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domingo, 24 de abril de 2022

Mister Witt en el cantón.- Ramón J. Sender (1901-1982)


Ramón J. Sender (Author of Réquiem por un campesino español)
VIII.


 «Otra madrugada de un día de julio se levantó y volvió cautelosamente a su despacho mientras dormía Milagritos. Estaba el balcón abierto y no encendió la luz porque entraba la luna, reforzada, además, en intervalos regulares por el faro de San Julián. Abrió todos los cajoncitos del bargueño, sin hallar nada. Pequeños recuerdos relacionados con la historia de sus amores matrimoniales. Un mechón de pelo rubio. Dos puntas de cigarro sucias, guardadas en papel de seda. Iba a comprobarlas, febrilmente, al balcón. Como vio algo escrito en los papeles que las envolvían encendió la luz. Eran fechas. Una en cada papelito. Volvió al bargueño, dejó las reliquias donde las encontró y siguió registrando. Mister Witt se desdeñaba un poco a sí mismo en aquellos momentos, se sentía el “mister Güí” del encuadernador y de los subalternos de la Maestranza. Seguía investigando con celeridad, desdeñando las pruebas de amor. “Ya sé que me ama. Son quince años sabiéndolo” —se decía—. Y buscaba ansiosamente pruebas de lo otro, de la traición. Porque no podía dudar mister Güí en aquel instante —arrodillado bajo el dibujo en busto de su abuelo—, no podía dudar siquiera de que Milagritos no hubiera necesitado completar su vida de algún modo con otro ser. Con otro hombre primario como ella, pero absorbente; inmenso y simple como Carvajal, como Antonete, como la noche y el mar. Mister Güí se detuvo un momento. Le disgustaba su propia prisa, sus precauciones. Pensó, sin que el pensamiento llegara a cuajar, que en todo aquello, en su propia ansiedad, había algo aventurero —una aventura del alma en las que para Emerson estaba todo—, pero recordando las del desalmado abuelo Aldous no se atrevió a compararse con él.
 El mueble era historiado. Estaba hecho de laberintos y sorpresas. Las buscaba afanosamente, sin encontrarlas, y cuando menos lo esperaba, merced a un contacto casual de sus manos con algún resorte, se abrió una tapa de laca y cayó un manojo de cartas. Las primeras eran suyas. Las demás de Froilán. Las separó y se fue a la mesa apretándolas codiciosamente en sus manos. Eran cartas antiguas de quince y veinte años atrás. También las había recientes. La última estaba fechada en 1869.
 —El año de su muerte —se dijo mister Güí.
 Y leyó afanosamente, subrayando frases e intenciones:
 “Querida Milagritos: Soy doctor en Filosofía y Letras y notario. El mismo día que he logrado la plaza he tenido que huir. No me van a dejar ejercer, ni quiero. Tu primo haría muy mal notario. Te escribo con el alma llena de recuerdos de Lorca, de la cocina con sus maderas obscuras teñidas por el humo y las consejas de los viejos, de nuestros abuelos; te escribo con el deseo de pasar una temporada contigo en tu casa, lejos del mundo. Y no es que tenga motivos para sentir el cansancio y el aturdimiento de una vida social a la que esté entregado; no pienses eso, porque te equivocas. No hago vida social ninguna. Ya te digo que el mismo día que me examiné tuve que huir y esconderme. Llevo dos meses en casa de unos correligionarios, que me atienden bien. No puedo salir como no sea para irme de Madrid con alguna seguridad, a algún sitio desde donde pueda embarcarme. Todo va mal. Narváez reconoce que soy un buen poeta, «al que hay que ahorcar». Y no creas que esa bestia apocalíptica se contenta con las frases. ¿Sabes cuál es mi delito? Haber aparecido mi nombre en los papeles que llevaban en los bolsillos cinco revolucionarios, a uno de los cuales (un chico de veintitrés años) han fusilado anteayer. Y menos mal que lo han matado de pie y no con el cepo en el cuello, que es el sistema que prefiere N., lo que revela que es un hombre de sensibilidad, aunque la sensibilidad le sirva para distinguir lo más vil y preferirlo.
