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sábado, 22 de enero de 2022

Una extraña dictadura.- Viviane Forrester (1925-2013)


Resultado de imagen de viviane forrester «”¿Qué bien nos deseamos?” Una pregunta que deberíamos poder hacernos siempre, en lugar de tener que preguntarnos sin cesar a qué mal nos es más urgente escapar. “¿Qué bien nos deseamos?”  Pregunta prohibida: estaría bueno que se reclamasen cosas superfluas, o incluso una norma favorable, más aún una travesía cautivadora y armoniosa de la existencia, ¡mientras que lo indispensable se convierte en una mercancía en vía de desaparición! ¿Sería razonable preocuparse de las condiciones de trabajo o de vida, mientras que hay que abogar tanto, remar para encontrar esos puestos de trabajo impuestos y rechazados en un mundo en el que la supervivencia depende de ellos, pero en el que faltan? 
 “¿Qué bien nos deseamos?” Es sin embargo el tener de sobra donde escoger lo que debería preocuparnos. Esta época de la historia, la nuestra, posee una capacidad hasta ahora desconocida de revelarse beneficiosa para la mayoría, precisamente gracias a las fabulosas nuevas tecnologías, capaces de ofrecer abundantes posibilidades de elección de vida, en lugar de agotarlas.
 Sin por ello perderse en la utopía ni fantasear con un paraíso terrestre, hoy en día sería posible imaginar unas vidas llevadas de manera más inteligente, más divertida también, que, liberadas de tantos apremios ¡encontrarían cada una de ellas un lugar en el que serían bienvenidas! Tenemos los medios para ello. Hemos adquirido los medios para ello. Nuestra especie los ha adquirido y se los ha dejado birlar por unos pocos que se los han apropiado o los han pervertido. Pero son recuperables.  
 Liberados por las tecnologías de la mayor parte de tareas penosas, ingratas o desprovistas de sentido, todos podríamos y deberíamos estar infinitamente más disponibles para aprovechar otro tipo de oportunidades destinadas a otras labores que no sean, como ahora, las del paro. Unas oportunidades de activarnos en un mundo en que las dotes y los gustos ya no tienen las antiguas razones de ser estrangulados para ponerlos al servicio de tareas ahora transferidas a las máquinas; podrían ser por fin tomados en cuenta, tener por lo menos sus posibilidades de desarrollarse, dedicados a valores y necesidades reales y sin vínculo obligado con la rentabilidad.
 Hoy en día debería desarrollarse como nunca la práctica de oficios, de profesiones y empleos indispensables, pero cuya penuria se hace paradójicamente más manifiesta. No obstante la educación gratuita y obligatoria y la democratización de los estudios han dado a la gran mayoría la capacidad de ejercerlos. Ahora bien, se puede ver, por una parte, cómo esos puestos de trabajo se evaporan a una velocidad vertiginosa, o se convierten en caricaturas de empleos, remunerados en la corriente, mientras que, por otra parte, los oficios y las profesiones son ignorados y automáticamente desatendidos, apartados sin haber sido tomados en consideración, condenados como lujos extravagantes, queridas viejas cosas pasadas de moda, trampas de déficit, de despilfarro, el súmmum de la no rentabilidad. La prueba concreta de que fuera de los senderos de la especulación no existe salvación alguna. 
 Es alucinante que en estos tiempos de lucha proclamada contra el paro y por el empleo, profesiones enteras, repitámoslo, estén cruelmente faltas de efectivos. Hasta el punto de que, por ejemplo, estudiantes de instituto y estudiantes universitarios salen a la calle con sus profesores para reclamar en vano enseñantes en número decente, un personal cuya necesidad es evidente, y su falta angustiosa. ¿La respuesta que de les da, explícita o sobreentendida? Demasiado caro. ¿Qué pareceríamos, en Bruselas y otros lugares, adornados con tales gastos públicos? Y continúan suprimiendo puestos y comprimiendo virtuosamente los efectivos; o, cuando la contestación comienza a ser tumulto, utilizan a interinos y se guardan muy mucho de sacar las plazas a concurso, o rescatan a antiguos profesores no reciclados. Todos ellos tendrán en común el ser infrapagados y librados a la inseguridad que es el destino al cual están abocados tantos de esos estudiantes intentan escapar a ello. 
