sábado, 7 de septiembre de 2019

El lago de Immen.- Theodor Storm (1817-1888)

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Isabel

«-¿Conoces esta flor? -le preguntó.
 Isabel la examinó y dijo:
 -Es la flor del brezo. A menudo la he encontrado en el bosque.
 -Tengo en mi casa -continuó él- un viejo libro, en el que solía anotar toda clase de rimas y canciones. Eso era en otros tiempos. Ahora hace muchos años que no lo hago... Entre las páginas de aquel libro se encuentra también una flor como ésta, pero está ya marchita. ¿Sabes tú quién me la dio?
 Isabel inclinó la cabeza, silenciosa; y bajando los ojos miró la planta que él tenía en su mano. Cuando de nuevo levantó las pupilas, Reinhard vio que las tenía bañadas de lágrimas.
 -Isabel -dijo-, detrás de aquellos montes lejanos está nuestra juventud. ¿Dónde ha quedado?
 Dejaron de hablar. Callados, uno junto al otro, bajaron en dirección al lago. El aire era pesado, caluroso. Por la parte de poniente se alzaban unos negros nubarrones.
 -Tendremos tormenta -dijo Isabel, apresurando el paso.
 Reinhard asintió en silencio con la cabeza y fuéronse rápidamente por la orilla hasta llegar al bote que los esperaba.
 Durante la travesía, Isabel mantenía la mano apoyada en el borde de la barca. Él remaba y la miraba. Ella contemplaba la lejanía. Detúvose la mirada de Reinhard en la mano que apoyaba en el borde y esta mano, pálida, le reveló todo lo que su rostro callaba. Vio en ella aquellos rasgos finos de secreto dolor, que tan bien saben calmar las manos femeninas, cuando por la noche se posan sobre un corazón enfermo... Isabel llegó a sentir aquella mirada sobre su mano y entonces la dejó deslizar suavemente hasta las mismas aguas.
 Al llegar a la casa vieron frente a su puerta la muela de un afilador ambulante. Un hombre moreno, de negros rizos, estaba atareado junto a la rueda cantando entre dientes una canción zíngara. Un perro atado a la rueda estaba tumbado al sol, jadeando. En el zaguán una muchacha envuelta en harapos, de hermosos y azorados ojos, alargaba su mano a Isabel pidiéndole una limosna.
 Reinhard metió su mano en el bolsillo, pero Isabel adelantóse y vació presurosa todo el contenido de su bolso en la mano abierta de la mendiga. Luego volvióse precipitadamente y Reinhard oyó como subía la escalera sollozando.
 Un instante pensó en retenerla, pero luego desistió de ello y se quedó junto a la escalera. [...]
 Un instante después, volviéndose, se fue a su aposento. Se puso a trabajar, pero sus ideas no fluían. Lo intentó casi durante una hora, mas en vano. Luego, bajó al salón de la casa. Nadie estaba allí; reinaba una semiobscuridad; en la mesa de costura de Isabel había una cinta encarnada, que llevaba puesta esa tarde. La tomó Reinhard, pero como le causara cierto dolor, volvió a dejarla donde se encontraba antes. Estaba inquieto. Fuése hacia el lago y desamarró el bote. Remando, remando, recorrió repetidas veces el mismo camino que había hecho con Isabel aquella tarde.
 Cuando regresó a la casa, había obscurecido. En el patio encontró al cochero que conducía los caballos a la cuadra; los viajeros habían vuelto ya. [...] Permaneció como dudando unos segundos y luego subió con paso quedo la escalera que conducía a su habitación. Allí, sentóse en un sillón junto a la ventana. [...]
 Así permaneció sentado durante unas horas hasta que, levantándose, se asomó a la ventana. El rocío de la noche goteaba entre las hojas; el canto del ruiseñor había cesado ya. [...]
 Como volviendo en sí, Reinhard fue a sentarse a la mesa. A tientas buscó un lápiz y cuando lo hubo encontrado, empezó a escribir en una blanca hoja de papel. Al terminar, dejó allí el papel y, tomando su sombrero y bastón, abrió cuidadosamente la puerta y descendió al zaguán...
 El crepúsculo matutino llenaba con su semiobscuridad todos los ángulos. El gran gato de la casa, estirándose sobre la estera, erizaba su lomo bajo la mano, que él impensadamente le alargó. Allá fuera, en el jardín, los gorriones se movían en el ramaje y con su algarabía parecía como si quisieran  anunciar al mundo que la noche ya había transcurrido. Dentro de la casa se oyó como si se abriera una puerta. Alguien descendía por la escalera y cuando Reinhard alzó los ojos, se encontró enfrente de Isabel, quien puso su mano sobre el brazo de Reinhard. Después movió los labios, pero hasta él no llegó el sonido de su voz.
 -¡No volverás jamás! -dijo ella por fin-. No mientas, bien lo sé. ¡Tú no volverás jamás!
 -Jamás... -repuso él.
 Retiró Isabel dulcemente su mano y no añadió ninguna otra palabra. Atravesando el zaguán llegó Reinhard a la puerta. Volvió la cabeza, todavía. Ella permanecía en el mismo sitio y le miraba con ojos inanimados. Alargando los brazos, hizo Reinhard un paso hacia ella, pero volviéndose con violencia traspuso la puerta y salió al exterior...
 El mundo se bañaba en la fresca luz de la mañana y las gotas de rocío, que habían quedado prendidas en las telarañas, centelleaban a los primeros rayos del sol. Reinhard no volvió la cabeza; marchaba presuroso y cada vez quedaba más atrás el bosque espeso. Delante de él se abría el mundo dilatándose, grande, anchuroso...»
    [El texto pertenece a la edición en español de Espasa Calpe Argentina, 1948. Depósito dispuesto por la ley nº 11.723.]

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