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sábado, 15 de enero de 2022

El futuro y sus enemigos.- Daniel Innerarity (1959)


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5.-¿Quién se hace cargo del futuro? Una teoría de la responsabilidad

La responsabilidad del porvenir

  «La idea de responsabilidad está más bien inclinada hacia el pasado; tenemos que dar cuentas por lo que hemos hecho o dejado de hacer, pero no solemos pensar que pueda existir una responsabilidad en relación con el porvenir, que es siempre un conjunto incierto de posibilidades. Jurídicamente  reducido, el concepto de responsabilidad constituye un medio efectivo para sancionar acciones del pasado, pero es limitado para configurar el futuro. Por eso hay que ir más allá de un concepto de responsabilidad limitado a las obligaciones respecto del pasado y ex post, abriéndolo a una orientación hacia el futuro. Tenemos que pasar de la responsabilidad causal retrospectiva a la responsabilidad prospectiva, como responsabilidad de anticipación, prevención y configuración. Para ello hemos de modificar su base temporal y normativa. Se trataría de subrayar una disposición positiva que no se agote en evitar daños o sancionar la transgresión de reglas, sino que apunte a promover una situación mejor y anticipe las consecuencias de las acciones (Birnbacher 1995, 145). En toda forma de responsabilidad hay una referencia al futuro y esto vale especialmente para la política, que no sólo gobierna lo existente sino que se adentra en el espacio del futuro, anticipándolo mediante la prospectiva, gestionando los riesgos o adelantándose a posibles fracasos futuros antes de que comparezcan.
 ¿Qué sentido puede tener una responsabilidad en relación con el futuro? Lo que llamamos responsabilidad está vinculado con la idea de la acción intencional, es decir, un modo de actuar que no está predeterminado por las condiciones exteriores. El grado de responsabilidad está en función del grado de determinación y configurabilidad de los acontecimientos futuros. Por eso la exigencia de responsabilidad sólo tiene sentido si el acontecer futuro no está completamente abierto (si todo fuera igualmente posible no habría ninguna anticipación del futuro) ni completamente decidido ( cuando todo está determinado no hay intervención posible). Hay que responder no sólo de lo que acontece dentro de un espacio de tiempo divisable, sino también, bajo determinadas circunstancias y de acuerdo con criterios que habrán de establecerse como de lo que puede suceder en un futuro lejano. 
 Los límites de la responsabilidad son más amplios que los de nuestra competencia inmediata. Para que pueda hablarse de responsabilidad tiene que tratarse de algo que esté a nuestro alcance, por supuesto, pero los efectos de nuestras acciones pueden ser unos u otros bien distintos en la medida en que se actúe de una u otra manera. Incluso aquella constelación futura que se produzca con independencia de nuestras intenciones puede ser examinada desde el punto de vista de nuestra responsabilidad porque estuvo en nuestro poder hacerlo configurable o al menos no impedir su configuración deseable en el futuro. Además de las acciones coma están también las posibilidades de configuración de los Marcos futuros de nuestras acciones. Y este es un ámbito de responsabilidad que merece ser explorado especialmente en una sociedad compleja: posibilitar, impedir, condicionar acciones futuras. La política consiste precisamente en fortalecer nuestra capacidad colectiva de anticipación y configuración. 
 Otro ámbito de responsabilidad en un dominio en el que parecería que reina el azar es la manera de gestionar las eventualidades cuyo origen no está en uno mismo. Existe una responsabilidad en orden a las catástrofes, por ejemplo, cuando estas han sido directa o indirectamente provocadas por acción humana. Pero también cabe establecer responsabilidades, aunque no las haya en la producción de esos sucesos, de acuerdo con la gestión que de ellos se haga. Somos responsables frente a lo inevitable en aquello que tiene que ver con el modo cómo nos preparamos o gestionamos lo que sucede sin nuestro consentimiento. El azar y la contingencia disminuyen sus exigencias, pero no nos protegen en absoluto frente a la cuestión de la responsabilidad. 
 La incertidumbre acerca de las consecuencias futuras y el incremento de procesos difícilmente controlables son propiedades de las sociedades complejas de las que nadie es responsable. Pero no tienen el carácter de acontecimientos míticos sugieran de poderes insondables, sino que son procesos sociales en los que toman parte diversos actores. Aunque sean escasas las posibilidades de intervención directa, hay muchos compromisos y procedimientos que pueden ponerse en práctica para estimular su gobernanza en una dirección que esté de acuerdo con un proyecto de sociedad deseable. En ese sentido tiene razón Luhmann al considerar que el principio de responsabilidad puede ser una buena perspectiva para que las sociedades actuales regulen su trato con la inseguridad (Luhmann 2000, 43). 
