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miércoles, 30 de junio de 2021

Escritos.- Kazimir Malévich (1879-1935)


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Las banderas en la calle

Una arquitectura que abofetea al hormigón armado (1918)

 «El arte ha sacado sus vanguardias de los túneles de tiempos pasados.
 El cuerpo del arte se reencarna incansablemente y refuerza la base de su esqueleto con los lazos tenaces y sólidos de la armonía con el tiempo.
 Los volcanes de nuevos embriones de fuerzas creadoras lo barren todo, descomponen el viejo caparazón y fabrican uno nuevo.
 Cada siglo corre más deprisa que el precedente, toma una carga más pesada, se construye carreteras de hormigón armado.
 Nuestro siglo corre a la vez hacia los cuatro puntos cardinales, como el corazón que se agranda aparta las paredes del espacio, penetrando por todo.
 La época prehistórica se lanzó por una sola línea, a continuación por dos y luego por tres; actualmente, nuestra época se lanza al espacio por cuatro líneas, despegándose de la tierra (1).
 El futurismo ha esbozado los nuevos paisajes de la rápida sucesión de las cosas en la época actual, ha expresado sobre los lienzos el nuevo dinamismo de la vida del hormigón armado.
 Así, el arte pictórico ha progresado tras las huellas de la técnica de las máquinas modernas.
 La literatura ha abandonado el trabajo de funcionario de la palabra, se ha aproximado a la letra y ha desaparecido en su esencia.
 La música ha abandonado la melodía del salón, las tiernas arias, para ir hacia el sonido puro como tal. El arte entero ha liberado su rostro del elemento exterior, sólo la arquitectura lleva todavía en la cara los granos de la época actual y las verrugas del pasado que no dejan de crecer.
 Por obligación los más bellos edificios se apoyan en columnas griegas, muletas de lisiado.
Por obligación la corona de hojas de acanto ciñe el edificio.
 El rascacielos con sus ascensores, sus lámparas eléctricas, sus teléfonos, está decorado con venus, querubines y los diferentes atributos de la época griega.
 Por otro lado el difunto estilo ruso no da tregua.
 De repente sobrenada; algunos originales piensan incluso en resucitarlo y manchar con sus excentricidades los campos del siglo de la rapidez.
 Aquí está Lázaro que camina resucitado sobre hormigón y asfalto, levanta la cabeza para mirar los hilos eléctricos, se asombra a la vista de los automóviles y pide volver a su tumba.
 Los tranvías, automóviles y aeroplanos consideran también con asombro al desgraciado ciudadano y, apiadados, le dan tres kopecks.
 ¡El ridículo e insignificante Lázaro resucitado con su manto, entre la velocidad desenfrenada de nuestras máquinas eléctricas!
 Sus hombros son lamentables y el tiempo que carga sobre su espalda lo aplastará como una torta. Señores originales, dense prisa en llevarse los cadáveres de sus venerables sabios que obstruyen el acceso a los rápidos del espíritu joven.
 No impidan que corra. No impidan que el nuevo cuerpo temple sus músculos vivos.
 Persuádanse de que a pesar de todos sus esfuerzos para resucitar un cadáver, no deja de ser un cadáver.
 Sólo la imaginación enfermiza e ingenua del arquitecto original supone que un cadáver untado de hormigón y forjado con metal será capaz de sostener su esqueleto podrido.
 La falta total de talento, la indigencia de fuerzas creadoras, nos obligan a errar por los cementerios y a arrancar podredumbre.
 Los últimos edificios con los que se ha enriquecido Moscú: la estación de Kazán y el Ministerio de Finanzas, el pasaje Afanasiev, prueban evidentemente la nulidad de los constructores.
 En su carrera nerviosa nuestro tiempo palpita inmensa y violentamente sin un instante de reposo; su impulso es impetuoso y fulminante, cada segundo que ve nacer un puntito rojo desencadena la indignación. Nuestra época es la de la velocidad.
