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viernes, 10 de enero de 2020

Quien parpadea teme a la muerte.- Knud Romer (1960)

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«En 1910, mis abuelos paternos se trasladaron del Hotel Orehoved al barrio más exclusivo de la ciudad de Nykøbing. Sobre la puerta principal de su casa se leía Bellevue en letras doradas. El edificio tenía tres plantas, con una torre panorámica de madera verde y tejado de cobre en lo alto. La abuela estuvo a punto de desmayarse cuando Carl sacó la llave y abrió las puertas. Atravesaron salones que parecían no acabarse nunca y los techos de las estancias eran más altos que el cielo. El único deseo de Karen era salir de allí cuanto antes, pero el abuelo le aseguró que no tenía por qué preocuparse. Había pensado poner en marcha un servicio de transporte en ruta que pagaría la casa, los niños y mucho más. Se trataba de darle un fuerte impulso al desarrollo: “Espera y verás, dentro de muy poco las ciudades de Copenhague y Berlín estarán unidas por un enlace directo y, en este enlace, Nykøbing ocupará un lugar privilegiado; será el nuevo centro comercial y turístico”, y Karen no dijo nada, comenzó a ordenar y colgó el reloj de la cocina en la pared. Unos años más tarde, Carl entró en quiebra.
  Adquirieron innumerables deudas y el abuelo descendió a los infiernos. Se pasaba los días sentado en el banco al borde de la vía del ferrocarril viendo pasar los trenes, con la mirada perdida en el vacío, sin decir nada a nadie, sin querer hablar con nadie. En casa, se encerraba en el despacho a oscuras, con las cortinas corridas, mientras le crecía la barba. Se dejó el pelo largo y las uñas largas, y no se lavaba, ni tampoco comía. Y así continuó el abuelo hasta que tocó fondo, más muerto que vivo para el resto del mundo y pasó página y dejó atrás la mala racha y empezó  de nuevo. ¡No había nada que no pudiera hacerse, nada que resultara imposible!
  Después de la línea de autobuses llegó la zapatería en Frisegade, que también quebró: el calzado al estilo de la moda parisina no estaba hecho para escardar entre las remolachas azucareras, y la gente se detenía frente al escaparate para reírse de los modelitos allí expuestos. Los clientes eran tan escasos que el abuelo se asustaba cuando sonaba la campana de la puerta y preguntaba: “¿Qué quieren?” Entonces leyó una noticia en el diario sobre la Compañía de Telecomunicaciones de Copenhage, que tenía más de cincuenta mil abonados, y se propuso vender teléfonos. Pero todos, sin excepción, vivían muy cerca de sus conocidos, y el abuelo tuvo que quedarse con cientos de aparatos y sin nadie a quien llamar. Se sentó en el banco de siempre y se encerró en sí mismo, aunque esta vez no tardó en volver a inaugurar un nuevo negocio; esta vez lo intentó con las motos, ¡las Nimbus!, y hubo fulgor de flashes, y el abuelo abrió los brazos y sonrió a la prensa que acudió en masa para fotografiarle y vitorearle entusiasmada frente a la nueva empresa que, finalmente, resultaría también fallida.
  Podía seguirse la historia de sus fracasos a lo largo de los años a través del Folketidende y, a medida que se tornaba imposible enderezar la situación en la realidad, el abuelo iba inventándose cada vez más explicaciones. Compraba a crédito y mantenía a los acreedores a raya con cuentos, se sacaba de la manga una excusa detrás de otra y, cuanto peor estaban las cosas, mejores eran las historias que contaba. ¡Réditos de acciones en Canadá! ¡Un anticipo de la herencia de un tío lejano y unos avalistas cuyas firmas debían de haberse perdido en el correo y justamente acababa de hablar ante la Audiencia Nacional con su abogado, quien se pondría en contacto con ellos personalmente a la mayor brevedad! El abuelo sabía defender su causa y esquivaba la catástrofe apostando por el futuro –que, tarde o temprano, tendría que llegar a Nykøbing, aunque todavía estuviera muy lejos- y cerraba los ojos y rezaba a los poderes supremos para que le tocara su momento de gloria antes de que fuera demasiado tarde.