 La articulación de la responsabilidad exige una visibilidad determinada. “Se necesita una instancia que simbolice al menos la pretensión de responsabilidad por el todo, una especie de responsabilidad sistémica” (Mayntz 2004, 72). Se trata de una responsabilidad que, sin anular la que haya de corresponder a los sujetos, no resulta de la suma de responsabilidades individuales, sino que tiene una dimensión propia en el plano moral, jurídico y político. Los conflictos de responsabilidad sistémica no se resuelven, salvo en una escasa medida, mediante la autorregulación de los actores. Cuando están en juego riesgos futuros que surgen como efectos de sinergias imprevisibles, no es ni moral ni cognitivamente exigible imputar la responsabilidad de las consecuencias únicamente a actores personales. Para las emergencias sistémicamente producidas se requiere una combinación de la autorregulación de los autores y las regulaciones institucionalizadas. Hay decisiones que tienen que ver con el futuro, en materia ecológica, de energía y tecnologías, de las que no pueden hacerse cargo los subsistemas funcionales autónomos de una sociedad diferenciada.
Resultado de imagen de daniel innerarity el futuro y sus enemigos Existe además algo así como una “responsabilidad representativa”, una responsabilidad de quien ha de representar (Wolf 1993). Y aquí cabe remitir a una función ejemplar de las políticas públicas, que también tienen la función de afirmar valores y dar cuerpo a las aspiraciones públicas, de ser vectores de movilización social, de mantener una imagen de la vida buena común, de hacer legible la visión de conjunto, de organizar la compatibilidad y facilitar que las responsabilidades sean todo lo visibles que se pueda.
 El dilema de la política consiste en cómo gobernar procesos que no son directamente gobernables. Para eso sirven esas estrategias de promoción de responsabilidad social como las garantías jurídicas, los incentivos económicos, las disposiciones de prevención o las regulaciones. Los sistemas complejos han de ser concebidos de manera que permitan espacios de juego para las decisiones responsables pero que al mismo tiempo estén abiertos a las directivas vinculantes y a formas de coordinación exterior. Desde el punto de vista de la responsabilidad, lo ideal es un sistema resistente a las crisis que combine autogobierno procesual y capacidad de aprendizaje. Los sistemas no son incitados a la responsabilidad a través de intervenciones de gobierno inmediatas, sino combinando observación reflexiva y conducta adaptativa. De lo que se trata en definitiva es de reducir así el riesgo de dinámicas incontroladas. Para esto es muy importante la producción de capital social, bajo la forma de saber compartido, estructuras de cooperación, mediación e informalidad.
 A la hora de organizar socialmente la responsabilidad es fundamental, por supuesto, que se consiga pasar de la supervisión externa al autocontrol, que los controles del Estado sean sustituidos hasta donde sea posible por la auto-obligación voluntaria de los actores sociales. Pero hemos de evitar que esto suponga una reducción de su responsabilidad dejando fuera de consideración aquellas dimensiones que tienen que ver con los efectos secundarios y las dinámicas sociales. De este modo se produciría también una relajación de los actores sociales que está llena de riesgos, en la medida en que se sentirían liberados de reflexionar acerca del alcance de sus acciones.
 Hemos pasado de una responsabilidad que podría llamarse ejecutiva a una responsabilidad garantizadora o “infraestructural”. El sujeto de la responsabilidad, por ejemplo, el Estado, no tiene por qué ser quien ejecute las acciones en virtud de las cuales se consiguen los objetivos respecto de los cuales él y nadie más es responsable. Lo que debe impedirse es que esta transferencia de ejecución se convierta en una cesión de responsabilidad. Por definición, la responsabilidad no es delegable, aunque las acciones sí. El sujeto de la responsabilidad está obligado a hacerse cargo de los resultados de la acción en la que delegó, vigilando su cumplimiento a través de medidas de prevención y control. Y esa delegación a actores privados o a subsistemas sociales únicamente se justifica como medida para cumplir precisamente sus obligaciones respecto del interés colectivo. El hecho de que el Estado pueda o deba delegar el ejercicio de determinadas funciones en el mercado o en los actores privados no significa que deba abdicar de sus responsabilidades, aunque sólo sea aquella responsabilidad en virtud de la cual garantiza suficientemente la autoorganización de la sociedad, como es el caso de la regulación de los mercados. El Estado puede reducir sus acciones si de este modo las optimiza. La retirada del Estado de determinados ámbitos únicamente se justifica en orden al mejor cumplimiento de sus responsabilidades de configuración.
 En cualquier caso, la política no podrá estar a la altura de las responsabilidades que le competen, si no consigue introducir reflexivamente el futuro en sus decisiones. Tiene por delante una tarea para la que nadie le puede sustituir: mejorar el saber práctico del que dispone para enfrentarse prospectivamente a los desafíos del futuro en lugar de limitarse a la gestión improvisada de la crisis.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Paidós Ibérica, 2009, pp. 126-132. ISBN: 978-84-493-2263-1.]


