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domingo, 9 de febrero de 2025

La revolución romana.- Ronald Syme (1903-1989)

 

XI.-Consignas políticas

 «En la Roma de la República, la literatura política, no refrenada por ley alguna contra la difamación, rara vez era aburrida, hipócrita o edificante. Las personas, no los programas, se presentaban ante el pueblo para ser examinados y aprobados. El candidato pocas veces hacía promesas. En su lugar, exigía el cargo como recompensa, haciendo alarde, en voz muy alta, de sus antepasados, y en caso de carecer de esta prerrogativa, de sus méritos personales. De otro lado, las salas de justicia, merced a los procesos, eran una vía de acceso a la promoción política, un campo de batalla para las enemistades privadas y las luchas políticas, un teatro para la oratoria. El mejor argumento era la injuria personal. En sus acusaciones de inmoralidad repugnante, de procedimientos deshonrosos, de ascendencia familiar ignominiosa, el político romano no conocía ni reparos ni límites. De ahí el cuadro alarmante de la sociedad contemporánea que ofrecen la oratoria, la sátira y los libelos.
 El crimen, el vicio y la corrupción de la última era de la República están encarnados en tipos tan perfectos en su género como lo son los paradigmas cívicos y morales de sus primeros tiempos. Lo cual es lógico, pues tanto el mal como el bien son creaciones de consumados artistas literarios. Catilina es el monstruo perfecto: el crimen y la degradación en todas sus formas. Clodio heredó su política y su carácter. Y Clodia cometió incesto con su hermano y envenenó a su marido. Las atrocidades de P. Vatinio alcanzaban desde los sacrificios humanos hasta la de llevar una toga negra en un banquete. Pisón y Gabinio eran una pareja de buitres, rapaces y obscenos. Pisón, en público, era todo cejas levantadas y gravedad antigua. ¡Qué disimulo, qué bajeza interior y qué orgías sin cuento entre cuatro paredes! Como capellán doméstico y maestro de sus vicios Pisón contrató a un filósofo epicúreo y corrompiendo a su corruptor le obligaba a escribir versos licenciosos. Esto en Roma; mas en su provincia, la lujuria corría pareja con la crueldad. Doncellas de las mejores familias de Bizancio no vacilaron en arrojarse a pozos para escapar de la lascivia del procónsul; los irreprochables reyezuelos de las tribus balcánicas, aliados fieles del pueblo romano, fueron condenados a muerte acusados de traición. El colega de Pisón, Gabinio, se rizaba el pelo, daba exhibiciones de danza en los festines de la alta sociedad y obstaculizaba brutalmente las legítimas ocupaciones de importantes financieros romanos en Siria. Marco Antonio no era sólo un facineroso y un gladiador, un borracho y un juerguista, era un afeminado y un cobarde. En lugar de combatir al lado de César en España, se escondía en Roma. ¡Qué distinto el joven y valiente Dolabela! Y suprema enormidad: sus alardes de afecto hacia su propia esposa eran una burla al decoro y a la decencia romanas.
 Había acusaciones más dañinas que el simple vicio en la vida pública romana: la carencia de antepasados, el baldón del comercio o de la escena teatral, la vergüenza de proceder de un municipio. Por el lado paterno, el bisabuelo de Octaviano era un liberto, un cordelero; por el lado materno, un sujeto sórdido de origen indígena africano, panadero o vendedor de perfumes en Aricia. En cuanto a Pisón, su abuelo no venía en absoluto de la antigua colonia de Placentia (Piazzenza), sino de Mediolanum (Milan), y era un galo, un ínsubro, que ejercía la desacreditada profesión de pregonero; o dígase peor aún, que había inmigrado hasta allí del país de los galos que usan pantalones, allende los Alpes.
