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miércoles, 27 de octubre de 2021

La marquesa de O... y otros cuentos.- Heinrich W. von Kleist (1777-1811)


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Los desposorios en Santo Domingo


  «En Puerto Príncipe, en la parte francesa de la isla de Santo Domingo, a principios de este siglo, cuando los negros mataron a los blancos, vivía en la plantación del señor Guillaume de Villeneuve un viejo negro temible llamado Congo Hoango. Éste, que provenía de la Costa de Oro africana, y que en su juventud parecía de carácter bondadoso y fiel, fue colmado de innumerables beneficios por parte de su señor, al que en otro tiempo, durante un viaje a Cuba, había salvado la vida. No solamente don Guillermo le concedió la libertad en aquel mismo instante, sino que además, a su regreso a Santo Domingo, le concedió casa y granja, y pasados unos años, aunque no había tal costumbre en la isla, le hizo administrador de sus considerables posesiones, y como no quisiera volver a casarse le dio para sustituir a su mujer a una vieja mulata llamada Babekan, que vivía en la plantación y con la cual su difunta mujer estaba emparentada. Bien, como el negro llegase a la edad de sesenta años, le concedió una cantidad muy considerable como jubilación y llegó a la cumbre de sus beneficios, dejándole un legado en su herencia; pero todas estas muestras de agradecimiento no pudieron librar al señor de Villeneuve de la furia de aquel ser rabioso. Congo Hoango fue el primero en coger el fusil cuando el torbellino de furor que se desató sobre las plantaciones como consecuencia de las medidas irreflexivas de la Convención Nacional, y recordando la tiranía que le había arrancado de su patria, metió un tiro a su amo en la cabeza. Luego incendió la casa donde se había refugiado la esposa de éste con sus tres hijos y el resto de la colonia de blancos, devastó la plantación entera a la que tenían derecho los herederos que vivían en Puerto Príncipe y, como todas las plantaciones eran semejantes, reunió a los negros y los armó para acudir en ayuda de sus compañeros en su lucha contra los blancos. Tan pronto acechaba a los fugitivos que en grupos armados atravesaban la región como caía en pleno día sobre los plantadores que permanecían en las edificaciones y pasaba a cuchillo todo lo que encontraba.
 Dominado por su inhumano deseo de venganza, incluso exigió a la vieja Babekan y a su hija, una joven mestiza de quince años llamada Toni, que tomaran parte en esta guerra rabiosa que le rejuvenecía; y como los edificios principales de la plantación en la que ahora vivía estaban deshabitados y muy próximos a la calle principal, de manera que durante su ausencia se refugiaban en ellos los fugitivos blancos y criollos que iban en busca de comida y refugio, adiestró a las mujeres para que entretuviesen con socorros y halagos a los perros blancos, pues así los llamaba, hasta su regreso.
 Babekan, que padecía de tuberculosis como consecuencia de unos crueles castigos que había sufrido durante su juventud, acostumbraba en estos casos a vestir con las mejores galas a la joven Toni, que debido a su color tostado servía muy bien para estas crueles argucias; animaba a la joven a que no negase a los desconocidos caricia alguna, excepción hecha de la última, que le había sido prohibida bajo pena de muerte, así que cuando Congo Hoango volvía con la tropa de negros de sus correrías por la región, la suerte que esperaba a los desgraciados que habían sido atraídos por aquellas malas artes, era la muerte.
 Como todos saben, en el año de 1803, cuando el general Desalines avanzó con trece mil negros hacia Puerto Príncipe, todo aquel cuyo color era blanco se aprestó a defender la plaza, pues era el último baluarte del poder francés en la isla, y si caía esta plaza todos los blancos que allí se encontraban estaban perdidos sin remisión.
 Sucedió, pues, que precisamente en ausencia del viejo Congo Hoango, que se había marchado en compañía de todos los negros para ayudar al general Desalines a transportar un cargamento de pólvora y plomo a través de las filas francesas, sucedió que en una noche lluviosa y tormentosa alguien golpeó a la puerta de atrás de la casa. La vieja Babekan, que yacía en el lecho, se levantó, y echándose una falda por encima abrió la ventana y preguntó quién era: “Por la Virgen y todos los Santos –dijo el desconocido en voz baja, acercándose a la ventana-, contestadme a esta pregunta, antes que me descubra”, y alargó la mano en la oscuridad de la noche, con intención de coger la mano de la vieja, preguntando: “¿Sois negra?” Babekan dijo: “Entonces seguro que sois un blanco, ya que esta tenebrosa noche os parece mejor que cualquier negra. Entrad –añadió-, y no temáis nada; aquí vive una mulata, la única que está en la casa conmigo, es mi hija, una mestiza”. Al decir esto cerró la ventana, como