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sábado, 23 de octubre de 2021

El siglo de los cirujanos.- Jürgen Thorwald [Heinz Bongartz] (1915-2006)


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Fiebre

Escutari

  «En 1876 la cesárea todavía era, para los tocólogos, un tétrico fantasma cuyas consecuencias, salvo muy pocos casos, eran el fracaso y la muerte: muerte por shock, por hemorragia interna y, sobre todo, por peritonitis. Ningún historiador de la medicina podía informar de quién fue el primero que junto al lecho de una mujer llevada al borde de la muerte por la lenta tortura de las infructuosas contracciones del parto, echó mano de un cuchillo y mediante un corte desesperado abrió el vientre y la matriz de la moribunda.
 Una leyenda de dudoso origen asegura que César, el primer emperador de Roma, fue sacado del vientre de su madre mediante un corte; más tarde el nombre de César se interpretó como una derivación de caesus que, a su vez, podía traducirse por “sacado por corte”. Pero la leyenda de que César nació por un corte del vientre de su madre, no demostraba que los romanos hubiesen practicado con éxito el corte llamado cesárea.
 Lo único cierto es que tanto en la antigüedad como muy entrada la Edad media se había conocido el parto por corte del vientre de las madres muertas. En este punto tuvo su parte la influencia de la Iglesia católica al exigir que había que recurrir a todos los medios para bautizar a todos los niños sin distinción. La Iglesia había dejado de sentir su peso en la promulgación de la “Lex Regia”, en virtud de la cual se prohibía enterrar a mujeres muertas a causa de dolores infructuosos de parto, antes de intentar en su vientre la extracción del hijo con el fin de bautizarlo.
 En antiguos escritos aparecidos en el Renacimiento, animado por un nuevo sentido de la vida, había informes acerca de cesáreas practicadas en mujeres vivas, y en 1581 se publicaba en París el primer manual sobre dicha operación. Su autor era François Rousset, médico del duque de Saboya y teórico también de la nefrotomía. Fue el primero en describir la cesárea en una mujer viva. Rousset recomendaba la práctica de la cesárea cuando los niños eran demasiado corpulentos, cuando se trataba de gemelos, cuando las criaturas habían muerto en el vientre materno y cuando las vías del parto eran insuficientes. El concepto “estrechez de las vías del parto” apareció por primera vez en su obra, aunque en rigor era todavía muy vago. Rousset proponía que se abriera el vientre mediante un corte en el lado izquierdo. Escribía que el dolor de tal corte carecía de importancia frente al martirio sufrido con anterioridad por las parturientas en el proceso infructuoso del parto. Recomendaba abrir la matriz, sacar con las manos la criatura y las secundinas y cerrar la pared abdominal mediante suturas y parches. Decía que el corte practicado en la matriz no debe suturarse, pues la musculatura al contraerse ejercía tal fuerza que volvía a mantener cerrada automáticamente la abertura de la incisión. Aseguraba que durante la operación no se producirían hemorragias, puesto que la criatura, durante el largo tiempo del embarazo, había absorbido toda la sangre de la madre. El sobrante se había transformado en leche. El libro de Rousset fue durante siglos el único manual existente al que sin duda acudieron muchos médicos en caso de extrema necesidad. Entretanto, pronto se llegó a la convicción de que Rousset no había practicado jamás una cesárea y que lo más probable era que nunca hubiera presenciado una operación semejante. Así pues, el hombre que sirvió de guía en la larga serie de sangrientas cesáreas llevadas a cabo en mujeres vivas con la consiguiente muerte de éstas –salvo causales excepciones- era un teórico con un bagaje muy pobre de ideas acerca de la anatomía y fisiología humanas.
 Tuvieron que pasar ciento cincuenta años para que un tocólogo francés tomara la palabra en la cuestión de la cesárea. Era Deleury. Entretanto se había inventado el fórceps. Deleury hizo un ensayo práctico y en 1778 informó sobre una operación en que la madre salvó la vida. Si la operación tuvo en realidad el éxito indicado por él, tiene que considerarse como un caso único en su especie. Porque en la inmensa mayoría de los casos, el precio pagado por cualquier intento de extraer el hijo mediante la cesárea, seguía siendo la muerte de la madre a consecuencia de una infección.
