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domingo, 16 de agosto de 2026

Humano, demasiado humano.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Capítulo VIII: Una ojeada al Estado

 «438.-Pedir la palabra. El carácter demagógico y el propósito de influir en las masas son hoy comunes a todos los partidos: en virtud de ese propósito, todos sienten la necesidad de convertir sus principios en grandes necedades de las dimensiones de un fresco para poder pintarlas en las paredes. Nada de esto se puede cambiar y hasta resulta superfluo levantar el dedo para oponerse a ello; pues en esta cuestión cabe aplicar aquella frase de Voltaire que dice: "Cuando el populacho se pone a razonar, todo está perdido". Una vez consumado este hecho, hay que resignarse a la nueva situación, como nos resignamos cuando un temblor de tierra desplaza las viejas lindes, devastando los contornos y la configuración del suelo, y modificando el valor de la propiedad. Además, si de lo que se trata en lo sucesivo es de que toda política haga la vida soportable al mayor número posible, creo que es a esa mayoría a quien toca también decidir qué es lo que entiende por una vida soportable y si se cree con la suficiente inteligencia para hallar igualmente los medios adecuados para conseguir ese fin, ¿de qué serviría dudar de ello? Han manifestado que quieren ser los artífices de su felicidad, de su desgracia y si ese sentimiento de autonomía, ese orgullo por las cinco o seis ideas que albergan en la cabeza y que pregonan, les hacen, realmente, la vida tan agradable como para soportar con alegría las consecuencias fatales de su estrecheces de espíritu, ya no hay gran cosa que objetar, siempre y cuando esa estrechez no llegue a exigir que todo entre, en este sentido, dentro de la política y que todo el mundo haya de vivir y de actuar según ese criterio. En primer lugar, hay, en efecto, que permitir que algunos se abstengan de la política y que se queden un tanto al margen: pues también a éstos les impulsa el ansia de autonomía y pueden sentir asimismo cierto orgullo guardando silencio cuando hay muchos que hablan demasiado o cuando simplemente se habla demasiado. En segundo lugar, hay que tolerar que esos pocos no se tomen totalmente en serio la felicidad de la mayoría, ya se trate de pueblos enteros o de sectores sociales, y que se permitan de vez en cuando una sonrisa irónica, pues su seriedad está en otra parte, su felicidad se define de otro modo, su meta no se deja coger por esas torpes manos que no tienen más que cinco dedos. Por último -y esto es lo que más difícilmente se les concederá, aunque debe permitírseles también-, salen de cuando en cuando de su taciturna soledad y prueban una vez más la fuerza de sus pulmones: entonces, como quien se ha extraviado en un bosque, se llaman para hacerse reconocer y animarse mutuamente; lo que, naturalmente, hace que algunas de las cosas que propagan suenen mal a los oídos de aquéllos a quienes no van destinadas. Una vez dicho esto, vuelve a reinar el silencio en el bosque, un silencio tan profundo que deja oír con más claridad que nunca los silbos, los zumbidos y el revolotear de los innumerables insectos que viven en ese bosque, por arriba y por abajo.
 439.-La cultura y la casta. No puede nacer una cultura superior más que en aquellas sociedades en donde existan dos castas claramente diferenciadas: la de los trabajadores y la de los ociosos, capaces de verdadero ocio; o, con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la casta del trabajo libre. El reparto de la felicidad no es un punto de vista fundamental cuando se trata de crear una cultura superior; pero el hecho es que la casta de los ociosos tiene una mayor capacidad de sufrimiento, que sufre más, que su alegría de vivir es menor y que su tarea es más pesada. Si se produce un intercambio entre las dos castas, de forma que los individuos más obtusos y menos inteligentes de la casta superior son relegados a la casta inferior, y a su vez los seres más libres de ésta tienen acceso a la otra, se logra un estado más allá del cual no se ve más que el mar abierto de las aspiraciones ilimitadas. -Esto es lo que nos dice la voz agonizante del pasado: pero ¿habrá hoy oídos que la oigan?
 440.-En virtud de la sangre. La ventaja que, en virtud de su sangre, tienen hombres y mujeres sobre los demás y que les confiere el derecho indudable de disfrutar de una estima más elevada son dos artes que la herencia ha ido perfeccionando cada vez más: el arte de mandar y el arte de obedecer con orgullo. -En nuestros días, allí donde el mando constituye una parte del trabajo diario (como en el mundo de las grandes empresas comerciales y de las grandes industrias), se produce un hecho similar al de esas familias que tienen ese arte "en virtud de su sangre", pero les falta la noble actitud al obedecer, que en aquéllas constituye un legado de la vida feudal y que no logra echar raíces en el clima de nuestra cultura.
 441.-La subordinación. La subordinación, a la que tanta importancia se concede en el Estado de militares y de funcionarios, no tardará en perder su crédito, como ya lo ha hecho la táctica peculiar de los jesuitas; y cuando ya no sea posible esa subordinación, no se seguirán logrando efectos sumamente asombrosos, por lo que el mundo se verá empobrecido. Ahora bien, no puede menos que desaparecer, pues desaparece su fundamento, esto es, la fe en la autoridad absoluta, en la verdad definitiva; incluso en los Estados militares no basta la coacción física para producirla, pues se requiere la adoración hereditaria de la dignidad principesca como algo sobrehumano. -En un estado social más libre, no se da más que una sumisión sujeta a ciertas condiciones, en virtud de un contrato recíproco, es decir, con todas las reservas del interés personal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de M.E. Editores, 1993, en traducción de Edmundo Fernández González y Enrique López Castellón, pp. 243-246. ISBN: 84-495-0022-2.]
 