 Las exigencias de la práctica de la abogacía, o los vaivenes de las relaciones entre las personas o los partidos, producen asombrosos conflictos entre los testimonios y cambios milagrosos de carácter. Catilina, después de todo, no era un monstruo; individuo complejo y enigmático, estaba en posesión de muchas virtudes, lo cual engañó durante algún tiempo a personas excelentes que nada sospechaban, incluido el propio Cicerón. Así lo decía el orador en su defensa de Celio, el joven descarriado y elegante. Los discursos en defensa de Vatinio y de Gabinio no se han conservado. Sabemos, sin embargo, que el extraño atuendo de Vatinio era simplemente el hábito de devotas e inocentes prácticas pitagóricas, y Gabinio había sido llamado una vez "vir fortis", un pilar del Imperio y del honor de Roma; L. Pisón, por su oposición a Antonio, adquiere temporalmente la etiqueta de buen ciudadano; sólo para perderla poco después, condenado por una descaminada política de reconciliación; y el acaso nos hace saber que el amigo epicúreo de Pisón no era otro que el intachable Filodemo de Gadara, ciudad reputada por su literatura y su erudición. Antonio había atacado a Dolabela, acusándolo de delitos de adulterio. ¡Mentira descarada y malvada! Pasan unos meses y Dolabela, por haber cambiado de bando político, delata su verdadera índole, tan detestable como la de Antonio. Desde su juventud había gozado con la crueldad; sus perversiones habían sido tales, que ninguna persona honesta podría mencionarlas.
   Según los ideales declarados de la aristocracia terrateniente, la riqueza adquirida con el trabajo era sórdida y degradante. Pero si la empresa y las ganancias eran lo bastante sustanciosas, los banqueros y los traficantes podían ser calificados de flor de la sociedad, orgullo del Imperio; ganan su propia dignitas y pueden aspirar a virtudes que están por encima de su posición social, incluso a la magnitudo animi de la clase gobernante. El origen municipal no sólo se hace respetable sino incluso motivo de legítimo orgullo: ¡al fin y al cabo, todos venimos de los municipia! Lo mismo un extranjero. Decidio Saxa es objeto de befa, como celtíbero salvaje: era seguidor de Antonio. Si hubiese estado del lado de los buenos, no hubiese sido menos elogiado que el hombre de Cádiz, el irreprochable Balbo. Ojalá que todos los hombres buenos y defensores de Roma y de su Imperio se convirtiesen en ciudadanos. En Roma no tenía importancia el sitio de donde un hombre venía, ¡no la había tenido nunca!
 La curtida tribu de los políticos romanos pronto adquirió la inmunidad a las formas más groseras de la injuria y de la deformación de los hechos. Estaban protegidos por su larga familiaridad, por su sentido del humor y por su habilidad para resarcirse. Algunas imputaciones, creídas o no, se convirtieron en chanzas clásicas, recordadas por amigos tanto como por enemigos. A Ventidio le llamaban "el mulero", el apogeo de ese tema pertenece a una época en que ya no puede hacerle daño. Y tampoco fueron los enemigos de César, sino sus propios soldados, quienes compusieron las usuales canciones licenciosas en el triunfo de César.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Taurus, 1989, en traducción de Antonio Blanco Freijeiro, pp. 197-200. ISBN: 84-306-1299-8.]

