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viernes, 11 de diciembre de 2020

Las reglas del método sociológico.- Emile Durkheim (1858-1917)

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VI.-Reglas relativas al uso de la prueba

   «Pero hay otra razón que hace del método de las variaciones concomitantes el instrumento por excelencia de las investigaciones sociológicas. Incluso cuando más favorables les son las circunstancias, los otros métodos no pueden ser utilizados provechosamente más que si es muy considerable el número de hechos comparados. Aunque no es posible encontrar dos sociedades que sólo difieran o se asemejen en un punto, al menos se puede constatar que en la gran mayoría de los casos dos hechos o bien van juntos o bien se excluyen. Pero para que esta constatación tenga valor científico, tiene que haber sido hecha un número de veces muy elevado; casi habría que tener la seguridad de que se ha pasado revista de todos los hechos. Ahora bien, no sólo no es posible un inventario tan completo, sino que además nunca se puede establecer con suficiente precisión los hechos así acumulados, precisamente porque son demasiado numerosos. No sólo se corre el peligro de omitir algunos que son esenciales y que contradicen a los conocidos, sino que además no se está seguro de conocer bien a estos últimos. De hecho, lo que con frecuencia ha desacreditado los razonamientos de los sociólogos es que como han empleado preferentemente sea el método de concordancia sea el de diferencia, y sobre todo el primero, se han ocupado más en amontonar documentos que de criticarlos y seleccionarlos. Por esta razón les ocurre continuamente poner en el mismo plano las observaciones confusas y realizadas apresuradamente y los textos precisos de la historia. Al ver esas demostraciones no sólo no puede uno por menos de decirse que un solo hecho podría bastar para informarlas, sino que no siempre inspiran confianza los propios hechos a partir de los cuales han sido establecidos.
 El método de las variaciones concomitantes no nos obliga a efectuar ni esas enumeraciones incompletas ni esas observaciones superficiales. Bastan algunos hechos para que proporcione resultados. A partir del momento en que se ha probado que en un cierto número de casos dos fenómenos varían al igual, se puede estar seguro de que nos encontramos en presencia de una ley. Como no es necesario emplear un número considerable de documentos, éstos pueden ser seleccionados y además estudiados de cerca por el sociólogo que los utiliza. Así pues, podrá y, por consiguiente, deberá tomar como objeto de estudio principal de sus inducciones a las sociedades cuyas creencias, tradiciones, costumbres y derecho se han plasmado en documentos escritos auténticos. No despreciará las informaciones del etnógrafo (el científico no puede desdeñar ningún tipo de hechos), pero les concederá la importancia que les corresponde. En lugar de hacer de ellos el centro de gravedad de sus investigaciones, no las utilizará en general, más que como un complemento de los que provienen de la historia o, al menos, hará lo posible por confirmarlos por medio de estos últimos. De este modo, no sólo circunscribirá el ámbito de sus comparaciones con más discernimiento, sino que las dirigirá más críticamente; pues, por el hecho mismo de dedicarse a un orden limitado de hechos, podrá controlarlos con más cuidado. Ciertamente, aunque no tiene que rehacer la obra de los historiadores, tampoco puede recibir pasivamente y con los brazos abiertos todas las informaciones de que se sirve.
