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sábado, 19 de septiembre de 2020

Pablo y Virginia.- Marcel Mithois (1922-2012)

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Capítulo  XVIII: La sorprendente sorpresa del "jefe"

  «Había poca gente en París a la que debiéramos a la vez dos invitaciones a cenar y cinco millones.  Los Baux de Ruche tenían el feliz privilegio de ser de éstos. Me diréis que Seraphin Baux de Ruche, por ser mi banquero, tenía más vocación a prestarme dinero que a pedírmelo. Pero, en fin de cuentas, nada le obligaba además a invitarnos dos veces a "Maxim's".
 Nada le obligaba a interrumpirme cada vez que, tras las primeras bocanadas de nuestros cigarros, me creía obligado a farfullar: "No me olvido, querido señor, que hace ya seis meses hubiera debido devolverle..." Me atajaba. Yo no insistía. Soy lo bastante bien educado: cuando me dicen que me calle, me callo.
 Pero, aun persistiendo en callarme, había que tener un gesto. Ese gesto, desde hacía seis meses vacilábamos en tenerlo, aplazando siempre para el día siguiente el momento de devolver una parte de sus amabilidades a los Baux de Ruche. Destilan, en efecto, un aburrimiento tan distinguido y tan considerable que cada vez que estamos con ellos Virginia y yo sufrimos un martirio a fuerza de reprimir bostezos en cadena. Tras su segunda cena, la demasiado sutil Virginia decretó:
 -¡Estamos en paz! Hace cinco horas en total que les hacemos compañía. Con ellos uno se aburre a razón de un millón por cada hora. Esto salda la cuenta.
 Para los Baux de Ruche eso no debía saldar la cuenta. Las vacaciones vivificantes habían transcurrido entre sus agobiantes veladas. Revigorizados, ahítos de glóbulos rojos, no teníamos en verdad ninguna excusa para recular.
 -Esta misma semana -le dije resueltamente a Virginia-, hay que invitar a nuestros banqueros. Más tarde será demasiado tarde. Habremos perdido todo el beneficio del cambio de aires y ya no tendremos la resistencia necesaria. Voy a fijarles una cita en un restaurante decente...
 -¡Estás completamente loco! ¿Un restaurante? ¡Para hacerles creer que nos gastamos el dinero que les debemos! Ni hablar. Les recibiremos en casa. Será una cena sencilla, pero íntima y muy simpática...
 -¡Simpática! -grité-. ¡Simpática con Maria Nade!
 Madame María Nade es una señora encantadora, pero de bastante edad, que trabaja -dice ella- en casa hace quince días como criada. Se toma la vida por el lado bueno. La suya, se entiende. No la nuestra. Pero, ¿quién podría censurar a una mujer de edad tan venerable que no se muestre más altruísta?
 -No te preocupes. Todo saldrá perfecto -prometió Virginia-, por la sencilla razón de que yo me ocuparé de todo: desde la compra hasta la cocina...
 Debí haber mirado a Virginia con la misma zozobra que si ella me hubiese anunciado: "Mañana por la noche canto Tosca en la Scala de Milán y en italiano".
 -¿Tú? -exclamé plañideramente-. Pobre cariño mío, no has hecho jamás una cosa ni otra. ¿Crees que es razonable escoger por cobayos a personas a quienes debemos dinero?
 -No soy más tonta que otra cualquiera. La compra: basta con escoger y comprar. En cuanto a la cocina, hay libros muy bien escritos sobre la cuestión. Lo que más me inquieta es el ambiente. Habría que invitar a un matrimonio dinámico y charlatán, pues no me siento con valor de sostener además la conversación durante tres horas. ¿Se te ocurre alguien?
