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sábado, 21 de marzo de 2020

El ciudadano contra los poderes.- Alain [Émile-Auguste Chartier] (1868-1951)

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III.-Los poderes contra los ciudadanos
3.-El Estado avasallador por su función

Nº 9.- No creáis nunca lo que dice un Hombre de Estado

«No creáis nunca lo que dice un Hombre de Estado. Se trata de un hombre que habla de su oficio, y que a veces habla bien de él; pero no está en la lógica de las cosas sacrificar todos los oficios para que el fontanero, por ejemplo, pueda desempeñar fácil y agradablemente el suyo. "Los que no son fontaneros -dice el fontanero- no se dan cuenta de lo que significa ser fontanero, y no nos otorgan ventajas ni gran importancia. Son unos ingratos. ¿Qué sería de ellos si no existieran los fontaneros?" El automovilista que circula sobre ruedas considera al peatón un ser molesto y descuidado; pero el peatón no se deja convencer, y no renuncia a andar por los caminos.
 El hombre apresurado que no se preocupa de desgastar sus frenos ni sus neumáticos no comprende lo que hace una bandada de gansos en la carretera; pero los gansos van tras su comida o hacia su charca. De idéntica manera, el gobernante sigue su ruta y se asombra de que los gansos no se alineen a su paso, dejándolo todo para admirar lo bien que rueda el carro del Estado. "Los gansos son necesarios, lo admito -dice el Hombre de Estado-, pero donde yo quiera que estén, y no donde quieran ellos." Esta clase de razonamiento nunca ha conseguido persuadir a los gansos, porque los gansos son animales; pero alguna vez ha persuadido a los hombres, porque los hombres son seres lo bastante contemplativos como para ponerse por un momento en el lugar de otro.
 La guerra es una situación admirable, lo reconozco, en la que los gobernantes subordinan todos los asuntos de los restantes hombres a sus proyectos. Es preciso haber visto cómo los jefes militares se instalan y alardean, relegando a los civiles a un estrecho rincón, y sorprendiéndose si todavía osan quejarse. "¿Pero cómo? ¿No estamos aquí por su bien y para su seguridad?" Razonamiento irrefutable, el mismo de los empedradores que tienen mi calle levantada y llena de zanjas desde hace más de un mes y que me ofrecen un tablón tambaleante para pasar por encima de un precipicio rocoso.
 Los ciudadanos admiten con facilidad la necesidad de jefes y administraciones, como admiten también la necesidad de empedradores y de fontaneros. Aceptan con menos facilidad que el hombre de la calle se vea siempre importunado y limitado, mientras los poderes campan libremente. "Porque -dice el ciudadano- admito que la seguridad y los poderes públicos tienen su importancia, pero existen otros bienes, como vivir, producir, comerciar; esos bienes no serían nada sin seguridad y quizás incluso sin poder; pero en cambio, seguridad y poder son sólo palabras, ajenas a la común y humilde prosperidad. Haga usted, por lo tanto, su oficio de gobernante y aceptaré ciertas molestias para ponérselo fácil; pero que los gobernantes se molesten también por mí. Sé muy bien en lo que se convertirían nuestras calles si el empedrador fura el único juez. Como también sé por experiencia cuáles son las actividades del gobierno cuando se le deja hacer: ejércitos, querellas ruinosas y asombrosas demoliciones, diciendo siempre que no se puede hacer otra cosa. Y de buena fe. El empedrador bloqueará toda la calle y amontonará los adoquines en vuestro patio, si le hacemos caso."