 ¡Y resulta que quieren que esta velocidad lleve el traje del mamut y arreglar las catacumbas de Kiev para los partidos de fútbol!
 Ridículo proyecto. No hay que aprisionar a nuestro siglo XX en el caftán del zar Alexis Mijailovich ni ponerle el gorro de Monómaco; tampoco se lo debe sostener con columnas griegas de elegante pesadez. Todo eso se reducirá a cenizas bajo la presión de nuestra fogosidad.
 Yo vivo en la inmensa ciudad de Moscú, espero que se reencarne y me siento feliz cada vez que veo demoler un hotelito particular que data del tiempo de los Alexeiev.
 Espero con impaciencia que la casa recién nacida sea contemporánea de su padre y de su madre, llena de vida y de fuerza.
 En realidad, todo ocurre de otra manera, menos complicada pero original: se recoge al muerto, se lo entierra y bajo Rogneda, al lado del cuerpo y en su lugar, crecen los cimientos, se coloca la construcción enfoscada o previa según las recetas del hormigón armado, se instalan vigas con sección de T en los lugares podridos.
Resultado de imagen de kazimir malevich escritos Cuando la venerable estación de Kazán expiró en su tiempo (muerta porque su esqueleto no podía contener la carrera moderna), creí que se reconstruiría en su lugar un cuerpo esbelto y poderoso, capaz de sostener la riada de la época actual.
 Envidié al constructor que podría manifestar su fuerza y realizar el gigante que la potencia iba a poner en el mundo.
 Pero se le encargó a un original. Tomó el ferrocarril y se fue al servicio de pompas fúnebres arqueológicas de Novgorod y Iaroslavl, a consultar la lista de muertos consignados en el registro.
 Quiso jugar al nacionalista, no es más que un mero incapaz.
 ¿Se han imaginado los jefes de la línea de Kazán nuestro siglo, el del hormigón armado? ¿Han visto las bellas criaturas de músculos de hierro que son las locomotoras de doce ruedas?
 ¿Han oído su vivo aullido? La calma es el suspiro. El gemido es durante la carrera. ¿Han visto las luces vivas de los semáforos? ¿Ven la carrera de los viajeros?
 Evidentemente, no. Han visto frente a ellos el cementerio del arte nacional y han concebido como un cementerio toda la vía férrea con sus ramales. Esto es lo que han realizado con un edificio que pretendía ser contemporáneo.
 ¿Se ha preguntado el constructor lo que es una estación? Aparentemente, no. ¿Ha comprendido que una estación es una puerta, un túnel, la pulsión nerviosa del estremecimiento, el aliento de la ciudad, su vena vibrante, su corazón palpitante?
 Expresos de doce ruedas corren allí como meteoritos, jadeantes, se hunden en la laringe del cuello de hormigón armado, otros se lanzan fuera de la garganta de la ciudad llevando una multitud de viajeros, que se agitan como vibriones en el organismo de la estación y de los vagones.
 […]
 La estación es el volcán de la vida, no hay allí lugar para el reposo.
 ¡Y se coloca sobre la fuente hirviente de los rápidos la techumbre de los viejos monasterios!
 El hierro, el hormigón, el cemento, la electricidad son ultrajados como la joven que ultraja el amor de un viejo.
 Las locomotoras rugen de odio viendo un hospicio ante ellas.
 ¿Qué esperan entonces las paredes de cemento? Esperan ser pintarrajeadas por los pintores de antiguos iconos, alimentadas con los pasteles bien dorados y el esteticismo de las viejas confiterías de la pintura.
 Las vanguardias de las destrucciones revolucionarias avanzan por toda la humanidad del mundo, la vida se deshace de la vieja cosecha, en los lugares del campo revolucionario deben construirse edificios apropiados.
 Estamos en el punto culminante de la fuente moderna, el reino de las máquinas, de los motores, su funcionamiento en la tierra y en el espacio.»