miércoles, 1 de junio de 2022

Los perros de la guerra.- Frederick Forsyth (1938)


Biografia de Frederick Forsyth
Primera parte: La montaña de cristal

Capítulo 4

   «Manson cambió de tema, sin dejar de mirar el mapa.
 —Dígame algo relativo a las tribus que viven allí.
 —Hay dos —respondió Endean—. El este del río, hasta el final de la tierra interior, es territorio de los vindúes. A propósito, más vindúes viven al otro lado de la frontera oriental. Ya le dije que las fronteras eran arbitrarias. Los vindúes viven prácticamente en la edad de piedra. Raras veces cruzan el río y abandonan su región selvática. El llano que se extiende al oeste del río hasta el mar, incluida la península donde se levanta la capital, es el país de los cayas. Odian a los vindúes y, a su vez, son odiados por éstos.
  —¿Cuál es la población?
  —Casi imposible de contar en el interior. Oficialmente, se cifra en doscientos veinte mil en todo el país. Es decir, treinta mil cayas y unos ciento noventa mil vindúes. Pero son números aleatorios, aunque, probablemente, el cálculo de los cayas es bastante exacto.
  —Entonces, ¿cómo diablos pudieron celebrar unas elecciones? —preguntó Manson.
  —Éste es uno de los misterios de la creación —dijo Endean—. En todo caso, fue un verdadero lío. La mayoría de ellos no sabían lo que eran unas elecciones ni por quién votaban.
  —¿Y qué me dice de la economía?
  —Es prácticamente nula —respondió Endean—. El país vindú no produce nada. La mayoría de sus pobladores se limitan a ir tirando con el ñame y el casabe que producen en las parcelas desbrozadas por las mujeres en la selva, que son muy pocas. A menos que les paguen bien, prefieren estarse con los brazos cruzados. Los hombres se dedican a la caza. Los niños son presa fácil del paludismo, el tracoma, la esquistosomiasis y la falta de nutrición.
  En los tiempos coloniales había, en el llano costero, plantaciones de cacao de baja calidad, café, algodón y plátanos. Eran propiedad de blancos, que empleaban mano de obra indígena. No se trataba de productos de primera calidad, pero bastaban para conseguir, con la potencia colonial como comprador europeo garantizado, las divisas fuertes necesarias para pagar unas importaciones mínimas. Después de la independencia, tales plantaciones fueron nacionalizadas por el Presidente, que expulsó a los blancos y las dio a los paniaguados de su partido. Actualmente están casi arruinadas, invadidas por la mala hierba.
  —¿Puede darme algunas cifras?
  —Sí, señor. El año anterior a la independencia, la producción total de cacao, que era la cosecha principal, fue de treinta mil toneladas. El año pasado, fue de mil toneladas, y no hubo compradores. Todavía se está pudriendo en el suelo.
  —¿Y el café, el algodón y los plátanos?
  —Los plátanos y el café quedaron prácticamente en nada por falta de cuidado. El algodón fue víctima de una plaga, y no había insecticidas.
  —¿Cuál es la situación económica actual?
  —Un desastre. Bancarrotas, un papel moneda que no vale nada y una imposibilidad total de realizar importaciones. Hubo donativos de las Naciones Unidas, de los rusos y de la antigua potencia colonial; pero, como el Gobierno vende sus productos a otros y se embolsa el dinero, inclusos aquéllos han renunciado a prestar ayuda.
  —Una auténtica República banana, ¿eh? —murmuró Sir James.
 —En todos los sentidos. Son venales, viciosos, brutales. Sus aguas costeras son ricas en peces, pero no pueden pescar. Los dos barcos de pesca que tenían eran patroneados por blancos. Uno de los patrones fue apaleado por los matones del Ejército, y ambos se largaron. Los motores se oxidaron, y las embarcaciones fueron abandonadas. Los indígenas sufren falta de proteínas. No hay bastantes cabras y gallinas para su subsistencia.
  —¿Cómo están en cuanto a sanidad?
  —Hay un hospital en Clarence, a cargo de las Naciones Unidas. Es el único del país.
  —¿Y de médicos?
  —Había dos zangareños que poseían el título de doctor en Medicina. Uno de ellos fue detenido y murió en la cárcel. El otro huy ó al extranjero. Los misioneros fueron expulsados por el Presidente, como agentes imperialistas. Eran misioneros médicos, además de sacerdotes y predicadores. Las monjas solían enseñar a las enfermeras, pero también ellas fueron expulsadas.
  —¿Cuántos europeos hay?