Nº 10.-Todo hombre inventa y organiza

 Todo hombre inventa y organiza, y muy pronto llega a una única idea: "Las cosas son como son", dice el genio en su pequeño rincón. Es de razón que sea el médico quien juzgue de medicina, el mecánico de mecánica y el estadístico de estadística. En cuanto el contable se inspira en este principio evidente, no le queda a nuestro hombre más que hacer los petates para la "Maison des Pauvres", suponiendo que no haya sido ya embargada por haber seguido las reglas de la perfección, que son mortíferas. Pero voy a seguir en sus absurdas consecuencias un ejemplo que no es del todo imaginario.
Resultado de imagen de el ciudadano contra los poderes ed. tecnos Supongamos una red ferroviaria que tenga autorización para incurrir en gastos, en nombre del bien público. Dejo circular las monstruosas locomotoras y los vagones grandes como edificios, y decido que el equipo del turno de noche, cobrando paga doble, reemplace unas agujas que en seguida serán arrancadas. Pero hete aquí que un gran médico, harto de ocuparse de tanto estómago, y entusiasta de la organización, propone que se implante el servicio de salud de la red ferroviaria, y que el médico sea escuchado. Ya le tenemos de director, y obviamente bien pagado; su yerno será subdirector, sus primos inspectores de primeros auxilios y camillas; todo esto es evidente. Les supongo a todos competentes y activos, y eso es lo peor. Porque, ante todo, habrá puestos de socorro muy bien dotados de enfermeros y auxiliares. ¿Quién puede oponerse a ello? La monstruosa locomotora puede arrancar los raíles como si fueran paja y el accidente es posible; ya ha ocurrido. ¿Estamos preparados para ello? Esa pequeña pregunta, que hace prosperar a los aviones y a los cañones, puede servir también para hacer surgir un departamento de catástrofes ferroviarias, y dentro de él una subdirección de estadísticas, donde sepamos qué huesos se rompen más a menudo, cuántas cabezas, cuántos tórax y vientres encontraremos de promedio en el hueco de la vía, y otros datos a tener en cuenta. Se trata siempre de razón y sabiduría.
 Y habrá aún más razón y sabiduría si pensamos en la salud de los trabajadores, que cuesta mucho dinero por culpa de la imprevisión. Con lo cual se inventan las visitas médicas obligatorias, y una ficha para cada cual, en la que se anotará si es bajo o alto, gordo o flaco, abdominal o torácico, musculoso o fibroso, sifilítico o artrítico, si es miope o tiene predisposición a las uñas encarnadas. Como poco, habrá fichas por triplicado; una de ellas será entregada al interesado, en sobre sellado, como es lógico, y sólo podrá ser abierta por el médico. ¿Qué cuesta un sobre? Y no olvidemos aquí tampoco al departamento de estadísticas, muy adecuado para los yernos médicos, los primos médicos, o incluso para algún literato protegido. Todo el mundo comprende que si los trabajadores ferroviarios estornudan más a menudo en Versailles-Chantiers que en Epöne-Mézières, es necesario saberlo, como también a qué horas del día y de la noche lo hacen. Y si podemos llegar a conocer la relación exacta entre la temperatura y los catarros, ¿cómo vamos a reparar en gastos? La Oficina Internacional del Trabajo es el modelo de estas instituciones que tienen como finalidad la búsqueda metódica y desinteresada de la verdad. Podéis haceros una idea de este servicio preventivo y repetitivo, que toma bajo su protección la preciosa salud de los ferroviarios, sí señores, más preciosa que el oro. Y la progenie de los ferroviarios es más valiosa que el diamante de ahí las maternidades, los centros de lactancia, las fichas de los niños de pecho, los test, la orientación profesional; y de nuevo los yernos médicos, los primos médicos, sin contar dos o tres literatos protegidos, pues la organización se preocupa de las Musas. Imaginad esos admirables recintos, donde por medio de tubos neumáticos circulan en todas direcciones las fichas del niño, del padre, de la madre, agrupados y reagrupados por temperamentos, por vocaciones, por oficios, como en un cerebro mecánico. Y mientras tanto, el precio del transporte de los papanatas aumenta en proporción. ¿Quién se atreverá a aguar la fiesta? ¿Y en nombre de qué?
 Platón parece bromear cuando dice que por encima de las cosas verdaderas, e incluso de las buenas, reina una diosa abstracta, transparente, apenas visible, que él llama conveniencia o proporción. Esa diosa no es del todo una criatura celeste. Podría significar, al contrario, que la razón, a menos que desvaríe, ha de adecuarse a las necesidades. Y es evidente que el hombre, que no es solamente cabeza, sino también pecho y abdomen, puede a veces ser demasiado sabio, y que la verdadera justicia tiene en cuenta ante todo la urgencia de las necesidades. Tener eso en cuenta es gobernar. De donde concluyo que la tarea de un ministro no consiste en llevar a la perfección el departamento que está a su cargo, sino por el contrario oponerse a ambiciones en sí mismas razonables, tras una atenta consideración del conjunto de las necesidades y del conjunto de los medios disponibles. Lo útil puede resultar perjudicial.
 25 de febrero de 1933.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 2016, en traducción de Joaquín González Ibáñez. ISBN: 978-84-309-4664-8.]

viernes, 8 de noviembre de 2019

Yo que he servido al rey de Inglaterra.- Bohumil Hrabal (1914-1997)

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4.-Y ya no he vuelto a encontrar la cabeza

