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viernes, 26 de marzo de 2021

La tía Mame.- Patrick Dennis (1921-1976)


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 I.-La tía Mame y el huerfanito

 «Todo empezó por culpa de un viejo ejemplar del Reader’s Digest. Es una revista que apenas leo. No necesito hacerlo, porque oigo comentar sus artículos cada mañana en el tren de las 7:51 y cada tarde en el de las 18:03. Todo el mundo en Verdant Greens –un barrio de doscientas casas de cuatro estilos diferentes- tiene una fe ciega en el Digest. De hecho, nadie habla de otra cosa.
 Pero hete aquí que la revista ejerce también sobre mí la misma fascinación que una serpiente sobre un pajarillo. Casi contra mi voluntad, leo sobre los peligros de nuestras escuelas públicas; lo entretenido que es el parto natural; cómo una comunidad en Oregón acabó con una red de traficantes de drogas; y acerca de alguien a quien un escritor famoso –he olvidado cuál- considera el personaje más inolvidable que ha conocido.
 Eso hizo que interrumpiera la lectura.
 ¿Personaje inolvidable? Vamos, hombre, ¡ese escritor no debe de haber conocido a nadie en toda su vida! No sabría lo que significa la palabra “personaje” a menos que hubiese conocido a mi tía Mame. Nadie lo sabría. Sin embargo, había ciertos paralelismos entre su personaje inolvidable y el mío. El suyo era una encantadora solterona de Nueva Inglaterra que vivía en una encantadora casita blanca de madera y una mañana abrió su encantadora puertecita verde pensando que iba a encontrar al Hartford Courant. En lugar de eso encontró una encantadora cestita de mimbre con un encantador bebé en su interior. El resto del artículo contaba cómo el personaje inolvidable acogía al bebé y lo criaba como si fuera suyo. Entonces dejé el Digest y empecé a pensar en la encantadora señora que me crió a mí.
 En 1928 mi padre sufrió un leve ataque al corazón y tuvo que guardar cama unos días. Además del dolor en el pecho, desarrolló cierta conciencia cósmica y la intuición de que no iba a vivir eternamente. Como no tenía nada mejor que hacer, telefoneó a su secretaria, que se parecía a Bebe Daniels, y le dictó su testamento. La secretaria mecanografió un original y cuatro copias, se puso el sombrero y cogió un taxi desde la calle La Salle hasta el Hotel Edgewater Beach para que mi padre lo firmara.
 El testamento era muy breve y original. Decía:

 En caso de fallecimiento, lego todas mis posesiones terrenales a mi único hijo, Patrick. Si falleciera antes de que el chico haya cumplido los dieciocho años, nombro a mi hermana, Mame Dennis, domiciliada en el número 3 de Beekman Place, en la ciudad de Nueva York, tutora legal de Patrick.
 Patrick deberá ser educado como protestante y enviado a colegios tradicionales. Mame sabrá a lo que me refiero. Todo el dinero y los valores que dejo deberán ser gestionados por la Knickerbocker Trust Company de la ciudad de Nueva York. Mame será la primera en comprender lo acertado de esta decisión. No obstante, no quiero que se arruine por tener que criar a mi hijo. Podrá enviar mensualmente las facturas por su manutención, alojamiento, ropa, educación, gastos médicos y demás. Pero la Trust Company tendrá derecho a cuestionar cualquier artículo que le parezca inusual o excéntrico antes de reembolsárselo a mi hermana.
 También lego cinco mil dólares (5000 $) a nuestra fiel sirvienta, Norah Muldoon, para que pueda jubilarse cómodamente en ese sitio de Irlanda del que tanto habla.