martes, 8 de junio de 2021

Los viajes de Sir John Mandeville.- John Mandeville (1300-1371) o Anónimo


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Segunda parte: Los países que están más allá de Tierra Santa

Capítulo 35: De las costumbres de los reyes y de los pueblos que viven en las islas adyacentes a la tierra de Preste Juan y de los honores que rinde el hijo al padre muerto

 «Desde esas islas, de las que antes os he hablado y que se hallan dentro de los dominios de Preste Juan, tierras que son nuestros antípodas, y también desde otras islas que están aún más allá, cualquiera que se lo propusiera podría retornar a su lugar de partida circunnavegando la tierra. Pero unas veces por causa de las islas, otras por causa del mar, y otras por causa del agotamiento que produce el remar, pocas personas intentan hacer esa ruta, aunque es posible, como ya os he dicho. Sin embargo, casi todos regresan desde las islas que han sido mencionadas, pasando por otras limítrofes con las tierras de Preste Juan.
 En el camino de vuelta encuentran una isla llamada Casson. La isla tiene una extensión de sesenta jornadas a lo largo y de cincuenta jornadas a lo ancho. Es la mejor isla y el mejor reino que existe en aquellas latitudes, exceptuando Catay. Y si los mercaderes frecuentasen esa tierra tanto como frecuentan Catay, harían que en poco tiempo fuese mejor que Catay. El país está densamente poblado y lleno de ciudades y grandes villas, muy pobladas también; se vaya adonde se vaya en este país, siempre que se sale de una ciudad aparece otra delante de los ojos. En esa isla hay gran abundancia de bienes y de todo tipo de especias. Hay también grandes bosques de castaños. El rey de la isla es muy rico y muy poderoso, pero a pesar de todo, la tierra que ocupa pertenece al Gran Kan, de quien es vasallo, pues esa isla es una de las doce provincias que pertenecen al Gran Kan, sin incluir en ese número su propio país y otras islas menores, que son muchas.
 Desde esa tierra, en el camino de vuelta, se llega a otra isla llamada Ryboth [Tíbet], que está también bajo el dominio del Gran Kan. Es un país muy bueno y muy abundante en toda clase de bienes, en viñas, en frutos y en todo tipo de riqueza. Sus habitantes no tienen casas, sino que viven y duermen bajo tiendas hechas de fieltro negro, diseminadas por todo el país. La ciudad principal [Lasa] y la más regia está toda amurallada con piedras negras y blancas, y todas sus calles están también pavimentadas con el mismo tipo de piedras. En esa ciudad nadie se atreve a derramar sangre humana o de animal, por respeto a un ídolo que es adorado allí. En esa isla vive el papa de su religión, al que llaman Lobassy [Gran Lama]. Él es quien distribuye todos los beneficios, los honores y todo lo que pertenece al ídolo. Todos los religiosos y feligreses de sus iglesias lo obedecen, lo mismo que se hace aquí con el papa de Roma.        
 En esa isla existe una costumbre, extendida por todo el país, que consiste en que cuando muere el padre de cualquier hombre, el hijo, deseoso de demostrar su gran respeto por el padre, manda llamar a todos sus amigos y a todos sus parientes, a monjes y sacerdotes, y también a un gran número de ministriles. Luego, con gran alegría y solemnidad, llevan el féretro a una gran montaña. Una vez que lo han llevado allí, el prelado principal corta la cabeza del cadáver y la pone en una gran bandeja de oro y de plata, si el muerto era rico. A continuación entrega la cabeza al hijo, y éste y todos sus parientes cantan y recitan muchas oraciones. Tras esto, los sacerdotes y los monjes cortan el resto del cadáver en trozos y dicen algunas oraciones. Y las aves rapaces de todo el país, familiarizadas con esa antigua costumbre, se concentran en aquel lugar revoloteando en el aire –águilas, milanos, cuervos y otras rapaces carnívoras. Después los sacerdotes tiran los pedazos de carne y cada una de las aves coge lo que puede, apartándose un poco de allí para comérsela. Y siguen actuando así mientras quede algún pedazo de la carne del muerto.
 A continuación, de la misma manera que nuestros sacerdotes cantan por los muertos Subvenite sancti dei et cetera, así esos sacerdotes cantan muy alto en su lengua: “Contemplad lo bueno y lo digno que era este hombre, pues los ángeles de Dios vienen a buscarlo para llevarlo al Paraíso”. Al hijo le parece que su padre es honrado de manera extraordinaria, cuando acuden  muchos pájaros y aves rapaces a comérselo. Creen que cuantas más aves acudan mucho más honrado será el muerto.
 Luego el hijo lleva a casa a todos sus parientes, a sus amigos y a todos los demás, y les da una gran fiesta. Allí todos los amigos comentan y alardean sobre el número de aves que acudieron –unos dicen cinco, otros seis, otros diez, otros veinte y otros más-, y disfrutan enormemente hablando de esto. A la hora de comer, el hijo hace traer la cabeza del padre, y da de comer de su carne a los amigos más íntimos, como si fuera un aperitivo o un entremés. Luego manda hacer con el cráneo un cuenco, por el que beben con gran respeto él y sus amigos en recuerdo del santo hombre al que los ángeles de Dios se han comido. El hijo, en recuerdo de su padre, guardará ese cuenco para beber durante toda su vida.