 ¿Es de verdad razonable dejar que la vida económica dependa de lógicas tales que se pueda -¡e incluso que “sea preciso”, según sus postulados!- tirar a hombres y mujeres como cepillos de dientes viejos para aumentar la productividad, antes que revisar el sistema que propugna tales lógicas? ¿Hay que proseguir nuestro retorno al siglo XIX, exigir una forma de sociedad pasada de moda y retrógrada, antes que adaptar lo real a las necesidades de los vivos? 
 No se trata de ensoñaciones, sino del despertar de una pesadilla. Despertar en un mundo en cuyo seno sería posible terminar con el falso ahorro y las reducciones perversas, por ejemplo hechas a costa de la calidad de los estudios, contando con la brevedad de la juventud para que, cada año, ¡los recién llegados tengan que empezarlo todo de nuevo, tan poco resignados como los anteriores, pero con tan poco tiempo para defender los largos años de su porvenir! 
 También ahí apunta la urgencia y lo que ésta tiene de patético. Esos chicos y esas chicas que durante el tiempo que duran sus estudios tienen que batirse para defenderlos, y defender así su porvenir entero con tan poco tiempo para hacerlo, saben que este período de gracia les esta medido, que no se prorrogará y que todo el curso ulterior de su vida dependerá de él. Combatidos ellos mismos hasta la usura, tienen conciencia de lo que pueden perder. Todo. Saben a qué peligros y a qué rechazos les expone un fracaso, aunque los estudios ya no representen la misma garantía para el porvenir. 
 Por lo menos Francia goza no sólo de escolaridad gratuita sino también de universidades gratuitas, por lo demás ahora cuestionadas en este punto… ¡Busquen los lobbies! ¡Ahora apoyados por algunos mandarines! ¡Oigan su propaganda! Observen su aflicción al ver a tantos jóvenes sacrificados a un saber no exclusivamente destinado a abrirles las puertas de las empresas (que amenazan de todas maneras con seguir cerradas) y al ver arrastrarse en los arcanos del conocimiento a unas “gentes” que, según decretan, nunca se servirán de él. Y que, se adivina, según ellos no deberían arrastrarse por ninguna parte, no mezclar sus pasos en ninguna parte con los pasos tranquilos de las “élites” favorecidas, sino contentarse con aprender, por todo saber, a mantenerse en su lugar y permanecer en él. A fin de que baste luego conducir a ese ganado para que siga al rebaño. 
 Un sistema de dos o más velocidades: ésa es la clave de esta filosofía de la educación que, a partir de la secundaria, ya no favorece más que a un determinado número de alumnos. Tristeza de las escuelas de formación profesional, consideradas por muchos niños que de manera arbitraria son encaminados hacia ellas como el signo de un envilecimiento social, como una sentencia definitiva que les condena a un destino subalterno y angosto. Y no es el entorno o los equipos que ofrecen en general esos centros, ni el número de sus profesores, los que contradirán ese juicio, pues la escuela, forraje de los enseñantes, forraje de la tradición que quiere que a cada niño se le den las mismas oportunidades -por lo menos simbólicamente-, ¡no es rentable! 
