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domingo, 20 de agosto de 2023

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.- Bernal Díaz del Castillo (1492-1584)


CVC. La Antigua Guatemala. Bernal Díaz del Castillo.
Capítulo CVII: Cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le quería dar una hija de las suyas para que se casase con ella, y lo que Cortés le respondió, y todavía la tomó, y la servían y honraban como hija de tal señor.


 «Como otras muchas veces he dicho, siempre Cortés y todos nosotros procurábamos de agradar y servir a Montezuma y tenerle palacio, y un día le dijo el Montezuma: “Mira, Malinche, qué tanto os amo, que os quiero dar a una hija mía muy hermosa para que os caséis con ella y que la tengáis por vuestra legitima mujer”. Y Cortés le quitó la gorra por la merced, y dijo que era gran merced la que le hacía, mas que era casado y tenía mujer, e que entre nosotros no podemos tener más de una mujer, y que él la ternía en aquel grado que hija de tan gran señor meresce, y que primero quiere se vuelva cristiana, como son otras señoras, hijas de señores. Y Montezuma lo hobo por bien, y siempre mostraba el gran Montezuma su acostumbrada voluntad. Mas he de un día en otro no cesaba Montezuma sus sacrificios, y de matar en ellos personas. Y Cortés se lo retraía, y no aprovechaba cosa ninguna, hasta que tomó consejo con nuestros capitanes que qué haríamos en aquel caso, porque no se atrevía a poner remedio en ello por no revolver la ciudad y los papas que estaban en el Huichilobos. Y el consejo que sobre ello se dio por nuestros capitanes y soldados, que hiciese que quería ir a derrocar los ídolos del alto Huichilobos, y si viésemos que se ponían en defendello o que se alborotaban, que le demandase licencia para hacer un altar en una parte del gran cu y poner un crucifijo e una imagen de Nuestra Señora.
 Y como esto se acordó, fue Cortés a los palacios adonde estaba preso Montezuma, y llevó consigo siete capitanes y soldados, y dijo al Montezuma: "Señor: ya muchas veces he dicho a Vuestra Majestad que no sacrifique más ánimas a esos vuestros dioses que os traen engañados, y no lo quiere hacer, e hágoos saber, señor, que todos mis compañeros y estos capitanes que conmigo vienen os vienen a pedir por merced que les deis licencia para los quitar de allí y pornemos a Nuestra Señora Santa María y una cruz, y que si agora les dais licencia, que ellos irán a los quitar, y no querría que matasen algunos papas". Y desque el Montezuna oyó aquellas palabras y vio ir a los capitanes algo alterados, dijo: “¡Oh, Malinche, y como nos queréis echar a perder a toda esta ciudad! Porque estaban muy enojados nuestros dioses contra nosotros, y aun de vuestras vidas no sé en qué pararán. Lo que os ruego es que agora al presente os sufráis, que yo enviaré a llamar a todos los papas, y veré su respuesta”. Y desque aquello oyó Cortés hizo un ademán que le quería hablar muy secretamente al Montezuma e que no estuviesen presentes nuestros capitanes que llevaba en su compañía, los cuales mandó que le dejasen solo, y los mandó salir. Y desque salieron de la sala dijo al Montezuma que porque no saliese de allí aquello e se hiciese alboroto, ni los papas lo tuviesen a mal derrocalle sus ídolos, que él trataría con los mismos nuestros que no se hiciese tal cosa, con tal que en un apartamiento del gran cu hiciesen un altar para poner la imagen de Nuestra Señora e una cruz, y quel tiempo andando verían cuán buenos y provechosos son para sus ánimas y para dalles salud y buenas sementeras y prosperidades. Y el Montezuma, puesto que con sospiros y semblante muy triste, dijo quél lo trataría con los papas; y en fin de muchas palabras que sobre ello hobo se puso en días del mes de de mil e quinientos y diez y nueve años. E puesto nuestro altar apartado de sus malditos ídolos y la imagen de Nuestra Señora e una cruz, y con mucha devoción, y todos dando gracias a Dios, dijo misa cantada el padre de la Merced, y ayudaron a la misa el clérigo Juan Díaz y muchos de los nuestros soldados. Y allí mandó poner nuestro capitán a un soldado viejo para que tuviese guarda en ello, y rogó al Montezuma que mandase a los papas que no tocasen en ello, salvo para barrer y quemar ensencios y poner candelas de cera ardiendo de noche y de día, e enramallo y poner flores. Y dejallo he aquí, y diré lo que sobre ello avino.