domingo, 20 de mayo de 2018

Laberinto de fortuna.- Juan de Mena (1411-1456)


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II.- Argumenta contra la Fortuna

«Tus casos fallaçes, Fortuna, cantamos, / estados de gentes que giras e trocas;
tus grandes discordias, tus firmezas pocas, / y los qu'en tu rueda quexosos fallamos.
Fasta que al tempo de agora vengamos / de fechos pasados cobdicia mi pluma
y de los presentes fazer breve suma, / y dé fin Apolo, pues nos començamos. [...]

IV.-Ennarra
Como no creo que fuessen menores / que los d'Afrricano los fechos del Çid,
nin que feroçes menos en la lid / entrasen los nuestros que los agenores,
las grandes façañas de nuestros señores, / la mucha constancia de quien los más ama,
yaze en teniebras, dormida su fama, / dañada d'olvido por falta de auctores.

V.-Pone en exemplo
La gran Babilonia, que uvo cercado / la madre de Nino de tierra cozida,
si ya por el suelo nos es destruida, / ¡quánto más presto lo mal fabricado!
E si los muros que Febo a travado / argólica fuerça pudo subverter,
¿qué fábrica pueden mis manos fazer / que no faga curso segund lo passado? [...]

VII.-Disputa con la Fortuna
Pues dame liçençia, mudable Fortuna, / por tal que blasme de ti como devo.
Lo que a los sabios non debe ser nuevo / inoto a persona podrá ser alguna;
e pues que tu fecho así contrapuna, / fas a tus casos como se concorden,
ca todas las cosas regidas por orden / son amigables de forma más una. [...]

IX.- Concluye contra la Fortuna
¿Pues cómo, Fortuna, regir todas cosas / con ley absoluta sin orden te plaze?
¡Tú non farías lo qu'el cielo faze, / e fazen los tiempos, las plantas e rosas!
O muestra tus hobras ser siempre dañosas, / o prósperas, buenas, durables, eternas;
non nos fatigues con vezes alternas, / alegres agora e agora enojosas.

X.-Propiedades de la Fortuna
Mas bien acatada tu varia mudança, / por ley te goviernas, maguer discrepante,
ca tu firmeza es non ser constante, / tu temperamento es distemperança,
tu más cierta orden es desordenança, / es la tu regla seer muy enorme,
tu conformidat es non ser confforme, / tú desesperas a toda sperança. [...]

XII.-Aplicación
Assí, fluctüosa Fortuna aborrida, / tus casos inçiertos semejan atales,
que corren por ondas de bienes e males, / faziendo non çierta ninguna corrida.
Pues ya por que vea la tu sinmedida, / la casa me muestra do anda tu rueda,
por que de vista decir cierto pueda / el modo en que tractas allá nuestra vida. [...]

LVI.-De las tres ruedas que vido en la casa de la Fortuna
Bolviendo los ojos a do me mandava, / vi más adentro muy grandes tres ruedas:
las dos eran firmes, inmotas e quedas, / mas la de en medio boltar non çesava;
e vi que debaxo de todas estaba / caída por tierra giente infinita,
que avía en la fruente cada qual escripta / el nombre e la suerte por donde passava,

LVII.-Pregunta el auctor a la Providencia
aunque la una que no se movía, / la gente que en ella havía de ser
e la que debaxo esperava caer / con túrbido velo su mote cobría.
Yo que de aquesto muy poco sentía / fiz de mi dubda complida palabra,
a mi guiadora rogando que abra / esta figura que non entendía.

LVIII.-Respuesta
La qual me respuso: "Saber te conviene / que de tres edades te quiero decir:
pasadas, presentes e de porvenir; / ocupa su rueda cada qual e tiene.
Las dos que son quedas, la una contiene / la gente pasada y la otra futura;
la que se buelve en el medio procura / la que en el siglo presente detiene.

