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lunes, 15 de marzo de 2021

Las consecuencias perversas de la modernidad.- Niklas Luhmann (1927-1998) y otros


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II.-La modernidad “contingente”

Capítulo 3: El concepto de riesgo
II

 «Las antiguas civilizaciones desarrollaron para problemas análogos unas técnicas muy dispares. Naturalmente no necesitaron de la palabra riesgo, tal y como nosotros la entendemos. Por supuesto que elaboraron determinados mecanismos culturales que dotaban de certidumbre a la existencia futura. En este sentido, se confió mayormente en la práctica de la adivinación, si bien ésta no garantizaba una seguridad plena respecto a los acontecimientos venideros. Por lo demás, permitía que la propia decisión no desatara la ira de los dioses o de otras fuerzas numinosas y garantizaba el contacto con los misteriosos designios del destino. En muchos aspectos el complejo semántico del pecado (conducta que viola los ordenamientos religiosos) ofrece un equivalente funcional, ya que puede servir para explicar el surgimiento de la desgracia. Ya en el antiguo comercio marítimo oriental existía conciencia de riesgo con los correspondientes ordenamientos jurídicos, que en sus inicios apenas eran distinguibles de los programas adivinatorios, de la llamada de los dioses protectores, etc. Sin embargo, con la división jurídica entre el patrón y el navegante, se establecieron aún más claramente sistemas de seguros, que ya en la Edad Media influyeron en el derecho de comercio marítimo y en los seguros marítimos. No obstante, en la antigüedad no cristiana faltó una conciencia mínimamente desarrollada de las decisiones. De “riesgo” se habla por vez primera en el transcurso de la Edad Media a la incipiente modernidad.
 Los orígenes de la palabra son desconocidos. Hay quien habla de su posible procedencia árabe. En Europa el término ya se encuentra en documentos medievales, sin embargo se extiende en primer lugar con la llegada de la imprenta, especialmente en Italia y España. De cualquier modo, se echan de menos investigaciones históricas respecto al concepto riesgo. La razón es que el citado término aparece con poca frecuencia y muy disperso en diferentes ámbitos de la realidad social. El viaje por mar y el comercio son casos en los que el empleo de la palabra es frecuente. Los seguros marítimos son un primer ejemplo de la planificación del control del riesgo. Independientemente de esto, se encuentran formulaciones como “ad risicum et fortunam…”, o “pro securitate et risico…” o “ad omnem risicum, periculum et fortunam Dei…” en contratos que reglamentan quién debe hacerse responsable en caso de daño. Sin embargo, la palabra riesgo no permanece restringida  a este ámbito, muy al contrario se difunde desde el año 1500 con motivo de la aparición de la imprenta. Scipio Ammirato piensa, según fuentes consultadas, que, por ejemplo, aquel que difunde rumores corre el riesgo de ser cuestionado acerca de las bases de sus afirmaciones. Giovanni Bottero afirma: “Chi non risaca non guadagna” y restringe esta máxima a una vieja tradición de proyectos vanos y temerarios. Annibale Romei reprocha el “non voler arrischiar la sua vita per la sua religione”. En una carta de Luca Contile, fechada el 15 de septiembre de 1545, a Claudio Tolomei se encuentra la siguiente formulación: “vivere in risico di metteri in mano di gente forestiere e forse barbare”. El lenguaje de esta etapa histórica dispone de términos como peligro, desafío, azar, suerte, arrojo, temor, aventura (aventuyre). Sin embargo, la utilización de un nuevo vocablo responde a la necesidad de conceptualizar una situación puntual que no puede ser expresada con la precisión requerida por las palabras de que se dispone en ese momento. Por otra parte, la palabra tiende a sobrepasar el contexto de partida (el ya citado “non voler arrischiar la sua vita per la sua religione”), por lo cual no es fácil reconstruir, a partir de algún hallazgo casual, los motivos que posibilitaron su aparición.
 Con todas estas reservas, el problema radica en comprender que son accesibles algunas ventajas únicamente si se pone algo en juego, vale decir, si se asumen riesgos. No se trata del problema de los costes calculados de antemano que se ven compensados por las ventajas obtenidas. Por el contrario, refiere a una decisión de la que arrepentirse, como se puede prever, cuando se ocasiona el daño que se esperaba evitar. Con la institucionalización de la confesión, la religión ha intentado conducir el arrepentimiento al pecador. Desde un punto de vista secular el cálculo de riesgo trata de un programa de minimización del arrepentimiento. En el primer caso se alude a un enfoque inconsistente respecto al transcurso del tiempo. En el segundo, a un tener en cuenta el factor tiempo. La diferencia entre la perspectiva religiosa y secular también se halla en la tensión del conocido cálculo de fe propuesto por Pascal. El riesgo de incredulidad es elevado, ya que la salvación está en juego. El riesgo de creer, por el contrario, ni tan siquiera es considerado.