Capítulo CVIII: Cómo el gran Montezuma dijo a nuestro capitán Cortés que se saliese de Méjico con todos los soldados, porque se querían levantar todos los caciques y papas y darnos guerra hasta matarnos, porque ansí estaba acordado y dado consejo por sus ídolos, y lo que Cortés sobre ello hizo

   Como siempre a la contina nunca nos faltaban sobresaltos, y de tal calidad que eran para acabar las vidas en ellos si Nuestro Señor Dios no lo remediara; y fue que como habíamos puesto en el gran cu, en el altar que hicimos, la imagen de Nuestra Señora y la cruz, y se dijo el santo Evangelio e misa, parece ser que los Huichilobos e el Tezcatepuca hablaron con los papas y les dijeron que se querían ir de su provincia, pues tan mal tratados son de los teules, e que adonde están aquellas figuras y cruz que no quieren estar, o que ellos no estarían allí si no nos mataban, e aquello les daban respuesta, e que no curasen de tener otra, e que se lo dijesen a Montezuma y a todos sus capitanes que luego comenzasen la guerra y nos matasen. Y les dijo el ídolo que mirasen que todo el oro que solían tener para honrallos lo habíamos deshecho y hecho ladrillos, e que mirasen que nos íbamos señoreando de la tierra y que teníamos presos a cinco grandes caciques, y les dijeron otras maldades para atraellos a darnos guerra. Y para que Cortés y todos nosotros lo supiésemos, el gran Montezuma envió a llamar a Cortés, para que le quería hablar en cosas que iban mucho en ellas. E vino el paje Orteguilla y dijo que estaba muy alterado y triste Montezuma, e que aquella noche y parte del día habían estado con él muchos papas y capitanes muy principales, y secretamente hablaban que no lo pudo entender.
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. de Díaz del ... Y desque Cortés lo oyó fue de presto al palacio donde estaba Montezuma, y llevó consigo a Cristóbal de Olí que era capitán de la guardia, e a otros cuatro capitanes, e a doña Marina, e a Jerónimo de Aguilar, y después que se le hicieron mucho acato, dijo el Montezuma: “¡Oh señor Malinche y señores capitanes: cuánto me pesa de la respuesta y mando que nuestros teules han dado a nuestros papas e a mí e a todos mis capitanes! Y es que os demos guerra y os matemos e os hagamos ir por la mar adelante, lo que he colegido dello, y me paresce que antes que encomiencen la guerra, que luego salgáis desta ciudad y no quede ninguno de vosotros aquí; y esto, señor Malinche, os digo que hagáis en todas maneras, que os conviene; si no mataros han; e mira que os va las vidas”. Y Cortés y nuestros capitanes sintieron pesar y aun se alteraron, y no era de maravillar, de cosa tan nueva y determinada, que era poner nuestras vidas en gran peligro sobre ello en aquel instante, pues tan determinadamente nos lo avisaban Y Cortés le dijo quél se lo tenía en merced el aviso, y que al presente de dos cosas le pesaba: no tener navíos en que se ir, que los mandó quebrar los que trujo, y la otra, que por fuerza había de ir el Montezuma con nosotros para que le vea nuestro gran emperador, y que le pide por merced que tenga por bien que, hasta que se hagan tres navíos en el Arenal, que detenga a los papas y capitanes, porque para ellos es el mejor partido si la encomienzan ellos la guerra, porque todos morirán si la quisiesen dar; e más dijo, que porque vea Montezuma que quiere luego hacer lo que le dice, que mande a sus carpinteros que vayan con dos de nuestros soldados que son grandes maestros de hacer navíos a cortar la madera cerca del Arenal. E el Montezuma estuvo muy más triste que de antes, como Cortés le dijo que había de ir con nosotros ante el emperador, y dijo quél daría los carpinteros, y que luego despachase y no hobiese más palabras, sino obras, y que entre tanto él mandaría a los papas y a los capitanes que no curasen de alborotar la ciudad, e que a sus ídolos de Huichilobos que mandaría aplacasen con sacrificios, e que no sería con muerte de hombres. Y con esta tan alborotada plática se despidió Cortés y los capitanes del Montezuma.
