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lunes, 6 de julio de 2020

La guerra de Yugurta.- Cayo Crispo Salustio (86 a.C. - 35 a.C.)

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  «5.-Voy a escribir la guerra que el Pueblo Romano tuvo con Yugurta, rey de los Númidas, primero porque fue grande y encarnizada y de victoria indecisa, después porque entonces el pueblo fue contra la soberbia de los nobles; esta contienda confundió las cosas divinas y humanas y llegó a tal punto de la locura que la guerra y la devastación de Italia puso fin a las discordias civiles. Pero antes de comenzar el relato me referiré a un poco más arriba a fin de que todas las cosas sean conocidas mejor y más claramente.
 En la segunda guerra púnica en la cual Aníbal, capitán de los cartagineses, después que el nombre romano se hubo hecho glorioso, disminuyó bastante la potencia de Italia; Masinisa, rey de los Númidas, acogido en amistad por aquel Publio Escipión, que después por su valor ganó el sobrenombre de Africano, emprendió muchas y muy esclarecidas empresas militares; por las cuales, vencidos los cartagineses y apresado Sifax, cuyo imperio en África fue poderoso y vasto, el Pueblo Romano dio al rey cuantas ciudades y tierras había conquistado con las armas en la mano. Así, pues, la amistad de Masinisa nos era constantemente honrosa y útil; y no se acabó sino con el imperio y con su vida. Después su hijo Micipsa obtuvo él solo el reino cuando una enfermedad arrebató a sus hermanos Manastabal y Gulusa. Micipsa tuvo dos hijos, Aderbal y Hiempsal y tuvo en su casa, tratándole como a ellos, a Yugurta, hijo de su hermano Manastabal, al cual Masinisa -porque nació de una concubina- había privado de su herencia.
 6.-Luego que éste llegó a la mocedad, gallardo de fuerzas, hermoso de aspecto pero bastante más vigoroso de ingenio, no se dejó corromper por la molicie y el ocio; pero, como es costumbre de aquellas gentes, cabalgaba, tiraba el arco, en la carrera competía con sus coetáneos y, aunque superaba a todos en reputación, era, sin embargo, estimado de todos: además de esto se pasaba la mayor parte del tiempo en la caza y era el primero o de los primeros en herir a los leones o a otras fieras; y obrando mucho, hablaba poquísimo de sí mismo. De estas cosas Micipsa, aunque al principio se alegraba considerando que el valor de Yugurta redundaría en gloria para su reino, sin embargo, después que comprendió que el mozo en la flor de la edad se iba ganando más y más crédito mientras él era ya maduro y pequeños sus hijos, vivamente turbado por este hecho, revolvía muchos pensamientos en su interior. Le aterraba la naturaleza humana, ávida de mando, proclive a satisfacer las pasiones del ánimo y, sobre todo, la favorable ocasión de su edad y de sus hijos, la cual, con la esperanza de buen éxito, hace extraviar aun a los hombres menos emprendedores; añádase a esto el amor por Yugurta que encendía el pecho de los Númidas, por los cuales si hubiesen quitado de en medio a un varón tal, temía Micipsa que se levantasen sediciones o guerras.
 7.-Angustiado con estas dificultades, después que ve que ni con la violencia podía quitarse de en medio a tan bien quisto del pueblo y, por otra parte, siendo Yugurta valiente y deseoso de gloria militar, determinó exponerlo a los peligros y tentar por este camino fortuna. Por ello, teniendo Micipsa que enviar al Pueblo Romano socorros de caballería y de infantería para la guerra de Numancia, le puso al mando de los Númidas que envió a España con la esperanza de que, o bien al hacer alarde de su valor o por el furor de los enemigos, seguramente perecería. Pero la realidad le salió muy de otra manera a como él había calculado. Porque Yugurta, pronto y agudo de ingenio como era, así que conoció el carácter de Publio Escipión, que entonces era el general de los Romanos, y las costumbres de los enemigos, a costa de gran trabajo y cuidados, y además de esto y obedeciendo a todos con suma modestia y en muchas ocasiones saliendo al encuentro de los peligros, llegó en breve a hacerse tan ilustre que era sumamente querido de los nuestros y muy temido de los Numantinos. Y a la verdad era valeroso en la batalla y maduro en las deliberaciones, lo que es difícil en sumo grado; de estas dos cosas una, la mayor de las veces, suele hacer, por prudencia, temerosos, y la otra, por audacia, temerarios. En consecuencia, el general trataba casi todas las cosas difíciles por medio de Yugurta; le contaba entre sus amigos y más cada día le mostraba su amistad viendo que ni consejo ni empresa suya le salía vana. Agregábase a esto la libertad del ánimo y la destreza del ingenio, por el cual tenía a muchos romanos encadenados con íntima amistad.