LIX.-Prosigue la Providencia
Así que conosce tú que la terçera / contiene las formas e las simulacras
de muchas personas profanas e sacras / de gente que al mundo será venidera,
e por ende cubierta de tal velo era / su faç, aunque formas tú viesses de hombres,
porque sus vidas aun nin sus nombres / saberse por seso mortal non podiera.

LX.-Razón de la Providencia porque los ombres no pueden saber lo porvenir
El umano seso se çiega e oprime / en las baxas artes que le da Minerva;
pues vee que faría en las que reserva / aquél que los fuegos corruscos esgrime.
Por eso ninguno non piense ni estime / prestigïando poder ser sçiente
de lo conçebido en la divina mente, / por mucho que en ello trasçenda ni rime.»


 [El extracto pertenece a la edición  en español de Ediciones Cátedra, 1979, en edición de John G. Cummins. ISBN: 84-376-0210-6.]

sábado, 17 de febrero de 2018

Empezando la vida: memorias de una infancia en Marruecos (1914-1920).- Carmen Conde (1907-1996)


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Mi padre no es capitán

«Si todos los recuerdos penosos se dijeran sin pensar en la opinión de quien los escucha, el corazón se iría aliviando de sus miserias hasta quedarse limpio y ligero, alado corazón para anidar en las ramas del Árbol de Dios. Porque yo quiero ir realzando el mío digo todo lo distante, y ahora, esto que me aflige hasta después de razonarlo con generosidad.
  Mis amigas eran numerosas y se pasaban la vida diciéndose las unas a las otras sus listas de comodidades.
  -¿Qué es tu padre? El mío es comandante y tenemos dos asistentes.
  -El mío es teniente.
  -El mío, coronel.
  De pronto, a mí: -¿Y el tuyo: qué es tu padre?
  Sin pensarlo; dije: -Mi padre, capitán.
  Yo era imaginativa, acaso orgullosa, y experimenté un absurdo rubor de confesar que mi padre no solamente no era militar, ni siquiera comerciante. Así, pues, sin detenerme a pensar, contesté rápidamente:
  -¿Mi padre? Es capitán.       
  Se miraron las niñas, dudosas; una, lista, dijo:
  -¿Y ese que viene a tu casa, de paisano?
  Ya lanzada, ¿cómo retroceder? Repuse:
  -Es mi tío. Mi padre está en el campo.
  (El “campo” en Marruecos era donde estaban los campamentos, las posiciones frente al enemigo.)
  -¿Y vive con vosotras tu tío?
  -Sí.
  -¡Pues nunca viene tu padre!
  -No tiene permiso.
  Y ya no hablamos más de aquello. Mi corazón no sufrió temores; ni torturas por la enorme mentira dicha; era una edad la mía tan poblada de imaginaciones, que no lograba distinguirlas de la realidad; y así, muchas eran las veces en que preguntaba a mi madre:
  -Dime, mamá; "eso"... (cualquier detalle) ¿es verdad o lo he inventado yo? -por lo cual ella tenía siempre como una obligación más la de velar por la autenticidad de mis ideas.
  ¿Quién contó a Masanto, mi amiga hebrea, la conversación con las niñas de militares? Probablemente alguna a la que no convenció mi respuesta. Pero Masanto no tardó en ir a decírselo a mi propia madre. Debió ser en un día muy raro, en el que ésta no me habló en muchas horas. A la noche siguiente, cenando, mi padre estaba serio, triste... Quise yo alegrarlo sin duda y le pedí que me llevara de paseo; o quizá le pediría otra cosa; no recuerdo mi tentativa; sí su contestación:
  -No puedo hacerlo; cuando baje tu padre, el capitán del campo, que lo haga.
  Estaban serios los dos, mi madre y él; debí ponerme roja, quedarme medio muerta de miedo y de vergüenza súbitos, aunque todavía no se me alcanzaba todo el mal de mi embuste.
  -¿Tan mal te parezco, hija mía, que niegas que soy tu padre? Yo no hablaba; mis manos se agarraban a la mesa, frías y crispadas.
  -Soy un trabajador ahora; pero lo mismo que hasta hace bien poco, cuando tú naciste y bien después, tenía coches, caballos y dinero, puedo volver a tenerlos. Por eso no se niega a un padre.
  Su voz era triste, amarga, y todo él dolía como una llaga inmensa. Intervino, airada e incapaz de contenerse más tiempo, mi madre:
  -¿No te da vergüenza haber dicho tú ese disparate? ¡Que tu padre es capitán y que está en el campo! ¡Que el que viene a tu casa es tu tío! Y todo el mundo ve que vivimos los tres solos, que tenemos él y yo la misma alcoba, el que tú dices que es hermano de tu padre. ¿En qué situación me has puesto, hija mía? ¿Qué dirán las madres de esas niñas, de mí?...
  ¿Qué decían, Santo Dios? Yo no entendía ya nada; en mis oídos zumbaba la sangre tumultuosa, y un yelo mortal me envolvía en sus paños mojados. Implacable seguía mi madre, la más fuerte para castigarme siempre que lo merecía, que era con excesiva frecuencia.