 Conviene que a partir del día 27 vaya a Murcia con un caballo el viejo R. todos los días y que espere a la hora que sabe en el sitio de otras veces. Tengo ganas de pasar unos días solo (tú no eres nadie, en este caso, Milagros) para pensar y concentrarme. Estoy consumido por las dudas y la desorientación. Últimamente ha habido traiciones y en cada una de ellas se le llevan a uno un poco de fuerza. Pero ahí la recobraré toda. Quiero estar solo. ¡Solo! Necesito estar completamente solo para señalar el rumbo definitivo de mi vida. Sé que podré conseguirlo en Lorca, durmiendo en las sábanas que huelen a membrillo y comiendo en los manteles que huelen al cuidado de tus manos —a manzanas reinetas—; pero, sobre todo, paseando y leyendo en el cuarto de arriba, el de la ventana que da a la huerta.
 Espérame sobre el día 8 del próximo lo más tarde.¡ Qué versos me cantan ahora en el corazón! Versos de soledad y alejamiento. Lejos, lejos, lejos...
 Tu Froilán.”
 Mister Witt —mister Güí más bien— calculó mentalmente: “Ella tenía entonces quince años y él veintiocho” y luego dijo casi en voz alta: “No es la carta de un amante.” Para añadir poco después, comenzando ya otra: “Es la carta de un loco semiconsciente que pide soledad y ausencia.” Lo veía desmelenado, frenético sin motivo, con sus grandes ojos pasmados, que sólo se debían iluminar para la blasfemia o para la frase de amor. La carta siguiente estaba fechada en Valencia:
 “Milagritos: ¿Qué dices? ¿Tú sabes que nada tiene valor en el mundo si no está sazonado por la verdad y la justicia? En Lorca debéis atender a todos los nuestros, darles pan, dinero, lo que tengáis. La tía que se calle o que refunfuñe. A veces la odio y si sigue así me pondrá en el caso de no responder de mí. No os quemarán la casa. Los absolutistas no irán, y si van ya me enteraré yo. Hasta donde llegan las razones, se razona. Allí donde no llegan palabras llega el plomo, y al coronel ese a quien tanto miedo tiene tu tía (¡qué egoísmo!, veo que sería capaz de llevarte a ti a su alcoba a cuenta de que la dejara en paz con su maíz y sus onzas), a ése le cantaremos la palinodia antes de poco.
 Yo, bien. No me falta lo preciso. Ya sabes lo que te dije el año pasado, cuando estuve ahí. He encontrado el camino y nadie me separará de él. Es duro y áspero, pero lleno de satisfacciones interiores. Sin embargo, me río cuando recuerdo que tú querías venir, aunque fuera vestida de hombre. A mi no me parece mal. Hay por aquí personas “vestidas de hombre” que merecen las faldas mejor que tú. Pero tu puesto está ahí. Consérvate bonita para ser el premio de un héroe de los nuestros. Tuyo Froilán.”
 Y después una posdata:
“A ver si es posible que esté yo tranquilo pensando que los compañeros que pasan por ahí encuentran lo necesario. Díselo a la tía de mi parte, y al coronel que lo mande a la m...”
 La carta llevaba fecha de año y medio después. Mister Güí se dijo:
 “Milagritos trataba de inquietarle con el peligro del coronel, que sin duda le hacía la corte o le había demostrado su afición de alguna manera. Pero Carvajal no se daba cuenta”.
La carta siguiente, con fecha de dos años después, decía algo revelador:
Mister Witt en el Cantón . (CLASICOS CASTALIA. C/C.): Amazon.es ... “Me parece muy mal lo que me dices. Eso de consagrarse por vida a una causa está bien en nosotros. Vosotras debéis consagraros a un hombre ennoblecido por la causa que sirve. ¿Comprendes la diferencia? Pero eso pocos hombres lo alcanzan y menos aún lo merecen. Mira a tu alrededor, Milagritos, y ve calculando y tanteando sin dejarte cegar. Las pasiones nos arrebatan, nos arrancan de nuestro ser y nos llevan a la muerte. La cuestión está en ir más a gusto que nadie. Acuérdate de aquella tarde junto al balcón, cuando lloraste tanto. Tú has encontrado ya tu camino —me decías—. ¿Por qué no me lo encuentras a mí? Ese camino se lo encuentra cada cual, Milagritos. Llévame —me pedías—. ¿Adónde? ¿Sé yo mismo adonde voy? Sólo sé que veo a mi alrededor el hambre, la enfermedad, el dolor, la injusticia, el crimen. Y que huyo de todo eso por el único camino que hay para el hombre que pisa la tierra con dignidad. El camino de la lucha a muerte contra los que hacen posible que todas esas miserias se perpetúen. Hay otra manera de huir de todo eso, cerrando los ojos y rodeándose de muros con tapices, de holandas y finos vidrios. Esa no es la mía ni es la que tú querrías para mí, ¿verdad? No hay paz en la tierra ni la habrá ya nunca. El que se encierra entre tapices y cree que a nadie combate y de nadie debe temer está equivocado. Debe temerlos a todos. No seré yo de esos perros de cabaña que guardan el aprisco y comen el