Resultado de imagen de emile durkheim las reglas del metodo sociologico No hay que creer que la sociología esté en un estado de clara inferioridad con respecto a las otras ciencias porque casi no pueda utilizar más que un solo procedimiento experimental. Este inconveniente se ve compensado por la riqueza de las variaciones que se ofrecen espontáneamente a las comparaciones del sociólogo y de las que no se encuentra nada semejante en los demás reinos de la naturaleza. Los cambios que tienen lugar en un organismo en el curso de una existencia individual son poco numerosos y muy limitados; los que es posible provocar artificialmente sin destruir la vida son, a su vez, poco numerosos; Ciertamente, a lo largo de la evolución zoológica se han producido cambios más importantes, pero sólo han dejado escasos y oscuros vestigios, y aún es más difícil descubrir las condiciones que los han determinado. La vida social, por el contrario, es una serie ininterrumpida de trasformaciones, que son paralelas a otras transformaciones en las condiciones de la existencia colectiva; y no sólo tenemos a nuestra disposición los que se refieren a una época reciente, sino que han llegado hasta nosotros un gran número de aquellas por las que han pasado los pueblos desaparecidos. A pesar de las lagunas que aún quedan en nuestro conocimiento, la historia de la humanidad es mucho más clara y completa que la de las especies animales. Además, hay un gran número de fenómenos sociales que se producen en todo el ámbito de la sociedad, pero que presentan formas diversas según las regiones, las profesiones, las confesiones religiosas, etc. Fenómenos de esta naturaleza son, por ejemplo, el crimen, el suicidio, la natalidad, la nupcialidad, el ahorro, etc. De estos diferentes medios especiales emanan, para cada uno de estos órdenes de realidad, nuevas series de variaciones, aparte de las que produce la evolución histórica. Por tanto, aunque el sociólogo no puede utilizar con la misma eficacia todos los procedimientos de la investigación experimental, el único método de que debe hacer caso, con la casi total exclusión de los otros, puede resultar muy fecundo en sus manos, pues dispone de incomparables recursos para aplicarlo.
  Pero este método sólo produce los resultados que comporta cuando es puesto en práctica rigurosamente. No se prueba nada cuando, como tan a menudo sucede, uno se contenta con mostrar por medio de ejemplos más o menos numerosos que en algunos casos dispersos los hechos han variado de acuerdo con la hipótesis. De estas concordancias esporádicas y fragmentarias no se puede sacar ninguna conclusión general. Ilustrar una idea no equivale a demostrarla. Lo que hay que hacer es comparar no variaciones aisladas sino series de variaciones, regularmente establecidas, cuyos términos estén en relación unos con otros en una gradación tan continua como sea posible y que además sean suficientemente numerosas. Pues las variaciones de un fenómeno no permiten inducir la ley que le es propia más que si expresan claramente el modo como se desarrolla en determinadas circunstancias. Ahora bien, para eso es preciso que exista entre ellas la misma continuidad que entre los diversos momentos de una misma evolución natural y, además, que esta evolución que parece que se da en ellas se prolongue lo bastante como para que su sentido no sea dudoso.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1998, en traducción de Santiago González Noriega, pp. 190-193. ISBN: 84-487-0183-6.]
 