 Norah salió al patio a buscarme y mi padre me leyó su testamento con voz temblorosa. Afirmó que mi tía Mame era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro, aunque no siempre podemos elegir y la tía Mame era mi único pariente vivo. La secretaria y el camarero del servicio de habitaciones dieron de fe la firma del testamento.
 La semana siguiente mi padre había olvidado su enfermedad y estaba jugando al golf. Un año después cayó fulminado en la sauna del Athletic Club de Chicago y quedé huérfano.
 No recuerdo muy bien el funeral de mi padre, sólo que hacía mucho calor y que había rosas auténticas en los jarrones de la limusina de la funeraria Pierce-Arrow. El cortejo fúnebre lo integraban, aparte, por supuesto, de Norah y de mí, varios hombres afables y corpulentos que hablaban entre murmullos de jugar un partido de al menos nueve hoyos cuando acabara aquello.
 Norah lloró mucho. Yo no. En mis diez años de vida apenas había hablado con mi padre. Nos veíamos sólo en el desayuno, que para él consistía en un café solo, Bromo-Seltzer y el Chicago Tribune. Si alguna vez se me ocurría decir algo, se sujetaba la cabeza y replicaba: “Cierra el pico, chico, tu padre está de resaca”, frase que no entendí hasta mucho tiempo después de su muerte. Todos los años, el día de mi aniversario, nos enviaba a Norah y a mí a una sesión matinal de algún espectáculo en el que actuasen Joe Cook, Fred Stone o tal vez el circo Sells-Floto. Una vez me llevó a cenar a un lugar llamado Casa de Alex con una hermosa mujer llamada Lucille. Ella nos llamaba a los dos “cariño” y olía muy bien. Me gustó. Aparte de eso, apenas vi a mi padre. Mi vida transcurría en la escuela latina para chicos de Chicago, o en el área vigilada de juegos con los demás niños que vivían en el hotel, o jugando en la suite con Norah.
 Después de que lo dejaran “descansar en paz”, como dijo Norah, los hombres afables y corpulentos se marcharon al campo de golf y la limusina nos llevó de vuelta al Edgewater Beach. Norah se quitó el abrigo negro y el velo y me dijo que podía quitarme el traje de sarga azul. Afirmó que el socio de mi padre, el señor Gilbert, y otro caballero iban a venir a vernos y me advirtió que no me fuese muy lejos pues tenía que firmar unos papeles.
 Fui a mi habitación y practiqué mi firma en el papel timbrado del hotel. Poco después, llegaron el señor Gilbert y el otro hombre. Los oí hablar con Norah, aunque casi no entendí nada de lo que decían. Norah lloró un poco y dijo algo sobre aquel hombre tan bueno y generoso al que acababan de enterrar. El desconocido dijo llamarse Babcock y ser mi fideicomisario, lo cual me interesó mucho pues Norah y yo habíamos visto hacía poco una película en la que un comisario de policía salvaba a la hija del alcaide durante un motín carcelario. El señor Babcock mencionó un testamento muy irregular aunque sin fisuras.
 Norah afirmó que ella no entendía de cuestiones económicas, pero que sin duda era un montón de dinero.
 El señor Gilbert explicó que el chico tenía que endosar ese cheque garantizado en presencia del representante de la Trust Company, luego firmaría ante notario y así concluiría de una vez por todas la transacción. A mí todo me pareció vagamente siniestro. El señor Babcock confirmó que, mmm…, sí, todo era correcto.
 Norah volvió a echarse a llorar y dijo que era una fortuna para un niño tan pequeño y el fideicomisario respondió que sí, que era una suma considerable, aunque él había tratado con gente como los Wilmerding y los Gould y ésos sí que tenían dinero de verdad.
 A mí me pareció que estaban organizando demasiado revuelo si no se trataba de dinero auténtico.