  —En el interior, probablemente ninguno. En la zona costera, un par de técnicos agrónomos, enviados por las Naciones Unidas. En la capital, unos cuarenta diplomáticos, veinte de ellos pertenecientes a la Embajada rusa, y los demás, repartidos entre las Embajadas francesa, suiza, americana, alemana occidental, checa y china, si es que podemos llamar blancos a los chinos. Aparte éstos, unas cinco personas en el hospital de las Naciones Unidas, otros cinco técnicos encargados del generador eléctrico, de la torre de control del aeropuerto, de las obras hidráulicas, etcétera. Por último, puede haber otros cincuenta, entre comerciantes, capataces y hombres de negocios, que se quedaron esperando tiempos mejores.
  En realidad, hubo un poco de jaleo hace seis semanas, y uno de los hombres de las Naciones Unidas estuvo a punto de morir apaleado. Los cinco técnicos no médicos amenazaron con marcharse y se refugiaron en sus respectivas Embajadas. Es posible que, a estas horas, se hayan largado y a, en cuyo caso, los servicios de agua y de electricidad y el aeropuerto dejarán muy pronto de funcionar.
  —¿Dónde está el aeropuerto?
  —Aquí, en la base de la península, detrás de la capital. No tiene categoría internacional; por consiguiente, quien quiera volar hasta allí, tiene que tomar un avión de la “Air Afrique” hasta la República situada al Norte, y en ésta, un pequeño bimotor que hace el viaje a Clarence tres veces por semana. La concesión pertenece a una empresa francesa, aunque, en la actualidad, no puede decirse que sea rentable.
  —¿Qué amigos tiene el país, diplomáticamente hablando?
  Endean meneó la cabeza.
  —No tiene ninguno. A nadie le interesa tanto desorden. Incluso la Organización de la Unidad Africana se siente incomodada por este país. Está tan dejado de la mano de Dios, que nadie lo menciona siquiera. Como no va ningún periodista, faltan noticias sobre él. El Gobierno es rabiosamente antiblanco, y nadie se atreve a enviar personal para cualquier empresa. Nadie invierte nada, porque nada está a salvo de ser confiscado por cualquier pelagatos que luzca la insignia del partido. Éste tiene una organización juvenil que reparte garrotazos a diestro y siniestro, de modo que todo el mundo vive aterrorizado.
  —¿Qué me dice de los rusos?
 —Su misión es la más importante y, probablemente, aconsejan al Presidente en cuestiones de política exterior, de las que nada sabe en absoluto. Casi todos sus consejeros son indígenas educados en Moscú, aunque él no estudió personalmente en la capital soviética.
  —¿Existe allí algún valor en potencia? —preguntó Sir James.
  Endean asintió lentamente con la cabeza.
  —Con una buena dirección y un buen trabajo, creo que es suficiente para que la población pudiese vivir con relativa prosperidad. La población es poco numerosa y no tiene grandes necesidades; podría bastarse por sí misma en lo tocante a la comida y el vestido, elementos básicos de una buena economía local, y conseguir, con una pequeña cantidad de divisas fuertes, el complemento de artículos necesarios. Esto sería muy factible, y además, las necesidades son tan pocas, que las organizaciones de ayuda y de caridad podrían suministrarle todo lo necesario; pero resulta que su personal es invariablemente molestado; su equipo, saqueado o destruido, y sus donativos, robados y vendidos en exclusivo beneficio del Gobierno.
  —Dice usted que los vindúes son incapaces de trabajar de firme. ¿Qué opina de los cayas?
  —Lo mismo —dijo Endean—. Se pasan todo el día sentados o se ocultan en la espesura si presienten alguna amenaza. Su fértil llano les dio siempre lo necesario para vivir, y les basta con ello para sentirse satisfechos.
   —Entonces, ¿quién trabajaba las haciendas en los tiempos coloniales?
  —¡Ah! La potencia colonial llevó allí a unos veinte mil trabajadores negros de otras regiones. Arraigaron en el país y siguen viviendo en él. Contando sus familias, son unos cincuenta mil. Pero, al no haber sido manumitidos por la potencia colonial, no participaron en las elecciones al declararse la independencia. Si hay alguien que trabaje, son todavía ellos.
  —¿Dónde viven? —preguntó Manson.
LOS PERROS DE LA GUERRA | FREDERICK FORSYTH | Comprar libro ...  —Unos quince mil siguen viviendo en sus chozas de las antiguas haciendas, aunque, con toda la maquinaria destruida, es muy poco lo que pueden hacer. Los demás se dirigieron a Clarence, y allí se ganan la vida lo mejor que pueden. Viven en una serie de barrios de barracas, detrás de la capital, junto a la carretera del aeropuerto.