 8.-Había en aquel tiempo en nuestro ejército varios individuos entre nuevos y nobles para los cuales las riquezas tenían más importancia que el bien y lo honesto; eran facciosos en Roma y por ello gozaban de prestigio entre los aliados; famosos más que virtuosos. Estos inflamaban el ánimo de Yugurta, prometiéndole que a la muerte de Micipsa sería el único señor en el reino de Numidia, puesto que era grande su valor y en Roma, por otra parte, todo se vendía. Pero, después que, destruida Numancia, Publio Escipión licenció las tropas auxiliares y resolvió volverse a casa, honró espléndidamente a Yugurta con regalos y con alabanzas en presencia del ejército; después le llevó a su tienda y allí le aconsejó en secreto que cultivase la amistad del Pueblo Romano, más bien mediante la pública autoridad que valiéndose de particulares y que no se acostumbrase a hacer regalos a nadie, pues no sin riesgo se compraba a pocos lo que era de muchos; si quería persistir como hasta ahora en sus buenas costumbres, la gloria y el reino le vendrían por sí solos a las manos; pero si se daba excesiva prisa, sus propias riquezas le empujarían al precipicio.
LA GUERRA DE YUGURTA / LA CONJURACIÓN DE CATILINA de Cayo Crispo ... 9.-Después de haberle hablado así, le despidió con una carta dirigida a Micipsa, cuyo contenido era éste: "El valor de tu Yugurta en la guerra de Numancia fue extraordinario; me consta que esta noticia te será muy grata. Yo le estimo por sus méritos y haré cuanto pueda por que también le estime el Senado y el Pueblo Romano. Me congratulo contigo por nuestra amistad; ahí tienes a un hombre digno de ti y de su abuelo Masinisa." El rey, pues, cuando supo por la carta de Escipión que eran ciertas las noticias que le habían dado sobre Yugurta, conmovido por el mérito y la gallardía del mozo, cambió de propósito y se aplicó a ganarse a Yugurta con beneficios; al punto le adoptó y en su testamento le declaró heredero junto a sus hijos. De allí a pocos años, consumido por las enfermedades y por la edad, sintiendo que le llegaba el fin de su vida, dicen que, en presencia de amigos y parientes y de sus hijos Aderbal y Hiempsal, habló a Yugurta de esta manera:
 10.-"Yo te acogí cuando eras pequeño, Yugurta, en mi reino después de la pérdida de tu padre, sin esperanza y sin bienes de fortuna, juzgando que en agradecimiento no me hubieses querido menos que mis propios hijos si te hubiese engendrado; en esto no me engañé. Pues para no mencionar otros grandes y egregios hechos tuyos, últimamente, a la vuelta de Numancia, honraste con la gloria a mí y a mi reino y con tu valor nos hiciste a los romanos de amigos que éramos, amicísimos; renovaste en España el nombre de nuestra familia; por último, venciste a la gloria con tu fama, cosa difícil entre los mortales. Ahora, ya que la naturaleza está poniendo término a mi vida, por esta mi diestra, por la fe que debo al reino, te exhorto y te conjuro a que ames a estos que por sangre te son parientes y por beneficio mío, hermanos; y no desees más agregarte a extraños que conservar a los que te son afines por sangre. No son los ejércitos ni los tesoros los que sostienen el trono, sino los amigos que no se ganan por las armas ni se pueden comprar con oro: se obtienen con buenos oficios y lealtad. ¿Pues quién es más amigo que el hermano para el hermano? ¿O a qué extraño encontrarás fiel si eres enemigo de los tuyos? En verdad que os dejo un reino bien firme si hay paz entre vosotros; pero será débil si no os amáis y avenís; pues con la concordia se acrecientan las pequeñas cosas y con la discordia las más grandes se destruyen. Por lo demás a ti Yugurta, que por edad y sabiduría aventajas a otros, antes que a éstos te conviene prevenir que no suceda de otro modo: pues en toda contienda el más poderoso, aun cuando reciba una injuria, por el hecho de ser así, aparenta ser el agresor. Y vosotros, Aderbal y Hiempsal, respetad y honrad a un hombre semejante, imitad su valor y poned vuestro empeño en que no parezca que yo he prohijado hijos mejores que los que he engendrado."
 11.-A estas palabras, Yugurta, aunque comprendía que el rey no hablaba con sinceridad, y él mismo fomentaba en su ánimo sentimientos muy distintos, sin embargo, respondió con dulzura, como lo pedían las circunstancias. Pocos días después murió Micipsa. Y una vez que le hicieron magníficas exequias, según costumbre real, los príncipes se reunieron para deliberar entre sí de todos sus asuntos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1985, en traducción de José Torrens Béjar. ISBN: 84-7291-907-2.]

