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miércoles, 12 de enero de 2022

Cultura.- Terry Eagleton (1943)


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3.-El inconsciente social


 «Ideología no es lo mismo que cultura. Hemos visto que, en un sentido del término, la cultura consiste en valores y prácticas simbólicas, mientras que la ideología denota esos valores y prácticas simbólicas que en un momento dado están siendo empleados para el mantenimiento del poder político. La cultura, por tanto, es el concepto más amplio y gran parte de lo que contiene puede ser inocente ideológicamente, al menos durante gran parte del tiempo. La hipótesis de que coleccionar pisapapeles victorianos tardíos contribuye al mantenimiento de un poder soberano no parece muy interesante en ningún aspecto. En una cultura no todo es ideológico, aunque cualquier cosa que pertenezca a ella podría serlo. La cultura es un término funcionalmente variable, en el sentido de que lo que puede ser cultural en un contexto puede no serlo en otro. Esto es en concreto cierto si consideramos que la cultura es lo que hace que la vida merezca la pena en vez de lo que la mantiene en marcha. Intercambiar regalos puede ser una práctica cultural para nosotros, pero en algunos órdenes sociales premodernos puede estar unido a la necesidad económica. Beber alcohol es una cuestión cultural, pero dejaría de serlo si fuera la única forma de apagar una sed insoportable. Los supervivientes de un accidente aéreo en algún lugar remoto que rompen el compartimento de la bebida no están organizando una fiesta. Una actividad puede ser cultural en el sentido de decorativa o no funcional, y no cultural en el de satisfacer una necesidad biológica. En Qatar puedes llevar la cabeza cubierta como símbolo de tu identidad cultural, pero también para evitar una insolación.
 La ideología también es funcionalmente variable. Lo que puede ser ideológico en un momento o lugar puede no serlo en otro. Una flexión casual del brazo puede convertirse en otro contexto en un saludo fascista. Que haya rosas blancas y rojas es ideológico sólo si estas flores se convierten en símbolos en la lucha por el poder. Las predicciones meteorológicas de la televisión sólo son ideológicas si el presentador insiste obsesivamente que en Corea del Norte el tiempo es mucho peor que en Estados Unidos. No es ideológico que en las guarderías se enseñe a los niños a atarse los cordones  de los zapatos, pero es ideológico enseñarles que han de emplear su talento juiciosamente a fin de obtener los máximos beneficios. La frase “Me gustaría una taza de té fuerte” en sí misma no es ideológica, pero podría serlo si, por ejemplo, fuera un código preestablecido de “que las tropas abra fuego de inmediato sobre la manifestación de estudiantes”.
 No se puede hablar de prácticas culturales en términos de inteligencia. No es inteligente beber Bacardi o estúpido bailar flamenco. Pero la ideología es otra cuestión. Aunque gran parte de ella puede ser verosímil, intrincada y compleja teóricamente, su presencia con frecuencia se hace sentir con un descenso inexplicable de la temperatura intelectual. Cuando personas que en otras circunstancias son experimentadas y listas sueltan frases como “Los parados podrían encontrar trabajo si se lo propusieran” o “En Gran Bretaña la población musulmana habrá superado a la no musulmana para el año 2025”, se puede detectar la actuación de fuerzas que escapan al raciocinio.
 La cultura no siempre es un instrumento del poder. También puede ser una forma de resistencia. Enseguida veremos que, para el filósofo Edmund Burke, esto es cierto del ámbito político, pero también puede serlo de la cultura artística e intelectual. La afirmación de que el canon literario es un bastión de oscurantismo político es sin duda absurda. Lo cierto es que buena parte de la minoritaria “alta” literatura es mucho más subversiva políticamente que la mayoría de la cultura popular. Únicamente en términos ingleses sólo hay que mencionar a Milton, Blake, Shelley, Byron, Hazlitt, Paine, Wollstonecraft, Dickens, Ruskin, Morris, Woolf y Orwell, entre muchos otros. Es muy difícil sostener que Friends y Sexo en Nueva York superan a esos autores en celo revolucionario, o que Lady Gaga y Robbie Williams nos ofrecen visiones utópicas de camaradería humana que pueden rivalizar con las obras proféticas de Blake. Es cierto que la música de Justin Bieber llega a mucha gente corriente, pero lo mismo ocurre con la varicela. Shakespeare alzó la voz por el comunismo, Milton defendió el regicidio, Blake y Shelley eran revolucionarios políticos, Flaubert y Baudelaire detestaban a las clases medias, Rimbaud era anarquista y Tolstoi denunció la propiedad privada. Una habitación propia, de Virginia Woolf, es uno de los textos de no ficción más radicales jamás escritos por un autor literario británico. Es cierto que la idea de canon literario con frecuencia se ha utilizado de formas inaceptablemente elitistas, pero gran parte de lo que contiene el canon contradice esa política. En todo caso, hemos de recordar que la distinción entre “alta” cultura y cultura “popular” no se corresponde con una diferenciación entre buena y mala. Gran parte de la cultura popular es excelente, mientras que el canon literario también contiene bastante material de inferior calidad: pasajes enteros de la poesía de Wordsworth, por ejemplo. Si varias obras de un autor entran en el canon, buena parte de su trabajo menos distinguido tenderá a hacer lo propio, con el resultado de que el canon, con frecuencia, no es defendible, ni siquiera de acuerdo con sus propios criterios.