 Y estábamos todos con gran congoja esperando cuándo habían de comenzar la guerra. Luego Cortés mandó llamar a Martín López, carpintero de hacer navíos, y Andrés Núñez, y con los indios carpinteros que le dio el gran Montezuma, después de platicado el porte que se podría labrar los tres navíos, le mandó que luego pusiese por la obra de los hacer y poner a punto, pues que en la Villa Rica había todo aparejo de hierro y herreros, y jarcia, y estopa, y calafates, y brea; y ansí fueron y cortaron la madera en la costa de la Villa Rica, y con toda la cuenta e gálibo della y con buena priesa comenzó a labrar sus navíos. Lo que Cortés le dijo a Martín López sobre ello no lo sé, y esto digo porque dice el coronista Gómara en su historia que le mandó que hiciese muestra como cosa de burla, que los labraba, para que lo supiese el gran Montezuma. Remítome a lo que ellos dijeren, que gracias a Dios son vivos en este tiempo; mas muy secretamente me dijo el Martín López que de hecho y apriesa los labraba, e ansí los dejó en astillero, tres navíos.
 Dejémosles labrando los navíos y digamos cuáles andábamos todos en aquella gran ciudad, tan pensativos, temiendo que de una hora a otra nos habían de dar guerra, y nuestras naborías de Tascala e doña Marina ansí lo decían al capitán; y el Orteguilla, el paje de Montezuma, siempre estaba llorando y todos nosotros muy a punto y buenas guardas al Montezuma. Digo de nosotros estar a punto no había necesidad de decillo tantas veces, porque de día ni de noche no se nos quitaban las armas, gorjales y antipares, y con ello dormíamos. Y dirán agora dónde dormíamos; de qué eran nuestras camas, sino un poco de paja y una estera, y el que tenía un toldillo ponelle debajo, y calzados y armados, y todo género de armas muy a punto, y los caballos ensillados y enfrenados todo el día, y todos tan prestos, que en tocando al arma, como si estuviéramos puestos e aguardando para aquel punto; pues velas cada noche, que no quedaba soldado que no velaba. Y otra cosa digo, y no por me jactanciar de ello: que quedé yo tan acostumbrado a andar armado y dormir de la manera que he dicho, que después de conquistada la Nueva España tenía por costumbre de me acostar vestido y sin cama, e que dormía mejor que en colchones; e agora cuando voy a los pueblos de mi encomienda no llevo cama; e si alguna vez la llevo, no es por mi voluntad, sino por algunos caballeros que se hallan presentes, porque no vean que por falta de buena cama la dejo de llevar, mas en verdad que me echo vestido en ella. Y otra cosa digo: que no puedo dormir sino un rato de la noche, que me tengo de levantar a ver el cielo y estrellas, y me he de pasear un rato al sereno, y esto sin poner en la cabeza cosa ninguna de bonete ni paño, y gracias a Dios no me hace mal, por la costumbre que tenía. Y esto he dicho porque sepan de qué arte andábamos los verdaderos conquistadores, y cómo estábamos tan acostumbrados a las armas y a velar. Y dejemos de hablar en ello, pues que salgo fuera de nuestra relación, y digamos cómo Nuestro Señor Jesucristo siempre nos hace muchas mercedes. Y es que en la isla de Cuba Diego Velázquez dio mucha priesa en su armada, como adelante diré, y vino en aquel instante a la Nueva España un capitán que se decía Pánfilo de Narváez.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espasa Calpe, 1997, pp. 375-379. ISBN: 84-239-7266-6.]