  Karen era quien se ocupaba de la gestión y la economía doméstica cotidiana. Tenía dos hijos de los que cuidar y luego fueron tres y después cuatro: Leif y mi padre, Ib y Annelise, la más pequeña, y se mataba trabajando para que hubiera comida en la mesa y ropa con la que abrigarse. Trabajaba como asistenta por horas y en verano recogía fresas a destajo, y cocía su propio pan y cultivaba sus propias verduras y cada noche le daba un nombre distinto a la sopa que cocinaba: sopa de cebolla, sopa de patatas, consomé con huevo; el abuelo le preguntaba si llevaba coñac… lo llevaba; y ella hacía que diera tanto de sí que, al final, la sopa sólo tenía sabor a amor y buenas intenciones. Hacía punto y zurcía y sacaba lo máximo posible de la nada, mientras iban vendiendo sus pertenencias y, cuando terminaba su agotadora jornada, acostaba a los niños y les daba un beso de buenas noches acompañado de una mentirijilla.
  Vivían del aire y nadie se daba cuenta de la gravedad de la situación; nadie, salvo papá. Él era cada vez más alto y más delgado y era consciente de que ya no cabía dentro de su ropa y de que le apretaban los zapatos; y, por Navidad, sabía muy bien que los regalos que recibían no eran más que buenas palabras envueltas en un bonito papel. Hacía lo que podía por ayudar en casa y sacaba buenas notas en el colegio y, al finalizar cuarto de bachillerato, dejó los estudios y empezó a trabajar de aprendiz en la caja de ahorros. Papá se ocupaba de Leif, que padecía tuberculosis ósea, y cargaba con él de hospital en hospital, y pagaba las clases de baile de Annelise y las mensualidades del colegio de su hermano pequeño Ib, que hacía novillos y robaba y fumaba. Si alguien se burlaba de Leif por culpa de su invalidez, papá le regañaba y amenazaba con llamar a la policía y, más tarde, Ib les daba una paliza, les pegaba demasiado y durante demasiado tiempo y su comportamiento era cada vez más parecido al de un criminal. […]
  El día más feliz de la vida de mi padre fue cuando, en 1934, le contrataron en la compañía Dansk Bygnings Assurance S.A.; aprovechaba cualquier ocasión para relatar la historia una y otra vez: cómo había encontrado el anuncio en el periódico, y cómo el director Damgård lo había recibido en las oficinas de la plaza Mayor. Era un gran hombre que había levantado la empresa de la nada con sólo tres empleados: la señorita Slot y Max Christensen, que era el cajero, y luego su yerno, Henry Mayland. Los clientes eran reasegurados que se ahorraban dos coronas si contrataban una póliza por diez años, ¡algo que, hoy en día, sería del todo imposible! […]
  Por aquel entonces, el país se encontraba en plena crisis económica y era imposible encontrar un trabajo, Leif había ingresado en un sanatorio en la península de Jutlandia y llovían las facturas sobre la familia. Ib fue expulsado del colegio y de todas las plazas de aprendiz que le ofrecieron; se pavoneaba y se paseaba tocado con un sombrero y vestido con unos pantalones especialmente anchos. Y tenía más dinero que papá. A pesar de que suponía un riesgo, y que papá siempre se cuidaba mucho de evitarlos, consiguió que contrataran a Ib como aprendiz en la Dansk Bygnings Assurance para así poder vigilarlo. Al principio todo fue bien y luego fue demasiado bien para ser cierto. Ib seducía y engatusaba y prometía más de lo que podía cumplir. Consiguieron más clientes que nunca, pero no se trataba más que de humo, e Ib tomaba dinero prestado de la caja y se las daba de gran señor e invitaba a todo el mundo a copas. Fue un escándalo y papá tuvo que encargarse de suavizar las cosas y disculparse ante la dirección y ante el señor Damgård –todo se arreglará, no se preocupe- y ajustó las cuentas y recuperó los clientes. Y más tarde se ocupó de Ib. Nada ni nadie iba a desbaratar su vida ni a quitarle lo poco que había conseguido, ¡ni hablar!» 