Resultado de imagen de las consecuencias perversas de la modernidad Estas indicaciones muestran la complejidad del problema que subyace al surgimiento del concepto. No se trata de un mero cálculo de costes en virtud de un pronóstico seguro. Tampoco alude a la clásica supernorma ética de la modestia (modestas, mediocritas) y de la justicia (iustitia) respecto a todos los bienes deseables. De igual modo, no refiere a formas ahistóricas de racionalidad con las que una sociedad estancada en el tiempo mantiene que la vida perdura sobre un conglomerado de ventajas y desventajas, perfecciones y corrupciones y en las que a menudo el bien deviene mal. No es un intento de expresar a la racionalidad en una metarregla, ya sea de optimización o de moderación, que pretenda dar cabida a la diferencia entre lo bueno y lo malo como unidad y formular ésta como buena (como valor recomendable). No alude a la resolución de una paradoja con la que se está confrontado cuando el esquematismo del bien y del mal se aplica sobre uno mismo. No se trata de banalidades retóricas que encuentran el bien en lo malo y lo malo en el bien. Consecuentemente se derrumban las viejas prudencias en las que la varietas temporum y la mezcla de propiedades buenas y malas del prójimo juegan un importante papel. Al mismo tiempo que se utiliza la terminología del riesgo, se emplean reiteradamente estos viejos medios –por ejemplo, en las teorías de las virtudes del príncipe y de sus mentores o en el concepto de la razón de estado. Sin embargo, se reconoce en la dramatización de esas formas semánticas que la auténtica dimensión del problema pasa totalmente desapercibida. Sobre este particular Richelieu lanza la siguiente máxima: “Un  mal qui ne peut arriver que rarement doit être présumé n’arriver pint. Principalement, si, pour l’éviter, on s’expose à beaucoup d’autre qui sont inevitable et de plus grand consequence”. Lo que subyace a esta idea es que hay demasiadas razones por lo que algo de manera improbable puede cambiar su curso como para considerarlas en un cálculo racional. Esta máxima nos conduce al centro de la controversia política actual sobre las consecuencias de los problemas tecnológicos y ecológicos de la sociedad moderna. Esto confiere al concepto de riesgo, que Richelieu no tuvo que utilizar, un valor muy distinto.
 Las investigaciones históricas sobre el término riesgo no aportan ninguna información veraz. Tan sólo algún punto de apoyo, especialmente el de que las pretensiones de racionalidad se encuentran progresivamente en una relación precaria con el tiempo. Así es, ese mismo punto de apoyo subraya que el término riesgo refiere a decisiones con las que se vincula el tiempo, aunque el futuro no se puede conocer suficientemente; ni tan siquiera el futuro que se produce a través de las decisiones personales. Desde Bacon, Locke y Vico aumenta la confianza en la factibilidad de las relaciones; y progresivamente se fue aceptando que conocimiento y productividad iban de la mano. Esta pretensión se corrige en cierta manera con la noción de riesgo, así como con la novedad del cálculo de probabilidad. Ambos conceptos parecen garantizar que cuando algo cambia su curso normal puede haberse desarrollado correctamente. Por tanto, inmunizan a la decisión frente al fracaso en la medida en que sólo se aprende a evitar errores. Así se modifica el sentido de securitas. Mientras la tradición latina ve en ella una predisposición subjetiva a la ausencia de preocupación o, en una valoración negativa, a la despreocupación en relación a las cuestiones de la salvación (=acedia), en la tradición francesa (sûreté, que más tarde adquiere el sentido de sécurité subjetiva) se toma al concepto en su significado objetivo –como si se hubieran encontrado los fundamentos de las decisiones seguras en relación a un futuro siempre incierto. Con la ampliación de las pretensiones del saber, las viejas limitaciones cosmológicas, las esencias y misterios de la naturaleza se sustituyen por nuevas distinciones, que caen en la esfera del cálculo racional. Así es como se entiende el riesgo hasta nuestros días.
 Esta tradición racionalista basa la comprensión del problema en que los daños se deben evitar en lo posible.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anthropos, 1996, en traducción de Celso Sánchez Capdequí y revisión técnica de Josetxo Beriain, compilación de Josetxo Beriain, pp. 130-135. ISBN: 84-7658-466-0.]