si fuera a bajar y a abrirle la puerta; y con el pretexto de que no encontraba la llave, después de coger algunos vestidos, corrió a la habitación de su hija, a la que despertó diciendo: “¡Toni! ¡Toni!” “¿Qué sucede, madre?” “¡Rápido! –dijo-. ¡Levántate y vístete! Aquñi tienes los vestidos, ropa blanca y medias. Un blanco, al que persiguen, está a la puerta y solicita que le dejemos entrar”. Toni preguntó: “¿Un blanco?” medio incorporándose en la cama. Cogió los vestidos que la vieja tenía en la mano y dijo: “¿Está solo, madre? No hemos de temer nada. ¿Y si le dejamos pasar?” “¡Nada, nada! –repuso la vieja, que traía luz-. Está solo y desarmado y el miedo hace temblar todos sus miembros”. Y mientras Toni se levantaba y se ponía el vestido y las medias, encendió el gran farol que estaba en un rincón del cuarto, anudó rápidamente el pelo de la joven, al estilo del país, en lo alto de la cabeza, y después que le hubo atado el justillo, le puso un sombrero, diole el farol en la mano y le ordenó dirigirse al patio para ir en busca del desconocido.
Resultado de imagen de heinrich von kleist la marquesa de o Entretanto, como ladrasen los perros, se despertó un niño llamado Nanky, que Congo Hoango había tenido como hijo natural de una negra y que dormía con su hermano Seppy en los edificios contiguos, y como viese al resplandor de la luna a un hombre que estaba cerca de la escalera de la parte posterior de la casa, se apresuró a ir hacia la puerta del patio por la que el desconocido había entrado, y como ya había hecho otras veces, le echó el cerrojo. El desconocido, que no comprendía qué significaban todos estos preparativos, preguntó al niño, después de comprobar con espanto que era un negro, quién vivía en estos establecimientos, y como escuchase la respuesta de que todo aquello pertenecía al negro Congo Hoango después de la muerte del señor de Villeneuve, estaba ya a punto de dar un empujón al niño, quitarle la llave del patio que llevaba en la mano y dirigirse al campo, cuando apareció Toni con un farol en la mano: “Rápido –dijo cogiéndole de la mano y haciéndole entrar-, venid aquí”. Hizo lo posible mientras decía esto para que la luz le diera de lleno sobre el rostro: “¿Quién eres? –dijo el desconocido, luchando por desprenderse y mirando su rostro con interés, por más de un motivo-. ¿Quién vive en esta casa, donde según me dices vas a salvarme?” “Nadie, por la luz del sol –dijo la muchacha-, nadie más que mi madre y yo”, y procuraba apresuradamente hacerle entrar. “¿Cómo que nadie? –exclamó el desconocido mientras, dando un paso atrás, se desprendía de su mano-. ¿Acaso no me ha dicho ese niño que aquí vive un negro llamado Hoango?” “Yo te digo que no –repuso la muchacha, mientras golpeaba el suelo con el pie en señal de desagrado-, y aunque esta casa perteneciese al sanguinario que lleva tal nombre, ahora está ausente y lejos de aquí más de diez millas”. Después de haber dicho esto, cogió al desconocido con las dos manos y le hizo entrar en la casa, dio órdenes al niño de que no dijese a nadie quién había entrado y después de haber traspasado la puerta, llevando al desconocido de la mano, le hizo subir las escaleras y le condujo al cuarto de su madre.
 “Bueno –dijo la vieja, que había escuchado la conversación desde lo alto de la ventana y había visto que era un oficial-. ¿Qué significa esa espada que lleváis bajo el brazo, dispuesta a dar mandobles? –y añadió mientras se encajaba bien las gafas-: Os hemos acogido en vuestra huida en nuestra casa, con peligro de nuestras vidas, y veo que habéis venido a pagar una buena acción con una traición, según es costumbre de vuestros compañeros”. “El cielo me valga”, repuso el desconocido, que estaba frente a ella. Cogió la mano de la vieja, la puso sobre su corazón y después de lanzar algunas miradas temerosas por la habitación, se desciñó la espada que llevaba al cinto y dijo: “¡Aquí tenéis ante vosotros a uno de los seres más desgraciados, pero jamás ingrato ni malvado!” “¿Quién sois?” preguntó la vieja, acercándole una silla, al tiempo que ordenaba a la muchacha que fuese a la cocina para que le trajese lo antes posible algo de cenar. “Soy un oficial de las fuerzas francesas, aunque como podréis juzgar no soy francés; mi patria es Suiza y mi nombre es Gustavo de Ried. ¡Ojalá nunca la hubiese abandonado a cambio de esta desgraciada región! Vengo de Fort Dauphin, donde, como ya sabréis, todos los blancos han sido asesinados, y tengo intención de llegar a Puerto Príncipe antes de que el general Desalines llegue con las tropas a su mando y le ponga sitio”. “¿De Fort Dauphin? –exclamó la vieja-. ¿Y con el color de vuestro semblante habéis podido atravesar todo este camino por medio de esta región de negros sublevados?”»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005, en traducción de Carmen Bravo-Villasante, pp. 85-90. ISBN: 84-206-5886-3.]