Resultado de imagen de terry eagleton cultura Ningún pensador ha articulado la idea de cultura como el inconsciente social más magníficamente que el escritor y político del siglo XVIII Edmund Burke. Sin embargo, sospechamos que el nombre de Burke rara vez –o nunca- se menciona en los cursos de estudios culturales. Quizá porque se le asocia con una reverencia conservadora por la monarquía, la Iglesia y la nobleza: unas lealtades que le impulsaron a convertirse en el oponente británico más feroz e implacable de la Revolución francesa. No obstante, Burke no era conservador, sino un liberal whig convencido de la necesidad de introducir reformas. Por ejemplo, estaba entre los principales oponentes a la esclavitud de su época. Era un entusiasta de la conquista normanda de Bretaña, que llevó al país a sus antepasados, así como de la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Cuando América empezó a rebelarse contra el dominio británico Burke creía que la reforma en la colonia no era posible; que, por deplorable que fuera, la revolución era inevitable; y que era su país el que estaba llevando a sus súbditos coloniales a la insurgencia. Como miembro del Parlamento trató de disuadir a los otros políticos del uso de la fuerza contra sus súbditos americanos. En cuanto se levantaron, Burke defendió su causa contra el dominio británico.
 No obstante, desde un punto de vista estricto, Burke no pertenecía a la nación británica, lo que explica en parte su crítica feroz a sus políticas coloniales. Procedía de la colonia inglesa más antigua, Irlanda y su oratoria, según un despreciativo político inglés, John Wilkes, “apestaba a whisky y patatas”. Aunque había nacido en el seno de una antigua familia irlandesa, de niño pasó algún tiempo en una escuela al aire libre en el condado de Cork, hablaba gaélico y sentía una honda compasión por los campesinos pobres irlandeses. A pesar de ser uno de los políticos más ilustres de Westminster, Burke simpatizaba con los militantes campesinos clandestinos de su tierra, y le indignaban las represalias del Gobierno británico. Cuando escribe sobre los Defenders, uno de los principales grupos insurgentes irlandeses, que “el defenderismo católico es lo único que contiene a la Ascendencia Protestante”, se coloca inequívocamente del lado de la rebelión violenta en Irlanda, y esto por parte de un hombre que ha sido venerado durante siglos como una fuente de sabiduría de derechas. Si bien no llegó a prestar un apoyo firme a los revolucionarios United Irishmen, se acercó a la complicidad con ellos. Burke no sentía una simpatía especial por la revolución política, pero creía que casi siempre estaba provocada por el trato injusto de un poder soberano, y que al cabo de un tiempo se hacía inevitable. “Por mucho que la mente de un hombre esté insensibilizada a la servidumbre –señala-, llega un punto en que la opresión la subleva contra la injusticia”. Cuando se llega a ese punto, los gobernantes, en opinión de Burke, no pueden culpar a nadie más que a sí mismos.
 Burke sentía una hostilidad virulenta hacia la élite anglo-irlandesa gobernante y censuraba su indiferencia por la situación de los irlandeses pobres. Su objetivo, escribe con su hipérbole característica, “es mantener sojuzgado al resto [de la gente] reduciéndola a una esclavitud absoluta bajo un poder militar”. Los derechos de los terratenientes no eran absolutos, insistía, sino que debían servir para promover el bien común. Aunque era protestante, fue el defensor más firme en una posición elevada de la causa irlandesa católica en el siglo XVIII, y denunció las llamadas Leyes Penales, cuya finalidad era mantener a la población católica en su sitio. Estas leyes, afirma, son “las más apropiadas para la opresión, el empobrecimiento y la mortificación de un pueblo, y la degradación en él de la propia naturaleza humana, que el ingenio pervertido del hombre haya producido jamás”. Las Leyes Penales en realidad no eran tan monstruosas como sugiere la retórica de Burke (que tenía talento para la exageración sensacionalista), pero su valor simbólico como muestra de la supremacía protestante era profundo. En buena medida, gracias a la influencia de Burke, finalmente fueron derogadas.
 Burke creía que el poder era sólo legítimo si se fundaba en “una comunidad de intereses y en una simpatía de sentimientos y deseos entre quienes actúan en nombre de cualquier grupo de personas y las personas en cuyo nombre actúan”. Era precisamente esta comunidad de intereses y sentimientos lo que a él le parecía que faltaba, con efectos desastrosos, en Irlanda, así como en la relación colonial entre Gran Bretaña y América.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, en traducción de Belén Urrutia, pp. 67-73. ISBN: 978-84-306-1836-1.]

