la palabra comprende el indicio del colectivo (res, thing, ding) que se intenta convocar aquí.
(5)      Objeto sin riesgo: expresión inventada para recordar que las crisis ecológicas no tratan sobre una clase de seres (por ejemplo, la naturaleza, los ecosistemas), sino sobre la manera de fabricar todos los seres: tanto las consecuencias inesperadas como el modo de producción y los fabricantes siguen ligados a los vínculos de riesgo, mientras que aparecen separados de los objetos propiamente dichos.
(6)      Cosmos, cosmopolítica: aquí se retoma el sentido griego de combinación, de armonía, al mismo tiempo que el sentido más tradicional del mundo. Lo que Isabelle Stengers denomina cosmopolítica (no en el sentido multinacional, sino en el sentido metafísico de política del cosmos) es, pues, un sinónimo del buen mundo común. Se podría designar su antónimo con la palabra cacosmos, aunque Platón, en el Gorgias, prefiere acosmos.
(7)      República: no designa la asamblea de los humanos entre ellos, ni la universalidad del humano separado de todos los vínculos tradicionales arcaicos, sino al contrario: al volver a la etimología de la cosa pública, se designa al colectivo en su esfuerzo por lanzarse a la búsqueda experimental de lo que lo unifica; es el colectivo agrupado reglamentariamente y fiel al orden de la Constitución.»

      [El texto pertenece a la edición en español de R.B.A. Libros, 2013, en traducción de Enric Puig, pp. 274-278. ISBN: 978-84-9006-474-0.]

jueves, 2 de abril de 2020

Contra los territorios del poder.- Jean Pierre Garnier Malet (1940)

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Un desarrollo urbano insostenible. ¿Securizar o tranquilizar?
De un "problema de sociedad" a una sociedad como problema