miércoles, 31 de octubre de 2018

Ómnibus Jeeves.- Pelham Grenville Wodehouse (1881-1975)


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Júbilo matinal
10

«A todo el mundo le gusta un buen incendio, desde luego, y durante algún tiempo permanecí contemplando el holocausto con espíritu apreciativo. Se podía pagar por verlo. El techo de paja estaba en llamas y parecía probable que en poco tiempo el edificio, siendo la pieza de museo que era, medio podrido y carcomido, sería pasto de ellas hasta su entera consunción. Y así, como he dicho, durante el tiempo que un pato tarda en mover dos veces la cola, me quedé contemplando el espectáculo con tranquilo deleite.
 Entonces, nublando un poco la alegría del caso, acudió a mi mente la turbadora idea de que la última vez que había visto a Edwin fue cuando se dirigía a la cocina. Era de suponer, por lo tanto, que se hallase entre sus paredes y la conclusión a que uno debía forzosamente llegar era que, a menos que alguien tomase las medidas necesarias por los procedimientos oportunos, quedaría destruido por razones de consunción humana. Y este pensamiento fue seguido por otro más turbador todavía, y es que la única persona que estaba en situación de acudir al grito de "¡Señor bombero, salve usted a mi hijo!", era el buen Bertram Wooster.
 Reflexioné. Supongo que ustedes dirían que soy un hombre intrépido, tomado en el más amplio de los sentidos, pero me veo obligado a confesar que aquello no me entusiasmaba. Aparte de todo lo demás, mi actitud respecto del mozalbete que estaba a punto de ser asado por ambos lados había sufrido otro cambio.
 La última vez que lo vi, si recuerdan, había tenido halagüeños pensamientos respecto del joven Edwin y pensé incluso en hacerle algún regalo de poca importancia. Pero en ese momento me daba cuenta de que pensaba en él con el severo ojo de la censura. Quiero decir, que el cerebro más obtuso comprendería claramente que la conflagración que se había desencadenado era debida a alguna imbecilidad de su parte y sentí la fuerte tentación de abandonarlo a su suerte.
 No obstante, encontrándome en una de esas circunstancias en que noblesse más o menos oblige, decidí cumplir con mi deber, y me había quitado la chaqueta y me disponía a penetrar en el edificio en llamas, aunque pensaba que era injusto tener que chamuscarme por todas partes para salvar a un muchacho que merecía ser reducido a cenizas, cuando éste apareció. Tenía el rostro negro, y sus cejas habían desaparecido, pero todo lo demás parecía en perfecto estado. Incluso parecía más divertido que asustado por lo que había ocurrido.
 -¡Oh! -exclamó con voz complacida-. Vaya explosión, ¿eh?
 Lo miré severamente.
 -¿Qué demonios has hecho, imbécil? -le pregunté-. ¿Qué ha sido esa explosión?
 -La chimenea de la cocina. Estaba llena de hollín y le he echado un poco de pólvora. Tal vez puse demasiada, porque hay que ver la explosión que se ha producido. El fuego ha prendido por todas partes. ¡Oh, qué gracia ha tenido!