 -Bijou.
 -¿Qué Bijou?
 -Un periodista amigo mío: Rafael Bijou. No le visto nunca permanecer callado más tiempo del que se necesita para encender un cigarrillo. Además, todo lo sabe, o cree saberlo. No se puede nombrar delante de él "Berlín", pongo por ejemplo, sin que en seguida empalme: "No hay dos soluciones, sólo existe una...", o "¡Qué calor!, sin que empiece: "Cuando estaba en el Gabón, en 1957, el barómetro..." Esto sucede con todos los temas, y dura una hora cada vez.
 -Ese es el hombre que necesitamos -dijo Virginia-. Invítale a comer con su mujer, si es casado.
 Lo era. Invité, pues, a los Bijou y a los Baux de Ruche, y la cena quedó fijada para el sábado.
 Desde el amanecer del viernes comenzó Virginia a atarearse. Y yo a angustiarme. ¡Oh!, angustia simplemente. Si yo supiese leer el porvenir, mi zozobra habría sido más punzante todavía. Virginia, totalmente entregada a la gestación de su obra maestra, deambulaba por el piso, hojeaba libros, diccionarios; salía y regresaba apretándose la frente, con la mirada extraviada hacia cumbres imaginarias, como si fuese a parir la cúpula de la Sixtina. Tras largas meditaciones, nuestro Miguel Ángel del fogón consistió en participarme el genial boceto de su menú: soufflé de queso, pollo al curry, arroz a la india, ensalada de frutas.
 -En tu lugar -propuse con la esperanza de minimizar los riesgos-, reemplazaría el soufflé por melones, el curry por pollos fríos y el arroz por ensalada rusa.
 Virginia se burló:
 -Tienes miedo. Confiésalo. No seas poltrón. Pues bien, vas a ver que puedo ser, cuando quiero, una perfecta mujercita de su casa. Se chuparán los dedos. Créeme. Se hablará mucho de mi cena...
 Tenía razón. Cuatro personas hablaron mucho tiempo: los Baux de Ruche y los Bijou. Prefiero hablar poco de ello. Lo preciso para daros una idea de aquel festín... Iba a decir cínicamente "para abriros el apetito". Así, pues, el viernes fue consagrado a las compras de Virginia; vuelta matutina por las Halles, visitas a las tiendas de hortalizas, de vinos, a las mantequerías... El sábado, al entrar en la cocina, encontré a Virginia sentada ante cuatro gruesos tomos cuyas páginas volvía febrilmente.
 -Hice bien -me dijo- en comprar varios. Para el mismo plato, la receta de cada libro es diferente. Por lo demás, ninguna me parece perfecta. Creo que escogeré de cada una los consejos que me parezcan mejores...
 Esperando un apoyo de mi parte, María Nade se atrevió a insinuar tímidamente:
 -Le juro, señora, que para hacer cocer el arroz hace falta agua. Lea, lea bien hasta el final...
 Virginia palideció como si le hubiesen echado en plena cara su edad.
 -Una vez por todas, mi querida María, le pido que no ponga su grano de sal en mi cocina. Soy lo bastante mayor para preparar sola una cena. Sus estúpidos consejos no hacen sino embarullar mis ideas...
 Entonces, tras haberme lanzado una mirada que quería decir: "Después de todo, no estoy en la tierra para impedir que la gente se suicide", María Nade de Aubervilliers se sentó confortablemente, cogió un calendario de Correos y se puso a abanicarse con el desdén de una gran dama española.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1964, en traducción de Domingo Pruna. Depósito legal: B.18.001-64.] 

