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miércoles, 5 de enero de 2022

Cartas contra la guerra.- Tiziano Terzani (1938-2004)


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Carta desde el Himalaya: ¿qué hacer? 


   «En el Himalaya indio, 17 de enero de 2002 
 Me gusta estar en un cuerpo que envejece. Puedo mirar las montañas sin el deseo de escalarlas. Cuando era joven habría querido conquistarlas; ahora puedo dejarme conquistar por ellas. Las montañas, como el mar, recuerdan una grandeza por la cual el hombre se siente inspirado, elevado. Esa misma grandeza está también en cada uno de nosotros pero allí nos es difícil reconocerla. Por eso nos atraen las montañas. Por eso a través de los siglos, tantísimos hombres y mujeres han venido aquí arriba, al Himalaya, esperando encontrar en estas alturas las respuestas que se les escapaban permaneciendo en las llanuras. Siguen viniendo. 
 El invierno pasado por delante de mi refugio pasó un viejo sanyasin vestido de anaranjado. Estaba acompañado por un discípulo, también él renunciatario. 
 -¿Adónde vais, Mahajá? -le pregunté. 
 -A buscar a Dios -respondió, como si fuera la cosa más natural del mundo. 
 Yo vengo, como esta vez, a tratar de poner un poco de orden en mi mente. Las impresiones de los últimos meses han sido fortísimas y antes de volver a partir, de “bajar a la llanura” otra vez, necesito silencio. Sólo así puede oírse la voz que sabe, la voz que habla dentro de nosotros. Quizá sólo sea la voz del sentido común, pero es una voz verdadera. 
 Las montañas son siempre generosas. Me regalan albas y ocasos irrepetibles; el silencio sólo es roto por los sonidos de la naturaleza que lo hacen aún más vivo. 
 Aquí la existencia es sencillísima. Escribo sentado sobre el suelo de madera, un panel solar alimenta mi pequeño ordenador; uso el agua de una fuente en la que beben los animales del bosque -a veces incluso un leopardo-, cocino arroz y verduras con una bombona de gas, atento a no tirar la cerilla usada. Aquí todo es extremado, no se despilfarra nada y pronto se aprende a dar valor a cualquier pequeña cosa. La sencillez es una enorme ayuda para poner orden. 
 A veces me pregunto si el sentimiento de frustración, de impotencia que muchos, en especial entre los jóvenes, tienen ante el mundo moderno se debe al hecho de que éste les parece tan complicado, tan difícil de entender que la única reacción posible es creerlo un mundo ajeno: un mundo en el que no se puede poner las manos, un mundo que no se puede cambiar. Pero no es así: el mundo es de todos. 
 Sin embargo, ante la complejidad de mecanismos inhumanos - gestionados quién sabe dónde, quién sabe por quién- el individuo está cada vez más desorientado, se siente perdido, y así acaba por cumplir sencillamente sus pequeños deberes laborales, la tarea que tiene delante, desinteresándose por el resto y aumentando así su aislamiento, su sentimiento de inutilidad. Por eso es importante, en mi opinión, devolver cada problema a lo esencial. Si se plantean las preguntas de fondo, las respuestas serán más fáciles. 
 ¿Queremos eliminar las armas? Bien: no perdamos el tiempo discutiendo sobre el hecho de que cerrar las fábricas de fusiles, de municiones, de minas antipersonales o de bombas atómicas creará más desocupados. Primero resolvamos la cuestión moral, después abordaremos la económica. ¿O queremos, aun antes de intentarlo, rendirnos ante el hecho de que la economía lo determina todo, de que sólo nos interesa lo que es útil? 
 “En toda la historia siempre ha habido guerras. Por eso seguirá habiéndolas”, se dice. “Pero ¿por qué repetir la vieja historia? ¿Por qué no tratar de comenzar una nueva?”, respondió Gandhi a quién le hacía esta acostumbrada y banal objeción. 
 La idea de que el ser humano pueda romper con su pasado y dar un salto cualitativo en la evolución era recurrente en el pensamiento indio del siglo pasado. El argumento es sencillo: si el homo sapiens, lo que ahora somos, es resultado de nuestra evolución, ¿por qué no imaginarse que este hombre, con una nueva mutación, se convierta en un ser más espiritual, menos aferrado a la materia, más comprometido en su relación con el prójimo y menos rapaz en relación con el resto del universo? 
 Y luego: dado que esta evolución tiene que ver con la conciencia, ¿por qué no tratar de dar, ahora, conscientemente, un primer paso en esa dirección? El momento no podría ser más apropiado, visto que este homo sapiens ha llegado ahora al máximo de su poder, incluido el de destruirse a sí mismo con esas armas que, con poca sabiduría, ha creado. 