jueves, 31 de diciembre de 2020

El mal menor. Ética política en una era de terror.- Michael Ignatieff (1947)

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5.-Las tentaciones del nihilismo

  «En El agente secreto, de Joseph Conrad, escrito bajo el impacto de los incidentes terroristas anarquistas ocurridos en Londres y París en la década de 1890, hay un personaje llamado el Profesor que deambula por las calles de Londres, con una mano aferrada a un detonador unido a una carga de explosivos que lleva en el abrigo. Puede saltar por los aires en cualquier momento si la policía trata de detenerlo. Conrad imagina que el Profesor ha sido ayudante en un instituto técnico y luego técnico de laboratorio para un fabricante de tintes, y cuando le despiden concibe una venganza contra el mundo. Como señala Conrad, «el Profesor tiene talento, pero carece de la virtud social de la resignación». El Profesor vive en extrema pobreza en habitaciones alquiladas en uno de los barrios más pobres de Londres y se dedica día y noche a perfeccionar los sistemas detonadores. Está listo para vendérselos a cualquiera que desee «romper la superstición y el culto a la legalidad» de la sociedad que le rodea. Frecuenta los grupos extremos de los socialistas revolucionarios clandestinos, pero en realidad considera a los revolucionarios con el mismo desprecio que considera a la policía. «El terrorista y el policía son tal para cual. La revolución, la legalidad, movimientos opuestos del mismo juego; formas de indolencia en el fondo idénticas.» Están aferrados a la vida, dice amargamente, mientras que él sólo desea la muerte y es por ello invulnerable. Los sueños revolucionarios, la legalidad burguesa, todos estos ideales eran mediocres, pensaba el Profesor, comparados con el objetivo al que él había dedicado su vida: fabricar «el detonador perfecto».
 El Profesor es el primer gran retrato de un terrorista suicida en la literatura moderna. Lo que Conrad pretende que veamos en este retrato demoniaco de la motivación terrorista es que objetivos políticos como revolución, justicia y libertad tienen poco que ver con lo que realmente impulsa al Profesor. El centro de su motivación es mucho más sombrío: desprecio por una sociedad que se niega a reconocer su talento; fascinación por la invulnerabilidad que le confiere su propia voluntad de morir; y obsesión por dominar los métodos de la muerte. El Santo Grial del Profesor —el detonador perfecto— es sólo un símbolo de la verdadera promesa del terrorismo: un momento de violencia que transformará a una persona insignificante y sin un céntimo en un ángel vengador.
 Este retrato del terrorista plantea un desafío especial al análisis al que me he dedicado hasta ahora. ¿Qué sucede en una guerra contra el terror cuando la violencia queda fuera de control, cuando ambas partes empiezan a comportarse como el Profesor, obsesionadas con los medios de su lucha e indiferentes a los fines a los que se supone que sirven esos medios? Hasta ahora he argumentado como si los terroristas y los estados que luchan contra ellos impusieran un control sobre los medios que emplean en función de los fines que persiguen. Los que recurren a la violencia política lo hacen en nombre de la libertad y la autodeterminación, en defensa de los oprimidos. Los que luchan contra el terrorismo, por su parte, luchan para defender los principios del Estado. Si nos basamos en estas suposiciones, es posible imaginar que el deseo de ambos bandos sería no empañar los fines que persiguen con los medios que emplean. Los valores que están encargados de defender podrían persuadir a los interrogadores que trabajaran para los estados democráticos liberales de que el uso de la tortura traiciona la mismísi