miércoles, 12 de agosto de 2020

Senectud.- Italo Svevo (1861-1928)

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XIV

  «La criada trajo una lámpara de petróleo encendida, dio las buenas noches y se fue.
 La señora la miró marcharse con una sonrisa bondadosa.
 -No hay manera de quitarle esa costumbre un poco de pueblo de dar las buenas noches cada vez que trae la luz. De todas maneras es una costumbre que a mí no me molesta. Juana es tan buena. Aunque muy ingenua. Es muy raro en nuestros tiempos encontrarse con una persona ingenua. Le dan a uno ganas de curarla de una enfermedad tan adorable. Cuando le hablo un poco de las costumbres modernas abre unos ojos como platos.
 Se echó a reír de buena gana. Para imitar a la persona de la que estaba hablando abría de par en par sus ojos pequeñitos y bondadosos, como si se hubiera dedicado a estudiarla para disfrutar más de ella.
 La biografía de la criada vino a interrumpir la emoción de Emilio. Para aclarar cierta duda que se le presentó, dijo que aquella tarde había estado en el cementerio. Y, efectivamente, su duda quedó resuelta, porque doña Elena le dijo:
 -Yo, al cementerio, no voy nunca. Desde que murió su hermana no he vuelto a poner los pies allí.
 Declaró que ahora ya sabía bien que con la muerte no hay manera de luchar.
 -Quien se muere, muerto está, y el consuelo no puede venirnos más que de los vivos. Por desgracia, es así -añadió sin sombra de amargura.
 Luego dijo que ella, gracias a la breve asistencia prestada a Amalia, se había visto libre del círculo encantado de sus recuerdos. La tumba del hijo ya no le producía aquella conmoción de sacudida que todo lo hace renacer. Estaba traduciendo, al hablar, el pensamiento del propio Emilio, excepto cuando remató con un axioma moral:
 -Quedan vivos que nos necesitan.
 Volvió a hablar de Juana. También ella había padecido una enfermedad, pero afortunadamente doña Elena la había cuidado y había conseguido salvarla. Se habían conocido durante aquella enfermedad. Y cuando la chica se puso buena, la señora comprendió que era su hijo quien resucitaba en ella.
 -Más modos, más bueno, más agradecido, oh, sí, ¡tan agradecido!
 De todas maneras, aquel nuevo afecto también le proporcionaba quebraderos de cabeza. Juana estaba enamorada...
 Pero Emilio ya no la oía. Estaba enteramente embebido en la solución de un problema muy serio.
 Y, al irse, se despidió respetuosamente, en la puerta, de la criada aquella que había encontrado la ocasión de salvar de la desesperación a un semejante suyo.
 -¡Qué cosa más rara! -pensaba-. Se diría que media humanidad ha nacido para vivir y la otra media para que alguien viva por ella.
 Y volviendo inmediatamente a pensar en su caso concreto, se dijo: "Angelina puede que sólo exista a fin de que viva yo".
 Echó a andar tranquilo, sintiéndose resucitado en la noche que había seguido a aquel día sofocante. El ejemplo de doña Elena había servido para demostrarle que también él podía encontrar en la vida el pan nuestro de cada día, una razón de existencia.
 Esta esperanza le acompañó durante bastante tiempo. Había olvidado todos los elementos reales de que se componía su vida miserable y estaba persuadido de que, en cuanto se lo propusiera, la podría renovar.
 Las primeras tentativas que hizo, le salieron mal. Había ensayado otra vez con el arte y no le había proporcionado ningún tipo de emoción. Se acercó a las mujeres, y no le despertaban interés.
 "Estoy enamorado de Angelina", se dijo.
Senectud. Traducción de Carmen Martín Gaite. de SVEVO, Italo ... Un día, Sorniani le contó que Angelina se había escapado con el cajero de un banco, que había cometido un desfalco. Había sido un escándalo en toda la ciudad.
 Aquello era una puñalada muy dolorosa.
 "Se me ha escapado la vida", se dijo Emilio.
 Y, sin embargo, por algún tiempo, la fuga de Angelina le devolvió a la plenitud de la vida, al más intenso de los sufrimientos y los pesares. Tenía sueños de amor y de venganza, como la primera vez que ella le había abandonado.
 Se presentó a ver a la madre de Angelina, cuando empezaban a debilitársele estos sentimientos, igual que había ido a ver a Elena cuando el recuerdo de Amalia amenazaba con atenuarse. Y también la idea de esta visita se le impuso en un determinado estado de ánimo que exigía de él en aquel preciso instante un nuevo impulso. Tanto es así que la llevó a cabo en horas de oficina, incapaz de demorarla ni un instante.
 La vieja le recibió con la amabilidad de siempre. La habitación de Angelina había cambiado un poco, desnuda de todos aquellos cachivaches que ella había ido coleccionando en el curso de su larga carrera. Hasta las fotografías habían desaparecido, y estarían adornando las paredes de sabe Dios qué habitación en sabe Dios qué país.
 -¿Así que se escapó? -preguntó Emilio con amarga ironía.
 Saboreaba aquel momento como si estuviera hablando con la propia Angelina en persona.
 La señora Zarri negó que Angelina se hubiera escapado. Se había ido a Viena a vivir con unos parientes que tenían allí. Emilio no se lo discutió, pero poco después, cediendo a lo imperioso de su deseo, volvió a tomar aquel tono de acusador del cual había intentado desprenderse. Dijo que se veía venir, que él había procurado corregir a Angelina, enseñándole el recto camino. No lo había logrado y estaba descorazonado. Pero la que salía perdiendo era ella, porque a él nunca se le hubiera ocurrido dejarla si le hubiera tratado de otra manera. No hubiera podido repetir las palabras que pronunció en aquel momento de importancia tan capital, pero debieron ser muy eficaces, porque la señora Zarri se echó a llorar con unos sollozos secos y extraños. Le volvió la espalda y se fue. Él la siguió con la mirada, bastante estupefacto ante el efecto que había producido. Aquellos sollozos eran realmente sinceros. La sacudían de arriba a abajo y le impedían andar.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de Carmen Martín Gaite. ISBN: 84-02-09150-4.]