  Durante cinco minutos, Sir James Manson contempló el mapa que tenía delante, reflexionando profundamente sobre una montaña, un presidente loco, una camarilla de consejeros educados en Moscú y una Embajada rusa. Después, suspiró.
  —Un lugar francamente desolador.
   —Emplea usted unos términos muy suaves —dijo Endean—. Todavía realizan ejecuciones rituales ante el populacho, en la plaza principal. Las víctimas son descuartizadas a machetazos. Todo un espectáculo.
 —¿Y a quién se debe este paraíso terrenal?
  Por toda respuesta, Endean sacó, una fotografía y la puso sobre el mapa.
  Sir James Manson contempló la efigie de un africano de edad madura, ataviado con sombrero de copa, negro chaqué y pantalón de corte. Sin duda, la foto correspondía a su toma de posesión, pues varios oficiales coloniales aparecían en segundo término, en la escalinata de una gran mansión. La cara que se veía bajo el reluciente sombrero de copa no era redonda, sino larga y enjuta, con profundas arrugas a ambos lados de la nariz. Tenía caídas las comisuras de la boca, y esto le daba una expresión de profundo desagrado por algo. Pero lo más notable eran sus ojos. Tenían una fijeza mate, como sólo se ve en los ojos de los fanáticos.
  —He aquí al hombre —dijo Endean—. Loco como una cabra y malvado como una serpiente de cascabel. El Papá Doc de África Occidental. Visionario; espiritista; destructor del yugo del hombre blanco; redentor de su pueblo; estafador; ladrón; jefe de Policía y verdugo de los sospechosos; inquisidor; interlocutor del Todopoderoso: he aquí al Señor Supremo de Todas las Cosas, Su Excelencia el Presidente Jean Kimba.
  Sir James Manson escrutó largamente el rostro del hombre que, sin saberlo, tenía en sus manos diez mil millones de dólares en platino.
  Me pregunto —pensó—, si el mundo se daría cuenta de su muerte”.
  No dijo nada; pero, después de escuchar a Endean, había decidido preparar este suceso.
  Seis años antes, la potencia colonial que gobernara el enclave llamado hoy Zangaro, consciente de la opinión mundial, había resuelto otorgarle la independencia. Se hicieron apresurados preparativos entre una población absolutamente carente de experiencia en el gobierno autónomo, y se fijaron para el año siguiente la declaración de independencia y las elecciones generales.
  En medio de aquella confusión, surgieron cinco partidos políticos. Dos de ellos eran exclusivamente de tribu, pretendiendo el uno defender los intereses de los vindúes, y el otro, los de los cayas. Los otros tres inventaron sus propias plataformas políticas y pretendieron atraerse al pueblo valiéndose de las divisiones tribales. Uno de ellos estaba constituido por el grupo conservador, dirigido por un hombre que había ostentado cargos públicos con los colonialistas y era apoyado por éstos. Afirmaba que mantenía estrechos lazos con el país protector, el cual, aparte otras cosas, garantizaba el papel moneda local y compraba los productos exportables. El segundo partido era de centro, pequeño y débil, acaudillado por un intelectual con título de profesor europeo. El tercero era radical, y su jefe, un hombre que había estado varias veces en la cárcel por motivos de seguridad: Jean Kimba.
  Mucho antes de las elecciones, dos de sus auxiliares, que, mientras estudiaban en Europa, habían sido descubiertos por los rusos —al advertir su presencia en manifestaciones anticoloniales callejeras— y que habían aceptado becas para terminar sus estudios en la Universidad “Patricio Lumumba”, de las afueras de Moscú, salieron secretamente de Zangaro y se trasladaron en avión a Europa. Se habían entrevistado con emisarios de Moscú y recibido, como resultado de sus conversaciones, cierta suma de dinero y muchos consejos de carácter práctico.
  Gracias a este dinero, Kimba y sus hombres formaron patrullas de matones políticos, reclutados entre los vindúes, prescindiendo por completo de la minoría caya. Las patrullas políticas pusieron manos a la obra en las tierras del interior, donde no había Policía. Varios agentes de los partidos rivales acabaron de mala manera, y las patrullas visitaron a todos los jefes de clan de los vindúes.»