martes, 7 de abril de 2020

Quisicosas, traducidas y aumentadas.- Nicolás Estévanez Murphy (1838-1914)

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«Timón, el misántropo, al ver dos mujeres ahorcadas de la rama de una higuera, exclamó convencido : ¡Ojalá llevaran todos los árboles esa misma fruta! […]
 La señorita de Montpensier, hija de Gastón de Orleáns y sobrina de Luis XIII, paseaba un día por la calle de Saint-Honoré, en París, cuando un pobre ciego que pedía limosna le dijo humildemente: Socorred, princesa, a este desgraciado que no puede gozar de las dichas de este mundo.
-¿Sois eunuco? le preguntó la princesa. […]
 Le advertían a una recién casada que la mujer ha de obedecer a su marido, pues lo ordena San Pablo.
 -No soy del parecer de San Pablo, replicaba ella.
 -Es que quien habla por los labios del apóstol es el Espíritu Santo.
 -Pues no soy de la opinión del Espíritu Santo, que ni es mujer ni se ha casado nunca. [...]
 -Me aburro solo, decía bostezando un holandés.
 -No estás solo, contestaba su mujer, puesto que yo estoy aquí.
 -El marido y su mujer no son más que uno, replicaba aquél. […]
 Comparaba Plutarco las orejas de un curioso a ventosas que atraen todo lo malo.
 Un magistrado francés, al ver una escultura que representaba a la Paz y a la Justicia besándose, exclamó : “¡Se despiden para siempre !” […]
 Calpurnia, que ejercía la abogacía en Roma, tuvo la culpa de que se les prohibiera a las mujeres romanas, y después a todas, el ejercicio de esa profesión. Y fue porque una vez, a pesar de su elocuente alegato, perdió un pleito, lo que le produjo tal irritación contra los jueces, que en señal de menosprecio les volvió la espalda, se levantó la ropa y les enseñó con desvergüenza el culo. Ha sido necesario que pasen veinte siglos para que las mujeres vuelvan a ejercer funciones de abogado. Ya no hay peligro de que se repita el acto de Calpurnia: las mujeres modernas son más pudorosas. […]
  Disputando una vez dos mujeres ordinarias, una de ellas cómica, le dijo a la otra en son de menosprecio:
- ¡Actriz!.. .
- ¡Actroz!,  replicó la actriz.
- ¡Animal!
-¡Vegetal! […]
 Al terminarse la construcción del Puente Nuevo, que hoy es el más viejo de los puentes de París, celebraron un banquete los ingenieros y las autoridades, apenas concluida la ceremonia oficial de la inauguración. Pero antes de comenzar el banquete, los ingenieros se hicieron notar unos a otros la presencia de un individuo que, provisto de varios instrumentos, recorría toda la extensión del puente, observaba su altura, tomaba algunas medidas y apuntaba algo en un papel. Creyendo que sería una persona inteligente, y excitada su curiosidad, lo convidaron a comer. A los postres lo invitaron a exponer su juicio, a decir lo que se le ocurriera de la flamante obra, a señalar sus defectos, y él respondió con gravedad:
- Felicito a ustedes por la hermosa idea que han  tenido de hacer el puente a lo ancho, porque si lo hubieran hecho a lo largo no lo acaban tan pronto.
Afortunadamente para el intruso, ya había comido. […]
 -He recibido todos los sacramentos, decía un católico vanagloriándose, menos el del matrimonio.
-Sí, le replicó una duquesa famosa por su ingenio en la corte de Versalles, de ése no habéis recibido el original, ¡pero habéis sacado tantas copias!
 Hablábase, en una reunión alegre, de la metempsicosis. Un banquero, creyendo decir un chiste, declaró que se acordaba de haber sido antes el becerro de oro.
Y un chusco le respondió:
-Pues no habéis perdido más que el dorado. […]
En su lecho de muerte y rodeado de sus amados discípulos, dijo el filósofo Teofrasto:
-He cumplido ciento siete años; ¡y voy a morirme ahora, que apenas empezaba a tener juicio! […]
 Una frase de Voiture: “La belleza es una carta de recomendación que la naturaleza otorga a sus favoritos.” […]
 Ducis le decía a Chamfort: “Si Dios no manda otro diluvio, es porque ha visto la inutilidad del primero.”