Resultado de imagen de patrick dennis la tia meme Luego Norah entró al dormitorio y me pidió que saliera a estrechar la mano del señor Gilbert y del otro caballero como un hombrecito. Lo hice. El señor Gilbert dijo que me estaba portando como un auténtico soldado y el señor Babcock, el fideicomisario, afirmó que tenía un hijo en Scarsdale justo de mi edad y esperaba que fuésemos buenos amigos.
 El señor Gilbert descolgó el teléfono y preguntó si podían enviarnos un notario público. Firmé dos hojas de papel. El notario murmuró alguna cosa y luego las selló. El señor Gilbert aseguró que ya estaba y que tenía que marcharse si quería llegar a Winnetka. El señor Babcock nos informó de que se alojaba en el Club Universitario y de que, si Norah quería alguna cosa, podría localizarlo allí. Volvieron a estrecharme la mano y el señor Gilbert repitió que yo era un auténtico soldado. Luego cogieron sus sombreros de paja y se marcharon.
 En cuanto nos dejaron solos, Norah afirmó que había sido un cielo y preguntó si me apetecería ir al Salon Naval a cenar y luego tal vez a ver una película sonora Vitaphone.
 Ése fue el fin de mi padre.
 No había mucho equipaje que hacer. Nuestra suite constaba de un  gran salón y tres dormitorios, todos amueblados por el Hotel Edgewater Beach. Los únicos bibelots que poseía mi padre eran dos cepillos de plata para el pelo y dos fotografías.
 -Tu padre vivía como un árabe –dijo Norah. Me había acostumbrado tanto a las dos fotografías que nunca les presté atención. Una era de mi madre, que murió al nacer yo. La otra mostraba a una mujer de ojos centelleantes con un chal español y una enorme rosa detrás de la oreja-. Parece una auténtica italiana –afirmó Norah. Era mi tía Mame.
 Norah y el señor Babcock revisaron las pertenencias personales de mi padre. Él se llevó todos los papeles, el reloj de oro de mi padre y los gemelos de perlas y las joyas de mi madre para guardarlos hasta que yo fuese lo bastante mayor para “poder apreciarlos”. El camarero del servicio de habitaciones se quedó con los trajes de mi padre. Sus palos de golf, mis juguetes y mis libros los enviaron a una institución benéfica. Luego Norah sacó los retratos de mi madre y de la tía Mame de sus marcos y los recortó para que me cupieran en el bolsillo trasero del pantalón.
 -Así llevarás los rostros de tus allegados cerca del corazón –explicó.
 Todo quedó arreglado. Norah compró un traje fino de luto para mí en Carson, Pirie, Scott’s y un despampanante sombrero para ella. El señor Gilbert y la compañía fiduciaria hicieron todas las gestiones necesarias para nuestro viaje a Nueva York. El 13 de junio estuvimos listos para irnos.
 Recuerdo el día que partimos de Chicago porque nunca me habían permitido quedarme despierto hasta tan tarde. Los empleados del hotel hicieron una colecta y le regalaron a  Norah una maleta de piel de cocodrilo, un rosario de malaquita y un gran ramo de rosas “American Beauty”. A mí me regalaron un libro titulado Héroes de la Biblia que todo niño debería conocer: el Antiguo Testamento. Norah me llevó a despedirme de todos los niños que vivían en el hotel y, a la siete de la tarde, el servicio de habitaciones nos subió la cena, con tres postres diferentes y los saludos del cocinero. A las nueve de la noche, Norah volvió a pedirme que me lavara las manos y la cara, cepilló mi flamante traje de luto, me enganchó una medallita de san Cristóbal en la ropa interior, lloró, se puso su sombrero nuevo, lloró, recogió las rosas, realizó una última y breve inspección de la suite, lloró y ocupó su asiento en el autobús del hotel.»
      