ma esencia del Estado. Los terroristas que justificaran las matanzas de civiles como el mal menor podrían ser persuadidos de alejarse del terror si se les pudiera demostrar que se pueden conseguir las mismas metas por medios pacíficos. Si asumimos que tanto el terror como la lucha contra el terror son fenómenos políticos, impulsados por metas e ideales políticos, sería posible imaginar que estas metas impedirían a ambas partes caer en una espiral de mutua consolidación de la violencia.
 ¿Y si estas suposiciones no son verdaderas? ¿Qué sucede cuando la violencia política deja de estar motivada por ideales políticos y pasa a estar motivada por las fuerzas emocionales que Conrad entendió tan bien: resentimiento y envidia, codicia y sed de sangre, violencia por la violencia misma? ¿Qué sucede cuando la lucha antiterrorista, asimismo, deja de estar motivada por los principios y pasa a estar motivada por la misma obsesión de impulsos emocionales?
 Una cosa es sostener que el terrorismo debe ser entendido políticamente y otra pretender que los objetivos políticos son los que determinan siempre las acciones de los terroristas. Es posible que motivos mucho más bajos, los que animaban al Profesor, sean los que necesitemos entender, si es que queremos hacernos una idea de por qué es tan frecuente que las metas nobles sean traicionadas por aquellos que piensan que están haciendo un servicio a esos objetivos. Lo mismo puede ocurrir con los agentes enviados para apresar a gente como el Profesor. Pueden estar dirigidos por códigos y valores que nada tienen que ver con los de la sociedad a la que están representando: los códigos de lealtad a los suyos propios de los guerreros, los valores de venganza y la pura emoción de infundir temor en otros.
 En este capítulo me propongo estudiar la violencia como nihilismo y trataré de explicar las razones por las que tanto el terror como la lucha contra el terror pueden convertirse en fines en sí mismos y las razones por las que muchas guerras contra el terror degeneran en una espiral de violencia. Ya he sugerido una razón por la cual podría suceder esto: los terroristas tratan de provocarlo deliberadamente para entrar en el ciclo de decisión del Estado al que se oponen y empujarlo hacia una opresión cada vez más brutal. La meta del terrorista es erosionar la identidad moral del Estado y su voluntad de resistencia y forzar a una población sometida a abandonar la obediencia a su gobierno. Si ésta es una meta política explícita de la mayoría de las estrategias terroristas, es vital que los líderes de los estados democráticos eviten caer en la trampa.
 Pero es más fácil decirlo que hacerlo. Lo que necesitamos explicarnos es por qué las guerras contra el terror se escapan del control político, por qué caen en la trampa que ponen los terroristas, pero también por qué los propios terroristas pierden el control de sus campañas e imponen terribles pérdidas a los de su propio bando antes que reconocer la derrota. Para explicar estas características sombrías, tenemos que desplazarnos de la política y el derecho a la psicología del nihilismo.
  Vamos a explicar primero lo que es el nihilismo. El nihilismo significa literalmente no creer en nada, la pérdida de cualquier límite o de un conjunto de metas que sirvan de inspiración. No quiero utilizarlo en ese sentido literal ni dar a entender que los terroristas o los que luchan contra los terroristas no creen en nada. Tanto unos como otros pueden empezar con altos ideales y perderlos en la carnicería de la lucha. Estoy utilizando la palabra, ante todo, para captar una forma de alienación en la cual ambas partes de la guerra contra el terror pierden de vista sus propios objetivos. Los medios coercitivos dejan de servir a determinados fines políticos y se convierten en fines en sí mismos. Tanto los terroristas como los que luchan contra los terroristas terminan atrapados en una espiral descendente de brutalidad que se refuerza mutuamente. Esta es la trampa ética más grave que nos espera en la larga guerra contra el terror que se extiende ante nosotros.