Resultado de imagen de viviane forrester una extraña dictadura Ésos se saben ya clasificados. ¿Puede decirse “desclasados”? A quienes arguyen que nada es más útil, más racional y más gratificante que esas escuelas profesionales, pregúntenles dónde estudian sus hijos y los de sus allegados. Infórmense sobre el número de alumnos pertenecientes a las clases pudientes o incluso desahogadas que están inscritos en formación profesional o en esos colegios técnicos que se dicen tan preciados. Descubrirán que allí únicamente van niños que provienen de familias poco favorecidas. Hasta el punto de que uno podría indignarse de que estas últimas hayan podido acaparar tal privilegio, tan apreciado en su discurso por quienes permanecen apartados de lo que admiran tanto y de lo que se apresuran con abnegación a negar a su descendencia, ¡destinada por su parte a unas enseñanzas humanísticas o científicas de amplia vocación prodigadas en centros de punta! 
 Y, además, miren a los ojos a los niños que tienen “derecho” a esos institutos de formación profesional o a esos colegios técnicos. Su habitual tristeza. Su mirada en la frontera de una rebelión imposible, de la pesadumbre y de la aceptación. De cierta renuncia, de un adiós a cierta parte de sí mismos, de una derrota ya, que  presienten la primera. La humillación, también, de verse separados de sus compañeros que sí han pasado a los institutos de enseñanza general y de los que se saben definitivamente segregados, mientras que se les enseña por lo menos una cosa, y ellos lo saben: la resignación. 
 ¿Se resignarán a la resignación? ¿A esta segregación arcaica? Pues, a propósito de arcaísmos, bien estamos aquí en presencia de uno que nos remonta a los tiempos de la condesa de Ségur, en este clima en el que impera un estado de hecho, supuestamente petrificado para siempre, que disocia a los “humildes” de la élite de derecho divino. Encontramos allí los mismos arcaísmos de que se jacta la “modernidad” política actual. 
 No se trata aquí de aprobar, y menos aún de establecer, una jerarquía entre las profesiones, sino, a la inversa, de constatar la desconsideración en la cual son tenidas algunas de ellas, desconsideración que demuestra la disparidad de trato de las diferentes ramas, en detrimento de la rama “profesional”. Si verdaderamente no existe jerarquía entre las profesiones, como claman con entusiasmo quienes quieren imponer algunas de ellas a unos niños a quienes impiden el acceso a otras, no hay razón para que, sea cual fuere el porvenir que se proponga, cada joven no tenga derecho a una enseñanza tan completa como la de todos los demás. Decidir apartar a algunos equivale a tenerlos ya etiquetados, a amputar algunas posibilidades de su porvenir y a rebajarlos de categoría desde la infancia por el mero hecho de la falta de recursos de sus padres. En tanto que supuestamente la escuela republicana debe ofrecer a todos oportunidades equivalentes, lo que es sin duda ilusorio, pero evita una prisa excesiva en imponer lo contrario.
 Esta arbitrariedad, o mejor dicho, la orientación dada a una distribución determinada la mayoría de las veces sin atender a la identidad, los deseos y las potencialidades de cada uno de esos niños es inadmisible. Les va en ello su destino. Si se puede adivinar qué alumnos tienen mayores “probabilidades” de ser encaminados hacia los institutos profesionales, sobre todo se sabe cuáles no entrarán, independientemente de su nivel. Es ése un signo precoz de apartheid, que no depende en absoluto del nivel de los niños, sino de su extracción. Y es ése el signo más indignante.
 Se objetará que, entre los ya separados, algunos alimentan quizás una preferencia por la opción que se les impone.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2001, en traducción de Miguel Ángel Sánchez Férriz, pp. 127-132. ISBN: 84-339-6147-0.]