 Mirémonos al espejo. No hay duda de que en el curso de los últimos milenios hemos hecho enormes progresos: hemos conseguido volar como pájaros, nadar bajo el agua como peces, vamos a la luna y enviamos sondas a Marte. Ahora somos capaces incluso de clonar la vida. Sin embargo con todo este progreso no estamos en paz ni con nosotros mismos ni con el mundo que está a nuestro alrededor. Hemos apestado la tierra, desacralizado ríos y lagos, talado bosques enteros y vuelto infernal la vida de los animales, salvo aquellos pocos a los que llamamos “amigos” y que mimamos mientras satisfacen nuestra necesidad de un sustituto de compañía humana. 
 Aire, agua, tierra y fuego, que todas las antiguas civilizaciones han visto como los elementos básicos de vida - y por eso eran sagrados- ya no son, como eran, capaces de autorregenerarse naturalmente desde que el hombre ha conseguido dominarlos y manipular su fuerza para sus propios fines. Su sagrada pureza ha sido contaminada. Se ha roto el equilibrio. 
Resultado de imagen de tiziano terzani cartas contra la gurra El gran progreso material no ha ido al mismo ritmo que nuestro progreso espiritual. Es más: quizá desde este punto de vista el hombre nunca ha sido tan pobre como desde que se ha vuelto tan rico. De aquí la idea de que el hombre, conscientemente, invierta esta tendencia y recupere el control de ese extraordinario instrumento que es su mente. Esa mente, hasta ahora empeñada preferentemente en conocer el mundo exterior y apoderarse de él como si ésa fuera la única fuente de nuestra huidiza felicidad, debería dirigirse también a la exploración del mundo interior, al conocimiento de uno mismo. 
 ¿Ideas absurdas de algún faquir sentado sobre una cama de clavos? Para nada. Estas son ideas que, de una u otra forma, con lenguajes diversos, circulan desde hace algún tiempo por el mundo. Circulan por el mundo occidental, donde el sistema contra el que estas ideas teóricamente se dirigen las ha reabsorbido, convirtiéndolas en “productos” de un vastísimo mercado “alternativo” que va de los cursos de yoga a los de meditación, de la aromaterapia a las “vacaciones espirituales” para todos los frustrados de la carrera detrás de los conejos de plástico de la felicidad material. Estas ideas circulan por el mundo islámico, desgarrado entre tradición y modernidad, donde se vuelve a descubrir el significado original de la yihad, que no es sólo la guerra santa contra el enemigo exterior, sino ante todo la guerra santa interior contra los instintos y las pasiones humanas más bajos. 
 Por lo cual no queda dicho que un desarrollo humano hacia arriba sea imposible. Se trata de no continuar inconscientemente en la dirección en la que vamos en este momento. Esta dirección es desatinada, como es desatinada la guerra de Osama bin Laden y la de George W. Bush. Los dos citan a Dios, pero con esto no hacen más divinas sus masacres. 
  Entonces detengámonos. Imaginemos nuestro momento de ahora desde la perspectiva de nuestros biznietos. Miremos al hoy desde el punto de vista del mañana para no tener que lamentarnos después por haber perdido una buena ocasión. La ocasión es entender de una vez por todas del mundo es uno, que cada parte tiene su sentido, que es posible reemplazar la lógica de la competitividad por la ética de la coexistencia, que nadie tiene el monopolio de nada, que la idea de una civilización superior a otra es sólo fruto de la ignorancia, que la armonía como la belleza, está en el equilibrio de los opuestos y que la idea de eliminar a uno de los dos es sencillamente sacrílega. ¿Cómo sería el día sin la noche? ¿La vida sin la muerte? ¿O el Bien, si Bush consiguiera eliminar, como ha prometido, el Mal del mundo? 
 Esta manía de querer reducirlo todo a una uniformidad es muy occidental. Vivekananda, el gran místico indio, viajaba a fines del siglo XIX a Estados Unidos para hacer conocer el hinduismo. En San Francisco, al final de una conferencia, una señora estadounidense se levantó y le preguntó: “¿No piensa que el mundo sería más hermoso si hubiera una sola religión para todos los hombres?” “No”, respondió Vivekananda. “Quizá sería aún más hermoso si hubiera tantas religiones como hombres”. 
  “Los imperios crecen y los imperios desaparecen” dice el inicio de uno de los clásicos de la literatura china, La novela de los Tres Reinos. También le sucederá al estadounidense, cuanto más trate de imponerse por la fuerza bruta de sus armas, ahora sofisticadísimas, en vez de con la fuerza de los valores espirituales y de los ideales originales de sus mismos Padres Fundadores. 
 Los primeros en percatarse de mi regreso aquí arriba han sido dos viejos cuervos que todas las mañanas, a la hora del desayuno, se plantan en el deodar, el árbol de Dios, un majestuoso cedro delante de casa y graznan a más no poder hasta que han recibido las sobras de mi yogur -he aprendido a hacérmelo- y los últimos granos de arroz en el cuenco.»