jueves, 7 de noviembre de 2019

La Celestina.- Fernando de Rojas (c. 1470 - 1541)

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Noveno auto

«Celestina: Sea cuando fuere. Buenas son mangas pasada la pascua. Todo aquello alegra que con poco trabajo se gana, mayormente viniendo de parte donde tan poca mella hace, de hombre tan rico, que con los salvados de su casa podría yo salir de lacería, según lo mucho le sobra. No les duele a los tales lo que gastan y según la causa por que lo dan; no lo sienten con el embebecimiento del amor, no les pena, no ven, no oyen. Lo cual yo juzgo por otros que he conocido, menos apasionados y metidos en este fuego de amor, que a Calisto veo. Que ni comen ni beben, ni ríen ni lloran, ni duermen ni velan, ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según la perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones. Y si alguna cosa de éstas la natural necesidad les fuerza a hacer, están en el acto tan olvidados que, comiendo, se olvida la mano de llevar la vianda a al boca. Pues si con ellos hablan, jamás conveniente respuesta vuelven. Allí tienen los cuerpos; con sus amigas, los corazones y sentidos. Mucha fuerza tiene el amor; no sólo la tierra, mas aun las mares traspasa, según su poder. Igual mando tiene en todo género de hombres. Todas las dificultades quiebra. Ansiosa cosa es, temerosa y solícita. Todas las cosas mira en derredor. Así que, si vosotros buenos enamorados habéis sido, juzgaréis yo decir verdad.
 Sempronio: Señora, en todo concedo con tu razón, que aquí está quien me causó algún tiempo andar hecho otro Calisto, perdido el sentido, cansado el cuerpo, la cabeza vana, los días mal durmiendo, las noches todas velando, dando alboradas, haciendo momos, saltando paredes, poniendo cada día la vida al tablero, esperando toros, corriendo caballos, tirando barra, echando lanza, cansando amigos, quebrando espadas, haciendo escalas, vistiendo armas y otros mil actos de enamorado, haciendo coplas, pintando motes, sacando invenciones. Pero todo lo doy por bienempleado, pues tal joya gané.
 Elicia: ¡Mucho piensas que me tienes ganada! Pues hágote cierto que no has tú vuelto la cabeza cuando está en casa otro que más quiero, más gracioso que tú, y aun que no ande buscando cómo me dar enojo. A cabo de un año que me vienes a ver, tarde y con mal.
 Celestina: Hijo, déjala decir, que devanea. Mientra más de eso la oyeres, más se confirma en tu amor. Todo es porque habéis aquí alabado a Melibea. No sabe en otra cosa en que os lo pagar, sino en decir eso y creo que no ve la hora que haber comido para lo que yo me sé. Pues esotra su prima yo me la conozco. Gozad vuestras frescas mocedades, que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente; como yo hago agora por algunas horas que dejé perder, cuando moza, cuando me preciaba, cuando me querían. Que ya, ¡mal pecado!, caducado he, nadie no me quiere. ¡Que sabe Dios mi buen deseo! Besaos y abrazaos, que a mí no me queda otra cosa sino gozarme de vello. Mientra a la mesa estáis, de la cinta arriba todo se perdona. Cuando seáis aparte, no quiero poner tasa, pues que el rey no la pone. Que yo sé por las mochachas que nunca de importunos os acusen, y la vieja Celestina mascará de dentera con sus rotas encías las migajas de los manteles. ¡Bendígaos Dios, cómo lo reís y holgáis, putillos, loquillos, traviesos! ¡En esto había de parar el nublado de las cuestioncillas que habéis tenido! ¡Mira no derribéis la mesa!
 Elicia: Madre, a la puerta llaman. ¡El solaz es derramado!
 Celestina: Mira, hija, quién es; por ventura será quien lo acreciente y allegue.
 Elicia: O la voz me engaña o es mi prima Lucrecia.
 Celestina: Ábrele y entre ella y buenos años. Que aun a ella algo se le entiende de esto que aquí hablamos; aunque su mucho encerramiento le impide el gozo de su mocedad.
 Areúsa: Así goce de mí, que es verdad, que éstas, que sirven a señoras, ni gozan deleite ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientes, con iguales a quien pueden hablar tú por tú, con quien digan: "¿Qué cenaste? ¿Estás preñada? ¿Cuántas gallinas crías? Llévame a merendar a tu casa; muéstrame tu enamorado. ¿Cuánto ha que no te vido? ¿Cómo te va con él? ¿Quién son tus vecinas?" y otras cosas de igualdad semejantes. ¡Oh, tía y qué duro nombre y qué grave y soberbio es "señora" continuo en la boca! Por esto me vivo sobre mí, desde que me sé conocer. Que jamás me precié de llamarme de otro, sino mía. Mayormente de estas señoras que agora se usan. Gástase con ellas lo mejor del tiempo y con una saya rota de las que ellas desechan, pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, continuo sojuzgadas, que hablar delante de ellas no osan. Y cuando ven cerca el tiempo de la obligación de casallas, levántanles un caramillo que se echan con el mozo o con el hijo o pídenles celos del marido o que meten hombres en casa o que hurtó la taza o perdió el anillo; danles un ciento de azotes y échanlas la puerta fuera, las haldas en la cabeza, diciendo: "Allá irás, ladrona, puta, no destruirás mi casa y honra." Así que esperan galardón, sacan baldón; esperan salir casadas, salen amenguadas; esperan vestidos y joyas de boda, salen desnudas y denostadas. Éstos son sus premios, éstos son sus beneficios y pagos. Oblíganse a darles maridos, quítanles el vestido. La mejor honra que en sus casas tienen es andar hechas callejeras, de dueña en dueña, con sus mensajes a cuestas. Nunca oyen su nombre propio de la boca de ellas; sino "puta" acá, "puta" acullá. "¿A dó vas, tiñosa? ¿Qué hiciste, bellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén, puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, sucia? ¿Cómo dijiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián le habrás dado. Ven acá, mala mujer, la gallina habada no parece; pues búscala presto; si no, en la primera blanca de tu soldada la contaré." Y tras esto, mil chapinazos y pellizcos, palos y azotes. No hay quien las sepa contentar, no quien pueda sufrirlas. Su placer es dar voces, su gloria es reñir. De lo mejor hecho, menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido más vivir en mi pequeña casa, exenta y señora, que no en sus ricos palacios sojuzgada y cativa.
 Celestina: En tu seso has estado, bien sabes lo que haces. Que los sabios dicen que: "vale más una migaja de pan con paz, que toda la casa llena de viandas con rencilla". Mas agora cese esta razón, que entra Lucrecia.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1979, en edición de Bruno Mario Damiani. ISBN: 84-376-0005-7.]

jueves, 19 de julio de 2018

La camarera.- Markus Orths (1969)


