V.-Estudios de economía política: De la organización económica de la sociedad humana (1838)
«Mientras los hombres trabajan para satisfacer sus propias necesidades y sólo cambian entre sí las cosas superfluas, la utilidad es para ellos la verdadera medida de los valores, y el aumento en la cantidad de una cosa útil es un aumento indudable de la riqueza. El agricultor que se come su propio trigo nunca dudará en decir que es dos veces más rico con veinte sacos de trigo que con diez. Se hará más o menos las mismas cuentas aunque un año venda uno o dos sacos que le sobren de ese trigo, aunque sea a un precio inferior al que habría podido venderlos el año anterior. El ama de casa que hila y teje su propia tela también tendrá en cuenta que es dos veces más rica con veinte varas que con diez, aunque tenga que desprenderse de una o dos a un precio diferente. Éste era el estado primitivo y patriarcal de la sociedad; entonces existía el comercio pero no lo había absorbido todo; sólo se refería al excedente de producción de cada cual, y no a lo que constituía su existencia. Permitía que las riquezas conservaran su carácter esencial, el de satisfacer las necesidades humanas, y no impedía que, si aumentaban en cantidad, aumentara en igual medida su valor.
Pero la condición de nuestro siglo, el carácter de nuestro progreso económico es que el comercio se ha hecho cargo de la totalidad de la riqueza que se produce anualmente, habiendo suprimido, por tanto, su carácter de valor de uso y dejando subsistir solamente el de valor de cambio. A medida que las profesiones y oficios han dado paso a las manufacturas, se ha dejado que el comercio sea quien distribuya la totalidad de sus productos; cuando las grandes fincas han substituido a las pequeñas, el consumo de sus productos por el agricultor se ha hecho tan pequeño en proporción a la cantidad que tiene que vender, que casi todo el fruto de la agricultura se ha convertido en parte de la riqueza comercial. Desde entonces, el valor de uso se ha esfumado tanto para el agricultor como para el industrial, quedando sólo su valor de cambio. Desde entonces, han sido víctimas, como lo han sido también los filósofos, de una ilusión muy natural: creían que aumentaba su producto cuando aumentaba su cantidad o su utilidad, pero, como su valor de cambio seguía siendo el mismo, no habían hecho realmente progreso alguno. El agricultor, y no sólo él sino la provincia entera, que perfeccionaba su cultivo y obtenía ocho por uno de trigo en vez de cuatro por uno, creía haber doblado su renta; sin embargo, no había cambiado nada, pues la cantidad que antes vendía por ocho escudos ahora sólo valía cuatro. Este chasco le parecía accidental; acusaba de ello al clima, al comercio extranjero, a la falta de protección por parte del gobierno; pero sólo debería acusar de ello a la naturaleza del comercio. Esta depreciación, debida a la abundancia de la producción, es aun más evidente en la industria. Cien varas de tela de algodón se venden hoy por un precio inferior al de diez varas hace treinta años. No debe pensarse que se ha decuplicado esa parte de la riqueza nacional; las diez varas de antaño eran iguales a las cien actuales. Si el valor de cambio no aumenta, para el comercio no cuenta en absoluto ese aumento de cantidad.
Desde el momento en que el comercio se apoderó de todos los productos del trabajo humano, toda producción está subordinada a una única circunstancia importante como determinante de su valor: su venta o salida. Mientras están en manos del productor o del comerciante que los distribuye, los productos aún no son cantidades positivas, porciones alícuotas de la riqueza; lo único que determina su valor es su venta a quien necesita consumirlos y está en condiciones de dar a cambio una compensación superior a la que ha ofrecido cualquier otro. La venta les confiere su carácter de riqueza y, tal como nos esforzamos por mostrar en uno de nuestros primeros Ensayos, la venta no puede efectuarse de forma duradera sino mediante el intercambio del producto anual por la renta anual; es, por tanto, esta renta lo que a fin de cuentas determina el verdadero valor de las mercancías producidas anualmente, y si la cantidad de mercancías aumenta sin que lo haga también la renta por la que deben cambiarse, su valor no aumentará.
Esperamos que se vislumbre al menos la causa de los sufrimientos que afligen a la sociedad en los últimos tiempos, de las molestias y empobrecimiento reales que pueden coincidir con un aumento ostensible de las riquezas, la prosperidad de las cosas y la adversidad para las personas. Vista desde fuera, una producción superior a la renta por la que debe intercambiarse parece riqueza; la competencia entre los comerciantes por vender más barato que los demás da una imagen de actividad y prosperidad del comercio, cuando es probable que los aflija profundamente; y la sobreproducción, el más temible de los males para los productores, presenta todo el aspecto de la abundancia. Pero lo único que nos hemos propuesto aquí es contribuir a que se vislumbre la causa de este desengaño; a que presienta que lo que parecía una contradicción en los términos, la miseria que crece con la abundancia, puede ser algo real; a que tenga descanso el espíritu, que casi nunca presta atención si se ve conducido a resultados demasiado contrarios a sus ideas más básicas. Nos aprestamos a volver a temas más tangibles que exigen menos contención de espíritu. Cuantos más esfuerzos hacemos por llegar a una idea precisa de la riqueza y definir qué es el valor o el precio de cada cosa, más contradicciones encontramos en las definiciones precedentes, y más falaz nos parece su estudio: la riqueza sólo es algo si se la considera en relación con el hombre, es la expresión de la relación de las cosas con el hombre; pero la riqueza abstractamente considerada, sin relación con el hombre que la consume o que la produce, es una palabra vacía de contenido.
No obstante, la ciencia que se conoce como Economía política, pero debería llamarse Crematística, tiene por objeto el estudio de la riqueza considerada abstractamente, el estudio de su naturaleza y de las causas de su crecimiento o destrucción. Nosotros reservamos el nombre de Economía política al estudio de la organización social del hombre en relación con las cosas, del hombre que consume la riqueza y el hombre que la produce; no es una cuestión terminológica, no basta con dar un sentido más amplio a la expresión economía política para incluir a la crematística; pensamos que ésta persigue una sombra sin realidad; y creemos que, de desengaño en desengaño, nos conduce a un objetivo contrario al que se propone.
Todo el sistema de la crematística puede resumirse en dos palabras: para aumentar la riqueza, hay que producir mucho y producir barato. Proponerse producir mucho es o tener en cuenta la distinción entre valor de uso y valor de cambio; es a menudo aumentar la cantidad sin aumentar la riqueza; es, al impulsar el continuo desarrollo de la industria, atraer sobre la industria el más temible de los males, la sobreproducción. Producir barato es el segundo consejo de la crematística, que pierde de vista al hombre al perseguir la riqueza, y es un consejo más engañoso aún.»
[El texto pertenece a la edición en español de Maia Ediciones, 2011, en traducción de Diego Guerrero. ISBN: 978-84-92724-33-8.]
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