 -¿Y por qué no has echado agua a las llamas?
 -Ya le eché, pero resultó que era queroseno.
 Fruncí el ceño. Estaba profundamente emocionado. Acababa de ocurrírseme que aquella ardiente pira era la mansión destinada a ser el cuartel general de Bertram Wooster y el espíritu doméstico se había despertado en mí. Mi impulso me ordenaba arrearle a aquella repugnante criatura media docena de estacazos. Pero es imposible zumbarle a un chiquillo que acaba de perder las cejas. y, además, no tenía estaca.
 -Pues sí que lo has arreglado bien... -dije.
 -La cosa no ha ido exactamente como yo deseaba -admitió-, pero quería hacer mi última buena acción del viernes.
 Con estas palabras, lo comprendí todo claramente. Hacía tanto tiempo que no veía a aquel saco de veneno, que había olvidado la peculiaridad de su psicología, que hacía de él una grave amenaza para la sociedad.
 Recordaba en ese momento que Edwin era uno de esos muchachos enteros que nunca eluden un esfuerzo. Tenía el mismo curioso concepto de la vida que su hermana Florence. Y cuando se unió a los boy scouts, lo hizo resuelto a no rehuir una sola responsabilidad. El programa requería una buena acción diaria y se lanzó a ello con grave y voluntarioso espíritu. Desgraciadamente, entre una cosa y otra, obraba siempre a destiempo y ponía tanto celo en el cumplimiento de su cometido que el sitio en donde operaba se convertía rápidamente en un infierno para los hombres y los animales. Así ocurrió en la casa de Shropshire donde lo conocí y así ocurría evidentemente en ese momento.
 Con rostro pensativo y mordiéndome el labio inferior, cogí mi chaqueta y me la puse. Es muy probable que un hombre más débil que Bertram, ante la perspectiva de verse acorralado en una localidad en la que se hallaban no sólo Florence Craye, el agente de policía Cheesewright y el tío Percy, sino Edwin haciendo buenas acciones, hubiera caído de rodillas. Y no estoy seguro de que no lo hubiese hecho yo también de no haber realizado un espantoso descubrimiento, tan horrible que lancé un grito, y las imágenes de Florence, Stilton y el tío Percy y Edwin se borraron de mi mente.
 Acababa de recordar que mi maletita, que contenía el disfraz de Simbad el Marino, había quedado en el vestíbulo de Wee Nooke y que las llamas iban acercándose a ella.
 En mis actos no hubo ya vacilación ni duda. Cuando se trató de ir a salvar boy scouts pude rascarme un poco la barbilla, pero esa vez era diferente. Necesitaba mi disfraz de Simbad. Sólo recuperándolo podría asistir la noche siguiente al baile de disfraces de East Wibley, único punto brillante en el sombrío y amenazador futuro. Era posible, desde luego, ir a Londres en busca de otra cosa, pero probablemente hubiera hallado un simple Pierrot y todo mi corazón estaba puesto en aquel Simbad y sus patillas rojas.
 Edwin decía no sé qué respecto del cuerpo de bomberos y yo asentía distraídamente. Entonces, echando a correr como una liebre mecánica, encomendé mi alma a Dios y me metí dentro.»
 