 Desde esa tierra y después de atravesar en el camino de vuelta el país del Gran Kan durante diez jornadas, hay otra buena isla que es un gran reino, cuyo rey es extraordinariamente rico y poderoso.
Resultado de imagen de los viajes sir john mandeville catedra Entre los hombres ricos de ese país, hay uno que supera a todos los demás. No es príncipe, ni duque, ni conde, aunque muchos de éstos ocupan sus tierras y algunas de sus posesiones. Pero él es el más rico de todos. Anualmente recibe de renta 300.000 caballos cargados de grano de diversos cereales y de arroz. Lleva una vida noble y refinada, conforme a las costumbres del país. Diariamente tiene a su servicio cincuenta doncellas, todas vírgenes, para servirle las comidas, para yacer con ellas por la noche y para hacer con ellas lo que le plazca. Cuando se sienta a la mesa, cada plato le es servido por un grupo de cinco doncellas que van cantando una canción. Le cortan la comida y se la ponen en la boca, pues él no toca nada con las manos, sino que las mantiene todo el tiempo delante de él, encima de la mesa, porque tiene unas uñas tan largas que no puede coger nada. En ese país es de una gran elegancia y distinción tener uñas largas y dejarlas crecer durante toda la vida. Muchos hombres de ese país tienen unas uñas tan largas que llegan a rodearles toda la mano, lo que es signo de distinción y nobleza. En las mujeres el signo de distinción consiste en tener pies pequeños. Y para ello, nada más nacer, les vendan tan fuertemente los pies que no pueden crecer ni la mitad de lo que deberían , pues la elegancia en ellas reside en tener los pies muy pequeños. Esas doncellas, de las que antes hablaba, cantan todo el tiempo mientras dura la comida de ese rico señor. Cuando termina con el primer plato, llegan otras cinco doncellas con el segundo, cantando como hacían las anteriores. Y así sucesivamente hasta el final de la comida, todos los días. Ése es el tipo de vida que lleva ese señor. Así vivieron, antes que él, sus antepasados y así vivirán sus descendientes, sin ninguna hazaña bélica en su haber, sino llevando una vida regalada, igual que un cerdo al que se da comer en la pocilga para que engorde. Tiene su residencia en un palacio muy hermoso y muy rico, cuyas murallas tienen un perímetro de dos millas. Dentro hay muchos jardines hermosos y preciosos salones y cámaras. El pavimento de los salones y cámaras es de oro y de plata. En el centro de uno de esos jardines hay un montículo con una pequeña pradera. Y en esa pradera hay un pequeño observatorio con torres y pináculos completamente de oro. En ese pequeño observatorio se sienta a menudo para tomar el aire y para divertirse, pues ese lugar fue construido nada más que para su placer.
 En el camino de regreso desde ese país se atraviesa de nuevo la tierra del Gran Kan, de la que ya he hablado.
 Debéis saber que en todos estos países, en todas estas islas y en todos estos pueblos de los que he hablado, con excepción de muy pocos que carecen de un mínimo de sentido común y de inteligencia, existen entre sus creencias religiosas artículos de nuestra fe y algunas otras cosas buenas de nuestra religión. Creen en Dios, que hizo todas las cosas y creó el mundo, aunque lo llamen Dios de la naturaleza; sobre esto dice el profeta: Et metuent eum omnes fines terre*, y en otro lugar también: Omnes gentes servient ei, que quiere decir: “todos los pueblos le servirán”.
 Sin embargo, ellos no saben hablar con toda propiedad de Dios porque no hay nadie que les haya enseñado, aunque sí son capaces de captar su existencia mediante su inteligencia natural. No tienen conocimiento del Hijo, ni del Espíritu Santo, aunque saben hablar de la Biblia, especialmente del Génesis, de los dichos de los profetas y de los libros de Moisés. Y hablan bien cuando dicen que los seres a los que ellos veneran no son dioses, sino que los veneran por la virtud que hay en ellos, que no puede ser debida más que a la gracia de Dios. Y respecto de los simulacros y de los ídolos dicen que no son ellos los únicos pueblos que los tienen. Esto lo dicen porque nosotros, los cristianos, tenemos imágenes de Nuestra Señora y de otros santos a los que veneramos, aunque no saben que no veneramos a las imágenes de madera o de piedra, sino a los santos en cuyo nombre se hacen. Y de la misma forma que los libros y las escrituras enseñan a los clérigos cómo y de qué forma se ha de creer, así las imágenes y los cuadros enseñan a los laicos a venerar a los santos y a recordarlos mediante las imágenes que se hacen en su nombre. Dicen también que a través de esos ídolos les hablan los ángeles de Dios, que hacen grandes milagros. Y dicen verdad al afirmar que hay un ángel en su interior. Es cierto que hay dos tipos de ángeles, uno bueno y otro malo, como dicen los griegos, Cacho [kakós] y Calo [kalós]. Cacho es el ángel malo, y Calo, el bueno. Pero no es el ángel bueno, sino el malo, el que está dentro de sus ídolos para engañarlos y hacer que permanezcan en su error.»
   
