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lunes, 23 de noviembre de 2020

El señor de los anillos.- J.R.R. Tolkien (1892-1973)

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Libro cuarto
5.-Una ventana al oeste

 «-[…] Pero usted estuvo cerca de la verdad desde el principio. Yo observé y escuché a Boromir durante todo el camino desde Rivendel, para cuidar de mi amo, como usted comprenderá, y sin desearle ningún mal a Boromir, y es mi opinión que fue en Lórien donde vio claramente por primera vez lo que yo había adivinado antes: lo que él quería. ¡Desde el momento en que lo vio, quiso tener el Anillo del Enemigo!
 -¡Sam! -exclamó Frodo, consternado. Había estado ensimismado en sus propios pensamientos y salió de ellos bruscamente, pero demasiado tarde.
 -¡Caracoles! -dijo Sam palideciendo y enrojeciendo otra vez hasta el escarlata-. ¡Ya hice otra barrabasada! Cada vez que abres el pico metes la pata, solía decirme el Tío, y tenía razón. ¡Caracoles! ¡Caracoles! ¡Oiga, señor! -dio media vuelta y miró cara a cara a Faramir con todo el coraje que pudo juntar-, no vaya ahora a aprovecharse de mi amo porque el sirviente sea sólo un tonto. Usted nos ha arrullado todo el tiempo con palabras hermosas, hablando de los Elfos y todo, y bajé la guardia. Pero lo hermoso es bueno, como decimos nosotros. He aquí una oportunidad de demostrar su nobleza.
 -Así parece -dijo Faramir, lentamente y con una voz muy dulce y una extraña sonrisa-. ¡Así que ésta era la respuesta a todos los enigmas! El Anillo Único que se creía desaparecido del mundo. ¿Y Boromir intentó apoderarse de él por la fuerza? ¿Y vosotros escapasteis? ¿Y habéis corrido tanto camino... para llegar a mí? Y aquí os tengo, en estas soledades: dos Medianos, y una hueste de hombres a mi servicio, y el Anillo de los Anillos. ¡Un golpe de suerte! Una buena oportunidad para Faramir de Gondor de mostrar su nobleza. ¡Ah! -Se incorporó muy erguido, muy alto y grave, los ojos grises centelleando.
 Frodo y Sam saltaron de sus taburetes y se pusieron lado a lado de espaldas al muro, buscando a tientas la empuñadura de las espadas. Hubo un silencio. Todos los hombres reunidos en la caverna dejaron de hablar y los miraron con asombro. Pero Faramir volvió a sentarse y se echó a reír quedamente, y luego, de pronto pareció grave otra vez.
 -¡Ay, desdichado Boromir! ¡Fue una prueba demasiado dura! -dijo-. Cuánto habéis acrecentado mi tristeza, vosotros dos, ¡extraños peregrinos de un país lejano, portadores del peligro de los Hombres! Pero juzgáis peor a los Hombres que yo a los Medianos. Nosotros, los Hombres de Gondor, decimos siempre la verdad. Nos jactamos rara vez pero entonces actuamos o morimos intentándolo. No lo recogería ni si lo viese tirado a la orilla del camino, dije. Aunque fuese hombre capaz de codiciar ese objeto, aunque cuando lo dije no sabía qué era, de todos modos consideraría esas palabras como un juramento, y a ellas me atengo. Mas no soy ese hombre. O soy quizá bastante prudente para saber que el hombre ha de evitar ciertos peligros. ¡Descansad en paz! Y tú, Samsagaz, tranquilízate. Si crees haber flaqueado, piensa que estaba escrito que así habría de ser. Tu corazón es tan perspicaz como fiel, y él vio más claro que tus ojos. Por extraño que pueda parecer, no hay peligro alguno en que me lo hayas dicho. Hasta podría ayudar al amo a quien tanto quieres. Puede ser favorable para él, si está a mi alcance. Tranquilízate entonces. Pero nunca más vuelvas a nombrar esa cosa en voz alta. ¡Basta una vez!
Resultado de imagen de jrr tolkien el señor de los anillos II  Los hobbits volvieron a sus taburetes y se sentaron en silencio. Los hombres retornaron a la bebida y la charla, suponiendo que el Capitán había estado divirtiéndose a expensas de los pequeños huéspedes, pero que la chanza ya había terminado.
 -Bien, Frodo, ahora por fin nos hemos entendido -dijo Faramir-. Si asumiste la responsabilidad de ser el portador de ese objeto no por elección sino a instancias de otros, te compadezco y te honro. Y me dejas maravillado: lo llevas escondido y no lo utilizas. Sois para mí gente de un mundo nuevo. ¿Son semejantes a vosotros todos los de esa raza? Vuestra tierra parece un remanso de paz y tranquilidad, y honráis sin duda a los jardineros.
 -No todo es allí felicidad -dijo Frodo-, pero es cierto que honramos a los jardineros.
 -Pero también allí la gente tiene que aburrirse, aun en los huertos, como todas las cosas bajo el Sol de este mundo. Y vosotros estáis lejos de vuestro hogar y habéis viajado mucho. Basta por esta noche. Dormid los dos en paz, si podéis. ¡Nada temáis! Yo no deseo verlo, ni tocarlo, ni saber de él más de lo que sé (y ya es más que suficiente), no sea que el peligro me tiente, y si me enfrentara a esa prueba no sé si tendría la entereza de Frodo, hijo de Drogo. Id ahora a descansar... mas decidme antes si es posible: a dónde deseáis ir y qué queréis hacer. Pues yo he de velar y esperar y reflexionar. El tiempo pasa. En la mañana partiremos unos y otros por los caminos que el destino nos ha marcado.
 Pasado el primer sobresalto, Frodo no había dejado de temblar. Ahora un inmenso cansancio descendió sobre él como una nube. Incapaz de seguir disimulando, no se resistió más.
 -Buscaba un camino para entrar en Mordor -dijo con voz débil-. Iba a Gorgoroth. Tengo que encontrar la Montaña de Fuego y arrojar el objeto en el abismo del Destino. Así dijo Gandalf. No creo que llegue jamás allí.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Minotauro, 2001, en traducción de Matilde Horne y Luis Domènech, pp. 397-400. ISBN: 84-450-7034-7 (vol. II).]
 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Pablo y Virginia.- Marcel Mithois (1922-2012)

