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domingo, 6 de junio de 2021

Poesía lírica.- Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695)


Resultado de imagen de sor juana ines de la cruz[1]  Prólogo al lector


  «Estos versos, lector mío, / que a tu deleite consagro, / y sólo tienen de buenos / conocer yo que son malos,
ni disputártelos quiero / ni quiero recomendarlos, / porque eso fuera querer / hacer de ellos mucho caso.
No agradecido te busco: / pues no debes, bien mirado, / estimar lo que yo nunca / juzgué que fuera a tus manos.
En tu libertad te pongo / si quieres censurarlos; / pues de que, al cabo, te estás / en ella, estoy muy al cabo.
 No hay cosa más libre que / el entendimiento humano: / pues lo que Dios no violenta, / ¿por qué he de yo violentarlo?
 Di cuanto quisieres de ellos, / que, cuando más inhumano / me los mordieres, entonces / me quedas más obligado,
pues le debes a mi musa / el más sazonado plato, / que es el murmurar, según / un adagio cortesano.
Y siempre te sirvo, pues / o te agrado, o no te agrado: / si te agrado, te diviertes; / murmuras, si no te cuadro.
Bien pudiera yo decirte, / por disculpa, que no ha dado / lugar para corregirlos / la prisa de los traslados;
que van de diversas letras, / y que algunas, de muchachos, / matan de suerte el sentido / que es cadáver el vocablo;
y que, cuando los he hecho, / ha sido en el corto espacio / que ferian al ocio las / precisiones de mi estado;
que tengo poca salud / y continuos embarazos, / tales, que aun diciendo esto, / llevo la pluma trotando.
Pero todo eso no sirve, / pues pensarás que me jacto / de que quizá fueran buenos / a haberlos hecho despacio;
y no quiero que tal creas, / sino sólo que es el darlos / a la luz tan sólo por / obedecer un mandato.
Esto es si gustas creerlo, / que sobre eso no me mato, / pues al cabo harás lo que / se te pusiere en los cascos.
Y adiós, que esto no es más de  / darte la muestra del paño: / si no te agrada la pieza, / no desenvuelvas el fardo.
[…] 

[3] Soneto [de Poesía amorosa]
(Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias, amar o aborrecer)

 Que no me quiera Fabio, al verse amado, / es dolor sin igual en mí sentido;
mas, que me quiera Silvio aborrecido, / es menor mal, mas no menor enfado.
¿Qué sufrimiento no estará cansado / si siempre le resuenan al oído,
tras la vana arrogancia de un querido, / el cansado gemir de un desdeñado?
Si de Silvio me cansa el rendimiento, / a Fabio canso con estar rendida;
si de éste busco el agradecimiento, / a mí me busca el otro agradecida:
por activa y pasiva es mi tormento, / pues padezco en querer y en ser querida.


[4] Soneto [de Poesía amorosa]
(Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto.)

 Al que ingrato me deja, busco amante; / al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata; / maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante, / y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata, / y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo; / si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo. / Pero yo por mejor partido escojo,
de quien no quiero, ser violento empleo, / que de quien no me quiere, vil despojo.


[5] Soneto [de Poesía amorosa]
(Continúa el asunto y aun le expresa con más viva elegancia.)

 Feliciano me adora, y le aborrezco; / Lisardo me aborrece, y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro, / y al que me llora tierno, no apetezco.
A quien más me desdora, el alma ofrezco; / a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro, / y al que le hace desprecios, enriquezco.
Si con mi ofensa al uno reconvengo, / me reconviene el otro a mí, ofendido,
y a padecer de todos modos vengo, / pues ambos atormentan mi sentido:
aquéste con pedir lo que no tengo, / y aquél con no tener lo que pido.
[…]


[13] Soneto [de Poesía amorosa]
(Que consuela a un celoso, epilogando la serie de los amores)

 Amor empieza por desasosiego, / solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos, / susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego, / conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos / apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste; / pues ¿por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia que otro tiempo bien te quiso? / ¿Qué razón hay de que dolor te cueste,
pues no te engañó Amor, Alcino mío, / sino que llegó el término preciso?
[…] 


[22] Soneto [de Poesía amorosa]
(Que da medio para amar sin mucha pena.)

