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domingo, 28 de junio de 2020

Venían a buscarlo a él.- Berta Vias Mahou (1961)

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Los guardianes del honor

  «Más allá, un bereber ofrecía un montón de objetos de metal sobre una manta, tirado en el suelo con las babuchas junto a él. Otro vendía pasteles árabes, llenos de miel y de pistachos, en forma de cestillos, de pañuelos cuidadosamente doblados o de minúsculos nidos de ruiseñor. Mira, exclamó Khaled sin hacer ni un solo ademán para señalar en dirección alguna. ¿Otra mujer guapa? Hamid siguió su mirada y vio una rata negra que atravesaba los raíles del tranvía corriendo hacia el borde del muelle para ir a tirarse al agua. ¿Sabes que una rata de ésas puede perforar con sus dientes hasta una tubería de plomo? Y son tan habilidosas que pueden llevarse un huevo hasta su nido sin cascarlo. Comilonas y malabaristas, bromeó Hamid. Khaled, sin siquiera esbozar una sonrisa, siguió a lo suyo: Pongamos las cartas sobre la mesa. ¿Por qué no lo había hecho cuando estaban sentados en la terraza, en lugar de pasarse todo el tiempo contemplando el panorama? Sin duda prefería hablar mientras caminaba. Tal vez creyera que así no les escucharía nadie. De todos modos, en aquellas unidades los compañeros no hablaban mucho entre sí. Había que tener cuidado con lo que se decía. Incluso estando los dos solos, a pesar de que tanto el uno como el otro podían decir que el otro era de los suyos, un hermano. No formaban más que una célula minúscula. Una partícula insignificante en un engranaje enorme, dentro de una red complejísima.
 Como dos moscas atrapadas en la tela de una araña. Y más valía no hacer ni un solo movimiento en falso. Pero la verdad es que en la calle daba igual hablar en voz alta o en un susurro. El mayor peligro siempre estaba en el propio compañero. La denuncia dentro del grupo fomenta la limpieza. Khaled echó una ojeada a su "hermano" y sintió una oleada de desprecio al pensar que aún tendría que aguantar a otro, pues por lo general actuaban en unidades de tres miembros. A veces le parecía que se encontraba en una especie de orden religiosa. Al menos, vivían la mayor parte del tiempo como si fueran monjes. No tenían nada. Vivían con lo puesto. El revolucionario es un hombre perdido, recordó. No tiene intereses propios, ni causas propias, ni sentimientos, ni hábitos, ni propiedades. Y ni siquiera un nombre. Todo en él ha sido absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento. La revolución. Eran las primeras palabras del primer párrafo del Catecismo del revolucionario. Aunque escrito para los anarquistas rusos hacía casi un siglo, describía a la perfección el estado en el que se encontraba cualquier miembro de una banda terrorista.
 Parece ser que nuestro hombre está escribiendo un documento que podría resultar comprometedor para la organización, prosiguió Khaled. Sin embargo, la última orden recibida es que debemos esperar. Le han dado un premio muy importante y la atención del mundo entero está puesta en él. Ahora no nos conviene actuar. De todos modos, según nuestros informadores, parece que Golan tiene intención de retirarse a vivir al campo. Al sur de Francia, no lejos de aquí. Si es así, dentro de unos meses, como mucho un año, resultará todo más fácil. Aunque también podemos actuar en la capital si es necesario. Qué excitante resultaba decidir sobre el destino de otras personas. Era como jugar a ser Dios. Y aquella diversión emocionante, a veces incluso peligrosa, era sin duda alguna lo que más podía acercarles a la inmortalidad. ¿De quién se trata? ¿Quién se oculta bajo el nombre de Golan? Nada más decirlo, Hamid se dio cuenta de que no debía haber formulado la pregunta. En cuanto él abría la boca, Khaled dejaba de hablar durante un buen rato. No le contestaba. O se ponía a hablar de otra cosa completamente distinta.