miércoles, 12 de enero de 2022

Cultura.- Terry Eagleton (1943)


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3.-El inconsciente social


 «Ideología no es lo mismo que cultura. Hemos visto que, en un sentido del término, la cultura consiste en valores y prácticas simbólicas, mientras que la ideología denota esos valores y prácticas simbólicas que en un momento dado están siendo empleados para el mantenimiento del poder político. La cultura, por tanto, es el concepto más amplio y gran parte de lo que contiene puede ser inocente ideológicamente, al menos durante gran parte del tiempo. La hipótesis de que coleccionar pisapapeles victorianos tardíos contribuye al mantenimiento de un poder soberano no parece muy interesante en ningún aspecto. En una cultura no todo es ideológico, aunque cualquier cosa que pertenezca a ella podría serlo. La cultura es un término funcionalmente variable, en el sentido de que lo que puede ser cultural en un contexto puede no serlo en otro. Esto es en concreto cierto si consideramos que la cultura es lo que hace que la vida merezca la pena en vez de lo que la mantiene en marcha. Intercambiar regalos puede ser una práctica cultural para nosotros, pero en algunos órdenes sociales premodernos puede estar unido a la necesidad económica. Beber alcohol es una cuestión cultural, pero dejaría de serlo si fuera la única forma de apagar una sed insoportable. Los supervivientes de un accidente aéreo en algún lugar remoto que rompen el compartimento de la bebida no están organizando una fiesta. Una actividad puede ser cultural en el sentido de decorativa o no funcional, y no cultural en el de satisfacer una necesidad biológica. En Qatar puedes llevar la cabeza cubierta como símbolo de tu identidad cultural, pero también para evitar una insolación.
 La ideología también es funcionalmente variable. Lo que puede ser ideológico en un momento o lugar puede no serlo en otro. Una flexión casual del brazo puede convertirse en otro contexto en un saludo fascista. Que haya rosas blancas y rojas es ideológico sólo si estas flores se convierten en símbolos en la lucha por el poder. Las predicciones meteorológicas de la televisión sólo son ideológicas si el presentador insiste obsesivamente que en Corea del Norte el tiempo es mucho peor que en Estados Unidos. No es ideológico que en las guarderías se enseñe a los niños a atarse los cordones  de los zapatos, pero es ideológico enseñarles que han de emplear su talento juiciosamente a fin de obtener los máximos beneficios. La frase “Me gustaría una taza de té fuerte” en sí misma no es ideológica, pero podría serlo si, por ejemplo, fuera un código preestablecido de “que las tropas abra fuego de inmediato sobre la manifestación de estudiantes”.
 No se puede hablar de prácticas culturales en términos de inteligencia. No es inteligente beber Bacardi o estúpido bailar flamenco. Pero la ideología es otra cuestión. Aunque gran parte de ella puede ser verosímil, intrincada y compleja teóricamente, su presencia con frecuencia se hace sentir con un descenso inexplicable de la temperatura intelectual. Cuando personas que en otras circunstancias son experimentadas y listas sueltan frases como “Los parados podrían encontrar trabajo si se lo propusieran” o “En Gran Bretaña la población musulmana habrá superado a la no musulmana para el año 2025”, se puede detectar la actuación de fuerzas que escapan al raciocinio.
 La cultura no siempre es un instrumento del poder. También puede ser una forma de resistencia. Enseguida veremos que, para el filósofo Edmund Burke, esto es cierto del ámbito político, pero también puede serlo de la cultura artística e intelectual. La afirmación de que el canon literario es un bastión de oscurantismo político es sin duda absurda. Lo cierto es que buena parte de la minoritaria “alta” literatura es mucho más subversiva políticamente que la mayoría de la cultura popular. Únicamente en términos ingleses sólo hay que mencionar a Milton, Blake, Shelley, Byron, Hazlitt, Paine, Wollstonecraft, Dickens, Ruskin, Morris, Woolf y Orwell, entre muchos otros. Es muy difícil sostener que Friends y Sexo en Nueva York superan a esos autores en celo revolucionario, o que Lady Gaga y Robbie Williams nos ofrecen visiones utópicas de camaradería humana que pueden rivalizar con las obras proféticas de Blake. Es cierto que la música de Justin Bieber llega a mucha gente corriente, pero lo mismo ocurre con la varicela. Shakespeare alzó la voz por el comunismo, Milton defendió el regicidio, Blake y Shelley eran revolucionarios políticos, Flaubert y Baudelaire detestaban a las clases medias, Rimbaud era anarquista y Tolstoi denunció la propiedad privada. Una habitación propia, de Virginia Woolf, es uno de los textos de no ficción más radicales jamás escritos por un autor literario británico. Es cierto que la idea de canon literario con frecuencia se ha utilizado de formas inaceptablemente elitistas, pero gran parte de lo que contiene el canon contradice esa política. En todo caso, hemos de recordar que la distinción entre “alta” cultura y cultura “popular” no se corresponde con una diferenciación entre buena y mala. Gran parte de la cultura popular es excelente, mientras que el canon literario también contiene bastante material de inferior calidad: pasajes enteros de la poesía de Wordsworth, por ejemplo. Si varias obras de un autor entran en el canon, buena parte de su trabajo menos distinguido tenderá a hacer lo propio, con el resultado de que el canon, con frecuencia, no es defendible, ni siquiera de acuerdo con sus propios criterios.