  *”Y lo temerán todos los confines de la tierra”. Es una cita casi literal de la Biblia (Sal. 67,8)  [N. del T.]

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2001, en traducción de Ana Pinto, pp. 311-316. ISBN: 84-376-1897-5.]
      

martes, 16 de febrero de 2021

La corrosión del carácter.- Richard Sennett (1943)

 
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7.-Fracaso
Manejar el fracaso

  «El fracaso es el gran tabú moderno. La literatura popular está llena de recetas para triunfar, pero por lo general callan en lo que atañe a la cuestión de manejar el fracaso. Aceptar el fracaso, darle una forma y un lugar en la historia personal es algo que puede obsesionarnos internamente pero que rara vez se comenta con los demás. Preferimos refugiarnos en la seguridad de los clichés. Los campeones de los pobres lo hacen cuando intentan sustituir el lamento “He fracasado” por la fórmula, supuestamente terapéutica: “No, no has fracasado; eres una víctima”. En este caso, como siempre que tenemos miedo de hablar directamente, la obsesión interna y la vergüenza se vuelven mayores. Si se deja sin tratar, se resume en la cruel sentencia interna: “No soy lo bastante bueno”.
 Hoy, el fracaso ya no es la perspectiva normal a la que se enfrentan los muy pobres o los muy desfavorecidos; se ha vuelto más familiar como hecho común en la vida de la clase media. El tamaño cada vez menor de la élite hace que el éxito sea más difícil de alcanzar. El mercado del ganador-se-lo-lleva-todo es una estructura competitiva que arroja grandes cantidades de gente con estudios al vertedero del fracaso. Las reconversiones de empresas y las reducciones de plantilla imponen a la clase media desastres repentinos que en el capitalismo anterior estaban mucho más limitados a las clases trabajadoras. La sensación de fallarle a la familia comportándose en el trabajo de una manera flexible y adaptándose a cada momento –esa sensación que obsesiona a Rico-, si bien más sutil, es igualmente poderosa.
 La oposición misma de los términos éxito-fracaso es una manera de aceptar el fracaso en sí. Esta simple división sugiere que si tenemos suficientes pruebas de logros materiales no nos acosarán sentimientos de insuficiencia o ineptitud –lo cual no era el caso para el hombre de Weber, que sentía que nada era suficiente-. Una de las razones por las cuales es difícil mitigar con dólares la sensación de fracaso es que el fracaso puede ser de una especie más profunda: no poder estructurar una vida personal coherente; no realizar algo precioso que llevamos dentro; no saber vivir sino meramente existir. El fracaso puede sobrevenir cuando el viaje de Pico se vuelve sin rumbo e interminable.
 En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el comentador Walter Lippmann, descontento con el cálculo del éxito en dólares que obsesionaba a sus contemporáneos, reflexionó sobre esas vidas inestables en un libro contundente que tituló Drift and Mastery, en el que intentó transmutar el cálculo material del fracaso y el éxito en experiencias más personales de tiempo, oponiendo a la experiencia errática, irregular, el dominio de los acontecimientos.
 Lippmann vivió en la época en que se consolidaron las gigantescas empresas industriales de Estados Unidos y Europa. Todo el mundo conoce los males de este capitalismo, dijo Lippmann: la muerte de las pequeñas empresas, la bancarrota del gobierno en nombre del bien público, las masas arrojadas a las fauces del capitalismo. Lippmann también comentó que el problema de sus contemporáneos reformistas era que sabían “de qué estaban en contra pero no de qué estaban a favor”. La gente sufría, se quejaba, pero ni el programa del marxismo naciente ni la empresa individual renovada ofrecían un remedio prometedor. Los marxistas proponían una masiva explosión social, los empresarios individuales mayor libertad para competir; ninguna de las dos cosas era una receta para un orden alternativo. No obstante, Lippmann no dudaba de lo que había que hacer.
 Al observar la decidida y sacrificada actitud de los inmigrantes que por entonces inundaban Estados Unidos, proclamó en una frase memorable: “Todos somos inmigrantes espirituales”. Las cualidades personales de determinación invocadas por Hesíodo y Virgilio, Lippmann las ve otra vez encarnadas en el trabajo esforzado y sin pausa del Lower East Side de Nueva York. Lo que Lippmann odiaba era el disgusto que le provocaba el capitalismo al esteta sensible, personificado, según él, en Henry James, que miraba a los inmigrantes de Nueva York como a una raza extraña, si bien con mucha energía, alborotada y anárquica en sus luchas.