Resultado de imagen de el mal menor ignatieff La palabra nihilismo se emparejó por primera vez con el terrorismo en la década de 1860, en la Rusia de los zares. Dostoievski y otros la utilizaron para describir la visión de mundo de los terroristas dirigidos por Serguéi Nechaev, cuyo Catecismo de un revolucionario establecía un programa para la toma del poder. Nechaev promovía deliberadamente los actos de salvajismo para incitar al régimen zarista a un enfrentamiento sangriento. El nihilismo significaba originalmente un odio agresivo hacia las sofocantes e hipócritas convenciones burguesas. Sin embargo, el programa de los nihilistas no era literalmente nihilista, ya que se suponía que la destrucción preparaba el camino para la construcción de una sociedad justa sobre las ruinas de la sociedad antigua. Pero los adversarios de estos grupos aprovecharon el epíteto, argumentando que sus métodos destructivos menoscababan sus ideales sociales redentores. Los grupos que aceptaron el nihilismo como denominación lo hicieron porque captaba su absoluto rechazo del orden social existente. Al final, uno de esos grupos asesinó al zar liberador, Alejandro II, en 1881.
  No es casualidad que el mejor retrato literario del terrorismo como nihilismo sea ruso: el que hace Fiódor Dostoievski en Los poseídos, publicada en 1871. La novela narra la historia de una pequeña célula terrorista liderada por el carismático Stavrogin y el malvado embaucador Verkovenski, que se hacen con el poder en una pequeña ciudad rusa, consiguen el apoyo de los liberales crédulos que se detestan a sí mismos y luego desencadenan una serie de saqueos y destrozos que dejan edificios quemados, inocentes muertos y un miembro del grupo terrorista, que se había retractado, asesinado. Este último asesinato es la clave moral del significado del relato, ya que es el único que cree en los ideales políticos por los cuales se ha desatado la violencia. Debido a esto, parece decir Dostoievski, él es el único que se da cuenta de que los fines se han apoderado de los medios. Él paga con la vida su reconocimiento moral y su intento de denunciar al grupo y marcharse.
 Dostoievski, que había participado en un grupo conspirador, fue, como Conrad después de él, un maestro de la psicología del terrorista. Pero su retrato del terrorismo dependía de una elaborada crítica metafísica de la modernidad en la cual el terrorista se convertía en la expresión patológica de una sociedad que había perdido la fe compartida en Dios y se había rendido a un individualismo estrecho y cruel. El terrorismo, en el análisis de Dostoievski, es la imagen especular de la sociedad nihilista que los terroristas quieren destruir.
 No tenemos que aceptar las reflexiones apocalípticas de Dostoievski sobre la modernidad o creer, como él parecía implicar, que cuando las sociedades modernas son golpeadas por el terror están consiguiendo lo que se merecen. Podemos dejar estos pensamientos a un lado y en su lugar concentrarnos en la incomparable agudeza del retrato que hace el autor ruso del nihilismo como estado mental. En la novela, los terroristas sueltan la perorata retórica de los políticos revolucionarios, pero su retórica está tan vacía como sus almas. El mal llena su vacío espiritual. Lo que les atrae es el extremismo en sí. Esto es el nihilismo en un segundo sentido, la incredulidad cínica en las metas que uno manifiesta en apariencia. Al situar la acción en una pequeña localidad en vez de situarla en Moscú o San Petesburgo, Dostoievski quiere recalcar la inutilidad política del ejercicio: quemar un remoto pueblo ruso difícilmente va a iniciar la revolución por todo el Imperio ruso. Pero eso no parece importar a los conspiradores, que están enamorados de la conspiración en sí misma.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2005, en traducción de María José Delgado, pp. 151-156. ISBN: 84-306-0558-4.]