 Y, en efecto, durante unos minutos se quedó callado, sumido en sus pensamientos, caminando más despacio. No se puede escapar a la muerte, dijo por fin sin levantar la vista del suelo. ¿Conoces la historia del criado del rico mercader? Hamid le miró sorprendido. No podía creer que se dignara hablar en aquel tono con él, que le dedicara tanta atención. Conocía la historia, claro que la conocía, pero le dejó contarla. El criado ve en el mercado de Bagdad a la muerte, que le hace un gesto que él interpreta como de amenaza, así que corre a pedirle a su amo un buen caballo para escapar a toda velocidad a Isfahán. Más tarde, también el mercader se tropieza con la muerte en el mercado y le pregunta por qué le ha hecho un gesto de amenaza a su criado. La muerte responde: Era de asombro. me ha sorprendido verlo aquí, pues hoy mismo debo llevármelo en Isfahán. Hamid le miró sin comprender. ¿Qué quería decir? ¿Que eran infalibles? ¿Que nadie podía escapar una vez que la organización había decidido eliminarlo? En cualquier caso, dijo Khaled, como quien piensa en voz alta, yo prefiero encontrar a la muerte a caballo que en la cama.
Venían a buscarlo a él | Editorial Acantilado Mientras, habrá que dedicarse a la recaudación. Aquí, en Marsella, se dan muchos casos de morosos, falta entusiasmo. Como la muerte, nos entretendremos algún tiempo en el mercado. Habrá que hacerles entender que no se pueden retrasar en el pago. Si quieren que su suerte cambie, que el mundo entero cambie, también ellos tienen que contribuir. Sobre todo, ellos. Charriot magique. Toute en musique. Bienvenue chez papa Omri. Specialiste du thé à la menthe avec pignons, leyó Khaled en voz alta. El carro mágico estaba cubierto de flores. Papá Omri, con la barba canosa y un termo en la mano, llevaba un cornetín colgado del pecho. Con él anunciaba su llegada. Del carrito además salía música. Tenía un transistor embutido entre los termos y un montón de vasos de papel atiborraba la superficie superior del carricoche, que en su parte inferior y por todas y cada una de las caras estaba cubierto con banderas de distintos países. Se podía ver la de Francia, la de Argelia, pero también la de Suiza, la de Canadá, la de Alemania, la de España. En aquel momento sonaba una melodía árabe que hizo que el sol y el aire fresco de la bocana del puerto les resultaran aún más agradables.
 Hamid se dirigió hacia el carro con  la intención de tomar un té capaz de transportarle a la patria. Papá Omri estaba sirviendo a dos chicas muy jóvenes vestidas con trajes de verano de color blanco y sandalias de cuero. El viento jugaba con la tela, que temblaba sobre sus muslos. […]
 ¿Has visto? Ése es el ejemplo del buen árabe colonizado. Papá Omri escuchó el comentario, presintió la amenaza y echó a andar, empujando su carrito. Y mientras se alejaba con pasos cortos y rápidos, Khaled sonrió. El preferido del colonizador, de buena voluntad. No parece un mal tipo, le replicó Hamid. […] En aquel momento, pasó por allí una mujer junto a un chico alto con un loro gris sobre el hombro izquierdo. Khaled, que había empezado a seguir al hombre del carrito, que avanzaba tras las dos jóvenes con sus vasos de té, se detuvo de golpe y se quedó mirándolos. Otra mujer que le ha robado el sentido, pensó Hamid, sin darle mayor importancia, aliviado ante la idea de que abandonara tan pronto la persecución de Papa Omri. No puede ser, murmuró Khaled. Esa mujer y ese chico me están siguiendo. Tal vez estén a sueldo de los messalistas. Los dos. O por lo menos ella. Quizá sean confidentes de la policía. Deben de trabajar para el Servicio de Inteligencia francés. Hamid no podía creer lo que estaba oyendo y por primera vez se atrevió a protestar. ¿Estás chiflado? ¿Has perdido la cabeza? ¿Una mujer y un chico con un loro?
 ¿Acaso su compañero se había vuelto loco? ¿Y su inteligencia? ¿Se había esfumado para dar paso a un delirio infantil? Ellos son los culpables de que tenga esta marca, prosiguió Khaled al tiempo que se llevaba la mano a la mejilla. Mejor dicho, el loro. Me la hizo el pájaro. En un café. En Argel. Y ahora aparecen aquí, en Marsella. Me están siguiendo. No hay duda. Hamid se echó a reír a carcajadas. De modo que la cicatriz no es de una herida de bala. Ni de un cuchillo... Dejó la burla de inmediato porque Khaled le lanzó una mirada de hielo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2010. ISBN: 978-84-92649-75-4.]