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3

«Lynn regresa cada vez más a menudo a las habitaciones. No a las que quedan libres, no, sino a las ocupadas: cuando cree saber que sus ocupantes han salido, que no van a volver antes de que anochezca. Y Lynn husmea. ¿Cómo huele el hombre que se aloja aquí? ¿Huele a lavanda? ¿Apesta el pijama a sudor? ¿Con qué detergente ha lavado la ropa de la maleta? ¿Melocotón? ¿Violeta? ¿Fragancia primaveral? ¿Se afeita en seco o en mojado? ¿Qué ha apuntado en la nota? ¿Cuelga ordenadamente la ropa en el respaldo de la silla? ¿Qué hay en los bolsillos? ¿Por qué está aquí? ¿Para montar una máquina? ¿Por una reunión de negocios? ¿Un viaje particular?
 En la siguiente habitación, una mujer: los zapatos que hay junto a la silla son altísimos, quien lleva esos zapatos ha de estar segura de sí misma, ha de tener confianza, ha de verse guapa, quien lleva esos zapatos ha de querer descollar en el mundo, las bragas presentan restos de flujo, en el cuarto de baño Lynn encuentra el medicamento, un tanto escondido, en el fondo, en el neceser, KadeFungin, contra los hongos, en la maleta hay una etiqueta pegada, Sabrina Hutwelker, piensa Lynn, suena a Humphrey Bogart.
 Habitación 309, una bolsa del Lidl en la silla, cómo se puede permitir este hombre pasar una noche en el Edén, demasiado caro para él, probablemente su empresa pague la estancia, en la bolsa de Lidl hay patatas fritas, cacahuetes, chocolate y además una botella de vino con el tapón de rosca, es bajo, el hombre, bajo y gordo, una pomada vulneraria, se habrá caído, excoriación, los restos de una tirita en la papelera, o, piensa Lynn, ha recibido golpes, una paliza, tal vez sea uno de esos de los que la gente se ríe, de esos a los que les gastan bromas, ya desde el colegio, ese gordo gafotas, hoy lleva lentillas, ahí está el estuche vacío abierto, de pequeño siempre llevaba esas gafas de culo de vaso que le deforman los ojos, un novelón en la mesilla, muy sobado, un ejemplar defectuoso, encontrado en una mesa de ofertas, por uno cincuenta, y como si esa cantidad constituyera un valor incalculable, el hombre ha garabateado unas tristes palabras en la primera página: propiedad de Bernie Willms.
 Con cada día que pasa Lynn cada vez permanece más tiempo. Ya no tiene nada más que buscar en la habitación en la que se encuentra, a media tarde, su trabajo está hecho horas atrás. Si el huésped ha olvidado algo o si ha aplazado una cita, si apareciera de improviso, inesperadamente en su habitación, Lynn se vería en un aprieto. No sabe si creerían la excusa que tiene preparada. Pero precisamente ahí reside el atractivo: el riesgo de ser pillado. ¿Un secador de viaje? La mujer nunca ha estado en un hotel o no se fía de los secadores de los hoteles. ¿Zapatillas? Una estancia más prolongada. ¿El minibar saqueado? Desmesura. ¿No hay pijama en la cama? El huésped ha dormido desnudo, no, el pijama está en el armario, lo ha tirado de cualquier manera. Lynn deja el pijama donde está, cierra el armario, estira la colcha, pero no se puede quitar de la cabeza el pijama. Mira el reloj, abre el armario, saca la chaqueta del pijama, la sacude. Se puede abotonar como una camisa. Lynn se la echa por encima. Se queda un rato así. Excitación al imaginar que la puerta se abre. Devuelve la chaqueta al armario y cierra el armario. Sobre todo, pijamas: ¿un pijama rosa junto a unos patucos amarillos? La mujer sigue siendo una niña: quiere que la metan en la cama. ¿Un vestidito de noche, tirantes finos? ¿Para quién se lleva algo así? La mujer está allí sola, habitación individual, la cama sólo está revuelta en un lado. Lynn se desviste, deprisa, se planta desnuda delante de la cama. Tira el uniforme sobre la silla. Se enfunda el vestidito. Es demasiado pequeño, la tela apenas le cubre el pubis. Entonces oye voces ante la puerta, se saca el trapo, está intacto, Lynn respira agitada, pero las voces se extinguen. Se pone de nuevo el uniforme y arregla la cama.