jueves, 25 de julio de 2019

Relación de Michoacán.- Anónimo (c. 1540)


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Prólogo

«Es un dicho muy común que dice que naturalmente desean todos saber y para adquirir esta ciencia se consumen muchos años revolviendo libros y quemándose las cejas y andando muchas provincias y deprendiendo muchas lenguas por inquirir y saber, como hicieron muchos gentiles, como lo relata y cuenta más por extenso el bienaventurado Sant Hierónimo en el prólogo de la Biblia. Vínome pues un deseo natural, como a los otros, de querer investigar entre estos nuevos cristianos qué era la vida que tenían en su infidelidad, qué era su creencia, cuáles eran sus costumbres y su gobernación, de dónde vinieron, y muchas veces lo pensé entre mí de preguntallo e inquirillo, y no me hallaba idóneo para ello, ni había medios para venir al fin e intento que yo deseaba; lo uno por la dificultad grande que era, en que esta gente no tenía libros; lo otro de carescer de personas antiguas y que desto tenían noticia; lo otro por el trabajo grande que era y desasosiego que traen estas cosas consigo, porque los religiosos tenemos otro intento, que es plantar la fe de Cristo y pulir y adornar esta gente con nuevas costumbres y tornallos a fundir si posible fuese, para hacellos hombres de razón después de Dios. Yo ya tenía perdida la esperanza deste mi deseo, si no fuera animado por las palabras de Vuestra Señoría Ilustrísima que, viniendo la primera vez a visitar esta provincia de Mechuacan, me dijo dos o tres veces que por qué no sacaba algo de la gobernación desta gente. Después que vi a Vuestra Señoría inclinado a lo mismo que yo, concebí en mí que Vuestra Ilustrísima Señoría daría favor a mi deseo, y por hacelle algún servicio, aunque balbuciendo de poner la mano para escribir algo por relación de los más viejos y antiguos desta provincia, por mostrar a Vuestra Señoría, como en dechado, las costumbres desta gente de Mechuacan para que Vuestra Señoría las favorezca rigiéndolos por lo bueno que en su tiempo tenían, y apartándoles lo malo que tenían y apenas se verá, en toda esta escriptura, una virtud moral, más cerimonias e idolatrías y borracheras y muertes y guerras.
 Yo no he hallado otra virtud, en esta gente, si no es la liberalidad; que, en su tiempo, los señores tenían por afrenta ser escasos; y digo que apenas hay otra virtud entre ellos, porque aun nombre propio para ninguna de las virtudes tienen, donde parece que no las obraban, porque, para decir castidad, se ha de decir por rodeo en su lengua, y así de otras virtudes como es templanza, caridad, justicia, que, aunque tengan algunos nombres, no las entienden, como carescía esta gente de libros. Y en muchas cosas acertaran si se rigieran según el dictamen de la razón; mas como la tienen todos tan afoscada con sus idolatrías y vicios, casi por yerro hacían alguna obra buena. Y permite Nuestro Señor que, como les provee de religiosos, que dejando en Castilla sus encerramientos y sosiego espiritual, les inspira que pasen a estas partes y se abajen no solamente a predicalles según su capacidad, mas aun de enseñarles las primeras letras, y no solamente esto, mas aun abajarse a su poquedad dellos y hacerse a todos todas las cosas, como dice el apóstol San Pablo de sí; así les provee cada día quien les muestre las costumbres morales, como proveyó en Vuestra Ilustrísima Señoría para la administración y gobernación y regimiento deste Nuevo Mundo; y esto digo, sin saber de aplacer a los oídos, porque no conviene a religiosos tener tal intento, y lo que es notorio a todos, y la verdad