 El médico francés Lebas de Moulleron hizo por primera vez un descubrimiento que le dio mucho que pensar. En autopsias de mujeres muertas después de la cesárea, comprobó que la herida de la matriz no se había cerrado por la fuerza contráctil de la musculatura, tal como había asegurado Rousset y se había creído sin discusión durante siglos. Todo lo contrario: dicha herida se presentaba completamente abierta. Terribles hemorragias posteriores de los vasos de la matriz habían inundado en algunos casos la totalidad de la cavidad abdominal suturada, matando en pocas horas a la operada. Pero Lebas descubrió también con mucha frecuencia verdaderos ríos de pues que partiendo de la matriz habían llenado la cavidad abdominal y conducido a una peritonitis de mortales consecuencias. Lebas fue el primer médico de la historia que sospechó el peligro de infección mortal a causa de la abertura de la matriz y que trató de cerrar la herida practicada en ella, mediante sutura. Pero ahí le acechaba una nueva sorpresa: no había sutura capaz de resistir las contracciones posteriores al parto. Los pocos hilos y sencillos nudos de ésta, desgarraban los tejidos a consecuencia de tales contracciones. La incisión volvía a abrirse como antes y Lebas tuvo que renunciar.
 Así terminó el siglo XVIII. Llegó el XIX y transcurrió su primera mitad sin que se adquirieran nuevos conocimientos ni recogiera nadie las sospechas de Lebas y prosiguiera sus ensayos.
 Edoardo Porro conocía a la perfección la historia de la cesárea, y el día que Julia Covallini acudió a él, era ya uno de los cirujanos que ante los numerosos casos de muerte por fiebre purulenta se resistían a creer en el factor casualidad. Desde hacía muchos años, desde que sus primeros intentos de salvar la vida de las mujeres mediante la cesárea terminaron con mortales supuraciones del peritoneo, andaba a la busca de una explicación de ello mediante una ley.
Resultado de imagen de thorwald jurgen el siglo de los cirujanos Porro había estudiado también las antiguas ideas de Lebas. En su consecuencia se preguntaba si éste no tendría razón. En efecto, ¿no había incurrido Rousset en un terrible error al estimar que la matriz vacía debía reintroducirse en el vientre por la herida practicada en la pared abdominal, sin suturar el corte practicado en aquélla? ¿No era falsa la tesis de Rousset –aceptada por todos los médicos con rarísimas excepciones a lo largo de casi trescientos años- según  la cual los músculos de la matriz volvían a unir los bordes de la herida por presión automática?
 Porro permaneció durante años enteros estrechado por el cerco de tales preguntas e ideas. Si el corte hecho en la matriz era causa de muerte, ¿cómo cerrar a las materias mortíferas que se albergaban en dicho corte el camino que había de llevarlas a la cavidad abdominal? Pero si no era posible en absoluto cerrar la supuesta puerta por la cual penetraba la muerte, ¿dónde encontrar el camino de la salvación? Hacía mucho tiempo que Porro se ocupaba en la idea de tal camino. Se había resistido reiteradamente a seguirla hasta el final porque presentía la solución radical que acechaba tras ella. Sin embargo, no podía esquivarla. Si no era posible obstruir la supuesta vía por donde discurría la muerte, ¿no habría que proceder a eliminar por completo la causa? Para salvar la vida de la madre, ¿no debería extirparse la totalidad de la matriz después de efectuada la cesárea?
 Un radicalismo tan consecuente era sin duda algo horrible, por cuanto suponía una mutilación de la mujer operada y justamente una mutilación absolutamente irreparable. Hacía mucho tiempo que Porro luchaba con su propia conciencia sin atreverse a tomar una resolución firme. Cuando veía morir a una parturienta a la que como último recurso se había practicado la cesárea, sentía que se acercaba de una manera creciente a dicha resolución y presentía la llegada de la hora en que le sería imposible esquivarla, a menos de querer echar sobre su conciencia el peso torturador de poseer un posible camino salvador junto a su negativa de seguirlo.
 Porro estaba solo con su conciencia y con Dios, y así estuvo durante tres semanas en el transcurso de las cuales esperó en vano la aparición de una señal del parto incipiente.
 En la mañana del 21 de mayo de 1876 anunció una hermana que se habían presentado en “la Covallini” los primeros dolores del parto. Poco después, a las diez, le informó un ayudante que había reventado la bolsa amniótica de la parturienta y que el líquido amniótico se estaba derramando sin que hubiesen aumentado los dolores activos del parto.
 Por la tarde, a las cuatro cuarenta, Edoardo Porro pidió el escalpelo. Julia Covallini, sumida en profunda narcosis de cloroformo, yacía gimiendo ligeramente sobre la vieja mesa de madera manchada y descolorida que por entonces se usaba en San Matteo para las operaciones.
 Porro empezó la intervención a las cuatro cuarenta y dos. En el informe escrito por él se consigna esta hora precisa. Practicó la incisión en el abdomen abultado y tenso. Dicha incisión partía del ombligo y seguía hacía abajo por la línea alba. Uno de los ayudantes separó con los dedos los bordes del corte. Debajo de éste, contraída, apareció la matriz con el niño en su interior. La herida del vientre apenas sangraba.