 Yo no puedo tenerte ni dejarte, / ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un no sé qué para quererte / y muchos si sé qué para olvidarte.
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte / yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte, / aunque la otra mitad se incline a amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo, / que es morir el estar siempre riñendo:
no se hable más en celo y en sospecha, / y quien da la mitad, no quiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo, / sabe que estoy haciendo la deshecha.
[…]


[56] Redondillas [de Poemas satíricos y jocosos]
(Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que causan.)

Resultado de imagen de sor juana ines de la cruz poesia lirica catedra Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual / solicitáis su desden, / ¿por qué queréis que obren bien, / si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia, / y luego con gravedad, / decís que fue liviandad / lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo / de vuestro parecer loco, / al niño que pone el coco / y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia, / hallar a la que buscáis, / para pretendida, Tais, / y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro / que el que falto de consejo, / él mismo empaña el espejo, / y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén / tenéis condición igual, / quejándoos, si os tratan mal, / burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana, / pues la que más se recata, / si no os admite, es ingrata, / y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis / que, con desigual nivel, / a una culpáis por cruel, / y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada / la que vuestro amor pretende, / si la que es ingrata, ofende, / y la que es fácil, enfada?
Mas entre el enfado y pena / que vuestro gusto refiere, / bien haya la que no os quiere, / y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas / a sus libertades alas, / y después de hacerlas malas, / las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido / en una pasión errada, / la que cae de rogada, / o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar, / aunque cualquiera mal haga, / la que peca por la paga, / o el que paga por pecar?
¿Pues para qué os espantáis / de la culpa que tenéis? / Queredlas cual las hacéis, / o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar, / y después con más razón, / acusaréis la afición / de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo / que lidia vuestra arrogancia, / pues en promesa e instancia, / juntáis diablo, carne y mundo.
[…]


[70] Soneto [de Poesía filosófico-moral]
(Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios y justifica su divertimento a las Musas.)

 En perseguirme, mundo, ¿qué interesas? / ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento, / y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas; / y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento, / que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo hermosura que, vencida, / es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida, / teniendo por mejor en mis verdades,
consumir vanidades de la vida / que consumir la vida en vanidades.

[…]


[75] Romance
(Acusa la hidropesía de mucha ciencia, que teme inútil aun para saber, y nociva para vivir.)