no se ha de encobrir, porque Vuestra Señoría parece ser electo de Dios para la gobernación desta tierra, para tener a todos en paz, para mantener a todos en justicia, para oír a chicos y grandes, para desagraviar a los agraviados; y bien está la prueba clara, pues el aposento de Vuestra Señoría, está patente a chicos y a grandes, y todos se llegan con tanta confianza a la presencia de Vuestra Señoría que, quitando sus recreaciones y pasatiempos de señor, da audiencia todo el día hasta la noche a unos y a otros, que aun hasta los religiosos estamos casi admirados de la constancia de Vuestra Señoría y podemos decir de Vuestra Señoría que hace más en sustentar y conservar lo conquistado, que fue en conquistallo de nuevo, porque en lo primero fue trabajo de algunos días, y en esto, trabajo de muchos años: en el primero se alaba la animosidad del corazón, en Vuestra Señoría se alaba la benignidad para con todos, el gran talento que Vuestra Señoría tiene para regir, la prudencia en todas las cosas, la afabilidad para con todos, no perdiendo la autoridad y gravedad que el oficio requiere, el celo para que se plante en esta gente nuestra religión cristiana, por lo cual permite Nuestro Señor que corresponda esta gente con amor y temor y reverencia que todos tienen a Vuestra Señoría en esta provincia y en todas las otras desta Nueva España, que aun solas las palabras de Vuestra Señoría tienen por mandamientos, viendo cómo Vuestra Señoría los trata, y cómo los conserva y tiene a todos en tanta paz y tranquilidad. Lo cual no así tan fácilmente se hacía en su infidelidad, porque, por la menos desobediencia que tenían a sus señores, les costaban las vidas y eran sacrificados, y lo que no podían acabar con tanta rigurosidad que les fuesen obedientes alcanza Vuestra Señoría Ilustrísima con tanta mansedumbre, por lo cual es de dar gracias a Nuestro Señor y admirarnos del gran ánimo de Vuestra Señoría, el cual el Espíritu Santo alumbra y reparte sus dones tan a la clara y palpablemente, que chicos y grandes lo sienten. Pues Ilustrísimo Señor, esta escriptura y relación presentan a Vuestra Señoría los viejos desta cibdad de Mechuacan, y yo también en su nombre, no como autor, sino como intérprete dellos, en la cual Vuestra Señoría verá que las sentencias van sacadas al propio de su estilo de hablar, y yo pienso de ser notado mucho en esto, mas como fiel intérprete no he querido mudar de su manera de decir, por no corromper sus sentencias, y en toda esta interpretación he guardado esto, sino ha sido algunas sentencias y muy pocas que quedarían faltas y diminutas, si no se añadiese algo, y otras sentencias van declaradas, porque las entiendan mejor los lectores, como es esta manera de decir: no cuche he pu hucarxacan, que quiere decir en nuestro romance, al pie de la letra: no tenemos cabezas con nosotros; y no lo toman ellos en el sentido que nosotros, mas entendían en su tiempo, cuando estaban en alguna aflicción, o pensaban ser cautivados de sus enemigos, y que les cortarían las cabezas, y las pondrían en unos varales, juzgábanse que ya las tenían cortadas, y por eso decían que no tenían cabezas consigo. En la manera del rodar las sentencias ha que notar que no llevan tantos vocablos equívocos en tanta abundancia como en nuestra lengua. A esto digo que yo sirvo de intérprete destos viejos, y haga cuenta que ellos lo cuentan a Vuestra Señoría Ilustrísima y lectores, dando relación de su vida y cerimonias y gobernación y tierra.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Dastin, 2002, en edición de Leoncio Cabrero Fernández. ISBN: 84-492-0238-8.]