mendrugo en paz. Son los traidores de los lobos y los esclavos de los amos. Ni traidor ni esclavo, Milagritos. Prefiero el papel del lobo. Como el lobo vivo y, si es preciso, como el lobo —dando la cara— moriré. En los días que estuve en tu casa lo pensé todo. La tarde aquella, junto al balcón —ya ves cómo la recuerdo, cómo destila dulces acentos sobre mi alma— tuve que cerrar los ojos y apretar los dientes muchas veces para no verte, para no oírte. Quizá desde entonces hayas vuelto a llorar allí mismo y a la misma hora. Me duele, pero al mismo tiempo me conforta, me abre resquicios azules en el cielo cerrado bajo el que vivo con los míos. Yo te quiero bien, Milagritos. Creo que el mejor cariño es éste que nos permite abrir de par en par nuestra conciencia, sin cuidados, sin recelos. A mí me gusta poder decírtelo todo. Y por eso te digo que me gusta que llores alguna vez acordándote de aquella tarde.”
 Mister Güí no siguió. Miró la fecha. Era tres años antes de casarse con él. “No hay duda —se decía no muy sagazmente—. Milagritos tuvo alguna inclinación por Froilán antes de casarse conmigo.” Siguió leyendo con avidez. Lo demás era una serie de indicaciones geográficas y cronológicas, al final de las cuales apuntaba Froilán la posibilidad de volver a recalar en Lorca. Mister Güí observó manchas de tinta corrida por las lágrimas; bajo aquellas manchas el papel aparecía abombado. Mister Güí estaba más tranquilo. Hubiera dado, sin embargo, toda la estimación social que tenía en Cartagena por una sola de las cartas de Milagritos. Pero las cartas de ella debieron perderse para siempre, como Froilán. Mister Güí siguió leyendo, más sereno y reposado (él a lo que tenía miedo era a encontrarse las cartas cínicas del placer, las cartas del vicio y de la burla).
 “Diles que mienten —decía otra carta contestando a correo seguido a Milagritos—. Mienten si te dicen eso. He tenido en mis manos a enemigos míos. A enemigos que no sé lo que harán conmigo mañana si me atrapan a mí. Para poder salirse del camino real y volver un día a ese mismo camino con la cabeza levantada hay que saber distinguir a los causantes del mal —los verdaderos culpables— de los que no hacen sino seguirles por miedo o por inconsciencia. Yo he tenido en mis manos a muchos de estos últimos. Y no he fusilado a uno sólo. Nada me importa lo que piensen los demás; pero no quiero que tú tengas un motivo de duda sobre la limpieza de mi corazón. Si cayeran en mis manos los que tú sabes, ni uno sólo de ellos salvaría la cabeza. Pero sus víctimas tienen bastante con serlo de ellos para que lo sean mías también. Ni con Prim, ni después, en lo de Valencia, me manché las manos. Somos implacables con el que nos ataca, dignos con el que nos vence y piadosos con el vencido. No creas nunca a la taifa de los que cuidan el prostíbulo de Isabel. Esta vez tendrán que bajar la cabeza.”
 Mister Güí se saltaba las frases donde hablaba de política o daba referencias de lugar y de tiempo en relación con sus correrías. Buscaba sólo las palabras del alma, aquellos párrafos donde bajaba el estilo hasta la media voz de la ternura. Buscaba en ellos no el espíritu de Froilán, ya perdido en la nada, sino el de Milagritos.
 Pero cada vez las cartas abundaban más en referencias políticas, en noticias. Quizá Milagritos había hecho desaparecer las otras, las cartas comprometedoras.
 “Estoy en las ruinas de un castillo, a día y medio de Alcoy. Espero una noche propicia para marchar allá donde hacen falta partidarios, porque van sobre la población fuerzas del Gobierno. Haremos alto en una aldea (no te doy nombres ni hacen falta) y a la noche siguiente entraremos en Alcoy. Saluda a Jorge y tú recibe un abrazo de Froilán.”
 Aquella alusión a Mister Witt y el abrazo le sobresaltaron. Era como si el mismo Froilán, sonriente y noble, entrara en el cuarto y le diera una palmada en la espalda.
 Miró la fecha: 1868. Las otras cuatro cartas siguientes carecían de interés. Mister Güí buscó en vano a través de la nerviosa escritura de Carvajal alguna expresión de ternura, algo que revelara la situación moral de Froilán respecto de su prima. No encontró nada. Milagritos estaba casada ya.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 2001, en edición de José María Jover, pp. 128-132. ISBN: 978-84-70394-92-8.]