«Y así me encontré en la estación de Praga delante del tren para Tabor, entonces me subí la manga para mirar qué hora era y cuando levanté los ojos vi que junto al quiosco estaba Zdenev, me quedé completamente de piedra, esto era lo mío, cómo lo increíble se hacía realidad, me quedé rígido con la mano puesta sobre la manga subida y vi a Zdenev que miraba a su alrededor como si llevara mucho tiempo esperando, y luego levantó la mano, seguramente esperaba a alguien, pues quiso también mirar el reloj, pero de pronto me rodearon tres hombres con abrigos de cuero y me detuvieron, yo seguía con la mano sobre el reloj, pude ver a Zdenev que me miraba como en un sueño, se puso pálido, permanecía inmóvil y miraba cómo los alemanes me metían en el coche y me llevaban, y yo me preguntaba sorprendido adónde me llevaban y por qué, y me llevaron a Pankrác, se abrieron las puertas y me condujeron de nuevo como si fuera un criminal y me empujaron a una celda... en un primer momento me sentí confuso por lo ocurrido, pero después casi me alegraba, sólo temía que me soltaran demasiado pronto, deseaba, pues de todas formas la guerra ya tocaba a su fin, deseaba estar encarcelado, estar en un campo de concentración, deseaba estar encarcelado precisamente por los alemanes, y los alemanes -mi estrella de la suerte volvió a brillar- abrieron las puertas y fui conducido a interrogatorio y, cuando di todos los datos y el motivo por el que había venido a Praga, el que me interrogaba se puso serio y a continuación preguntó: ¿a quién estaba esperando? Y yo dije que a nadie y entonces se abrieron las puertas y entraron dos, vestidos de paisano, se abalanzaron sobre mí y me machacaron la nariz, me saltaron los dientes, caí al suelo, se inclinaron sobre mí y de nuevo me preguntaban: ¿a quién esperaba?, quién debía de pasarme las noticias?, y yo dije que había llegado a Praga de visita, tan sólo de excursión, y uno de ellos se agachó, levantó mi cara y me agarró del pelo y golpeaba el suelo con mi cabeza, el que me interrogaba gritaba que mirar el reloj era la señal convenida y que yo formaba parte del movimiento bolchevique clandestino... y luego me llevaron y me metieron con los demás presos, éstos me sacaron los dientes partidos, me limpiaron la sangre y la ceja abierta y yo me reía y reía, de algún modo no sentía nada, ni aquellos golpes, ni aquellos palos, ni estas heridas, todos los demás me miraban como si fuera un dios, un héroe, cuando los SS me habían tirado allí, con asco me gritaron: ¡cerdo bolchevique!, y para mí ese insulto sonaba como música celestial, como un sobrenombre cariñoso, pues ya empezaba a darme cuenta de que esto era mi salvoconducto, mi billete de vuelta a Praga, la tinta simpática, el único jugo con el que podría borrar todo aquello a lo que había llegado casándome con una alemana, poniéndome en Cheb delante de los médicos nazis que examinaron si mis partes eran dignas de tener trato con una aria germana... este rostro machacado por haber mirado el reloj era mi carnet por el que una vez sería absuelto y entraría otra vez en Praga como un luchador antinazi y, sobre todo, me permitiría mostrar a todos esos Sroubek y Brandejs y demás propietarios de hoteles, que yo pertenecía a su clase, ya que, si seguía con vida, seguramente compraría uno de esos grandes hoteles, aunque a lo mejor no en la misma Praga, sino en algún otro sitio, pues con ese maletín de sellos podría -tal y como quería Liza- comprarme dos hoteles, y escoger entre Austria o Suiza, pero a los ojos de los dueños de hoteles austríacos y suizos yo sería un don nadie, con ellos no tenía necesidad de mostrar ni demostrar nada, con ellos no tenía ninguna cuenta pendiente del pasado, no tenía ninguna necesidad de mostrarme superior a ellos, pero sí de tener un hotel en Praga y pertenecer al gremio de los hoteleros de Praga y llegar a ser el secretario de todos los hoteles praguenses, pues así tendrían que reconocerme -no amarme, sino respetarme-, y a mí para el futuro otra cosa no me interesaba... Estuve unos catorce días en Pankrác, los siguientes interrogatorios demostraron que se trataba de un error, que realmente esperaban a un hombre que debía mirar el reloj, que ya habían apresado al enlace, al que habían sacado lo que necesitaban, excepto de qué otra persona se trataba, y yo me acordé de que allí estuvo Zdenek y también él quiso mirar el reloj, de que Zdenek era mi amigo y lo había visto todo, me habían detenido en su lugar, él debía ser alguien muy importante y, si nadie de mi celda lo hiciese, él seguramente me defendería, y cuando volvía de los interrogatorios, antes de que me empujaran dentro de la celda, me reabría de un manotazo la hemorragia de la nariz y otra vez sonreía y me reía, y la sangre me brotaba por la nariz... y luego me soltaron, el que me había interrogado me pidió disculpas, pero añadió que era en interés del Reich que noventa y nueve justos fuesen castigados por equivocación antes que un solo culpable se les escapara...
 Y así, al anochecer, me encontraba delante de las puertas de prisión de Pankrác y detrás de mí salió otro en libertad... y ése, cuando salió se derrumbó, se sentó en la acera, los tranvías pasaban en la oscuridad morada de las ventanas oscurecidas, los viandantes iban y venían, los jóvenes se paseaban cogidos de las manos y los niños jugaban en la penumbra, como si no hubiera guerra, como si el mundo fuera todo flores y abrazos y miradas amorosas, y las muchachas, en aquella oscuridad cálida, llevaban unas blusitas y unas faldas tan seductoras que hasta yo sentía ganas de mirar lo que se ofrecía a los ojos de los hombres, todo dispuesto a propósito en una perspectiva erótica... ¡qué belleza!... dijo aquel hombre cuando hubo vuelto en sí, y yo me ofrecí a ayudarle... digo, ¿cuánto tiempo? Y él dijo que había estado diez años a la sombra... y quiso levantarse pero no lo conseguía, tuve que sostenerle, me preguntó si no tenía prisa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1999, en traducción de Jitka Mlejnková y Alberto Ortiz. ISBN: 84-08-46216-4.]

lunes, 21 de enero de 2019

Discursos.- Isócrates (436 a.C. - 338 a.C.)