sábado, 14 de noviembre de 2020

Pasión y muerte de Miguel Servet.- Pompeyo Gener (1848-1920)

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II.-En Francia

  «No siendo teólogo profesional, o sea de los que hacen de sus creencias una industria, y cansado de batallar en Alemania, donde todos se le declaraban en contra, habiendo ya acabado su dinero, se dirigió a Francia; pues allí no habían levantado polvareda sus escritos, y se paró en Lyón.
 Lyón, en esta época, era llamado la Roma de las ideas; en ella trabajaban una serie de sabios, de pensadores, de obreros de la verdad, de artistas de la dicción, que independientemente del yugo teológico, cultivaban el Humanismo en la más alta acepción de la palabra. Poetas épicos algunos, humanistas eximios otros, eruditos profundos, políticos atrevidos, teóricos audaces, ardientes republicanos, liberales aristocráticos, representaban la grandeza y el encanto en una época desolada por la guerra civil de los religionarios. Eran una aristocracia artística, sabia y librepensadora en medio del fanatismo de las turbas de ambos bandos. Gente de genio y de buen genio todos ellos, liberales en el verdadero sentido de la frase, no necesitaban ni fuerza ni amenazas ni poder para sustentar sus sublimes ideales nuevos. Nada de Sínodos, de Concilios, ni de tribunales, de los que salen sólo condenas, anatemas, excomuniones, castigos, persecuciones y provocación al daño ajeno. Allí estaban Esteban Dolet, L'Hopital, La Böetie, el cual decía que las letras florecían con tal esplendor que, para asemejarse Lyón a Atenas, sólo le faltaba aquella gran libertad que en Grecia se gozaba.
 En Lyón se imprimían no sólo libros literarios, sino libros científicos. Silvio, Ruel, Rabelais, Champier mandan hacer allí sus ediciones. Y se imprimen para todas las naciones y para todas las ciudades y en todas las lenguas.
 Servet, al entrar en Lyón, creyó prudente cambiar de nombre y de naturaleza. Dijo llamarse Miguel de Villanueva, estudiante navarro, que acudía allí en busca de trabajo para ganar su subsistencia.
 El librero Trechsel, prendado de sus conocimientos y apiadado de su miseria, le tomó como corrector de estilo y tales y tantas pruebas dio de su saber, en las lenguas antiguas y modernas como en la ciencias y artes que, admirado de su erudición, un día, le confió el que dirigiera y anotara la publicación de una nueva edición de la Geografía de Tolomeo. Efectivamente, Servet la revisó, la corrigió, la completó y la enriqueció tanto con sus observaciones personales, que fue una de las primeras y más consultadas obras del Renacimiento. Y tanto es así, que aun hoy admira, y al leerla puede asegurarse que Servet fue el creador de la Geografía comparada y de la etnografía, y que Alejandro de Humboldt, Carlos Ritter y Eliseo Reclus, no han sido más que sus continuadores. Así lo afirma el último.
 Mientras publica esta obra, traba amistosas relaciones con Dolet, y con la amistad de éste se fortifica su amor al saber, su horror a la ignorancia y su creencia en que el alto sentido del goce de la vida, más que la teología, lo dan el Arte y el Ciencia.
 Desde este momento combate tanto por la Ciencia y la libertad como por el amor al prójimo. La dignidad humana, el crecimiento de la vida: esas ideas llegan en él a adquirir una expresión lógica. "Más me place la verdad de un enemigo -exclama- que doscientos errores de los nuestros". Y extiende sus investigaciones a todos los orígenes del saber humano. Estudia a Zoroastro como a Moisés, a Platón y a Cristo, Mahoma y el Filsafet de los árabes españoles le son profundamente conocidos; y de la Filosofía y del Derecho pasa a la Geografía, a las Matemáticas, a la Astrología, y se engolfa en las nebulosidades de la Metafísica, donde su mente cree percibir los resplandores de la Divinidad. Por fin se apasiona por las Ciencias naturales, ya que después de embellecer al alma hay que fortificar el cuerpo: Mens sana in corpore sano. Así se dedica a la Medicina, por