 Finjamos que soy feliz, / triste Pensamiento, un rato; / quizá podréis persuadirme, / aunque yo sé lo contrario:
que pues solo en la aprehensión / dicen que estriban los daños, / si os imagináis dichoso, / no seréis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento / alguna vez de descanso, / y no siempre esté el ingenio / con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones / de pareceres tan varios, / que lo que el uno que es negro,/ el otro prueba que es blanco.
A unos sirve de atractivo / lo que otro concibe enfado, / y lo que éste por alivio, / aquél tiene por trabajo.
El que está triste censura / al alegre de liviano, / y el que está alegre se burla / de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos / bien esta verdad probaron, / pues lo que en el uno risa, / causaba en el otro llanto.
Célebre su oposición / ha sido por siglos tantos, / sin que cuál acertó, esté / hasta agora averiguado;
antes en sus dos banderas / el mundo todo alistado, / conforme el humor le dicta / sigue cada cual el bando.
Uno dice que de risa / sólo es digno el mundo vario; / y otro que sus infortunios / son sólo para llorarlos.
Para todo se halla prueba / y razón en qué fundarlo, / y no hay razón para nada, / de haber razón para tanto.
Todos son iguales jueces, / y siendo iguales y varios, / no hay quien pueda decidir / cuál es lo más acertado.
Pues si no hay quien lo sentencie, / ¿por qué pensáis, vos, errado, / que os cometió Dios a vos / la decisión de los casos?
¿O por qué, contra vos mismo, / severamente inhumano, / entre lo amargo y lo dulce, / queréis elegir lo amargo?
Si es mío mi entendimiento, / ¿por qué siempre he de encontrarlo / tan torpe para el alivio, / tan agudo para el daño?
El discurso es un acero / que sirve por ambos cabos: / de dar muerte, por la punta, / por el pomo, de resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro, / queréis por la punta usarlo, / ¿qué culpa tiene el acero / del mal uso de la mano?
No es saber, saber hacer / discursos sutiles, vanos; / que el saber consiste sólo / en elegir lo más sano.
Especular las desdichas / y examinar los presagios, / sólo sirve de que el mal / crezca con anticiparlo.
En los trabajos futuros, / la atención sutilizando, / más formidable que el riesgo, / suele fingir el amago.
¡Qué feliz es la ignorancia / del que, indoctamente sabio, / halla de lo que padece, / en lo que ignora, sagrado!
No siempre suben seguros, / vuelos del ingenio osados / que buscan trueno en el fuego / y hallan sepulcro en el llanto.
También es vicio el saber, / que si no se va atajando, / cuanto menos se conoce / es más nocivo el estrago,
y si el vuelo no le abaten / en sutilezas cebado, / por cuidar de lo curioso, / olvida lo necesario.
Si culta mano no impide / crecer al árbol copado, / quitan la substancia al fruto / la locura de los ramos.
Si andar a nave ligera / no estorba lastre pesado, / sirve el vuelo de que sea / el precipicio más alto.
En amenidad inútil, / ¿qué importa al florido campo / si no halla fruto el otoño, / que ostente frutos el mayo?
¿De qué le sirve al ingenio / el producir muchos partos, / si a la multitud se sigue / el malogro de abortarlos?
Y a esta desdicha, por fuerza / ha de seguirse el fracaso / de quedar el que produce, / si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego / que, con la materia ingrato, / tanto la consume más, / cuanto él se ostenta más claro.
Es de su propio señor / tan rebelado vasallo, / que convierte en sus ofensas / las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio, / este duro afán pesado, / a los hijos de los hombres / dio Dios para ejercitarlos.
¿Qué loca ambición nos lleva / de nosotros olvidados? / ¿Si es para vivir tan poco, / de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber, / hubiera algún seminario / o escuela donde a ignorar / se enseñaran los trabajos!
¡Qué felizmente viviera / el que flojamente cauto / burlara las amenazas / del influjo de los astros!
Aprendamos a ignorar, / Pensamiento, pues hallamos / que cuando añado el discurso / tanto le usurpo a los años.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2003, en edición de José Carlos González Boixo, pp. 71-73, 77-79, 84, 113-114, 222-224, 254 y 258-262. ISBN: 84-376-1104-0.]

sábado, 22 de febrero de 2020

Poesías.- Cayo Valerio Catulo (c. 87 a.C. - c. 57 a.C.)

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LXIX

«No te asombre, Rufo, que ninguna mujer quiera tomarte sobre sus delicados muslos, ni aunque la tientes con el don de un vestido de rara tela o la delicia de una gema brillante.
 Te perjudica una mala fama, según la cual un feroz macho cabrío habita el cuenco de tus sobacos.
 Todas le temen, y no es extraño, pues es un animal muy malo y ninguna muchacha se acostará con él.
 Por esto, o suprime esa cruel peste del olfato o deja de asombrarte de que huyan de ti.

LXXIII

 Deja de querer ganarte la gratitud de nadie y de creer que haya quien pueda serte fiel. Todo es ingratitud y de nada sirve haber obrado bien; al contrario, desagrada y perjudica cada vez más.
 Así me ocurre a mí, a quien nadie atormenta más cruel y sañudamente que aquel que hasta hace poco tuvo en mí su solo y único amigo.

LXXV

 A tal extremo ha llegado mi corazón, Lesbia mía, por tu culpa y tanto se ha perdido por su misma fidelidad, que ahora ya no puede tenerte aprecio, aunque te volvieras la mejor de todas, ni dejarte de querer por mucho que hagas.