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Sobre la paz (VIII)

«Creo que nosotros debemos no sólo votar la paz antes de abandonar la asamblea sino también deliberar cómo la mantendremos sin hacer lo que acostumbramos: dejar pasar algún tiempo para volver a los mismos desórdenes, y cómo lograremos no un aplazamiento sino una liberación de los males presentes. Nada de esto se puede conseguir antes de persuadiros de que la tranquilidad es más útil y provechosa que el afán de novedades, más la justicia que la injusticia y más el cuidado de los asuntos particulares que la ambición de los ajenos. Sobre esto ningún orador se atrevió a hablaros jamás. Yo, en cambio, quiero dedicar a estos temas la mayoría de mis palabras hacia vosotros, porque veo que está en ellos la felicidad y no en lo que ahora hacemos. Quien intente hablar ante el pueblo de manera distinta a lo habitual, y quiera cambiar vuestra manera de pensar, debe tocar en su discurso muchos asuntos, expresarse con prolijidad, recordar unas cosas, criticar otras, aplaudir algunas y aconsejar sobre otras. Difícilmente con todo esto uno podría induciros a pensar en lo mejor.
 La situación es la siguiente: me parece que todos desean su conveniencia y tener más que otros, pero no saben qué acciones conducen a esto, sino que sus opiniones difieren mucho entre sí. Unos tienen una manera de pensar conveniente y que puede tender a su provecho, pero la opinión de otros les hace apartarse totalmente de su utilidad. Esto es precisamente lo que le sucede a la ciudad. Porque nosotros creemos que si navegamos por el mar con muchas trirremes, si obligamos a las ciudades a pagarnos tributos y a enviar aquí consejeros, lograremos algo provechoso. Pero nos engañamos por completo. Nada de lo que esperábamos ha sucedido y de eso mismo nos han venido enemistades, guerras y gastos enormes. Cosa lógica. Antes, partiendo de un afán parecido nos pusimos en los peores peligros. Pero cuando ofrecimos la ciudad como garantía de justicia, socorrimos a los agraviados y no deseamos lo ajeno, recibimos la hegemonía de los griegos, que nos la dieron de buen grado. Ahora, desde hace ya mucho tiempo, los despreciamos de manera absurda y muy a la ligera. Algunos han llegado a tal grado de insensatez como para creer que la injusticia es censurable, pero ventajosa y útil para la vida diaria, mientras que la justicia es estimada, pero perjudicial y capaz de ayudar más a los ajenos que a quienes la poseen. No saben que para la riqueza, la fama, las buenas acciones y, en una palabra, la felicidad, nada reúne tanto poder como la virtud y sus partes. Pues con los bienes que tenemos en el alma adquirimos también las demás ventajas que necesitamos. Por eso los que descuidan su inteligencia se olvidan de que, al mismo tiempo, desdeñan pensar y actuar mejor. Me asombra que alguno crea que quienes se ejercitan en la piedad y en la justicia y son firmes y perseverantes en ellas esperen quedar en inferioridad antes los malvados y no crean que conseguirán de los dioses y de los hombres más que otros. Yo estoy convencido de que sólo ellos son superiores en lo que se debe desear, mientras que los demás lo son en cosas peores. Porque veo que quienes prefieren la injusticia y consideran el mayor bien apoderarse de lo ajeno, sufren lo mismo que los animales atraídos por un cebo: disfrutan al principio de lo que cogieron, pero poco después se encuentran en las mayores calamidades. En cambio, quienes viven con piedad y justicia, pasan con seguridad el tiempo presente y tienen las más dulces esperanzas para la eternidad. Y si esto no suele suceder siempre de esta manera, al menos así ocurre la mayoría de las veces. Es preciso que los inteligentes demuestren que escogen lo que sirve frecuentemente de ayuda, ya que no somos capaces de distinguir lo que siempre puede aprovecharnos. En cambio, son los más insensatos cuantos piensan que la justicia es una hermosa práctica y más grata a los dioses que la injusticia, pero creen que vivirán peor los que la usan que los que prefieren la maldad.
 Me gustaría que tan fácil como es aplaudir la virtud, igual lo fuera persuadir a los oyentes a practicarla. Pero mi temor ahora es que hablemos inútilmente. Pues hace ya mucho tiempo que estamos corrompidos por hombres que no pueden hacer otra cosa sino engañar. Ellos desprecian tanto al pueblo que, cuando quieren dirigir la guerra contra alguien, reciben dinero para atreverse a decir que debemos imitar a los antepasados y no permitir que se rían de nosotros ni que naveguen por el mar quienes no quieren pagarnos tributo. Con gusto preguntaría a esos individuos a qué antepasados nos ordenan parecernos; ¿acaso a los que vivieron las guerras pérsicas o a los que gobernaron la ciudad antes de la guerra de Decelia? Si se refieren a estos últimos, no nos aconsejan otra cosa que volver a correr el riesgo de la esclavitud. Si se trata, en cambio, de los que vencieron a los bárbaros en Maratón y de sus antecesores, ¿cómo no serían estos consejeros los más desvergonzados de todos si, aplaudiendo a los que entonces gobernaban, os inducen a hacer lo contrario de aquéllos y a cometer errores tan graves que no sé qué hacer, si servirme de la verdad como en otros casos o callar por temor a vuestra enemistad? Me parece que lo mejor será hablar de ello, aunque veo que vosotros tratáis peor a quienes critican el mal que a los que lo han producido. No me daría vergüenza mostrarme como alguien que piensa más en su propia fama que en la salvación común. Es tarea mía y de otros que se preocupan por la ciudad elegir no los discursos más gratos, sino los más útiles. Por vuestra parte, debéis saber que los médicos han encontrado muchos remedios de todo tipo para las enfermedades del cuerpo, pero que para las almas ignorantes y cargadas de malos deseos no hay otro remedio que el discurso que se atreve a reprender a los equivocados. Debéis saber también que sería ridículo soportar las cauterizaciones y amputaciones de los médicos para librarnos de dolores mayores y, en cambio, rechazar los discursos antes de saber con claridad si tienen tanto poder como para ayudar a los oyentes.
 Advertí estas cosas porque quiero hablaros del resto sin ocultar nada, sino con completa libertad.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 2007, en traducción de Juan Manuel Guzmán Hermida. ISBN: 978-84-473-5414-6.]