  -Tu padre trabaja en un oficio muy digno y muy bonito; sus manos sólo se manchan de oro; viste mejor que esos capitanes, y, además, ¡es tu padre!
  Ya no oía yo nada; comprendía la brutalidad de mis palabras y una pena infinita me empezó a sangrar basta hacerme llorar a mares.
  -¡Yo no sabía que era tan malo decirlo! ¡Yo estaba fastidiada de que presumieran conmigo y por eso fue que lo dije!; ¡pero yo no sabía que era tan malo!
  Lloraba; lloraba; mis ojos siempre secos, incapaces de una lágrima nunca, pasara lo que pasare, eran dos fuentes desbaratadas.
  Mi padre comprendió antes que mi madre, y me perdonó:
  -No llores más, anda; si ya vemos que todo fue culpa de lo fácilmente que sabes mentir.
  Y mi madre: -¡Prométeme que irás a esas niñas y les dirás que las engañaste! ¡Prométeme que no volverás a mentir!
  Prometí, ¿cómo no? Fui a las niñas, deshice el fatal equívoco; se rieron de mi orgullo, justicieramente. No volví a mentir. No he vuelto a mentir. No volveré a mentir.
  Hubo un tiempo en que mi padre fue obrero, sí. Mi padre no era capitán.
Las manos de mi padre
  A partir de aquel día, comenzó una nueva era de mi pensamiento. Las palabras de mi madre. “¡A tu padre sólo se le manchan de oro las manos!”, me impresionaron fuertemente. Todos los padres de mis amigas sufrieron la inspección de mi nueva crítica.
  -¿Tu padre es tendero? ¡Se manchará de grasa! ¿Tu padre es albañil? ¡Se pondrá sucio de cemento! ¿Tu padre es cirujano? ¡Cómo se untará de enfermedades! -y, seguido: -Mi padre sólo toca oro, que es lo más rico del mundo. El oficio de mi padre es precioso.
  -¿Qué es tu padre?
  -Joyero.
  -¡Ah!
  Un exceso de orgullo reemplazó el silencio de antaño, por las mismas razones sin razón: el quehacer paterno, sostén de nuestras vidas, que era preciso exhibir ante la exhibición ajena. Y me dediqué a observar a mi padre cuando trabajaba, a indagar los accidentes de su trabajo; ¡quizá laboraba el subconsciente para reparar el pasado!
  Bajo mis ojos curiosos desfilaron las etapas del oficio. Desde la llegada del oro al taller, hasta su sabida transformación en joya. Primero, las hermosas monedas de oro se doblaban a fuerza de martillazos; luego se fundían en el crisol, con su aleación correspondiente. De allí, después de hervir alegremente, ¡como un verdadero rayo de sol líquido!, pasaba al molde donde, al enfriarse, se ennegrecía; convertido en barritas ya se le trabajaba de distintos modos, según su destino. Era delicioso verle, por ejemplo, adelgazarse a través de los consecutivos ojos de las hileras, hasta ser un hilo finísimo, útil para hacer los eslabones de cadenas, pulseras... O, cuando pasando por aquel rodillo se iba extendiendo en lámina cada vez más fina con destino a ser trabajada como chapa.
  ¡Qué firme el pelo de la cegueta, cortándola después!
  Y los martillazos de la forja sobre el yunque, cuando eran sortijas de sello las que se hacían, (¡aquellas horrorosas sortijas de sello que han ido llevando, cada día más bastas y más feas, todas las escalas sociales del mundo!).
  Y el clavado de los brillantes y demás piedras preciosas: las garritas enhiestas, el cincelito sobre cada una de ellas, y la mano con el martillo: tas, tas, tas, tas..., doblándolas para que protegieran al prisionero de tanto precio.
  Una de las cosas más bonitas era el soldado a soplete. Sobre un taco de madera recubierto de una capa de amianto, se colocaba la joya rota, con su soldadura ya preparada. A ella se dirigía la llama que desde la mecha de una candileja de alcohol se soplaba con un tubo curvo o recto casi. Mientras se soplaba no se podía respirar por la boca, so pena de tragarse la llama ágil, gruesa o delgada, afilada como la lengua de un áspid; o ancha como la de un animalote ordinario. Después se limpiaba la soldadura y se frotaba con unas unturas de piedra pómez y de trípoli -ésta, de rojizo color oscuro-, que olía a alcohol, y que se daban por medio de madejas sujetas a la mesa del pulimento. La joya, al final, brillaba sin vahos gracias a la caricia final de las gamuzas.
  -Papá -comenzaba mi interrogatorio. -El oro, ¿es lo mejor del mundo?
  Él trabajaba con verdadero primor: sobre el cajón de su mesa, abierto, que estaba forrado de cinc caían las limaduras menudísimas del precioso metal. Cuando iba a tocar otra cosa, antes se cepillaba delicadamente los dedos con unos cepillos suaves de pelo largo muy delgado... Aquellas limaduras se recogían después (la «limalla») y se agregaban al material de la nueva fundición.
  -Eso cree la gente -me respondía-; pero yo, no. ¡Ya ves qué negro y qué feo se pone cuando lo sacamos del crisol!