viernes, 16 de noviembre de 2018

Cartas de la conquista de México.- Hernán Cortés (1485-1547)


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Carta cuarta, que don Hernando Cortés, gobernador y capitán general, por su majestad, en la Nueva España del mar Océano, envió al muy alto y muy potentísimo, invictísimo señor don Carlos, emperador augusto y rey de España, nuestro señor  

«De los dichos oficiales y de otras personas que en su compañía vinieron, y por algunas cartas que desos reinados me han escrito, he sabido que las cosas que yo a vuestra cesárea majestad envié con Antonio de Quiñones y Alonso de Ávila, que fueron por procuradores desta Nueva España, no llegaron ante su real presencia porque fueron tomados por los franceses, a causa del mal recado que los de la casa de la contratación de Sevilla enviaron para que los acompañase desde las islas de los Azores; y aunque por ser todas las cosas que iban tan ricas y extrañas que deseaba yo mucho que vuestra majestad las viera, porque demás del servicio que con ellas vuestra alteza recibía mis servicios fueran más manifiestos, me ha pesado mucho; mas también he holgado que las llevasen, porque a vuestra majestad harán poca falta y yo trabajaré de enviar otras muy más ricas y extrañas, según tengo nuevas de algunas provincias que ahora he enviado a conquistar y de otras que enviaré muy presto teniendo gente para ello; y los franceses y los otros príncipes a quien aquellas cosas fueren notorias conocerán por ellas la razón que tienen de se sujetar a la imperial corona de vuestra cesárea majestad, pues demás de los muchos y grandes reinos y señoríos que en esas partes vuestra alteza tiene, destas tan divisas y apartadas, yo, el menor de sus vasallos, tanto y tales servicios le puedo hacer: y para principio de mi ofrecimiento, envío ahora con Diego de Soto, criado mío, ciertas cosillas que entonces quedaron por desecho y por dignas de acompañar a las otras, y algunas que después acá yo he hecho, que aunque, como digo, quedaron por desechadas, tienen algún parecer con ellas; envío asimismo una culebrina de plata, que entró en la fundición della veinte y cuatro quintales y dos arrobas, [...] pero por ser una cosa tan rica y tan de ver, y digna de ir ante tan alto y excelentísimo príncipe, me puse a lo trabajar y gastar; suplico a vuestra cesárea majestad reciba mi pequeño servicio, teniéndole en tanto cuanto la grandeza de mi voluntad para le hacer mayor, si pudiera merecer; porque aunque estaba adeudado, como a vuestra alteza arriba digo, me quise adeudar en más, deseando que vuestra majestad conozca el deseo que de servir tengo; porque he sido tan mal dichoso, que hasta ahora he tenido tantas contradicciones ante vuestra alteza que no han dado lugar a que este mi deseo se manifestase. 
 Asimismo envío a vuestra sacra majestad sesenta mil pesos de oro de lo que ha pertenecido a sus reales rentas, como vuestra alteza verá por la cuenta que dello los oficiales y yo enviamos, y hemos tenido atrevimiento a enviar tanta suma junta, así por la necesidad que acá se nos representa que vuestra majestad debe tener con las guerras y otras cosas, como porque vuestra majestad no tenga en mucho la pérdida de lo pasado, y después desto se enviará cada vez que hubiere aparejo todo lo más que yo pudiere; y crea vuestra sacra majestad que, según las cosas van enhiladas y por estas partes se ensanchan los reinos y señoríos de vuestra alteza, que tendrá en ellas más seguras rentas y sin costa que en ninguno de todos sus reinos y señoríos, si no se nos ofrecen algunos embarazos de los que hasta ahora aquí se nos han ofrecido. Digo esto porque habrá dos días que Gonzalo de Salazar, factor de vuestra alteza, llegó al puerto de San Juan desta Nueva España, del cual he sabido que en la isla de Cuba, por donde pasó, le dijeron que Diego Velázquez, teniente de almirante en ella, había tenido formas con el capitán Cristóbal Dolid, que yo envié a poblar las Higueras en nombre de vuestra majestad, y que se había concertado que se alzaría con la tierra por el dicho Diego Velázquez; aunque, por ser el caso tan feo y tan en deservicio de vuestra majestad, yo no lo puedo creer, aunque por otra parte lo creo, conociendo las mañas que el dicho Diego Velázquez siempre ha querido tener para me dañar y estorbar que no sirva; porque cuando otra cosa no puede hacer, trabaja que no pase gente en estas partes; y como manda aquella isla, prende a los que van de acá que por allí pasan y les hace muchas opresiones, y tómales mucho de lo que llevan, y después hace probanzas con ellos porque les dé libres, y por verse libres dél hacen y dicen todo lo que quiere; yo me informaré de la verdad, y si hallo ser así, pienso enviar por el dicho Diego Velázquez y prenderle, y preso, enviarle a vuestra majestad; porque cortando la raíz de todos los males, que es este hombre, todas las otras ramas se secarán y yo podré más libremente efectuar mis servicios comenzados y los que pienso comenzar.
 Todas las veces que a vuestra sacra majestad he escrito he dicho a vuestra alteza el aparejo que hay en algunos de los naturales destas partes para se convertir a nuestra santa fe católica y ser cristianos; y he enviado a suplicar a vuestra cesárea majestad, para ello, mandase proveer de personas religiosas de buena vida y ejemplo. Y porque hasta agora han venido muy pocos, o cuasi ningunos, y es cierto que harían grandísimo fruto, lo torno a traer a la memoria a vuestra alteza, y le suplico lo mande proveer con toda brevedad, porque dellos Dios Nuestro Señor será muy servido y se cumplirá el deseo que vuestra alteza en este caso, como católico, tiene. [...] y porque para hacer órdenes y bendecir iglesias y ornamentos y óleo y crisma y otras cosas, no habiendo obispos, sería dificultoso ir a buscar el remedio dellas a otras partes, asimismo vuestra majestad debe suplicar a Su Santidad que conceda su poder y sean sus subdelegados en estas partes las dos personas principales de religiosos que a estas partes vinieron, uno de la Orden de San Francisco y otro de la Orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderes que vuestra majestad pudiere; porque por ser estas tierras tan apartadas de la iglesia romana y los cristianos que en ellas residimos y residieron tan lejos de los remedios de nuestras conciencias, y como humanos, tan sujetos a pecado, hay necesidad que en esto Su Santidad con nosotros se extienda en dar a estas personas muy largos poderes; y los tales poderes sucedan en las personas que siempre residían en estas partes, que sea en el general que fuere en estas tierras o en el provincial de cada una destas Órdenes.»
 
    [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Sarpe, 1985. ISBN: 84-7291-737-1 (tomo 1)]

jueves, 20 de septiembre de 2018

El samurai.- Shusaku Endo (1923-1996)