(1)   Malévich se refiere a la “cuarta dimensión”. [N. del T.]
(2)   Vladimir Monómaco, príncipe de Kiev (1113-1125) [N. del T.]
(3)   Rogneda, hija del príncipe Polotski y mujer del príncipe Vladimir de Kiev. [N. del T.]
  

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Síntesis, 2007, en traducción de Miguel Etayo, pp.353-357. ISBN: 978-84-975654-4-8.]

miércoles, 24 de marzo de 2021

Orient-Express: de Pontoise a Estambul.- Edmond About (1828-1885)


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II.-El Danubio

 «Atravesamos los bosques, los viñedos, las tierras de cultivo de Wurtemberg sin mayor preocupación que cumplir nuestro propio aseo de la mañana. Esta pequeña observación no es, sin embargo, baladí. El confort es de algún modo como los premios: cuando lo pruebas, ya nunca te acostumbras a no tenerlo. A fuerza de bienestar, nos hemos vuelto cada vez más exigentes, y las dos cabinas de aseo, que se abren en cada extremo de los wagon-lits, no son suficientes; nos harían falta, como mínimo, cuatro. Al menos están instaladas con todo lujo: ampliamente provistas de jabón, agua caliente y fría y mantenidas en un estado de irreprochable limpieza por parte de los sirvientes o ayudas de cámara. Pero, sea por los aseos, o por las otras necesidades a las que te obliga la vida, no pueden albergar más que a un viajero cada vez. Estamos obligados a esperarnos unos a otros y, a veces, durante largo tiempo. Este es el único desiderátum de las delicias de esta Capua rodante que, creo, no es posible construirla mejor de lo que se ha hecho. Consideremos, por otra parte, que el común de los mortales, viajeros de un tres Express, daría mil gracias a los dioses si dispusieran de al menos un aseo para cada cien personas. Nosotros contábamos con dos para veinte.
 En Baviera, no lejos de la ruinosa e inútil fortaleza de Ulm, nos topamos con primera vez con el Danubio, el bello Danubio azul, que se llama también, y puede ser que con mayor justicia, die schmutzige Donau, el sucio Danubio. También descubrimos otra cosa, que nos conmovió más si cabe. El vagón restaurante, donde tan buena comida nos ofrecían y donde fácilmente nos pasábamos tres horas a la mesa, tenía un ligero defecto en la construcción. El eje se recalentaba: un olor a grasa quemada, que advirtieron unos ingenieros de gran olfato. No suponía peligro, pero era necesaria una reparación y no se podía llevar a cabo en marcha. El jefe de la estación de Munich nos lo dijo. Habría que desmontar prácticamente todo el vagón, nuestro maravilloso vagón restaurante con todas sus dependencias, justo cuando íbamos a tomar café. Pero hay que rendirse. Esta Compañía de Vagones Durmientes tenía todo previsto, igual que cuando se prueba cualquier nuevo material. En menos de cinco minutos, el cocinero, el jefe del comedor y el resto del personal embarcaron en otro vagón comedor, no tan nuevo, y menos brillante que el primero, pero provisto de todo lo necesario e incluso lo innecesario. Hasta Giurgewo, donde tuvimos que bajar del tren, para continuar viaje por Bulgaria, nada nos faltó: ni mantequilla fresca de Isigny, ni vinos finos, ni frutas ni cigarrillos. Y cuando volvimos de Constantinopla, nos encontramos de nuevo en Giurgewo con nuestro maravilloso restaurante, completamente nuevo, que había sido reparado en Munich.
 Durante los escasos momentos que pasamos en la capital de Baviera, pudimos admirar no tanto su arquitectura, pero al menos las estaciones monumentales que la Alemania victoriosa ha construido a costa nuestra. No solamente las hemos pagado, sino que nos podrían costar más caro; pues están manifiestamente construidas contra nosotros. Estos halls inmensos, donde toda congestión de viajeros es imposible, pueden convertirse en establecimientos militares de primer orden. No es necesario ser un maestro en estrategia para pensar en el número de batallones y baterías que podrían desembarcar aquí, en menos de 24 horas, con destino París. Me gustaría pensar que nuestro Estado Mayor ha seguido el ejemplo del general Moltke, pero no estoy muy seguro.