 Porro cortó la matriz.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1999, en traducción de E. Donato Prunera, pp. 171-175. ISBN: 84-233-3091-5.]

sábado, 27 de marzo de 2021

Los mitos griegos.- Friedrich Georg Jünger (1898-1977)


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Las diosas del destino

 «Las experiencias alegres y dolorosas por las que atraviesa el hombre le permiten reconocer con más claridad a las potencias en cuya acción se enreda la suya propia. Percibe unas leyes que retornan y que es preciso tener en cuenta. No todo parte de los dioses más venerados, puesto que éstos ni entretejen su propia existencia con la existencia penosa del hombre ni tienen como misión ordenar y determinar directamente todo lo relacionado con el destino de la vida humana. Esta tarea corresponde a otras divinidades, que los griegos identificaron globalmente como femeninas. Son las moiras y las ilitías, Némesis, Dice y Ate. También se incluye aquí a las erinias. El hombre llega a conocer su peculiar poder sólo cuando se encuentra con ellas. Aprende a diferenciarlas sólo por la repetición de los encuentros. Si las hiere, sobre él recae todo lo que hay de hiriente en sus acciones. Ellas se apoderan de su modo de actuar, lo unen y con él hilan un hilo, tejen un tejido. Ésta es la función de las moiras.
 Moira, como concepto, significa porción, parte. Las moiras asignan al hombre una parte. Eso significa que el concepto de destino también puede ser entendido como partícipe y, por tanto, sólo en relación con otros destinos. El mundo como totalidad carece de destino, para él no existen las moiras. Si se lo considera como un mecanismo, posee una necesidad mecánica. En sentido estricto, tampoco el individuo —suponiendo que existiese como tal— tiene un destino. El destino es siempre algo común, cimentado sobre la interrelación. De ahí que las moiras no sólo «hilan» el hilo de cada destino individual, sino que trabajan en todo el tejido; las partes que se reconocen como hilos adquieren su destino por el entrelazamiento con otras partes, por su relación con ellas. Las moiras manejan el curso de los hilos y producen la trama. La imagen está tomada del arte de tejer, del trabajo de la mujer en el telar. El acto de hilar, en el que lo único que importa es el largo o el corto de la hebra, sólo define de manera incompleta su actividad, pues la moira abarca más, implica que el hombre se hace destino para el hombre. Moiras y hombres van juntos, y las moiras velan por el hombre desde que nace hasta que muere, pero no velan por las plantas y los animales, pues éstos no tienen destino, quedan completamente absorbidos por la especie y no hacen más que retornar. Las moiras tampoco deciden acerca de los dioses, en tanto que éstos carecen de destino. De otro modo, el Olimpo no sería lo que es. Por su rango, las moiras parecen menores que los dioses olímpicos y no los gobiernan. Actúan en el ámbito de la soberanía de Zeus, no fuera de él ni por encima de él. En la esfera de los titanes no existen moiras, pues no hay nada en ella que tenga destino. No obstante, la función de soberano de Zeus incluye sopesar los sinos, sin que por ello esté inexorablemente sujeto al veredicto de la balanza; él tiene libertad, puede cambiar la moira, que aparece aquí como peso. Esta concepción es propia de la poesía épica. Para Hesíodo, que en la Teogonía define a las moiras como hijas de Zeus y de Temis, éstas dependen de Zeus, que las honra particularmente. A este propósito, se menciona a Zeus como moirageta, conductor de las moiras. Hacen su aparición en un coro conducido por él, de ahí que estén vinculadas tanto las unas a las otras como a su función. Este vínculo se halla, por otra parte, en correspondencia con su vinculación a los hombres. No es únicamente Zeus, también los demás dioses pueden gobernar a las moiras. Apolo, Deméter y Perséfone colaboran con las moiras. Cabe pensar que esta conducción se corresponde, según cuál sea el dios que conduzca, al entramado del tejido. De ahí resulta que la moira de los dioses, su parte en el sino de los hombres, pueda ser separada de la participación de las moiras en este sino. Es evidente que en la epopeya las moiras están limitadas, pues no viven en un espacio sin soberano ni tienen una autonomía ilimitada sino que están sujetas a la legalidad del soberano, al nomos basileus de Zeus. No pueden intervenir en el modo de obrar de los dioses, no pueden anular ni limitar la participación del dios en el hombre. Los trágicos, en concreto Esquilo, sostienen a este respecto otra opinión. Ahora bien, si preguntamos qué provoca esta limitación de las moiras en la epopeya veremos que están limitadas precisamente por la intervención activa de los dioses, por su proximidad con el hombre y su vinculación con él. Destacan con más fuerza a medida que se aleja esta participación de los dioses por los hombres, que los dioses se retiran del hombre y se desvanecen para él. El destino, como tal, significa ya un alejamiento de los dioses, la actuación impersonal y anónima de los poderes.