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Minúscula, 2008, en traducción de Sofïa Pascual Pape. ISBN: 978-84-95587-40-4.]

jueves, 26 de octubre de 2017

"La vida perra de Juanita Narboni".- Ángel Vázquez Molina (1929-1980)


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 Primera parte

«Mamá, gracias por aquel eucalipto que tú me escondías debajo de la almohada. Todo para que respirara bien. Y la albahaca en la mesilla de noche, para que no me molestaran los mosquitos. ¡Qué pena más grande que nunca haya podido respirar como yo quiero y que haya personas que son peores que los mosquitos! Siempre estuve acobardada y mi mal, como el tuyo, no tiene cura. Viviré siempre acobardada. Pero te lo agradezco todo, porque tú lo haces por mi bien. Y te juro, bendita, que nunca sabré cuál es mi bien. A veces pienso que no soy tan inconsciente como parezco. Lo que me ocurre es que pienso al revés. ¡Cómo me gustaría ser como esa maldita! Y, sin embargo, ella, a la larga, te hará daño. Y yo, por prudencia, y por miedo, nunca te lo haré. Como siempre. No quiero a papá. Me da terror confesarlo, que Dios me perdone. Pero nunca lo quise. Me mira con lástima, que es lo que más me molesta. Me mira como si toda mi vida hubiera de ser terrible, como si de pronto yo me convirtiera en una huérfana de la tormenta. Eso no es, mamá. Tú lo sabes. Alguna salida tendré. Dios aprieta, pero no ahoga. ¿No crees? En cambio, admira a esa perra. Torpe, una torpe, eso es lo que soy. No doy una. Y cuando intento demostrar mi cólera, tanto tú como papá os quedáis como de piedra. Porque, por lo visto, no tengo derecho a demostrar mi cólera, ni siquiera mis sentimientos. Tengo que ser como vosotros queráis que yo sea. Buena, tontona, atolondrada. Que nunca me entere. Y te juro, mamá, que me entero de demasiadas cosas de las que no quisiera enterarme. Corre que te corre, Juanita, no te quedes atrás. Se me tuercen los tacones, mamá. Y lloro y rabio, mamá, pero me aguanto. Porque sé que no puedo decir una palabra. Maldita boca la mía, que todo lo que por ella suelto se tuerce.
 Malentendidos. Mi vida está llena de malentendidos. Un gesto mío nunca expresa lo que quiere decir. Es como si ese gesto no respondiera a mis reflejos. No soy una mujer moderna. No lo seré nunca, porque nunca llegaré a tiempo. ¿Y sabes lo que te digo, mamá? Que yo no puedo correr más. A ella la llevaste al Lycée porque entonces estaba de moda. Yo me quedé en casa. Y lo poco que aprendí, lo aprendí en la escuelita de la señorita de Hortá. Ahora, perdona que te lo diga, pero cuanto más se sabe, menos se ve. Aquella terrible mujer que se lavaba los pies en una palangana descascarillada, con bicarbonato, y nos recomendaba que volviéramos la cara, porque, a lo peor, me imaginaba yo, tendría un principio de elefantiasis. Nos obligaba a echar una perra gorda en lo alto de un armario para acertar la puntería, pues la perra tenía que caer dentro de un bote vacío de leche condensada, y gracias a aquel truco ella se compraba el mejor trozo de mero que salía del mercado. Tuvo un retrato de don Alfonso XIII con una escarapela roja y gualda, y años después, cuando volvimos a verla, porque ya estaba vieja y enferma, nos topamos de pronto con Madame la République con las tetas fuera. El único recuerdo agradable que guardo de todo aquello fue un reparto de premios: me tocó Corazón, de Edmundo d'Amicis, y aquel verano que nos fuimos a Cortes de la Frontera me lo pasé llorando como una mula. Debajo