    [El texto pertenece a la edición en español de R.B.A. Libros, 2002, en traducción de Juan Carlos Gentile Vitale,  pp. 149-154. ISBN: 84-7901-872-0.]

sábado, 7 de septiembre de 2019

El lago de Immen.- Theodor Storm (1817-1888)

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Isabel

«-¿Conoces esta flor? -le preguntó.
 Isabel la examinó y dijo:
 -Es la flor del brezo. A menudo la he encontrado en el bosque.
 -Tengo en mi casa -continuó él- un viejo libro, en el que solía anotar toda clase de rimas y canciones. Eso era en otros tiempos. Ahora hace muchos años que no lo hago... Entre las páginas de aquel libro se encuentra también una flor como ésta, pero está ya marchita. ¿Sabes tú quién me la dio?
 Isabel inclinó la cabeza, silenciosa; y bajando los ojos miró la planta que él tenía en su mano. Cuando de nuevo levantó las pupilas, Reinhard vio que las tenía bañadas de lágrimas.
 -Isabel -dijo-, detrás de aquellos montes lejanos está nuestra juventud. ¿Dónde ha quedado?
 Dejaron de hablar. Callados, uno junto al otro, bajaron en dirección al lago. El aire era pesado, caluroso. Por la parte de poniente se alzaban unos negros nubarrones.
 -Tendremos tormenta -dijo Isabel, apresurando el paso.
 Reinhard asintió en silencio con la cabeza y fuéronse rápidamente por la orilla hasta llegar al bote que los esperaba.
 Durante la travesía, Isabel mantenía la mano apoyada en el borde de la barca. Él remaba y la miraba. Ella contemplaba la lejanía. Detúvose la mirada de Reinhard en la mano que apoyaba en el borde y esta mano, pálida, le reveló todo lo que su rostro callaba. Vio en ella aquellos rasgos finos de secreto dolor, que tan bien saben calmar las manos femeninas, cuando por la noche se posan sobre un corazón enfermo... Isabel llegó a sentir aquella mirada sobre su mano y entonces la dejó deslizar suavemente hasta las mismas aguas.
 Al llegar a la casa vieron frente a su puerta la muela de un afilador ambulante. Un hombre moreno, de negros rizos, estaba atareado junto a la rueda cantando entre dientes una canción zíngara. Un perro atado a la rueda estaba tumbado al sol, jadeando. En el zaguán una muchacha envuelta en harapos, de hermosos y azorados ojos, alargaba su mano a Isabel pidiéndole una limosna.
 Reinhard metió su mano en el bolsillo, pero Isabel adelantóse y vació presurosa todo el contenido de su bolso en la mano abierta de la mendiga. Luego volvióse precipitadamente y Reinhard oyó como subía la escalera sollozando.
 Un instante pensó en retenerla, pero luego desistió de ello y se quedó junto a la escalera. [...]