miércoles, 2 de mayo de 2018

Artículos.- Mariano José de Larra (1809-1837)


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El casarse pronto y mal

«Así como tengo aquel sobrino de quien he hablado en mi artículo de empeños y desempeños, tenía otro [también] no hace mucho tiempo, que en esto suele venir a parar el tener hermanos. Éste era hijo de una mi hermana, la cual había recibido aquella educación que se daba en España no hace ningún siglo: es decir, que en casa se rezaba diariamente el rosario, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días, se trabajaba los de labor, se paseaba [solo] las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estrenaba vestido el domingo de ramos, [se cuidaba  de que no anduviesen las niñas balconeando] y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba papá, con la mano más besada que reliquia vieja, y registrando los rincones de la casa, temeroso de que las muchachas, ayudadas de su cuyo, hubiesen a las manos algún libro de los prohibidos, ni menos aquellas novelas que, como solía decir, a pretexto de inclinar a la virtud, enseñan desnudo el vicio. No diremos que esta educación fuese mejor ni peor que la del día; sólo sabemos que vinieron los franceses y como aquella buena o mala educación no estribaba en mi hermana en principios ciertos, sino en la rutina y en la opresión doméstica de aquellos terribles padres del siglo pasado, no fue necesaria mucha comunicación con algunos oficiales de la guardia imperial para echar de ver que si aquel modo de vivir era sencillo y arreglado, no era sin embargo el más divertido. ¿Qué motivo habrá, efectivamente, que nos persuada que debemos en esta corta vida pasarlo mal, pudiendo pasarlo mejor? Aficionóse mi hermana de las costumbres francesas, y ya no fue el pan pan, ni el vino vino; casóse, y siguiendo en la famosa jornada de Vitoria la suerte del tuerto Pepe Botellas, que tenía dos ojos muy hermosos y nunca bebía vino, emigró a Francia.
 Excusado es decir que adoptó mi hermana las ideas del siglo; pero como esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, y como quiera que esta débil humanidad nunca sepa detenerse en el justo medio, pasó del Año Cristiano a Pigault Lebrun, y se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Dijo que el muchacho se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que sólo los tontos entraban de buena fe, y del cual el muchacho no necesitaba para mantenerse bueno; que padre y madre eran cosa de brutos y que a papá y mamá se les debía tratar de tú, porque no hay amistad que iguale a la que une a los padres con los hijos (salvo algunos secretos que guardarán siempre los segundos de los primeros, y algunos soplamocos que darán siempre los primeros a los segundos): verdades todas que respeto tanto o más que las del siglo pasado, porque cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.
 No es necesario decir que el muchacho, que se llamaba Augusto, porque ya han caducado los nombres de nuestro calendario, salió despreocupado, puesto que la despreocupación es la primera preocupación de este siglo.
 Leyó, hacinó, confundió; fue superficial, vano, presumido, orgulloso, terco y no dejó de tomarse más rienda de la que se le había dado. Murió, no sé a qué propósito, mi cuñado, y Augusto regresó a España con mi hermana, toda aturdida de ver lo brutos que estamos por acá todavía los que no hemos tenido como ella la dicha de emigrar; y trayéndonos entre otras cosas noticias ciertas de cómo no había Dios, porque eso se sabe en Francia de muy buena tinta. Por supuesto que no tenía el muchacho quince años y ya galleaba en las sociedades, y citaba, y se metía en cuestiones y era hablador y raciocinador como todo muchacho bien educado; y fue el caso que oía hablar todos los días de aventuras escandalosas y de los amores de Fulanito con la Menganita, y le pareció en resumidas cuentas cosa precisa para hombrear, enamorarse.
 Por su desgracia acertó a gustar a una joven, personita muy bien educada también, la cual es verdad que no sabía gobernar una casa, pero se embaulaba en el cuerpo en sus ratos perdidos, que eran para ella todos los días, una novela sentimental, con la más desatinada afición que en el mundo jamás se ha visto; tocaba su poco de piano y cantaba su poco de aria de vez en cuando, porque tenía una bonita voz de contralto. Hubo guiños y apretones desesperados de pies y manos, y varias epístolas recíprocamente copiadas de la Nueva Eloísa; y no hay más que decir sino que a los cuatro días se veían los dos inocentes por las ventanilla de la puerta y escurrían su correspondencia por las rendijas, sobornaban con el mejor fin del mundo a los criados, y por último, un su amigo, que debía de quererle muy mal, presentó al señorito en la casa. Para colmo de desgracia, él y ella, que habían dado principio a sus amores porque no se dijese que vivían sin su trapillo, se llegaron a imaginar primero, y a creer después a pies juntillas, como se suele muy mal decir, que estaban verdadera y terriblemente enamorados. ¡Fatal credulidad! Los parientes, que previeron en qué podía venir a parar aquella inocente afición ya conocida, pusieron de su parte todos los esfuerzos para cortar el mal, pero ya era tarde. Mi hermana, en medio de su despreocupación y de sus luces, nunca había podido desprenderse del todo de cierta afición a sus ejecutorias y blasones, porque hay que advertir dos cosas: 1ª, que hay despreocupados por este estilo; y 2º, que somos nobles, lo que equivale a decir que desde la más remota antigüedad nuestros abuelos no han trabajado para comer. Conservaba mi hermana este apego a la nobleza, aunque no conservaba bienes; y ésta es una de las razones porque estaba mi sobrinito destinado a morirse de hambre si no se le hacía meter la cabeza en alguna parte, porque eso de que hubiera aprendido un oficio, ¡oh!, ¿qué hubieran dicho los parientes y la nación entera? Averiguóse, pues, que no tenía la niña un origen tan preclaro, ni más dote que su instrucción novelesca y sus duettos, fincas que no bastan para sostener el boato de unas personas de su clase. Averiguó también la parte contraria que el niño no tenía empleo, y dándosele un bledo de su nobleza, hubo aquello de decirle:
 -Caballerito, ¿con qué objeto entra usted en mi casa?
 -Quiero a Elenita -respondió mi sobrino.
 -¿Y con qué fin, caballerito?
 -Para casarme con ella.
 -Pero no tiene usted empleo ni carrera...
 -Eso es cuenta mía.
 -Sus padres de usted no consentirán...
 -Sí, señor; usted no conoce a mis papás.
 -Perfectamente; mi hija será de usted en cuanto me traiga una prueba de que puede mantenerla y el permiso de sus padres; pero en el ínterin, si usted la quiere tanto, excuse por su mismo decoro sus visitas...
 -Entiendo.
 -Me alegro, caballerito.
 Y quedó nuestro Orlando hecho una estatua, pero bien decidido a romper por todos los inconvenientes.»