LXXXIII

 Lesbia, delante de su marido, me dirige las peores injurias, y esto, para aquel imbécil, es la mayor de las alegrías.
 Mulo, no entiendes nada. Si me olvidase y se callara, estaría curada; pero ahora que gruñe y me critica, no sólo se acuerda de mí, sino, lo que es mucho más grave, está airada: esto es, se abrasa y habla.

LXXXIV

 "Jomodidades" decía Arrio cuando quería decir comodidades y "hemboscadas" por emboscadas, y se figuraba haber hablado maravillosamente cuando había dicho "hemboscadas" tanto como había podido.
 Creo que así lo había dicho su madre, y así, sin reparos, el hermano de su madre y así su abuelo materno y su abuela.
 Cuando fue enviado a Siria descansaban los oídos de todos, pues sentían pronunciar aquellas palabras suavemente y sin esfuerzo, y no temían que en adelante siguieran en aquella forma, cuando de repente llega una noticia horrible: el mar Egeo, desde que había ido Arrio, ya no era Egeo, sino Hegeo.
 XCII

 Lesbia siempre me maldice, pero nunca deja de hablar de mí: que me muera si no me quiere. ¿En qué señal lo conozco? Porque las mías son las mismas: continuamente reniego de ella, pero que me muera si no la quiero.

 XCVIII

 Contra ti, si puede decirse contra alguien, hediondo Victio, puede decirse lo que a los charlatanes y a los imbéciles: que con esa lengua, si te fuera necesario, podrías lamer culos y sandalias de cuero sin desbastar.
 Y si quieres absolutamente destruirnos a todos, Victio, no tienes más que abrir la boca: lograrás absolutamente lo que deseas.

CI

 Después de atravesar muchos pueblos y muchos mares vengo, hermano, a esas tristes exequias, para darte el postrero tributo de la muerte y hablar en vano a tus mudas cenizas, puesto que la desdicha me arrancó lo que fuiste tú mismo, oh, pobre hermano mío indignamente arrebatado a mí.
 Ahora, sin embargo, estas tristes ofrendas que según el viejo rito de nuestros padres te he traído, acéptalas, empapadas en llanto fraterno, y para siempre, hermano mío, adiós.

CIII

 O devuélveme, por favor, los diez mil sestercios, Silón, y después sé tan cruel e intratable como quieras, o, si te gusta el dinero, hazme el obsequio de dejar de ser a la vez alcahuete y cruel e intratable.

CIX

 Me aseguras, vida mía, que este amor nuestro será feliz y perpetuo entre nosotros.
 Grandes dioses, haced que pueda prometer con verdad y que lo diga sinceramente y de corazón, a fin de que durante toda nuestra vida podamos mantener ese sagrado lazo de cariño eterno.»

      [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Los Libros de la Frontera, 1981, en traducción de Juan Petit. ISBN: 84-85709-09-8.]

jueves, 7 de noviembre de 2019

La Celestina.- Fernando de Rojas (c. 1470 - 1541)