      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acantilado, 2011, en traducción de Miguel Temprano García, pp. 7-13. ISBN: 978-84-92649-56-3.]

viernes, 8 de noviembre de 2019

Yo que he servido al rey de Inglaterra.- Bohumil Hrabal (1914-1997)

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4.-Y ya no he vuelto a encontrar la cabeza

«Y así me encontré en la estación de Praga delante del tren para Tabor, entonces me subí la manga para mirar qué hora era y cuando levanté los ojos vi que junto al quiosco estaba Zdenev, me quedé completamente de piedra, esto era lo mío, cómo lo increíble se hacía realidad, me quedé rígido con la mano puesta sobre la manga subida y vi a Zdenev que miraba a su alrededor como si llevara mucho tiempo esperando, y luego levantó la mano, seguramente esperaba a alguien, pues quiso también mirar el reloj, pero de pronto me rodearon tres hombres con abrigos de cuero y me detuvieron, yo seguía con la mano sobre el reloj, pude ver a Zdenev que me miraba como en un sueño, se puso pálido, permanecía inmóvil y miraba cómo los alemanes me metían en el coche y me llevaban, y yo me preguntaba sorprendido adónde me llevaban y por qué, y me llevaron a Pankrác, se abrieron las puertas y me condujeron de nuevo como si fuera un criminal y me empujaron a una celda... en un primer momento me sentí confuso por lo ocurrido, pero después casi me alegraba, sólo temía que me soltaran demasiado pronto, deseaba, pues de todas formas la guerra ya tocaba a su fin, deseaba estar encarcelado, estar en un campo de concentración, deseaba estar encarcelado precisamente por los alemanes, y los alemanes -mi estrella de la suerte volvió a brillar- abrieron las puertas y fui conducido a interrogatorio y, cuando di todos los datos y el motivo por el que había venido a Praga, el que me interrogaba se puso serio y a continuación preguntó: ¿a quién estaba esperando? Y yo dije que a nadie y entonces se abrieron las puertas y entraron dos, vestidos de paisano, se abalanzaron sobre mí y me machacaron la nariz, me saltaron los dientes, caí al suelo, se inclinaron sobre mí y de nuevo me preguntaban: ¿a quién esperaba?, quién debía de pasarme las noticias?, y yo dije que había llegado a Praga de visita, tan sólo de excursión, y uno de ellos se agachó, levantó mi cara y me agarró del pelo y golpeaba el suelo con mi cabeza, el que me interrogaba gritaba que mirar el reloj era la señal convenida y que yo formaba parte del movimiento bolchevique clandestino... y luego me llevaron y me metieron con los demás presos, éstos me sacaron los dientes partidos, me limpiaron la sangre y la ceja abierta y yo me reía y reía, de algún modo no sentía nada, ni aquellos golpes, ni aquellos palos, ni estas heridas, todos los demás me miraban como si fuera un dios, un héroe, cuando los SS me habían tirado allí, con asco me gritaron: ¡cerdo bolchevique!, y para mí ese insulto sonaba como música celestial, como un sobrenombre cariñoso, pues ya empezaba a darme cuenta de que esto era mi salvoconducto, mi billete de vuelta a Praga, la tinta simpática, el único jugo con el que podría borrar todo aquello a lo que había llegado casándome con una alemana, poniéndome en Cheb delante de los médicos nazis que examinaron si mis partes eran dignas de tener trato con una aria germana... este rostro machacado por haber mirado el reloj era mi carnet por el que una vez sería absuelto y entraría otra vez en Praga como un luchador antinazi y, sobre todo, me permitiría mostrar a todos esos Sroubek y Brandejs y demás propietarios de hoteles, que yo pertenecía a su clase, ya que, si seguía con vida, seguramente compraría uno de esos grandes hoteles, aunque a lo mejor no en la misma Praga, sino en algún otro sitio, pues con ese maletín de sellos podría -tal y como quería Liza- comprarme dos hoteles, y escoger entre Austria o Suiza, pero a los ojos de los dueños de hoteles austríacos y suizos yo sería un don nadie, con ellos no tenía necesidad de mostrar ni demostrar nada, con ellos no tenía ninguna cuenta pendiente del pasado, no tenía ninguna necesidad de mostrarme superior a ellos, pero sí de tener un hotel en Praga y pertenecer al gremio de los hoteleros de Praga y llegar a ser el secretario de todos los hoteles praguenses, pues así tendrían que reconocerme -no amarme, sino respetarme-, y a mí para el futuro otra cosa no me interesaba... Estuve unos catorce días en Pankrác, los siguientes interrogatorios demostraron que se trataba de un error, que realmente esperaban a un hombre que debía mirar el reloj, que ya habían apresado al enlace, al que habían sacado lo que necesitaban, excepto de qué otra persona se trataba, y yo me acordé de que allí estuvo Zdenek y también él quiso mirar el reloj, de que Zdenek era mi amigo y lo había visto todo, me habían detenido en su lugar, él debía ser alguien muy importante y, si nadie de mi celda lo hiciese, él seguramente me defendería, y cuando volvía de los interrogatorios, antes de que me empujaran dentro de la celda, me reabría de un manotazo la hemorragia de la nariz y otra vez sonreía y me reía, y la sangre me brotaba por la nariz... y luego me soltaron, el que me había interrogado me pidió disculpas, pero añadió que era en interés del Reich que noventa y nueve justos fuesen castigados por equivocación antes que un solo culpable se les escapara...
 Y así, al anochecer, me encontraba delante de las puertas de prisión de Pankrác y detrás de mí salió otro en libertad... y ése, cuando salió se derrumbó, se sentó en la acera, los tranvías pasaban en la oscuridad morada de las ventanas oscurecidas, los viandantes iban y venían, los jóvenes se paseaban cogidos de las manos y los niños jugaban en la penumbra, como si no hubiera guerra, como si el mundo fuera todo flores y abrazos y miradas amorosas, y las muchachas, en aquella oscuridad cálida, llevaban unas blusitas y unas faldas tan seductoras que hasta yo sentía ganas de mirar lo que se ofrecía a los ojos de los hombres, todo dispuesto a propósito en una perspectiva erótica... ¡qué belleza!... dijo aquel hombre cuando hubo vuelto en sí, y yo me ofrecí a ayudarle... digo, ¿cuánto tiempo? Y él dijo que había estado diez años a la sombra... y quiso levantarse pero no lo conseguía, tuve que sostenerle, me preguntó si no tenía prisa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1999, en traducción de Jitka Mlejnková y Alberto Ortiz. ISBN: 84-08-46216-4.]