amor al prójimo. "Hay que estudiar ese otro universo que es el hombre -escribe-, y hay que conocerle a fondo por anatomías sucesivas". Y desde este momento sólo piensa en sus estudios anatómicos. Sus escritos científicos hallan apoyo y le conquistan discípulos en Italia y en España. Los países germánicos protestantes son sus enemigos; allí sus obras son rehusadas. Bien ha dicho Renán que la libertad del pensamiento y la filosofía moderna tienen su origen en los humanistas italianos y en los filósofos españoles y no en la Reforma, como algunos sostienen. Y es la pura verdad. Para honra de nuestra raza tuvimos a Servet, Vives, Huarte y Gracián, que son los padres de las ideas modernas, y a los que se deberá gran parte de la marcha futura de los pueblos.
  Otra de las eminencias que Servet conoció en Lyón fue el gran doctor Sinforiano Champier. […]
 Una vez instruido en la Medicina, determinó ir a perfeccionarse a París, donde tenía cátedra el célebre Silvio. Allí estudió con éste y con Farnel, de los cuales llegó a ser el primer discípulo. Pronto ganó la borla del doctorado, y empezó a dar conferencias en el Colegio de los Lombardos. Según parece, en la Facultad de París fue donde él se formó ya completa idea del mecanismo de la circulación de la sangre. Pronto publicó un tratado de terapéutica, titulado De Syruporum universa ratio, el cual adquirió tal boga que en poco tiempo se hicieron de él varias ediciones.
 En él sostenía la misma tesis de Champier, y es que por la Medicina griega se cura y con la árabe se mata. "Los árabes -dice- piensan que hay que sacrificar a los débiles" y, como a buen cristiano, le horrorizaba esa idea. "Un débil de cuerpo puede tener un gran espíritu, y fortificándole el cuerpo se le puede transformar en un hombre perfecto". "Éste es el deber de la Medicina" -exclama- y siguiendo el principio del utile dulci, o sea la unión de lo conveniente con lo agradable, sienta que para curar no hay que hacer sufrir, pues que el enfermo no es un culpable sino un desgraciado al cual hay que calmarle o alejarle el dolor. […]
Resultado de imagen de pompeyo gener pasion y muerte de servet El dulce sabio español, como se le llamó, se hizo apreciar en París no sólo del público en general, sino de las gentes cultas y de los médicos de mayor nombradía. […]
 Entonces, Servet, desbordante de actividad, abrió un curso de Matemáticas en la propia Escuela de Medicina de París; a éste siguió un curso público de Anatomía y en la Escuela de los Lombardos otro de Meteorología, de Astronomía y de las influencias siderales sobre el Hombre, lo cual fue calificado de astrología judiciaria. Servet llegó a ser el hombre a la moda. […] Al gran Servet, en este momento, la fortuna le sonreía. No tenía más que dejarse conducir por ella para vivir espléndidamente y lleno de honores.
 En una de sus conferencias habló de lo que hoy los hombres de ciencia llaman Premoniciones, es decir, los presentimientos que permiten juzgar del porvenir y venir en conocimiento, o sentir, lo que sucede a distancia. Esto que hoy día se llama telepatía, agradó tanto en París, especialmente entre las clases altas, que la fama de Servet creció hasta tal punto que llegó a ser el doctor preferido por los más grandes señores y las damas más distinguidas.
 Tanta fortuna no tardó en provocar la envidia de algunos de sus colegas […] Así, el 18 de marzo del año 1538, el Parlamento de París le juzgó, en virtud de una acusación venida de la Facultad de Medicina. En la acusación se pedía nada menos que se le condenara a muerte en la hoguera apoyándose en el capítulo XLVII de Isaías, en el cual se dice que "los que estudian el cielo y que observan los astros, son como la paja que el fuego consume, y no salvarán su vida de las llamas".
 Un pasaje de un profeta de Israel malhumorado presagiaba ya su muerte. Mas el Parlamento le absolvió.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espuela de Plata, 2007, pp. 26-31. ISBN: 978-84-96133-95-2.]
 