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Capítulo  XVIII: La sorprendente sorpresa del "jefe"

  «Había poca gente en París a la que debiéramos a la vez dos invitaciones a cenar y cinco millones.  Los Baux de Ruche tenían el feliz privilegio de ser de éstos. Me diréis que Seraphin Baux de Ruche, por ser mi banquero, tenía más vocación a prestarme dinero que a pedírmelo. Pero, en fin de cuentas, nada le obligaba además a invitarnos dos veces a "Maxim's".
 Nada le obligaba a interrumpirme cada vez que, tras las primeras bocanadas de nuestros cigarros, me creía obligado a farfullar: "No me olvido, querido señor, que hace ya seis meses hubiera debido devolverle..." Me atajaba. Yo no insistía. Soy lo bastante bien educado: cuando me dicen que me calle, me callo.
 Pero, aun persistiendo en callarme, había que tener un gesto. Ese gesto, desde hacía seis meses vacilábamos en tenerlo, aplazando siempre para el día siguiente el momento de devolver una parte de sus amabilidades a los Baux de Ruche. Destilan, en efecto, un aburrimiento tan distinguido y tan considerable que cada vez que estamos con ellos Virginia y yo sufrimos un martirio a fuerza de reprimir bostezos en cadena. Tras su segunda cena, la demasiado sutil Virginia decretó:
 -¡Estamos en paz! Hace cinco horas en total que les hacemos compañía. Con ellos uno se aburre a razón de un millón por cada hora. Esto salda la cuenta.
 Para los Baux de Ruche eso no debía saldar la cuenta. Las vacaciones vivificantes habían transcurrido entre sus agobiantes veladas. Revigorizados, ahítos de glóbulos rojos, no teníamos en verdad ninguna excusa para recular.
 -Esta misma semana -le dije resueltamente a Virginia-, hay que invitar a nuestros banqueros. Más tarde será demasiado tarde. Habremos perdido todo el beneficio del cambio de aires y ya no tendremos la resistencia necesaria. Voy a fijarles una cita en un restaurante decente...
 -¡Estás completamente loco! ¿Un restaurante? ¡Para hacerles creer que nos gastamos el dinero que les debemos! Ni hablar. Les recibiremos en casa. Será una cena sencilla, pero íntima y muy simpática...
 -¡Simpática! -grité-. ¡Simpática con Maria Nade!
 Madame María Nade es una señora encantadora, pero de bastante edad, que trabaja -dice ella- en casa hace quince días como criada. Se toma la vida por el lado bueno. La suya, se entiende. No la nuestra. Pero, ¿quién podría censurar a una mujer de edad tan venerable que no se muestre más altruísta?
 -No te preocupes. Todo saldrá perfecto -prometió Virginia-, por la sencilla razón de que yo me ocuparé de todo: desde la compra hasta la cocina...
 Debí haber mirado a Virginia con la misma zozobra que si ella me hubiese anunciado: "Mañana por la noche canto Tosca en la Scala de Milán y en italiano".
 -¿Tú? -exclamé plañideramente-. Pobre cariño mío, no has hecho jamás una cosa ni otra. ¿Crees que es razonable escoger por cobayos a personas a quienes debemos dinero?
 -No soy más tonta que otra cualquiera. La compra: basta con escoger y comprar. En cuanto a la cocina, hay libros muy bien escritos sobre la cuestión. Lo que más me inquieta es el ambiente. Habría que invitar a un matrimonio dinámico y charlatán, pues no me siento con valor de sostener además la conversación durante tres horas. ¿Se te ocurre alguien?