miércoles, 17 de abril de 2019

Un padre extranjero.- Eduardo Berti (1964)


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Pent Farm, 2

«Helen me dice, cuando al fin le llega el turno de hablar, que ella y su esposo son los dueños del hotel. La historia de cómo se volvieron propietarios es rara. Helen se puso a jugar a una especie de lotería, a jugar por diversión más que por ambición, pero al cabo de pocos meses un billete le deparó una fortuna. Eso ocurrió hace dos décadas. Hasta entonces trabajaba en este mismo hotel. Limpiaba por las mañanas, hacía algunas noches de recepcionista, mientras su esposo (su flamante esposo, por aquellos tiempos) saltaba sin gran fortuna de un empleo a otro. Cuando ganaron el premio, me dice Helen, escribió con su marido una especie de listado: una docena de ideas a fin de invertir el dinero. Había ideas delirantes, ella reflexiona hoy. Otras no. Pero la lista excluía, curiosamente, la adquisición del hotel. A ella le pareció entonces que volverse millonaria equivalía, debía equivaler, a dejar ese hotelucho donde la trataban mal y le pagaban peor. Fue el dueño del Kentish Hotel, porque el hotel ya se llamaba Kentish por aquel entonces, un tipo que rondaba los setenta años, si no más, quien le propuso la idea. Helen me cuenta que pagaron menos de lo que realmente valía el hotel. Gentileza del viejo dueño.
 Le digo, tras una pausa, que nunca conocí a alguien que ganó la lotería. Pequeños premios tal vez, tendría que hacer memoria. Pero alguien que haya obtenido una fortuna, eso seguro que no. La mujer me cuenta que existe en Inglaterra una especie de círculo o club de ganadores de juegos de azar. Para ser miembro uno tiene que haber ganado más de equis cantidad. Para ser miembro, parece, hay que prestar una especie de juramento que incluye no reincidir en ningún juego de azar. Muchos miembros de este club o círculo de ganadores sienten o han sentido culpa en un momento de sus vidas, según Helen. Sienten o han sentido que no merecían ser tan, pero tan afortunados. Por suerte el círculo está para contener y ayudar. Lo peor que podría ocurrirles, piensa ella, sería volver a ganar.
 
