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jueves, 13 de junio de 2019

Diario de una camarera.- Octave Mirbeau (1848-1917)


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V

«Monsieur Paul Bourget  era el íntimo amigo y el guía espiritual de la condesa de Fardin, en cuya casa serví el año pasado como camarera. Allí oí continuamente decir que solamente aquél conocía lo más recóndito del alma femenina, tan complicada. Muchas veces había tenido la intención de escribirle, a fin de someterle este caso de psicología pasional. Nunca llegué a atreverme. No se sorprendan demasiado de lo grave de tales preocupaciones. Convengo en que no suelen ser frecuentes en las criadas. Pero en los salones de la condesa no se hablaba sino de psicología. Es un hecho reconocido que nuestro espíritu se modela según el de nuestros amos y, de lo que se habla en el salón, se habla también en las dependencias de la servidumbre. Lo malo es que allí no teníamos un Paul Bourget capaz de elucidar y resolver los casos femeninos que eran objeto de discusión. Ni siquiera las explicaciones de monsieur Jean llegaban a satisfacerme...
 Un día, mi señora me envió a casa del ilustre maestro con un mensaje. Él mismo me entregó la respuesta. Entonces me atreví a plantearle la pregunta que me atormentaba, atribuyendo no obstante a una supuesta amiga tan escabrosa y sórdida historia. Monsieur Paul Bourget me preguntó:
 -¿A qué clase social pertenece su amiga? ¿Se trata de una mujer de clase humilde que vive en la pobreza, sin duda?
 -Es una camarera como yo, ilustre maestro.
 Monsieur Bourget esbozó un gesto de superioridad, una mueca desdeñosa; por lo visto, no le gustaban los pobres.
 -No me ocupo de tales psicologías -dijo-. Son espíritus demasiado insignificantes. Ni siquiera poseen una verdadera alma. No entran en el ámbito de mis estudios psicológicos.
 Comprendí que en esos ámbitos no se empieza a poseer un espíritu, sino a partir de los cien mil francos de renta...
 No ocurrió lo mismo con monsieur Jules Lemaitre, un amigo de la casa también, quien al ser interrogado de igual modo, respondió, cogiéndome del talle amablemente:
 -Pues verás, encantadora Célestine, tu amiga es una buena chica, eso es todo. Y si se parece a ti, con gusto le diría dos palabritas, ¿sabes?
 Él, al menos, con su cara de pequeño fauno jorobado y bromista, no se daba tono y era buen muchacho. ¡Qué pena que haya acabado haciéndose amigo de los curas!
 Antes de todo eso, no sé lo que habría sido de mí en aquel infierno de Audierne, si las hermanitas de Pont-Croix, que me consideraban inteligente y amable, no me hubieran recogido por compasión. No abusaron de mi edad, ni de mi ignorancia, ni de mi situación difícil y vergonzante para utilizarme, para secuestrarme en su provecho, como ocurre a menudo en esa clase de sitios, donde se lleva la explotación humana hasta extremos criminales. Eran pobres y sencillas almas cándidas, tímidas, caritativas -y nada ricas- que no se atrevían a tender la mano a los transeúntes, ni a mendigar por las casas. Algunas veces vivían en auténtica miseria, pero se arreglaban como podían, y en medio de todas las dificultades de su vida no dejaban por ello de ser alegres y de cantar sin cesar como ruiseñores. Su ignorancia de la vida era conmovedora, y hoy, que puedo comprender mejor su infinita bondad, siendo deseos de llorar al recordarlas.
 Me enseñaron a leer, a escribir, a coser, a hacer las cosas de la casa y, cuando estuve más o menos al corriente de todo lo necesario, me colocaron, de criadita, en casa de un coronel retirado que venía todos los veranos, con su mujer y sus dos hijas, a una especie de castillo casi en ruinas, cerca de Comfort. Eran buenas personas, sí, pero muy tristes... ¡y maniáticas además! Nunca sonreían, no llevaban ni una nota de color en su vestimenta que, invariablemente, era de tonos oscuros. El coronel había hecho instalar un torno en el desván, y allí se pasaba el día solo, fabricando hueveras de boj, o bien, esas bolas ovaladas que llaman "huevos de madera" y que utilizan las amas de casa para zurcir las medias. La señora redactaba memorial tras memorial, petición tras petición, a fin de que le concedieran un estanco, y las dos hijas no hablaban de nada, no hacían nada, la una con su cara de caballo, la otra con su rostro conejil, ambas amarillas y flacas, angulosas y marchitas; se mustiaban allí como plantas que carecieran de abono, de sol y de agua. Todos ellos me aburrían enormemente. Al cabo de ocho meses los mandé a paseo, en una reacción impulsiva que luego lamenté.
 Pero, ¿qué se le va a hacer? Percibía en torno a mí la respiración y la vida de París. Su aliento henchía mi corazón de nuevos alientos. Aunque no salía mucho, había admirado con prodigioso estupor las calles, los escaparates, la muchedumbre, los palacios, los coches resplandecientes, las mujeres bien vestidas. Y cuando por la noche iba a acostarme al sexto piso, envidiaba a las criadas de las otras casas y sus bromas, que me parecían muy divertidas, y sus historias, que me dejaban maravillosamente sorprendida. Aun cuando estuve poco tiempo en aquella casa, pude ver arriba, por la noche, toda clase de excesos; incluso tomé parte en ellos, con la arrebatada emulación de una novicia. ¡Ah!, ¡cuántas vagas esperanzas e indefinidas ambiciones alimenté entonces, en aquel falaz ideal de placer y de vicio!
 Es que cuando se es joven, cuando nada se sabe de la vida, uno se imagina cosas y sueña... ¡Ah, los sueños! ¡Cuántas tonterías hice a causa de ellos! Hasta hartarme, como decía monsieur Xavier, un pillastre la mar de pervertido, del que pronto hablaré.
 ¡Y lo que tengo rodado! ¡Ah, lo que he rodado! Me asusto cuando pienso en ello...
 Aunque no soy vieja, he visto muchas cosas y muy de cerca. He visto a la gente al desnudo, he aspirado el olor de su ropa, de su piel, de su alma. A pesar de los perfumes, no huelen demasiado bien. ¡Hay que ver lo que un hogar respetable, lo que una familia honrada puede ocultar en lo que a vicios vergonzosos y a crímenes deleznables se refiere! Y todo ello bajo una apariencia de virtud. ¡Conozco bien eso!»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra, 1993, en traducción de Mª Dolores Fernández Lladó. ISBN: 84-376-1146-6.]