    [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2011, en traducción de Manuel Bosch Barrett. ISBN: 978-84-339-7603-1.]

jueves, 19 de julio de 2018

La camarera.- Markus Orths (1969)


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3

«Lynn regresa cada vez más a menudo a las habitaciones. No a las que quedan libres, no, sino a las ocupadas: cuando cree saber que sus ocupantes han salido, que no van a volver antes de que anochezca. Y Lynn husmea. ¿Cómo huele el hombre que se aloja aquí? ¿Huele a lavanda? ¿Apesta el pijama a sudor? ¿Con qué detergente ha lavado la ropa de la maleta? ¿Melocotón? ¿Violeta? ¿Fragancia primaveral? ¿Se afeita en seco o en mojado? ¿Qué ha apuntado en la nota? ¿Cuelga ordenadamente la ropa en el respaldo de la silla? ¿Qué hay en los bolsillos? ¿Por qué está aquí? ¿Para montar una máquina? ¿Por una reunión de negocios? ¿Un viaje particular?
 En la siguiente habitación, una mujer: los zapatos que hay junto a la silla son altísimos, quien lleva esos zapatos ha de estar segura de sí misma, ha de tener confianza, ha de verse guapa, quien lleva esos zapatos ha de querer descollar en el mundo, las bragas presentan restos de flujo, en el cuarto de baño Lynn encuentra el medicamento, un tanto escondido, en el fondo, en el neceser, KadeFungin, contra los hongos, en la maleta hay una etiqueta pegada, Sabrina Hutwelker, piensa Lynn, suena a Humphrey Bogart.
 Habitación 309, una bolsa del Lidl en la silla, cómo se puede permitir este hombre pasar una noche en el Edén, demasiado caro para él, probablemente su empresa pague la estancia, en la bolsa de Lidl hay patatas fritas, cacahuetes, chocolate y además una botella de vino con el tapón de rosca, es bajo, el hombre, bajo y gordo, una pomada vulneraria, se habrá caído, excoriación, los restos de una tirita en la papelera, o, piensa Lynn, ha recibido golpes, una paliza, tal vez sea uno de esos de los que la gente se ríe, de esos a los que les gastan bromas, ya desde el colegio, ese gordo gafotas, hoy lleva lentillas, ahí está el estuche vacío abierto, de pequeño siempre llevaba esas gafas de culo de vaso que le deforman los ojos, un novelón en la mesilla, muy sobado, un ejemplar defectuoso, encontrado en una mesa de ofertas, por uno cincuenta, y como si esa cantidad constituyera un valor incalculable, el hombre ha garabateado unas tristes palabras en la primera página: propiedad de Bernie Willms.
 Con cada día que pasa Lynn cada vez permanece más tiempo. Ya no tiene nada más que buscar en la habitación en la que se encuentra, a media tarde, su trabajo está hecho horas atrás. Si el huésped ha olvidado algo o si ha aplazado una cita, si apareciera de improviso, inesperadamente en su habitación, Lynn se vería en un aprieto. No sabe si creerían la excusa que tiene preparada. Pero precisamente ahí reside el atractivo: el riesgo de ser pillado. ¿Un secador de viaje? La mujer nunca ha estado en un hotel o no se fía de los secadores de los hoteles. ¿Zapatillas? Una estancia más prolongada. ¿El minibar saqueado? Desmesura. ¿No hay pijama en la cama? El huésped ha dormido desnudo, no, el pijama está en el armario, lo ha tirado de cualquier manera. Lynn deja el pijama donde está, cierra el armario, estira la colcha, pero no se puede quitar de la cabeza el pijama. Mira el reloj, abre el armario, saca la chaqueta del pijama, la sacude. Se puede abotonar como una camisa. Lynn se la echa por encima. Se queda un rato así. Excitación al imaginar que la puerta se abre. Devuelve la chaqueta al armario y cierra el armario. Sobre todo, pijamas: ¿un pijama rosa junto a unos patucos amarillos? La mujer sigue siendo una niña: quiere que la metan en la cama. ¿Un vestidito de noche, tirantes finos? ¿Para quién se lleva algo así? La mujer está allí sola, habitación individual, la cama sólo está revuelta en un lado. Lynn se desviste, deprisa, se planta desnuda delante de la cama. Tira el uniforme sobre la silla. Se enfunda el vestidito. Es demasiado pequeño, la tela apenas le cubre el pubis. Entonces oye voces ante la puerta, se saca el trapo, está intacto, Lynn respira agitada, pero las voces se extinguen. Se pone de nuevo el uniforme y arregla la cama.