 -Bijou.
 -¿Qué Bijou?
 -Un periodista amigo mío: Rafael Bijou. No le visto nunca permanecer callado más tiempo del que se necesita para encender un cigarrillo. Además, todo lo sabe, o cree saberlo. No se puede nombrar delante de él "Berlín", pongo por ejemplo, sin que en seguida empalme: "No hay dos soluciones, sólo existe una...", o "¡Qué calor!, sin que empiece: "Cuando estaba en el Gabón, en 1957, el barómetro..." Esto sucede con todos los temas, y dura una hora cada vez.
 -Ese es el hombre que necesitamos -dijo Virginia-. Invítale a comer con su mujer, si es casado.
 Lo era. Invité, pues, a los Bijou y a los Baux de Ruche, y la cena quedó fijada para el sábado.
 Desde el amanecer del viernes comenzó Virginia a atarearse. Y yo a angustiarme. ¡Oh!, angustia simplemente. Si yo supiese leer el porvenir, mi zozobra habría sido más punzante todavía. Virginia, totalmente entregada a la gestación de su obra maestra, deambulaba por el piso, hojeaba libros, diccionarios; salía y regresaba apretándose la frente, con la mirada extraviada hacia cumbres imaginarias, como si fuese a parir la cúpula de la Sixtina. Tras largas meditaciones, nuestro Miguel Ángel del fogón consistió en participarme el genial boceto de su menú: soufflé de queso, pollo al curry, arroz a la india, ensalada de frutas.
 -En tu lugar -propuse con la esperanza de minimizar los riesgos-, reemplazaría el soufflé por melones, el curry por pollos fríos y el arroz por ensalada rusa.
 Virginia se burló:
 -Tienes miedo. Confiésalo. No seas poltrón. Pues bien, vas a ver que puedo ser, cuando quiero, una perfecta mujercita de su casa. Se chuparán los dedos. Créeme. Se hablará mucho de mi cena...
 Tenía razón. Cuatro personas hablaron mucho tiempo: los Baux de Ruche y los Bijou. Prefiero hablar poco de ello. Lo preciso para daros una idea de aquel festín... Iba a decir cínicamente "para abriros el apetito". Así, pues, el viernes fue consagrado a las compras de Virginia; vuelta matutina por las Halles, visitas a las tiendas de hortalizas, de vinos, a las mantequerías... El sábado, al entrar en la cocina, encontré a Virginia sentada ante cuatro gruesos tomos cuyas páginas volvía febrilmente.
 -Hice bien -me dijo- en comprar varios. Para el mismo plato, la receta de cada libro es diferente. Por lo demás, ninguna me parece perfecta. Creo que escogeré de cada una los consejos que me parezcan mejores...
 Esperando un apoyo de mi parte, María Nade se atrevió a insinuar tímidamente:
 -Le juro, señora, que para hacer cocer el arroz hace falta agua. Lea, lea bien hasta el final...
 Virginia palideció como si le hubiesen echado en plena cara su edad.
 -Una vez por todas, mi querida María, le pido que no ponga su grano de sal en mi cocina. Soy lo bastante mayor para preparar sola una cena. Sus estúpidos consejos no hacen sino embarullar mis ideas...
 Entonces, tras haberme lanzado una mirada que quería decir: "Después de todo, no estoy en la tierra para impedir que la gente se suicide", María Nade de Aubervilliers se sentó confortablemente, cogió un calendario de Correos y se puso a abanicarse con el desdén de una gran dama española.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1964, en traducción de Domingo Pruna. Depósito legal: B.18.001-64.] 