de aquel retrato de Madame la République ponían: Liberté, Egalité, Fraternité. Y estaba envuelta en la bandera francesa. Envuelta era un decir, porque se le marcaba todo, sin contar aquellas dos inmensas tetonas que eran una indecencia. La pobre nos explicó que no había podido encontrar la lámina española, que se habían agotado. Que a ella la obligaban a poner un retrato de aquella pendona. Que, al fin y al cabo, cada uno enseña lo que tiene, que más sufre el que ve que el que enseña, que había tenido que comprarla precipitadamente en la papelería de Monsieur Lebrun -con lo que a ella le dolían los pies aquella tarde-, que se fue arrastrando, porque no se atrevió a mandar a ninguna niña no fuera a traerle un cromo del Sagrado Corazón, y una ensarta de estupideces por el estilo. Pero a mí aquello me marcó. Ahora, cuando me toco las tetitas, me siento como disminuida. Y no soy tortillera, bien lo sabe Dios, que me gustan los hombres. Pero en silencio, con discreción, no como a mi hermana, que es de las que se meten en los portales. Una buscona. Eso es lo que es. Siempre hablando de lo mismo, machacando mi cerebro con sus cochinerías. Bueno, con lo que sea. Superficial. No es una señorita. Está obsesionada con el sexo y la muy estúpida se cree moderna. Moderna y elegante. No sabe valorar. No siente, ni padece, como no sea por lo mismo de siempre. Y yo porque me invita a todas partes, me callo. Y porque no quiero hacerte sufrir. Que si yo te contara... Te morías ahora mismo de vergüenza y de pena. Callar, aguantar, soportar, ése es mi lema. Ana María dice que existen tres clases de noblezas: la de la sangre, la del dinero y la mía. ¡Lástima que Ana María sea una mujer casada y que ya tenga dos niños como dos soles, porque si no sería una amiga maravillosa, y yo no tendría que salir para nada con esa pandilla de pencas, que no sueltan más que disparates por esa boca! Tú sabes muy bien la clase de hombres que me gusta, porque a ti nunca se te escapó nada. Acuérdate de aquella película que fuimos a ver tres veces. Por alguna razón sería. Y tú lo sabes. Ya sabes lo que te digo y de quién te hablo, que nos enloquecía. ¿A que sí, bendita? Que muy bien vi que se te subían los colores a la cara en cuanto él apareció, y nerviosa perdida no hacías más que abrir y cerrar el bolso. Yo creo que, por dentro, pensabas que ojalá papá hubiera sido así. ¡Qué horror! Gracias a Dios no se parece nada, porque si no el incesto hubiera sido espantoso. Esos hombres no existen en la realidad. Para mal o para bien nuestro. Son de celuloide. Esta semana me olvidé de comprar el Cinegrama, número extraordinario, con la cubierta a todo color, y esa asquerosa de Benita se habrá olvidado de apartármelo. Bien que se lo rogué. Benita, mi reina, ponme entre las apartadas. Me miró riéndose, como siempre. Y lo que ha hecho es apartarme, como si yo fuera una leprosa. Porque mañana, cuando vaya a recogerlo, me dirá que lo siente, que se agotaron. Le caiga un mal. Amiga de la perra de mi hermana, para que sea buena. Si hubiera sido a ella, no le haría lo mismo. Son del mismo percal. Mañana, cuando vaya a preguntar, me dirá que no. Siempre con el no por delante. Mañana, sin falta, llamaré a Ana María y juntas iremos a ver al doctor Decrop para concertar una cita. Sin que se entere nadie. Ya verás qué pronto te pones buena, mamá. ¡Qué manera de llover! Con truenos y relámpagos, lo que faltaba. Santa Bárbara bendita... Será por bien. Así se limpiarán las calles.»
 