  -¡Sí que sale negro, pero luego brilla mucho!
  -Gracias al trabajo.
  -¿Y los brillantes, qué?
  -¡Bah! Trozos de carbón muy puro que arden que da gusto.
  -¿Arden?
  Mi padre se reía con ironía, y se encogía de hombros. Yo no sabía nunca si exageraba, si me engañaba para desacreditarme las joyas. Lo cierto es que yo no llevaba encima alhajas, que las desdeñaba profundamente.
  Para mí era un momento mágico aquél en que veía traer del Banco largos paquetes de monedas de oro, o de barritas del mismo metal.
  Las primeras caían dobladas bajo la violencia del martillo para transformarse luego en todos los fenómenos que me sabía de memoria.
  -Este es el oro, ya lo ves; una cosa que tiene el valor que quieran darle los hombres. Pero todo, gracias al trabajo. Si no se trabajara, ¿qué valdría él solo? A mí, salvo para hacer joyas que nos den lo suficiente para vivir, no me importa nada el oro.
  Cierto que sí. Mi madre me lo aseguraba constantemente:
  -Hija, tu padre no conoce el ahorro, no sabe lo que es el día de mañana. (¡Había que ver la entonación que daba mi madre a ese plazo de tiempo que se llama “el día de mañana”!). Cuando tiene dinero está deseando gastárselo, repartirlo. Eso está bien cuando uno no tiene hijos, pero cuando se tienen hay que mirar por ellos. ¡Si él me hubiera hecho caso a mí!...
  Esto picaba mi interés.
  -¿Qué hubiera hecho, mamá?
  Ella abría sus ojos negros y dulces, tan honrados, y exclamaba:
  -¡Pues muy sencillo! (Mi madre decía “muy sencillo”, con su acento ligeramente andaluz.) No habría quitado el “negosio”, sino despedido a la mayor parte de los que le estafaban, quedándose con dos o tres de “confiansa”. Él, para dirigir; y yo, ayudándole. ¡Hubiéramos sacado adelante las ruinas! Pero se empeñó en que todos comerían de él hasta el final, y... -aquí un largo suspiro-, así estamos. Menos mal que él tenía un oficio muy bonito, que le hicieron aprender sus tutores (¡otros tales!), cuando se quedó huérfano y propicio al saqueo de sus bienes. Al cabo de veinte años ha tenido que cogerse al oficio otra vez. Pero, ¿y tú, que podrías disfrutar de tantas comodidades? ¿Qué tendrás tú que hacer el día de mañana?
  -Mamá, ¿qué es “el día de mañana”?
  Se reía entonces ella mostrando su magnífica dentadura blanca, y toda su cara morena era un canto de salud y de esperanza. ¡Qué joven era mi madre!
  -¿Tampoco lo comprendes tú, verdad? Pues, hija; el día de mañana es... es “después”. ¿Entiendes? Cuando uno se cansa de trabajar porque está enfermo, o viejo, hay que tener algo que le permita vivir sin sacrificar a nadie.
  Intenté que me explicara mi padre aquello, no muy claro para mí. Pero él se encogió de hombros, indiferente, tardando en contestarme. Luego me miró como si quisiera calar mi alma futura.
  -Eso son cosas de tu madre, seguro, que siempre está barruntando dificultades. Mira; mi madre se murió cuando yo tenía nueve años, y mi padre, de melancolía, cuando aun no había cumplido yo los trece. Éramos muchos hermanos, y yo el menor. Una hermana de mi madre y su marido fueron los albaceas; y con tal honradez cumplieron su deber que a poco estábamos todos en la ruina. Me pusieron a trabajar de joyero; mis primeros maestros fueron buenos conmigo y aprendí pronto el oficio. Me casé con tu madre a los diecinueve años, ella tenía quince y poco más; aunque luchando y sufriendo mucho, nunca nos hemos quedado sin comer.
  Interrumpía mi madre, fogosa de palabra y muy locuaz:
  -¡Bueno, bueno; pero la nena es diferente! ¡Le vendría muy bien tener asegurado su porvenir!
  Él se indignaba sinceramente:
  -¿Para qué; para encontrar un marido que buscara mis ahorros? ¡Vamos, mujer! Lo principal que le dejaré, (y mi madre: -“lo único, dirás”) es un nombre, muy limpio y muy digno. Que aprenda a llevarlo bien, y el resto... Con estas manos yo he ido abriéndonos camino. Que trabaje ella también y que llegue a donde pueda o a donde merezca llegar, ¡Y no me canses a mí más con “el día de mañana”!
  Así, cobraban nuevo interés las manos de mi padre. Ya, implícitas en ellas, crecerían las mías.
  Cuando año después empecé a emplearlas en el trabajo, (¿te acuerdas, padre, allá desde tu desconocido país presente?), y uniéndolas al pensamiento fui abriéndonos paso más firme en la vida, un día le dije:
  -Gracias, padre, por no haber mirado por mi porvenir. ¡Qué estúpida es la vida a cubierto de las angustias económicas! ¡El esfuerzo mío, del cual estoy tan orgullosa, me vale más aún que la propia vida!
  En cuanto a mis manos...
  Mi padre sabe que son tan puras, tan dignas, que sólo el trabajo y la belleza las han retenido entre las suyas.»
 
