viernes, 15 de febrero de 2019

Carne de zen, huesos de zen.- Anónimo (s. XII - XX)


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1.-La taza de té
 
 «Nan-in, un maestro japonés de la era Meiji (1868-1912) recibió cierto día la visita de un erudito, profesor en la Universidad, que venía a informarse acerca del zen.
 Nan-in sirvió el té. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad.
 El erudito contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más. "Está ya llena hasta los topes. No siga, por favor."
 "Como esta taza" dijo entonces Nan-in, "estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el zen a menos que vacíes primero tu taza?" [...]
 
31.-Todo es lo mejor
 
Cierto día, estando Banzan paseando por el mercado, oyó por casualidad la conversación entre un carnicero y su cliente.
 "Deme el mejor pedazo de carne que tenga", decía este último.
 "Todo lo que hay en mi tienda es lo mejor", replicaba el carnicero. "No hallará aquí ninguna pieza de carne que no lo sea."
 Al oír estas palabras, Banzan fue iluminado. [...]
 
77.-No apegarse al polvo
 
Zengetsu, un maestro chino de la dinastía T'ang, redactó las siguientes exhortaciones para sus discípulos:
 Vivir en el mundo sin apegarse al polvo del mundo: ese es el camino de todo verdadero estudiante de zen.
 Cuando presencies las buenas acciones de otro, anímate a seguir su ejemplo. Cuando te hablen de su mala conducta, prométete no emularlo.
 Aun estando solo en una habitación oscura, compórtate como si estuvieras ante un noble huésped. Exterioriza tus sentimientos, pero no seas más expresivo que tu propia naturaleza.
 La pobreza es tu tesoro. No la cambies nunca por una vida fácil.
 Una persona puede parecer un loco y sin embargo no serlo. Tal vez sólo esté guardando su sabiduría con esmero.
 Toda virtud es fruto de la autodisciplina. No cae sin más del cielo como la lluvia o la nieve.
 La modestia es la base de todas las virtudes. Deja que tus vecinos te conozcan antes de darte a conocer tú a ellos.
 Un noble corazón jamás se fuerza a sí mismo. Sus palabras son como raras gemas, pocas veces exhibidas y de un valor inestimable.
 Para un estudiante sincero, cualquier día es un día de suerte. El tiempo pasa, pero él nunca queda rezagado. Ni la gloria ni la vergüenza lo inmutan.
 Censúrate a ti mismo, nunca a los demás. No discutas lo que es correcto o lo que está equivocado.
 Algunas cosas, aunque verdaderas, se tuvieron como falsas durante generaciones enteras. Puesto que el valor de la honradez se reconoce con el paso de los siglos, no hay por qué anhelar una estima inmediata.
 Vive con causa y deja los resultados a la gran ley del universo. Pasa los días en tranquila contemplación. [...]
 
83.-Quien no trabaja, no come
 
 Hyakujo solía trabajar la tierra con sus discípulos a la edad de ochenta años. Diariamente arreglaba los jardines, limpiaba el terreno y podaba los árboles.
 Los pupilos se lamentaban de que su anciano maestro trabajase tan duramente, pero, sabiendo que no se dejaría convencer por ellos, convinieron en que lo mejor sería esconder sus herramientas en algún sitio donde no pudiera encontrarlas.
 El día que llevaron a cabo su plan, Hyakujo no probó bocado. Lo mismo hizo al día siguiente, y al otro. "Debe estar enfadado porque hemos escondido sus herramientas", pensaron los monjes. "Tal vez sería mejor que se las devolviéramos."
 Así lo hicieron. Al día siguiente, el maestro trabajó y comió como solía hacer antes. "Quien no trabaja, no come", dijo a sus discípulos por la tarde. [...]
 
89.-Diálogo zen
 
 Los maestros zen enseñan a sus jóvenes pupilos a expresarse por sí mismos. Dos monasterios zen, vecinos entre sí, tenían cada uno de ellos un pequeño protegido. Sucedió que uno de ellos, yendo por la mañana a comprar legumbres, se encontró con el otro en el camino.
 "¿Adónde vas?" le preguntó al verlo.
 "Voy a donde mis pies me lleven", respondió el otro.
 Esto dejó confundido al primer pupilo, que fue enseguida a consultar a su maestro. "Mañana por la mañana", le aconsejó éste, "cuando vuelvas a encontrarte con ese muchacho, repítele la pregunta que le formulaste hoy. Te responderá lo mismo y entonces tú le dirás: 'Supón que no tuvieses pies. ¿Adónde irías entonces?' Esto lo pondrá sin duda en un buen aprieto."
 Los dos muchachos se encontraron a la mañana siguiente.
 "¿Adónde vas?", preguntó el primero.
 "Voy allá donde me lleve el viento", respondió el otro.
 Eso volvió a dejar perplejo al jovencito, que contó su fracaso a su maestro.
 "Pregúntale adónde iría si no soplase el viento", le sugirió éste.
 Al día siguiente, se encontraron por tercera vez.
 "¿Adónde vas?", preguntó el primero.
 "Voy al mercado a comprar legumbres", replicó el otro.»
 
      [Los textos pertenecen a la edición en español de Editorial Edaf, 2000, en traducción de Sebastián Vázquez Jiménez. ISBN: 84-414-0699-5.]

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