sábado, 16 de mayo de 2020

La máquina de leer los pensamientos.- André Maurois (1885-1967)


André Maurois - ¡¡Ábrete libro!! - Foro sobre libros y autores
Capítulo XIII: Dos episodios


 «Ya les he hablado de la increíble importancia que se da en Westmouth, lo mismo que en la mayoría de las Universidades americanas, a la temporada de fútbol. Los alumnos escogidos para formar parte en el equipo abandonaban los estudios durante el entrenamiento. «Trabajaban» entonces en un estadio cercado de altos muros y cuya entrada, se guardaba con severidad, pues el deporte había, desde hacía unos años, adoptado en los Estados Unidos un aire de guerra civil. El espionaje medraba, y ciertos colegios incluso mantenían un verdadero servicio secreto encargado de espiar las maniobras y formaciones del adversario. Mientras escribo, estas prácticas han sido condenadas por las principales Universidades, prometiendo abstenerse de emplearlas; pero en la época de mi estancia en Westmouth, el recelo era grande y la prudencia justificada.
 La eficacia de semejante espionaje debe sorprender a los que, como la mayoría de los franceses, no conocen más que dos tipos del fútbol: el fútbol asociación y el rugby, admitiendo los dos infinita variedad de combinaciones y exigiendo que se improvisen las mejores concepciones tácticas. Pero el fútbol americano es un juego más mecánico. Adelantar con la pelota es tan difícil que, para engañar y franquear la defensa, el equipo asaltante debe preparar sus ofensivas pulgada a pulgada, tal como llegaron a hacerlo, en 1917, las infanterías europeas. Una larga serie de movimientos (llamados “plays” o “juegos”) son estudiados, aprendidos de memoria, ensayados, y alguno de entre ellos lleva además un número. Si el capitán anuncia “23”, en seguida cada jugador sabe el lugar que debe ocupar en la formación y si su papel será atacar, pasar, despejar de un puntapié o, por el contrario, bloquear a adversario. Siendo ésta la naturaleza del juego, es fácil imaginar lo útil que puede ser para un equipo el conocimiento de las formaciones “ensayadas” por sus rivales.
 En el transcurso del mismo partido es necesario vigilar que el equipo adversario no pueda adivinar que tal señal corresponde a tal serie de movimientos. Por lo tanto, se han inventado mil combinaciones para guardar el secreto. Tan pronto el capitán y sus hombres se reúnen en un pequeño círculo apretado, el plan del próximo ataque se indica en voz baja; luego se grita el número en voz alta, pero perdido entre otros muchos. Por ejemplo; se llega a un acuerdo entre el capitán y sus hombres para que, de tres grupos de cifras, sea únicamente el segundo el que importe. Entonces “43, 37, 25” significa para los indicados: “juego 37”. O bien, el grupo de dos cifras que sigue a un 9 es el que tiene valor. Así, “21, 37, 39, 30” quiere decir, que el juego sea el 30. Además, para el caso de que estas combinaciones, pese a su complicación, sean descubiertas, el coach (o entrenador), enseña a sus hombres el arte de transformarlas durante el transcurso del partido, como hacen los Estados Mayores mediante códigos misteriosos que, en tiempo de guerra, sirven para cifrar los despachos.
 Pido perdón por esta digresión; era necesaria para que el lector pudiera, comprender el primero de los episodios a los que me refiero y que revelaron el psicógrafo al público americano. Les explicaré brevemente porque es fácil encontrar una descripción detallada en los periódicos de la época. Por lo que a nosotros se refiere, es suficiente saber: 1.º Que el joven Darnley, fanático del fútbol, además de asistente de Hickey, era asistente del coach de Westmouth, el famoso Lovejoy; 2.º Que el partido Westmouth-Ejército era todos los años el acontecimiento central de la temporada de fútbol; 3.º Que aquel año el equipo del Ejército (el de los cadetes de West-Point) era infinitamente superior que el nuestro; 4.° Que las jugarretas más sabias de West-Point fracasaron, no obstante, milagrosamente; 5.° Que pese a nuestra inferioridad evidente, Westmouth, con gran sorpresa de todos los expertos, gano el partido por 27 puntos contra 15; 6.