 Sucede un martes.
 Lynn les ha dado colores a los días. Los martes son del color de la cáscara de huevo. Por la mañana cascó un huevo pero no se lo comió. Ahora está en la habitación 303, oye pasos en el pasillo, se asusta, ha perdido la noción del tiempo, mira el reloj, hace tiempo que ha terminado su jornada y al oír los pasos Lynn sabe que se detendrán delante de la habitación en la que ella está y no debería estar ya. Lynn lleva la chaqueta del pijama del huésped sobre el uniforme. Se la ha abotonado. Las mangas le quedan demasiado largas. Oye cómo entra la llave en el ojo de la cerradura. La puerta se abre, el huésped penetra en la habitación.
 ¿Y Lynn?
 Ha desaparecido.
 Por fin su corazón da señales de vida.
 Está debajo de la cama.
 Es una cama doble.
 Todavía lleva puesta la chaqueta del pijama. Lynn ladea la cabeza. Ve las piernas del hombre, que va al cuarto de baño. Oye correr el agua de la ducha. Es su oportunidad. Abandona el escondite. Mira hacia la puerta del baño, nada, Lynn dobla la chaqueta del pijama y la mete bajo la colcha.
 ¿Y ahora?
 Sólo tiene que salir de la habitación sin hacer ruido. Y no pasaría nada. Titubea. Todavía se oye la ducha.
 Lynn no abre la puerta.
 Se queda.
 Juega.
 Quiere hacerlo.
 Siente el cosquilleo de la tentación en la piel. Otro breve titubeo: ¿qué estoy haciendo? Y Lynn pasa a la acción.
 Vuelve a meterse debajo de la cama.
 Se queda allí.
 Espera.
 Así es la vida.
 Unos minutos bastan para explorar el territorio, husmearlo, marcarlo. Está oscuro y hay polvo, pero no siente opresión en el pecho. De no ser por los laterales abiertos, estaría como en un ataúd, pero están los laterales abiertos, dejan entrar luz y aire. Entre la punta de la nariz y la parte inferior del somier hay más de un palmo. Puede agarrarse al somier con las manos. Puede apoyar la cabeza en las manos. Puede introducir las manos bajo las caderas. Lamas, leve brillo en los colchones, somier, dos somieres, uno para cada colchón, cada uno de ellos de ochenta centímetros de ancho, dos metros de largo, allí donde descansan los hombros hay cuatro puntales un poco combados, no demasiado, apenas incomodan, la cama tiene cuatro patas, ningún sostén adicional en el centro. Lynn apoya las manos en los puntales transversales que hay a la altura de las caderas.
 El hombre vuelve a la habitación. Enciende el televisor. El chasquido de un mechero, una exhalación larga, relajada. Primero una película que Lynn no conoce. Le divierte formarse imágenes con lo que escucha. Después un canal de noticias. Suave respiración de dormido, pero el hombre no ronca. ¿Cómo puede dormir así? ¿Tal vez el sonido monótono de las palabras? Ahora una voz que Lynn atribuye al presidente americano. Dice: When I talk about war, I actually talk about peace. Al cabo de una hora el programa se repite, noticias casi idénticas, un bucle infinito. Lynn cabecea. Finalmente también ella se queda dormida. En un momento dado, despierta, el televisor está apagado, la nuca le duele, pero Lynn se siente bien allí, bajo la cama, escucha un rato la respiración de arriba. Por la mañana sale de su escondite cuando el huésped está en la ducha.
 El miércoles es el día libre de Lynn. Abandona el hotel por la salida de atrás, sin que nadie la vea. El corazón le late más aprisa cuando piensa en la noche. Cuando piensa en lo que podría haber pasado. Cuando piensa en lo que podría haber escuchado. Cuando piensa que podrían haberla pillado. Tiene el cansancio pegado al cuerpo. Todo es un extraño pegote. Pero sabe que volverá a hacerlo, que ha de hacerlo, sabe que ha encontrado algo. Todos los martes, dice Lynn, lo haré todos los martes.»
 