 Un instante después, volviéndose, se fue a su aposento. Se puso a trabajar, pero sus ideas no fluían. Lo intentó casi durante una hora, mas en vano. Luego, bajó al salón de la casa. Nadie estaba allí; reinaba una semiobscuridad; en la mesa de costura de Isabel había una cinta encarnada, que llevaba puesta esa tarde. La tomó Reinhard, pero como le causara cierto dolor, volvió a dejarla donde se encontraba antes. Estaba inquieto. Fuése hacia el lago y desamarró el bote. Remando, remando, recorrió repetidas veces el mismo camino que había hecho con Isabel aquella tarde.
 Cuando regresó a la casa, había obscurecido. En el patio encontró al cochero que conducía los caballos a la cuadra; los viajeros habían vuelto ya. [...] Permaneció como dudando unos segundos y luego subió con paso quedo la escalera que conducía a su habitación. Allí, sentóse en un sillón junto a la ventana. [...]
 Así permaneció sentado durante unas horas hasta que, levantándose, se asomó a la ventana. El rocío de la noche goteaba entre las hojas; el canto del ruiseñor había cesado ya. [...]
 Como volviendo en sí, Reinhard fue a sentarse a la mesa. A tientas buscó un lápiz y cuando lo hubo encontrado, empezó a escribir en una blanca hoja de papel. Al terminar, dejó allí el papel y, tomando su sombrero y bastón, abrió cuidadosamente la puerta y descendió al zaguán...
 El crepúsculo matutino llenaba con su semiobscuridad todos los ángulos. El gran gato de la casa, estirándose sobre la estera, erizaba su lomo bajo la mano, que él impensadamente le alargó. Allá fuera, en el jardín, los gorriones se movían en el ramaje y con su algarabía parecía como si quisieran  anunciar al mundo que la noche ya había transcurrido. Dentro de la casa se oyó como si se abriera una puerta. Alguien descendía por la escalera y cuando Reinhard alzó los ojos, se encontró enfrente de Isabel, quien puso su mano sobre el brazo de Reinhard. Después movió los labios, pero hasta él no llegó el sonido de su voz.
 -¡No volverás jamás! -dijo ella por fin-. No mientas, bien lo sé. ¡Tú no volverás jamás!
 -Jamás... -repuso él.
 Retiró Isabel dulcemente su mano y no añadió ninguna otra palabra. Atravesando el zaguán llegó Reinhard a la puerta. Volvió la cabeza, todavía. Ella permanecía en el mismo sitio y le miraba con ojos inanimados. Alargando los brazos, hizo Reinhard un paso hacia ella, pero volviéndose con violencia traspuso la puerta y salió al exterior...
 El mundo se bañaba en la fresca luz de la mañana y las gotas de rocío, que habían quedado prendidas en las telarañas, centelleaban a los primeros rayos del sol. Reinhard no volvió la cabeza; marchaba presuroso y cada vez quedaba más atrás el bosque espeso. Delante de él se abría el mundo dilatándose, grande, anchuroso...»
    [El texto pertenece a la edición en español de Espasa Calpe Argentina, 1948. Depósito dispuesto por la ley nº 11.723.]