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Noveno auto

«Celestina: Sea cuando fuere. Buenas son mangas pasada la pascua. Todo aquello alegra que con poco trabajo se gana, mayormente viniendo de parte donde tan poca mella hace, de hombre tan rico, que con los salvados de su casa podría yo salir de lacería, según lo mucho le sobra. No les duele a los tales lo que gastan y según la causa por que lo dan; no lo sienten con el embebecimiento del amor, no les pena, no ven, no oyen. Lo cual yo juzgo por otros que he conocido, menos apasionados y metidos en este fuego de amor, que a Calisto veo. Que ni comen ni beben, ni ríen ni lloran, ni duermen ni velan, ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según la perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones. Y si alguna cosa de éstas la natural necesidad les fuerza a hacer, están en el acto tan olvidados que, comiendo, se olvida la mano de llevar la vianda a al boca. Pues si con ellos hablan, jamás conveniente respuesta vuelven. Allí tienen los cuerpos; con sus amigas, los corazones y sentidos. Mucha fuerza tiene el amor; no sólo la tierra, mas aun las mares traspasa, según su poder. Igual mando tiene en todo género de hombres. Todas las dificultades quiebra. Ansiosa cosa es, temerosa y solícita. Todas las cosas mira en derredor. Así que, si vosotros buenos enamorados habéis sido, juzgaréis yo decir verdad.
 Sempronio: Señora, en todo concedo con tu razón, que aquí está quien me causó algún tiempo andar hecho otro Calisto, perdido el sentido, cansado el cuerpo, la cabeza vana, los días mal durmiendo, las noches todas velando, dando alboradas, haciendo momos, saltando paredes, poniendo cada día la vida al tablero, esperando toros, corriendo caballos, tirando barra, echando lanza, cansando amigos, quebrando espadas, haciendo escalas, vistiendo armas y otros mil actos de enamorado, haciendo coplas, pintando motes, sacando invenciones. Pero todo lo doy por bienempleado, pues tal joya gané.
 Elicia: ¡Mucho piensas que me tienes ganada! Pues hágote cierto que no has tú vuelto la cabeza cuando está en casa otro que más quiero, más gracioso que tú, y aun que no ande buscando cómo me dar enojo. A cabo de un año que me vienes a ver, tarde y con mal.
 Celestina: Hijo, déjala decir, que devanea. Mientra más de eso la oyeres, más se confirma en tu amor. Todo es porque habéis aquí alabado a Melibea. No sabe en otra cosa en que os lo pagar, sino en decir eso y creo que no ve la hora que haber comido para lo que yo me sé. Pues esotra su prima yo me la conozco. Gozad vuestras frescas mocedades, que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente; como yo hago agora por algunas horas que dejé perder, cuando moza, cuando me preciaba, cuando me querían. Que ya, ¡mal pecado!, caducado he, nadie no me quiere. ¡Que sabe Dios mi buen deseo! Besaos y abrazaos, que a mí no me queda otra cosa sino gozarme de vello. Mientra a la mesa estáis, de la cinta arriba todo se perdona. Cuando seáis aparte, no quiero poner tasa, pues que el rey no la pone. Que yo sé por las mochachas que nunca de importunos os acusen, y la vieja Celestina mascará de dentera con sus rotas encías las migajas de los manteles. ¡Bendígaos Dios, cómo lo reís y holgáis, putillos, loquillos, traviesos! ¡En esto había de parar el nublado de las cuestioncillas que habéis tenido! ¡Mira no derribéis la mesa!