 [El extracto pertenece a la edición de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]
 

viernes, 30 de junio de 2017

"El cementerio marino".- Paul Valéry (1871-1945)


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I
«Ese techo, tranquilo de palomas, / palpita entre los pinos y las tumbas.
El Mediodía justo en él enciende / el mar, el mar, sin cesar empezando...
Recompensa después de un pensamiento: / mirar por fin la calma de los dioses.

II
¡Qué labor de relámpagos consume / tantos diamantes de invisible espuma,
y qué paz, ah, parece concebirse! / Cuando sobre el abismo un sol reposa,
trabajos puros de una eterna causa, / refulge el tiempo y soñar es saber.

III
Tesoro estable y a Minerva templo, / masa de calma y visible reserva,
agua parpadeante, Ojo que guardas / bajo un velo de llama tanto sueño,
¡oh, mi silencio! En el alma edificio, / mas cima de oro con mil tejas, Techo.

IV
¡Techo del Tiempo, que un suspiro cifra! / A esta pureza subo y me acostumbro,
de mi marina mirada ceñido. / Como mi ofrenda suprema a los dioses,
el centelleo tan sereno siembra / en la altitud soberano desdén.

V
Como en fruición la fruta se deshace / y su ausencia en delicia se convierte
mientras muere su forma en una boca, / aspiro aquí mi futura humareda
y el cielo canta al alma consumida / el cambio de la orilla en sus rumores.

VI
Mírame a mí, que cambio, bello cielo. / Después de tanto orgullo y tan extraña
ociosidad, mas llena de potencia, / a este brillante espacio me abandono:
sobre casas de muertos va mi sombra, / que me somete a su blando vaivén.

VII
A teas de solsticio el alma expuesta, / yo te sostengo, admirable justicia
de la luz: luz en armas sin piedad. / A tu lugar, y pura, te devuelvo,
mírate. Pero... Devolver las luces / una adusta mitad supone en sombra.

VIII
Para mí solo, en mí solo, en mí mismo / y junto a un corazón, del verso fuente,
entre el vacío y el suceso puro, / de mi grandeza interna espero el eco:
es la amarga cisterna que en el alma / hace sonar, futuro siempre, un hueco.