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Capítulo 3

«Los monótonos días se suceden, cada uno igual al anterior. El mar no cambia nunca, ni las nubes que flotan sobre el horizonte y el crujido del aparejo es siempre el mismo. El San Juan Bautista sigue su derrotero sin novedad. Cada vez que digo la misa de la mañana pienso que el Señor nos ha concedido un viaje tan tranquilo para ayudarme a cumplir mis objetivos. La mente del Señor es insondable, pero Él desea, creo yo, que el obstinado Japón siga Sus enseñanzas y que yo sea Su instrumento.
 El capitán Montaño y el primer oficial Contreras, sin embargo, no sienten aprecio por mis intenciones. Jamás lo han dicho abiertamente, pero no hay duda de que no están de acuerdo conmigo. Quizás esto se debe a que, durante su permanencia en el Japón, no recibieron una sola impresión favorable del país ni de sus habitantes. No intentan acercarse a los emisarios ni a los demás japoneses más de lo imprescindible y no les gusta que los marinos españoles hablen con los japoneses. En dos ocasiones sugerí al capitán que invitáramos a la cena a los emisarios, pero se negó.
 -En el tiempo que me he visto obligado a permanecer en el Japón -me dijo hace dos días-, no he podido soportar la arrogancia y el genio vivo de los japoneses. Nunca he conocido gente menos sincera, gente que considera una virtud lograr que nadie sepa lo que piensan.
 Respondí que su sistema político es tan refinado que en ocasiones se hace difícil creer que sean una nación pagana.
 -Precisamente por eso es tan difícil tratar con ellos -dijo el primer oficial-. Dentro de poco tratarán de dominar el Pacífico. Si queréis convertirlos al cristianismo más fácilmente lo conseguiréis con las armas que con las palabras.
 -¿Con las armas? -dije impulsivamente-. Subestimáis este país. No es como Nueva España o las Filipinas. Los japoneses están familiarizados con la guerra y son terribles en la batalla. ¿Sabéis? Los jesuitas fracasaron porque cometieron el mismo error.
 Ni el capitán ni el primer oficial parecían interesados, pero aun así enumeré los errores de la estrategia jesuita uno por uno. Por ejemplo, el padre Coelho y el padre Frois querían que el Japón fuera una colonia española para propagar luego el cristianismo. Los gobernantes japoneses se encolerizaron cuando lo supieron. Cuando hablo de los jesuitas muchas veces pierdo la prudencia.
 -Para difundir en el Japón las enseñanzas de Dios -terminé, arrastrado por la pasión-, sólo hay un método posible. Hay que engatusarlos. España debe estar dispuesta a compartir con los japoneses las ganancias del comercio en el Pacífico a cambio de facilidades para la evangelización. Los japoneses sacrificarán cualquier otra cosa por esas ganancias. Si yo fuera obispo...
 Ante estas palabras el capitán y el primer oficial se miraron en silencio. No era el silencio de la aprobación; sin duda les parecía que mis cálculos eran poco adecuados para un sacerdote. Aunque tengo plena conciencia de la necesidad de ser discreto cuando se habla con personas mundanas, había cometido un desliz.
 -El padre parece más interesado por la evangelización del Japón -dijo irónicamente el capitán- que por el interés nacional de España.
 No agregó nada más. Era evidente que habían visto en mis palabras, "Si yo fuera obispo", la expresión de una vana ambición personal. Pero sólo el Señor conoce y juzga los corazones de los hombres. "Tú sabes bien que no he hablado por mera ambición personal. He elegido el Japón como el sitio donde he de morir. Ocurre simplemente que soy la persona apropiada para conseguir que resuenen en todo el Japón las voces que cantan Tus alabanzas."
 Sucedió algo interesante. Mientras caminaba por la cubierta recitando el breviario, se me acercó uno de los comerciantes japoneses. Me estudió con curiosidad mientras yo murmuraba mis plegarias, pero no era así. Me dedicó una sonrisa seductora, bajó la voz y me pidió que sólo a él le concediera privilegios para comerciar en Nueva España. Aparté el rostro, como si él tuviera mal aliento, pero continuó sonriendo y agregó:
 -Cuando llegue el momento, seré generoso. Ganaré dinero y una parte será para vos.
 Permití que la cólera asomara a mi rostro y le dije claramente que si bien era un intérprete, era también un sacerdote y como tal había renunciado al mundo secular. Luego lo envié de vuelta a su cabina.
 No deseo que estos dos meses de viaje me condenen al ocio como sacerdote. Todos los días digo misa en el comedor para los marinos españoles, pero los japoneses no se acercan siquiera a mirar. Para ellos la felicidad significa solamente obtener ganancias. Si una religión les prometiera todos los beneficios de esta vida -amasar riquezas, vencer en la batalla, librarse de las enfermedades-, los japoneses la aceptarían de buen grado; pero parecen totalmente insensibles a lo sobrenatural y a lo eterno. Aún así, me sentiré fracasado si en el curso del viaje no predico la palabra de Dios a los más de cien japoneses que nos acompañan.»

