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lunes, 29 de junio de 2020

Carpe Diem (Coge la flor del día).- Saul Bellow (1915-2005)

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IV

 «-Nosotros, los científicos hablamos de culpabilidad irracional, Wilhem -dijo el doctor Tamkin, como si Wilhem fuera un alumno de su clase-. Pero en una situación así, por el dinero, le deseaba algo malo. Me doy cuenta. No es ahora momento de describir los detalles, pero ese capital me hizo sentirme culpable. Capital y Crimen empiezan con C. Conspiración. Canallada.
 Wilhem, con su mente pensando por él al azar, dijo:
 -¿Y qué le parece Compasión? ¿Corazón Cariñoso?
 -Hay una cosa que usted debería ver con claridad. Concentrar capital es una agresión. Eso es todo. La explicación funcional no es más que una. La gente va al mercado a matar. Dicen: "Me voy a cargar a todos". No es casual. Sólo que no tienen valor auténtico para matar y erigen un símbolo de eso. El dinero. Matan en su fantasía. Ahora, contar y numerar es siempre una actividad sádica. Como golpear. En la Biblia, los judíos no dejaban que les contaran. Sabían que eso era sádico.
 -No entiendo lo que quiere decir -dijo Wilhem. Una extraña incomodidad le invadía. Empezaba a hacer demasiado calor y se notaba la cabeza aturdida.
 -¿Qué les hace querer matar?
 -Poco a poco verá dónde va a parar todo -le aseguró el doctor Tamkin. Sus sorprendentes ojos tenían algo de la sustanciosa sequedad de una piel parda. Innumerables pelos cristalinos o espiguillas de luz resplandecían en sus atrevidas superficies-. No lo puede comprender sin pasar primero años enteros estudiando lo más profundo de la conducta humana y animal, los profundos secretos químicos, orgánicos y espirituales de la vida. Yo soy un poeta psicológico.
 -Si es usted ese tipo de poeta -dijo Wilhem, cuyos dedos palpaban en el bolsillo los sobrecitos con cápsulas de Phenaphen-, ¿qué hace en el mercado?
 -Ésa es una buena pregunta. Quizá soy mejor en la especulación porque no me importa. Básicamente, no deseo el dinero con suficiente intensidad y por eso lo veo con la cabeza bien fría.
 Wilhem pensó: ¡Ah, claro! Eso sí que es una respuesta, ¿no? Apuesto a que si yo tomara una actitud fuerte se echaría atrás en todo. Se arrastraría delante de mí. ¡Cómo me mira a hurtadillas, a ver si me lo creo! Se tragó la pastilla de Phenaphen con un largo sorbo de agua. Los cercos de los ojos se le enrojecieron al deglutir. Y luego se sintió más tranquilo.
 -Vamos a ver si le puedo dar una respuesta que le satisfaga -dijo el doctor Tamkin.
 Le pusieron delante las tostadas. Las untó de mantequilla, extendió sobre ellas  oscuro jarabe de arce, las partió en cuatro y empezó a comer con duras mandíbulas, activas y musculosas, que a veces crujían en los goznes. Apretó contra el pecho el mango del cuchillo y dijo:
 -Aquí dentro, en el pecho humano -el mío, el suyo, el de cualquiera- no hay una sola alma. Hay un montón de almas. Pero hay dos principales, el alma de verdad y el al alma que finge. ¡Bueno! Todos se dan cuenta de que tienen que amar algo o a alguien. Nota que debe salir fuera. "Si no puedes amar, ¿qué eres?" ¿Está usted conmigo?
 -Sí, doctor, creo que sí -dijo Wilhem, atento: un poco escéptico pero duro, sin embargo.