 Si consideramos la función de las moiras tal como la describe la poesía épica, se plantea la siguiente pregunta: ¿hay algo que no esté sujeto a las moiras? Es evidente que antes de que empiecen a desempeñar su función tiene que existir el hombre.
 Las ilitías, las diosas del parto, están activas antes de la intervención de las moiras. Asisten al parto del niño, lo traen a la luz y a la vida, supervisan el nacimiento y las contracciones. También ellas son diosas del destino, si bien en un sentido mediato, porque actúan bajo la condición de la vida sujeta al destino, durante el nacimiento. En este sentido, se vinculan a las moiras. El recién nacido, el lactante, carece de destino, vive en una dependencia absoluta y en razón de esta dependencia tiene una vida sin destino. Puesto que el destino abarca el hacer y el padecer de un modo tal que lo uno es impensable sin lo otro, se adhiere a ambos. La vida y el destino no son lo mismo.
 Las moiras tejen el destino en la vida. Héctor ya existe cuando llegan ellas. Pero hay algo que todavía es más importante: en contraposición con Zeus, no depende de las moiras la plenitud de la existencia, de ellas depende sólo ese vuelco de las circunstancias que podría llamarse propio del destino, sólo el movimiento. Ni otorgan al hombre la vida ni hacen de él aquello que es cuando aparece en la tierra. No proyectan su predisposición, puesto que ya existe con ella; no le confieren el carácter, puesto que éste es innato en él y no pueden cambiarlo. Se encuentran con el hombre tal y como es, y así como lo encuentran dan comienzo a su misión con él. Del mismo modo actúa la Aisa homérica. Acontece lo que Aisa determina para el hombre y lo que las implacables hilanderas urden, después del nacimiento, con el hilo en ciernes. Se distingue a Aisa de las moiras, pero no somos capaces de definir lo que las diferencia. La Ilíada también dice de Aisa que teje la trama con el hilo que se va desenvolviendo. Puesto que los conceptos de suerte y de parte difícilmente pueden separarse, para nosotros también Aisa y moira convergen. Si bien hilar es una tarea propia de las moiras, con la que éstas ocupan su tiempo, no la ejercen sólo ellas. Allí donde se da a conocer una calamidad que procede de los dioses, son ellas quienes hilan. Traman para el hombre una vida llena de aflicciones, pero ellas no sufren. Homero no menciona lo que lleva a cabo Tique; no aparece en él. Arquéloco menciona a Tique junto con Moira; para Píndaro, Tique es una de las moiras. Esquilo las llama las hermanas madres y también hermanas de las erinias, y dice que las moiras asignan su misión a las erinias.
 No cabe pensar que aquello que las moiras traman para la vida, para su curso, sea algo arbitrario, casual e inconexo, sin relación con el hombre, con su esencia, su manera. Eso estaría en contradicción con el modo de actuar de las moiras, que es un modo necesario. La moira que las moiras traman para cada hombre no está en contradicción con el ser de este hombre; esta moira es la parte que está en conformidad con su esencia, la parte que le corresponde. Las moiras actúan kata moiran, conforme al orden, según lo que corresponde. Dado que urden el destino del hombre, ya sea de acuerdo con su voluntad, ya sea en contra de ella, no puede hablarse aquí de libre voluntad del hombre. La urdimbre no sucede a posteriori, no como una mera confirmación y consignación de un acontecer ya consumado, sino que se va urdiendo. Lo que producen las moiras sucede por necesidad, es ananke, sin que por ello sea un fatum ciego. La certeza de que las moiras están siempre activas no resulta en un fatalismo, pues a la vez siempre se mantiene viva la convicción de que el hombre dispone por sí mismo de la parte que urde para él. Las moiras y los hombres actúan conjuntamente. Que el hombre se crea su propio mal, tal y como dice Zeus en la asamblea de los dioses, no se contradice con la actuación de las moiras, puesto que ellas no crearon al hombre, es él mismo la condición última de sus propios males; ellas no existen sin él. Si el hombre no diese a las moiras motivos para intervenir, ellas no podrían hacer nada. No crean desde sí mismas sino que actúan a través del hombre, por medio de él, y para ser activas dependen sin lugar a dudas de él. El hombre participa en la creación de su moira. El mal y la fatalidad, la fortuna y el infortunio adquieren sentido sólo por su vinculación con la voluntad del hombre, sin la cual no son nada y no pueden significar nada. De ahí que las moiras no se encuentren directamente con el hombre y no se aparezcan a su vista. El hombre no las ve como ve a los dioses. Crean sin ser vistas y actúan en lo oculto, en los hilos y los pliegues de la vida. Teócrito, en su primer Idilio, dice que Afrodita intentó elevar a Dafne muerto pero que no lo logró, pues faltaba el hilado de las moiras. Este hilado falta porque se acaba con la muerte, porque con él también finaliza todo quehacer de las moiras. En el Hades no hay moiras.