  [El fragmento pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1995, en traducción de Carlos Peralta. ISBN: 84-345-9068-9.]
 

jueves, 9 de junio de 2016

"El imperio jesuítico".- Leopoldo Lugones (1874-1938)


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 IV.- La conquista espiritual

 "No todos los indios aceptaron la dominación jesuítica. Optaron por ella, casi exclusivamente, aquéllos más vejados por los encomenderos, buscando el alivio, ya que eran incapaces de proporcionárselo por sí mismos, en una servidumbre menos cruel. Los reducidos fueron, pues, una minoría, faltando a la obra aquéllos más bravíos, es decir, los más interesantes.
 Las reducciones de Quilmes y del varadero, tan próximas no obstante a Buenos Aires, fueron un fracaso; igual puede decirse de las que intentaron evangelizar la Patagonia; siendo las calchaquíes enteramente destruidas y saqueadas cuando la rebelión de Bohórquez, a pesar de que parecían aseguradas por un gran éxito industrial.
 Pasando por alto las tribus pequeñas no reducidas, como los salvajísimos nalimegas, los guatás, los ninaquiguilás, etc. y no contando sino las naciones que contenían muchas parcialidades, se tiene el siguiente resultado de reacios:
 Los guayanás, nación tan numerosa que se la creía formada por todas las tribus no guaraníes, siendo de notar que esta denominación comprendía entonces sólo a los indios reducidos. Era gente docilísima, sin embargo; jamás causó daño a las reducciones, con las cuales vivía en continua relación, ayudando a los conversos en el trabajo de los yerbales mediante algunas baratijas.
 Seguían por orden de importancia numérica o guerrera, los charrúas; los tupíes, tan huraños que se dejaban morir de hambre cuando caían prisioneros; los bugres; los mbayás; los payaguas; los belicosos tobas; los feroces mocovíes y otros muchos, sobre todo chaqueños.
 La defección de los guanás y de los jarós prueba cuán débiles fueron, en realidad, los lazos que los unían a aquella rudimentaria civilización.
 Con inmenso trabajo habían conseguido los Padres reducirlos, cuando un día se presentaron a su director, comunicándole que se hallaban resueltos a adoptar su antigua vida; pues el Dios que se les predicaba era una deidad muy incómoda, a causa de que estando en todas partes no había cómo librarse de su fiscalización. El estado intelectual de aquellos indios se revela con harta claridad en ese argumento.
 Otra misión también fracasada fue la de los guaycurúes, salvajes belicosos cuya reducción habría convenido efectuar; pero los Padres tuvieron que abandonarlos a los diecisiete años de esfuerzos infructuosos.
 El aislamiento de las tribus, su miseria y sus rivalidades; el dominio laico establecido ya; las identidades religiosas hábilmente explotadas, eran circunstancias favorables a la reducción. Los Padres habían encontrado que el Pay Zumé, vaga deidad a la cual rendían cierto culto los guaraníes, no podía haber sido otro que el apóstol Santo Tomás (padre Tomé), adaptando a la región una de las tantas leyendas religiosas que el fanatismo dominante creyó notar esparcidas por las selvas americanas, a favor de caprichosas semejanzas eufónicas entre las lenguas, o de coincidencias mitológicas -como el hallazgo de las dos tribus hebreas, perdidas desde el cisma de Roboam, el rastro evangélico que se creía determinar en el uso indígena de la cruz como símbolo religioso, y aquella pretendida predicación de Santo Tomás.
 Tuvo su éxito la leyenda, que los Padres aplicaron a su sabor y quizá de buena fe, aprovechando el tradicionalismo forzosamente confuso de tribus sin literatura. La veneración de la cruz (que era igualmente quichua y calchaquina) se la había enseñado el apóstol; sus huellas quedaban grabadas en las areniscas y era él quien les había dado la posesión de aquellas tierras. Esto último lo alegarían después los indios como argumento, ante los comisarios ejecutores del tratado de 1750.
 Su cosmogonía infantil, así como su creencia en la inmortalidad del alma y su temor a los espectros, se prestaban a cualquier adaptación en poder más listo; su falta de patriotismo, en el sentido elevado que hace de este sentimiento una fuerza, y la facilidad con que todos entendían el guaraní, tronco de sus dialectos, agregaban nuevas facilidades a la obra evangelizadora. La misma poligamia, que es el obstáculo más arduo de las misiones, no pasaba, para la mayoría, de una aspiración casi nunca realizada".