 Desayuno el 8 de marzo en el hotel. Día sábado. En la salita que de lunes a viernes suele estar vacía y a mi disposición, en la mesa de al lado, hay una mujer hermosa, alta y delgada. Tan alta que noto que es alta incluso viéndola sentada. No hay momento de mayor intimidad en los hoteles que ese instante en el que, aún semidormidos, sin bañarse o recién bañados, con el pelo a veces sin secar del todo, con el bolso de mano lleno de objetos valiosos (el dinero, los documentos, la tarjeta de crédito), los huéspedes se encuentran para desayunar chocándose sin querer frente a la máquina ruidosa de café, los panes, la tostadora, los cereales, los fiambres o las frutas, sin hablarse, sin mirarse, fingiendo que es algo normal desayunar con todos esos viajeros que hasta hace un rato habían sido, gracias a Dios, invisibles.
 Como llega una familia numerosa, Helen nos pregunta a mi vecina y a mí si nos importaría compartir la mesa. Algo a disgusto, me mudo con mi ejemplar de Gare du Nord, de Abdelkader Djemaï, que no acabo de acabar. Pongo el libro sobre la mesa, a un costado de la taza donde se han enfriado  mi café con leche, y veo que la mujer alta está leyendo en francés (igual que yo) una novela de un escritor argentino al que suele traducir la editorial Seuil: un escritor cuyo padre fue marino, como él mismo me ha contado cierta vez, el escritor que un día me regaló la novela de Jan Seyda. No tardamos en descubrirlo: ella es una argelina leyendo en francés a un autor argentino y yo soy su perfecto revés. Ella no parece asombrada, como si fuera impermeable a las ironías del azar. Hablamos un rato y me dice que le hace bien charlar conmigo en francés. Es coreógrafa-bailarina. Lleva casi tres semanas recorriendo Gran Bretaña y todavía le quedan un par más, de hecho debe tomar un tren al mediodía rumbo a Hastings y le duele la boca, dice, la mandíbula de tanto hablar en inglés. Entiendo la sensación, conozco el dolor. Me pasaba lo mismo al llegar a Francia. Se lo digo. Me responde que, muy joven, ella bailaba a la orden de distintos coreógrafos, dos o tres meses con uno, dos o tres meses con otro, y que con cada uno de ellos acababa con dolores musculares diferentes. Cada coreógrafo era, en síntesis, un idioma distinto.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2016. ISBN: 978-84-16542-54-3.]

jueves, 19 de julio de 2018

La camarera.- Markus Orths (1969)