IX
¿Sabes, falso cautivo de las frondas, / golfo glotón de flojos enrejados,
sobre mis ojos, fúlgidos secretos / qué cuerpo al fin me arrastra a su pereza,
qué frente aquí le inclina a tierra ósea? / Una centella piensa en mis ausentes.

X
Cerrado, sacro -fuego sin materia- / trozo terrestre a la luz ofrecido,
me place este lugar: ah, bajo antorchas, / oros y piedras, árboles umbríos,
trémulo mármol bajo tantas sombras. / El mar fiel duerme aquí, sobre mis tumbas.

XI
¡Al idólatra aparta, perra espléndida! / Cuando, sonrisa de pastor, yo solo
apaciento, carneros misteriosos, / blanco rebaño de tranquilas tumbas,
aléjame las prudentes palomas, / los sueños vanos, los curiosos ángeles.
 
XII
El porvenir, aquí, sólo es pereza. / Nítido insecto rasca sequedades.
Quemado asciende por los aires todo: / ¿En qué severa esencia recibido?
Ebria de esencia al fin, la vida es vasta, / y la amargura es dulce, y claro el ánimo.» 

jueves, 5 de febrero de 2015

"El hombre y lo divino".- María Zambrano (1904-1991)

   

"El tiempo, no el cósmico, sino el humano, es lo más resistente e implacable de la humana condición. Pero en él existe una apertura que atrae la esperanza, algo así como el canal propio de la esperanza: es el porvenir. Y aun dicho con mayor precisión, el futuro.
 Porque el porvenir es el mañana previsible, lo que se prevé presente y es presente ya cierto modo; participa de la seguridad que la conciencia establece en todo lo que hace entrar en ella. Mientras que el futuro es lo desconocido como tal, el reino de la ilimitada esperanza y toca, siendo una dimensión del tiempo, lo intemporal. Si la expresión fuera válida se le podría llamar lo supratemporal, porque siendo tiempo se escapa del carácter relativo de la temporalidad; se presenta con un carácter absoluto.
 Son las propias esperanzas humanas, incluidas la esperanza suprema y casi siempre oculta de que nuestra vida, sin dejar de ser vida y nuestra, tenga los caracteres que le faltan y que le son contradictorios: identidad, realización total y completa, realidad total.
 Mas el futuro tiene por sí mismo la condición de no llegar nunca; lo que se hace real es el porvenir, dejando de ser porvenir y convirtiéndose en presente. El porvenir no trasciende la caverna temporal; el futuro proporciona, por lo menos, una ilusión de trascenderla.
 Porque la forma espontánea en que la vida humana se produce es siempre la caverna. Cada época tiene la suya como tiene su infierno propio. En cada época el hombre siente su confinamiento en diversa manera; la resistencia que encuentra ante la realidad es su caverna.
 Platón, en la Alegoría de la caverna que define la situación del hombre antiguo, encuentra la solución en salir fuera. Salir fuera desligándose de la condición terrestre, "dentro" irremisiblemente condenado; tenía que abandonar su propio recinto para ir al espacio abierto donde se mueven -viven- las ideas.
 El conocimiento era el único camino de "salvación". Y conocer es identificar el pensar propio con el ser -idea o esencia-; es un proceso que al cumplirse nos transporta a la pura objetividad, nos convierte en la objetividad. Y lo que de nosotros no puede ser convertido -el dentro en que gemimos- queda abandonado. Lo primero, el tiempo. Conocer es salir de la caverna temporal.
 El cristianismo ofreció desde el primer momento la conversión de la caverna temporal. El hombre interior de San Pablo que por obra de Cristo nace desde lo más hondo de la interioridad y al nacer transforma todo el tiempo en eternidad: y aun la carne tiene su promesa de resurrección. El cristiano no ha de abandonar propiamente nada, pues al nacer en Cristo, al nacer por Cristo, arrastra y transforma su entera condición. Ser cristiano es entrar en sí mismo, entrar en Cristo que yace en cada uno de los hombres. Despertar en Él, nacer en Él.
 San Agustín ofreció la fórmula en términos filosóficos: "No busques fuera; vuelve a ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad". La caverna temporal -en términos de filosofía moderna, la subjetividad- quedaba trascendida enteramente por la revelación de Dios en ella.
 En la situación actual, el hombre, nacido en la atmósfera y en la tradición del cristianismo, no sale fuera en busca de la verdad; queda en sí mismo. Mas en la ausencia de Dios, vuelve a vivir en la caverna temporal. El futuro es su Dios desconocido".