º Que nuestro coach, después del partido, dejó escapar delante de Hickey unas frases imprudentes, o más exactamente, inconscientes; 7.º Que Hickey llevó a cabo una rápida investigación que demostró que la víspera Darnley había instalado un psicógrafo en el cuarto ocupado por el capitán del equipo de West-Point, en el hotel de Westmouth; 8.º Que estos hechos fueron inmediatamente puestos en conocimiento del presidente Spencer y que este, hombre honrado, pidió inmediatamente que se jugara otra vez; 9.º Que está aventura ocupó durante dos semanas todos los periódicos deportivos de los Estados Unidos; 10.º, y última. Que Hickey, físico solamente conocido en la víspera por algunos especialistas, se hizo de la noche a la mañana tan célebre como un boxeador o como un bandido.
LA MAQUINA DE LEER LOS PENSAMIENTOS de ANDRE MAUROIS: PLAZA Y ... Entonces vimos, Susana y yo, cómo nuestra avenida, antes tan tranquila, se llenaba de reporteros. Los mejores periodistas de Nueva York fueron encargados de «tratar», como se dice allá, el asunto Hickey. Mi vecino se había transformado en “noticia de primera página”, y cuando las Agencias descubrieron que también yo había estado mezclado a la invención del psicógrafo, empecé a recibir telegramas pidiéndome artículos sobre la “máquina para leer el pensamiento”. Naturalmente me abstuve de hacerlo por estar firmemente decidido a no comprometer en mi persona la dignidad de la Universidad. Pero algunos de nuestros colegas sintieron menos escrúpulos y lograron, para Westmouth, en la Prensa de los dos Continentes, una publicidad desagradable.
 Fue esta publicidad la que causó el segundo episodio al que me he referido. Quiero hablarles del célebre asunto Ladislas Kogacz. Recordarán la historia de aquel brillante abogado acusada de haber asesinado al marido de la mujer que era su amante. La importancia de la lucha oratoria entre el acusado y el fiscal del distrito había, en algunas semanas, transformado el asunto Kogacz en una causa casi tan célebre como el asunto Dreyfus; después de la condesa, millares de telegramas habían llegado a manos del gobierno del Estado, suplicándole que indultara a un inocente. Por tres veces fue anunciada la ejecución, y por tres veces el gobernador, justamente preocupado, había encontrado pretextos legales para conceder un aplazamiento. En aquel momento, la prensa reveló la existencia del psicógrafo y, naturalmente, las autoridades de la prisión concibieron la idea de pedir a Hickey uno de sus aparatos para instalarlo en la celda de Kogacz.
 Recuerdo la velada durante la cual Hickey y yo discutimos prolijamente, ante nuestras esposas sobre aquel asunto. Hickey vacilaba sobre la respuesta que mandaría a las autoridades de Pensilvania.
  —Me parece —decía— que sería poco deportivo violar así, sin que quepa una defensa, el refugio más secreto del espíritu de un prisionero. Es dar demasiadas facilidades a la acusación.
  —No opino como usted —le contesté—. Si Kogacz es inocente, su aparato ofrecerá la prueba indiscutible de esta inocencia. Si es culpable, peor para él. No me interesa un asesino.
  —Aunque haya matado —decían nuestras esposas—, ¿por qué entregarlo? El que asesina por amor no es peligroso. No os mezcléis en este asunto.
 Hickey terminó por ponerse de mi parte, o por lo menos reconocer que no podía negar a la justicia del país donde vivía el beneficio de un descubrimiento ya del dominio público, y por fin mandó a Darnley a Pensilvania. Aquello fue la condenación definitiva del desgraciado Kogacz, que no solamente era perfectamente culpable del crimen, sino de otros dos, revelados por el psicograma. Después de aquello, Kogacz pasó directamente a la silla eléctrica y Hickey se transformó más que nunca en la providencia de los periodistas. Le molestaban, hablaba de abandonar Westmouth y refugiarse en Inglaterra, pero hubiera sido en vano. El psicógrafo era ya conocido en el mundo entero y su inventor condenado a la gloria.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1985, en traducción de Rosa S. de Naveira. ISBN: ISBN: 978-84-0142-164-8.]