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3

«Lynn regresa cada vez más a menudo a las habitaciones. No a las que quedan libres, no, sino a las ocupadas: cuando cree saber que sus ocupantes han salido, que no van a volver antes de que anochezca. Y Lynn husmea. ¿Cómo huele el hombre que se aloja aquí? ¿Huele a lavanda? ¿Apesta el pijama a sudor? ¿Con qué detergente ha lavado la ropa de la maleta? ¿Melocotón? ¿Violeta? ¿Fragancia primaveral? ¿Se afeita en seco o en mojado? ¿Qué ha apuntado en la nota? ¿Cuelga ordenadamente la ropa en el respaldo de la silla? ¿Qué hay en los bolsillos? ¿Por qué está aquí? ¿Para montar una máquina? ¿Por una reunión de negocios? ¿Un viaje particular?
 En la siguiente habitación, una mujer: los zapatos que hay junto a la silla son altísimos, quien lleva esos zapatos ha de estar segura de sí misma, ha de tener confianza, ha de verse guapa, quien lleva esos zapatos ha de querer descollar en el mundo, las bragas presentan restos de flujo, en el cuarto de baño Lynn encuentra el medicamento, un tanto escondido, en el fondo, en el neceser, KadeFungin, contra los hongos, en la maleta hay una etiqueta pegada, Sabrina Hutwelker, piensa Lynn, suena a Humphrey Bogart.
 Habitación 309, una bolsa del Lidl en la silla, cómo se puede permitir este hombre pasar una noche en el Edén, demasiado caro para él, probablemente su empresa pague la estancia, en la bolsa de Lidl hay patatas fritas, cacahuetes, chocolate y además una botella de vino con el tapón de rosca, es bajo, el hombre, bajo y gordo, una pomada vulneraria, se habrá caído, excoriación, los restos de una tirita en la papelera, o, piensa Lynn, ha recibido golpes, una paliza, tal vez sea uno de esos de los que la gente se ríe, de esos a los que les gastan bromas, ya desde el colegio, ese gordo gafotas, hoy lleva lentillas, ahí está el estuche vacío abierto, de pequeño siempre llevaba esas gafas de culo de vaso que le deforman los ojos, un novelón en la mesilla, muy sobado, un ejemplar defectuoso, encontrado en una mesa de ofertas, por uno cincuenta, y como si esa cantidad constituyera un valor incalculable, el hombre ha garabateado unas tristes palabras en la primera página: propiedad de Bernie Willms.
 Con cada día que pasa Lynn cada vez permanece más tiempo. Ya no tiene nada más que buscar en la habitación en la que se encuentra, a media tarde, su trabajo está hecho horas atrás. Si el huésped ha olvidado algo o si ha aplazado una cita, si apareciera de improviso, inesperadamente en su habitación, Lynn se vería en un aprieto. No sabe si creerían la excusa que tiene preparada. Pero precisamente ahí reside el atractivo: el riesgo de ser pillado. ¿Un secador de viaje? La mujer nunca ha estado en un hotel o no se fía de los secadores de los hoteles. ¿Zapatillas? Una estancia más prolongada. ¿El minibar saqueado? Desmesura. ¿No hay pijama en la cama? El huésped ha dormido desnudo, no, el pijama está en el armario, lo ha tirado de cualquier manera. Lynn deja el pijama donde está, cierra el armario, estira la colcha, pero no se puede quitar de la cabeza el pijama. Mira el reloj, abre el armario, saca la chaqueta del pijama, la sacude. Se puede abotonar como una camisa. Lynn se la echa por encima. Se queda un rato así. Excitación al imaginar que la puerta se abre. Devuelve la chaqueta al armario y cierra el armario. Sobre todo, pijamas: ¿un pijama rosa junto a unos patucos amarillos? La mujer sigue siendo una niña: quiere que la metan en la cama. ¿Un vestidito de noche, tirantes finos? ¿Para quién se lleva algo así? La mujer está allí sola, habitación individual, la cama sólo está revuelta en un lado. Lynn se desviste, deprisa, se planta desnuda delante de la cama. Tira el uniforme sobre la silla. Se enfunda el vestidito. Es demasiado pequeño, la tela apenas le cubre el pubis. Entonces oye voces ante la puerta, se saca el trapo, está intacto, Lynn respira agitada, pero las voces se extinguen. Se pone de nuevo el uniforme y arregla la cama.