jueves, 29 de octubre de 2020

El euro.- Joseph E. Stiglitz (1943)

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Epílogo: El brexit y sus consecuencias
El gran experimento

  «Hace treinta años los banqueros y otros miembros de la élite hicieron otras promesas implícitas muy distintas, bastante similares a las de la época de la fundación del euro. La globalización, la financiarización, la integración económica, la rebaja de los tipos fiscales a las empresas y a las personas, y la liberalización iban a crear un nuevo orden económico. Los tipos más bajos serían un incentivo; la liberalización sería el motor. Los dos factores juntos producirían un estallido de energía económica beneficioso para todos. Quizás habría más desigualdad, sí, pero obsesionarse con ello era rendirse a la envidia. Si a todo el mundo le iba mejor, si el pastel económico era más grande en general, ¿quién iba a quejarse de que a unos les fuera mejor que a otros, sobre todo si a los que mejor les iba eran los creadores de empleo, los innovadores, la fuente de la mejora del nivel de vida para todos los demás?
 La única parte de este relato que resultó acertada fue que las "reformas" engendraron más desigualdad, incluso más de lo que temían los críticos más feroces. Pero el crecimiento se frenó y el resultado fue el estancamiento económico y una mayor inseguridad para grandes segmentos de la sociedad; en Estados Unidos, para el 90 por ciento. Los países europeos, en su mayoría (salvo Escandinavia), no fueron muy a la zaga.
 El Reino Unido podía enorgullecerse de tener menos paro que el resto de Europa, un 5 por ciento frente al 8,7 por ciento (y 10,2 por ciento en la eurozona) en marzo de 2016. Sin embargo, para quienes no tienen trabajo o perspectiva de tenerlo las estadísticas son magro consuelo. Y a los que tenían trabajo tampoco les iba especialmente bien: los salarios y la productividad estaban estancados y la amenaza constante de recortes en la red de protección social de la que tantos dependían hacía que se sintieran más vulnerables.
 A ambos lados del Atlántico, muchos en la izquierda aceptaron varias ideas neoliberales. La crítica que hacían a la derecha era que tenían el corazón insensible. Se volvió cada vez más difícil distinguir entre los conservadores compasivos y la "nueva izquierda". Bill Clinton en Estados Unidos, Tony Blair en el Reino Unido y Gerhard Schroeder en Alemania introdujeron reformas que la derecha llevaba décadas intentando hacer. En Estados Unidos, por ejemplo, Clinton redujo el tipo fiscal sobre las ganancias de capital -la principal fuente de ingresos para los muy ricos- y emprendió una liberalización masiva del mercado financiero. En el Reino Unido, Blair y Gordon Brown, su sucesor, hablaron de una regulación "ligera", un término casi tan contradictorio como el de "autorregulación". Todos rivalizaron por ver quién eliminaba más reglas; al final, los bancos fueron los grandes vencedores, y nuestras sociedades, las grandes perdedoras.
 Todos estos líderes impulsaron acuerdos comerciales; unos acuerdos que no sólo supusieron la rebaja de aranceles, sino que también reforzaron los derechos de propiedad intelectual, garantizaron la liberalización y la integración de los mercados financieros, y promovieron los intereses empresariales de otras maneras, por ejemplo haciendo que fuera más difícil hacer respetar las normas medioambientales, sanitarias y económicas.
Resultado de imagen de joseph stiglitz el euro La nueva política tenía algo muy extraño. Las élites, tanto de la derecha como de la izquierda, parecían haber alcanzado un amplio consenso sobre muchos de los principios del orden económico. Había discrepancias a propósito de detalles, por supuesto. A la izquierda, por ejemplo, le preocupaba más el medioambiente, y por lo menos hablaba de justicia social y derechos humanos. Pero el centro derecha y la "nueva izquierda" apoyaban una lista de prioridades económicas entre las que figuraban la liberalización y la desregulación, la globalización y la bajada de impuestos (aunque nunca tanto como le habría gustado a la derecha). En macroeconomía eso suponía luchar contra la inflación y mantener el equilibrio presupuestario. En Europa el centro del nuevo consenso fue el impulso del proyecto europeo, y eso en la mayor parte de la Unión quería decir "el euro". Sin embargo, ese consenso entre el centro izquierda y el centro derecha, ese orden económico y político, no estaba beneficiando a la mayoría de los ciudadanos, ni en Estados Unidos ni en Europa.
   La crisis financiera y económica de 2008 pudo tener quizá un papel fundamental a la hora de precipitar la crisis política actual. Los políticos que habían prometido cambios no cumplieron lo que se esperaba. Los ciudadanos sabían que el sistema era injusto y estaba manipulado, pero tras la crisis y la desigual "recuperación" les pareció aún más injusto, más manipulado de lo que podían imaginar, y perdieron la escasa confianza que tenían en que el proceso político pudiera corregirlo, de modo que votaron a políticos que prometían rectificar la situación. Barack Obama hizo campaña con el lema de "Un cambio en el que puedes creer". Aunque sí cumplió sus promesas en ciertas áreas -logró introducir una reforma sanitaria que los demócratas trataban de implantar desde hacía décadas-, en ciertas áreas económicas que eran cruciales para el bienestar de los ciudadanos, por alguna razón, no lo consiguió. No es extraño: los nuevos políticos -en Estados Unidos, Reino Unido y otros países-, en gran parte, respondían al mismo tipo y servían a la misma ideología y los mismos intereses especiales que los que habían prometido que la globalización iba a beneficiar a todos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, en traducción de Inga Pellisa y María Luisa Rodríguez Tapia, pp. 342-344. ISBN: 978-84-663-4158-5.]
 