 Sucede un martes.
 Lynn les ha dado colores a los días. Los martes son del color de la cáscara de huevo. Por la mañana cascó un huevo pero no se lo comió. Ahora está en la habitación 303, oye pasos en el pasillo, se asusta, ha perdido la noción del tiempo, mira el reloj, hace tiempo que ha terminado su jornada y al oír los pasos Lynn sabe que se detendrán delante de la habitación en la que ella está y no debería estar ya. Lynn lleva la chaqueta del pijama del huésped sobre el uniforme. Se la ha abotonado. Las mangas le quedan demasiado largas. Oye cómo entra la llave en el ojo de la cerradura. La puerta se abre, el huésped penetra en la habitación.
 ¿Y Lynn?
 Ha desaparecido.
 Por fin su corazón da señales de vida.
 Está debajo de la cama.
 Es una cama doble.
 Todavía lleva puesta la chaqueta del pijama. Lynn ladea la cabeza. Ve las piernas del hombre, que va al cuarto de baño. Oye correr el agua de la ducha. Es su oportunidad. Abandona el escondite. Mira hacia la puerta del baño, nada, Lynn dobla la chaqueta del pijama y la mete bajo la colcha.
 ¿Y ahora?
 Sólo tiene que salir de la habitación sin hacer ruido. Y no pasaría nada. Titubea. Todavía se oye la ducha.
 Lynn no abre la puerta.
 Se queda.
 Juega.
 Quiere hacerlo.
 Siente el cosquilleo de la tentación en la piel. Otro breve titubeo: ¿qué estoy haciendo? Y Lynn pasa a la acción.
 Vuelve a meterse debajo de la cama.
 Se queda allí.
 Espera.
 Así es la vida.
 Unos minutos bastan para explorar el territorio, husmearlo, marcarlo. Está oscuro y hay polvo, pero no siente opresión en el pecho. De no ser por los laterales abiertos, estaría como en un ataúd, pero están los laterales abiertos, dejan entrar luz y aire. Entre la punta de la nariz y la parte inferior del somier hay más de un palmo. Puede agarrarse al somier con las manos. Puede apoyar la cabeza en las manos. Puede introducir las manos bajo las caderas. Lamas, leve brillo en los colchones, somier, dos somieres, uno para cada colchón, cada uno de ellos de ochenta centímetros de ancho, dos metros de largo, allí donde descansan los hombros hay cuatro puntales un poco combados, no demasiado, apenas incomodan, la cama tiene cuatro patas, ningún sostén adicional en el centro. Lynn apoya las manos en los puntales transversales que hay a la altura de las caderas.
 El hombre vuelve a la habitación. Enciende el televisor. El chasquido de un mechero, una exhalación larga, relajada. Primero una película que Lynn no conoce. Le divierte formarse imágenes con lo que escucha. Después un canal de noticias. Suave respiración de dormido, pero el hombre no ronca. ¿Cómo puede dormir así? ¿Tal vez el sonido monótono de las palabras? Ahora una voz que Lynn atribuye al presidente americano. Dice: When I talk about war, I actually talk about peace. Al cabo de una hora el programa se repite, noticias casi idénticas, un bucle infinito. Lynn cabecea. Finalmente también ella se queda dormida. En un momento dado, despierta, el televisor está apagado, la nuca le duele, pero Lynn se siente bien allí, bajo la cama, escucha un rato la respiración de arriba. Por la mañana sale de su escondite cuando el huésped está en la ducha.
 El miércoles es el día libre de Lynn. Abandona el hotel por la salida de atrás, sin que nadie la vea. El corazón le late más aprisa cuando piensa en la noche. Cuando piensa en lo que podría haber pasado. Cuando piensa en lo que podría haber escuchado. Cuando piensa que podrían haberla pillado. Tiene el cansancio pegado al cuerpo. Todo es un extraño pegote. Pero sabe que volverá a hacerlo, que ha de hacerlo, sabe que ha encontrado algo. Todos los martes, dice Lynn, lo haré todos los martes.»
 