miércoles, 8 de abril de 2020

La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

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Blacamán el bueno, vendedor de milagros (1968)

 «Así era Blacamán, el malo, porque el bueno era yo. Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando se le volteaba la suerte se volvía bruto del corazón. En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante muchos años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de intérprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros. Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zozobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señoras y señores, porque esto no es una orden, sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación. Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivino. […]    
 Así fue como empezó mi vida grande. Desde entonces ando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidós si lo son por accidentes o por peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcos de infantes o cualquier otro género de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arreglo especial, a los locos según su tema, a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filántropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazarinos a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no respondo si se les confunden las enfermedades y queden curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre y los cohetes hasta que se quemen  los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan los maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta mía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban. Lo único que no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan  se vuelven a morir de desilusión.
LA INCREIBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CANDIDA ERENDIRA Y DE SU ... Al principio me perseguía un séquito de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado. La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura flor de burro con este carricoche convertible de seis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chófer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas en Nueva Orleáns, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de Oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, mis medallas de perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de golondrinas como los padres de la patria.
 Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención. La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden  por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno, sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran en espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo, sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fíjense bien que ahora no me estoy riendo como antes, sino aguantando las ganas de llorar.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1981. ISBN: 84-02-05608-3.]

lunes, 11 de junio de 2018

Cancionero.- Cecco Angiolieri (c.1260-1312)


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12.-Por cada onza de carne que llevo encima

«Por cada onza de carne que llevo encima
bien tengo yo cien libras de tristeza,
no sé qué significa la alegría
pues mi mujer la pasta me controla.
 Parece que me rompa hueso a hueso
cuando me dice: -Adminístrate bien
y después te daré guita a montón-,
antes querré me arrojen a la fosa.
 Yo no creo que exista otro infierno
si no es la maldita economía:
y más me jode que el llover de invierno.
 Mas ¿cuál es la vida santa y bendita
según los grandes médicos de Salerno?
Si quieres estar sano, haz lo que te apetezca.

15.-Tengo tan poco de lo que querría

 Tengo tan poco de lo que querría,
que no sé si podría tener menos;
y puedo vanagloriarme tanto de ello
que no encontraré caso parecido;
 si yo marchase al mar, no esperaría
ni gota de agua poder encontrar.
Ahora mismo he caído tan bajo
que, aunque quisiese, no podría hundirme.
 Por esto no tendré yo pesadumbre,
más bien me alegraré de mi tormento,
como hace del mal tiempo el buen salvaje.
 Si bien me basta sólo un argumento:
oí una vez decir a un hombre sabio
que un día llega que vale más que cien.

18.-Si fuese fuego, quemaría el mundo

 Si fuese fuego, quemaría el mundo;
si fuese viento, lo arrasaría;
si fuese agua, lo inundaría;
si fuese Dios, lo enterraría;
 si fuese Papa, sería yo cachondo,
porque a todos los cristianos metería en líos;
si fuese emperador, ¿sabes qué haría?
Les cortaría a todos la cabeza de cuajo.
 Si fuese muerte, iría a por mi padre;
si fuese vida, huiría de él:
lo mismo haría con mi madre.
 Si fuese Cecco, como soy y fui,
me llevaría las mujeres jóvenes y bellas:
y las viejas y feas dejaría a los demás.

19.-Tres cosas solamente me son gratas

 Tres cosas solamente me son gratas,
de las cuales no puedo bien saciarme,
a saber: la mujer, la taberna y el dado,
ellas me hacen sentir el corazón contento.
 Mas raras veces puedo permitírmelas,
pues mi bolsillo me pone en evidencia,
y cuando caigo en ello, me maldigo,
pues pierdo sin dinero mi deseo.
 Y digo: -¡Herido sea yo con una lanza!-
a mi padre, que tan escuálido me tiene
que, sin llamarme, de Francia a él volvería.
 Sacarle una moneda sería más difícil,
la mañana de pascua cuando se da la propina,
que atrapar a la grulla un buharro.

25.-Dante Alighieri, si soy tan charlatán

 Dante Alighieri, si soy tan charlatán,
tú bien me vas pisando los talones;
si yo como con otros, cenas tú;
si muerdo sebo, tú chupas tocino,
 si yo maldigo, más criticas tú:
si yo exagero, tú poco te frenas;
si yo soy noble, tú señor resultas;
si yo me he hecho romano, tú lombardo.
 Así que gloria a Dios, reprochar poco
puede uno a otro de nosotros dos:
pena y poco sentido así nos hacen.
 Y si de esto dijeras tú más cosas,
Dante Alighieri, yo te cansaré;
porque yo soy el aguijón y tú el buey.»