sábado, 5 de febrero de 2022

Antología.- Nazim Hikmet (1902-1963)


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Desde las cuatro cárceles (de Dört Hapishaneden)

Poema nº 2

  «Estoy extraordinariamente contento de haber venido al mundo, / amo a su tierra, su luz, su lucha y su pan.
A pesar de conocer hasta el centímetro la medida de su circunferencia / y de saber que no es más que un juguete al lado del sol
el mundo es increíblemente inmenso para mí. / Hubiese deseado
recorrer el mundo, ver los peces, las frutas, los astros que no he visto / y, sin embargo,
solamente en los libros y los mapas viajé por Europa. / No he recibido ni siquiera una carta con su sello azul matado en Asia.
Lo mismo yo que el tendero de mi barrio / somos totalmente desconocidos en América.
Pero qué importa: / desde la China a España, desde el cabo de Buena Esperanza a Alaska,
en cada milla marina, en cada kilómetro tengo amigos y enemigos. / Amigos que no nos hemos saludado ni una vez siquiera
sin embargo, podríamos morir por el mismo pan, la misma libertad, la misma nostalgia.
Y enemigos sedientos de mi sangre como yo sediento de la suya. / Mi fuerza:
es que no estoy solo en este inmenso mundo. / El mundo y sus hombres no son ningún secreto para mi corazón, ningún enigma para mi ciencia.   
[…]

Cárcel de Ankara (de Dört Hapishaneden)
Nº 3

 Hoy es domingo. / Hoy, por primera vez, me sacaron al sol.
Y yo, por primera vez en mi vida, / extrañado de ver
Que el cielo está tan lejos de mí, tan azul, tan inmenso, me quedé inmóvil.
Luego, respetuosamente, me senté en la tierra, / apoyé mi espalda contra la pared.
En este instante nada de hundirme en las olas, / en este instante nada de lucha, de libertad, de esposa.
La tierra, el sol y yo… / Soy feliz…
(1938)
[…]

Carta a Vala Nureddin (de Últimos poemas escritos en Turquía)

 Hermano mío, / enviadme libros con finales felices,
que el avión pueda aterrizar sin novedad, / el médico salga sonriente del quirófano,
se abran los ojos del niño ciego, / se salve el muchacho al que mandan fusilar,
vuelvan las criaturas a encontrarse las unas con las otras, / y se den fiestas, se celebren bodas.
¡Que la sed encuentre al agua, / el pan a la libertad!
Hermano mío, / enviadme libros con finales felices,
esos han de realizarse al fin y al cabo.
(17.3.46)
[…]

Nostalgia (de Últimos poemas escritos en Turquía)

 Los cantos de los hombres son más bellos que ellos, más cargados de esperanza, más tristes, más duraderos.
He podido vivir sin los hombres, nunca sin los cantos;
sucedió que fui infiel a mi bien amada, nunca al canto que le canté.
Jamás los cantos me engañaron.
En cualquier idioma que fuese siempre comprendí todos los cantos.
Nada de este mundo, cuanto pude beber y comer, cuantos países recorrí,
cuanto pude escuchar y ver, cuanto he podido acariciar y comprender, nada, nada me hizo tan feliz como los cantos.   
[…]

Acerca del vivir (de Poemas del exilio)
I

 El vivir no admite bromas. / Has de vivir con toda seriedad, como una ardilla, por ejemplo;
es decir, sin esperar nada fuera y más allá del vivir; / es decir, toda tu tarea se resume en una palabra: VIVIR.

 Has de tomar en serio el vivir. Es decir, hasta tal punto y de tal manera
que aun teniendo los brazos atados a la espalda, / y la espalda pegada al paredón,
o bien llevando grandes gafas / y luciendo bata blanca en un laboratorio, has de saber morir por los hombres.
Y además por hombres que quizá nunca viste, / y además sin que nadie te obligue a hacerlo,
y además sabiendo que la cosa más real y bella es VIVIR.

 Es decir: / has de tomar tan en serio el vivir
que a los setenta años, por ejemplo, / si fuera necesario plantarías olivos
sin pensar que algún día serían para tus hijos; / debes hacerlo amigo, debes hacerlo,
no porque, aunque la temas, no creas en la muerte, sino porque vivir es tu tarea.

II

 Sucede, por ejemplo, / que estamos muy enfermos;
que hemos de soportar una difícil operación; / que cabe la posibilidad
Resultado de imagen de hikmet antologia visorde que no volvamos a levantarnos de la blanca mesa. / Aunque sea imposible no sentir
la tristeza de partir antes de tiempo, / seguiremos riendo con el último chiste,
mirando por la ventana para ver / si el tiempo sigue lluvioso,
esperando con impaciencia / las últimas noticias de prensa.

 Sucede, por ejemplo, que estamos en el frente, por algo, por ejemplo, que vale la pena que se luche. / Nada más comenzar el ataque, al primer movimiento,
puede caerse cara a tierra, y morir. / Todo esto hemos de aceptarlo con singular valor, y a pesar de todo, preocuparnos apasionadamente por esa guerra que puede durar años y años.

 Sucede / que estamos en la cárcel.
Sucede / que nos acercamos
a los cincuenta años, / y que falten dieciocho más
para ver abrirse las puertas de hierro. / Sin embargo, hemos de seguir viviendo con los de fuera,
con los hombres, los animales, los conflictos y los vientos,
es decir, con todo el mundo exterior que se halla / tras el muro de nuestros sufrimientos;
es decir: estemos donde estemos hemos de vivir como si nunca hubiésemos de morir.