   [El texto pertenece a la edición en español de De Bolsillo, 2017, en traducción de José Ferrer Aleu. ISBN: 978-84-9759-675-6.]

jueves, 20 de mayo de 2021

El arte de medrar. Manual del trepador.- Maurice Joly (1829-1878)


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Libro I: Elementos generales del arte de medrar

II.-Del conocimiento de los hombres y de los caracteres
De las opiniones y de las ideas generales. De cómo los prejuicios son algo excelente para todo el mundo.

 «Hay frases de mucho efecto contra los prejuicios, pero primero habría que demostrar que el orden social puede basarse en otra cosa. Y luego hay una pregunta embarazosa: los que tanto claman contra los prejuicios ¿consentirían que se destruyeran? Se les puede demostrar que viven de ellos.
 Existen sobre la política, la religión, la moral y los gobernantes, formas de pensar corrientes, tradicionales, una retahíla de juicios, teorías y críticas que forman como un segundo elemento de las nociones generales sobre la naturaleza humana. Para no alargarnos, ofreceremos simplemente una lista.
 Se cree que el mérito es el medio más seguro para ascender.
 Se cree que hace falta capacidad para ocupar cargos.
 Se tiene la ilusión de que la opinión pública gobierna el mundo.
 Se cree que la política consiste en la ciencia de los asuntos de Estado.
 Se cree que los hombres públicos tienen fe en lo que dicen desde la tribuna o lo que escriben en sus libros.
 Se cree en el progreso indefinido de la humanidad.
 El pueblo cree que cuando hace una revolución se beneficiará de ella.
 Se cree que para establecer un gobierno basta con hacer una constitución.
 Se cree que al mundo lo gobiernan las ideas.
 Se cree que los pueblos se corrigen.
 Se cree que existen teorías filosóficas o sociales nuevas.
 Se cree que llegará el día en que las naciones ya no se harán la guerra.
 Se cree que no se puede ser un ignorante y un necio cuando se escribe un libro.
 Se cree que los que piden reformas las desean.
 Se cree que los que sostienen hoy un gobierno porque es fuerte no serán los primeros en derribarlo si por ventura se tambalea.
 Y aún sin ser exigentes, ¿podríamos decir que son muchos los que no aceptan todo lo anterior entre quienes condenan los prejuicios? Preguntémonos qué sería del orden social si esas vulgaridades no estuvieran en circulación.
 La ingenuidad de las sociedades a través de su corrupción es una hermosa materia para gobernar. Por mucho que veamos en los libros que los acontecimientos más grandes dependen de causas pequeñas, que la política no es más que un juego de pasiones e intereses privados, por una suerte providencial para los estadistas, primeros ministros, príncipes y otros hombres geniales que, a Dios gracias, no faltan, la mayor parte del público no quiere creerlo. Piensa que las revoluciones son explosiones debidas a las ideas. Repite doctamente que es imposible parar las revoluciones. ¡Eso dependerá de lo dura que se tenga la mano! El público no admite que no exista una idea nacional, internacional, filosófica o humanitaria en todas aquellas guerras que ponen en peligro la vida de una generación. Creen que la sangre es fecunda. Claro que sí, a condición de sembrar cáñamo o remolacha en el campo donde se ha librado la batalla.
[…]

Libro II: Del poder y de la ambición
III.-De los partidos
Táctica con los partidos.