jueves, 19 de julio de 2018

La camarera.- Markus Orths (1969)


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3

«Lynn regresa cada vez más a menudo a las habitaciones. No a las que quedan libres, no, sino a las ocupadas: cuando cree saber que sus ocupantes han salido, que no van a volver antes de que anochezca. Y Lynn husmea. ¿Cómo huele el hombre que se aloja aquí? ¿Huele a lavanda? ¿Apesta el pijama a sudor? ¿Con qué detergente ha lavado la ropa de la maleta? ¿Melocotón? ¿Violeta? ¿Fragancia primaveral? ¿Se afeita en seco o en mojado? ¿Qué ha apuntado en la nota? ¿Cuelga ordenadamente la ropa en el respaldo de la silla? ¿Qué hay en los bolsillos? ¿Por qué está aquí? ¿Para montar una máquina? ¿Por una reunión de negocios? ¿Un viaje particular?
 En la siguiente habitación, una mujer: los zapatos que hay junto a la silla son altísimos, quien lleva esos zapatos ha de estar segura de sí misma, ha de tener confianza, ha de verse guapa, quien lleva esos zapatos ha de querer descollar en el mundo, las bragas presentan restos de flujo, en el cuarto de baño Lynn encuentra el medicamento, un tanto escondido, en el fondo, en el neceser, KadeFungin, contra los hongos, en la maleta hay una etiqueta pegada, Sabrina Hutwelker, piensa Lynn, suena a Humphrey Bogart.
 Habitación 309, una bolsa del Lidl en la silla, cómo se puede permitir este hombre pasar una noche en el Edén, demasiado caro para él, probablemente su empresa pague la estancia, en la bolsa de Lidl hay patatas fritas, cacahuetes, chocolate y además una botella de vino con el tapón de rosca, es bajo, el hombre, bajo y gordo, una pomada vulneraria, se habrá caído, excoriación, los restos de una tirita en la papelera, o, piensa Lynn, ha recibido golpes, una paliza, tal vez sea uno de esos de los que la gente se ríe, de esos a los que les gastan bromas, ya desde el colegio, ese gordo gafotas, hoy lleva lentillas, ahí está el estuche vacío abierto, de pequeño siempre llevaba esas gafas de culo de vaso que le deforman los ojos, un novelón en la mesilla, muy sobado, un ejemplar defectuoso, encontrado en una mesa de ofertas, por uno cincuenta, y como si esa cantidad constituyera un valor incalculable, el hombre ha garabateado unas tristes palabras en la primera página: propiedad de Bernie Willms.
 Con cada día que pasa Lynn cada vez permanece más tiempo. Ya no tiene nada más que buscar en la habitación en la que se encuentra, a media tarde, su trabajo está hecho horas atrás. Si el huésped ha olvidado algo o si ha aplazado una cita, si apareciera de improviso, inesperadamente en su habitación, Lynn se vería en un aprieto. No sabe si creerían la excusa que tiene preparada. Pero precisamente ahí reside el atractivo: el riesgo de ser pillado. ¿Un secador de viaje? La mujer nunca ha estado en un hotel o no se fía de los secadores de los hoteles. ¿Zapatillas? Una estancia más prolongada. ¿El minibar saqueado? Desmesura. ¿No hay pijama en la cama? El huésped ha dormido desnudo, no, el pijama está en el armario, lo ha tirado de cualquier manera. Lynn deja el pijama donde está, cierra el armario, estira la colcha, pero no se puede quitar de la cabeza el pijama. Mira el reloj, abre el armario, saca la chaqueta del pijama, la sacude. Se puede abotonar como una camisa. Lynn se la echa por encima. Se queda un rato así. Excitación al imaginar que la puerta se abre. Devuelve la chaqueta al armario y cierra el armario. Sobre todo, pijamas: ¿un pijama rosa junto a unos patucos amarillos? La mujer sigue siendo una niña: quiere que la metan en la cama. ¿Un vestidito de noche, tirantes finos? ¿Para quién se lleva algo así? La mujer está allí sola, habitación individual, la cama sólo está revuelta en un lado. Lynn se desviste, deprisa, se planta desnuda delante de la cama. Tira el uniforme sobre la silla. Se enfunda el vestidito. Es demasiado pequeño, la tela apenas le cubre el pubis. Entonces oye voces ante la puerta, se saca el trapo, está intacto, Lynn respira agitada, pero las voces se extinguen. Se pone de nuevo el uniforme y arregla la cama.