[El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1984. ISBN: 84-376-0292-0.]
[Si quieres escuchar el fragmento, clica aquí: El casarse pronto y mal.]

sábado, 4 de noviembre de 2017

"Paradero desconocido".- Kressmann Taylor (1903-1996)

 
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 «Schulse-Eisenstein Galleries, San Francisco, California, EEUU
21 de enero de 1933
 Hernn Martin Schulse
 Schloss Rantzenburg, Múnich, Alemania
 Mi querido Martin:
 Me alegró mucho poder mandarle tu dirección a Griselle. La tendrá enseguida en sus manos, si es que no la ha recibido ya. ¡Qué alegrón le dará encontrarse con todos vosotros! Estaré allí en espíritu con tanto regocijo como si os viera en persona.
 Hablas de la pobreza que has encontrado allí. Este invierno aquí la situación ha sido mala pero, desde luego, no hemos conocido las privaciones que tú has visto en Alemania.
 Tú y yo personalmente tenemos la suerte de que la galería siga marchando bien. Por supuesto nuestra clientela ha reducido sus compras pero, aunque compren la mitad de lo que compraban antes, podremos vivir con desahogo, sin despilfarrar pero cómodamente. Los óleos que mandaste son excelentes y los precios asombrosos. Los venderé enseguida con una ganancia de miedo. ¡Y por fin he despachado a la espantosa Madonna! Sí, a la vieja señora Fleshman. ¡Cómo balbuceé ante su suspicacia cuando estimaba los méritos de la pieza, mientras yo titubeaba qué precio ponerle! Sospechó que tenía otro interesado y le di una cifra descarada. Se abalanzó sobre la Madonna y sonrió maliciosamente al hacer el cheque. ¡Sólo tú puedes imaginar hasta qué punto estaba yo exultante cuando la vi desaparecer con ese horror a cuestas!
 ¡Ay, Martin! ¡A veces me avergüenzo de mí mismo por el placer que me producen estos insignificantes éxitos! Tú en Alemania, con tu casa de campo, haciendo alarde de riqueza ante los parientes de Elsa y yo aquí, en América, regodeándome por haberle jugado a una vieja ridícula la mala pasada de hacerle comprar una monstruosidad. ¡Bonito placer para dos hombres de cuarenta años! ¿En eso nos pasamos la vida? ¿Tramando intrigas para hacer dinero y luego pavonearnos en público? Vivo censurándome, pero sigo igual. ¡Ay! Todos estamos atados a la misma noria. Somos vanos y deshonestos porque es necesario pasar por encima de quienes también son vanos y deshonestos. Si no le vendo a la señora Fleshman nuestro adefesio, alguien le habría vendido otro peor. Las cosas son como son.
 Pero siempre hay un refugio donde encontrar algo que sea auténtico. La charla íntima con un amigo ante quien nos despojamos de nuestra estúpida fatuidad, en quien encontramos calor y comprensión, con quien el egoísmo mezquino es impensable. Un refugio donde el vino y los libros le dan a la vida un significado distinto. Ahí hemos fabricado algo, que la doblez no puede tocar. En ese refugio estamos a nuestras anchas.
 ¿Quién es ese tal Adolf Hitler, que parece estar haciéndose con el poder en Alemania? No me gustan las cosas que leo de él.
 Abraza a toda la joven tribu y a nuestra entusiasta Elsa.
 Tu siempre amigo,
 Max.