 Los partidos tienen dos formas de ser: en las épocas de calma, son circunspectos, pusilánimes y meticulosos; en las épocas de agitación, se vuelven exagerados, violentos y frenéticos. La línea a seguir viene determinada según sea uno u otro el caso.
 Mientras un gobierno tiene poder, los hombres influyentes que dirigen los partidos moderan sus ataques, ya que esperan ser rescatados de la oposición por algún cargo de postín que les haga participar en la dirección de los asuntos de Estado. Esto es lo que sucede con los gobiernos parlamentarios, donde la lucha de las ambiciones está legalmente organizada.
 Las maniobras de los partidos se reducen entonces a un tejido de pequeñas intrigas laboriosas, mediante las cuales uno llega poco a poco a gozar de cierta influencia; pero no hay que hacer nada para descollar. En un cuerpo de ejército, la acción y la dirección están centralizadas y generalmente son los más capaces los que mandan; en los partidos, por el contrario, todo el mundo manda o quiere mandar y los cabecillas son menos que mediocres. Nada más natural, pues quienes componen los partidos no ponen en común sino ambiciones y vanidades. El odio los une, pero los celos los dividen, hasta tal punto que se pasarían todos al enemigo antes que procurarse unos a otros ventajas de alguna consideración. Su gran preocupación es tenerse a raya mutuamente y neutralizarse unos a otros.
 Tienen una gran perspicacia para adivinar los grandes talentos, los caracteres elevados y resueltos; se deshacen de ellos cuidadosamente, ya que su presencia entre hombres mediocres, timoratos y envidiosos, cuya mayor preocupación es mantenerse todos al mismo nivel, acostumbrados a deliberaciones odiosas, resoluciones incompletas, medidas que no se llegan a tomar y toda suerte de pequeñas negociaciones y capitulaciones, sembraría la discordia en las relaciones comunes. Estos partidos tienen tanto miedo a comprometerse que a duras penas recogen a sus muertos.
 Cuando un gobierno ha sido lo bastante fuerte como para reducir los partidos a la impotencia, cuando son en cierto modo como enjambres de avispas a las que han privado de su aguijón, se forman a menudo oposiciones postizas en cuyo seno se puede permanecer con toda comodidad y sin ningún riesgo.
 La táctica en este caso es muy simple para los hombres que han logrado crearse una cierta posición merced al respaldo de sus conciudadanos. No tienen más que cerrar los ojos ante los actos un poco violentos del gobierno, abandonar las cuestiones grandes por las pequeñas, doblegarse cuando vienen tormentas y gritar de cuando en cuando, pero callarse tan pronto como el poder lanza el primer rayo. Esta conducta, que por otra parte no es más que moderación, permite gozar de sensibles ventajas. Se pueden obtener dinero y cargos, y también, cosa que no tiene precio, gozar de los honores de la oposición sin arrostrar sus peligros. Y por último, si se produce una nueva revolución, se está en una posición inmejorable para aprovecharse de ella, ya que nominalmente se era la oposición en el régimen anterior.
 Estas oposiciones postizas sirven como colchón en los choques que pueden producirse entre un país y su gobierno. Como los colchones siempre pueden servir después del choque, no se arriesga nada al sostener a un gobierno al que se finge atacar; se tiene la suerte de durar tanto como él y de sobrevivirle si sucumbe.
 En tiempos de tribulación, el juego de los partidos no es tan fácil. Se ven obligados a aproximarse cueste lo que cueste a las organizaciones vigorosas que pueden ayudarles a atravesar la crisis y salir airosos de ella. Las pequeñas individualidades, tan tenaces en su ambición, se ven relegadas en general a un cuarto o quinto plano; pero reaparecen en el quinto acto.
Resultado de imagen de maurice joly el arte de medrar Los partidos sólo confieren autoridad con la esperanza de recuperarla o de ejercerla en nombre de aquel al que se la han conferido. Quieren que uno se entregue a ellos sin excepciones ni reservas, que se quemen las naves para pertenecerles sin retorno. Si uno quiere protegerse se convierte con razón en sospechoso. Las ideas falsas y las ideas justas, los errores como las verdades, forman parte del programa que se debe defender; y en cuanto a las pasiones de la época, por ciegas y desenfrenadas que sean, es preciso compartirlas y al mismo tiempo superarlas si se quiere tener alguna influencia dentro del partido. Éste es el juego al que habrá que jugar siempre si se quieren dominar las facciones.
 Durante la Revolución de 1642, Cromwell inició su gran carrera política exagerando el fanatismo de las sectas más exaltadas, imitando su jerga, orando, predicando y vociferando en las asambleas de los puritanos, lo cual no le impedía burlarse de ellas en la intimidad. Estaba un día divirtiéndose y bebiendo con sus amigos, y buscaba un sacacorchos que se había perdido debajo de la mesa, cuando una delegación de presbiterianos se presentó para hablarle. Mandó decirles que no podía recibirlos porque estaba ocupado buscando al Señor.
 La entrega absoluta que los partidos exigen de quienes les sirven se torna embarazosa cuando la causa común comienza a tambalearse. Pero entonces evidentemente no se trata de ser consecuente. Lejos de pensar en sostener lo que se derrumba, el hombre hábil debe espiar los menores síntomas precursores de esta caída. Debe aprovechar el momento oportuno para cambiar de chaqueta. Cuando ha seguido a un partido hasta el apogeo de su grandeza, debe súbitamente separarse de él tan pronto empiezan las dificultades, volverse en su contra, incluso perseguirlo e iniciar una nueva carrera hacia el poder y la prosperidad en compañía de nuevos aliados. Esta forma de actuar desarrolla en él una habilidad excepcional. Se vuelve perspicaz en sus observaciones, fecundo en sus recursos; adopta sin esfuerzo el tono de la secta o el partido al que la suerte lo ha hecho ir a parar; distingue los menores signos de cambio, con una sagacidad que maravilla a la multitud y que puede compararse con la que despliega un agente de la policía buscando los mínimos indicios de un crimen o un guerrero indio siguiendo una pista en el bosque.
 Se puede citar al señor de Talleyrand como a uno de los hombres que mejor han conocido el arte de abandonar las causas perdidas.
 Se crió bajo la protección de los cortesanos del último reinado y se convirtió en obispo de Autun el mismo día en que el poder de la Iglesia se iba a derrumbar. Gran señor, lo vemos subir al altar de la Revolución durante el famoso aniversario del 14 de Julio, como pontífice de la Revolución que acababa con la aristocracia. Él ya tiene su parte de poder cuando el 18 Fructidor se ceba en los que fueron sus protectores. Se gana la cartera de Asuntos Exteriores con el golpe de Estado del 18 Brumario, dirigido contra su amigo Barras. En 1814, es proclamado jefe del gobierno provisional, mientras su benefactor Napoleón medita sobre las ruinas del Imperio. Finalmente, en 1830, cuando la dinastía a la cual había ofrecido su protección toma el camino del exilio, él reaparece en escena para saludar una vez más a la fortuna.
 Es imposible hacerlo mejor.»        