 ¿Qué debería guiar a la gente lejos de la patria, la gente que ahora intenta crear una nueva narrativa espiritual? Según Lippmann, la carrera. No hacer una carrera del trabajo, por modestos que fueran su contenido o su paga, era entregarse a la sensación de errar sin rumbo que constituye la experiencia más profunda de la ineptitud; echando mano de una expresión en boga, diría que uno tiene que “hacerse una vida”. Así, Lippmann recuperó el sentido más antiguo de carrera, que cité al iniciar este ensayo, la carrera como una ruta bien hecha. Recorrer ese camino era, según él, el antídoto contra el fracaso personal.
 ¿Podemos practicar este remedio en un capitalismo flexible? Aunque hoy podamos pensar en una carrera como sinónimo de profesión, uno de sus elementos –poseer una capacidad- no ha quedado limitado al ámbito profesional y ni siquiera burgués. El historiador Edward Thompson señala que en el siglo XIX incluso los trabajadores menos favorecidos, mal pagados, desempleados o que iban buscando un empleo tras otro, intentaban definirse a sí mismo como tejedores, obreros metalúrgicos o campesinos. El prestigio en el trabajo se consigue siendo algo más que “un par de manos”; los trabajadores manuales y los empleados domésticos de categoría superior en las familias victorianas lo buscaban en la palabras carrera, profesión y oficio, que mezclaban indiscriminadamente más allá de lo que podría considerarse admisible. El deseo de este prestigio era igualmente intenso entre los empleados de la clase media de las nuevas empresas; como ha demostrado el historiador Olivier Zunz, en el mundo empresarial de la época de Lippmann, la gente intentaba dignificar su trabajo tratando la contabilidad, las ventas o la dirección de empresas como actividades semejantes a la de un médico o un ingeniero.
Resultado de imagen de la corrosion del caracter  Así pues, el deseo de prestigio que brinda una profesión no es nada nuevo. Tampoco lo es la sensación de que son las carreras, más que los trabajos concretos, las que desarrollan nuestro carácter. “Tenemos que tratar con la [vida] deliberadamente, planificar su organización social, modificar sus herramientas, formular su método…” La persona que se dedica al ejercicio de una profesión se plantea propósitos a largo plazo, criterios de comportamiento profesional y no profesional, y un sentido de la responsabilidad para su conducta. Dudo que Lippmann leyera a Max Weber cuando escribió Drift and Mastery; no obstante, los dos escritores compartían un concepto similar de carrera. En el uso que de la palabra hace Weber, beruf, en alemán “profesión, carrera”, también subraya la importancia del trabajo como narración, y afirma que el desarrollo del carácter sólo es posible mediante un esfuerzo organizado y a largo plazo. “Dominio”, afirma Lippmann, “es la sustitución de la intención consciente por el esfuerzo inconsciente”.
 La generación de Lippmann creía que se encontraba al comienzo de una nueva era de la ciencia y del capitalismo. Estaban convencidos de que el uso correcto de la ciencia, la técnica y, más en general, el conocimiento profesional  podía ayudar a hombres y mujeres a consolidar con mayor fuerza una carrera. Al depositar esta confianza en la ciencia para el desarrollo del dominio personal, Lippmann se asemeja a otros contemporáneos norteamericanos y a socialistas fabianos como Sidney y Beatrice Webb en el Reino Unido, o el joven Léon Blum en Francia, así como a Max Weber.
 La receta de Lippmann para adquirir el dominio personal también tenía un objetivo político concreto. Lippmann observó cómo los inmigrantes de Nueva York se esforzaban por aprender inglés con vistas a comenzar sus carreras, pero eran excluidos de los institutos de enseñanza superior de la ciudad, que en esa época no admitían judíos y negros y eran hostiles a los griegos, los italianos y los irlandeses. Al pedir una sociedad más orientada hacia el desarrollo de las profesiones, el autor pedía que estas instituciones abrieran las puertas, en una versión norteamericana del lema francés “carreras abiertas al talento”.
 El escrito de Lippmann constituye un acto imponente de fe en el individuo, en la posibilidad de hacer algo de uno mismo: el sueño de Pico hecho realidad ahora en las calles del Lower East Side entre personas que Lippmann veía como seres humanos específicos e inconfundibles. En sus escritos Lippmann tendía a enfrentar al Goliat del capitalismo contra el David del talento y la voluntad personales.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Daniel Najmías, pp. 124-128. ISBN: 84-339-0590-2.]                                     
 