miércoles, 22 de mayo de 2019

El lado oscuro de la red.- Misha Glenny (1958)


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Libro primero
Interludio
En el país de no sé qué ni dónde

«Existen en internet tres grandes "amenazas", que se manifiestan con distintas apariencias. La primera es la delincuencia informática. Su manifestación básica es el tarjeteo, el robo de datos de tarjetas de crédito y su clonación con fines, lucrativos, pero existen muchas otras estafas. Una de las más rentables, por ejemplo, es el llamado scareware, un método perfeccionado por una empresa ucraniana llamada Innovative Marketing. La compañía reclutó varias docenas de jóvenes de Kiev, la capital de Ucrania, la mayoría de los cuales creían estar colaborando con una start-up dedicada a la venta de productos de seguridad legales. Pero no era así.
 La empresa se dedicaba a enviar falsos antivirus que, una vez instalados en un ordenador personal, abrían una ventana en el navegador en la que se alertaba al usuario de que su equipo había sido infectado por un virus. El aviso explicaba que el único modo de deshacerse del virus informático infiltrado en el disco duro y la memoria RAM era hacer clic en un enlace y comprar "Malware Destroyer 2009", por nombrar sólo uno de sus incontables productos.
 Tras descargar el programa (al precio de cuarenta euros), Innovative Marketing solicitaba que el usuario eliminase los programas antivirus existentes, por ejemplo Norton, e instalase su producto. Una vez instalado el programa no hacía nada, era una aplicación vacía; la única diferencia era que desde entonces el equipo era vulnerable a todos los virus y que el usuario había pagado por hacerse con  tan dudoso privilegio. [...]
 Además del scareware, existen los fraudes de "inflar y tirar" (pump-and-dump): los hackers acceden a webs financieras e inflan, por vía digital, el precio de las acciones para después venderlas y provocar un derrumbe de los valores. Y los fraudes de nómina, en que los delincuentes piratean los ordenadores de una empresa para inscribir a empleados fantasma en la base de datos de la plantilla. Los hackers les asignan sueldos reales, que de mes en mes perciben las llamadas "mulas financieras". A cambio de una modesta remuneración, las mulas ingresan el dinero en un banco alejado del lugar del delito. [...]
 El segundo gran grupo de fechorías en la red es el del ciberespionaje industrial. Según el informe anual de amenazas publicado por el gigante de las telecomunicaciones estadounidense Verizon, esta categoría representa el treinta y cuatro por ciento de la actividad criminal y todo apunta a que es la más lucrativa. Los avances en tecnología de la comunicación facilitan el robo de secretos industriales. Hasta la popularización de los ordenadores, robar material implicaba irrumpir de forma física en una empresa o, si el hurto lo cometía un infiltrado, encontrar la manera de obtener y distribuir los datos buscados.
 Hoy en día, esas dificultades han desaparecido: los ladrones industriales pueden piratear el sistema de una empresa y peinarlo en busca de proyectos, estrategias de mercado, nóminas o lo que sea que estén buscando, para después descargarlo. Antes de convertirse en el legendario Iceman, Max Vision trabajaba en la Costa Oeste como controlador de penetración, es decir que las empresas le pagaban por intentar introducirse en ellas. En una entrevista personal, vestido con el uniforme naranja que es el uniforme de la prisión, Vision me explicó que "en aquellos años, sólo había una empresa a la que no pude acceder, una gran compañía farmacéutica estadounidense". Es comprensible: el valor de las empresas farmacéuticas reside en la investigación, y el robo de fórmulas para nuevos tratamientos puede acarrear pérdidas de cientos de millones de dólares y la caída del precio de sus acciones. [...]
 Se sabe asimismo que el Stuxnet -hasta la fecha el virus más sofisticado el mundo- debió de introducirse en su objetivo aparente, las plantas nucleares de Irán, gracias a que alguien (a sabiendas o no) infectó el sistema informático con un CD o un lápiz de memoria. [...]
 El Stuxnet simboliza de forma visible el tránsito hacia la tercera gran amenaza: la guerra informática. Es un virus tan complejo que los investigadores estiman que, de haberlo creado una sola persona, su desarrollo habría requerido varios años, lo cual significa que un equipo de ingenieros tuvo que trabajar en él durante un tiempo considerable. El crimen organizado no opera de esa manera. La única organización capaz de desarrollar el Stuxnet es un Estado capaz de dedicar abundantes recursos al diseño y producción de armas cibernéticas ofensivas y defensivas, lo cual no impide que quienquiera que produjera el Stuxnet tomara prestadas muchas técnicas y códigos informáticos de las decenas de miles de hackers de sombrero negro o gris que habitan el ciberespacio. Los hackers con mala fe alimentan la creatividad en todas las áreas del lado oscuro de la red. Tanto el ejército como el sector privado, la policía y las agencias de inteligencia adoptan al instante las herramientas que crackers y hackers desarrollan. [...]
 A los guerreros informáticos se los conoce también como segurócratas informáticos; ellos son los profetas que anuncian que el cielo está a punto de desplomarse sobre nuestras cabezas. [...]
 La mayoría de los segurócratas alegan que la única manera de evitar un Pearl Harbor digital o ciberapocalipsis es invirtiendo dinero en sus empresas y laboratorios de ideas con el fin de intensificar la investigación sobre el tema.
 De hecho, eso ya está ocurriendo. Los sucesos de Estonia aceleraron el camino hacia la militarización del ciberespacio. La OTAN empezó por aceptar la creación del Centro de Excelencia para la Ciberdefensa Cooperativa, de majestuoso nombre, en Tallin en 2005. [...]
 Las redes informáticas habían adquirido tal importancia tanto para la estructura del Departamento de Defensa como para su capacidad ofensiva y defensiva que Robert Gates, el secretario de Defensa, tomó la trascendental decisión de crear una nueva rama militar: el ciberespacio.
 Esta quinta rama -hermana de las de tierra, mar, aire y espacio- es la primera esfera de operaciones militares creada por el hombre y las reglas de combate por las que se rige resultan de una opacidad casi absoluta.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2012, en traducción de David Paradela López. ISBN: 978-84-233-4584-7.]
 