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2002, en traducción de Nuria Petit i Fontseré, pp. 35-36 y 79-83. ISBN: 84-226-9522-7.] 

miércoles, 10 de febrero de 2021

La azucarera.- Naguib Mahfuz (1911-2006)

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23

 «-Todos los coptos son wafdistas -dijo Riyad decididamente-, pues el Wafd es un partido totalmente nacionalista. No es un partido religioso y turco como el Partido Nacional, sino el partido del nacionalismo, que hará de Egipto una nación libre para los egipcios por encima de sus razas y de sus religiones. Los enemigos del pueblo saben eso, y por ello los coptos han sido objeto de represión manifiesta durante la época de Sidqi, y la van a tener que soportar a partir de ahora…
 Kamal le felicitó por esa sinceridad que confirmaba su amistad con el sello de la perfección; pero le apeteció preguntar irónicamente:
 -¿Tú me hablas de los coptos? ¿Tú que sólo crees en la ciencia y en el arte?
 Riyad se refugió en el silencio. Habían llegado ya a la calle de el-Azhar, que el aire frío barría con cierta violencia. Luego pasaron por una tienda de basbusa y Kamal lo invitó a tomar un trozo. Tan pronto como cogieron el platillo se echaron a un lado para comérsela.
 -Yo soy librepensador y copto a la vez –repuso Riyad-. Es más, agnóstico y copto a un tiempo. Pienso muchas veces que el cristianismo es mi patria, no mi religión. A veces, cuando he sometido estos sentimientos a mi razón, me he sobresaltado. Pero, despacio, ¿no es una cobardía que yo me olvide de mi gente? Hay una sola cosa capaz de hacerme olvidar este dilema: el estar enteramente inmerso en el total nacionalismo egipcio tal como lo quería Saad Zaglul. El-Nahhás es musulmán de religión, pero nacionalista también en todo el sentido de la palabra. Ante él sólo nos sentimos egipcios; ni musulmanes ni coptos. Yo puedo vivir feliz sin agobiarme con estos pensamientos. Pero vivir, vivir realmente es, al mismo tiempo, una responsabilidad.
 Mientras saboreaba su dulce, Kamal meditaba, con el pecho agitado de sentimientos. Los rasgos de Riyad eran los del genuino egipcio que recordaban las figuras faraónicas, suscitándole esto muchas reflexiones: “La postura de Riyad es de una validez innegable. Yo mismo –dividido entre mi razón y mi corazón- sufro, como él, la escisión de mi personalidad. ¿Cómo puede vivir una minoría en el seno de una mayoría que la reprime? El mérito de los mensajes celestiales se mide ordinariamente por la prosperidad que le proporcionan al hombre, teniendo como primera misión el tender la mano a los oprimidos”.
 -No me censures –dijo. Yo he vivido sin chocar hasta ahora con el problema racial. Desde un principio mi madre me enseñó a amar a todo el mundo. Luego he crecido en el ambiente de la revolución al margen de las sospechas del fanatismo. Nunca conocí este problema.
 -Sería de desear –dijo Riyad mientras ambos reemprendían el camino- que eso no fuera problema en absoluto. Me apena decirte con toda franqueza que nosotros hemos crecido en casas en las que no faltan recuerdos negros y tristes. Yo no soy un fanático, pero quien desdeña el derecho de un hombre en el lugar más remoto del mundo, no ya en su casa, desdeña todos los derechos humanos.
 -¡Hermosa expresión! No es extraño que los verdaderos mensajes de los humanistas procedan la mayoría de las veces  de los medios minoritarios, o de hombres ocupados de la mentes minoritarias de la humanidad; pero siempre hay fanáticos…
 -¡Siempre y en todo momento! La gente es joven y el animal viejo. Los fanáticos de vuestro bando nos consideran malditos infieles, y los nuestros os consideran a vosotros infieles y usurpadores, diciendo de sí mismos ser descendientes de los reyes de Egipto, que fueron capaces de salvaguardar su religión pagando la capitación…
 Kamal se rio en voz alta mientras decía:
 -¡Todos decimos lo  mismo! ¿Crees que la base de esta controversia es la religión, o que la naturaleza humana es siempre proclive a la discordia? Ni los musulmanes forman una unidad, ni tampoco los cristianos. Encontrarás continuas disputas entre shiíes y sunníe
s, entre higazíes e iraníes, y del mismo modo entre wadfistas y constitucionales, entre los estudiantes de letras y los de ciencias, entre los equipos Nacional y Arsenal. Pero, a pesar de todo eso, ¡qué tristes nos ponemos cuando leemos en los periódicos la noticia de un terremoto en Japón! Escucha, ¿por qué no tratas de esto en tus novelas?
 -El problema de los coptos y los musulmanes…
 Riyad Quldus guardó un silencio; luego dijo:
 -Temo ser mal entendido…
 Tras otro instante de silencio, continuó:
 -Luego, no olvides, sheyj, que nosotros, a pesar de todo, estamos en nuestra época dorada. En el pasado el sheyj Abd el-Aziz Gawísh se inventó que los musulmanes fabricaban su calzado con nuestra piel…
  -¿Cómo extirparemos este problema de raíz?
 -Afortunadamente se ha fundido en el problema general del pueblo. El problema de los coptos hoy es algo que concierne al pueblo; si se le deja en libertad, nosotros también lo estamos…