martes, 4 de febrero de 2020

Los tres viajes alrededor del mundo. Diarios.- James Cook (1728-1779)

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Segundo viaje
Descripción de la isla de Pascua

«Ninguna nación tiene interés en reivindicar el descubrimiento de esta isla, pues pocos lugares del mundo ofrecen menos comodidades para la navegación. No hay un fondeadero seguro ni agua dulce útil para llevarse. La naturaleza se ha mostrado muy avara con sus dones hacia esta isla. Todo se debe hacer crecer a fuerza de fatiga, y no hay pues razón para que sus habitantes planten más allá de cuanto ellos necesitan, y dado que no son numerosos es imposible que tengan mucho de superfluo para poner a disposición de los extranjeros de paso. Los productos de la isla son: patatas, ñames, raíces de taro, bananas y caña de azúcar, todo de buena calidad, especialmente las patatas, que son, en su especie, las mejores que jamás haya comido. Tienen también calabazas pero en una cantidad tan pequeña que un racimo de nueces de coco era lo más preciado que pudiéramos darles. Tienen también algunas aves domesticadas, tales como gallos y gallinas, pequeñas pero con buen sabor. También hay ratones, y creo que se los comen, pues vi a un hombre con algunos muertos en la mano y no quería desprenderse de ellos, dándome a entender que estaban destinados a su nutrición. Casi no había pájaros terrestres y pocas aves marinas; tan sólo pájaros tropicales, algunos cola de paja, etc. Tampoco había abundancia de peces en la costa; en todo caso, fueron muy pocos los que vimos en manos de los indígenas.
  Tales son los productos de la isla de Pascua o tierra de Davis, que está situada en la latitud sur a 27º 5’ 30’’, longitud oeste a 109º 46’ 20’’. Su contorno es de unas diez a doce leguas, con superficie pedregosa y montañosa y una costa escarpada. Sus colinas tienen una altura que permite verlas desde cuarenta o cincuenta leguas. Frente al extremo meridional hay dos islotes de roca situados cerca de la ensenada. Las puntas del norte y este de la isla se elevan directamente desde el mar con una altura considerable; entre ellas, por el sureste, la costa forma una bahía abierta donde creo que fondearon los holandeses. Echamos ancla, según he dicho, al lado oeste de la isla, a tres millas al norte de la punta meridional, con la playa de arena que nos quedaba al estesureste. Es una buena rada con viento del este, pero peligrosa con viento del oeste, lo mismo que debe serlo la otra, al lado sur, con viento del este.
  Por esta razón, y a causa de los demás inconvenientes ya mencionados, tan sólo en caso de necesidad absoluta debería alguien decidirse a tocar esta isla, a menos que no pudiera hacerlo sin un gran desvío, y en este caso tocar aquí podría tener sus ventajas, pues los habitantes ofrecen gustosos y con facilidad de lo poco de que disponen y a precios razonables. Los pocos víveres que nos sirvieron fueron sin duda un gran alivio, pero un navío debe tener ciertamente auténtica necesidad de agua para arribar aquí y eso es justamente lo que uno puede venir a buscar. Subimos a bordo algo de agua, que no era potable, pues no se trata sino de agua salada filtrada a través de una playa de arena en un pozo construido por los nativos con este fin, un poco al sur de la playa de arena de la que he hablado, y el agua subía y bajaba en el interior con la marea.
  No debe haber en esta isla más de seis o setecientos habitantes, y más de dos tercios de los que vimos eran del sexo masculino. O bien las mujeres son pocas aquí, o a muchas se les impidió ser vistas durante nuestra estancia. Nada, sin embargo, parecía aparentemente indicar que los hombres fueran de un temperamento celoso o que las mujeres temieran mostrarse en público, pero es ciertamente un motivo de esta naturaleza lo que determina su conducta. Por su color, las costumbres y la lengua, tienen una semejanza tan grande con los pueblos de las islas más occidentales que nadie puede dudar de su origen común. Es extraordinario que la misma raza se haya expandido en todas las islas de este vasto océano, desde Nueva Zelanda a esta isla, pues ello abarca casi un cuarto de la circunferencia del globo. Muchos de ellos no poseen ningún conocimiento mutuo, unos de otros, más que los transmitidos por antiguas tradiciones en el transcurso de los tiempos; se puede decir que se han convertido en naciones distintas y cada una ha adoptado una costumbre o uso particular. No obstante, un observador atento no tardará en descubrir las afinidades que tienen entre sí.