 Todo esto indica que las moiras son diosas del tiempo, que actúan en los tejidos temporales de la vida. No crean flores, ni imágenes, ni figuras de la vida; sólo tienen que ver, más bien, con las interconexiones. No llegan al ser sino a su aparición en el tiempo. También lo que viene inspirado por las musas les queda lejos, como apuntan las palabras de Empédocles cuando dice que la Gracia odia la necesidad difícilmente soportable. Lo difícilmente soportable de la necesidad se desvanece ante la actuación de las cárites, pero se percibe en las moiras. En ellas se observa falta de interés por la realización de sus tareas. En sus quehaceres hay algo severo, atento, que jamás flaquea. Su incesante e incansable laboriosidad sólo afecta a su labor, en la que no se ven entorpecidas ni por el afecto ni por el desafecto. No les importa el hombre en cuyo destino participan hilando; no toman partido por él, ni le dedican atención. Esto les confiere un aspecto ceniciento. Son doncellas éneas que parecieran asexuales; no cabe dudar de su continua seriedad.
 Dice, que según Hesíodo es hija de Zeus y de Temis y una de las tres horas, posee una cierta ubicuidad. Si bien no permanece siempre cerca de Zeus, como sí lo hace Temis, que es la asesora permanente del dios, está muy emparentada con su madre por su misión y su esencia. Temis también abarca a Dice, que nace de su vientre como hija de Zeus. Dice puede acceder libre mente a Zeus y se le acerca quejumbrosa cuando ha sido herida. Tiene en común con las otras horas que ampara las obras de los hombres. Este rasgo de su esencia, típico de las horas, es rítmico, tiene un orden temporal y ocurre dentro del espacio del tiempo. Al mismo tiempo, es la fragancia y la eufonía que permite a los poetas decir de un objeto: huele a las horas, se ha bañado en el manantial de las horas. Si en un primer momento la función de las horas fue custodiar y gobernar las estaciones del año, fomentar lo que germina, brota, florece y da frutos, Hesíodo amplia su función, que se hace extensiva a los hombres y a la regularidad en la que viven, si bien siempre mantiene el ritmo y retorna en un periodo bien ordenado. Hesíodo dice que las horas hacen madurar el quehacer de los hombres. La Dice danzante que baila en el coro es la imagen más sublime de este orden, que se convierte en fragancia entera, en flor y en eufonía. Cuando se habla de la flor de la juventud, se habla de la hora. Si prescindimos de todo esto, sólo queda en Dice severidad y coacción. Pero el orden forzado, el mero estatuto impuesto y cumplido no tiene nada de Dice. Dice no se complace con él. No es una diosa de la necesidad sino que su naturaleza está inspirada por las musas y sólo se siente bien allí donde, en el hombre, resalta lo inspirado por ellas. Como sus hermanas, Dice es amiga de las musas y de las cárites, cuida lo bello y encantador. La Dice intacta es imperceptible pero actúa por todas partes sin ser vista, benévola, brindando, fomentando el crecimiento, demostrando su participación por el hombre que la honra. Es la Dice intacta la que encontramos ante todo en las obras de los poetas épicos y líricos; los trágicos mencionan a la Dice violada. En ésta, su naturaleza cambia, pues la fuerza inquebrantable que le es propia se levanta contra quien la quebranta para condenar y castigar. Lleva la espada con la que atraviesa el pecho del impío y se alía con las erinias. En este sentido más restringido custodia el derecho y las costumbres, combate el quebrantamiento de la ley y la prevaricación. Esta misión está más acotada porque precisa haber sido vulnerada antes de intervenir. En un sentido más amplio, en el baile de las horas advertimos a la Dice intacta que preside el orden adecuado de la vida entera.
