viernes, 27 de septiembre de 2019

Breviario de los políticos.- Cardenal Mazarino (1602-1661)

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Reprimir la ira 

«No te dejes llevar por un arrebato de ira contra alguien, porque una y otra vez acabarás por descubrir que lo que te han contado de esa persona es mentira. Si hasta ese momento das rienda suelta a tu ira, al final serás tú el perjudicado.
 Si te ofenden, lo mejor es que actúes como si no hubiera pasado nada, porque las disputas sólo generan disputas y ya no tendrías paz. Y aun en el caso de que resultaras vencedor, esa victoria sería peor que una derrota, ya que durante ese tiempo te habrías ganado el odio de muchos.
 Si te lanzan una pulla, la mejor respuesta es demostrar que has percibido perfectamente la ironía, o incluso la mala intención de lo que te han dicho, y a la vez hacerte el ingenuo respondiendo sólo a las palabras y no a la idea de fondo. Después, finge tener la mente ocupada en otras cosas.
 Si alguien, sin nombrarte explícitamente, se pone a arremeter contra ti de forma escandalosa al denunciar una acción condenable de cuya autoría te supone responsable, censura tú con tono severo esta acción y a los hombres capaces de cometer tal villanía, como si no te hubieras dado por aludido. O finge no haber comprendido de qué se trata y responde algo que no tenga nada que ver. Ahora bien, si llega a nombrarte, compórtate como si sus ataques no fueran en serio y sólo estuviera fingiendo encolerizarse contigo. Contéstale con alguna broma que no pueda molestarle y le haga reír. También puedes sumarte a él en su invectiva contra ti, como si estuvieras hablando de un tercero, y mostrarte tú mucho más crítico que él; después, cuando se te acaben las razones, con modos más suaves desmonta definitivamente su invectiva haciéndole ver que no había para tanto.
 Si alguien te recibe en su casa de manera poco cortés, finge no darte cuenta, oculta tu enfado y compórtate como si hubieras sido recibido con todos los honores. De este modo hallará su castigo y su vergüenza en su propia grosería e intentará reparar su error con una actitud obsequiosa.
 Se cuestionará tu nobleza si te la han concedido hace poco. Cuando alguien arremeta contra los  recientemente ennoblecidos, ponte de su parte y alaba la antigua nobleza de sangre. Observa la misma conducta en otras circunstancias de este tipo.
 Si es evidente que buscan pelea contigo y ya no hay lugar para el disimulo, ten siempre a punto como respuesta alguna broma o alguna anécdota que en cierta manera esté relacionada con la situación, pero que te permita desviar la conversación hacia otros asuntos ya previstos por ti. Para casos como éstos también conviene tener a alguien que, a una señal tuya, te traiga una carta; entonces puedes decir que se te ha anunciado una buena noticia o que has de salir precisamente ahora para ir a ver algo.
 Dale tiempo a tu enemigo para que se dé cuenta por sí mismo de lo indigno que es su comportamiento; no pretendas hacérselo ver tú. Así no podrá excusarse en nada que tú hayas hecho para enfurecerse.
 Es fácil irritarse con quien  se ha comprometido a resolver sin falta un asunto en un plazo determinado de tiempo, y después se lo impide algún imprevisto. Por esta razón, guárdate de los compromisos de este tipo.
[...]
Ser acusado

 Haz ver que no estás al corriente de la acusación presentada contra ti. No cambies repentinamente tu comportamiento en aquellos aspectos relacionados con la demanda, no sea que tu acusador se dé cuenta de que lo has descubierto y se gane el reconocimiento de aquél ante el cual ha presentado la acusación. Al contrario, en cuanto tengas oportunidad de hacerlo, habla de tu acusador como si de un enemigo personal y un delator profesional se tratara. Afirma que, aunque en ocasiones se pueda desear que haya delatores -como suele desearse que haya traidores-, eso no implica que se los quiera como amigos. Di que él acostumbra a utilizar los mismos argumentos cuando describe con negros tintes a otros en tu presencia. Sostén que a los hombres de esta calaña no los mueve ni el buen juicio ni el deseo de concordia entre los ciudadanos. El juez -concluye- no ha de considerarlos aliados, sino detractores sistemáticos y si les presta oídos confiando en que le puedan ser útiles un día tendrá que cargar con las consecuencias de ello.
 Como si estuvieras de duelo, entrégate a tus ocupaciones para distraerte y consolarte con asuntos serios. Pero mantén vivo tu odio hacia el que te ha denunciado, estudia cómo puedes hacer frente a su acusación y consúltaselo, por ejemplo, a un amigo íntimo.
 Si alguien ha dicho cosas terribles sobre ti en presencia de un amigo tuyo con la intención de ponerte a mal con él, no se te ocurra hablarle mal a tu amigo de la persona que te ha difamado.
 Desde el inicio del proceso da a entender que tu acusador ha sido cómplice tuyo, o que en otras ocasiones ya se le ha llevado a juicio público sobre todo por asuntos de ésos que tanto gusta oír a la gente, como, por ejemplo, que el año pasado fue expulsado del ejército por orden de un tribunal.
 Si tienes que responder a varias acusaciones, no pierdas la credibilidad negándolas todas. Reconócete culpable de algunas, incluso si no es verdad, para demostrar una cierta docilidad y no dar la impresión de que pretendes ser irreprochable en todo.
 Si descubres que te han denunciado ante tu señor, es mejor, por lo general, que no intentes justificarte, a no ser que él te lo exija. Sólo conseguirías buscarte más problemas y complicar la situación. Así pues, lo primero que has de hacer es evitar toda explicación y, si se diera el caso, contraatacar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de editorial Acantilado, 2007, en traducción de Alejandra de Riquer. ISBN: 978-84-96489-98-1.]

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