 Hay tres clases de amigos: los que nos quieren bien, los que no se cuidan de nosotros y los que nos detestan.
 "De tal manera se distribuyen la censura y el aplauso, decía. Turgot, que el hombre de bien prefiere ser difamado.”
 Preguntáronle a Pope de qué manera lograba tener tantos amigos: “Por medio de dos axiomas, respondió: Todo es posible; todo el mundo tiene razón.” […]
 Sartines, lugarteniente de policía, quiso una vez averiguar los nombres de los personajes que habían cenado la víspera con la célebre Sofía Arnould. Se presentó en su casa. y le preguntó:
 -¿Dónde cenásteis anoche?
quisicosas. estevanez. - Comprar en todocoleccion - 46729498 -No me acuerdo.
 -¿Os acompañaban muchos?
 -Es verosímil.
 -Habría personas de calidad …
 -Probablemente.
 -¿Cómo se llaman?
 -He olvidado sus nombres.
 -Pues a mí me parece que una mujer como vos no debe de olvidar esas cosas.
 -Es que yo no soy una mujer como yo, en presencia de un hombre como vos. […]
 El gran Condé, cansado un día de que le repitieran sin cesar vuestro señor padre, vuestra señora madre, llamó a un sirviente y le dijo: “Señor lacayo, decidle a mi señor cochero que enganche mis señores caballos a mi señora carroza.” […]
 Como ejemplo de testamento lacónico se cita el de un inglés acreedor del Estado, que murió en el siglo XVIII: “No tengo nada, debo mucho, y el resto para los pobres.” […]
 Arengaba Amable Escalante al pueblo de Madrid, desde un balcón muy alto, el 29 de septiembre de 1868. El pueblo no entendía lo que decía el orador, así por su escasa voz como por la distancia; pero lo aplaudía como si lo oyera. Y todo su discurso, si hemos de creer a los que en el balcón se pusieron a su lado, se redujo a repetir cuarenta y cinco veces las palabras que siguen: “¡Mi padre fue liberal, mi abuelo fue liberal, yo soy más liberal que mi padre y que mi abuelo!” Cansado al fin de repetir la frase, tan aplaudida por la multitud, acabó con este apóstrofe, no menos aplaudido: “Amado pueblo, el que no te conozca que te compre!”
 Una señora francesa, leyendo una novela romántica, no pudo acabar la lectura de un capítulo en que dos enamorados se decían ternezas. Y arrojó el libro diciendo: “¡Tanto hablar estando solos!... ¿Qué diablo esperan?” […]
 En uno de sus sermones dijo un predicador: “Admiremos a la Providencia, que ha puesto los ríos próximos a las ciudades.”
 No era menos sabio un negociante español, que al desembarcar en el muelle de Montevideo, exclamó con grotesca seriedad: “¡Qué admirado se quedaría Colón cuando al llegar aquí se encontró con una ciudad tan grande y tan hermosa!”
 El abate Prevot fue nombrado capellán del príncipe de Conli. El príncipe le dijo:
 -Señor abate, habéis querido ser mi capellán y os he nombrado; pero os advierto que yo no tengo costumbre de oír misa.
 -Ni yo tengo costumbre de decirla, respondió el abate. […]
Departían amigablemente el cura y el sacristán. Hablaron de muchas cosas, y al tocar el capítulo de faldas, el primero le preguntó al segundo :
 -¿Con cuántas mujeres del lugar, sin contar la tuya, has tenido relaciones?
 -Señor cura, se lo diré con franqueza; las he tenido con todas, con las treinta y seis. ¿Y usted, señor cura?
 -Yo... con treinta y siete. […]
  A un mismo tiempo se prohibieron en Suiza La Doncella de Voltaire y El Ingenio de Helvecio. El magistrado de Basilea que debía embargar las obras, ofició al Senado: “En todo el cantón no se ha podido encontrar ingenio ni doncella.” […]
 Hablaba un día Luis XIV del poder absoluto de los reyes sobre sus vasallos, afirmando que no tiene límites. El conde de Guiche se atrevió a decirle que todo poder es limitado. Insistió el rey, diciéndole al conde: “Si yo os mando arrojaros de cabeza al mar, debéis hacerlo en seguida.” El conde, sin replicar, se dirigió a la puerta.
-¿A dónde váis?, le preguntó el rey admirado.
-Señor, contestó Guiche, voy a aprender a nadar.»