Resultado de imagen de friedrich georg junger mitos griegos Ate, que a decir de Homero tiene a Zeus como padre y, según Hesíodo, a Eris como madre, es la diosa de la desdicha que maquina las decisiones, las palabras y los actos precipitados y atropellados. Llega veloz, volando con sus pies alados, y con alados pies camina sobre las cabezas de los hombres. No se fija en lo ponderado, en lo meditado, sino en los actos y los pensamientos sobresaltados y pasionales, que favorece y suscita. Donde con el acaloramiento irrumpe la palabra incisiva, desconsiderada e hiriente, allí está Ate. Suelta la lengua, arrastra. Cuando así lo hizo con Zeus, induciéndole al juramento que privó a Heracles de su poder, Zeus la agarró por los pelos y la precipitó desde lo alto del Olimpo, al que nunca más pudo regresar. A decir de Homero, Ate cayó sobre las obras de los hombres. Por tanto, no tiene nada que hacer en el Olimpo, está excluida de la comunidad de los dioses y reina sólo sobre los hombres. En el cambio que precipita sobre las obras de los hombres, queda claro que no sólo provoca y suscita las decisiones infaustas sino que también tiene una misión vengativa. No es sólo la urdidora maliciosa de desdichas, que rápidamente se transforma, sino también la diosa vengadora y justiciera del destino. Como tal aparece en los trágicos. Su misión es más limitada, su ámbito más acotado que el de Dice, pero en Homero es una diosa poderosa. Esquilo dice que es una diosa subterránea: Zeus hace surgir de las sombras a Ate para que ejerza su tardía venganza sobre el poder sacrílego e impío de los hombres. Dice de ella que abraza al sacrílego con una fuerza que desgarra el alma hasta que se impregna de un torrente de desgracias. En la Ate de los trágicos no queda nada ligero y flotante; su función es concreta, punitiva. Cabe suponer que la actuación de Ate pueda coincidir con la de las moiras, es más, que una coincidencia como ésta es preciso que se produzca con frecuencia, pero no hay que confundir a Ate con las moiras. Las moiras acompañan al hombre durante todo su trayecto, durante su entero recorrido, mientras que Ate va y viene. Ate posee algo que sin duda es infausto, sin embargo, no cabe imaginar a las moiras como meras divinidades de la desdicha. Cuando parece que es así, se debe a que la vida de los hombres siempre está amenazada por el hado y que esta amenaza se hace visible por doquier. Todo hombre tiene moiras, pero no a todos se les aparece Ate. Las moiras actúan de un modo diferente a Ate. Las moiras determinan el destino del hombre por medio de tramas y concatenaciones, en un acontecer coherente y consecuente. No son vengadoras ni jueces sino que actúan en virtud de una necesidad condicionada. Su justicia, que parece indiferente, no es ordenadora, equilibradora y restablecedora como la de Ate, que detenta la función de la venganza y hace probar al sacrílego su poder. Así la mencionan los trágicos. La Ate homérica, en cambio, es imprevisible, caprichosa, alevosa y maliciosa, pero ligera como un pájaro, de una ligereza divina.
 Lo que diferencia a Némesis, hija de la Noche, de Ate, es su modo de intervenir. Lo que la distingue de Dice es que le falta aquel caminar rítmico, temporal, propio de las horas, con que camina Dice. Probablemente, la palabra a utilizar para ofrecer una idea clara de Némesis sea miedo. Quien conoce a Némesis, o cree intuirla la teme mucho. Hesíodo la menciona junto con Aidos. Si se traduce aidos por vergüenza se lo restringe demasiado; aidos también significa pundonor, consideración, temor, veneración, respeto. Indica deferencia. El temor a Némesis precede a su llegada y en este temor se originan los actos que pondrán en marcha la reconciliación de Némesis. El sacrificio voluntario de algo de la propia suerte se destina a la conciliación de Némesis. Cuando en nuestra presencia alguien afirma que todo le sale bien y conforme a su deseo; cuando, en relación con el futuro, está lleno de confianza, golpeamos bajo la mesa con los nudillos, tocamos madera. También lo hacemos cuando hemos hablado con demasiada confianza. Esto se parece, en cierto modo, al sentimiento de los griegos cuando sienten la proximidad de Némesis. Pero para sentir de verdad esta proximidad, para alimentar el miedo a ella, no se requiere sólo una atención particular sino también una madurez y una sensibilidad plástica por las proporciones que fundamentan y delimitan la vida. A toda hybris le ha sido dado tener poca conciencia de sí misma y no presentir que se aproxima Némesis. De aquí procede la idea, en Heródoto y en Píndaro, de que precisamente el dichoso, el que se ha liberado del recelo, está particularmente