Schloss Rantzenburg, Múnich, Alemania
25 de marzo de 1933
Señor Max Eisenstein
Schulse-Eisenstein Galleries, San Francisco, California, EEUU
 Querido viejo Max:
 Como es natural estarás enterado de los nuevos acontecimientos en Alemania y querrás saber qué pensamos nosotros aquí. Y de verdad te digo, Max, creo que en muchos sentidos Hitler puede ser conveniente para Alemania. Pero no estoy seguro. Ahora está a la cabeza del gobierno y dudo mucho que, ni siquiera Hindenburg pueda quitarle el poder, puesto que se vio forzado a dárselo. El hombre es una suerte de electroshock, como sólo puede serlo un gran orador y un fanático. Pero me pregunto: ¿está del todo cuerdo? Su ejército de camisas pardas está formado por gentes de la peor calaña. Se dedican al pillaje y han empezado a apalear judíos. Son cosas sin mayor trascendencia. Es la escoria que sale a la superficie cuando un gran movimiento entra en ebullición. Porque te digo, amigo mío, hay un renacer... un verdadero renacer. El pueblo de todo el país se ha sentido sacudido. Lo notas en las calles y en las tiendas. Los alemanes se han despojado de la desesperación como si se despojaran de un abrigo viejo. La gente ya no está cubierta de vergüenza. Vuelve a tener esperanza. Tal vez pueda encontrarse la manera de acabar con la miseria. Algo, no puedo decir qué, va a pasar. ¡Ha aparecido un líder! Tirar la desesperación por la borda nos conduce con frecuencia a tomar rumbos descabellados.
 Como es lógico, en público no expreso duda alguna. Ahora soy funcionario, trabajo para el nuevo régimen y me muestro por cierto exultante. Todos nosotros, los funcionarios que queremos salvar el pellejo nos hemos apresurado a afiliarnos al nacionalsocialismo. Ése es el nombre del partido de Herr Hitler.
 Pero no se trata sólo de razones de conveniencia, hay algo más, la sensación de que los alemanes hemos encontrado nuestro destino y de que el futuro se nos viene encima como una ola imparable. Y tenemos que tomarle la delantera. Tenemos que remontarla. Incluso ahora, que se cometen atrocidades. Las tropas de asalto están viviendo su momento de gloria. Las cabezas ensangrentadas y los corazones atribulados lo demuestran. Pero esas cosas pasan. Si el fin perseguido es justo, esas cosas pasan y se olvidan. La Historia escribe una página en blanco.
 Lo único que me pregunto, te lo digo a ti y a nadie más: ¿es justo el fin? ¿Estamos intentando crear una sociedad mejor? Porque, ¿sabes, Max?, he visto a estas gentes de mi raza desde que llegué, he visto las agonías que han sufrido, los años pasados cada vez con menos pan que llevarse a la boca, los cuerpos cada vez más escuálidos, el fin de la esperanza. Estaban atrapadas en arenas movedizas, les llegaban al cuello. Y justo antes de morir apareció un hombre que les sacó de ellas. Lo único que ahora saben es que no van a morir. Están viviendo la historia de la liberación, casi lo veneran. Con cualquiera que hubiera sido el salvador habrían hecho lo mismo. Quiera Dios que a quien siguen con tanto regocijo sea un verdadero líder y no el ángel de la muerte. Sólo a ti, Max, te digo que no lo sé. No lo sé. Y, sin embargo, mantengo la esperanza.
 Basta de política. En cuanto a nosotros, estamos encantados en la nueva casa y recibimos a mucha gente. Esta noche damos una cena para veintiocho personas y el invitado de honor es el alcalde. Tal vez se nos está yendo un poco la mano en los gastos, pero habrá que perdonarnos. Elsa tiene un traje de noche nuevo de terciopelo y está aterrorizada por el temor de que no sea bastante grande. Espera otro niño. Es la manera de mantener contenta a una mujer, Max. Tenerla ocupada con los bebés para que no tenga tiempo de ponerse neurótica.
 Nuestro Heinrich ha hecho una conquista social. Salió a pasear en su poni, el caballo lo tiró y ¿quién lo auxilió? Nada menos que el barón Von Freische. Tuvieron una larga conversación sobre Estados Unidos y un día se presentó el barón en casa para tomar un café. Heinrich irá a comer con él la semana que viene. ¡Ese muchacho...! Es una pena que su alemán no haya mejorado pero, aun así, seduce a todo el mundo.
 Y así vamos, amigo mío. Tal vez nos convirtamos en protagonistas de grandes acontecimientos, tal vez sólo sigamos dedicados a la vida familiar. Pero nunca perderemos la sinceridad de la amistad, de la cual hablas de manera tan conmovedora. Nuestros corazones van hacia ti a través del ancho mar y cuando llenamos las copas, brindamos ¡por el tío Max!
 Mis más cariñosos recuerdos,
 Martin.»
 