sábado, 11 de abril de 2020

Muerta ciudad viva.- Claudio Ferrufino-Coqueugniot (1960)

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Palmira y Glauca II

Izquierda revolucionaria

 «A Palmira le gusta la mierda esa de los revolucionarios. A mí también: soy villista y guevarista, pero no se me escapa que este pretexto de las lecciones revolucionarias es un mero atajo hacia un arribismo descarado, amén de mujeres y prestigio. De los que asisten, a cada cual más radical, dudo que alguno llegue a empuñar otra arma que no sea su miembro para mear; incluyo a las mujeres. Arte del pavoneo. Bebida gratis. Promiscuo equivale a socialista en esta jerga universitaria.
 Yo apuesto por una posición burlona, intransigente, de la que con bala se solucionan las cosas, pero no de fogueo, y disparadas cerca de la cabeza. Apologista de la ejecución me he vuelto, para en las sombras hincarme como monaguillo y rogar por el amor, que a pesar de que no hay signos fiables de que huye de mí, lo sospecho.
 Ya estando solos, Palmira tirada en la cama, en la penumbra de los gruesos cortinajes que dan a la habitación, y después del primer vino, me veo caminando a la tienda de la vuelta. Por otra botella. Kohlbergs rojos de no buen sabor, pero de efecto. Repetidas caminatas, un mandadero que disfruta de los mandados. Entremedio sexo, ya sin voluptuosidad, sacando fuerzas del intelecto, forzando la mente para eyacular. El vino trabaja, corroe no sólo las piernas y el habla. Qué lindo, qué lindo, qué lindo ha de ser, fascismo derrotado, el pueblo al poder. Las letras van perdiendo originalidad; una canción de lucha requiere de muy poco. Idolatro este cuerpo tostado que me permite perderme en él. A ratos ya en condición inconsciente, en los balbuceos de la borrachera, cuando el sudor se ha evaporado y confiere un halo de pesadez al nido de amor.
 Si la revolución dependiese de las reuniones de charla política, de formación de cuadros, ya nos habríamos distribuido la herencia de Lenin. Se comienza, compañeros, con la necesidad de la lucha. Los troskistas del POR se irritan pero levantan la copa y brindan. El remanente de los elenos, el fatídico Ejército de Liberación Nacional, repite la cantinela de volver a las montañas donde murieron de hambre. Que es interesante no hay duda, y parte de la tragedia del país. A poco del alcohol ya hacer efecto, los cuadros revolucionarios buscan escenas más mundanas: una hembra, un macho, revolcarse y teorizar acerca de un polvo como si de la Internacional se tratara.
 Palmira es abogada y desaparece por horas en supuestas reuniones de oficina. Los celos me consumen. Apenas llega le tiendo la trampa de las botellas, descorcho una, abro otra, seducción que no puede contener, rechazar. Lo malo es que en la emboscada caigo también. Comenzamos a bregar. Ya caldeados los ánimos sale toda la basura de con quién estuviste culeando y etcéteras. Y peor cuando le miro la camisa, los brasieres transparentes y me doy cuenta de lo imposible de atraparlo todo, de ser amo único del pasaje, tirano de su alcoba y carcelero.
 La política tiene el don de poner una almohadilla entre la desesperación y la desconfianza. No me gusta, ya ni oír hablar de ello quiero. Me cansé: Che, Nicaragua, el sandinismo, Banzer, Arce Gómez, a la mierda. Escancio sangre de toro, vino, como tirando cáñamo a un canario a quien quiero enjaular.
 En los bares, o fiestas a donde vamos, ya noto que desean eludirme. Es que, al carajazo con el que comienzo, le sigue un puñete. La teoría de la lucha la traslado a la cantina, y dirimo mis asuntos a la mala. Me secundan amigos fieles, pocos, de esos a quienes la voz de los profetas fastidia, como a mí. Gente simple de placeres terrenos y ambiciones limitadas. Odio andar con futuros presidentes, ministros, fulgores de brillantez y oratoria. Que no me vengan con huevos que la fiesta se hizo para bailarla. Cantamos, bailamos, peleamos, fornicamos, con desdén de los cultores de la crítica, cristianos y comunistas por igual.
 A veces, Palmira, cuando no estás, me acomodo en los sauces de la entrada del callejón que termina en tu casa. Las nueve, las diez, las once. Tú no asistes a reuniones de trabajo con ejecutivos de La Paz como alegas. Tú trashumas el puterío. Y te burlas de mí. Mendicante, con mi botella recalentada en el sobaco, mirando el reloj y escondiéndome de los pasos de la gente que retorna con normalidad a su hogar.
 Llegas borracha, a medianoche. Te alegras de verme o aspavientas simplemente. En el dormitorio tiras los zapatos: "qué cansada estoy" y te duermes. Las explicaciones no llegan. Doy fin con el licor que traía. Estoy turbado. Te desnudo con furor y ni despiertas. Gemidos hipócritas de gente dormida. Y te poseo a ritmo de martillo hasta terminar con un grito. Te dejo con las piernas abiertas. Sabrás lo que ha pasado pero no con quien. Ni la puerta cierro. Ni la reja. Tomo por la Constitución, derecha a la 16 y con gritos levanto a Julio que se pone la gabardina para insumirnos en la noche. […]