[El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Seix Barral, en traducción de María José Díez Pérez. ISBN: 978-84-322-2861-2.]

martes, 14 de febrero de 2017

"Don Quijote de la Mancha".- Miguel de Cervantes (1547-1616)


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 Capítulo XX
De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha

«Era la noche, como se ha dicho, escura y ellos acertaron a  entrar entre unos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían un temeroso y manso ruido, de manera que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento dormía, ni la mañana llegaba; añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar donde se hallaban. Pero don Quijote, acompañado de su intrépido corazón, saltó sobre Rocinante, y, embrazando su rodela, terció su lanzón y dijo:
 -Sancho, amigo, has de saber que yo nací por querer del cielo, en esta nuestra edad del hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo tales grandezas, estrañezas y fechos de armas, que escurezcan las más claras que ellos ficieron. Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas desta noche, su estraño silencio, el sordo y confuso estruendo destos árboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que parece que se despeña y derrumba desde los altos montes de la Luna, y aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos; las cuales cosas, todas juntas y cada una por sí, son bastantes a infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mesmo Marte, cuanto más en aquel que no está acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace que mi corazón me reviente en el pecho, con el deseo que tiene de acometer esta aventura, por más dificultosa que se muestra. Así que, aprieta un poco las cinchas a Rocinante, y quédate a Dios, y espérame aquí hasta tres días no más, en los cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y desde allí, por hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea que su cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.
 Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo, y a decille:
 -Señor, yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa aventura; ahora es de noche, aquí no nos vee nadie; bien podemos torcer el camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres días; y pues no hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes; cuanto más que yo he oído predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien conoce, que quien busca el peligro perece en él; así que no es bien tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por milagro, y basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle de ser manteado, como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de entre tantos enemigos como acompañaban al difunto. Y cuando todo esto no mueva ni ablande ese duro corazón, muévale el pensar y creer que apenas se habrá vuestra merced apartado de aquí, cuando yo, de miedo, dé mi ánima a quien quisiere llevarla. Yo salí de mi tierra y dejé hijos y mujer por venir a servir a vuestra merced, creyendo valer más y no menos; pero como la codicia rompe el saco, a mí me ha rasgado mis esperanzas, pues cuando más vivas las tenía de alcanzar aquella negra y malhadada ínsula que tantas veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en pago y trueco della, me quiere ahora dejar en  un lugar tan apartado del trato humano. Por un solo Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado; y ya que del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dilátelo, a lo menos, hasta la mañana; que, a lo que a mí me muestra la ciencia que aprendí cuando era pastor, no debe de haber desde aquí al alba tres horas, porque la boca de la bocina está encima de la cabeza, y hace la media noche en la línea del brazo izquierdo.
 -¿Cómo puedes tú, Sancho -dijo don Quijote-, ver dónde hace esa línea, ni dónde está esa boca o es colodrillo que dices, si hace la noche tan escura que no parece en todo el cielo estrella alguna?
 -Así es -dijo Sancho-; pero tiene el miedo muchos ojos, y vee las cosas debajo de tierra, cuanto más encima en el cielo, puesto que, por buen discurso, bien se puede entender que hay poco de aquí al día.
 -Falte lo que faltare -respondió don Quijote-; que no se ha de decir por mí, ahora ni en ningún tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer lo que debía a estilo de caballero; y así, te ruego, Sancho, que calles; que Dios, que me ha puesto en corazón de acometer ahora esta tan no vista y tan temerosa aventura, tendrá cuidado de mirar por mi salud y de consolar tu tristeza. Lo que has de hacer es apretar bien las cinchas a Rocinante, y quedarte aquí; que yo daré la vuelta presto, o vivo o muerto.»