expuesto a Némesis. Ella vela por las medidas, por los límites y las proporciones, y también por lo conveniente, y es, por tanto, una diosa que equilibra y restituye. Si examinamos esta misión suya con más precisión, vemos que su intervención no necesita presuponer una culpa; antes bien, interviene según el estado de las cosas, provocando el cambio, el vuelco que se manifiesta en la vida de los hombres. Esta convicción está claramente expresada en la idea de que los dioses no le otorgan al hombre una dicha demasiado grande, de que se sienten heridos por una dicha que se parezca demasiado a la suya. Basta esta grandeza, esta solidez e invariabilidad de la dicha para mover a Némesis a actuar. Que el exceso de dicha es un peligro, que nadie puede mantenerse en la cima y necesariamente tiene que caer cuando la ha alcanzado, es una de las enseñanzas que imparte Némesis a los hombres. Provoca la profunda, imprevisible y terrible caída desde las alturas. La ceguera con respecto a Némesis está amenazada por la caída. Cuando se la entiende más próxima a Dice y a las erinias, allí donde el dichoso se convierte en arrogante y sacrílego, Némesis se transforma en diosa punitiva y ajusticiadora, tal y como la definen los trágicos. Su epíteto, Adrastea, «la ineludible», no sólo apunta a la vengadora sino a su misión de conservar toda medida humana e instaurar un equilibrio entre los destinos. Es la diosa de las mudanzas y las vicisitudes de la vida, pues en lo que dura y permanece no se hace visible, y sólo actúa desde lo oculto. La Némesis en reposo es invisible. Por muy grande que sea el movimiento que produce, hemos de imaginárnosla tranquila. Además, se muestra con una figura hermosa y en las obras de arte es tan parecida a Afrodita que no es fácil distinguirlas, razón por la cual Agorácrito, discípulo de Fidias, pudo transformar su Afrodita en una Némesis con sólo conferirle otros atributos. La belleza de las proporciones de Némesis apunta a la simetría por la que ella siente simpatía. Es suave y amable, y aquel que le profese respeto no deberá temer nada de ella. Sus atributos son las bridas, la espada, las alas y la rueda con grifos.
 Para dar una idea de cómo el pensamiento abstracto maneja el concepto de Némesis mencionaremos lo que dice a este respecto Aristóteles, en el capítulo séptimo del libro segundo de su Ética a Nicómaco. Define a Némesis como una sensación de dolor por la dicha inmerecida de los hombres indignos. Para él, Némesis es la virtud, un intermedio entre la envidia a la que aflige el bienestar ajeno y el contento por la desgracia de los otros. A este concepto de Némesis se le podría llamar el concepto civil; si nos remontamos a tiempos anteriores, llegamos a la concepción de los trágicos. La épica no relaciona estas ideas con Némesis, en particular, no la idea de un orden moral que es necesario restituir. Aquí Némesis dispone a su antojo y con arbitrariedad divina. Su intervención no presupone el sacrilegio, la culpa y la falta, designa el propio curso predestinado de la vida, el cambio de las circunstancias, la transformación veloz y a menudo fulgurante, el desplome y la caída.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Herder Editorial, 2006, en traducción de Carlota Rubies, pp. 99-103. ISBN: 84-254-2408-9.]

lunes, 31 de agosto de 2020

La casa de las bellas durmientes.- Yasunari Kawabata (1899-1972)

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Sobre pájaros y animales

   «Pero cuando se despertó a la mañana siguiente, dos dormían como una cálida bola de algodón. El tercero yacía muerto bajo la percha, con las alas medio extendidas, las patas rígidas y los ojos entreabiertos. Como si no conviniera que los otros vieran el cadáver, lo sacó y, sin decírselo a la criada, lo tiró al cubo de la basura. "Una horrible especie de asesinato", pensó.
 ¿Cuál había muerto?, se preguntó contemplando la jaula. Contrariamente a lo que hubiera esperado, el superviviente parecía ser la hembra antigua. Su afecto por la antigua era mayor. Tal vez el favoritismo le hizo pensar que era la superviviente. Vivía sin familia, y el favoritismo le molestaba.
 -Si ha de hacer tales distinciones, ¿por qué vive con pájaros y animales? Hay un buen objeto para sustituirles llamado ser humano.
 Se considera que los reyezuelos de corona dorada son débiles y mueren pronto; pero su pareja era muy sana.
 Compró un alcaudón recién nacido a un cazador furtivo y éste fue el principio: se acercaba la estación en que no podría salir por tener que alimentar a las crías que llegaban de las montañas. Pétalos de wistaria caían sobre el agua cuando sacó el barreño a la veranda para bañar a los pájaros.