 Elina III

 Fiesta en el campo

 La gente prepara con gran afición las fiestas matrimoniales. A más pobre y más campesino, mejor. Es un acontecimiento, no una trivialidad y merece detenimiento sumado a esfuerzo. Los carpinteros preparaban un toldo inmenso que tendría que albergar a doscientas personas. Se habían cortado jóvenes eucaliptos para las columnatas que sostendrían la carpa. También se construyó una tarima para el conjunto. Contrataron a la Swinbaly, pero no la orquesta original que era inalcanzable en su precio, que tocaba para narcos y presidentes, sino a la chuta, la espuria.
Muerta ciudad viva – Limbo errante Se casaban dos sociólogos amigos, gente de bien, gente de pueblo. De aquéllos que a veces concedían un tiempito para interrelacionarse con nosotros, los pesados, los del vicio. El contacto estaba más a nivel estudiantil, de preparación de charlas y manifiestos, cosas que me cansaban sobremanera pero que a veces no lograba eludir. De mis mujeres al menos tres tenían eso como algo integral de sus vidas. Eran activistas políticas. Y Elina sin ser universitaria adoraba sentirse miembro y parte de la mentirosa transformación del mundo.
 A ese matrimonio asistió la crema de la revolución social. Se reunieron los inteligentes e inteligentemente conversaron en altas esferas de pensamiento. Yo me dediqué a bailar. La cumbia y la cueca y hacer sentir a Elina que la amaba, y que mi cuerpo lo reflejaba apenas se acercaba a mí.  Pero claro que otros venían con falso respeto a invitarla a bailar. Entre camaradas de la subversión mundial no podían existir prejuicios burgueses y accedía con sonrisa. Pero la ira iba creciendo a medida que los cócteles calentaban mi cerebro.
 Comencé a portarme descarado, a bailar con otras y besar cuellos. A ignorarla. Elina, no sé si con sorna o desdén, evitaba cruzar miradas conmigo. La parodial Swibaly acometió con un taquirari pegado. Un individuo de alta filiación partidaria la atrajo hacia sí, ajustándola demasiado. Me lancé encima y con un ladrillo le partí la cabeza. Por la herida brotaron Marx y Lenin a borbotones. Alguno quiso intervenir pero ya la bestia se había soltado y agarré un machete que los carpinteros usaron para desbastar unos asientos de tronco. La música no se detuvo. El vocalista tenía las pupilas inflamadas por la coca. No estaba presente allí, en un idílico campo de la rinconada. Estaba como yo en el país de los enanos, y Gulliver aferraba un cuchillo inmenso que acabaría con la población entera de Liliput. "Nos vamos, carajo" y la estiré. Salimos empolvados por caminar media hora en rutas vecinales hasta encontrar un auto. Metí el machete por un costado y lo disimulé en el muslo. "Ahora nos vamos a mi mundo, carajo, maldita, donde ninguno de tus putos comunistas asoma porque hiede, maricones".
 Y dimos un raid por varias chicherías donde encontramos conocidos, recepción alegre, amabilidad. Caminamos por barrios donde hacíamos un giro para evitar a los beodos caídos. Terminamos donde nos conocimos, en los alcoholes y de cuclillas exterminamos el resto de la noche. Como era fin de semana y nacía otro domingo me fui con ella, me tiré al colchón del piso. Al querer amarla ya no pude. Me había extenuado y comprendí que mi juventud no era de tanto hierro como creía. Dormimos abrazados y ninguno de los dos sabía lo que pensaba el otro.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Limbo Errante Editorial, 2018. ISBN: 978-84-946689-5-1.]