miércoles, 2 de agosto de 2017

"Carreteras secundarias".- Ignacio Martínez de Pisón (1960)


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3

«-Guisantes, espárragos, mayonesa, tres latas de aceitunas rellenas -anunciaba Paquita, abarcando con un contenido de la cabeza el contenido de aquellas bolsas.
 Mi padre al principio protestaba, aunque está claro que lo hacía más por cortesía que por otra cosa, como cuando un invitado se presenta en una cosa con un ramo de flores o una botella de vino y el anfitrión le dice: "Pero, ¿por qué te has molestado?".
 -¡Mira que eres antiguo! -le replicaba Paquita-. Cuando se roba para comer no es delito.
 Desde luego, todos los escrúpulos de mi padre se esfumaban en cuanto extendíamos todos aquellos botes y aquellas latas sobre la mesa de la cocina. Esos alimentos podían ser robados, pero yo puedo aseguraros que los escrúpulos no quitan el apetito. Mi padre entonces zampaba como el que más.
 -¡Están buenos estos guisantes! -exclamaba con la boca llena de guisantes robados. 
Paquita tuvo bastante que ver con ese cambio del que ya os he hablado, el cambio experimentado por mi padre, y yo creo que, si no hubiera sido por su influencia, tal vez no se habría decidido a dar el paso que entonces dio. Fue en Almacellas donde empezamos a vivir de nuestro teléfono. Tal como suena: de nuestro teléfono. Eso, aunque yo no lo supe hasta varios meses después, tiene un nombre, y el nombre es locutorio clandestino.
 Nosotros teníamos montado en casa un locutorio clandestino, pero no penséis que eso era una cosa del otro mundo. Era sólo un teléfono, como el que hay en todas las casas. En la nuestra estaba en el pasillo, y lo único que ocurría era que la gente venía, hacía un par de llamadas y luego nos las pagaba. Pagaban, naturalmente, menos de lo que les habrían cobrado en un teléfono público y con ese dinero mi padre y yo teníamos para vivir. Al cabo de un tiempo nos llegaría la factura, que por supuesto no podríamos pagar, y entonces nos cortarían la línea y ya veríamos lo que haríamos, si quedarnos allí hasta que se nos acabara el dinero o buscarnos otro apartamento con teléfono. Sencillo, ¿verdad? Tan sencillo que no sé por qué no hace lo mismo todo el mundo, quiero decir, todos los que estén como nosotros entonces, sin un duro.
 Aquello, por supuesto, no era como para hacerse rico, pero para ir tirando no estaba nada mal y algunos días conseguíamos hasta ochocientas o novecientas pesetas, lo que a mí me parecía una fortuna. Vosotros diréis: qué estupidez, nadie llamaría desde un sitio así sólo por ahorrarse unas pesetillas. Cierto, pero lo que no sabéis es que aquella zona era eminentemente agrícola y que aquel pueblo, en verano, se llenaba de temporeros del campo venidos del sur. ¿Lo entendéis o no? Nadie venía a nuestro piso para llamar a Lérida, eso está claro. Pero lo de aquellos hombres era otra cosa: ¿verdad que, si tuvierais que pasar tres o cuatro meses lejos de vuestras casas y vuestras familias, llamaríais con frecuencia? ¿Verdad que de vez en cuando os apetecería oír la voz de vuestros hijos y vuestras mujeres? ¿Y verdad que también vosotros procuraríais ahorrar algo de dinero en esas llamadas? Pues eso.
 No me preguntéis cómo surgió la idea, ni si se le ocurrió a Paquita o a mi padre. Bueno, yo supongo que algo tendría que ver la cuenta del teléfono dejada por Estrella. En el fondo, lo que ahora hacíamos no era otra cosa que cumplir las amenazas formuladas aquel día: las amenazas de llamar a Filipinas y a no sé cuántos países lejanos antes de que nos cortaran la línea. No me preguntéis tampoco en qué momento me di cuenta del asunto que mi padre se traía entre manos. El teléfono estaba ahí, en mitad del pasillo, y aquellos hombres venían a casa y llamaban, y a mí me daba la impresión de que eso podía haber sido siempre así, de que podíamos llevar meses o incluso años en ese pueblo viviendo del dinero de las llamadas. Era, por tanto, algo normal, y daba lo mismo que mi padre y yo nunca habláramos de eso: yo lo sabía todo y mi padre sabía que yo lo sabía todo, y las explicaciones sobraban como cuando nos comíamos  los guisantes y los espárragos que Paquita robaba en la tienda de su tía.
 Los temporeros llegaban en un par de furgonetas, esperaban pacientemente en el pasillo o el cuarto de estar, y luego llamaban a su pueblo y se iban por donde habían venido. Eso solía ser a la caída de la tarde, y os podéis imaginar lo extraño que resultaba ver cómo de repente la casa se llenaba de hombres como aquéllos, hombres oscuros y recios que suspiraban como en un velatorio y luego hablaban a gritos por teléfono. Si alguna tarde llegaba alguno nuevo, preguntaba casi siempre por Paquita: debía de ser ella la que se encargaba de captar clientes. Pero Paquita no solía estar en casa a esas horas  y era mi padre el que normalmente atendía a esos hombres, el que les acompañaba hasta el teléfono, calculaba la duración de la llamada y fijaba el precio.
 Creo recordar que las conferencias las cobrábamos a diez pesetas el minuto. Digo cobrábamos porque, cuando mi padre no estaba en casa o estaba ocupado en otro asunto, los temporeros se asomaban al cuarto de estar y me decían:
 -Toma, chico, los veinte duros de mi llamada.
 Me pagaban a mí como si eso fuera un bar y yo fuera el hijo del dueño o uno de los camareros, y yo dejaba el dinero sobre la mesa para que mi padre lo cogiera. Mi padre, por supuesto, lo cogía sin hacer comentarios. Ya he dicho que yo lo sabía todo y que mi padre sabía que yo lo sabía.»