[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Seix Barral, en traducción de María José Díez Pérez. ISBN: 978-84-322-2861-2.]

sábado, 30 de septiembre de 2017

"Germinie Lacerteux".- Edmond de Goncourt (1822-1896) y Jules de Goncourt (1830-1870)


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XLIX

«Medéric Gautruche era el tipo de obrero juerguista, vago, bromista; el obrero para quien todos los días son fiesta. Con la alegría que produce el vino, con una última gota humedeciéndole siempre los labios y las entrañas incrustadas de tártaro como un tonel viejo, era de esos a los que en Borgoña se les denomina pura y llanamente "tripas rojas". Siempre un poco bebido -si no con la borrachera del día con la resaca de la víspera-, veía la existencia a través de la insolación que parecía haberle trastornado la cabeza. Satisfecho con su suerte, se entregaba a ella con el abandono del borracho y, desde la puerta de la taberna, dedicaba una vaga sonrisa a las cosas que nos rodean, a la vida, a la senda que se adentra en la oscuridad. El aburrimiento, las preocupaciones, la miseria no hacían mella en él y, cuando, por casualidad, le venía a la mente una idea seria o desagradable, volvía la cabeza, lanzaba una especie de "¡Pstt!" que era su manera de decir: "¡A mí plin!" y, levantando el brazo recto hacia el cielo caricaturizando el gesto de un bailarín español, se sacudía la melancolía por encima del hombro mandándola al diablo. Tenía la magnífica filosofía que proviene de la bebida, la gallarda serenidad de la botella. No conocía la envidia ni el deseo. En el mostrador le servían sus sueños embotellados. Por tres perras gordas estaba seguro de obtener un vasito de felicidad y por doce, un litro de ideal. Contento con todo, todo le gustaba, le hacía reír y con todo se divertía. Nada le parecía triste en este mundo -a no ser un vaso de agua.
 A esta desenvoltura de bebedor, a la alegría de su buena salud, de su temperamento, Gautruche unía la satisfacción por su trabajo, el buen humor y la animación de este oficio independiente y descansado, al aire libre, entre cielo y tierra, en el que el obrero se distrae cantando y, encaramado en su escalera, se permite gastar bromas a los que pasan por la calle. Pintor de paredes, también hacía letreros. Era absolutamente el único hombre de París que empezaba a pintar el cartel sin medir con la cuerda, sin hacer el bosquejo; el único que, al primer intento, ponía las letras de un cartel cada una en su sitio dentro del marco y, sin perder un minuto en colocarlas, dibujaba la mayúscula a pulso. Era famoso también por sus "letras gigantes", sus letras de fantasía, las sombreadas, perfiladas en tonos broncíneos o dorados o imitando la piedra hueca. Por ello mismo, había días en que sacaba quince o veinte francos. Pero como se lo bebía todo, no se hacía más rico con eso, y siempre tenía atrasos en la pizarra para las cuentas al fiado de los taberneros.
 Era un hombre que se había criado en la calle. La calle le había hecho de madre, de nodriza y de escuela. Le había dado su aplomo, su modo de hablar y su ingenio. Todo lo que el pueblo inteligente recoge del arroyo en París, él lo había recogido. Lo que llega abajo desde lo alto en una gran ciudad, las filtraciones, las ideas sueltas, las migajas de conceptos y conocimientos, lo que circula en el aire sutil y en el arroyo turbio de una capital, los contactos fortuitos con la letra impresa, unas hojas sueltas de folletín devoradas entre trago y trago, fragmentos de comedias dramáticas oídos en el bulevar, habían infundido en él ese tipo de inteligencia rápida que, sin haber recibido educación, es capaz de aprenderlo todo. Poseía una "base" inagotable, imperturbable. Su elocuencia se desbordaba y hacía brotar frases ingeniosas, imágenes chuscas, con esas metáforas que surgen de la vis cómica de las masas. Poseía el pintoresquismo natural de la broma callejera. Rebosaba de historias divertidas y de bufonadas, era poseedor del más rico repertorio de "dichos" de todos los pintores de brocha gorda. Miembro de esas bodeguillas de baja estofa disfrazadas de "cafés-cantantes", conocía todas las tonadas, todas las canciones y cantaba sin cansarse. En fin, que era chistoso de los pies a la cabeza. Y sólo con verle se reía uno con él, como si fuera uno de esos actores que hacen reír.
 Un hombre así de alegre, con ese ánimo, "le iba" a Germinie. Germinie no era ese tipo de bestia de carga doméstica que sólo piensa en su trabajo. No era de ese tipo de criadas que se queda in albis, con cara de asombro y el torpe balanceo de la falta de inteligencia ante las palabras de sus señores, las cuales les entran por un oído y les salen por el otro. También ella se había refinado, se había formado, se había abierto a la educación que da París. Mlle. de Varandeuil, al no tener qué hacer, gustaba, como buena solterona, de oír los cotilleos del barrio. En muchas ocasiones le había hecho referir las historias de las que se enteraba aquí y allá, lo que sabía de las otras inquilinas, la crónica completa de la casa y el barrio. Esa costumbre de narrar, de charlar como una especie de señorita de compañía con su señora, de describirle a las personas, de esbozar siluetas, desarrolló a la larga en ella una viva facilidad de expresión, de rasgos afortunados y rápidos; una aguda y, en ocasiones, mordaz capacidad de observación que resultaba singular en boca de una sirvienta. Había llegado a sorprender en muchas ocasiones a Mlle. de Varandeuil por su vivacidad de comprensión, por la rapidez con que captaba lo que se decía con medias palabras, por su acierto y su facilidad para encontrar palabras de buena conservadora. Sabía bromear. Comprendía un juego de palabras. Se expresaba "sin rusticidad" y cuando se suscitaba una discusión sobre ortografía en la lechería, la zanjaba con la misma autoridad que el empleado del Registro de defunciones del Ayuntamiento, que solía ir por allí para almorzar. Poseía también el fondo de lecturas entremezcladas que suelen tener las mujeres de su clase -cuando leen. En casa de dos o tres "entretenidas" a las que había servido, se había pasado noches enteras devorando novelas; a partir de entonces había continuado leyendo los folletones que todos sus conocidos recortaban para ella de los periódicos, y así había retenido de un modo vago una multitud de cosas, y referencias sobre algunos reyes de Francia. Había captado lo suficiente para sentir deseos de hablar de ello con los demás. Por una mujer de la casa, que trabajaba como asistenta de un autor que vivía en la misma calle y que le regalaba entradas, fue al teatro en varias ocasiones; al volver, se acordaba de toda la obra y de los nombres de los actores que había leído en el programa. Le gustaba comprar letras de canciones, romanzas a perra chica, y leerlas.»
 

jueves, 31 de agosto de 2017

"Cósima".- Grazia Deledda (1871-1936)