 [Los poemas pertenecen a la edición en español de Olifante Ediciones de Poesía, en traducción de Ángel Guinda. ISBN:  84-85815-25-4.]

jueves, 29 de octubre de 2015

"Don Álvaro o la fuerza del sino".- Duque de Rivas (1791-1865)

 
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Jornada Segunda. Escena primera
 
 "Mesonero: (Toma la bota y se pone de pie.) Jesús, por la buena compañía, y que Dios nos dé salud y pesetas en esta vida y la gloria en la eterna. (Bebe.)
 Todos: Amén. (Pasa la bota de mano en mano.)
 Estudiante: (Después de beber.) Tío Trabuco, tío Trabuco, ¿está usted ya con los angelitos?
 Tío Trabuco: Con las malditas pulgas y con sus voces de usted, ¿quién puede estar sino con los demonios?
 Estudiante: Queríamos saber, tío Trabuco, si esa persona de alfeñique que ha venido con usted y que se ha escondido de nosotros, viene a ganar el jubileo.
 Tío Trabuco: Yo no sé nunca a lo que van ni vienen los que viajan conmigo.
 Estudiante: Pero... ¿es gallo o gallina?
 Tío Trabuco: Yo, de los viajeros, no miro más que la moneda, que ni es hembra ni es macho.
 Estudiante: Sí, es género epiceno; como si dijéramos, hermafrodita... Pero veo que usted es muy taciturno, tío Trabuco.
 Tío Trabuco: Nuca gasto saliva en lo que no me importa. Y buenas noches, que se me va quedando la lengua dormida, y quiero guardarle el sueño, sonsoniche.
 Estudiante: Pues, señor, con el tío Trabuco no hay emboque. Dígame usted, nostrama, (a la Mesonera), ¿por qué no ha venido a cenar el tal caballerito?
 Mesonera: Yo no sé.
 Estudiante: Pero, vamos, ¿es hembra o varón?
 Mesonera: Que sea lo que sea, lo cierto es que le vi el rostro, por más que se lo recataba, cuando se apeó del mulo, y que lo tiene como un sol, y eso que traía los ojos, de llorar y de polvo, que daba compasión.
 Estudiante: ¡Oiga!
 Mesonera: Sí, señor, y en cuanto se metió en ese cuarto, volviéndome siempre la espalda, me preguntó cuánto había de aquí al convento de los Ángeles, y yo se lo enseñé desde la ventana, que, como está tan cerca, se ve clarito, y...
 Estudiante: ¡Hola, conque es pecador que viene al jubileo!
 Mesonera: Yo no sé; luego se acostó, digo se echó en la cama vestido, y bebió antes un vaso de agua con unas gotas de vinagre.
 Estudiante: Ya; para refrescar el cuerpo.
 Mesonera: Y me dijo que no quería luz, ni cena, ni nada, y se quedó como rezando el Rosario entre dientes. A mí me parece que es persona muy...
 Mesonero: Charla, charla... ¿Quién diablos te mete en hablar de los huéspedes?... ¡Maldita sea tu lengua!
 Mesonera: Como el señor licenciado quería saber...
 Estudiante: Sí, señora Colasa; dígame usted...
 Mesonero: (A su mujer.) ¡Chitón!
 Estudiante: Pues, señor, volvamos al tío Trabuco. ¡Tío Trabuco, tío Trabuco! (Se acerca a él y le despierta.)
 Tío Trabuco: ¡Malo!... ¿Me quiere usted dejar en paz?
 Estudiante: Vamos, dígame usted: esa persona, ¿cómo viene en el mulo, a mujeriegas o a horcajadas?
 Tío Trabuco: ¡Hay, qué sangre!... De cabeza.
 Estudiante: Y, dígame usted, ¿de dónde salió usted esta mañana, de Posadas o de Palma?
 Tío Trabuco: Yo no sé sino que tarde o temprano voy al cielo.
 Estudiante: ¿Por qué?
 Tío Trabuco: Porque ya me tiene usted en el purgatorio.
 Estudiante: (Se ríe.) ¡Ah, ah, ah!... ¿Y va usted a Extremadura?
 Tío Trabuco: (Se levanta, recoge sus jalmas y se va con ellas muy enfadado.) No, señor, a la caballeriza, huyendo de usted, y a dormir con mis mulos, que no saben latín ni son bachilleres".