sábado, 7 de noviembre de 2020

La verdad sobre el caso Harry Quebert.- Joël Dicker (1985)

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Primera parte: La enfermedad del escritor (8 meses antes de la publicación del libro)
30.- El Formidable 

  «Para ello se preparó un solemne acto en el vestíbulo principal del instituto, un sábado por la tarde, ante un grupo elegido de alumnos, antiguos alumnos y algunos periodistas locales. Toda aquella gente de postín se sentaba amontonada sobre sillas plegables frente a un gran telón. Detrás de él, como descubrimos después de un discurso triunfal del director, un armario de cristal con la inscripción En homenaje a Marcus P. Goldman, llamado "el Formidable", alumno de este instituto desde 1994 hasta 1998. Y dentro del armario, un ejemplar de mi novela, mis antiguos boletines de notas, algunas fotos, mi camiseta de jugador de lacrosse y la del equipo de marcha.
 […] Mi paso por el Felton High, pequeño y apacible centro al norte de Montclair lleno de adolescentes pánfilos, se había quedado grabado en su memoria hasta el punto de que mis compañeros y profesores me habían apodado "el Formidable". Pero ese día de diciembre de 2006, lo que todos ignoraban en el momento de aplaudir esa vitrina dedicada a mi gloria era que debía a una serie de malentendidos, primero fortuitos y después sabiamente orquestados, el haberme convertido en la estrella incontestable de Felton durante cuatro largos y hermosos años.
 La epopeya del Formidable empezó a mi llegada al instituto, cuando tuve que elegir una disciplina deportiva para el curso. Tenía decidido que sería fútbol o baloncesto, pero el número de plazas de esos equipos era limitado y, desgraciadamente para mí, el día de la inscripción llegué con mucho retraso a la oficina de registro. "Ya he cerrado -me dijo la mujer gorda que se ocupaba de ella-. Vuelve el año que viene". "Por favor, señora -le había suplicado-, tengo que estar inscrito obligatoriamente en una disciplina deportiva, si no tendré que repetir curso". "¿Cómo te llamas?" -había suspirado ella-. "Goldman. Marcus Goldman, señora". "¿Qué deporte quieres?" "Fútbol o baloncesto". "Los dos están completos. Sólo me quedan el equipo de danza acrobática o el de lacrosse".
 Lacrosse o danza acrobática. Lo mismo que decir peste o cólera. Sabía que unirme al equipo de danza me convertiría en el hazmerreír de mis compañeros, así que elegí lacrosse. Pero hacía dos décadas que Felton no había tenido un buen equipo de lacrosse, hasta el punto de que ningún alumno quería formar parte de él. El de aquel año estaba, como no podía ser de otra manera, compuesto por alumnos incapaces para otras disciplinas, o que llegaban tarde el día de las inscripciones. Me integré, pues, en un equipo diezmado, poco emprendedor y torpe, pero que me llevaría a la gloria. Esperando ser repescado durante el curso por el equipo de fútbol, quise realizar alguna proeza deportiva para que se fijaran en mí. Me entrené con una motivación sin precedentes y, al cabo de dos semanas, nuestro entrenador vio en mí la estrella que esperaba desde siempre. Fui inmediatamente ascendido a capitán del equipo y no tuve que realizar esfuerzos titánicos para que me consideraran como el mejor jugador de lacrosse de la historia de Felton High. Batí sin dificultad el récord de goles de los veinte años precedentes -que era absolutamente ínfimo- y, gracias a aquella gesta, fui inscrito en el tablón de méritos del instituto, algo que no había sucedido con ningún otro alumno de primero. Aquello no dejó de impresionar a mis compañeros ni de atraer la atención de mis profesores: gracias a esa experiencia comprendí que para ser formidable bastaba con soslayar las relaciones con los demás; al final, todo no era más que una cuestión de falsas apariencias.