jueves, 31 de agosto de 2017

"Cósima".- Grazia Deledda (1871-1936)


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«Es necesario decir dos palabras sobre esta criada que, en el recuerdo, parece también una invención irreal. Se llamaba Nanna y ahora estará sentada a la diestra de Dios, fiel aún a sus amos, en las filas de los Patriarcas. Llevaba veinte años al servicio de la casa y habría de transcurrir allí otros veinte más. Tenía entonces treinta años; había llegado, siendo todavía una niña, del tugurio de una pobre gente, para cuidar del primer hijo de los amos, que había muerto pocos meses después de nacer, aunque dejando en la cuna su puesto a otro. La cuna también era primitiva, como excavada en el tronco de un nogal, sin velos ni adornos, y no estaba jamás vacía.
 Nanna era todavía una mujer guapa, con ojos castaños de perro fiel, un lunarcillo peloso en la comisura de la boca y los pechos anchos y caídos de las razas esclavas. Desde luego no era una esclava en aquella casa donde todo se le confiaba, incluidos los niños, que dormían con ella y que la seguían cuando tenía que ir a hacer algún recado. Si trabajaba día y noche lo hacía voluntariamente: iba a sacar agua de la fuente, a lavar la ropa lejos, donde quiera que hubiera un arroyuelo; limpiaba la harina y amasaba con el ama el pan de trigo y de cebada; iba a recoger las aceitunas a la finca, a coger bellotas para el cerdo al bosque de la montaña; partía la leña, daba de comer al caballo; le tocaba también barrer el trozo de calle delante de casa porque el Ayuntamiento no se encargaba de ello; y en la época de la vendimia pisaba la uva con sus fuertes pies desnudos cubiertos de una piel que parecía curtida. El sueldo se lo guardaba el amo, que se lo invertía; los maliciosos decían que en la época de sus veinte años, cuando era guapa y casi rubia, el amo había sentido cierta inclinación hacia ella, pero aquellos eran chismes que el tiempo había disipado.
 Ahora está hirviendo con cuidado la leche en el hornillo que está encima del gran horno; con ocasión del parto del ama se ha puesto los zapatos, sin medias, como es natural, dispuesta para cualquier orden. Una arruga le surca la frente y sus orejas están tensas como las de las liebres. La responsabilidad de la casa es ahora toda suya y aprovecha exclusivamente su autoridad para tomarse algunas tacitas de café de más, que son su única pasión.
 Los muchachos llegan, uno por uno, para tomarse el café con leche que sirve en los redondos tazones de barro amarillo y rojo: incluso los mayores que son varones y ya van al instituto de la pequeña ciudad. El mayor, Santus, es un guapo muchacho de perfil fino y grandes ojos, de un gris azulado: tiene un aire pensativo y leal; viste ya algo rebuscadamente y, mientras se bebe el café con leche, acaba de repasar la lección de latín. El acontecimiento de la casa ni lo sorprende ni lo turba: conoce el misterio y lo acepta como una cosa natural. Sus sentidos permanecen tranquilos, casi fríos y templada la imaginación. No le gustan las mujeres, no piensa más que en estudiar, en profundizar en las cosas de la vida pero a través de los libros. No, no tiene imaginación, pero quizá él es, también, algo visionario, como la hermana pequeña y procede de un mundo alejado de la cruda realidad. Tiene prisa por irse a clase con los libros bien sujetos por una correa, y no le preocupa que el otro hermano se retrase o que quizá esté aún dormido en su cuarto del último piso que tiene dos ventanas: una en la fachada y la otra sobre los tejadillos de la despensa, el desván y el cuarto trasero.