 Hemos cruzado la frontera de Austria. Nos hemos tenido que adaptar a diferentes husos horarios: a la hora de Praga; después a la de Munich, a la hora de Stuttgart y la hora alemana. Una de las particularidades de la monarquía austro-húngara es que tienen dos horarios a la vez, uno en Praga, otro en Pest; la hora bohemia y la hora magiar. Sólo la hora de Viena no existe, porque, probablemente, la hora de Viena está reglada sobre los ilustres péndulos de Berlín. El reloj de nuestro vagón restaurante habría debido enloquecer con la confusión de todos estos meridianos políticos, pero, gracias a una inteligente medida de neutralidad, se prefirió dejar olvidada en París la llave con la que darle cuerda. En cuanto a nosotros, hemos decidido, desde Estrasburgo, no tocar nuestros relojes.
 En la estación de Viena, dos voces femeninas rompieron la monotonía a media noche. Voces encantadoras en cualquier caso, y, además, voces de mujeres que transmitían alegría. Cuando cuatro ingenieros franceses se apearon para ver la Exposición de la Electricidad, un alto funcionario de los ferrocarriles del Estado austríaco, Von Scala, su mujer y su cuñada, aprovecharon para subirse. Un elemento nuevo y extremadamente delicado venía a mejorar nuestros placeres y a atemperar agradablemente la alegría de una numerosa reunión de hombres. La señora Von Scala era extraordinariamente bella: un tipo inglés animado por una fisionomía vienesa. Su hermana Léonie Pola era todo lo contrario de una belleza clásica, pero tenía un gran espíritu, tanta gracia y buen humor que siempre resultaba agradable. Las dos preciosas hermanas tenían, por lo demás, un talle encantador y una exuberancia de cabellos tan rubios como el oro, que encuadraban su fineza y que hubieran sido una maravilla en París.
 El Imperio austrohúngaro estaba bien representado en nuestra caravana. Entre otros, se encontraba el señor Wiener, secretario general de los Ferrocarriles Orientales y hermano de un célebre explorador del Amazonas. Yo mismo había recorrido Hungría hacía una docena de años con mi amigo Camilo, quien se había hecho monje laico en Roma y que, de vez en cuando, me escribía bonitas cartas. Entonces habíamos atravesado juntos estas mismas y vastas llanuras, que parecían estar cultivadas por genios invisibles, pues en aquella época –junio de 1869- el trigo maduro abundaba y, sin embargo, se buscaría en vano a los agricultores e incluso sus propios pueblos. Después de la ciudad feudal de Buda y su vecina y trabajadora localidad de Pest, hasta la extraña Colonia de los Confines Militares no habíamos visto otros seres vivos que caballos nerviosos, bueyes con largos cuernos y búfalos semisalvajes. Me parece que hoy día los cultivos han progresado. El hombre se hace visible, se ven más plantaciones, más árboles frutales y, sobre todo, más viñas. La viña enriquecerá los países, si la filoxera no nos lleva a la ruina. En cada estación nos ofrecen grandes racimos de uva, tan deliciosos, que difícilmente se les puede poner algún pero. Muy azucarados: habría que tener la sabiduría y el conocimiento de estos vendimiadores para transformar todo este azúcar en alcohol.
Resultado de imagen de orient express de pontoise a estambul Seguimos, a través de las ventanillas de cristales sin teñir, la recolección del maíz. La sequedad del verano ha ralentizado el desarrollo de las mazorcas. Las bestias tendrán comida en abundancia, pero ¿y los hombres? He aquí un carro que lleva la cosecha de cinco o seis hectáreas; está lleno hasta la mitad. Por suerte, las calabazas que se cultivan entre ellos no deben dar malos resultados. Y después, hay manadas de ocas blancas, que se dirían embaladas por un confitero, tales son sus plumas de ligeras y rizadas. Los criadores francesas las pagan hasta 30 ó 40 francos la pareja; aquí el campesino las venderá a veinte sous la pieza, si están bien criadas. La