viernes, 3 de agosto de 2018

El hombre de ninguna parte.- Aleksandar Hemon (1964)

 
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7.-El hombre de ninguna parte. Kiev, septiembre de 1900 - Shanghai, agosto de 2000

«Hemos de decir que la verdad probablemente era algo distinta. Evgueni Pick nace con el nombre de Evgueni Mijailovich Kojevnikov, en Kiev, en septiembre del 1900, hijo de un coronel del ejército cosaco y una madre judía violada, que muere a darle a luz. Su padre cuida de él, paga a una tía soltera y loca para que le críe, hasta que se arruina con el juego y se suicida, dejándole a Pick enormes deudas y la furia de su tía, ahora sin fuente de ingresos, transmitida a través de una paliza con un palo de escoba. En ninguna parte consta sable alguno. Aparte del suplicio provocado por la escoba que siguió a la muerte de su padre, poco se recuerda de la infancia, adolescencia o juventud de Pick. Tras unos años en blanco, le encontramos sirviendo en el ejército ruso en 1917, hasta que es capturado por los alemanes, pero sólo una vez. No sabemos cuándo ni si de hecho escapó, pero en el otoño de 1917 se halla en San Petersburgo, en plena Revolución. Parece que el fervor revolucionario, por no hablar de las numerosas oportunidades para robar y saquear, le animaron a convertirse en revolucionario. Sus obligaciones son las de un comisario político: pronunciar discursos acerca de una abundante selección de injusticias y cuando levanta el brazo y señala en la dirección de las sanguijuelas capitalistas sedientas de sangre, los que le escuchan se muestran impacientes por ir hacia esa dirección, por lejano y peligroso que sea su destino.
 Su buena labor revolucionaria le permite estudiar en Moscú de 1919 a 1922, en la Academia Militar, y al mismo tiempo en la Academia de Música y Teatro. Tras graduarse, se dice  que trabajó como segundo agregado militar en las embajadas soviéticas de Afganistán y Turquía, destinos cuya falta de interés sería insoportable de no ser por lo fácil que era obtener abundante opio de primera clase.
 En 1925 llega a Shanghai con el Transiberiano, pasando por Vladivostok y Harbin. Oficialmente es agregado a la misión militar soviética –es decir, un espía-, un hombre de negocios que vende espacios publicitarios en los periódicos rusos. Pero en realidad sirve al Komintern, construye redes de espionaje, contacta con gente que puede proporcionarle información, parte de la cual no comparte con sus camaradas, guardándosela para cuando pueda necesitarla.
 Y llega un día, en 1927, cuando según Wasserstein, cambia de chaqueta y proporciona a la inteligencia británica de Shanghai una selección cuidadosamente recopilada de información pertinente, adornada con subtramas fantasiosas de ubicuas conspiraciones del Komitern en China y -¿por qué detenerse ahí?- en el mundo en general. Todo ello lo relata con un tono sensato, mesurado y sin embargo cautivador, con todos los acentos en el lugar adecuado, y todo eficazmente salpimentado de especias sin valor (personajes superfluos, detalles inútiles, frecuentes digresiones acerca de su pobre y vulgar persona) que conforman el inevitable azar de la existencia vulgar, la vaguedad necesaria para crear la ilusión de una vida real e incontrolable. Sus interlocutores, todos procedentes de buenas familias y educados en las universidades de élite inglesas- obviamente superiores desde el punto de vista intelectual a un efusivo vagabundo ruso-, escuchan sus historias con fruición. No tardan en enviar la confesión de Pick al Foreign Office, acompañada de una nota del embajador inglés, Sir William Senson, en la que afirma que “a pesar de que [la exactitud de la información de Pick] no puede garantizarse, posee el aroma de la verdad”.
 Y el aroma de esa verdad es al parecer un costoso perfume, pues gracias a la generosa recompensa de los ingleses y los beneficios obtenidos en los pequeños pero lucrativos tratos con sus conocidos, el capitán Pick consigue abrir su propio teatro en Shanghai. El teatro tiene el ambicioso nombre de Gran Ópera del Lejano Oriente y él es el empresario, el director de escena, cantante de ópera, bailarín y actor principal. Hay que observar que su nombre artístico, siempre presente en la elegante marquesina del teatro, es Eugene Hovans.
 Es en el escenario de la Gran Ópera donde Pick/Hovans interpreta su papel más importante: el papel de Chichikov en Almas muertas de Gógol. […]
 Pero cuando no lleva al público a un orgasmo de nostalgia, el capitán Pick complementa su fama con el lucro cosechado en los fértiles y repugnantes campos de la anarquía de Shanghai. Chantajea a un juez americano del que ha descubierto que es homosexual. Un día el cadáver del juez aparece en las orillas del Whangpu, con el recto extirpado. En 1929, el capitán Pick es sentenciado a nueve meses de cárcel por haber vendido, bajo el nombre de Joseph Pronek, bonos de países extranjeros inexistentes a unas cuantas mademoiselles fácilmente seducibles y a unas codiciosas damas inglesas. Posteriormente, dice Wasserstein, intenta vender panfletos y libros sin valor que los culis le roban en el consulado soviético, que con su floridón estilo narrativo intenta hacer pasar por documentos claves de una conspiración. Escribe una columna para un periódico ruso que se publica en Shanghai, en el que denuncia las debilidades de los pilares de la comunidad, a no ser que dichos pilares le