Resultado de imagen de terry eagleton cultura Ningún pensador ha articulado la idea de cultura como el inconsciente social más magníficamente que el escritor y político del siglo XVIII Edmund Burke. Sin embargo, sospechamos que el nombre de Burke rara vez –o nunca- se menciona en los cursos de estudios culturales. Quizá porque se le asocia con una reverencia conservadora por la monarquía, la Iglesia y la nobleza: unas lealtades que le impulsaron a convertirse en el oponente británico más feroz e implacable de la Revolución francesa. No obstante, Burke no era conservador, sino un liberal whig convencido de la necesidad de introducir reformas. Por ejemplo, estaba entre los principales oponentes a la esclavitud de su época. Era un entusiasta de la conquista normanda de Bretaña, que llevó al país a sus antepasados, así como de la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Cuando América empezó a rebelarse contra el dominio británico Burke creía que la reforma en la colonia no era posible; que, por deplorable que fuera, la revolución era inevitable; y que era su país el que estaba llevando a sus súbditos coloniales a la insurgencia. Como miembro del Parlamento trató de disuadir a los otros políticos del uso de la fuerza contra sus súbditos americanos. En cuanto se levantaron, Burke defendió su causa contra el dominio británico.
 No obstante, desde un punto de vista estricto, Burke no pertenecía a la nación británica, lo que explica en parte su crítica feroz a sus políticas coloniales. Procedía de la colonia inglesa más antigua, Irlanda y su oratoria, según un despreciativo político inglés, John Wilkes, “apestaba a whisky y patatas”. Aunque había nacido en el seno de una antigua familia irlandesa, de niño pasó algún tiempo en una escuela al aire libre en el condado de Cork, hablaba gaélico y sentía una honda compasión por los campesinos pobres irlandeses. A pesar de ser uno de los políticos más ilustres de Westminster, Burke simpatizaba con los militantes campesinos clandestinos de su tierra, y le indignaban las represalias del Gobierno británico. Cuando escribe sobre los Defenders, uno de los principales grupos insurgentes irlandeses, que “el defenderismo católico es lo único que contiene a la Ascendencia Protestante”, se coloca inequívocamente del lado de la rebelión violenta en Irlanda, y esto por parte de un hombre que ha sido venerado durante siglos como una fuente de sabiduría de derechas. Si bien no llegó a prestar un apoyo firme a los revolucionarios United Irishmen, se acercó a la complicidad con ellos. Burke no sentía una simpatía especial por la revolución política, pero creía que casi siempre estaba provocada por el trato injusto de un poder soberano, y que al cabo de un tiempo se hacía inevitable. “Por mucho que la mente de un hombre esté insensibilizada a la servidumbre –señala-, llega un punto en que la opresión la subleva contra la injusticia”. Cuando se llega a ese punto, los gobernantes, en opinión de Burke, no pueden culpar a nadie más que a sí mismos.