caza ofrece también recursos a los aventureros magiares. Admiramos la espléndida figura de dos magníficos hombres, grandes y fuertes, precedidos de dos perros; vestidos con una camisa blanca y un calzón del mismo color, marchaban orgullosamente con sus pies desnudos en alpargatas. Estas vastas llanuras sin tráfico, sin luces ni trampas, parecen haber sido creadas para la multiplicación de la perdiz. Vendrán a buscarlas aquí, cuando la caza furtiva acabe en nuestra tierra con las últimas; me atrevería a afirmar que esto ya ocurre y que gran parte del éxito de Hungría tendrá que ver precisamente con la repoblación de nuestra raza.
 ¿Dónde estamos? No lo sé. Supongo que en alguna parte entre Pest y Temeswar. El tren se detiene y somos recibidos por la música de los zíngaros. A decir verdad, estos músicos no son zíngaros más que de nombre. Si sus tipos son húngaros, sus modos de vestir no causarían apenas sensación en la Ferté-sous-Jouarre. Pero, bohemios o no, tienen el diablo en el cuerpo y tocan con brío maravilloso no sólo sus canciones tradicionales, sino la música de Rouget de L’Isle, que tocan en honor de los huéspedes franceses. Les aplaudimos, pero nadie se atrevió a pedirles un bis; sería poco amable por nuestra parte, una especie de orden de un superior a un inferior. Sí se oyeron algunas palabras que transmitían lo mucho que nos gustó, pero me temo que no captaron la idea de que estaríamos encantados con algo más de música.
  La locomotora empezó a silbar, así que ¡adiós música! Pero no, estoy equivocado. La orquesta ha pasado al vagón de equipajes; pronto pasan al salón comedor, donde se les abre un hueco entre mesas y sillas, mientras los más jóvenes bailan con los amables vieneses un vals. Esta breve fiesta no terminará sino en Szegedin. No sólo es la música lo que hace interrumpir la trayectoria al Orient-Express, entre dos estaciones, sino la gastronomía: los bon-vivants de los diversos países que atravesábamos me dicen que, precisamente, no tienen el más mínimo inconveniente en subir al tren dos o tres horas para degustar la finura de la cocina francesa y saborear los excelentes vinos del señor Nagelmackers.
La población que nos viene a ver es cada vez más abigarrada y variopinta. Los impecables uniformes militares no pasaban desapercibidos; al vuelo se podía percibir una extraordinaria variedad de tipos y de trajes, la mayoría admirables. Los húngaros no son solamente una minoría en la monarquía austríaca, sino que comparten su tierra con millones de serbios, que son eslavos, y millones de rumanos, que son descendientes de los soldados de Trajano. En cuanto a ellos, son turcos, turcos cristianos, pero turcos auténticos. Sus cualidades y sus defectos, como su lengua, atestiguan este origen, del que no hay que sonrojarse, pues los turcos son una raza noble y una nación muy valerosa.
 La ciudad de Szegedin, cuyas desgracias han conmovido al mundo entero, se ha reconstruido de nuevo y ahora luce más hermosa, más regular y más confortable de lo que ha sido jamás. El hogar es lo menos importante de estos rudos hombres campesinos, a cuyas mujeres y niños les gusta vivir al aire libre o, cuando el frío es demasiado fuerte, apiñados en verdaderos antros. Lo que distingue verdaderamente la civilización oriental de la nuestra es la ausencia completa de capital inmobiliario. En los barrios de Londres o París, la propiedad construida supone un valor de millones de millones. Aquí se puede recorrer cien kilómetros sin encontrar una casa que valga cien mil francos. La construcción del ferrocarril es una feliz derogación de esta regla general. Parece, no obstante, que este progreso se ha producido con medio siglo de adelanto, pues el tráfico es muy escaso: podemos recorrer territorios durante cuatro o cinco horas sin cruzarnos con ningún otro tren.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Confluencias, 2018, en traducción de José Jesús Fornieles Alférez, pp. 36-45. ISBN: 978-84-948202-0-5.]