jueves, 28 de mayo de 2020

La carroza de Bolívar.- Evelio Rosero (1958)


 

Segunda parte
4

   «-¿Cómo establecer -dijo Chivo- a estas alturas que los pastusos eran realistas y defendían al rey? Si ni siquiera defendían sus tierras y haberes, señores, defendían la vida misma, ¿con qué ganas iban a ocuparse de un rey desconocido a perpetuidad? Eran tan "realistas" los pastusos que la primera rebelión del mundo contra el rey español ocurrió en su provincia, muchísimo antes del "grito de independencia" de 1810. Fue en 1781: veintinueve años antes. Y fue un levantamiento popular por los nuevos impuestos reales, rebelión que acabó con la vida del cobrador de impuestos, el español Ignacio Peredo, a manos del indio Naspirán. Hubo también otra revuelta contra los reales decretos, de proporciones mayores a muchas de las que ha enaltecido la historia; esta segunda ocurrió veinte años después de la primera, y nueve años antes del grito oficial de independencia: sucedió en Túquerres, cerca de Pasto, y cobró la vida de los hermanos Clavijo, comerciantes acaudalados, representantes del rey en el recaudo de impuestos. Otra vez los indios y montañeses fueron protagonistas: su grito de rebeldía hizo callar al párroco encargado de leer el decreto en plena misa mayor, un domingo 18 de mayo: dos mujeres indígenas, Manuela Cumbal y Francisca Aucú, le arrebataron de las manos el papel del decreto, y al grito de Abajo el mal gobierno lo pisotearon. Empezaron a llegar a la población indios de Sapuyes y Yascual, armados de palos y lanzas; se fueron contra la casa del corregidor, la incendiaron; un grupo encabezado por Lorenzo Piscal, Julián Carlosama y Ramón Cucas Remo, sitió la iglesia para evitar la fuga de los Clavijo, que se habían refugiado allí, en el nicho de la Virgen, donde se creían protegidos. Pero invadido el templo, a Francisco Clavijo lo atravesaron con su propia lanza, también lancearon a Atanasio, mientras que el tercero de los Clavijo, Rafael Martín, pudo escapar disfrazado de mujer. Controlada la revuelta, el escarmiento de las autoridades españolas no se hizo esperar: "Los cabecillas fueron llevados arrastrados a cola de caballo con el pregonero delante que iba repitiendo en altas voces que aquélla era la justicia que mandaba hacer el rey nuestro señor a aquellos hombres por sus atrocísimos excesos y fueron condenados con la muerte de horca, y después cortadas las cabezas y manos", según certifica el escribano de cabildo público. Desde siempre la provincia pastusa padecía los impuestos de España, y los impuestos se recrudecieron con el Libertador Simón Bolívar, que incluso mandó que los indios continuaran pagándolos tal y como los pagaban con la monarquía, y cargó de gravámenes y otras contribuciones al pueblo de Pasto, ya empobrecido. De modo que lo que se les vino encima, el vendaval de los libertadores, era un enemigo peor que la monarquía: "No habría libertad mientras hubiera libertadores" era un dicho popular. Los libertadores, indica Sañudo, "infatuados por un necio orgullo, creían que ellos solos habían dado independencia a la república, y en nada estimaban los sacrificios de los pueblos, y estaban persuadidos de que Colombia debía ser patrimonio suyo". El Libertador fue el enemigo que no dio concesiones a Pasto, como sí las dio a otros pueblos realistas, importantes baluartes de la corona, cuando los derrotaron. "Mientras en otras ciudades de