 Mientras escuchaba los aleteos contra el agua y limpiaba las jaulas, oyó voces infantiles detrás de la cerca. Parecían estar esperando la muerte de algún pequeño animal. Se encaramó sobre la cerca, pensando que tal vez uno de sus cachorros de terrier se hubiera extraviado fuera del jardín. Era una cría de alondra. Incapaz aún de sostenerse sobre las patas, se tambaleaba sobre el montón de basura. Se le ocurrió la idea de darle amparo.
 -Es de aquella casa -un chico de la escuela primaria señaló una casa verde frente a la cual crecían unas paulonias de aspecto venenoso-. Lo han tirado. Se morirá, ¿verdad?
 -Sí, morirá -dijo fríamente, alejándose de la cerca.
 La familia de la casa verde tenía tres o cuatro alondras. Probablemente se habían deshecho de una que no quería cantar. El impulso piadoso le abandonó con rapidez; no tenía objeto quedarse con un pájaro que había sido desechado como si fuera basura.
 Hay pájaros entre cuyas crías es imposible distinguir al macho de la hembra. Los tratantes bajan de las montañas cestas llenas de ellas y se desprenden de las hembras en cuanto pueden reconocerlas. La hembra no canta y no se vende. El amor hacia pájaros y animales se convierte en una búsqueda de los superiores, y de este modo la crueldad echa raíces. Estaba en su naturaleza querer a cualquier animal doméstico en cuanto lo veía, pero sabía por experiencia que este afecto fácil era de hecho una falta de afecto, y que causaba un retraso en el ritmo de su vida. Y por este motivo, por muy hermoso que fuese un animal, por mucho que le encarecieran que se quedase con él, se negaba a quedárselo si había sido criado por otra persona.
 En su soledad, llegó a su arbitraria conclusión: no le gustaba la gente. Maridos y esposas, padres e hijos, hermanos y hermanas: los vínculos no se rompían con facilidad ni siquiera con la persona menos satisfactoria. Había que resignarse a vivir con ellos. Y todo el mundo poseía lo que se llama un ego.
La casa de las bellas durmientes de Kawabata, Yasunari: tapa dura (1985) |  Alcaná Libros En cambio, había cierta pureza triste en convertir en juguetes las vidas y costumbres de los animales, y, decidiéndose por una forma ideal, en cruzarlos de una manera artificial y pervertida: existía en ello una innovación divina. Con una sonrisa sarcástica, excusó como símbolos de la tragedia del universo y del hombre a estos amantes de los animales que atormentan animales, buscando siempre una raza más y más pura.
 Una tarde del noviembre pasado fue a verle el dueño de una perrera que parecía una naranja arrugada debido a una afección del riñón o algo por el estilo.
 -Una cosa terrible. Le quité la correa cuando llegamos al parque y la perdí en la niebla durante menos de un minuto, y ya tenía un perro encima. La aparté y la cosí a puntapiés hasta que no pudo levantarse. No comprendo cómo concibió, pero suele ocurrir justamente cuando no se desea.
 -Y usted es considerado un profesional.
 -Sí, no puedo decírselo a nadie, es algo muy embarazoso. Maldita perra. En pocos segundos me hizo perder cuatrocientos o quinientos yens* -sus labios amarillentos temblaban.
 El altivo doberman seguía, escabulléndose, con la cabeza gacha, y miraba con miedo al enfermo renal. La niebla llegaba a grandes oleadas.
 El perro tenía que venderse a través de los buenos oficios del hombre. Sería un descrédito para él, insistió, si, una vez vendido, tenía una camada mixta; pero algún tiempo después, evidentemente corto de dinero, el hombre vendió a la perra sin decir nada. Dos o tres días más tarde, el comprador acudió a verle, llevando la perra. Al día siguiente de haberla adquirido había tenido una camada muerta.
 -La criada la oyó gemir y abrió el postigo y vio a la perra bajo la veranda, comiéndose un cachorro. Estaba sorprendida y un poco asustada y no podía ver bien en la oscuridad. No sabemos cuántos cachorros nacieron, pero ella cree que la perra se comía al último. Llamaron al veterinario inmediatamente, y éste dijo que ningún propietario de perros debe vender una perra preñada. Ésta debió ser montada por un perro callejero y su dueño le había pegado casi hasta matarla. Dijo que no había sido un nacimiento normal y que tal vez la perra ya tuviera la costumbre de comerse a sus cachorros. Tuve que quedarme de nuevo con ella. Todos estamos furiosos. Es algo terrible hacer esto a un animal.
 -Déjeme ver -repuso con aire despreocupado, levantando la perra y tocándole las tetillas-. Ya ha tenido camadas otras veces. Empezó a comerlas porque estaban muertas -habló con indiferencia, aunque él también estaba furioso y apenado.»

 *Unos cien dólares.

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Pilar Giralt. ISBN: 84-7530-162-2.]