       [El texto pertenece a la edición en español de Garnier Hermanos, Libreros editores, 1910.]

lunes, 1 de julio de 2019

Satiricón.- Petronio (c. 14/27 - 65)


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«48.-Trimalción, con rostro afable, se volvió a nosotros y dijo:
 -El vino, si no os agrada, lo cambio; sois vosotros los que debéis darlo por bueno. Gracias a los dioses no lo compro; que ahora todo lo de boca me nace en una finca que todavía no he visto. Dicen que confina por un lado con Terracina y por otro con Tarento. Ahora quiero unir Sicilia a mis tierruchas para, cuando me dé la gana de ir a África, navegar por propiedades mías. Pero cuéntame tú, Agamenón, ¿qué tipo de controversia has declamado hoy? Yo, aunque no actúo en los tribunales, he aprendido, sin embargo, letras para andar por casa. Y para que no pienses que me fastidian los estudios: tengo dos bibliotecas, una griega y otra latina. Hazme, pues, el favor de decirme la perístasis de tu declamación.
 Dijo Agamenón:
 -Un pobre y un rico se llevaban muy mal...
 Interrumpió Trimalción:
 -¿Qué es un pobre?
 -Muy agudo -dijo Agamenón, y expuso no sé qué tema de controversia.
 Al punto, Trimalción:
 -Esto, si es un sucedido no es una controversia; si no ha sucedido, no es nada.
 Estas y otras salidas las acogimos con elogios más que desbordados.
 -Por favor, Agamenón, amigo mío -dijo Trimalción-, ¿quizá recuerdas los doce trabajos de Hércules, o la leyenda de Ulises cuando aquello de que el Cíclope le dislocó el pulgar con un hueso de puerco? Solía yo de muchacho leer esos episodios en Homero. Pues lo que es la Sibila, de veras que en Cumas la vi yo mismo con mis propios ojos colgada dentro de una jaula; y cuando los muchachos le preguntaban: "Sibila, ¿qué quieres?", respondía ella: "Quiero morir".
 49.-Aún no había acabado de soltar todas esas lindezas cuando un bandejón con un cerdo enorme llenó toda la mesa. Nos maravillamos de la rapidez y juramos que ni un gallo siquiera podría haberse guisado bien en tan corto tiempo; y tanto más porque el puerco nos parecía mucho mayor que el jabalí de poco antes. Entonces, Trimalción, clavando su vista más y más en él, dijo:
 -Pero, ¿cómo? ¿Este puerco no está vaciado? Por Hércules, que no. Llama, llama al cocinero y que venga a mi presencia.
 Se presentó el cocinero ante la mesa, compungido, y dijo que se había olvidado de vaciarlo.
 -¿Cómo? ¿Olvidado? -chilló Trimalción-. Se podría pensar que lo que olvidó fue echarle pimienta y comino. Desnudadlo.
 No pasó un segundo y ya había sido desnudado el cocinero; allí está, abatido, entre dos verdugos. Pero todos empezaron a suplicar y decir:
 -Pasa a veces. Por favor, déjalo. Si lo llegara a hacer otra vez, ninguno de nosotros pedirá por él.
 Yo, de una severidad más que inhumana, no pude contenerme; inclinándome al oído de Agamenón le susurré:
 -Realmente debe ser un esclavo muy zote: ¿podría alguien olvidarse de vaciar un puerco? Por Hércules que yo no le perdonaría con que hubiese dejado así un pez.
 En cambio, Trimalción no fue tan duro, y abriendo su rostro en una carcajada:
 -Pues bien -dijo-, ya que eres de tan mala memoria, vacíalo aquí, ante nosotros.
 Recuperada la túnica, el cocinero empuñó el cuchillo y rajó el vientre del puerco acá y allá con mano indecisa. Al punto, de los cortes que se agrandaban por sí solos por la presión del peso, se derramaron salchichas y morcillas.
 50.-Después de este prodigio toda la servidumbre rompió a aplaudir y gritó:
 -¡Viva Gayo!
 El cocinero fue honrado con un trago y con una corona de plata, el vaso se lo presentaron en una bandeja de Corinto. Agamenón la examinó atentamente muy de cerca, y entonces dijo Trimalción:
 -¡Soy el único que tiene verdaderos corintios!
 Esperaba yo que de conformidad con su insolencia anterior dijera que le llevaban la vajilla desde Corinto. Pero él con una salida mejor nos dijo:
 -Y quizás quieras saber por qué soy el único en poseer legítimos corintios; pues porque el broncista a quien se los compro se llama Corinto. Y ¿qué puede ser corintio sino lo que sale de Corinto? Y no me tengáis por un paleto: sé pero que muy bien cómo comenzaron los bronces de Corinto. Cuando fue tomada Troya, Aníbal, tipo taimado y gran lagartón, todas las estatuas de bronce y de oro y de plata las amontonó en una hoguera y les prendió fuego; se hicieron una sola masa amalgamada. Y de esta masa cogieron los artesanos e hicieron platos y fuentes y figuritas. Así nacieron los bronces de Corinto, de todos los metales mezclados, ni uno ni otro. Perdonadme lo que voy a decir: yo prefiero para mí las cosas de cristal ya que, por lo menos, no huelen. Y si no se rompieran, incluso las preferiría al mismo oro; pero la realidad es que andan por el suelo.
 51.-El caso es que hubo un artesano que hizo una taza de cristal que no se quebraba. Fue admitido a la presencia del César con su obsequio; luego hizo como que la alargaba al César y la tiró contra el suelo. El emperador se asustó hasta donde no cabía más. Pero él recogió la taza de tierra: estaba abollada como una vasija de bronce. Luego sacó de su cintura un pequeño martillo y arregló lindamente con toda facilidad la taza. Con esto creía que había tocado las campanillas a Júpiter, especialmente luego que el emperador le dijo:
 -¿Hay alguien más que sepa el secreto de fabricación de estos cristales?
 ¡Fijaos un momento! En cuanto dijo que no, el César mandó que fuese degollado: porque si la cosa se supiera, tendríamos el oro a la altura del betún.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Manuel Díaz y Díaz. ISBN: 84-7530-146-0.]
 

sábado, 2 de marzo de 2019

"Sensus communis". Ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor.- Anthony Ashley Cooper , 3er. conde de Shaftesbury (1671-1713)