sábado, 15 de diciembre de 2018

La mirada de los peces.- Sergio del Molino (1979)


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1.-Niebla
2016

«Los patios enormes, anejos a las vías y las huertas, perfectos para el trapicheo. La verja penitenciaria, las canchas oscuras en la tarde nocturna de invierno. Nadie por ningún sitio. En la puerta principal todo me parece pequeño. El instituto, como algunos adultos a los que pierdes la pista y reencuentras en tu adultez, ha encogido. ¿Cómo entraba por esas puertas? Reconozco más o menos el interior. El zaguán está lleno de murales con los típicos motivos de exaltación democrática  y solidaria de cualquier instituto público, sólo ha cambiado la factura. Nosotros los hacíamos con cartulina y tijeras y ahora todo está impreso y diseñado con programas. Pasa, Sergio, me dice el director, un hombre nervioso y amable, en los cincuenta y pico, con el pelo un poco largo e indumentaria hippie matizada por el funcionariado. Tenemos alguna sorpresa para ti, pero luego te la damos. Vamos a buscarte en las orlas, ¿en qué año terminaste? Hice la selectividad en el noventa y siete. Ajá, tendrías que estar aquí. No estaré, no te molestes. Hombre, que sí, ¿cómo no vas a estar? ¿Por la de o por la eme? Por cualquiera. A ver... Pues va a ser verdad que no estás. ¿Seguro que era el año noventa y siete? Segurísimo, éstos son mis compañeros, los reconozco, pero faltan también algunos de mis amigos. Joder, ¿y por qué no estás? No me digas que nos falta el ex alumno ilustre. Tampoco veo a Asteres, ni a Andrea, ni a los que me importan. Pero, vamos a ver, ¿qué pasó?, me dice. Pues supongo que boicoteamos la orla, digo, que la idea nos pareció cursi, americana, burguesa, de derechas. Seguro que fue eso, nos pareció de derechas y con diecisiete años no hacíamos nada que pareciese de derechas. No como ahora, pienso, que llevo un gabán de derechas y un jersey de derechas y unas zapatillas que parecen informales pero podrían ser de derechas. Voy mucho más de derechas que el director del instituto, pero eso es normal. Cualquiera parece de derechas junto al director de un instituto público, porque la izquierda-izquierda de España se compone de directores de institutos públicos. Por eso saca tan pocos votos, la izquierda-izquierda, porque no hay tantos directores de institutos públicos. De derechas, ¿no?, dice el director, y por un instante creo que se refiere a mí. La orla, dice, y yo respondo sí, claro, la orla era de derechas. Se ríe. Tenemos una cosa donde sí saliste con foto, luego te la enseñamos.
 Subimos al salón de actos y todo parece igual que hace veinte años. Mejor, de hecho. No hay nada roto. Antes todo estaba destrozado, porque lo rompíamos constantemente. Sí, erais mucho más vándalos y violentos, pero eso se acabó hace años, me dice un profesor, y me extraña, porque el apocalipsis diario de la prensa insiste en que los institutos públicos son zonas de guerra donde reinan unos condottieri que abusan de todo el mundo. Qué va, me dice el profesor, vosotros erais muchísimo más bestias y más duros. Ya nadie rompe un extintor ni una cristalera ni una mesa. En mis tiempos, digo, y digo mis tiempos, en plural, como el viejo de derechas que soy, arrancábamos las puertas de sus marcos, desatornillábamos las patas de las sillas, rajábamos con navajas las paredes, pintábamos en la pizarra con típex y sacábamos los listones de la tarima. Una vez nos obligaron a pagar el cristal de una manguera contraincendios que hicimos añicos y nos pusimos de acuerdo para llevar el importe en monedas de una peseta. Eran veinte mil, se llenó una bolsa de basura. No había presupuesto ni tiempo para arreglar todo lo que destrozábamos. Y el acoso era atroz. El profesor asiente: y más grave que el de ahora. Sí, entonces no salía en los periódicos y no se debatía en los consejos escolares y quizá por eso era peor, porque ningún ojo lo controlaba. [...] Eso sucedía a diario y casi nunca llamaba la atención de los profesores, que andaban oportunamente encerrados en el claustro, tomando café y subiendo el volumen de la tele para no oír nuestro alboroto. Sois mayores, decían. Apañaos. Ya no son tan salvajes como vosotros, me dice el profesor. En general, son muy buenos chicos. Los problemas son otros. De integración, de pobreza. En fin, ya sabes, pero el vandalismo no existe como en tus tiempos.
 Me siento en el escenario del salón, junto al director. [...] Se levanta y me quedo solo en el escenario. ¿Qué voy a hacer? ¿En serio voy a hablar de mi libro a estos alumnos que parecen tan educados? Pienso en lo que me ha dicho el director en el despacho: es muy importante para nosotros que venga gente como tú. Ya ves cómo es esto, los problemas que tenemos, la cantidad de alumnos inmigrantes. Qué te voy a contar sobre el barrio. Que vean a un escritor que ha salido de aquí, que ha sido como ellos, es importantísimo. Si lo es, me pregunto, no puedo pasarme la hora siguiente hablando de un libro que les da igual. [...] Pienso en hablar de Antonio. Fijaos, les diría, en este mismo lugar sucedió lo de los falsos nazis. ¿No habéis oído hablar del festival que reventaron los falsos nazis de Antonio Aramayona? ¿Cómo no aparece en los anales del instituto? Yo estaba allí, y señalaría a mi izquierda, donde sigue estando el control de sonido y de las luces. Fue hace más de veinte años. Joder, me digo y me repito: fue hace más de veinte años, y ese joder suena fuerte en mi cabeza, un joder definitivo y viejo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Penguin Random House, 2017. ISBN: 978-84-264-397-3326-3.]