«A primera vista, cabría felicitarse por el interés que suscita, tras el último tercio del siglo precedente, la preservación del "campo", frente a una expansión urbana que, aunque ralentizada en Europa, sigue siendo irrefrenable. Y que lo continuará siendo, a juzgar, como se ha visto, por la búsqueda de la periurbanización como respuesta a la inaccesibilidad financiera creciente de las áreas centrales de las aglomeraciones para la población con menos recursos, e incluso para las franjas inferiores de las clases medias.
 Este interés por la "preservación del campo" no es, evidentemente, desinteresado. Algunos habitantes de las ciudades, más preocupados por su futuro como ciudadanos que de la suerte de los rurales, ¿acaso no verían en la "protección de la naturaleza" (incluyendo las culturas agrícolas) un medio de protegerse a sí mismos contra la destrucción causada por una urbanización fuera de control? Granjas reformadas en pueblos restaurados, parques protegidos en zonas clasificadas, es como si se quisiera reinventar el mundo rural a medida que en la ciudad la cotidianidad se deteriora. En nombre de la defensa del patrimonio, de la memoria, de la historia y de la identidad, se empeñan en olvidar un presente sombrío e incluso siniestro para muchos. Un presente tanto más insoportable en la medida en que no hay ninguna perspectiva de un futuro mejor que lo ilumine. De ahí ese retorno al pasado y a los lugares que mejor lo simbolizan: lo que se denomina el "país profundo", sin duda porque es en esta "profundidad" postulada donde se busca un refugio, una especie de retorno imaginario a una infancia "provinciana" que la mayoría de los habitantes de las ciudades contemporáneas jamás ha conocido. Desde este punto de vista, la "rurbanización" representa más una regresión que un progreso. Lejos de "salvar" el medio rural acelera su desaparición. Además, tampoco logrará salvar a los ciudadanos de su desamparo.
 En vistas de ello, quizás podamos comprender ahora el triple significado que se da al calificativo "insostenible", aplicado a la urbanización capitalista en este principio de siglo. En primer lugar, en el sentido más corriente del término, es decir, en el ecológico, este tipo de desarrollo ¿sería eternamente "duradero" -viable-, cuando en la práctica destruye poco a poco las condiciones no sólo materiales sino sobre todo humanas que han de permitir su prolongación? Además, ¿no es igualmente insostenible en el plano teórico? De hecho, no existe ninguna argumentación que, a pesar de la multitud de discursos, expertos o no, consagrados a este tema, pueda apoyar la tesis según la cual podría ser de otro modo, como ya lo han demostrado, en la práctica, el carácter irrisorio e ilusorio de las innumerables medidas que se han adoptado para detener el desastre.
 De la cumbre de Río a la firma del protocolo de Kyoto -por no hablar de su laboriosa puesta en marcha-, la emisión de gases de efecto invernadero, el despilfarro energético, la deforestación, la construcción masiva en la costa, la polución de los ríos y los mares, por citar sólo algunos de los rasgos más sobresalientes de la devastación ecológica, han proseguido a un ritmo que no sólo no ha disminuido significativamente, sino que a veces incluso ha aumentado. Al alterar las condiciones del reequilibrio natural del ecosistema, la supervivencia del "sistema mundo" se vuelve, en lo sucesivo, dependiente de intervenciones correctoras permanentes, unidas a una gestión preventiva de los efectos, tanto más aleatorios cuanto que se limitan a menudo a formas de aviso.
Contra los territorios del poder (Ensayo (virus)): Amazon.es ... En Francia lo último hasta la fecha es la inserción, con gran alboroto mediático, en la Constitución de la Vª República de una "Carta del Medio Ambiente". Poco importa que el "principio de precaución", que en adelante ocupará un buen lugar, corra el riesgo de tener tanto impacto efectivo como los grandes principios ya inscritos en "nuestra Ley Fundamental" -como dicen los juristas-, como son el derecho al trabajo o el derecho a la vivienda. Lo importante es que se invoque de forma ritual para calmar las inquietudes que podrían suscitar sus repetidas violaciones, legitimando las medidas y las actuaciones destinadas a ocultar la gravedad de sus consecuencias. Asegurada, de este modo, su "durabilidad", la "sociedad urbana" podrá terminar de destruir lo que queda de "naturaleza" siendo, tanto la una como la otra, mantenidas de forma artificial gracias a los cuidados intensivos de los gestores y los técnicos de la prevención o de la reparación.
 Por último, este desarrollo es insostenible en el plano ético y, por tanto, político. Y esto tiene una doble lectura. En primer lugar, porque se revela cada vez más insoportable para la mayoría de los humanos y, por este motivo, injustificable, aun cuando la mayor parte de ellos, enfrentados ya a múltiples problemas en relación con un "nivel de vida" que a duras penas les asegura la supervivencia, todavía no conceden demasiada importancia a los problemas relativos a su "entorno de vida", y eso si no los ignoran.
 Pero los daños ocasionados por el modo capitalista de desarrollo urbano no sólo condenan a los dominados a ver cómo se agrava su situación; pronto, ni los dominantes estarán a salvo. Por ejemplo, los nuevos ricos de la China "Popular", que han sido los últimos en incorporarse al grupo de los "amos del mundo", entre viaje y viaje de negocios, se inquietan por la nube de polución que no deja de extenderse y espesarse sobre el cielo de Shangai, como consecuencia del aumento desenfrenado de la tasa de motorización. Otros, anticipándose sin duda al efecto bumerán en el plano social de un "milagro económico" que no beneficiará a todos por igual, se hacen construir residencias fortificadas a lo largo y ancho de las grandes aglomeraciones. Para ellos, al igual que para los "burgueses" establecidos desde hace tiempo en "Occidente", el horizonte a medio plazo no parece estar del todo "securizado". Y qué decir de la perspectiva a largo plazo: "fragmentación", "fractura", "apartheid urbano", "secesión" y tantas otras denominaciones propuestas por los sociólogos  o los geógrafos para designar la desagregación social en curso.
 Presentar la hipótesis según la cual esta disyuntiva podría preceder, perfectamente, antes de que termine el siglo -con la ayuda de los desastres ecológicos y del pánico consiguiente-, a la aniquilación de la humanidad, ¿es acaso un ejemplo de pesimismo o más bien de realismo? Desde la entrada de la humanidad en el "tercer milenio", y como si hubiera empezado la cuenta atrás de la vida sobre la Tierra, no han dejado de multiplicarse los avisos. He aquí, por ejemplo, lo que pronosticaba el antiguo presidente de la Agencia de Medio Ambiente y Control Energético, con motivo de la "entrada en vigor" del Protocolo de Kyoto: "El siglo XXI será probablemente el siglo de la estabilización de la humanidad de su población y de la gestión de sus recursos. De no ser así, se perfila un escenario de fracaso total: cada uno mira sólo por lo suyo, las emisiones continúan aumentando y un cambio climático destruye la humanidad. En este caso, tenemos todos los puntos para que este siglo XXI sea de una violencia extrema". Aniquilación física, posiblemente. Barbarie deshumanizante a medida que se acerque la catástrofe anunciada, seguramente. ¿Habrá en estas circunstancias gente capaz de afirmar que la alternativa propuesta por Rosa Luxemburgo, a principios del siglo pasado, ha sido superada?»

    [El texto pertenece a la edición en español de Lallevir/Virus Editorial, 2006, en traducción de Ambar J. Sewell. ISBN: 84-96044-78-5.]