III

  Se enfriará este mundo, / una estrella entre las estrellas; por otra parte una de las más pequeñas del universo,
es decir, una gota brillante en el terciopelo azul, / es decir, este inmenso mundo nuestro.

 Se enfriará este mundo un día, / algún día se deslizará
en la ciega tiniebla del infinito / -no como una bola de nieve,
no como una nube muerta-, / como una nuez vacía.
Desde ahora mismo se ha de sufrir por todo esto, / ha de sentirse su tristeza desde ahora,
tanto ha de amarse el mundo en todo instante, / se le ha de amar tan conscientemente que se pueda decir: “HE VIVIDO”.
[…]       

Poema sin título (de Poemas del exilio)

 La separación estaba sobre la mesa, entre la taza de café y el vaso de limonada. / Fuiste tú quien la puso ahí.
Un cuenco era el agua en el fondo del pozo. / Contemplaba inclinándome.
Una criatura gigantesca sonreía lentamente a una nube. / Yo gritaba.
Mi voz te había perdido. / Su eco retrocedía.
La separación estaba sobre la mesa en la cajetilla de tabaco. / La trajo el camarero de gafas, sin que la hubieses encargado.
Era humo retorciéndose en tus ojos en la punta de tu cigarrillo, / en la palma de tu mano, dispuesta para decir adiós.
La separación estaba sobre la mesa / en el punto donde apoyabas el codo.
En lo que pasaba por tu mente estaba la separación, / en lo que escondías en mí, en lo que no escondías,
la separación estaba en tu serenidad. / En tu miedo ilimitado estaba la separación.

 Enamorarse, así, de repente, como si se abriese una puerta…

 Mentira todo lo que hemos escrito sobre nosotros. / No ha sido lo que fue, sino lo que quise
que fuera entre nosotros. / Eran mis anhelos puestos en mis inalcanzables ramas,
era mi sed, sacada del pozo de mis sueños. / Los había dibujado sobre la luz.
Todo lo que escribí sobre nosotros es verdad. / Tu belleza:
es decir, un cesto de frutas o bien una comida campestre; / el estar lejos de ti:
es decir, el que me vuelva el último farol / en la última calle de la última esquina de la ciudad.
El que esté celoso de ti: / es decir, el que corra, con los ojos vendados, de noche, tras los trenes.
Mi felicidad: / es decir, el río soleado que rompe su dique y corre.

 Todo lo que escribí sobre nosotros es mentira. / Todo lo que escribí sobre nosotros es verdad.
Leipzig, 30.9.1960.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Visor Libros, 2005, en traducción de  Solimán Salom, pp. 149-150, 169, 189, 199-200, 223-226 y 235-236. ISBN: 84-7522-796-1.]

martes, 29 de junio de 2021

La escopeta de caza.- Yasushi Inoué (1907-1991)