 Elicia: Madre, a la puerta llaman. ¡El solaz es derramado!
 Celestina: Mira, hija, quién es; por ventura será quien lo acreciente y allegue.
 Elicia: O la voz me engaña o es mi prima Lucrecia.
 Celestina: Ábrele y entre ella y buenos años. Que aun a ella algo se le entiende de esto que aquí hablamos; aunque su mucho encerramiento le impide el gozo de su mocedad.
 Areúsa: Así goce de mí, que es verdad, que éstas, que sirven a señoras, ni gozan deleite ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientes, con iguales a quien pueden hablar tú por tú, con quien digan: "¿Qué cenaste? ¿Estás preñada? ¿Cuántas gallinas crías? Llévame a merendar a tu casa; muéstrame tu enamorado. ¿Cuánto ha que no te vido? ¿Cómo te va con él? ¿Quién son tus vecinas?" y otras cosas de igualdad semejantes. ¡Oh, tía y qué duro nombre y qué grave y soberbio es "señora" continuo en la boca! Por esto me vivo sobre mí, desde que me sé conocer. Que jamás me precié de llamarme de otro, sino mía. Mayormente de estas señoras que agora se usan. Gástase con ellas lo mejor del tiempo y con una saya rota de las que ellas desechan, pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, continuo sojuzgadas, que hablar delante de ellas no osan. Y cuando ven cerca el tiempo de la obligación de casallas, levántanles un caramillo que se echan con el mozo o con el hijo o pídenles celos del marido o que meten hombres en casa o que hurtó la taza o perdió el anillo; danles un ciento de azotes y échanlas la puerta fuera, las haldas en la cabeza, diciendo: "Allá irás, ladrona, puta, no destruirás mi casa y honra." Así que esperan galardón, sacan baldón; esperan salir casadas, salen amenguadas; esperan vestidos y joyas de boda, salen desnudas y denostadas. Éstos son sus premios, éstos son sus beneficios y pagos. Oblíganse a darles maridos, quítanles el vestido. La mejor honra que en sus casas tienen es andar hechas callejeras, de dueña en dueña, con sus mensajes a cuestas. Nunca oyen su nombre propio de la boca de ellas; sino "puta" acá, "puta" acullá. "¿A dó vas, tiñosa? ¿Qué hiciste, bellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén, puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, sucia? ¿Cómo dijiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián le habrás dado. Ven acá, mala mujer, la gallina habada no parece; pues búscala presto; si no, en la primera blanca de tu soldada la contaré." Y tras esto, mil chapinazos y pellizcos, palos y azotes. No hay quien las sepa contentar, no quien pueda sufrirlas. Su placer es dar voces, su gloria es reñir. De lo mejor hecho, menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido más vivir en mi pequeña casa, exenta y señora, que no en sus ricos palacios sojuzgada y cativa.
 Celestina: En tu seso has estado, bien sabes lo que haces. Que los sabios dicen que: "vale más una migaja de pan con paz, que toda la casa llena de viandas con rencilla". Mas agora cese esta razón, que entra Lucrecia.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1979, en edición de Bruno Mario Damiani. ISBN: 84-376-0005-7.]