 -¿Qué eres tú? Nada. Ésa es la respuesta. En el fondo de los fondos... ¡nada! Y, claro, uno no lo puede aguantar y quiere ser Algo y lo intenta. Pero en vez de ser ese Algo, el hombre se lo echa encima a todos. No se puede ser muy estricto con uno mismo. Uno ama un poco. Por ejemplo, usted tiene un perro -(¡Tijeras!)- o da dinero a una organización de caridad. Bueno, eso no es amor, ¿verdad? ¿Qué es? Egoísmo, pura y simplemente. Es un modo de amar del alma que finge. Vanidad. Sólo vanidad, eso es. Y dominio social. El interés del alma que finge es el mismo que el interés del alma social, el mecanismo de la sociedad. Ésa es la principal tragedia de la vida humana. ¡Ah, es terrible! ¡Terrible! Uno no es libre. Lleva dentro a su propio traidor, que le va a vender. Hay que obedecerle como un esclavo. Le hace trabajar a uno como un caballo. Y ¿para qué? ¿Para quién?
 -Sí, ¿para qué? -Esas palabras del doctor le llegaron al corazón a Wilhem-. Estoy absolutamente de acuerdo -dijo-. ¿Cuándo quedaremos libres?
Saul Bellow. Carpe Diem (Coge la flor del día). de segunda mano ... -El propósito es conservar en marcha todo el asunto. La verdadera alma es la que paga el precio. Sufre y se pone enferma y se da cuenta de que el alma que finge no puede ser amada. Porque el alma que finge es una mentira. Al alma verdadera le gusta la verdad. Y cuando el alma verdadera lo siente así, quiere matar a la que finge. El amor se ha convertido en odio. Entonces uno se vuelve peligroso. Un matador. Hay que matar al engañador.
 -¿Eso le pasa a todo el mundo?
 El doctor respondió con sencillez:
 -Sí, a todo el mundo. Claro, para simplificar, he hablado del alma: no es un término científico, pero ayuda a entender. Cuando mata el matador, quiere matar a esa alma, dentro de él, que le ha engañado y estafado. ¿Quién es su enemigo? Él. ¿Y su amante? También. Por tanto, todo suicidio es crimen y todo crimen es suicidio. Es el mismo fenómeno idéntico. Biológicamente, el alma que finge le quita la energía al alma verdadera y la debilita, igual que un parásito. Ocurre inconscientemente, sin darse cuenta, en lo hondo del organismo. ¿Ha estudiado alguna vez parasitología?
 -No, mi papá es el médico.
 -Debería leer algún libro sobre eso.
 Wilhem dijo:
 -Pero eso significa que el mundo está lleno de asesinos. Y eso no es mundo. Es una especie de infierno.
 -Claro -dijo el doctor-. Por lo menos, una especie de purgatorio. Uno anda sobre los cadáveres. Están por todas partes. Les oigo clamar de profundis y retorcerse las manos. Les oigo, pobres bestias humanas. No puedo menos de oírles. Y mis ojos están abiertos para verlo. Tengo que llorar también. Esa es la tragicomedia humana.
 Wilhem trató de captar su visión. Y otra vez el doctor le pareció indigno de confianza y dudó de él.
 -Bueno -dijo-, también hay gente buena, corriente, que ayuda. Están... por ahí, por el campo. Por todas partes. De todos modos, ¿qué cosas morbosas está leyendo? -El cuarto del doctor estaba lleno de libros.
 -Leo la mejor literatura, ciencia y filosofía -dijo el doctor Tamkin. Wilhem había observado que en su cuarto hasta la antena de la TV estaba sobre un montón de libros-. Korzybski, Aristóteles, Freud, W.H. Sheldon y todos los grandes poetas. Usted me responde como un lego. No ha aplicado en serio su mente a esto.
 -Muy interesante -dijo Wilhem. Se daba cuenta de que no había aplicado su mente estrictamente a nada-. Pero no tiene que creer que soy un maniquí. También tengo mis ideas.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1985, en traducción de José María Valverde. ISBN: 84-322-2259-3.]

viernes, 27 de septiembre de 2019

Breviario de los políticos.- Cardenal Mazarino (1602-1661)

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Reprimir la ira 

«No te dejes llevar por un arrebato de ira contra alguien, porque una y otra vez acabarás por descubrir que lo que te han contado de esa persona es mentira. Si hasta ese momento das rienda suelta a tu ira, al final serás tú el perjudicado.
 Si te ofenden, lo mejor es que actúes como si no hubiera pasado nada, porque las disputas sólo generan disputas y ya no tendrías paz. Y aun en el caso de que resultaras vencedor, esa victoria sería peor que una derrota, ya que durante ese tiempo te habrías ganado el odio de muchos.
 Si te lanzan una pulla, la mejor respuesta es demostrar que has percibido perfectamente la ironía, o incluso la mala intención de lo que te han dicho, y a la vez hacerte el ingenuo respondiendo sólo a las palabras y no a la idea de fondo. Después, finge tener la mente ocupada en otras cosas.
 Si alguien, sin nombrarte explícitamente, se pone a arremeter contra ti de forma escandalosa al denunciar una acción condenable de cuya autoría te supone responsable, censura tú con tono severo esta acción y a los hombres capaces de cometer tal villanía, como si no te hubieras dado por aludido. O finge no haber comprendido de qué se trata y responde algo que no tenga nada que ver. Ahora bien, si llega a nombrarte, compórtate como si sus ataques no fueran en serio y sólo estuviera fingiendo encolerizarse contigo. Contéstale con alguna broma que no pueda molestarle y le haga reír. También puedes sumarte a él en su invectiva contra ti, como si estuvieras hablando de un tercero, y mostrarte tú mucho más crítico que él; después, cuando se te acaben las razones, con modos más suaves desmonta definitivamente su invectiva haciéndole ver que no había para tanto.
 Si alguien te recibe en su casa de manera poco cortés, finge no darte cuenta, oculta tu enfado y compórtate como si hubieras sido recibido con todos los honores. De este modo hallará su castigo y su vergüenza en su propia grosería e intentará reparar su error con una actitud obsequiosa.
 Se cuestionará tu nobleza si te la han concedido hace poco. Cuando alguien arremeta contra los  recientemente ennoblecidos, ponte de su parte y alaba la antigua nobleza de sangre. Observa la misma conducta en otras circunstancias de este tipo.
 Si es evidente que buscan pelea contigo y ya no hay lugar para el disimulo, ten siempre a punto como respuesta alguna broma o alguna anécdota que en cierta manera esté relacionada con la situación, pero que te permita desviar la conversación hacia otros asuntos ya previstos por ti. Para casos como éstos también conviene tener a alguien que, a una señal tuya, te traiga una carta; entonces puedes decir que se te ha anunciado una buena noticia o que has de salir precisamente ahora para ir a ver algo.
 Dale tiempo a tu enemigo para que se dé cuenta por sí mismo de lo indigno que es su comportamiento; no pretendas hacérselo ver tú. Así no podrá excusarse en nada que tú hayas hecho para enfurecerse.
 Es fácil irritarse con quien  se ha comprometido a resolver sin falta un asunto en un plazo determinado de tiempo, y después se lo impide algún imprevisto. Por esta razón, guárdate de los compromisos de este tipo.
[...]
Ser acusado

 Haz ver que no estás al corriente de la acusación presentada contra ti. No cambies repentinamente tu comportamiento en aquellos aspectos relacionados con la demanda, no sea que tu acusador se dé cuenta de que lo has descubierto y se gane el reconocimiento de aquél ante el cual ha presentado la acusación. Al contrario, en cuanto tengas oportunidad de hacerlo, habla de tu acusador como si de un enemigo personal y un delator profesional se tratara. Afirma que, aunque en ocasiones se pueda desear que haya delatores -como suele desearse que haya traidores-, eso no implica que se los quiera como amigos. Di que él acostumbra a utilizar los mismos argumentos cuando describe con negros tintes a otros en tu presencia. Sostén que a los hombres de esta calaña no los mueve ni el buen juicio ni el deseo de concordia entre los ciudadanos. El juez -concluye- no ha de considerarlos aliados, sino detractores sistemáticos y si les presta oídos confiando en que le puedan ser útiles un día tendrá que cargar con las consecuencias de ello.
 Como si estuvieras de duelo, entrégate a tus ocupaciones para distraerte y consolarte con asuntos serios. Pero mantén vivo tu odio hacia el que te ha denunciado, estudia cómo puedes hacer frente a su acusación y consúltaselo, por ejemplo, a un amigo íntimo.
 Si alguien ha dicho cosas terribles sobre ti en presencia de un amigo tuyo con la intención de ponerte a mal con él, no se te ocurra hablarle mal a tu amigo de la persona que te ha difamado.
 Desde el inicio del proceso da a entender que tu acusador ha sido cómplice tuyo, o que en otras ocasiones ya se le ha llevado a juicio público sobre todo por asuntos de ésos que tanto gusta oír a la gente, como, por ejemplo, que el año pasado fue expulsado del ejército por orden de un tribunal.
 Si tienes que responder a varias acusaciones, no pierdas la credibilidad negándolas todas. Reconócete culpable de algunas, incluso si no es verdad, para demostrar una cierta docilidad y no dar la impresión de que pretendes ser irreprochable en todo.
 Si descubres que te han denunciado ante tu señor, es mejor, por lo general, que no intentes justificarte, a no ser que él te lo exija. Sólo conseguirías buscarte más problemas y complicar la situación. Así pues, lo primero que has de hacer es evitar toda explicación y, si se diera el caso, contraatacar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de editorial Acantilado, 2007, en traducción de Alejandra de Riquer. ISBN: 978-84-96489-98-1.]