 Burke sentía una hostilidad virulenta hacia la élite anglo-irlandesa gobernante y censuraba su indiferencia por la situación de los irlandeses pobres. Su objetivo, escribe con su hipérbole característica, “es mantener sojuzgado al resto [de la gente] reduciéndola a una esclavitud absoluta bajo un poder militar”. Los derechos de los terratenientes no eran absolutos, insistía, sino que debían servir para promover el bien común. Aunque era protestante, fue el defensor más firme en una posición elevada de la causa irlandesa católica en el siglo XVIII, y denunció las llamadas Leyes Penales, cuya finalidad era mantener a la población católica en su sitio. Estas leyes, afirma, son “las más apropiadas para la opresión, el empobrecimiento y la mortificación de un pueblo, y la degradación en él de la propia naturaleza humana, que el ingenio pervertido del hombre haya producido jamás”. Las Leyes Penales en realidad no eran tan monstruosas como sugiere la retórica de Burke (que tenía talento para la exageración sensacionalista), pero su valor simbólico como muestra de la supremacía protestante era profundo. En buena medida, gracias a la influencia de Burke, finalmente fueron derogadas.
 Burke creía que el poder era sólo legítimo si se fundaba en “una comunidad de intereses y en una simpatía de sentimientos y deseos entre quienes actúan en nombre de cualquier grupo de personas y las personas en cuyo nombre actúan”. Era precisamente esta comunidad de intereses y sentimientos lo que a él le parecía que faltaba, con efectos desastrosos, en Irlanda, así como en la relación colonial entre Gran Bretaña y América.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, en traducción de Belén Urrutia, pp. 67-73. ISBN: 978-84-306-1836-1.]

domingo, 27 de octubre de 2019

Hijos de las nubes.- Sophie Caratini (1948)

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La adopción
 Nuevo encuentro con los saharauis

«-¿Cómo te llamas?
 -Safía.
 -¿De dónde vienes, qué vienes a hacer a Zuerat?
 Cuento de nuevo mi itinerario. Mis interlocutores parecen apreciar mi franqueza, pero bajan la cabeza, desconcertados. ¿Están decepcionados por lo limitado de mis capacidades? Es posible. En todo caso, su portavoz (¿es el líder, el mayor, el mejor intérprete?) comienza a exponerme la situación del Sáhara Occidental:
 -Nuestro país ha sido progresivamente cercado por las fuerzas coloniales francesas de Mauritania, Argelia y Marruecos. Cuando los españoles llegaron a las costas del Sáhara, hacia 1900-1905, negociaron al principio, con los nómadas, una especie de contrato de alquiler sobre algunos puntos de la costa. A continuación se instalaron en la costa a cambio de un alquiler que los habitantes consideraron como un tributo. Crearon mercados y favorecieron el comercio, sobre todo el de armas. Cuando las tribus del conjunto de Sáhara se unieron para resistir el avance francés, que amenazaba el sur, y luego el norte, los españoles se comportaron en apariencia como auténticos aliados: hasta 1934 prohibieron a los franceses y a sus tropas franquear la frontera y nuestro territorio se convirtió en un refugio para todos los resistentes. Allí encontraban fusiles, mercancías, comida y era un punto de reagrupamiento. Pero cuando los franceses ocuparon el conjunto del Sáhara argelino, todo Marruecos y toda Mauritania, España empezó, por su lado, a conquistar el interior de las tierras del Sáhara, y los habitantes descubrieron que habían sido engañados. El poder impulsó una política paternalista. Al principio, era casi imperceptible, pero después se dieron cuenta de que estaban colonizando todo el país. Distribuyeron mucho dinero para comprar a los notables y los nómadas terminaron convirtiéndose en asistidos. Entonces acabaron perdiendo poco a poco su territorio y el control de su economía. Habían sido neutralizados, pero no se habían sometido. La prueba es que en 1956, cuando Marruecos alcanzó la independencia, quisieron aliarse con los elementos más determinados del Ejército de Liberación marroquí, que pretendían expulsar a los cristianos de los territorios