sábado, 21 de septiembre de 2019

Pensamientos.- Blaise Pascal (1623-1662)

 

Resultado de imagen de blas pascalSección II.- Papeles no clasificados
Serie II

«418.-[...] Hablemos ahora según las luces naturales.
 Si existe un Dios, es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni partes ni límites, no tiene relación alguna con nosotros. Somos, por consiguiente, incapaces de conocer ni lo que es, ni si es. Siendo esto así, ¿quién se atreverá a intentar resolver esta cuestión? No seremos nosotros, que no tenemos ninguna relación con él.
 ¿Quién reprochará, por tanto, a los cristianos de no poder dar razón de su creencia, ellos que profesan una religión de la que no pueden dar razón? Declaran al exponerla al mundo que es una necedad, stultitiam, ¡y luego os quejáis de que no la demuestren! Si la probasen incumplirían su palabra. Es faltándoles pruebas como no carecen de sentido. "Sí, pero aunque esto excusa a los que así la presentan, y les exime de la censura de producirla sin razón, no excusa a los que la reciben." Examinemos, pues, este punto. Y digamos: "Dios existe o no existe"; pero, ¿de qué lado nos inclinaremos? La razón nada puede determinar ahí. Hay un caos infinito que nos separa. Se juega un juego en la extremidad de esta distancia infinita, donde saldrá cara o cruz. ¿Qué apostáis? Por la razón, no podéis escoger ni lo uno ni lo otro; por la razón, no os podéis librar de ninguno de los dos.
 No acuséis, pues, de falsedad a los que han hecho una elección, porque vosotros no sabéis nada de eso. "No, pero les censuraré por haber hecho, no esa elección, sino una elección; porque, aunque tanto el que eligió cruz como el otro caigan en falta parecida, ambos incurren en falta; lo justo es no apostar."
 Sí, pero es preciso apostar. No es voluntario, estáis embarcados. ¿Por cuál os decidiréis, por tanto? Veamos; puesto que es necesario escoger, veamos lo que menos os interesa. Tenéis dos cosas que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que comprometer: vuestra razón y vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra felicidad, y vuestra naturaleza dos cosas de que huir: el error y la miseria. Vuestra razón no resulta más perjudicada, puesto que hay que escoger necesariamente, eligiendo lo uno y no lo otro. He ahí un punto resuelto. Pero ¿y vuestra felicidad? Pesemos la ganancia y la pérdida apostando cruz a que Dios existe. Tengamos en cuenta estos dos casos: si ganáis, ganáis todo, y si perdéis, no perdéis nada: apostad, pues, a que Él existe, sin vacilar. "Es admirable. Sí, hay que apostar, pero apuesto quizá demasiado." Veamos; puesto que existe la misma posibilidad de ganar que de perder, si no fuerais a ganar más que dos vidas por una, podríais aún apostar, pero ¿y si pudierais ganar tres? 
 Sería preciso jugar (puesto que estáis en la necesidad de jugar), y seríais imprudentes, estando forzados a jugar, al no arriesgar vuestra vida para ganar tres en un juego en el que hay igual posibilidad de perder que de ganar. Pero hay una eternidad de vida llena de felicidad. Y, siendo esto así, aunque hubiera una infinidad de posibilidades de las cuales una sola fuera para vosotros, tendríais todavía razón de apostar una para tener dos, y obraríais insensatamente, estando obligados a jugar, rehusando jugar una vida contra tres en un  juego en el que de una infinidad de posibilidades hay una para vosotros, si hubiera una infinidad de vida infinitamente feliz por ganar: pero hay aquí una infinidad de vida infinitamente feliz por ganar, una posibilidad de ganar contra un número limitado de posibilidades de perder, y lo que jugáis es finito. Esto anula toda resistencia allí donde esté lo infinito y donde no haya una infinidad de posibilidades de perder contra una sola de ganar. No se puede vacilar, es preciso darlo todo. Y así, cuando se está forzado a jugar, es menester renunciar a la razón para conservar la vida, antes que arriesgarla por la ganancia infinita, tan pronta a llegar como la pérdida de la nada.
 Porque no sirve de nada decir que es incierto que se va a ganar, y que es cierto que se arriesga, y que la infinita distancia que hay entre la certidumbre de lo que se expone y la incertidumbre de lo que se ganará, iguala el bien finito, que ciertamente se expone, al infinito, que es incierto. Esto no es así. Todo jugador arriesga con certidumbre para ganar con incertidumbre; y, sin embargo, arriesga ciertamente lo finito para ganar inciertamente lo finito, sin pecar contra la razón. No existe una distancia infinita entre esta certidumbre de lo que se expone y la incertidumbre de la ganancia: esto es falso. Hay, en verdad, distancia infinita entre la certidumbre de ganar y la certidumbre de perder, pero la incertidumbre de ganar es proporcionada a la certidumbre de lo que se arriesga, según la proporción de posibilidades de ganar y de perder. Y de ahí viene que, si hay tantas posibilidades de un lado como de otro, el partido a jugar es de igual contra igual. Y entonces la certidumbre de lo que uno se arriesga es igual a la incertidumbre de la ganancia; tan necesario es que esté infinitamente distante. Y así, nuestra proposición tiene una fuerza infinita, cuando hay que arriesgar lo finito, en un juego en el que hay parecidas posibilidades de ganar que de perder, y el infinito a ganar.
 Esto es demostrativo, y si los hombres son capaces de alguna verdad, ésta lo es.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de J. Llansó. ISBN: 84-487-0143-7.]

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: