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domingo, 21 de mayo de 2023

Y el cerebro creó al hombre.- Antonio Damasio (1944)


Antonio Damasio | Planeta de Libros
Parte IV: Mucho tiempo después de la conciencia

Capítulo 11: Vivir con una conciencia
Digresión sobre el inconsciente

    «Si los procesos cerebrales no conscientes están en condiciones de realizar las tareas que realizan por cuenta de las decisiones conscientes, es gracias a que nuestro cerebro logró combinar de manera eficaz la nueva forma de gobernar que la conciencia hizo posible, con la antigua forma basada en la regulación automatizada e inconsciente. Un destacado estudio dirigido por el psicólogo holandés Ap Dijksterhuis recoge algunas pruebas muy apropiadas. Pero para apreciar la importancia de los resultados a los que llegó, es preciso describir antes el marco y la configuración del experimento. A un grupo formado por sujetos normales, el doctor Dijksterhuis les pidió que tomaran unas decisiones de compra en dos condiciones. En la primera, los sujetos emplearon sobre todo la deliberación consciente; en la segunda, en cambio, a los sujetos no les fue posible deliberar conscientemente porque fueron sometidos a un proceso de distracción hábilmente manipulado.
 Había dos clases de artículos susceptibles de compra. De un lado, artículos triviales de menaje, como tostadoras y paños de cocina; del otro, lo que serían grandes compras como, por ejemplo, coches y casas. A cada sujeto se le dio un folleto con amplia información acerca de las ventajas y desventajas de cada uno de los artículos de aquellas dos clases. Se trataba de la habitual información destinada al consumidor en la que no faltaba la indicación del precio; es decir, la clase de información que les habría de ser muy útil cuando tuvieran que escoger el «mejor» artículo posible y comprarlo. Cuando llegó el momento de la decisión, sin embargo, Dijksterhuis sólo dejó que algunos sujetos estudiaran el folleto durante tres minutos antes de tomar una decisión, en tanto que privó a los demás de ello, distrayéndoles durante esos mismos tres minutos. El experimento evaluó a los sujetos participantes sometiéndolos, para ambas clases de artículos, a las dos condiciones, esto es, dejándoles estudiar atentamente la información durante tres minutos o distrayéndoles durante ese mismo período de tiempo.
 ¿Y cuál dirían que fue el resultado del experimento en cuanto a la calidad de las decisiones? Sería perfectamente razonable pensar, por ejemplo, que en cuanto a los artículos triviales de menaje, los sujetos iban a tomar decisiones acertadas tanto si la deliberación era consciente como inconsciente, dado el módico precio de los artículos y la escasa complejidad del problema que planteaba la elección. Decidirse entre dos tostadoras, por meticuloso que sea un sujeto, no es un problema intrincado. En cambio, en cuanto a las grandes compras —como, por ejemplo, con cuál de los coches monovolumen quedarse—, cabía esperar que los sujetos que pudieron estudiar la información fueran los que tomaran las decisiones más acertadas.
 Los resultados difirieron asombrosamente de estas previsiones. Las decisiones que se habían tomado sin mediar ninguna deliberación consciente resultaron más satisfactorias en ambas clases de artículos, pero sobre todo en la de las grandes compras. La conclusión aparente es que cuando vamos a comprar un coche o una casa, es preciso conocer al detalle los hechos, pero, una vez conocidos, no hay que preocuparse ni dar más vueltas a las minuciosas comparaciones de ventajas y desventajas posibles. Es mejor lanzarse. Para que luego hablen de las maravillas de la deliberación consciente. Estos interesantes resultados, ni que decir tiene, no deberían alejarnos de la deliberación consciente, pues lo que sugieren es que los procesos inconscientes son capaces de cierto razonamiento lógico, mucho más de lo que generalmente se creía, y que este razonamiento, una vez adecuadamente ejercitado a través de la experiencia, puede, cuando el tiempo escasea, llevarnos a tomar decisiones convenientes y ventajosas. En las circunstancias en que se llevó a cabo el experimento, la deliberación atenta y consciente, sobre todo en el caso de las grandes compras, no había llevado, sin embargo, a obtener el mejor resultado. El elevado número de variables a considerar, así como el restringido espacio de razonamiento consciente —restringido por el escaso número de cosas a las que se puede prestar atención en un momento determinado—, reducen la probabilidad de tomar la mejor decisión dado lo limitado de la ventana temporal disponible. El espacio inconsciente, en cambio, tiene una capacidad mucho mayor, ya que puede contener y manejar muchas variables que potencialmente ayudan a la mejor elección en una pequeña ventana de tiempo.
 Además de lo que nos dice acerca del procesamiento inconsciente en general, el estudio de Dijksterhuis señala otras cuestiones importantes. Una de ellas es la relacionada con la cantidad de tiempo necesaria para tomar una decisión. Quizá lleguemos, por ejemplo, a escoger el restaurante indiscutiblemente mejor para salir a cenar si disponemos, primero, de toda la tarde para examinar las últimas reseñas gastronómicas, y si luego podemos examinar el precio de los platos que componen la carta, si sabemos dónde queda el restaurante, y si comparamos todos estos datos con nuestras preferencias personales, nuestro estado de ánimo y las posibilidades de nuestra cuenta bancaria. Pero no tenemos toda la tarde para hacerlo. El tiempo cuenta, y sólo podemos dedicar una cantidad “razonable” de tiempo a tomar la decisión. Lo razonable de la cantidad dependerá, por supuesto, de la importancia del asunto a decidir. Dado que no disponemos de todo el tiempo del mundo, en lugar de hacer una gran inversión de tiempo en gigantescos cálculos, vale la pena aprovechar algunos atajos. Y algo que viene muy bien es que, por un lado, los registros emocionales pasados nos serán de utilidad al seguir esos atajos y, por otro, que nuestro inconsciente cognitivo es un buen proveedor de esa clase de registros.
 Todo ello hace que me resulte particularmente atractiva la idea de que nuestro inconsciente cognitivo es capaz de cierto razonamiento, y que dispone de un «espacio» mayor para las operaciones que el de su homólogo consciente. Pero un elemento de una importancia crítica para la explicación de estos resultados guarda una estrecha relación con la experiencia emocional anterior que el sujeto del experimento haya tenido con artículos similares a los que figuran en la clase de las grandes compras. El espacio inconsciente es claramente adecuado para esta manipulación encubierta, pero trabaja en nuestro beneficio en gran medida porque ciertas opciones vienen marcadas inconscientemente por medio de una predisposición vinculada a factores emocionales y afectivos previamente adquiridos. Si bien considero que las conclusiones acerca de las ventajas de la inconsciencia son sin lugar a dudas acertadas, creo, en cambio, que nuestra idea de lo que ocurre por debajo de la espejada superficie de la conciencia gana en riqueza cuando en los procesos inconscientes tomamos en cuenta las emociones y los sentimientos.
 El experimento de Dijksterhuis viene a ilustrar la combinación de facultades conscientes e inconscientes. El procesamiento inconsciente, por sí solo, no es suficiente. En estos experimentos, los procesos inconscientes realizan sin duda mucho trabajo, pero los sujetos se aprovechan de años de deliberación consciente, en cuyo transcurso han ejercitado y adiestrado repetidamente sus propios procesos inconscientes. Además, mientras los procesos inconscientes se realicen con la debida diligencia, los sujetos permanecen plenamente conscientes. Los pacientes inconscientes, ya sea debido a los efectos de la anestesia, o porque han entrado en coma, no toman decisiones sobre el mundo real, del mismo modo que tampoco disfrutan del sexo. Una vez más, la oportuna sinergia entre los niveles de lo implícito y lo explícito prevalece. Nos nutrimos del inconsciente cognitivo con bastante regularidad a lo largo del día, y discretamente le subcontratamos una serie de tareas a la habilidad de su competencia, entre otras, la ejecución de respuestas.
 Así, cuando pulimos una habilidad hasta un nivel en que ya no somos ni siquiera conscientes de los pasos técnicos necesarios para realizarla con destreza, en realidad subcontratamos esa destreza al espacio inconsciente. Cultivamos y ejercitamos nuestras habilidades detenidamente, con plena conciencia, pero luego dejamos que se escondan y pasen a las galerías subterráneas de nuestra mente, dejando libre el exiguo espacio de reflexión consciente.
Y EL CEREBRO CREO AL HOMBRE | ANTONIO DAMASIO | Comprar libro ... El experimento de Dijksterhuis ha significado un gran paso en una línea de investigación que sigue centrada en el papel que las influencias inconscientes ejercen en las tareas de toma de decisiones. En los primeros compases de esa línea de investigación, nuestro grupo presentó pruebas decisivas a este respecto. Demostramos, por ejemplo, que cuando sujetos normales participaban en un juego de cartas que comportaba incurrir en pérdidas o ganancias bajo condiciones de riesgo e incertidumbre, los jugadores empezaban a adoptar una estrategia ganadora ligeramente antes de que fueran capaces de expresar de manera razonada por qué lo hacían. Durante los minutos anteriores a que adoptaran la estrategia ventajosa, los cerebros de los sujetos de aquel experimento producían respuestas psicofisiológicas diferenciales cada vez que sopesaban la posibilidad de sacar una carta de un palo de la baraja que no fuera el principal, es decir, una carta cuyo palo hacía más factible que perdieran, en tanto que la perspectiva de sacar una carta del palo principal no generaba esa respuesta. La belleza del resultado alcanzado estribaba en que los jugadores no perciban, ni tampoco el observador a simple vista, las respuestas fisiológicas, que en el estudio original medimos a través de la conductancia de la piel. Las respuestas ocurrían por debajo del nivel de sensibilidad del radar de la conciencia del sujeto, y ocurrían tan sigilosamente como se producía la deriva del comportamiento hacia la estrategia ganadora.
 Si bien no queda del todo claro qué ocurre exactamente, sea lo que sea, la conciencia del momento no es una condición para que ocurra. Puede ser que el equivalente inconsciente de un presentimiento instintivo “agite” el proceso de toma de decisiones, sesgando, por así decirlo, el cálculo inconsciente, y al hacerlo evite la elección del artículo equivocado. Lo más probable es que un importante proceso de razonamiento discurra inconscientemente por las galerías subterráneas de la mente, y que ese razonamiento produzca resultados sin que ni siquiera lleguen a conocerse los pasos intermedios. Pero, con independencia de cuál sea ese proceso, lo cierto es que produce el equivalente de una intuición, aunque sin el “¡ajá!” que acompaña a la obtención de la solución, sólo como una callada y tranquila resolución.
 Las pruebas que corroboran la existencia de un procesamiento inconsciente no han dejado de acumularse. Las decisiones que tomamos en la vida económica, lejos de estar guiadas por la racionalidad pura, se hallan significativamente influidas por poderosas predisposiciones como, por ejemplo, la aversión a perder o el gozo de ganar. En el modo en que interactuamos con los demás influye asimismo una amplia gama de sesgos y predisposiciones relativas al sexo, la raza, la educación, las costumbres y la forma de hablar y de vestir, entre otras muchas cosas. El escenario de la interacción conlleva también su propio conjunto de predisposiciones vinculadas a la familiaridad y el diseño. Las preocupaciones y las emociones que sentimos antes de la interacción desempeñan un papel asimismo importante, al igual que es importante la hora del día en que ocurre: ¿tenemos hambre? ¿Estamos llenos, ahítos? Expresamos nuestras preferencias sobre la cara de alguien, y lo hacemos a la velocidad del rayo, sin haber tenido siquiera tiempo de procesar conscientemente los datos que habrían avalado la correspondiente deducción razonada, lo que es razón de más para poner mayor cuidado cuando se trata de decisiones importantes, tanto en la vida personal y como en la social. Dejar que la influencia de una emoción pasada guíe la elección de una casa está bien, siempre y cuando antes de firmar el correspondiente contrato nos tomemos un tiempo para reflexionar detenidamente acerca de lo que el inconsciente ofrece como opción. Puede que, entonces, lleguemos a la conclusión de que nuestra elección no es válida, basándonos en el nuevo análisis de los datos, con independencia de la manera en que intuitivamente hayamos juzgado la situación, pues quizá nuestras experiencias pasadas en ese ámbito resulten atípicas, sesgadas o insuficientes. Esto es tanto más importante cuando se trata de nuestro voto en unas elecciones o cuando somos miembros de un jurado popular. Los factores emocionales-inconscientes son uno de los principales problemas a los que se enfrentan los votantes en las elecciones políticas y los miembros de un jurado en los tribunales de justicia. El poder que ejercen los factores emocionales inconscientes es algo tan conocido que, en las últimas décadas, lo que era una maquinaria absolutamente monstruosa de influencia electoral se ha transformado en toda una industria, y lo mismo ha ocurrido con algunos métodos menos conocidos, aunque no por ello menos sofisticados, que permiten influir en la decisión que tomen los miembros de un jurado popular.
 La reflexión y la reevaluación, la comprobación y la verificación de los hechos, así como el recapacitar son aquí esenciales. Se trata de una ocasión extraordinaria para dedicar un tiempo adicional a la decisión, preferiblemente antes de que entremos en la cabina electoral o de que entreguemos nuestro voto al presidente de un jurado.
 Todos los hallazgos y resultados que hemos examinado hasta ahora son ejemplos de situaciones en las que influencias inconscientes, emocionales o de otra índole, así como los pasos de un razonamiento inconsciente inciden en el resultado de una tarea. Sin embargo, los sujetos son mucho más conscientes si se les explica cuáles son las premisas de la tarea que han de realizar, al igual que sucede cuando, una vez tomada la decisión, se les informa acerca de cuáles han sido las consecuencias de sus actos. Queda claro que se trata de ejemplos de componentes inconscientes de unas decisiones que, por lo demás, son conscientes. Si bien nos permiten vislumbrar la complejidad y la variedad de los mecanismos que operan detrás de la fachada supuestamente perfecta del control consciente, no por ello ponen en tela de juicio nuestras facultades deliberativas ni nos exoneran de la responsabilidad de nuestros actos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, en traducción de Ferrán Meler Orti, pp. 231-236. ISBN: 978-84-233-4305-8.]

miércoles, 5 de enero de 2022

Cartas contra la guerra.- Tiziano Terzani (1938-2004)


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Carta desde el Himalaya: ¿qué hacer? 


   «En el Himalaya indio, 17 de enero de 2002 
 Me gusta estar en un cuerpo que envejece. Puedo mirar las montañas sin el deseo de escalarlas. Cuando era joven habría querido conquistarlas; ahora puedo dejarme conquistar por ellas. Las montañas, como el mar, recuerdan una grandeza por la cual el hombre se siente inspirado, elevado. Esa misma grandeza está también en cada uno de nosotros pero allí nos es difícil reconocerla. Por eso nos atraen las montañas. Por eso a través de los siglos, tantísimos hombres y mujeres han venido aquí arriba, al Himalaya, esperando encontrar en estas alturas las respuestas que se les escapaban permaneciendo en las llanuras. Siguen viniendo. 
 El invierno pasado por delante de mi refugio pasó un viejo sanyasin vestido de anaranjado. Estaba acompañado por un discípulo, también él renunciatario. 
 -¿Adónde vais, Mahajá? -le pregunté. 
 -A buscar a Dios -respondió, como si fuera la cosa más natural del mundo. 
 Yo vengo, como esta vez, a tratar de poner un poco de orden en mi mente. Las impresiones de los últimos meses han sido fortísimas y antes de volver a partir, de “bajar a la llanura” otra vez, necesito silencio. Sólo así puede oírse la voz que sabe, la voz que habla dentro de nosotros. Quizá sólo sea la voz del sentido común, pero es una voz verdadera. 
 Las montañas son siempre generosas. Me regalan albas y ocasos irrepetibles; el silencio sólo es roto por los sonidos de la naturaleza que lo hacen aún más vivo. 
 Aquí la existencia es sencillísima. Escribo sentado sobre el suelo de madera, un panel solar alimenta mi pequeño ordenador; uso el agua de una fuente en la que beben los animales del bosque -a veces incluso un leopardo-, cocino arroz y verduras con una bombona de gas, atento a no tirar la cerilla usada. Aquí todo es extremado, no se despilfarra nada y pronto se aprende a dar valor a cualquier pequeña cosa. La sencillez es una enorme ayuda para poner orden. 
 A veces me pregunto si el sentimiento de frustración, de impotencia que muchos, en especial entre los jóvenes, tienen ante el mundo moderno se debe al hecho de que éste les parece tan complicado, tan difícil de entender que la única reacción posible es creerlo un mundo ajeno: un mundo en el que no se puede poner las manos, un mundo que no se puede cambiar. Pero no es así: el mundo es de todos. 
 Sin embargo, ante la complejidad de mecanismos inhumanos - gestionados quién sabe dónde, quién sabe por quién- el individuo está cada vez más desorientado, se siente perdido, y así acaba por cumplir sencillamente sus pequeños deberes laborales, la tarea que tiene delante, desinteresándose por el resto y aumentando así su aislamiento, su sentimiento de inutilidad. Por eso es importante, en mi opinión, devolver cada problema a lo esencial. Si se plantean las preguntas de fondo, las respuestas serán más fáciles. 
 ¿Queremos eliminar las armas? Bien: no perdamos el tiempo discutiendo sobre el hecho de que cerrar las fábricas de fusiles, de municiones, de minas antipersonales o de bombas atómicas creará más desocupados. Primero resolvamos la cuestión moral, después abordaremos la económica. ¿O queremos, aun antes de intentarlo, rendirnos ante el hecho de que la economía lo determina todo, de que sólo nos interesa lo que es útil? 
 “En toda la historia siempre ha habido guerras. Por eso seguirá habiéndolas”, se dice. “Pero ¿por qué repetir la vieja historia? ¿Por qué no tratar de comenzar una nueva?”, respondió Gandhi a quién le hacía esta acostumbrada y banal objeción. 
 La idea de que el ser humano pueda romper con su pasado y dar un salto cualitativo en la evolución era recurrente en el pensamiento indio del siglo pasado. El argumento es sencillo: si el homo sapiens, lo que ahora somos, es resultado de nuestra evolución, ¿por qué no imaginarse que este hombre, con una nueva mutación, se convierta en un ser más espiritual, menos aferrado a la materia, más comprometido en su relación con el prójimo y menos rapaz en relación con el resto del universo? 
 Y luego: dado que esta evolución tiene que ver con la conciencia, ¿por qué no tratar de dar, ahora, conscientemente, un primer paso en esa dirección? El momento no podría ser más apropiado, visto que este homo sapiens ha llegado ahora al máximo de su poder, incluido el de destruirse a sí mismo con esas armas que, con poca sabiduría, ha creado. 
 Mirémonos al espejo. No hay duda de que en el curso de los últimos milenios hemos hecho enormes progresos: hemos conseguido volar como pájaros, nadar bajo el agua como peces, vamos a la luna y enviamos sondas a Marte. Ahora somos capaces incluso de clonar la vida. Sin embargo con todo este progreso no estamos en paz ni con nosotros mismos ni con el mundo que está a nuestro alrededor. Hemos apestado la tierra, desacralizado ríos y lagos, talado bosques enteros y vuelto infernal la vida de los animales, salvo aquellos pocos a los que llamamos “amigos” y que mimamos mientras satisfacen nuestra necesidad de un sustituto de compañía humana. 
 Aire, agua, tierra y fuego, que todas las antiguas civilizaciones han visto como los elementos básicos de vida - y por eso eran sagrados- ya no son, como eran, capaces de autorregenerarse naturalmente desde que el hombre ha conseguido dominarlos y manipular su fuerza para sus propios fines. Su sagrada pureza ha sido contaminada. Se ha roto el equilibrio. 
Resultado de imagen de tiziano terzani cartas contra la gurra El gran progreso material no ha ido al mismo ritmo que nuestro progreso espiritual. Es más: quizá desde este punto de vista el hombre nunca ha sido tan pobre como desde que se ha vuelto tan rico. De aquí la idea de que el hombre, conscientemente, invierta esta tendencia y recupere el control de ese extraordinario instrumento que es su mente. Esa mente, hasta ahora empeñada preferentemente en conocer el mundo exterior y apoderarse de él como si ésa fuera la única fuente de nuestra huidiza felicidad, debería dirigirse también a la exploración del mundo interior, al conocimiento de uno mismo. 
 ¿Ideas absurdas de algún faquir sentado sobre una cama de clavos? Para nada. Estas son ideas que, de una u otra forma, con lenguajes diversos, circulan desde hace algún tiempo por el mundo. Circulan por el mundo occidental, donde el sistema contra el que estas ideas teóricamente se dirigen las ha reabsorbido, convirtiéndolas en “productos” de un vastísimo mercado “alternativo” que va de los cursos de yoga a los de meditación, de la aromaterapia a las “vacaciones espirituales” para todos los frustrados de la carrera detrás de los conejos de plástico de la felicidad material. Estas ideas circulan por el mundo islámico, desgarrado entre tradición y modernidad, donde se vuelve a descubrir el significado original de la yihad, que no es sólo la guerra santa contra el enemigo exterior, sino ante todo la guerra santa interior contra los instintos y las pasiones humanas más bajos. 
 Por lo cual no queda dicho que un desarrollo humano hacia arriba sea imposible. Se trata de no continuar inconscientemente en la dirección en la que vamos en este momento. Esta dirección es desatinada, como es desatinada la guerra de Osama bin Laden y la de George W. Bush. Los dos citan a Dios, pero con esto no hacen más divinas sus masacres. 
  Entonces detengámonos. Imaginemos nuestro momento de ahora desde la perspectiva de nuestros biznietos. Miremos al hoy desde el punto de vista del mañana para no tener que lamentarnos después por haber perdido una buena ocasión. La ocasión es entender de una vez por todas del mundo es uno, que cada parte tiene su sentido, que es posible reemplazar la lógica de la competitividad por la ética de la coexistencia, que nadie tiene el monopolio de nada, que la idea de una civilización superior a otra es sólo fruto de la ignorancia, que la armonía como la belleza, está en el equilibrio de los opuestos y que la idea de eliminar a uno de los dos es sencillamente sacrílega. ¿Cómo sería el día sin la noche? ¿La vida sin la muerte? ¿O el Bien, si Bush consiguiera eliminar, como ha prometido, el Mal del mundo? 
 Esta manía de querer reducirlo todo a una uniformidad es muy occidental. Vivekananda, el gran místico indio, viajaba a fines del siglo XIX a Estados Unidos para hacer conocer el hinduismo. En San Francisco, al final de una conferencia, una señora estadounidense se levantó y le preguntó: “¿No piensa que el mundo sería más hermoso si hubiera una sola religión para todos los hombres?” “No”, respondió Vivekananda. “Quizá sería aún más hermoso si hubiera tantas religiones como hombres”. 
  “Los imperios crecen y los imperios desaparecen” dice el inicio de uno de los clásicos de la literatura china, La novela de los Tres Reinos. También le sucederá al estadounidense, cuanto más trate de imponerse por la fuerza bruta de sus armas, ahora sofisticadísimas, en vez de con la fuerza de los valores espirituales y de los ideales originales de sus mismos Padres Fundadores. 
 Los primeros en percatarse de mi regreso aquí arriba han sido dos viejos cuervos que todas las mañanas, a la hora del desayuno, se plantan en el deodar, el árbol de Dios, un majestuoso cedro delante de casa y graznan a más no poder hasta que han recibido las sobras de mi yogur -he aprendido a hacérmelo- y los últimos granos de arroz en el cuenco.»

    [El texto pertenece a la edición en español de R.B.A. Libros, 2002, en traducción de Juan Carlos Gentile Vitale,  pp. 149-154. ISBN: 84-7901-872-0.]

domingo, 17 de noviembre de 2019

Dúo.- Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954)

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«Alice cerró sus pálidos ojos, apoyó la cabeza en un almohadón de seda desteñida y levantó la mano:
 -Escucha, Michel... Esa..., esa tontería que cometí...
 -¡Esa ignominia! -replicó Michel violentamente, sin levantar la voz.
 -Bien, esa ignominia, si quieres llamarlo así, esa ignominia que atravesó brevemente mi existencia mientras tú no estabas a mi lado, comenzó y acabó en menos de cuatro semanas... ¿Qué? ¡No, no y no! ¡No me interrumpirás constantemente! -gritó Alice de súbito, abriendo sus ojos, casi azules en la sombra-. ¡Me dejarás decir lo que tengo que decir...!
 Dando un salto silencioso, Michel se dirigió a la puerta entreabierta y la cerró con cuidado, sin ruido.
 -¿Estás loca? Están almorzando ahí, en la cocina... La verdad, se diría..., se diría... ¡Palabra! ¿Y el cartero, que debe estar subiendo la cuesta?
 Tartamudeaba, gritaba en tono bajo, ahogaba su cólera contenida. Tendía un brazo vehemente hacia la puerta-ventana y Alice observó que abría la boca formando un cuadro, como las máscaras de la tragedia antigua.
 Pero ella se encogió vigorosamente de hombros y prosiguió:
 -¿Y no te olvidas del zagal del vaquero? ¿Y de Chevestre, que seguramente estará acechando por algún sitio? ¿Y la señorita de correos, que quizá se ha puesto su sombrero de los domingos para venir a pedirte que recomiendes su ascenso? ¡Eh!, ¿temes a todos ésos, piensas en ellos?
 Se dejó caer en el diván y se tapó los ojos con el brazo doblado. Michel la oyó respirar como si sollozara y se inclinó sobre ella:
 -¡Santo Dios!, domínate un poco... Vamos, Alice. ¿Qué es lo que te he dicho? Es que no te das cuenta...
 Alice descubrió su rostro enrojecido y seco, e incorporándose, se lanzó furiosa hacia él:
 -¡No sé lo que me has dicho! ¡Me importa un bledo lo que me hayas dicho! Pero lo que sé perfectamente es que si, porque me he acostado una vez en mi vida con otro hombre distinto que tú, has de envenenar en lo sucesivo la existencia de los dos, prefiero irme ahora mismo. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh...! ¡Oh, basta, basta...!
 Golpeó con el puño el almohadón de polvorienta seda y su aguda voz se enronqueció:
 -¡Soy desgraciada, Michel; compréndelo; tú no me has acostumbrado a ser desgraciada! 
 Michel, inmóvil e inclinado, esperaba que ella se callara, pero no parecía oírla.
 -¿Una vez, has dicho? ¿Qué te has acostado una vez...? ¿Una sola vez?
 Impulsada por la ansiedad que envejecía a Michel, también impulsada por la pueril esperanza que nacía, como una sonrisa disimulada, en los ojos que amaba, Alice estuvo a punto de mentir, pero recordó a tiempo que había hablado de tres semanas... "Él también se acordaba... Le conozco..." Se sentó, obligando a Michel a enderezarse y se secó la frente, con lo que alborotó su negro flequillo.
 -No, Michel. No es cuestión de un azar, de una sorpresa. No poseo unos sentidos tan caprichosos... ni tan exigentes.
 Michel hizo una mueca y con la mano le suplicó que guardara silencio. Se alejó tristemente de Alice, febril, afeada y con los cabellos desordenados, porque sin duda se parecía a aquella Alice que otro hombre había vencido. Ella le vio encorvado, despojado de sus falsas cóleras y de sus seductores atractivos y rápidamente imaginó un medio de curarle.
 -Escucha -propuso bajando la voz-, escucha... ¿Qué es lo que quieres? Quieres, naturalmente, la verdad. Quieres, estúpidamente, la verdad. Si no te lo cuento todo, como suele decirse, nos atormentarás, mucho peor, nos fastidiarás sin descanso con ese asunto...
 -¡Mide tus palabras, Alice!
 Ésta se puso en pie, estiró su espalda y miró a su marido:
 -¿Y por quién? Esto forma parte del principio de la verdad. Así, pues, ¿nos amargarás la vida hasta que obtengas lo que deseas? ¡Oh, no será largo! Lo tendrás. No mucho más tarde que esta noche, cuando nos dejen solos, cuando ya no oiré a nadie en la casa...
 Terminó lanzando una mirada hacia la puerta y se dirigió al dormitorio.
 -¿Dónde vas? -preguntó Michel, siguiendo la costumbre de siempre.
Alice se volvió, mostró sus facciones descompuestas, sus largos y descoloridos ojos, su pequeña nariz aplastada, que brillaba, y su boca pálida.
 -Supongo que no creerás que voy a mostrarles esta cara...
 -No... Quería decir... ¿qué harás después?
 Alice señaló con la barbilla la ventana, el cielo puro, el valle visible entre las estrechas hojas y los afilados retoños...
 -Quería ir por allá... Traer margaritas amarillas... Ver si hay muguete en el Boi Froid… Pero ahora...
 Sus párpados se hincharon y Michel apartó la vista; su mujer poseía una forma tan juvenil de derramar las lágrimas que le trastornaba por completo...
 -No querrás..., no te gustaría que te acompañase, ¿verdad?
 Alice le puso las manos en los hombros con un ademán tan vivo que hizo saltar dos gruesas lágrimas sobre su corpiño azul.
 -¡Michel! ¡Claro que sí! ¡Ven, Michou! Anda, ven. Haremos lo que podamos. Cruzaremos el río e iremos hasta Saint-Meix a buscar huevos. ¿Me esperas?
 Michel contestó con un ademán, avergonzado de su mansedumbre, y se derrumbó en una butaca para esperarla. Cuando ella regresó, empolvada, un poco de sombra en sus enrojecidos párpados, su mata de cabellos estirada encima de la frente como una venda de seda, Michel dormía, vencido por un sueño brutal y clemente, y ni siquiera la oyó entrar. […]
 Alice, inclinada sobre él, contenía el aliento y temía los crujidos del viejo entarimado que se curvaba bajo el peso de las pisadas. No se atrevía ni a despertarle ni a favorecer el sueño. […]
 Se volvió con una vaga repugnancia hacia el rostro cerrado que su postura deformaba, suspiró y murmuró para sí, como si esta confesión fuera una conclusión y una explicación supremas: "En el fondo, nunca me ha gustado esa barbita a la española."
 Se aproximó a la puerta-ventana con paso ligero. Se aburría y no guardaba rencor a Michel por aquella tregua involuntaria que suspendía su angustia y le concedía tiempo de reflexionar. "¿Reflexionar sobre qué? No se reflexiona antes de cometer una tontería; lo peor es que se reflexiona después de cometerlas."»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones G.P., 1964, en traducción de E. Piñas. Depósito legal: B. 19.123-1964.]

viernes, 13 de septiembre de 2019

Adiós a la razón.- Paul Feyerabend (1924-1994)

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Ciencia como arte
 6.-Resumen

«Ahora podemos formular las siguientes tesis sobre la naturaleza de las artes y las ciencias y sobre la relación entre unas y otras.
 1.-Riegl tiene razón al decir que las artes han desarrollado una serie de formas estilísticas y que estas formas existen en igualdad de derechos, a no ser que se las enjuicie desde el punto de vista arbitrariamente elegido de una determinada forma de estilo. Incluso cuando se elige con motivos un punto de vista de este tipo, existe para cada grupo de motivos otros grupos, es decir, en la fundamentación o se llega a una elección o a intuiciones, o sea, a acción automática y, así, de nuevo a una elección, aunque sea esta vez no reflexionada.
 2.-La afirmación de Riegl afecta asimismo a las ciencias. También éstas han desarrollado una serie de estilos, incluyendo estilos de comprobación, y el desarrollo de un estilo a otro es, decimos nosotros, totalmente análogo al desarrollo desde la Antigüedad al estilo gótico.
 3.-Tantos artistas como científicos, cuando elaboran un estilo, con frecuencia trabajan con la segunda intención de que se trata de la presentación de la verdad, o de "la" realidad.
 4.-Esta segunda intención no lleva más allá de la concepción de Riegl. Sólo es una parte de la voluntad artística que Riegl ha dejado muy imprecisa y sólo muestra que los estilos artísticos están estrechamente enlazados a estilos de pensamiento: hemos insertado un cuadro, o una estatua, o una tragedia, insertos en una obra de arte verbal (por lo demás, apenas excitante).
 5.-Esto se muestra en los muchos significados de la palabra "verdad" o "realidad". Pues, si se investiga lo que un determinado estilo de pensamiento comprende bajo estas cosas, no se encuentra algo más del mismo estilo de pensar, sino sus propias presuposiciones: verdad es lo que afirma el estilo de pensar que es verdad. Así es como en un tiempo fue verdad que existían los dioses griegos, pero hoy esto es un absurdo para muchas personas.
 6.-El éxito sólo puede distinguir a un estilo de pensar cuando se poseen ya criterios que determinan lo que es éxito. Para el gnóstico, el mundo material es apariencia, el alma real, y el éxito es sólo lo que acontece a la última. De nuevo se oculta tras la aceptación de un estilo, no algo "objetivo", sino un elemento más del estilo.
 7.-Por ejemplo, muchas personas se atienen hoy al estilo de pensar de las ciencias, por haber perdido su interés por cosas sobrenaturales, porque les parece mucho más importante la fama terrena que la salud del alma, porque uno quiere mantenerse alejado de otras personas (éste es el motivo objetivo del deseo de objetividad) y porque se cree -y, por cierto, no basándose en investigaciones más precisas- que las ciencias pueden aumentar y mejorar los bienes terrenos.
 8.-La elección de un estilo, de una realidad, de una forma de verdad, incluyendo criterios de realidad y de racionalidad, es la elección de un producto humano. Es un acto social, depende de la situación histórica, ocasionalmente es un proceso relativamente consciente -se reflexiona sobre distintas posibilidades y se decide una por una-, mucho más frecuentemente es acción directa basándose en intuiciones más fuertes. Es "objetiva" esta elección sólo en el sentido condicionado por la situación histórica: también la objetividad es una característica de estilo (compárese, por ejemplo, el puntillismo con el realismo o el naturalismo). Así, pues, uno se decide en favor o en contra de las ciencias exactamente como uno se decide por el punk rock o en contra de él, por lo demás con la diferencia de que la actual inserción social de las ciencias rodea a la decisión del primer caso con mucha más palabrería y también con mucho más ruido.
 9.-Y, dado que hasta ahora se creía que sólo las artes se encuentran en esta situación; dado que, por tanto, la situación sólo se ha conocido, hasta cierto punto, en las artes, la conclusión es que la mejor manera de describir la situación análoga en las ciencias y los muchos recubrimientos existentes ahí, y de los que yo sólo he mencionado una pequeña porción, se dice que las ciencias son artes en el sentido de esta comprensión progresiva del arte.
 (Si viviéramos en un tiempo en que se creyera ingenuamente en el poder curativo y en la "objetividad" de las artes, si no se separa arte y Estado, si las artes se sustituyeran con medios fiscales, si se las aprendiera en las escuelas como disciplinas obligatorias, mientras que las ciencias serían consideradas como colecciones de juguetes, de las que los jugadores una vez elegirían un juego y otra vez otro, entonces, como es natural, sería igualmente indicado recordar que las artes son ciencias. Pero, desgraciadamente, no vivimos en un tiempo así).»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1995, en traducción de José R. de Rivera. ISBN: 84-487-0209-3.]