sábado, 1 de agosto de 2020

Obra poética.- Léopold Sédar Senghor (1906-2001)

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Mujer negra [del libro Cánticos de Sombra]

  «Mujer desnuda, mujer negra, / vestida con tu color que es vida, con tu forma que es belleza.
He crecido a tu sombra; la dulzura de tus manos era como una cinta para mis ojos, / y resulta que ahora,
en medio del Verano, en el corazón del Mediodía, te descubro, desde lo alto de un collado calcinado, / tierra prometida.
Y tu belleza me sacude en pleno corazón, como un relámpago de águila.
Mujer desnuda, mujer oscura.
Fruto maduro de la carne prieta, oscuros éxtasis del vino tinto, boca que cambia en lírica mi boca,
sabana de horizontes purísimos, sabana estremecida en las caricias fervientes del viento de Levante,
tam-tam esculpido, tam-tam tensado que retumba golpeado por los dedos vencedores;
tu voz grave de contralto es el canto espiritual de la Bien Amada.
Mujer desnuda, mujer oscura.
Aceite que no plisa ningún soplo, aceite apaciguado en el costado del atleta, en el costado
de los príncipes de Malí,
gacela de lazos celestes, las perlas son estrellas por la noche de tu piel,
placeres del espíritu que juega,
son los reflejos del oro rojo por tu piel que hace aguas, a la sombra de tu pelo,
mi angustia se ilumina
por los soles cercanos de tus ojos.
Mujer desnuda, mujer negra.
Yo canto tu belleza que pasa, forma que fijo en lo Eterno,
antes de que el Destino envidioso te transforme en cenizas que alimenten las raíces de la vida.

Nieve en París [del libro Cánticos de Sombra]

 Señor, has visitado París el día mismo de tu nacimiento.
Porque se estaba volviendo mezquino y malvado
lo has purificado en el frío incorruptible,
en la muerte blanca.
De madrugada, hasta la chimeneas fabriles que al unísono cantan,
desplegando cual frondas sus blancos retales.
-“¡Paz a los hombres de buena voluntad!”
Señor, le has ofrecido la nieve de tu paz a un mundo dividido, a una Europa dividida,
a una España desgarrada,
y el Rebelde judío y el católico han disparado sus mil cuatrocientos cañones contra las montañas de tu Paz.
Señor, he acogido tu blanco frío que quema aún más que la sal.
Mira mi corazón que se derrite como nieve en el sol.
Me olvido
de las manos blancas que dispararon los fusiles que derrumbaron los imperios,
las manos que flagelaron los esclavos, y que te flagelaron,
las manos blancas polvorientas que te abofetearon, y las manos pintadas que me han abofeteado,
las manos firmes que me han condenado a la soledad y al odio,
las manos blancas que talaron los bosques de borasos que reinaban en África, en el centro de África,
rectos y duros, los saraes tan hermosos como los primeros hombres que salieron de tus manos morenas.
Talaron la selva negra para hacer traviesas de ferrocarril,
talaron las selvas de África para salvar la Civilización, porque les faltaba la materia prima humana.
Señor, no sacaré mi reserva de odio, lo sé por los diplomáticos que hoy nos enseñan sus afilados caninos
y que negociarán mañana con la carne negra.
Mi corazón, Señor, se ha fundido como la nieve por los tejados de París,
en el sol de tu dulzura.
Y es dulce con mis enemigos, con mis hermanos, los de las manos blancas sin nieve,
pero también por culpa de las manos de escarcha, de noche, que recorren mis mejillas ardientes.