 Sucede un martes.
 Lynn les ha dado colores a los días. Los martes son del color de la cáscara de huevo. Por la mañana cascó un huevo pero no se lo comió. Ahora está en la habitación 303, oye pasos en el pasillo, se asusta, ha perdido la noción del tiempo, mira el reloj, hace tiempo que ha terminado su jornada y al oír los pasos Lynn sabe que se detendrán delante de la habitación en la que ella está y no debería estar ya. Lynn lleva la chaqueta del pijama del huésped sobre el uniforme. Se la ha abotonado. Las mangas le quedan demasiado largas. Oye cómo entra la llave en el ojo de la cerradura. La puerta se abre, el huésped penetra en la habitación.
 ¿Y Lynn?
 Ha desaparecido.
 Por fin su corazón da señales de vida.
 Está debajo de la cama.
 Es una cama doble.
 Todavía lleva puesta la chaqueta del pijama. Lynn ladea la cabeza. Ve las piernas del hombre, que va al cuarto de baño. Oye correr el agua de la ducha. Es su oportunidad. Abandona el escondite. Mira hacia la puerta del baño, nada, Lynn dobla la chaqueta del pijama y la mete bajo la colcha.
 ¿Y ahora?
 Sólo tiene que salir de la habitación sin hacer ruido. Y no pasaría nada. Titubea. Todavía se oye la ducha.
 Lynn no abre la puerta.
 Se queda.
 Juega.
 Quiere hacerlo.
 Siente el cosquilleo de la tentación en la piel. Otro breve titubeo: ¿qué estoy haciendo? Y Lynn pasa a la acción.
 Vuelve a meterse debajo de la cama.
 Se queda allí.
 Espera.
 Así es la vida.
 Unos minutos bastan para explorar el territorio, husmearlo, marcarlo. Está oscuro y hay polvo, pero no siente opresión en el pecho. De no ser por los laterales abiertos, estaría como en un ataúd, pero están los laterales abiertos, dejan entrar luz y aire. Entre la punta de la nariz y la parte inferior del somier hay más de un palmo. Puede agarrarse al somier con las manos. Puede apoyar la cabeza en las manos. Puede introducir las manos bajo las caderas. Lamas, leve brillo en los colchones, somier, dos somieres, uno para cada colchón, cada uno de ellos de ochenta centímetros de ancho, dos metros de largo, allí donde descansan los hombros hay cuatro puntales un poco combados, no demasiado, apenas incomodan, la cama tiene cuatro patas, ningún sostén adicional en el centro. Lynn apoya las manos en los puntales transversales que hay a la altura de las caderas.
 El hombre vuelve a la habitación. Enciende el televisor. El chasquido de un mechero, una exhalación larga, relajada. Primero una película que Lynn no conoce. Le divierte formarse imágenes con lo que escucha. Después un canal de noticias. Suave respiración de dormido, pero el hombre no ronca. ¿Cómo puede dormir así? ¿Tal vez el sonido monótono de las palabras? Ahora una voz que Lynn atribuye al presidente americano. Dice: When I talk about war, I actually talk about peace. Al cabo de una hora el programa se repite, noticias casi idénticas, un bucle infinito. Lynn cabecea. Finalmente también ella se queda dormida. En un momento dado, despierta, el televisor está apagado, la nuca le duele, pero Lynn se siente bien allí, bajo la cama, escucha un rato la respiración de arriba. Por la mañana sale de su escondite cuando el huésped está en la ducha.
 El miércoles es el día libre de Lynn. Abandona el hotel por la salida de atrás, sin que nadie la vea. El corazón le late más aprisa cuando piensa en la noche. Cuando piensa en lo que podría haber pasado. Cuando piensa en lo que podría haber escuchado. Cuando piensa que podrían haberla pillado. Tiene el cansancio pegado al cuerpo. Todo es un extraño pegote. Pero sabe que volverá a hacerlo, que ha de hacerlo, sabe que ha encontrado algo. Todos los martes, dice Lynn, lo haré todos los martes.»
 
[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Seix Barral, en traducción de María José Díez Pérez. ISBN: 978-84-322-2861-2.]