 Sucede un martes.
 Lynn les ha dado colores a los días. Los martes son del color de la cáscara de huevo. Por la mañana cascó un huevo pero no se lo comió. Ahora está en la habitación 303, oye pasos en el pasillo, se asusta, ha perdido la noción del tiempo, mira el reloj, hace tiempo que ha terminado su jornada y al oír los pasos Lynn sabe que se detendrán delante de la habitación en la que ella está y no debería estar ya. Lynn lleva la chaqueta del pijama del huésped sobre el uniforme. Se la ha abotonado. Las mangas le quedan demasiado largas. Oye cómo entra la llave en el ojo de la cerradura. La puerta se abre, el huésped penetra en la habitación.
 ¿Y Lynn?
 Ha desaparecido.
 Por fin su corazón da señales de vida.
 Está debajo de la cama.
 Es una cama doble.
 Todavía lleva puesta la chaqueta del pijama. Lynn ladea la cabeza. Ve las piernas del hombre, que va al cuarto de baño. Oye correr el agua de la ducha. Es su oportunidad. Abandona el escondite. Mira hacia la puerta del baño, nada, Lynn dobla la chaqueta del pijama y la mete bajo la colcha.
 ¿Y ahora?
 Sólo tiene que salir de la habitación sin hacer ruido. Y no pasaría nada. Titubea. Todavía se oye la ducha.
 Lynn no abre la puerta.
 Se queda.
 Juega.
 Quiere hacerlo.
 Siente el cosquilleo de la tentación en la piel. Otro breve titubeo: ¿qué estoy haciendo? Y Lynn pasa a la acción.
 Vuelve a meterse debajo de la cama.
 Se queda allí.
 Espera.
 Así es la vida.
 Unos minutos bastan para explorar el territorio, husmearlo, marcarlo. Está oscuro y hay polvo, pero no siente opresión en el pecho. De no ser por los laterales abiertos, estaría como en un ataúd, pero están los laterales abiertos, dejan entrar luz y aire. Entre la punta de la nariz y la parte inferior del somier hay más de un palmo. Puede agarrarse al somier con las manos. Puede apoyar la cabeza en las manos. Puede introducir las manos bajo las caderas. Lamas, leve brillo en los colchones, somier, dos somieres, uno para cada colchón, cada uno de ellos de ochenta centímetros de ancho, dos metros de largo, allí donde descansan los hombros hay cuatro puntales un poco combados, no demasiado, apenas incomodan, la cama tiene cuatro patas, ningún sostén adicional en el centro. Lynn apoya las manos en los puntales transversales que hay a la altura de las caderas.
 El hombre vuelve a la habitación. Enciende el televisor. El chasquido de un mechero, una exhalación larga, relajada. Primero una película que Lynn no conoce. Le divierte formarse imágenes con lo que escucha. Después un canal de noticias. Suave respiración de dormido, pero el hombre no ronca. ¿Cómo puede dormir así? ¿Tal vez el sonido monótono de las palabras? Ahora una voz que Lynn atribuye al presidente americano. Dice: When I talk about war, I actually talk about peace. Al cabo de una hora el programa se repite, noticias casi idénticas, un bucle infinito. Lynn cabecea. Finalmente también ella se queda dormida. En un momento dado, despierta, el televisor está apagado, la nuca le duele, pero Lynn se siente bien allí, bajo la cama, escucha un rato la respiración de arriba. Por la mañana sale de su escondite cuando el huésped está en la ducha.
 El miércoles es el día libre de Lynn. Abandona el hotel por la salida de atrás, sin que nadie la vea. El corazón le late más aprisa cuando piensa en la noche. Cuando piensa en lo que podría haber pasado. Cuando piensa en lo que podría haber escuchado. Cuando piensa que podrían haberla pillado. Tiene el cansancio pegado al cuerpo. Todo es un extraño pegote. Pero sabe que volverá a hacerlo, que ha de hacerlo, sabe que ha encontrado algo. Todos los martes, dice Lynn, lo haré todos los martes.»
 
[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Seix Barral, en traducción de María José Díez Pérez. ISBN: 978-84-322-2861-2.]