Ya es tiempo de marcharse [de Más allá de Eros, del libro Cánticos de Sombra]
Obra poética - Ediciones Cátedra
 Ya es tiempo de marcharse, ya no debo hundir más mis raíces de ficus en la tierra ubérrima y blanda.
Oigo el ruido punzante de las termitas que vacían mis piernas de su juventud.
Ya es tiempo de marcharse, de enfrentarse a la angustia de las estaciones, al viento que comba y afeita los andenes de las estaciones de provincia sin techo,
la angustia de las partidas sin una mano cálida en tu mano.
Tengo sed, tengo sed de espacios y de aguas nuevas, tengo sed de beber en la urna de un rostro reciente en el sol,
y no me alejan el ansia ni los cuartos de hotel ni la soledad retumbante de las grandes ciudades.
Es ya primavera -¡partamos!- este sudor nocturno, el despertar embriagado… la espera…
Escucho, aérea –y más hondo el redoble de las ruedas por los rieles- la larga trompeta que le interroga al cielo.
Mas tal vez sólo sea el relincho silbante de mi sangre que se acuerda
cual potro encabritado que cocea en la aurora del último Marzo.
Ya es tiempo de irse.
Está claro que éste es tu mensaje.
¿Era en baile de la Primavera donde tus ojos abiertos te precedían?
Tú, tan semejante a aquella de antaño, con tu cara sarracena y tu cabeza negra que restallaba como la cumbre de Esterel.
Tus compañeras se apartaban, días lechosos de invierno o palomas bajo las flechas de una diosa.
Mi mano reconocía tu mano, mi rodilla tu rodilla, y volvimos a encontrar el ritmo primero,
y te marchaste.
Ya es tiempo de irse.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1999, en traducción de Javier del Prado. ISBN: 84-376-1733-2.]
     

viernes, 24 de abril de 2020

Industrias y andanzas de Alfanhuí.- Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019)

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VI.-Donde doña Tere cuenta la historia de su padre y particularidades de la Silve y de don Zana