 De hecho, antes que él bajan las dos hermanas mayores, Enza y Giovanna, que también van a clase; de poca estatura, casi iguales, como dos gemelas, con ojos celestes y pelo negro, tirante, muy tirante, y una trenza rematada en un bucle. Sus vestidos son verdaderamente ridículos, la falda larga y ancha atada a la cintura, alrededor de la blusa con canesú de amplias mangas, de una tela a rayas de colores; de la misma tela es la bolsa para los libros; llevan también medias blancas y botines claveteados y pañuelos de seda que ya empiezan a atarse con cierta coquetería sobre la mejilla izquierda, dejando al descubierto el pelo hasta la mitad de la cabeza.
 La pequeña, Cósima, que todavía no tiene edad para ir a la escuela, las mira con admiración y envidia, pero también con cierto temor porque ambas, y Enza especialmente, no sólo no juegan con ella sino que le prodigan manotazos, empujones, golpes y palabrotas, aprendidas de las compañeras de escuela.
 Su hermano Andrea se porta mejor con ella. Cuando las dos hermanas se han ido ya a la escuela, baja el muchacho, pero se niega a tomar el café con leche: "Cosa de mujeres", dice. Él se comería un buen filete de carne roja, medio cruda y, a falta de ésta, se contenta con bajar el cestillo de los criados y roer con sus fuertes dientes el pan duro y una corteza de queso. Nanna se le acerca suplicante con la taza colmada en las manos, ya que Andrea es su preferido, su solo afán y única preocupación.
 -Pareces un pastor -le dice, poniéndole la taza delante-. Toma esto; toma cordero; el maestro va a notar que hueles a queso.
 -Y ¿quién es él? Yo soy un rico pastor pero él es un pobre mendigo, un borrachín piojoso.
 Así habla Andrea de su profesor de latín y lo dice convencido, porque toda la gente que vive de un trabajo intelectual es para él más pobre que los pastores o los albañiles.
 Su mentalidad es, ciertamente, la de un rico pastor que conduce una tosca vida, pero posee rebaños, tierras y dinero y, sobre todo, libertad de acción, lo mismo para el bien que para el mal. Su aspecto físico es también rudo, cuadrado, los trajes descuidados, pero la cabeza es muy peculiar, potente, de pelo negrísimo; el perfil es chato, de labios sensuales; los ojos de un gris dorado, resplandecientes como los de un halcón. No le gusta estudiar y sólo es feliz cuando puede escaparse de casa a caballo, como un centauro adolescente. Nadie le ha enseñado a montar a caballo y, sin embargo, monta sin silla sobre potros indómitos y sus gritos, para incitarlos, rivalizan con los relinchos.
 Al ver a Cósima, que estaba quieta, sentada en su sillita baja con la escudilla en el regazo, le sonrió y antes de salir se le acercó diciéndole, en voz baja, con un tenue acento de complicidad:
 -El domingo te llevaré a caballo, al Monte; pero chitón, ¿eh?»
 