  Los habitantes de esta isla son, en general, de una raza débil y su talla es pequeña. No he visto ningún hombre que llegara a los seis pies de altura, tanto es lo que les aleja de ser unos gigantes, según afirma uno de los autores del Viaje de Roggewin. Son vivaces y activos, con rasgos regulares bastante agradables, bien dispuestos y hospitalarios con los extranjeros, pero rivalizando con sus vecinos por su propensión al hurto.
  El tatuaje, o marcas sobre la piel, está muy extendido en esta isla. Los hombres están marcados de pies a cabeza con signos más o menos iguales, a los que dan direcciones distintas según sus gustos. Las mujeres van menos marcadas, pero se adornan con pintura roja y blanca; también los hombres suelen pintarse; el rojo se hace con tamarisco, pero no sé de dónde sacan el blanco… Confieso que ignoro por completo en qué consiste el poder o la autoridad de los jefes, o el gobierno de estos pueblos.
  Tampoco conocemos su religión mucho mejor. Las gigantescas estatuas tan a menudo mencionadas no son ídolos, nada indica que lo sean por el modo como son hoy en día consideradas por los habitantes de la isla, aunque pudieron serlo cuando los holandeses visitaron la isla. Creo más bien que se trata de las sepulturas de ciertas tribus o familias. He visto, y también otras personas, un esqueleto humano que se acababa de cubrir de piedras, extendido sobre una de las terrazas. Hay terrazas de albañilería que tienen treinta o cuarenta pies de longitud, de doce a dieciséis de ancho por tres a doce de alto. La altura depende de la naturaleza del suelo. Estas estatuas se hallan por lo general justo al borde de los acantilados y de cara al mar, de suerte que de este lado pueden llegar a medir diez o doce pies de altura, o más, midiendo del otro tres o cuatro únicamente. En la fachada están construidas por grandes piedras talladas con un trabajo no inferior al de las mejores obras de albañilería simple que hemos visto en Inglaterra. No se emplea ningún tipo de cemento y, no obstante, las juntas son extremadamente prietas, con las piedras muescadas e insertadas unas en las otras con enorme pericia. Los muros de los lados no son perpendiculares, sino algo inclinados hacia dentro, de la misma forma que se construyen los parapetos en Europa. Y, sin embargo, tanto cuidado, tanto esfuerzo y destreza no han podido preservar esos curiosos monumentos de los estragos del tiempo, que lo devora todo.
  La mayor parte de las estatuas se levanta sobre estas plataformas que les sirven de base. Están talladas hasta medio cuerpo, en la medida en que se puede juzgar,  y terminan en una especie de tronco que llega hasta la base sobre la que se apoyan. El trabajo es algo grosero, pero no malo, y no están mal indicados los rasgos del rostro, especialmente la nariz y la barbilla, pero con unas orejas de una longitud desmesurada; en cuanto al cuerpo, apenas se puede decir que tenga una forma humana.
  Tan sólo he tenido ocasión de examinar dos o tres de estas estatuas próximas al desembarcadero; eran de piedra gris, que parecía ser del mismo tipo que la de las plataformas. Pero algunos de nuestros señores que recorrieron la isla examinando varias de ellas, eran de la opinión que la piedra de la que estaban hechas era diferente de cualquier otra que hubiesen visto en la isla, y tenía el aspecto de ser facticia. Nos costaba imaginar cómo esos isleños totalmente desprovistos de medios mecánicos pudieron levantar estas sorprendentes esculturas y colocar luego sobre sus cabezas las grandes piedras cilíndricas de las que ya he hablado. El único procedimiento que puedo imaginar sería elevar un extremo poco a poco, sosteniéndolo con piedras a medida que se levanta y construyendo debajo hasta tenerla de pie. Se habría hecho así una especie de montículo o de andamio que luego se retiraría. Pero si se trata de bloques que no son de una sola pieza, o facticios, las estatuas pudieron erigirse en el lugar en su posición actual, o colocar luego el cilindro superior mediante la construcción de un montículo circular, tal como ya he expuesto. Fuera por éste o por otros medios, debió de ser una obra de largo aliento y muestra bien el grado de empresa y perseverancia de estos isleños en la época en que se levantaron las estatuas. Los que actualmente habitan la isla no han tenido nada que ver, ya que ni siquiera han reparado los fundamentos de las estatuas que se deterioran. Las llaman con nombres diferentes, tales como Gotomoaro, Marapti Kanaro, Gohounitougou, Matta-Matta, etc., precedidos a veces del nombre Moi, o seguidos del nombre Driki. Si hemos entendido bien, esta última palabra significa “jefe” y la primera “lugar de sepultura” o “de sueño”.»

       [El texto pertenece a la edición en español de José J. de Olañeta, Editor, 2000, en traducción de Mateu Grimalt. ISBN: 84-7651-862-5.]