españoles y de Mauritania. Pero esto no funcionó entre ellos, pues los marroquíes querían dirigirlo todo. A continuación, los otros se pusieron de acuerdo para arrinconarlos: franceses, españoles y hasta el sultán de Marruecos. En febrero de 1958, organizaron una operación militar para aplastar cruentamente la resistencia de los habitantes. La llamaron Operación escobillón. A continuación los países del Magreb y de África Occidental obtuvieron la independencia: Marruecos, Túnez, Mauritania, Senegal, Mali y Argelia, todos. Menos el Sáhara español. Claro que España hizo todo lo posible para no llamar la atención, porque había descubierto fosfatos en Seguia al Hamra. Para conformar a los saharauis, gastó aún más dinero. Halagaron a los notables, les concedieron un simulacro de participación en el gobierno y les pagaron generosamente. Enviaron a sus hijos a la Universidad de Madrid, y otros fueron a estudiar a las universidades árabes de los países del Magreb: en Rabat, Argel y Túnez. Casi todos volvieron con la intención de luchar por la independencia. Pero la negociación no era posible. Los españoles no querían escuchar y además los jóvenes no podían tomar la palabra en las reuniones de los notables. Entonces crearon el Frente Polisario, que declaró la lucha armada el 20 de mayo de 1973. Queremos construir una sociedad justa e igualitaria. Nuestras tradiciones prueban que somos capaces de ello. Los habitantes del desierto siempre practicaron la solidaridad, la ayuda mutua y el sentido del honor. Entre nosotros no hay clases explotadoras ni reyes ni emires. Queremos recuperar el concepto de propiedad compartida de la antigua sociedad nómada. Somos un pueblo libre y orgulloso y en nosotros tenemos con qué construir una sociedad moderna mucho más democrática que la vuestra. El rey Hassán II no quiere apoyarnos: tiene la desvergüenza de proclamar que el Sáhara Occidental y toda Mauritania le pertenecen y que el Marruecos histórico se extiende desde el Mediterráneo hasta las orillas del río Senegal. Todo el mundo sabe que eso no es verdad. Ahora, toda la población saharaui se enfrenta a las autoridades españolas. Al principio sólo se trataba de manifestaciones pacíficas que reivindicaban la justicia social. Pero los soldados dispararon sobre la muchedumbre. Esa es la razón de que el movimiento se haya convertido en lucha armada. Ahora nos preocupa mucho el papel que quieren que desempeñe el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, pues todo el mundo está contra nosotros. Por eso estamos documentándonos sobre la historia de la región. Tenemos que conseguir todos los libros, documentos o simples informaciones que nos permitan estudiar en profundidad la cuestión. En este sentido, tu proyecto de investigación sobre la historia y las tradiciones de los erguibat nos interesa mucho. ¿Sabes?, los erguibat sólo son una parte de la población del Sáhara. No debes limitarte al estudio de esta única tribu, que no es ni más ni menos importante que las otras.
 El joven habló largo rato en medio de un silencio atento. Sus compañeros lo escucharon muy concentrados, subrayando su discurso con miradas y gestos dirigidos hacia mí, como si quisieran hacerme sentir físicamente la intensidad de su aprobación y que yo la compartiera. Pues en realidad fue un discurso. Un discurso casi oficial pese a las circunstancias de la clandestinidad: yo soy a sus ojos un representante del mundo occidental. Las últimas frases fueron pronunciadas con fuerza y no se me escapó la llamada en ellas implícita. Me están dirigiendo un ruego, cuyo alcance y contenido no consigo adivinar. Ante tanto patetismo, mi respuesta resulta completamente anodina:
 -Es necesario que comience por algo. Si no me limito a un grupo, corro el riesgo de dispersarme. Además, me parece que los erguibat, al menos por lo que he aprendido hasta ahora, viven de manera muy semejante a la de los demás. Su estudio puede servir de ejemplo, es una primera aproximación.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2008, en traducción de Juan Vivanco Gefaell. ISBN: 978-84-96327-44-3.]