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«Es necesario decir dos palabras sobre esta criada que, en el recuerdo, parece también una invención irreal. Se llamaba Nanna y ahora estará sentada a la diestra de Dios, fiel aún a sus amos, en las filas de los Patriarcas. Llevaba veinte años al servicio de la casa y habría de transcurrir allí otros veinte más. Tenía entonces treinta años; había llegado, siendo todavía una niña, del tugurio de una pobre gente, para cuidar del primer hijo de los amos, que había muerto pocos meses después de nacer, aunque dejando en la cuna su puesto a otro. La cuna también era primitiva, como excavada en el tronco de un nogal, sin velos ni adornos, y no estaba jamás vacía.
 Nanna era todavía una mujer guapa, con ojos castaños de perro fiel, un lunarcillo peloso en la comisura de la boca y los pechos anchos y caídos de las razas esclavas. Desde luego no era una esclava en aquella casa donde todo se le confiaba, incluidos los niños, que dormían con ella y que la seguían cuando tenía que ir a hacer algún recado. Si trabajaba día y noche lo hacía voluntariamente: iba a sacar agua de la fuente, a lavar la ropa lejos, donde quiera que hubiera un arroyuelo; limpiaba la harina y amasaba con el ama el pan de trigo y de cebada; iba a recoger las aceitunas a la finca, a coger bellotas para el cerdo al bosque de la montaña; partía la leña, daba de comer al caballo; le tocaba también barrer el trozo de calle delante de casa porque el Ayuntamiento no se encargaba de ello; y en la época de la vendimia pisaba la uva con sus fuertes pies desnudos cubiertos de una piel que parecía curtida. El sueldo se lo guardaba el amo, que se lo invertía; los maliciosos decían que en la época de sus veinte años, cuando era guapa y casi rubia, el amo había sentido cierta inclinación hacia ella, pero aquellos eran chismes que el tiempo había disipado.
 Ahora está hirviendo con cuidado la leche en el hornillo que está encima del gran horno; con ocasión del parto del ama se ha puesto los zapatos, sin medias, como es natural, dispuesta para cualquier orden. Una arruga le surca la frente y sus orejas están tensas como las de las liebres. La responsabilidad de la casa es ahora toda suya y aprovecha exclusivamente su autoridad para tomarse algunas tacitas de café de más, que son su única pasión.
 Los muchachos llegan, uno por uno, para tomarse el café con leche que sirve en los redondos tazones de barro amarillo y rojo: incluso los mayores que son varones y ya van al instituto de la pequeña ciudad. El mayor, Santus, es un guapo muchacho de perfil fino y grandes ojos, de un gris azulado: tiene un aire pensativo y leal; viste ya algo rebuscadamente y, mientras se bebe el café con leche, acaba de repasar la lección de latín. El acontecimiento de la casa ni lo sorprende ni lo turba: conoce el misterio y lo acepta como una cosa natural. Sus sentidos permanecen tranquilos, casi fríos y templada la imaginación. No le gustan las mujeres, no piensa más que en estudiar, en profundizar en las cosas de la vida pero a través de los libros. No, no tiene imaginación, pero quizá él es, también, algo visionario, como la hermana pequeña y procede de un mundo alejado de la cruda realidad. Tiene prisa por irse a clase con los libros bien sujetos por una correa, y no le preocupa que el otro hermano se retrase o que quizá esté aún dormido en su cuarto del último piso que tiene dos ventanas: una en la fachada y la otra sobre los tejadillos de la despensa, el desván y el cuarto trasero.
 De hecho, antes que él bajan las dos hermanas mayores, Enza y Giovanna, que también van a clase; de poca estatura, casi iguales, como dos gemelas, con ojos celestes y pelo negro, tirante, muy tirante, y una trenza rematada en un bucle. Sus vestidos son verdaderamente ridículos, la falda larga y ancha atada a la cintura, alrededor de la blusa con canesú de amplias mangas, de una tela a rayas de colores; de la misma tela es la bolsa para los libros; llevan también medias blancas y botines claveteados y pañuelos de seda que ya empiezan a atarse con cierta coquetería sobre la mejilla izquierda, dejando al descubierto el pelo hasta la mitad de la cabeza.
 La pequeña, Cósima, que todavía no tiene edad para ir a la escuela, las mira con admiración y envidia, pero también con cierto temor porque ambas, y Enza especialmente, no sólo no juegan con ella sino que le prodigan manotazos, empujones, golpes y palabrotas, aprendidas de las compañeras de escuela.
 Su hermano Andrea se porta mejor con ella. Cuando las dos hermanas se han ido ya a la escuela, baja el muchacho, pero se niega a tomar el café con leche: "Cosa de mujeres", dice. Él se comería un buen filete de carne roja, medio cruda y, a falta de ésta, se contenta con bajar el cestillo de los criados y roer con sus fuertes dientes el pan duro y una corteza de queso. Nanna se le acerca suplicante con la taza colmada en las manos, ya que Andrea es su preferido, su solo afán y única preocupación.
 -Pareces un pastor -le dice, poniéndole la taza delante-. Toma esto; toma cordero; el maestro va a notar que hueles a queso.
 -Y ¿quién es él? Yo soy un rico pastor pero él es un pobre mendigo, un borrachín piojoso.
 Así habla Andrea de su profesor de latín y lo dice convencido, porque toda la gente que vive de un trabajo intelectual es para él más pobre que los pastores o los albañiles.
 Su mentalidad es, ciertamente, la de un rico pastor que conduce una tosca vida, pero posee rebaños, tierras y dinero y, sobre todo, libertad de acción, lo mismo para el bien que para el mal. Su aspecto físico es también rudo, cuadrado, los trajes descuidados, pero la cabeza es muy peculiar, potente, de pelo negrísimo; el perfil es chato, de labios sensuales; los ojos de un gris dorado, resplandecientes como los de un halcón. No le gusta estudiar y sólo es feliz cuando puede escaparse de casa a caballo, como un centauro adolescente. Nadie le ha enseñado a montar a caballo y, sin embargo, monta sin silla sobre potros indómitos y sus gritos, para incitarlos, rivalizan con los relinchos.
 Al ver a Cósima, que estaba quieta, sentada en su sillita baja con la escudilla en el regazo, le sonrió y antes de salir se le acercó diciéndole, en voz baja, con un tenue acento de complicidad:
 -El domingo te llevaré a caballo, al Monte; pero chitón, ¿eh?»