Resultado de imagen de la azucarera naguib mahfuz “La felicidad y la paz… Ése es el sueño perseguido. Mi corazón vive sólo por el amor, pero ¿cuándo conocerá mi razón su camino? ¿Cuándo diré con el mismo tono de mi sobrino Abd el-Múnim, “sí, sí”? Mi amistad con Riyad me ha enseñado cómo leer sus novelas, pero ¿cómo creer en el arte, cuando me he encontrado con que la propia filosofía es como un palacio inhabitable?”
 -¿En qué estabas pensando ahora? –le preguntó Riyad de repente, mirándolo de reojo-. ¡Dime la verdad!
 Kamal se dio cuenta de lo que había detrás de la pregunta y la contestó sin ambages:
 -¿No te ha molestado mi franqueza?
 -¿A mí? ¡Que Dios te perdone!
 Riyad se echó a reír como disculpándose; luego preguntó:
 -¿Has leído la última?
 -Sí, es estupenda; pero me hace pensar que el arte es una actividad nada seria, con la salvedad de que yo no sé qué es lo más importante en la vida humana: lo serio o lo divertido. Tú tienes una alta cultura científica y, sabios aparte, eres posiblemente el más entendido en ciencia. Pero toda tu actividad se desperdicia en escribir novelas y yo a veces me pregunto: ¿qué obtienes tú de la ciencia?
 -Me valgo de la ciencia para transmitir al arte el culto por la verdad –repuso Riyad Quldus con entusiasmo-, la fidelidad a los principios y el asumir con valor, por amargo que resulte, la integridad en el juicio y la tolerancia completa con las criaturas…
 “Grandes palabras pero ¿qué relación guardan con la distracción de las novelas?”
 Riyad Quldus se le quedó mirando y leyó la duda en su rostro. Se echó a reír en voz alta y luego dijo:
 -Tienes una pobre opinión del arte, pero mi consuelo es que nada en el mundo podrá estar a salvo de tu duda. Nosotros opinamos con nuestros intelectos, pero vivimos con nuestros corazones. Tú, por ejemplo –a pesar de tu actitud escéptica-, amas, actúas y participas en la vida política de tu país. Detrás de cada uno de estos aspectos hay un principio, consciente o inconsciente, no menos fuerte que la fe. El arte es la interpretación del hombre del universo y, en este sentido, entre los intelectuales hay quienes participan con su arte en la escaramuza universal de las ideas; han transformado así el arte en arma de combate sobre el campo de la lucha universal. No es posible que el arte sea una actividad frívola…
 “¿Defensa del arte o valor del artista? Si un simple pipero tuviera la capacidad de disentir, probaría que él desempeña un papel importante en la vida de la humanidad. Y es probable que cada cosa tenga un valor determinado, como lo es que no lo tenga en absoluto. ¿Cuando millares de seres están expirando en este momento, mientras que al mismo tiempo se alza la voz de un niño llorando porque ha perdido su juguete, o la de un enamorado que transmite a la noche y al universo las penas de su corazón, río o lloro?”
 -A propósito de lo que dices de la lucha universal de las ideas –dijo-, permíteme decirte que está reflejada en pequeño en mi familia. ¡Tengo un sobrino que es hermano musulmán, y otro comunista!...
 -Sería necesario que, tarde o temprano, existiera algo así en cada casa. Ya no vivimos en una botella. ¿Tú nunca has pensado en estas cosas?
 -He oído cosas sobre el comunismo a través de mis estudios de filosofía materialista, así como sobre el fascismo y el nazismo.
 -¡Tú lees y tomas notas! ¡Un historiador sin historia! Me gustaría que el día en que salgas de esta actitud lo considerases como el feliz día de tu nacimiento…
 Kamal se sintió molesto por tal observación, porque era una crítica mordaz, de una parte, y porque no carecía de verdad, por otra. Luego dijo, eludiendo todo comentario:
 -Ningún comunista ni hermano musulmán en nuestra familia tiene un conocimiento firme de lo que cree…
 -¡La fe es voluntad, no ciencia! Hoy el cristiano más corriente sabe del cristianismo el doble de lo que sabían los mártires y lo mismo ocurre con nosotros en el Islam…
 -¿Y tú crees en una de esas doctrinas?
 -No hay duda de mi desprecio por el fascismo y por el nazismo y por todos los regímenes dictatoriales –repuso Riyad tras una reflexión-. En cuanto al comunismo, está en disposición de crear un mundo libre de la tragedia de las diferencias de razas, de las religiones y de la lucha de clases. Pero mi interés primordial está centrado en el arte.
 -El Islam –dijo Kamal con algo de ironía en su voz- ya ha creado este mundo del que tú hablas, hace más de mil años…
 -Pero es una religión. El comunismo es una ciencia; la religión es una leyenda.
 Luego, corrigiéndose, dijo sonriendo:
 -Y nosotros convivimos con los musulmanes, no con el Islam…»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Martínez Roca, 2006, en traducción de Eugenia Gálvez Vázquez, Carmen Gómez Camarero, María Dolores López Enamorado, Fernando Ramos López, Clara María Thomas de Antonio, Rafael Valencia, pp. 135-139. ISBN: 84-270-3247-1.]