sábado, 27 de octubre de 2018

Los mitos de la Guerra Civil.- Pío Moa (1948)


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Primera parte.
11.-Consideraciones generales sobre las causas de la guerra

«Primera, si la república llegó pacíficamente no se debió a los republicanos, que intentaron imponerla por un golpe militar o pronunciamiento, sino a los monárquicos, los cuales permitieron presentarse a las elecciones a republicanos y socialistas, sólo cuatro meses después del fallido pronunciamiento. Y pese a tener aquellas elecciones carácter municipal, no parlamentario, y perderlas los republicanos, la reacción se apresuró a entregar el poder, renunciando a la violencia. No importan aquí las causas del hecho, sino el hecho indudable, reconocido por todos los testimonios, empezando por el de Miguel Maura. ¡Sorprendentemente la oligarquía había abierto el paso a la república! ¿Cómo hablar de generosidad republicana por no haber recurrido al "cortejo sangriento de la venganza y la represalia"?
 Segunda, los republicanos mostraron nula generosidad con quienes les habían regalado el poder, en expresión de Maura. Pusieron al monarca fuera de la ley, confiscaron sus bienes y procesaron a políticos de la dictadura... con la cual habían colaborado varios de los ahora republicanos. Mucho peor fue la magna quema de edificios religiosos y culturales antes de que los conservadores hubieran mostrado la menor hostilidad al régimen. El gobierno "modernizador", permisivo con los vándalos y punitivo con sus víctimas, reveló nulo espíritu democrático o respeto a los derechos ciudadanos, por decirlo de modo muy suave.
 Tercera, si bien los monárquicos optaron entonces por la subversión, la respuesta muy mayoritaria de los conservadores fue pacífica y legalista. Por ello, la rebelión de Sanjurjo quedó aislada y Azaña pudo felicitarse en las Cortes por el frustrado golpe, y explotarlo para perseguir a la derecha en general.
 Cuarta, la CEDA, sin ser republicana ni demócrata, poseía una cualidad que hubiera permitido la convivencia ciudadana: la moderación. Sus adversarios acusaban y acusan a Gil-Robles de doblez y de aspirar a destruir el régimen desde dentro, pero la realidad prueba otra cosa. Al revés que los supuestos adalides de la democracia y el progreso, la CEDA no predicó ni organizó la violencia, que sí sufrió de las izquierdas y sus milicias. Y cuando éstas se alzaron, en octubre de 1934, mantuvo la legalidad republicana, que tan poco le gustaba. Hechos demostrativos, a juicio de Madariaga y de cualquiera a quien no cieguen los prejuicios y en los que debe insistir todo historiador veraz, dada la enorme masa de desvirtuaciones al respecto.
 Quinta, no existió la sanguinaria y brutal represión en Asturias después de la revolución del 34, mencionada en cientos de libros. Los excesos -inferiores a los cometidos por los revolucionarios- no guardan la menor relación con las acusaciones de la izquierda, como he mostrado más por extenso en otro libro. Éste sigue siendo uno de los mitos fundamentales de la guerra, e impresiona constatar cómo una campaña basada en falsedades y exageraciones tuvo tan inmensa trascendencia histórica, al articular el Frente Popular y su propaganda electoral de 1936, y exaltar terriblemente los odios.