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Primera parte
IV

«Semper ego auditor tantum*? Es una queja tan natural en teología, moral y filosofía como lo fue en la época del satírico Juvenal en poesía. La ley fundamental de la conversación, cuyo establecimiento anhela fervientemente todo el mundo, es que cada cual pueda hablar a su debido tiempo. Cualquier razonamiento avanza más en un minuto o dos mediante preguntas y respuestas, que con la sucesión de soliloquios interminables. Las arengas sólo valen para agitar pasiones y la retórica tiene la facultad de aterrorizar, exaltar, arrebatar o deleitar, antes que la de convencer o enseñar. Un debate libre es un cuerpo a cuerpo. El soliloquio, en comparación, no es más que luchar contra molinos de viento. Es lógico que cuando se nos reduce a meros oyentes de las arengas de otros sobre cualquier asunto, sin poder intervenir, terminemos deplorando tanto el asunto de tales discursos como a los que los pronuncian. Los hombres prefieren razonar sobre naderías, siempre que puedan hacerlo libremente y sin la imposición de la autoridad, que sobre las cosas más útiles e importantes del mundo si están obligados a mantener ciertas formas y temen decir lo que se les ocurre.
 No es raro que la gente razone tan poco y no se preocupe demasiado de argumentar con rigor en sociedad sobre cualquier asunto trivial, puesto que están tan poco acostumbrados al ejercicio de la razón para pensar en grandes materias y suelen verse obligados a argumentar lo mínimo a propósito de cuestiones que requerirían la mayor actividad y esfuerzo. Lo mismo sucede cuando los cuerpos fuertes y vigorosos se encuentran encerrados en un espacio reducido y, puesto que no pueden hacer ejercicio, se ven forzados a adoptar posturas incómodas y hacer contorsiones extrañas: siguen moviéndose, pero de la forma más torpe imaginable. Y es que los espíritus animales no pueden yacer muertos o inactivos en esos miembros sanos y vigorosos. Del mismo modo, por más que se intente sojuzgar a los espíritus libres por naturaleza de los hombres ingeniosos ellos encontrarán otras maneras de moverse para hacer más llevadera su situación y ya sea mediante el recurso a la burla, la imitación o la payasada, les hará inmediatamente felices desahogarse y vengarse de quienes los oprimen.
 Si se prohíbe a los hombres expresarse seriamente sobre determinados temas, lo harán irónicamente. Si se les prohíbe hablar de tales asuntos, o les parece efectivamente peligroso hacerlo, adoptarán un disfraz, se envolverán en misterio y hablarán de manera ininteligible o al menos difícil de interpretar para aquellos que están dispuestos a causarles problemas. Eso es lo que hace que se ponga de moda la burla y que llegue hasta el paroxismo. El espíritu de persecución ha promovido el espíritu burlón: la ausencia de libertad puede explicar la ausencia de auténtica cortesía así como las bromas de mal gusto y el mal uso del humor.
 Respecto a ese mal uso, el hecho de que a veces traspasemos el límite de lo que llamamos urbanidad y caigamos en la rusticidad del bufón, podemos agradecérselo a la ridícula solemnidad y el humor amargo de nuestros pedagogos o, mejor dicho, ellos deberían agradecerse a sí mismos el ser objeto de la mordacidad más descarnada. Es natural que se aplique una intensidad proporcional a la severidad de quien reprime: cuanto mayor la opresión, más ácida la sátira. Cuanto más dura la esclavitud, más refinada la bufonería.
 Para darse cuenta de ello, basta fijarse en los países donde existe una férrea tiranía espiritual. Pues los más destacados bufones son italianos y las bufonadas y el género burlesco dominan en su literatura, sus conversaciones familiares, sus teatros y sus calles. Es el único medio de que dispone el infeliz oprimido para dar rienda suelta a un pensamiento libre. Hemos de concederles la superioridad en esa clase de ingenio. No es extraño, pues, que quienes gozamos de mayor libertad mostremos menor destreza en ese género ilustre de la broma y la parodia.»
 
*Juvenal, Sátiras, I, 1: "¿Siempre yo oyente solo? ¿Nunca voy a replicar [...]?", trad. de Bartolomé Segura Ramos, Madrid, CSIC, 1996.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2017, en traducción de Eduardo Gil Bera. ISBN: 978-84-16748-44-0.]