miércoles, 17 de enero de 2018

Moisés. El profeta fundador.- Gerald Messadié (1931)


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I.- El éxodo.
 5.- La levadura

«-En su omnisciencia, el Señor condujo el ejército del faraón hasta el mar de las Cañas y entonces, por su voluntad, las aguas que os habían dejado pasar se cerraron sobre los carros y los soldados de Ramsés -levantó los brazos y los ojos al cielo-. ¿Quién puede compararse a ti, Señor de todos los dioses? ¿Quién puede compararse a ti en tu majestuoso poder? Tu amor ha conducido a tu pueblo a través de los peligros, tu fuerza ha hecho que se hundieran los carros de los enemigos de tu pueblo como plomo fundido.
 Escuchaban, atónitos.
 -¿Sentís ahora la fuerza del Señor?
 -¡Sentimos la fuerza del Señor!
 Percibía claramente las voces de Mishael, de Josué, de Aarón en primera fila, y las de miles de hombres y mujeres tras ellos.
 -¡No, no hacéis más que adivinarla! Pues aunque cada uno de vosotros viviera tantos años como granos de arena hay en el desierto, sólo podría ver una ínfima parte. Porque el poder de vuestro Señor es infinito. ¿Comprendéis que el Señor es vuestro Dios y que es el Dios único?
 -¡Comprendemos que el Señor es nuestro Dios y nuestro Dios único! -repitieron.
 -Quiero oíros decir a todos que el Señor os protege.
 -¡El Señor nos protege! -clamaron.
 Nunca tantas voces habían sido un eco de la suya: la montaña resonó.
 -Pero el Señor se ha indignado ante vuestra ingratitud -prosiguió Mosis-. Se manifestó a mí para anunciaros su intención de liberaros. Os ha prodigado desde hace semanas las pruebas de su bondad, de su protección y de su poder, y unas horas después de haber cruzado el mar de las Cañas bajo su protección, habéis comenzado a quejaros. ¿Es éste el comportamiento de unos hijos agradecidos?
 Un pesado silencio acogió la pregunta.
 -¡Lo lamentamos! -clamaron unas voces en primera fila y fueron también las de Aarón, Josué y Mishael.
 Se volvieron e invitaron, con el gesto, al resto de la muchedumbre a seguir su ejemplo. A Mosis le pareció que tenían cómplices diseminados entre la multitud, jóvenes como ellos que levantaron enérgicamente el brazo. Otras protestas se elevaron entonces, tímidas al principio, más resueltas luego.
 -El Señor ha designado como vuestro país futuro la tierra de Canaán -prosiguió Mosis-. Es una tierra fértil. Pero el Señor, que es vuestro jefe, quiere que os comportéis como soldados dignos de él, y no como ganado cebado en tierras de Egipto para los mataderos de Ramsés. El viaje será largo, será difícil. Incluirá privaciones.  ¿Ofenderéis al Señor con otras recriminaciones? ¿Provocaréis una vez más la cólera de vuestro único Dueño?
 -¡No! ¡No!
 Fue, como la vez precedente, una respuesta sin vigor al principio, y algo más convencida luego, cuando fue agitada por algunos cabecillas.
 -¿Cuándo encontraremos agua? -preguntó con vehemencia una voz de mujer; y Mosis reconoció la de la mujer de Aarón, Elisheba.
 Aarón y otros intentaron hacerla callar, pero ella se debatió colérica.
 -¡Tengo derecho a preguntar cuándo vamos a encontrar agua! ¿Sois unos hipócritas? ¡Estáis tan impacientes como yo por saberlo! Puesto que Mosis conoce lo que el Señor desea, que nos diga cuándo vamos a encontrar agua.
 Levantó hacia Mosis un rostro congestionado.
 -¿Así te diriges al Señor, mujer? -respondió Mosis.  
 -No me dirijo al Señor, me dirijo a ti, Mosis, puesto que afirmas ser el mensajero del Señor, pues ciertamente no eres mi Señor. ¿Cuándo encontraremos agua?
 -Mujer, mereces que el Señor te haga morir de sed -repuso Mosis haciendo un esfuerzo para contenerse-. Pero el Señor no va a reservarte una suerte particular. No permitirá que uno solo de vosotros perezca de sed, ni tampoco tú, mujer de poca fe.
 -¡Sigue sin responder! -gritó ella-. ¡No lo sabe!
 Finalmente, Aarón la arrastró lejos de la multitud y el ruido de su pelea fue ahogado por los reproches de la muchedumbre.
 -¿Acaso he hablado para nada? -gritó entonces Mosis dando libre curso a su cólera-. ¿Queréis que os abandone? ¿Estáis cansados de mí? ¿No tiene mi palabra, para vosotros, peso alguno? ¿Queréis que os abandone en el desierto? ¿Queréis que os abandone a la cólera del Señor? Pues, cuando me haya marchado, no encontraréis ni un solo intermediario para dirigiros al Dios de vuestros antepasados.
 Un movimiento recorrió la muchedumbre y los jefes avanzaron hacia la roca, seguidos por una masa de jóvenes y algunas mujeres.
 -¡No, Mosis, no! ¡Eres nuestro jefe! ¡No escuches a esa mujer! ¿Vas a condenarnos por la insolencia de una mujer insensata?
 Y dos o tres de los jefes subieron a la roca; tomaron a Mosis de la mano, del hombro y multiplicaron las palabras apaciguadoras. Josué y luego Mishael se unieron a ellos.
 -Mosis -dijo Josué tomando su mano-, aunque sólo sea por mí, te lo suplico, calma tu cólera.
 -Bien -dijo Mosis-. Pongámonos en camino.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de la edición de Planeta DeAgostini, 2001, en traducción de Manuel Serrat. ISBN: 84-395-9034-2.]
 

jueves, 4 de mayo de 2017

"Cuentos populares de Asia".- Anónimo (...)