ofrezcan una recompensa que le haga desviar la mirada hacia las fragilidades de otros pilares. En 1931, bajo el nombre de doctor Montaigne, se hace pasar por asesor militar del gobierno chino y se queda con millones de dólares destinados a comprar armas que no existen que es lo que, en última instancia, impide que pueda entregarlas. Sus clientes se pasan meses imaginando su futuro poder, esperando a que lleguen las armas y repitiendo las historias de Pick, hasta que es arrestado y condenado a un año de cárcel. En la cárcel hace unos cuantos amigos chinos, algunos de ellos miembros leales del Clan Verde, que se ocultan de la ley en sus cómodas celdas (el Clan, amablemente, les proporciona de todo, desde opio y chicas hasta chicos y heroína) hasta que el recuerdo de sus crímenes queda borrado por los nuevos crímenes de sus colegas y conocidos. Una vez fuera de la cárcel, Pick se va a vivir con una georgiana dueña de un burdel ubicado justo detrás del Hotel Astor House e inicia una modesta empresa de trata de blancas. Tanto sus amigas rusas –esas damas venidas a menos- cono sus camaradas del Clan Verde le resultan muy útiles en su nuevo negocio, que un periódico ruso moralista de Harbin saca imprudentemente a la luz.
 Pero a nadie le importan esas acusaciones farisaicas (aunque dejan una pequeña huella en el corazón de Pick): Shanghai es un lugar distinto del mojigato Harbin, la gente hace lo que tiene que hacer y lo que puede para ganarse la vida de una manera decente. Además, el capitán Pick es un hombre apreciado, “el alma de todas las fiestas a las que asiste”, y él, Dios le ampare, asiste a muchas. Es el corazón de la comunidad rusa, siempre capaz de expresar los profundos y auténticos sentimientos del pueblo ruso. […]
 Incluso los informes de la inteligencia estadounidense, famosos por su seriedad, a duras penas se resisten a los encantos del capitán Pick, y le describen como “un hombre bien educado, con facilidad para los idiomas, actor de talento, fascinante narrador, aunque de pluma fácil. También es traficante de armas, proxeneta, agente de inteligencia y competente asesino”.
 Siempre sensible a los tornadizos vientos de la historia, el capitán Pick ha cultivado sus contactos japoneses con especial cuidado ya desde el principio de su vida en Shanghai, pero en 1937, después de la invasión japonesa de China, comienza a trabajar para la Oficina de Inteligencia Naval Japonesa de Shanghai. Forma un grupo de unos cuarenta agentes europeos (sin contar la pandilla de señoras rusas drogadas) que supuestamente espían a otros europeos de Shanghai y que se creen a salvo del poder japonés en la Colonia Internacional y la Concesión Francesa. Su grupito es la élite de los bajos fondos de Shanghai: el barón N.N. Tipolt, chantajista, timador y confidente de la Gestapo; el conde Víctor Plavchuk, hábil con el cuchillo […]; el almirante Marcus Templar, supuesto miembro de la Casa Real Griega, cuya especialidad es tomar fotos a escondidas, que luego se utilizan para el chantaje; Bernie y Ernie McDunn, dos siameses de Chicago unidos por la cadera, capaces de lo que sea por una dosis de heroína; Alex Hemmon, antiguo miembro del Clan Púrpura de Detroit, un sicario que tiene que matar a alguien cada vez que se emborracha (cosa que hace de manera habitual), […]
 A finales de los años treinta, bajo la protección de los japoneses, el capitán Pick lleva una vida regalada. […] En 1940 Pick va a Japón a pasar unas vacaciones […]
 Un informe de posguerra de la Inteligencia estadounidense, citado por Wasserstein (redactado por un tal capitán Owen), relata lo que era un día normal en la vida de Pick: se levanta antes del alba, observa salir el sol entre la húmeda neblina que flota sobre el río Whangpu, en cuyo puerto están anclados los imponentes barcos japoneses, entre los que se deslizan tímidamente algunos juncos; escucha en la radio las noticias de Moscú, Londres, Honolulú (disfruta con la GlenMiller Band, tarareando las melodías que toca el trombón de Glen); de seis a siete de la mañana está al teléfono, recibiendo y enviando información a Shanghai, transmitida a menudo como puro e inocente chismorreo. Lee los periódicos rusos y desayuna (dos huevos, una montaña de bacon, un río de café) y a veces deja una flotilla de saliva con yema de huevo sobre los periódicos, furioso ante sus deshonestas mentiras. A continuación se dirige a la oficina de la Inteligencia Naval, donde organiza los archivos o se masturba en previsión del almuerzo que tomará en compañía de su última y joven amante. A no ser, naturalmente, que tenga que dirigirse al cuartel general de la Policía del Pensamiento japonesa para supervisar el interrogatorio de algún extranjero, añadiendo a menudo un toque ruso: azotar al prisionero con un látigo nudoso, hasta que salten pedazos de carne. A la una come con la joven con la que planea acostarse. Tras el postre la lleva a la habitación 741, le hace el amor apasionadamente y luego se echa una siesta en toda regla. El personal del hotel se arriesga a recibir un tiro si entra en su habitación durante la siesta, que acaba exactamente a las tres en punto. Entre las tres y las cuatro telefonea a sus superiores japoneses, solicitando benevolencia hacia alguno de sus conocidos y, a veces, mano dura contra los judíos de Shanghai. Posteriormente celebra las reuniones que tienen que ver con sus actividades teatrales, musicales o benéficas.»
 
[Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Editorial Anagrama, en traducción de Damián Alou. ISBN: 84-339-7026-7]

sábado, 16 de junio de 2018

Bajo el león de San Marcos.- Ana Alcolea (1962)


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«-¿Por qué has dicho que estos platos son un tesoro, Giusseppe? A mí me gustan más los otros, los que llevan el ribete rojo y el escudo de los Lusignan.
 -También son magníficos, sí, propios de un rey. Aquellos los mandó hacer en Francia el padre del difunto esposo de la señora; pero estos que acabas de poner en la mesa tiene aún más valor. Fueron un regalo. Vienen de la persona más importante de la República de Venecia -y bajó la voz para susurrarle casi al oído a Angélica-.  Fue el mismo dogo el que se los regaló a Caterina cuando llegó de Chipre. El dogo Barbarigo, Agostino Barbarigo, el que provocó la muerte de su hermano de un disgusto.
 A Angélica aquello le pareció interesante para sus investigaciones. Estaba allí para averiguar cosas, no sabía el qué, pero consideraba que todo lo que oyera sobre los patricios venecianos podría interesar a su señora. ¿A su señora? Su señora también era Caterina, a la que estaba traicionando con cada frase que oía y le parecía digna de ser contada a Mariana. Aquello le producía un malestar en el estómago que no habría sabido definir. La historia del dogo Barbarigo y de su hermano muerto la había oído antes pero nunca le habían interesado los tejemanejes políticos. Y ahora estaba metida en uno de ellos. Sólo que no sabía en cuál, ni en qué. La tripa le dio una punzada que le cambió la cara. Agradeció la poca luz de la sala que evitó que Giusseppe se diera cuenta de la expresión de su rostro.
 -¿Y por qué se los regaló? -acertó a preguntar.
 -Los señores se hacen regalos así para quedar bien, aunque por detrás se den puñaladas -musitó a la vez que miraba a su alrededor para comprobar que nadie podía escuchar aquellas palabras que podrían ser consideradas de traición a la Serenísima-, que es lo que Agostino Barbarigo le hizo a la pobre Caterina: primero la mandaron a Chipre como reina consorte y luego él la obligó a abdicar. Su marido y su hijo muertos, quién sabe por qué razón -y bajó aún más la voz al decirlo-. Aquellas tierras marinas son demasiado calurosas y no son sanas. La reina sigue enfermando de vez en cuando desde que llegó. En fin. A cambio de todo, el dogo le regaló los platos que ves, con su propio escudo: banda azul sobre campo blanco, con el gorro dogal como corona. Aquí lo tienes, en el medio, para recordar a Caterina el acto ignominioso. Una puñalada por la espalda, ya ves.
 -Algo más le daría, ¿no? Este palacio, por ejemplo... -empezó a hablar Angélica.
 -Ya, ¡qué menos después de todo lo que la habían obligado a hacer! Tuvo todo lo que no había pedido, amó antes y después al hombre que le comunicó que debía volver para siempre a la laguna, a la vez que él tornaba para siempre a Chipre. Tuvo marido, hijo y una isla. Lo perdió todo, y su amante se casó con una prima suya, prima a su vez de tu señora, doña Mariana.
 -¿Cómo sabes todas esas cosas Giusseppe? -a Angélica le parecía apasionante lo que el hombre le estaba contando, pero enseguida se dio cuenta de que no era útil para su labor, supuso que todo aquello ya lo sabría la Contarini. No habría nada nuevo para Mariana en las palabras del jardinero.
 -Yo estuve siempre a su servicio: me enviaron a Chipre con ella y luego la acompañé en su exilio y aquí permanezco, a su lado. Yo también me he quedado solo. Mi mujer también murió de las mismas fiebres que el rey en aquella insana ciudad de Famagusta, y mis dos hijos. Allí hace demasiado calor. Los venecianos querían Chipre a toda costa. Está en un lugar estratégico, cerca de Egipto y del imperio turco. Desde allí controlan todo el comercio del Mediterráneo. Pero no es un buen sitio, créeme. Hay muchas enfermedades que surcan los mares desde tierras lejanas y se aposentan allí -a Angélica le dio un temblor al escuchar aquello. Se acordaba de Giovanni-. Mucho ha luchado la Serenísima República para hacerse con el poder de la isla. De nada les servirá dentro de poco. Ya hace unos años que el genovés ha encontrado otra ruta para llegar a Oriente sin tener que pasar por las tierras de los infieles. Y el portugués acaba de rodear el Cabo de Buena Esperanza para ir a Oriente. El declive de Venecia está a punto de empezar. Yo no lo veré. Soy viejo, pero tú sí. Eres una niña y verás caer la República. Me lo contarás cuando nos veamos en el infierno.
 A Angélica le dio un escalofrío. Ella no tenía ninguna intención de ir al infierno y tampoco creía que aquel hombre fuera a parar ahí. No le gustaba el calor y seguro que haría lo posible para no acabar en el fuego del reino de Plutón.
 -¿Quién es ése al que llamas "el genovés"? -consiguió preguntar.
 -Un tal Cristoforo Colombo. Ha descubierto un nuevo camino a través del gran océano. Y lo ha hecho para el rey de Aragón, el enemigo mortal de Venecia. La mayor revuelta que vivimos en la isla fue organizada por los aragoneses y por los napolitanos. Seguro que el rey Fernando, al que llaman "el Católico" estaba detrás de todo aquello. Creo que uno de los invitados de su majestad es un súbdito de Fernando y de Isabel, su mujer, la reina de Castilla. Acaban de vencer a los pocos árabes que quedaban en sus reinos y de expulsar a los judíos. Conozco en Venecia una familia recién instalada. Gente de Zamora, una ciudad de Castilla, joyeros. Nuestra reina había sido informada sobre la llegada de estos artesanos y me mandó a que echara un vistazo sobre las cosas que hacen. Es un maestro de la orfebrería, micer Isaías de Alcalá.
 -Pues yo he oído que el invitado es un tal Tuzio Costanzo, de Castelfranco, un noble de mi pueblo, que frecuentaba a mis antiguos amos -dijo Angélica-. Nada de embajadores de ningún Fernando ni de ninguna Isabel.
 -Ay, pequeña, me habré equivocado. Quizá ese vino el mes pasado. A mi memoria le gusta jugar conmigo, ¿sabes? No me hagas mucho caso. De todos modos, no nos importa, ¿a qué no? Tú limítate a terminar de colocar la mesa y yo pondré las flores, que es para lo que estamos aquí. La política se la dejaremos a los señores. Voy a la cocina para que Teresa me dé algo que comer mientras terminas. Luego regresaré. Adiós.
 Y se fue sin decir nada más. Angélica se quedó allí quieta unos segundos, intentando registrar todo aquello que le había contado Giusseppe. En aquellos momentos, le habría gustado saber escribir como los secretarios de los señores, para poder apuntar todo y no dejarse nada de lo que le parecía importante. Por otra parte, cada vez iba sintiendo más simpatía por aquella mujer que había sido reina y ahora era espiada por su envidiosa prima a través de ella. Ella que, al fin y al cabo, no era más que una insignificante criada.»
 
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Algaida editores, 2009. ISBN: 978-84-9877-224-1.]