«Doña Tere era una señora pequeñita y con algunas canas. Tenía con sus huéspedes muchos miramientos y era muy simpática. Una noche en que don Zana no volvía, Alfanhuí se quedó mucho tiempo hablando con ella. Era viuda; su marido había sido maestro. De su marido era el único libro que quedaba en la casa. Un libro con pastas color naranja que tenía en la portada una muchacha soplando sobre un molinillo. El molinillo se deshacía en pequeños vilanos que volaban. El libro se llamaba "Petit Larousse Illustrée". Alfanhuí se entretenía mucho viendo las figuras.
 También contó la patrona la historia de su padre. Eran de Cuenca. Allí había conocido ella a su marido. Su padre era labrador y tenía algunas tierras. Una tarde se durmió arando con los bueyes. Y como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El hombre seguía andando, con sus manos en la mancera. Iban hacia Poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, al través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle. Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. Rompían las olas en sus pechos. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar. En un pueblo cercano preguntó dónde estaba y vendió sus bueyes y el arado. Luego cogió los dineros, y por el mismo surco que había hecho, volvió a su tierra. Aquel mismo día hizo testamento y murió rodeado de todos los suyos.
 Doña Tere había venido a Madrid con su marido y habían arrendado aquella casa. Después de muerto él, abrió la pensión. A Alfanhuí le gustaba escuchar estas historias de las vidas de las gentes. Miraba a doña Tere mover su boca y sus ojos, explicar su memoria serenamente, y en el tiempo que duraban sus palabras, Alfanhuí concebía el tiempo que habían durado aquellos hechos. Alfanhuí sintió afecto por doña Tere, que le mostraba tan dulcemente su memoria, su vida, como si fuera un cuarto más de la casa, con el mismo gesto cordial que si dijera: "Está a su disposición, para lo que usted mande."
 Luego hablaron de don Zana. Doña Tere dijo que tuviera cuidado con él:
 -No es tipo para usted.
 Doña Tere ponía todas las noches pescadillas rabiosas. Pero las pescadillas rabiosas eran allí más rabiosas que en ninguna otra parte. Silve las freía cantando un tango de Carlos Gardel. Siempre el mismo tango, que empezaba: Adiós, pájaro lindo...
 Silve tenía siempre buen humor, pero a veces era respondona. A doña Tere, en vez de enfadarla, le hacía gracia y le aplacaba riéndose y con buenas palabras. Alfanhuí se enteró de que la cabra y el huerto eran instituciones de la Silve. La cabra la había traído de su pueblo y de vez en cuando se lo echaba en cara a la patrona, como si aquello librara a la pensión de la ruina. Y así lo creía ella, y doña Tere se lo dejaba creer.
 -¡Alfanhuí, niño pálido! -solía decirle don Zana-, la gente es necia y ridícula. Tú me gustas porque eres como yo.
alfanhuí | sánchez ferlosio, rafael | ediciones - Comprar en ... Algunos días salían de paseo. Don Zana le enseñaba Madrid. Un día fueron a una estación a ver la salida del tren. Desde una hora antes empezó a llegar gente con maletas, con cestas de mimbre, hombres, mujeres, niños. Las mujeres solían llevar un pañuelo por la cabeza y tenían un gesto de apuro, de atención para tomar el tren. No podían atender a otra cosa y exageraban su preocupación. Lo disponían todo antes de llegar:
 -Tú te subes el primero; tú le das las maletas por la ventanilla; tú me coges la niña en brazos; tú tomas los asientos; tú...
 No había más hijos.
 Eran como hormiguitas aquellas mujeres. Y a poco el tren se iba llenando y los despedidores se quedaban en el andén. Luego había grandes besos colectivos, alguien lloraba. Pitaba el tren, los despedidores sacaban sus pañuelos hasta que desaparecía.
 Otro día iban por una calle de las afueras y vieron un enorme solar, más bajo que la calle, todo lleno de hierros herrumbrosos; había depósitos de agua, guardabarros de coche, calderas de locomotoras, tubos, vigas torcidas, cables, sillas, veladores e infinitas cosas más, todas como esqueletos. En un rincón había una montaña de botellas, color guardia civil, cubiertas de polvo. Abajo, estaba la casetita del guarda. Era un hombre viejo que aburría un cigarro, sentado en una silla a la puerta de su casa. Don Zana le preguntó:
 -¿Qué es lo que guarda usted, buen hombre?
 El guarda abrió la boca para contestar y se quedó mirando con ojos tristísimos todo su negro campo de hierros viejos, de destrozos llenos de herrumbre.
 Vieron pasar a los zíngaros que venían con sus panderos, la calle arriba. El oso, el camello, la mona, la cabra. Los niños acudían corriendo. Un gitano de unos cincuenta años y un enorme mostacho, hizo bailar al oso. Le cantaba una canción de bajo, monótona y simple. No tenía letra la canción, o la había perdido. El zíngaro no decía más que: "Ohooooh, ohoooh, ooohooh". Era una canción tártara o magiara, como la voz, como el mostacho. Luego, el zíngaro decía al oso:
 -¡Haz el borracho, Nicolaaás!
 Y el oso se revolcaba por el suelo. Los niños se reían. A duros cadenazos, volvía el gitano a levantar al oso y lo retiraba. Luego trabajaban el mono, el camello y la cabra, y bailaban las chicas, sucias y despeinadas, con claveles en el pelo. Algunos echaban perras en la gorra que les pasaban, otros las tiraban desde los balcones, pero casi nadie se detenía, porque todos lo habían visto mil veces y era un espectáculo triste y aburrido. Una gitana se acercó también a don Zana y Alfanhuí, y les tendió la pandereta. Don Zana le dijo:
 -El arte no se paga, chica.»
     
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1986. ISBN: 84-233-0803-0.]