la nueva república se levantaban escuelas (nos dice Sañudo), en Pasto era el exterminio". Y la orden, el acicate de toda esta inmolación venía de Bolívar, el principal ofendido en las vísceras del alma a partir de Bomboná, de Bolívar a sus generales, de los generales a los oficiales, de los oficiales a los soldados, a los esbirros, a los matarifes como Salom, Flores, Cruz Paredes (que seguían estrictas órdenes de Bolívar), Lucas Carvajal, Andrés Alvárez o los brutos Hermógenes Maza y Apolinar Morillo, asesinos (los acusa Sañudo) que "sólo por probar el esfuerzo de su brazo hundían sus espadas en filas de individuos". Pues las matanzas no se hicieron esperar, y las alentaba el Libertador, que dio además un decreto de confiscación de bienes. Decía en un considerando: "esta ciudad, furiosamente enemiga de la república, no se someterá a la obediencia, y tratará siempre de turbar el sosiego y tranquilidad pública si no se la castiga severa y ejemplarmente".
La carroza de Bolívar - Evelio Rosero | Planeta de Libros Impuso contribuciones en pesos y reses y caballos que la empobrecida y saqueada Pasto no podía pagar, desterró a hombres y mujeres. Sus órdenes no buscaban independizar una provincia: la aniquilaban: "Deshágase usted de los prisioneros de modo que le sea más conveniente y expeditivo... usted conoce a Pasto y sabe de todo lo que es capaz; quizás en muchos meses no tendremos tranquilidad en el Sur", "Yo he dictado medidas terribles contra ese infame pueblo... las mujeres mismas son peligrosísimas... en Pasto 3.000 almas son enemigas (no quedaban más), pero un alma de acero que no pliega por nada... es preciso destruirlos hasta en sus elementos", y daba a Salom, el peor de sus esbirros, las órdenes terminantes: "Haga usted prodigios a fin de acabar cuanto antes con los infames de Pasto". "Destruir a los pastusos. Usted sabe muy bien que mientras exista un solo rebelde en Pasto, están a punto de encallar las más fuertes divisiones nuestras." "Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto o embarazo, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos."
 Aquí el catedrático Chivo se detuvo, paseando los ojos por el aula, para constatar lo que imaginaba: casi nadie permanecía; ya los hermanos Quiroz habían concertado abandonar el salón y, detrás de ellos, desapareció la gran mayoría de estudiantes: quedaban en el horizonte solamente los cuerpos de dos rigurosamente dormidos: ella la cabeza doblada sobre un brazo, su largo cabello rozaba el sucio piso de madera, él espatarrado, la boca abierta como recién llegado de una fiesta y todavía borracho: esa pareja de estudiantes dormidos, en otras cátedras, era impensable; pero con Chivo y su Historia de Colombia las cosas ya se habían dictaminado.
 Y, sin embargo, quedaba también en el salón, aún viva, la muchacha que sirvió de alegoría, que no se atrevía a marchar u coronar la ausencia total; era la última alumna viva del salón: ella misma no se explicaba por qué y para qué seguía allí, frente a un hombre que hablaba solo y leía solo en un salón más solo todavía, ¿sentía pena?, lo veía tan solo, pensaba, tan absolutamente requetesolo en su disertación sobre Bolívar, su lectura de Sañudo, su indignación y sus batallas, pobre loco, pensó.
 -He terminado, puede irse -la alentó el catedrático para que escapara.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2012. ISBN: 978-84-8383-356-8.]