 Sexta, tampoco puede aceptarse la versión de que eran los propios conservadores quienes, bajo el Frente Popular, fomentaban el desorden a fin de justificar el golpe. Ni siquiera la Falange actuó antes de verse acosada mortalmente y fueron Gil-Robles y Calvo Sotelo quienes en las Cortes acuciaron al gobierno a reprimir la ola de crímenes. Prueba de que las izquierdas conocían el origen de los desmanes, aunque sembrasen confusión al respecto, es la respuesta del Frente Popular a dichas peticiones: justificar los crímenes aludiendo a las pretendidas atrocidades de Asturias, y rechazar las peticiones, con amenazas públicas a sus promotores. Si los desmanes hubieran venido de la derecha, sin duda el gobierno los habría reprimido y así lo hacía con la Falange, a la que persiguió con dureza y discutible legalidad. Dejaba impunes, en cambio, a los revolucionarios, evidentes autores de la gran mayoría de los atentados. Ello hundía la legitimidad democrática del gobierno.
 Estos y otros muchos datos prueban que los conservadores, lejos de obstruir la instauración republicana, la facilitaron y mantuvieron una moderación y legalismo mayoritarios, defendiendo la legalidad y la democracia frente a la insurrección armada izquierdista: los monárquicos y la Falange constituían grupos muy minoritarios, como probaron las elecciones de 1933 y luego las de 1936.
 Así pues, en al alzamiento militar de julio del 36 no puede verse la culminación de una sorda subversión antirrepublicana desde el mismo nacimiento del régimen, sino una rebelión ante una situación juzgada insoportable no sólo por las derechas sino también por políticos izquierdistas, empezando por Prieto. Y si en octubre del 34 un contragolpe derechista tenía casi seguridad de vencer, en 1936 casi todo estaba en contra: el poder en manos de la izquierda y el ejército más dividido que nunca. Fue, por tanto, un movimiento azaroso, casi a la desesperada, apoyado por casi toda la derecha -incluyendo a una CEDA frustrada en sus propósitos legalistas-, convencida de que la marea revolucionaria estaba a punto de ahogarla.
 No hubo en esos años, pues, peligro fascista real. ¿Era real, a su vez, el peligro revolucionario? Del carácter revolucionario de las ideas y estrategias de las fuerzas principales de la izquierda no cabe duda alguna. Los ácratas intentaron su revolución desde el principio de la república y, luego, con mucho mayor peligro, los socialistas, en octubre del 34; y la amenaza no desapareció, sino que se agravó desde febrero del 36. El caos y el doble poder de aquellos meses lo admiten implícitamente La Pasionaria o Azaña, y explícitamente Prieto o Zugazagoitia, los republicanos Martínez Barrio, Alcalá-Zamora, Madariaga, etc. Por tanto, la masa conservadora del país se alzó en 1936 contra un peligro revolucionario real y muy avanzado, y su rebelión no puede equipararse a la de octubre del 34 contra un peligro fascista inexistente y que la izquierda sabía inexistente. Luego, la pasión de la lucha, la crisis mundial del liberalismo y el influjo de los fascismos europeos dio a la rebelión algunos rasgos más o menos fascistas, nunca completos al estilo italiano, y mucho menos al alemán. Pero ello ocurrió a última hora y como reacción a una amenaza que ya nadie esperaba frenar mediante la democracia liberal.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de La Esfera de los Libros, 2005. ISBN: 84-9734-187-2.]