domingo, 10 de abril de 2016

"Eduardo II".- Christopher Marlowe (1564-1593)


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 Acto primero. Escena primera.

 Una calle de Londres. Entra Gaveston leyendo una carta que ha recibido del rey.
 Gaveston: "Mi padre ha fallecido. Ven acá, Gaveston, a compartir el reino con tu amado amigo." ¡Oh, palabras que me sacian de deleite! ¿Qué mayor felicidad puede caber a Gaveston que ser el favorito de un rey? Dulce príncipe, voy; que tus amorosos renglones habrían podido hacerme venir a nado de Francia y, como Leandro, expirar en la arena con tal de verte sonreír y tomarme en tus brazos. Para mis ojos de exilado la vista de Londres es como el elíseo a un alma a él recién llegada. No porque ame a esta ciudad ni a sus hombres, sino porque alberga al que me es tan caro, esto es, al rey, sobre cuyo pecho moriría contento aunque tuviese por enemigo al resto del mundo. ¿Necesitan las gentes del Ártico amar las estrellas cuando el sol brilla sobre ellos día y noche? Adiós, vil humillarse ante los orgullosos pares; que mi rodilla sólo se doblará ante el rey. En cuanto a la multitud, ¿qué son sino chispas arrancadas de los maderos quemantes de su pobreza? Antes trataría de halagar al viento que roza mis labios y huye... Pero, ¿quiénes son esos?
(Entran tres pobres hombres.)
 Pobres: Los que necesita el servicio de Vuestra Señoría.
 Gaveston: ¿Qué sabéis hacer?
 Pobre 1º: Yo sé cuidar caballos.
 Gaveston: Pero no tengo caballos. ¿Y tú?
 Pobre 2º: Yo soy un viajero.
 Gaveston: Veamos... Tú podrías ayudar a mi trinchador y contarme mentiras a la hora de yantar. Me gusta tu discurso y te tomaré. ¿Tú, qué eres?
 Pobre 3º: Un soldado que ha luchado contra los escoceses.
 Gaveston: Hospitales hay para los que están en tu caso. Yo no hago guerra alguna; por lo tanto, marchaos.
 Pobre 3º: Adiós, y así perezca a manos de un soldado quien como recompensa quiere para ellos el hospital.
 Gaveston: (Aparte.) Tanto me inmutan tus palabras como si un ganso, fingiéndose puercoespín, quisiera con sus plumas perforar mi pecho. Sin embargo, no cuesta trabajo hablar con afabilidad a las gentes. Así, lisonjearé a éstos y les haré vivir de esperanzas. (A ellos.) Ya sabréis que acabo de llegar de Francia y aún no he hablado a mi señor el rey. Si me aviene bien, os emplearé a todos.
 Pobres: Lo agradecemos a Vuestra Señoría.
 Gaveston: Ahora tengo que hacer; dejadme.
 Pobres: Os esperaremos cerca de la corte. (Salen.)
 Gaveston: Éstos no son hombres para mí. Yo necesito poetas exquisitos, ingenios, placenteros, músicos que con el tocar de una cuerda convenzan al dócil rey de que haga lo que se me antoje, porque la poesía y la música son su deleite. Prepararé por la noche mascaradas italianas, amenos discursos, comedias y agradables exhibiciones. Por el día, cuando salgamos, mis pajes irán vestidos de selváticas ninfas, y mis hombres, como sátiros disfrazados en las praderas, danzarán con sus pies de cabra un paso rústico antiguo. A veces, un gentil mancebo, con la apariencia de Diana, con un cabello que dore el agua cuando sobre ella se deslice, con brazaletes de perlas en torno a sus brazos desnudos y en sus manos juguetonas una rama de olivo para esconder esas partes que los hombres se complacen en ver, se bañará en una fuente, y allí cerca, uno, en guisa de Acteón, atisbará entre el follaje y por la enojada diosa metamorfoseado, como liebre correrá perseguido por aullantes sabuesos que le derribarán en tierra, donde fingirá morir. Cosas como éstas son las que más placen a Su Majestad. (Se detiene.) ¡Dios mío! Aquí vienen del Parlamento el rey y los nobles. Me apartaré".