miércoles, 28 de noviembre de 2018

El reino animal.- Sergio Ramírez (1942)


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POLLO
Treblinka

«Deseo explicar, en primer lugar, a quienes han tenido la bondad de asistir a esta conferencia en número que de todas maneras ya esperaba limitado, el porqué de mi presente dedicación y entrega a estudiar la situación social de esos seres que con no poco desprecio llamamos animales y particularmente la situación de los pollos. Quizás alguno de ustedes recuerde que, como empresario avícola que fui hace años, se me llegó a conocer como "el Midas del pollo crudo", perverso reinado durante el cual las desgraciadas aves sufrieron por mi causa las inicuas maldades de que siguen siendo víctimas en el orbe terrestre.
 Otros de entre ustedes podrán pensar que mi preocupación acerca de los constantes abusos a que son sometidos los pollos, tema de esta y otras futuras conferencias que pretendo dictar como parte de la cruzada que ahora emprendo, nace del estado de ociosidad que una edad como la mía impone; o acaso de la amargura provocada por el ruidoso fin de mi antiguo negocio, del que se ocuparon suficientemente los periódicos. Pues bien. Si el ocio sirve para consagrarse a una causa noble, bienvenido sea; y en cuanto a lo otro, aquel dramático final de mi conglomerado de empresas de crianza, destace y expendio de pollos, nunca me evoca amargura, sino paz de conciencia. Final que fue provocado deliberadamente por mí, tal como al final de mi exposición tendré el gusto de confesar.
 Sepan por el momento que tuve de pronto la revelación de que era yo responsable de la comisión diaria de hechos de crueldad que terminaban en el crimen en masa. Si Saulo tuvo  en el camino de Damasco una iluminación tan violenta que lo hizo caer del caballo, mi propia iluminación me hizo caer a mí del caballo llamado éxito. Y así me fue permitido ver que era yo ni más ni menos que el jefe de un campo de concentración donde a diario eran exterminados miles de seres.
 Extrañarán acaso que dé el nombre de seres a los animales. Pero los animales, señoras, señores, saben de los sufrimientos que se les infligen y son capaces de sentir dolor y de afligirse ante ese dolor, no sólo ante la tortura física sino también ante la tortura mental, así el sentimiento de la proximidad de la muerte, que tanto a ellos como a nosotros nos llena de espanto. Llamarlos brutos no es más que una manera de acallar nuestra conciencia. Mas no he venido, respetable auditorio, a filosofar esta noche, sino a exponer hechos.
 No será una novedad para ustedes que considerable parte de los animales termina cada año como regalo de nuestras mesas después de haber recibido la muerte, las más de las veces de manera infame. El venir al mundo en forma de aves, reses o cerdos crea para ellos la desgracia de que su carne sea codiciada y por eso se les niega la vida libre y natural a que tienen derecho. Su sino es el cautiverio, condenados primero a cadena perpetua y luego a la ejecución, aunque el mundo, con todas sus galas, fue hecho para su disfrute, igual que para nosotros.
 Estos hermanos, sí, déjenme llamarles de una vez hermanos, padecen la extirpación de sus picos y el cercenamiento de sus patas en el caso de las aves; la castración a sangre fría en el caso de los cerdos y toros y otra vez de las aves; el herraje con fierros candentes y la mutilación de cuernos en el caso de las reses, sólo porque sin ellos ocupan menos espacio en los establos, o en camiones y vagones al transportarlas.
 La vida de los cautivos, reses y aves, transcurre dentro de minúsculos espacios de concreto, contenedores y jaulas metálicas, aterrados y en constante zozobra, sin saber qué va a ser de ellos el día de mañana. Y su temor y padecimiento culminan únicamente cuando se les traslada a los mataderos, y desde que entran en capilla ardiente no reciben ninguna clase de consuelo, ni agua ni alimento alguno, y más bien se les expone a condiciones extremas durante el proceso de ejecución. ¿Saben ustedes que muchos se hallan aún en pleno uso de sus facultades cuando los cuelgan  de los ganchos para abrirlos en canal o para decapitarlos, y aun siguen vivos cuando les arrancan la piel o las plumas?  [...]
 Ahora, distinguida audiencia que me escucha, quiero pasar directamente al delicado tema de los pollos. Debo decir, de entrada, que estas aves son tan inquisitivas e inteligentes como los perros y los gatos. Cuando se hallan en su medio natural, forman hermandades y sociedades jerárquicas, se reconocen unos a otros, aman y protegen a sus polluelos y disfrutan una vida plena, construyendo nidos y durmiendo en los árboles.
 Pero los pollos de crianza industrial están privados de una vida pacífica semejante. Permanecen apretujados por cientos de miles en galeras malolientes; no pueden moverse, pues cada uno vive en el espacio equivalente a una hoja de papel. Estos seres son llevados a las cámaras de ejecución cuando apenas tienen dos meses de edad, siendo que su rango natural de vida es de diez a quince años, si se les dejara vivir.
 Víctimas inermes, padecen degradación y angustia durante sus cortas vidas. Sus instintos naturales y necesidades son ignorados. Desde los comederos al destace, se hallan sometidos a una interminable cadena de iniquidades. Sufren mutilaciones, hacinamiento, enfermedades, quemaduras con amoníaco, abuso de antibióticos, gordura forzada y extremo estrés. Las plumas, intestinos y aguas servidas, que se deberían descartar durante el proceso, son reciclados rutinariamente como alimento para estas criaturas; los expertos consideran que este canibalismo forzado está llevando a la galopante epidemia de salmonela en las granjas de pollos y no sería raro que pronto apareciera la enfermedad de los "pollos locos", pues es el canibalismo el causante de esa enfermedad, como ocurre con las "vacas locas".
 En las granjas de procesamiento, señoras y señores, se cometen asesinatos en masa en una escala difícil de comprender. La vida de los pollos es un eterno Treblinka. Las víctimas son primero colgadas de cabeza en los ganchos de metal de una banda transportadora. Después pasan por un aparato que las decapita con una zumbante navaja afilada o se las sumerge en un tanque electrizado. Es horroroso que puedan ser testigos de su propia suerte y de la de sus congéneres a medida que se acercan al cadalso. Y cuando alguno de ellos, ya colocado en la banda transportadora, no llega a ser alcanzado por el filo del cuchillo, o por la descarga del tanque electrizado, gracias a algún defecto del proceso de producción, su muerte ocurre entonces de manera peor, en el tanque de agua hirviente donde las plumas se suavizan antes de ser arrancadas.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Alfaguara, 2006. ISBN: 84-204-7032-5.]