martes, 4 de julio de 2017

"La casa grande".- Álvaro Cepeda (1926-1972)


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El hermano

«Frente a mi hermana muerta no tengo lágrimas sino preguntas. El llanto nos lo quitaron después de la infancia: el odio que no entendíamos y sobre el cual se fundó la continuidad de la familia, nos secó el llanto, nos negó el gran descanso de las lágrimas. Ahora no me quedan sino las preguntas; las preguntas que no pude hacer cuando eran necesarias, cuando surgían atormentadoras ante cada hecho, ante cada acción y más atormentadoras aún y más apremiantes después de cada catástrofe. Las preguntas que no tuve tiempo  de hacer porque todo se me vino encima de golpe, con la misma violencia del viento inesperado e ineluctable que dobla las bananeras, desolando lo que había sido seguridad y esperanza. Primero, el Padre, que irrumpió en mi vida como una fuerza maligna e implacable, destrozando de pronto el delicado arreglo de la adolescencia, la maravillosa y prometedora continuación de una niñez resguardada de toda sorpresa exterior; el Padre para quien las preguntas eran una afrenta a sus decisiones indiscutibles, todopoderosas, estableció con su sola existencia la imposibilidad de las preguntas.
 Después la soledad alucinada de los años en el colegio lejano que no permitía las preguntas porque las respuestas comenzaban a vislumbrarse aterradoramente claras; inadmisibles todavía dentro del enmarañado orden de los sentimientos confundidos. Y entonces era necesario agotar los sentidos, amontonar sensaciones, tapar la piel con manos indeseadas para no dejar entrar a las preguntas que me rondaban como animales hambrientos y feroces. Fue la noche larga de los sentidos formidables. Y su recuerdo es solamente una desvanecida aglomeración de caras, de palabras, de sensaciones, sin explicación ni consecuencia.
 Y por último, todas las preguntas que no pudieron hacerse cuando la poca y miserable vida de los jornaleros les fue arrebatada a tiros en las estaciones, a lo largo de las vías del ferrocarril, frente a las puertas entreabiertas de sus casas, porque precisamente trataban de ejercer lo que ellos creían, lo que yo principalmente creía, que era su derecho a preguntar, a indagar la razón para la desigualdad y la injusticia. Las preguntas que luego hubo que aplazar porque era más apremiante la tarea de reconstruir y restañar lo que un militar abyecto había tratado de abatir y desangrar. Todas estas preguntas se amontonaban ahora ante la muerte de mi hermana. ¿Dónde encontraré las respuestas? ¿Están acaso en mí? ¿O es su dolorosa y ya definitiva y total respuesta el cuerpo muerto de mi hermana?
 Yo odiaba la lluvia. Le temía más que al peor de los castigos porque la lluvia me aislaba de todas las cosas agradables que la casa grande ofrecía a mi niñez con su laberíntico universo de pasillos, habitaciones, patios y sitios encantados que mi hermana y yo explorábamos ávidamente todos los días. La lluvia era precedida siempre por un calor infernal que ni aun los gruesos y altos paredones de la casa grande lograban mantener fuera; se metía en los cuartos, lo invadía todo, se volcaba pesadamente sobre las cosas y personas de la casa. De pronto, sorpresivamente el cielo se volvía gris, las nubes se amontonaban sobre los picos de la sierra, cubriéndolos con un nimbo sucio y pavoroso, y un viento helado, agudo, nos recorría el cuerpo minuciosamente.
 Los truenos rebotaban insistentes y ensordecedores dentro de la gran campana gris con que habían cubierto nuestros patios. Al fin, por las resquebraduras luminosas que habían abierto en el cielo los estampidos de los truenos, se derramaban los primeros goterones, como de plomo, que al estrellarse contra el suelo reseco levantaban una minúscula polvareda. Entonces, en medio de la baraúnda creada por la lluvia, se oía la voz preocupada de Isabel que me buscaba por toda la casa gritando: "¡este viento helado te va a hacer daño! ¡No te vayas a mojar con la lluvia, que te vas a enfermar!" Yo, en esos momentos, la odiaba. Mi hermana y yo nos escondíamos apretujados contra el arco de un corredor, o debajo del alero de una ventana cerrada, o protegidos precariamente por las hojas de los arbustos bajos en el patio de los caimitos. Cuando Isabel nos encontraba, ya la lluvia nos había empapado las ropas y un frío suave y agradable comenzaba a cubrirnos la piel humedecida.
 Y al final de la madrugada, cuando la creciente opresión en el pecho, que yo había tratado de disimular durante la comida frente a los ojos conocedores de mi hermana, me ahogaba y me impedía respirar, tenía que llamar a Isabel. Sentada a mi lado reprendiéndome en voz baja pero cariñosamente y frotándome las espaldas con sus manos grandes y aliviadoras, Isabel y yo veíamos meterse la mañana por entre las rendijas de la ventana cerrada. Mi hermana entreabría la puerta de mi cuarto silenciosamente y se quedaba allí, mirándome. Cuando Isabel me dejaba para ir a avisar que yo había amanecido enfermo, mi hermana se acercaba a mi cama, me tocaba la cabeza hirviente con sus manos frescas y me decía: "Yo tampoco pude dormir anoche: me ahogaba." Luego se iba. Y a mí me parecían menos duros los días del encierro y de la enfermedad que comenzaban en ese momento.