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Carta de Saiko


  «Sí, ahora que he dicho tanto, no quiero ocultar nada más. Te suplico que no te enfades. Durante aquella noche en que el viento sopló tan fuerte, en Atami, aquella noche en que, ambos, pusimos a prueba nuestra decisión de ser pecadores y de engañar a todo el mundo al objeto de velar por la seguridad de nuestro amor…
 Luego de jurar que permaneceríamos fieles a nuestro audaz amor, inmediatamente después, no supimos ya qué decirnos. Yo estaba tumbada en la sábana y contemplaba en silencio la oscuridad por encima de mi cabeza. En ningún otro momento, había experimentado tal sensación de sosiego. ¿Duró mucho tiempo aquello? ¿Cinco, seis minutos? ¿Duró media hora o una hora el rato que permanecimos silenciosos, cada cual en su sitio?
 Yo me sentía entonces muy sola. Había olvidado tu presencia a mi lado y abrazaba mi alma solitaria. Acabábamos de establecer un frente unido para defender nuestro amor, pero si íbamos a ser tan felices como es posible serlo, ¿por qué sucumbía yo a aquel acceso de desesperada tristeza?
 Habías tomado aquella noche la precaución de engañar a todo el mundo. Quiero creer que no decidiste engañarme también a mí. Pero yo, por mi parte, en aquel instante no hacía ninguna excepción, ni siquiera contigo. “Mientras viva, engañaré a todo el mundo, no sólo a Midori-san y a todos los demás, sino también a ti y a mi misma. Tal es mi destino”. Este pensamiento ardió apaciblemente, como la llama de un fuego fatuo, en el fondo de mi corazón solitario.
 Antaño, hube de romper totalmente con Kadota. No puedo decir si lo hice por amor o por odio. Aun cuando su falta fuera producto de la inconsciencia, me sentía incapaz de perdonarle su conducta. Y entregada al placer de separarme de él, no me preocupé ni de qué sería de mí ni de lo que tendría que hacer. Más tarde, conocí la auténtica angustia. Busqué con todas mis fuerzas un remedio para ahogarla.
 ¡Qué poco razonable resultaba! Trece años después, todo se presenta bajo el mismo aspecto que antaño.
 ¡Amar, ser amada! Nuestros actos son patéticos. Por la época en que estudiaba segundo o tercero en el colegio de niñas, nos preguntaron en un examen de gramática inglesa la voz activa y pasiva de los verbos. Golpear, ser golpeado; ver, ser visto. Entre muchos ejemplos de esa índole, brillaba esta pareja de palabras: amar, ser amado. Mientras cada alumna examinaba las preguntas meditando con atención y chupando la punta del lápiz, una de ellas, no sin malicia, hizo circular un trozo de papel, y la chica que estaba detrás de mí me lo pasó. Cuando lo tuve ante los ojos me topé con la siguiente pregunta: “¿Deseas amar? ¿Deseas ser amada?” Y bajo las palabras “deseas ser amada” aparecían numerosos círculos trazados con tinta, con lápiz azul o rojo. En cambio, bajo las palabras “deseas amar” no figuraba ningún signo. No me erigí en excepción y añadí un círculo más debajo de “deseas ser amada”. Aun a los dieciséis o diecisiete años, pese a no acabar de saber en qué consiste “amar” o “ser amada”, las mujeres parecemos conocer ya por instinto la dicha de ser amadas.
Resultado de imagen de la escopeta de caza Pero, durante aquel examen, la alumna sentada a mi lado cogió el papel, le echó un vistazo y sin vacilar, trazó un gran círculo, apretando bien el lápiz, en el sitio en que no figuraba ningún signo. Ella deseaba amar. Aun hoy, recuerdo perfectamente que en aquel momento me sentí desconcertada, como si me hubiesen atacado de repente a traición; con todo, en el mismo instante, me invadió un leve sentimiento de rebelión, a causa de la actitud intransigente de mi compañera. Era una de las alumnas más grises de la clase, una muchacha apagada, más bien encerrada en sí misma. Ignoro qué habrá sido de su vida, con su pelo tirando a castaño y siempre sola. Pero hoy, mientras escribo esta carta, ya más de veinte años después, me vuelve el rostro de aquella muchacha solitaria, como si sólo hubiese transcurrido un breve espacio de tiempo.
 Cuando sus vidas tocan a su fin, cuando descansan en paz, vuelto el rostro hacia el muro de la muerte, ¿a cuál de ambas concede Dios el auténtico descanso, la paz eterna, a la mujer que puede pretender haber gustado plenamente del placer de ser amada, o a la que puede afirmar haber amado, por desdichada que haya sido su vida? ¿Pero existe alguna en este mundo que pueda pretender ante Dios el haber amado? Sí que debe de haber. Aquella muchacha de pelo ralo estaba sin duda abocada a ser una de esas escasas elegidas. ¡Pese a su cabello arreglado sin gusto y su ropa poco cuidada, pese a su cuerpo sin atractivo, puede enorgullecerse de haber amado!
 ¡Cómo la odio! ¡Cuánto me gustaría olvidar su imagen! Pero no puedo zafarme del recuerdo de su rostro, que no deja de obsesionarme, por muchos esfuerzos que haga por liberarme de él. ¿Por qué ha de agobiarme esta insoportable angustia en el momento en que me enfrento con la muerte, una muerte que estará aquí dentro de unas horas? Recibo el castigo merecido por una mujer que, incapaz de limitarse a amar, intentó hacer suya la felicidad de ser amada.
 Tras conocer trece años de felicidad porque me amaste, cuán penoso me resulta verme obligada a escribir este tipo de carta.
 El momento, que sabía que había de llegar fatalmente, el momento en que el barco de pesca ardiendo en la superficie del mar debe hundirse sepultado en las llamas, ha llegado por fin. No me quedan fuerzas suficientes para seguir viviendo. Ahora, te he mostrado mi auténtico yo. Con ser la vida contenida en esta carta una vida extremadamente corta –apenas quince o veinte minutos-, es mi vida real, la auténtica vida de Saiko.
 Déjame decirte una vez más, antes de concluir, que estos trece años resultan para mí tan nebulosos como un sueño. Con todo, he conocido la felicidad, gracias a tu inmenso amor. Más que nadie en este mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2003, en traducción de Javier Albiñana, con la colaboración de Yuna Alier, pp. 92-97. ISBN: 84-339-3122-9.]

jueves, 24 de junio de 2021

Adiós. Hasta mañana.- William Maxwell (1908-2000)