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 El doko (cuento de Nepal)*

«Érase un pueblecito donde vivía una pobre familia formada de cuatro personas: un hombre y su mujer, su hijo pequeño y el anciano padre del hombre. El anciano había trabajado duramente muchos, muchos años, y ahora ya era muy viejo para seguir trabajando. Así que ahora dependía totalmente de su hijo y de su nuera, que le consideraban una carga.
 A medida que pasaba el tiempo, el hombre les resultaba más gravoso. Necesitaba que le ayudasen, pero ni el hijo ni la nuera deseaban hacerse cargo de él. Comía los restos que le daban y se vestía con los vestidos viejos que encontraba. A veces tenía frío y hambre y si algunas veces el niño sentía lástima de su anciano abuelito y le daba de su propia comida, sus padres le regañaban viéndole hacer eso, y le decían que era un modo de desperdiciar la comida.
 El anciano era muy desgraciado al verse tratar así y siempre estaba gruñendo y quejándose. Pero, en vez de tratar de consolarle, el hombre y su mujer se repetían el uno al otro un viejo proverbio: "Un buey viejo tropieza y un anciano se queja".
 Las cosas iban de mal en peor. El anciano cada vez se volvía más exigente y su hijo y su nuera cada vez más impacientes. Finalmente, no pudiendo resistir por más tiempo al anciano, empezaron a planear en secreto deshacerse de él.
 Decidieron coger al anciano, llevarle a un sitio muy lejano y dejarle allí. El hombre dijo que iba al mercado a comprar un doko, un gran cesto de bambú entretejido, para llevar a su padre y sacarlo de casa.
 -Le dejaré en algún lugar donde ya no le sea posible volver, le dejaré debajo de un árbol, cerca del camino. Quizá alguien lo vea, se apiade de él y lo lleve consigo -dijo el hombre.
 -Pero, ¿qué les diremos a nuestros vecinos? -preguntó la mujer-. Se darán cuenta de que el padre no está aquí. ¿Qué les diremos cuando pregunten?
 -Pues les diremos que él deseaba que le llevásemos a un lugar sagrado para pasar el resto de su vida en paz -respondió el marido.
 Así es como hicieron sus planes. Sin que se dieran cuenta, el hijo había oído su conversación. Tan pronto como el padre abandonó la casa para ir al mercado a comprar el doko, el niño preguntó:
 -Madre, ¿dónde vais a tirar al abuelo?
 -¡No, no! -repuso la madre, apresuradamente-. No vamos a tirar al abuelo. No vamos a hacer nada de eso. Date cuenta de que aquí ninguno de nosotros podemos cuidarle, ya que tu padre y yo tenemos que trabajar durante todo el día. Así que tu padre ha decidido llevar a tu abuelo a un lugar donde puedan cuidarle.
 -¿Dónde está ese lugar? -preguntó el niño.
 -¡Oh, es muy lejos! Es un lugar que no conoces.
 -¿Y quién va a cuidar allí del abuelo?
 -No te preocupes por eso. Habrá mucha gente buena que se ocupe de él -dijo la madre con seguridad.
 Cuando empezó a atardecer, llegó el hombre con un gran doko. Esperó a que se hiciera de noche porque no quería que los vecinos viesen lo que iba a hacer. Cuando todo estuvo oscuro, metió al viejo en el doko.
 -¿Qué sucede? -preguntó el viejo alarmado-. ¿A dónde me llevas con este doko?
 -Padre, tú bien sabes que mi mujer y yo no podemos cuidarte. Así es que voy a llevarte a un lugar sagrado donde la gente será muy bondadosa contigo -replicó el hombre-. Allí estarás mucho mejor.
 Pero no pudo engañar al anciano. Inmediatamente se dio cuenta de lo que pretendían hacer con él, y exclamó:
 -¡Oh, tú, hijo ingrato! Recuerda todos aquellos años en que yo te cuidé mientras crecías... Así es como me pagas.
 Y, diciendo esto, empezó a maldecir a su hijo y a su nuera.
 El hombre se enfadó. Dando un tirón levantó el doko y se lo puso a la espalda. El niño había estado viendo todo en silencio. Justamente cuando su padre estaba a punto de desaparecer en la noche, el niño gritó:
 -¡Padre, cuando tires al abuelo, acuérdate de traer el doko otra vez a casa!
 Desconcertado por las palabras del niño, el hombre se detuvo y, volviéndose, le preguntó:
 -¿Para qué, hijo mío?
 Y la inocente respuesta del niño fue ésta:
 -Porque lo necesitaré yo también cuando tú seas viejo, para tirarte.
 Al decir estas palabras, las piernas del hombre se doblaron. Se sintió incapaz de dar un paso adelante. Así es que dio media vuelta y se volvió a casa con su padre.»


(*Traducción de Carmen Bravo-Villasante)