Resultado de imagen de joel dicker la verdad sobre el caso Me puse inmediatamente manos a la obra. Por supuesto, dejé de plantearme abandonar el equipo de lacrosse, ya que mi única obsesión fue a partir de entonces convertirme en el mejor por todos los medios, estar en la cima a cualquier precio. Con esa motivación me planté en el concurso de proyectos científicos, que se llevó una niñata superdotada llamada Sally, y en el que no pasé del decimosexto puesto. No obstante, durante la entrega de premios, en el auditorio del instituto, me las arreglé para tomar la palabra y me inventé fines de semana completos de voluntariado con disminuidos psíquicos que habían estorbado considerablemente el avance de mi proyecto, antes de concluir, con los ojos bañados en lágrimas: "Poco me importan los primeros premios, si puedo aportar una llama de felicidad a mis amigos los niños trisómicos". Evidentemente, todo el mundo quedó impresionado, y aquello me valió eclipsar a Sally ante los profesores y mis compañeros. La misma Sally, que tenía un hermano pequeño con una minusvalía profunda -algo que yo ignoraba-, rechazó su premio y exigió que me lo diesen a mí. Gracias a ese episodio vi mi nombre bajo las categorías de Deportes, Ciencias y Premio a la camaradería en el tablón de méritos, que yo había bautizado en secreto como tablón demérito, plenamente consciente de mi impostura. Pero no podía parar, estaba como poseído. Una semana más tarde, batí el récord de venta de billetes de tómbola comprándomelos a mí mismo con el dinero de dos veranos anteriores limpiando el césped de la piscina municipal. No hizo falta más para que el rumor empezase a recorrer el instituto: Marcus Goldman era un ser de una calidad excepcional. Fue esa constatación la que empujó a alumnos y profesores a llamarme "el Formidable", como una marca de fábrica, una garantía absoluta de éxito; y mi pequeña fama pronto se extendió al conjunto de nuestro barrio en Montclair, llenando a mis padres de un inmenso orgullo.
  Esta tramposa reputación me incitó a practicar el noble arte del boxeo. […]
 Durante mi tercer curso, por culpa de una restricción presupuestaria, el director se vio obligado a desmantelar el equipo de lacrosse, que costaba demasiado caro al instituto en relación a lo que aportaba. Para mi gran pesar, tuve pues que elegir una nueva disciplina deportiva. Evidentemente, los equipos de fútbol y baloncesto intentaban seducirme, pero sabía que, si me unía a alguno de ellos, me enfrentaría a jugadores mucho más dotados y motivados que mis compañeros de lacrosse. Me arriesgaba a quedar eclipsado, a volver a caer en el anonimato, o peor aún, a retroceder: […] Viví dos semanas de angustia, hasta que oí hablar del muy desconocido equipo de marcha del instituto, compuesto por dos obesos paticortos y un esmirriado sin fuerzas. Resultó ser además la única disciplina del Felton que no participaba en ninguna competición entre centros: aquello me aseguraba no tener que medirme con nadie que fuese peligroso para mí. Así que, aliviado, y sin la menor duda, me uní al equipo de marcha de Felton, en el seno del cual, y desde el primer entrenamiento, batí sin dificultad el récord de velocidad de mis plácidos compañeros de equipo, ante la mirada amorosa de algunas animadoras y del director.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, en traducción de Juan Carlos Durán Romero, pp. 62-66. ISBN: 978-84-663-4667-2.]