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La maquinaria judicial


 «Clarence estaba asegurando la puerta de los prados con un alambre cuando de pronto tuvo el presentimiento de que ella se había ido. Salió corriendo. Se imaginó la nota apoyada sobre el azucarero, en la mesa de la cocina. Abrió la puerta de golpe y encontró a su mujer delante del fogón, con el pelo mojado por el vapor, removiendo la ropa en el gran barreño de cobre. Se miraron un momento y ella dijo:
 -No, todavía sigo aquí.
 Cuando se marchó, seis semanas más tarde, Clarence no tuvo ninguna premonición.
 El abogado de Fern le informó, por correo, de que cualquier intento de comunicarse con ella o con los niños debía hacerse a través de él, de lo contrario se consideraría constitutivo de acoso y tomarían cuantas medidas fueran necesarias para protegerla.
 A continuación, Clarence recibió una citación judicial: ella solicitaba el divorcio.
 Poco después, Fern Smith acudió al bufete de su abogado para discutir un comunicado que había recibido del abogado de Clarence. El asunto ya no estaba en manos de ninguno de los dos. Habían dejado de gritarse y habían puesto su fe en la justicia. Por tanto, lo que contaba a partir de ese momento no era cómo fuesen las cosas realmente sino lo que pareciesen.
 La demanda de divorcio y la contrademanda se dirimieron en una vista única durante el otoño. En el estrado y en la sala había hombres a los que Clarence Smith conocía y, apartando su mirada de ellos, tuvo que sentarse y oír cómo se aireaban públicamente los detalles más íntimos de su vida. No reconoció la descripción que se hizo de su persona y se preguntó cómo el abogado de Fern pudo formular con tal aplomo afirmaciones que sabía sin ninguna base de verdad. Tampoco entendió que ella se sentara allí, con aire de víctima, cuando había sido la causante de todo. El abogado de Fern había encontrado a media docena de testigos dispuestos a declarar que él tenía mal carácter, lo cual sorprendió mucho a Clarence. No sabía que tuviera enemigos. Él, por su parte, sólo tenía un testigo, pero confiaba en que demostrase la falsedad de todo cuanto allí se había dicho.
 Absolutamente irreconocible, con un traje nuevo y afeitado por el barbero, el empleado de Clarence testificó sobre ciertas “intimidades”. Usó palabras distintas de las que el abogado de Clarence Smith había puesto en su boca. En varias ocasiones, dijo, había visto a la demandante y a Wilson abrazándose o besándose, o a éste metiendo la mano por debajo de la blusa de ella. Dijo también que, cuando su jefe se ausentaba de la propiedad, Wilson entraba en la casa y luego se veía su sombra en el dormitorio del piso de arriba y tardaba en salir una hora, o incluso más.
 Sin dejar de pasear frente al estrado, el abogado de Fern Smith habló con elocuencia  de los estrechos vínculos que unían a las dos familias y, en particular, de la amistad entre los dos hombres. ¿No era un hecho, no era un hecho irrefutable, que durante muchos años antes de que surgiese la discordia y con pleno conocimiento y aprobación por parte de Clarence Smith, Lloyd Wilson había visitado con frecuencia la casa de los Smith cuando Smith se encontraba ausente? Antes de examinar la contrademanda, quiso ofrecer, como prueba de la falta de credibilidad del testimonio ofrecido por aquel testigo, el hecho de que su aliento apestaba siempre a alcohol y de que había pasado en prisión la noche del 4 de julio en estado de embriaguez.
 El abogado de Clarence se puso en pie de un salto y exclamó:
 -¡Protesto, señoría!
 A lo que el juez respondió con acritud:
 -Protesta denegada.
 No fue difícil enredar a Víctor para que dijese cosas que no quería decir, y que no podían ser ciertas, y su confusión era tal que la sala estallaba en carcajadas una y otra vez. Finalmente, Clarence fue llamado al estrado, donde se le tomó juramento y se le obligó a escuchar un relato de sus propios actos que no pudo negar de manera convincente. Lo que el abogado de Fern se cuidó de ocultar a los miembros del jurado fue la provocación que desencadenó aquel comportamiento violento. Y cuando Clarence intentó decirlo, el juez le ordenó que se limitase a responder a las preguntas de los letrados.
 Nadie dijo en el tribunal que Clarence Smith tenía el corazón destrozado porque su mujer no lo amaba, aunque el hecho de que alguien lo hubiese dicho tampoco habría cambiado las cosas.
 El periódico vespertino publicó que la señora Fern Smith había ganado la demanda contra su esposo alegando extrema y reiterada crueldad, y que los cargos que figuraban en la contrademanda de éste no pudieron ser probados ante el tribunal. Clarence fue condenado a pagar una pensión mensual de cincuenta dólares y a ella se le concedió la custodia de los niños.
[…]