***
 ¿Dónde está ahora mi sitio? ¿Cuál es mi lugar en este gran desorden de la vida? La Hermana ha ocupado con su cuerpo el único sitio que me pertenecía: era una sola muerte para los dos y ella la ha acaparado totalmente.»
 

viernes, 6 de enero de 2017

"El hermano pequeño".- José María Guelbenzu (1944)


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 Primera parte

 «Apenas quedó libre de sus ocupaciones inmediatas, Mariana volvió a pensar en la sorprendente aparición de su hermano. Era cierto que hacía casi quince años que no sabía de él, salvo por las referencias de su madre y, hasta donde llegaba su recuerdo, dos o tres encuentros casuales, siempre en la casa paterna, nunca a solas. Sus vidas -pensó- eran tan divergentes como sus caracteres. Antonio no había salido del entorno familiar como ella, para casarse, sino que nada más terminar sus estudios en la Facultad de Económicas de Madrid, marchó a Estados Unidos para hacer un máster y ya no volvió a aparecer por el hogar más que una vez al año, dos a lo sumo, siempre de paso y por vacaciones. Había desarrollado toda su carrera de ejecutivo en el extranjero: Estados Unidos, América Latina y Europa; seguía soltero y, al parecer, se daba a la buena vida. En el recuerdo de Mariana se diferenciaban bien la infancia de la adolescencia; en la primera fueron auténticos hermanos piratas: uña y carne para todos los juegos, se cubrían en todo el uno al otro. La adolescencia, en cambio, los convirtió en enemigos irreconciliables o, como decía su madre, desesperada, en el perro y el gato. No había día en que no disputasen, se hacían pequeñas canalladas recíprocas, fingían maldades para herir al otro, no se soportaban. Mariana se deshizo de aquel estrés por la vía del matrimonio y dejaron totalmente de verse en cuanto él se marchó a América; antes, tan solo coincidían ocasionalmente en algún almuerzo familiar de domingo en casa de los padres. Mariana sólo volvió a echarlo de menos cuando la separación matrimonial la dejó a la intemperie; no fue algo intencionado o producto de una reflexión sino un acto reflejo puro y duro, más propio de la hermandad de la costa. Antonio se llevó muy bien con su padre desde la adolescencia, lo que ella atribuía a complicidad masculina aunque el padre fuera siempre severo con ambos. A su padre, Mariana lo quiso y lo detestó con la misma intensidad hasta que se decantó por detestarlo estando cerca y añorarlo culpablemente estando lejos. La relación de Antonio con su madre siempre fue cariñosa, incluso desde el otro lado del Atlántico. El padre fue un hombre autoritario y de una pieza a lo largo de toda su vida con ellos, difícil de tratar y cariñoso a su manera, es decir: siempre que no se le llevara la contraria. Pero así como el enfrentamiento de Mariana con su padre fue constante ya desde los últimos años del colegio, su hermano y él simpatizaban mucho más porque, en realidad, era un adulador interesado  donde ella era una rebelde que iba de frente y por directo, con las fatales consecuencias que suele traer esa clase de actitud en la vida. Al encanto de Antonio, con sus padres primero y con la gente en general después, su madre lo llamaba don de gentes, y Mariana vivió la experiencia clara de ser preterida en favor de su hermano, la vivió con dolor y rabia; y una vez que Antonio salió de España, dejó que los lazos fraternos se aflojaran del todo sin hacer nada por evitarlo. En su fuero interno, lo que le reclamaba era la fraternidad de los hermanos de la costa, a pesar de llevarse mal, y lo que encontró fue el abandono interesado del hijo mimado y no lo perdonó. Quizá fuera ahí donde se incubó el sentimiento de soledad que nunca había dejado de acompañarla por la vida. Para entonces ella vivía con su marido, empezaba a asentar su prestigio como abogada penalista en el bufete que compartía junto con otros dos socios y sus intereses estaban bien lejos del ámbito familiar. No por eso dejó de mantener una relación filial, pero siempre desde su propia independencia, la cual no le consiguió el respeto del padre, que se iba volviendo más intratable a medida que envejecía y por nada del mundo hubiera reconocido la personalidad de su hija aunque, paradójicamente, esa sinrazón acabó por ayudarlo a considerar las razones por las que se autoincapacitaba para reconocerla; y por esa vía él fue destensando la cuerda con la que pretendía castigarla hasta que la tirantez se atenuó un tanto para respiro y alivio de la madre, que era la única que lo soportaba a todas horas del día y de la noche.
 ¿Por qué volvía Antonio, así, de golpe, a su vida? ¿Por qué en G...? En medio de la preocupación por la instrucción del caso de Elena Sánchez Vega se estaban colando multitud de recuerdos de familia de su vida anterior creando un totum revolotum en su interior que se le hacía muy incómodo. Estaba convencida de que Antonio buscaba algo de ella, pero no lograba imaginar qué. ¿Qué podría querer de ella si nunca antes la necesitó para nada? Resultaba tan bruscamente inesperada su llegada que todavía estaba por asimilarla, pero además le creaba desconfianza. Pensó en lo singular de la evolución de las personas. Aquella joven que era ella, defensora de la vida natural y espontánea, sin reglas ni limitaciones, ansiosa de la libertad y del dejar vivir, y aquel hermano menor triunfante, engreído, tradicional, bienpensante y clasista habían dado la vuelta por completo: ella empezó a cuidarse y vestirse como una niña bien a partir del momento en que se dedicó al ejercicio de la abogacía y así se había mantenido hasta ahora, salvo los años de la depresión tras el divorcio y la salida del bufete. Hoy, su altiva expresión exterior, muy sensual en las formas y sobria en el vestir (estaba volcada al traje sastre de tonos casi siempre oscuros como su pelo y sus ojos), definía muy bien el contraste del que emanaba su atractivo, el cual había afinado buscando deliberadamente una elegancia y un estilo propios de la burguesía, salpicado con divertidos detalles de vitalidad y de color. Él, Antonio de Marco, no se quitó los buenos modales ni la corbata, pero entró en un ritmo de vida alegre con tendencia al egotismo, a la ligereza de pensamiento (o así lo aparentaba) y al disfrute exclusivo del presente que lo aproximaba también más a la figura también clásica del hermano tarambana.»