 -¿Te quedarás a comer el domingo con nosotros, verdad? –preguntó su madre-. Ven directamente al salir de la iglesia, para que puedas estar más tiempo.
 Si Clarence hubiera podido decir que no, lo habría dicho. Tampoco le dijo que había dejado de ir a la iglesia.
 Cuando se sentaron a la mesa, vio que su madre había preparado todos sus platos favoritos e intentó comer, a pesar de que no tenía hambre. Por la inquietud de su padre y la estudiada ausencia de expresión en el rostro de su madre, supo que sentían heridos. Ella esperaba que les contase todo lo que no había podido contar ante el juez y el jurado, y como no lo hizo, pensó que no confiaba en ellos.
 -Esperábamos que los niños vinieran a visitarnos –dijo la madre-, pero hasta ahora no han venido. Me parece que Fern no se lo permite.
 -No creo que haga eso –dijo Clarence, evitando la mirada de ella.
 Su padre y su madre eran las dos únicas personas en el mundo en las que confiaba llegado a este punto, mas ¿por dónde empezar? ¿Por el hecho de que tenía problemas para reunir el dinero y pagarle a su ex mujer la pensión alimenticia? Todo lo que pudiera decirles no haría más que causarles dolor y, además, no soportaba hablar de ello.
 Sabía lo que le habían hecho, pero no lo que había hecho él para merecerlo.
Resultado de imagen de william maxwell adios hasta mañana Le habría ayudado que, en algún momento, algún predicador baptista apoyase los brazos sobre el púlpito y, arqueando los hombros, dijese: La gente ni tiene lo que merece ni merece lo que tiene. A los bondadosos y a los confiados se les pisotea. El hombre rico siempre acaba pasando por el ojo de la aguja, y de poco o de nada sirve depositar la fe en la Divina Providencia… Pero, ¿cómo iba a decir tal cosa un predicador, baptista o no?

 El abogado de Fern dijo que era preferible que ella y Lloyd Wilson no se viesen durante algún tiempo. Cuando se escribían, se ocupaban de echar las cartas al correo personalmente. Las cartas de ella eran muy largas, las de él muy cortas. No estaba acostumbrado a plasmar sus sentimientos sobre el papel. Pero ella leía sus cartas una y otra vez, poniendo con su imaginación palabras que no estaban escritas, hasta convencerse de que él realmente la amaba tanto como ella lo amaba a él.
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 En una ciudad del tamaño de Lincoln no hay secretos bien guardados. Alguien le habló a alguien que le habló a alguien que le habló a alguien que le habló a Clarence de las abultadas cartas sin remite que Fern echaba en el gran buzón verde de la oficina de correos después de que anocheciera. No pasó mucho tiempo antes de que esto ocurriera. O de que Fern descubriese que Clarence lo sabía.
 Ahora, después de haber ganado aquella larga batalla, se sentía asustada. Se sorprendía a sí misma pensando en Clarence por primera vez. En lo que le había hecho. Y en lo que él sería capaz de hacer. Ella no quería aceptar la asignación de cincuenta dólares mensuales. Fue idea de su abogado. Se había sentido aliviada cuando Clarence cogió el atizador y la amenazó. Y en momentos similares.

 La perra bajó corriendo por el camino y se abalanzó sobre Cletus, y éste soltó la bicicleta y hundió el rostro en el pelo del animal. Pero, después de aquello nada fue como él había imaginado. Esperaba ir con su padre de un lado a otro, ayudándolo en sus tareas, pero en lugar de eso se pasaron la tarde sentados en casa, sin saber qué decir.
 “No dirás falso testimonio”, decía la Biblia… pero ¿por qué no, si el jurado era incapaz de apreciar la diferencia entre la verdad y una sarta de mentiras, y al juez le pasaba lo mismo? Vestida de negro y cubierta con un velo, como si guardase luto por él, secándose los ojos con el pañuelo, ella los embaucó a todos. La Biblia también decía: “No desearás a la mujer de tu prójimo”, y a él le obligaron a pagarles cincuenta dólares al mes. Ésa fue su recompensa por haber violado los Diez Mandamientos.
 ¿Cómo iba Clarence a explicarle aquello a un adolescente? Además se sentía avergonzado, avergonzado y desconcertado por todo lo que había tenido que pasar su hijo. Sabía que Cletus hubiera preferido quedarse con él, pero ni siquiera había conseguido eso.
 Tras aquel humillante día en el juzgado la noción causa-efecto de Clarence Smith quedó distorsionada para siempre. Tenía la cabeza llena de ideas que, tomadas una a una, eran perfectamente razonables, pero consideradas en conjunto carecían por completo de sentido.
 No se daba cuenta de lo largos que eran algunos de sus silencios.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 1998, en traducción de Catalina Martínez Muñoz, pp. 111-113, 115-116 y  117-118. ISBN: 84-7844-385-1.]