En tierras bajas
«El abuelo nos dejaba jugar.
Sólo hay que dejar
vivir a las golondrinas, son animales útiles, decía. Y usaba la palabra
«dañino» para las mariposas de la col, y «carroña» para los innumerables perros
muertos.
Las orugas, que en
realidad son mariposas, salen de sus crisálidas. Crisálidas pegadas a las
estacas de las vides; algodón ciego.
¿Y de dónde llegó la primera mariposa, abuelo?
Déjate de hacer
preguntas tontas, que eso no lo sabe nadie, y vete a jugar.
Nuestras muñecas
dormilonas en sus vestidos limpios y almidonados sobre las camas de los
dormitorios deshabitados.
Desde la noche de
bodas de mamá nadie ha vuelto a respirar en esas camas.
Y estábamos tan
cansados que tu padre se durmió en cuanto hubo vomitado en el water. No me tocó
en toda la noche, dijo mamá con una risita solapada y enmudeció.
Era mayo, y aquel
año ya teníamos cerezas. La primavera había llegado muy pronto.
Fuimos a recoger
cerezas, tu padre y yo. Y nos peleamos mientras las recogíamos, y en el camino
de vuelta a casa no intercambiamos ni una palabra. Tu padre tampoco me tocó
mientras recogíamos cerezas en el enorme viñedo sin gente. Se plantó como una
estaca a mi lado y no paraba de escupir huesos de ciruela húmedos y viscosos, y
en ese momento supe que me daría muchas palizas en la vida.
Cuando llegamos a
casa, las mujeres del pueblo ya habían llenado canastas enteras de pasteles, y
los hombres acababan de matar un hermoso novillo. Las pezuñas yacían sobre el
estiércol. Las vi cuando entré en el patio por el portón.
Me fui a llorar al
desván para que nadie me viera, para que nadie supiese que no era una novia
feliz.
En ese momento
quise decir que no quería carne, pero había visto el novillo sacrificado y el
abuelo me hubiera matado.
Un acceso de tos
sacude la cabeza de mamá y le arranca saliva de la boca. El cuello se le arruga
por el esfuerzo. Es corto y grueso. Alguna vez debió haber sido bello, antes de
que yo existiera.
Desde que yo
existo, los senos de mamá son fláccidos, desde que yo existo, mamá está enferma
de las piernas, desde que yo existo, mamá tiene el vientre caído, desde que yo
existo, mamá tiene hemorroides y las pasa negras y gime en el retrete.
Desde que yo
existo, mamá habla de mi gratitud como hija y rompe a llorar y con las uñas de
una mano se rasca las uñas de la otra. Tiene los dedos duros y agrietados.
Sólo cuando cuenta
dinero se le ponen lisos y flexibles como a las arañas cuando tejen su tela.
Mamá guarda el
dinero en el dormitorio, en el tubo de la estufa de azulejos. Papá siempre le
pide dinero cuando quiere comprar algo. Y cada día quiere comprar algo y cada
día le pide dinero, porque todo cuesta. Y mamá le pregunta cada noche qué ha
hecho con el dinero, qué ha vuelto a hacer con todo ese dinero.
Cuando mamá va a
sacar dinero, no levanta las persianas de las ventanas. Enciende la luz en
pleno día y el candelabro de cinco brazos alumbra desde una sola bombilla
opaca. Sus otros cuatro brazos son ciegos.
Mamá habla en voz
alta cuando cuenta el dinero; así puede percibir mejor los billetes con las
manos y los ojos. Siempre cuenta billetes de cien leis y de rato en rato se
ensaliva la punta de los dedos.
Tiene las manos
agrietadas y en verano se le ponen verdes como las plantas con las cuales
trata.
En las tardes de
primavera mamá me trae acederas en su bolsillo cuando vuelve de arrancar
cardos, y en verano, un enorme girasol.
Yo me instalo en el
patio interior y me pongo a comer las pepitas junto con las gallinas. Y
recuerdo el cuento en el que una niñita les daba de comer primero a sus
animales y después comía ella misma. Y la niñita se convirtió luego en
princesa, y todos los animales la querían y ayudaban. Y un buen día el hijo de
un rey, rubio y guapo, la tomó por esposa. Y fueron la pareja más feliz del
mundo.
[…]
Crónica de pueblo
Desde que en el
pueblo sólo quedan once alumnos y cuatro maestros, que en su conjunto integran
la llamada escuela primaria, el maestro de educación física enseña también
agronomía. Desde entonces, en las clases de agronomía se practica el salto de
longitud sobre una poza de arena siempre húmeda y lo que se conoce como el juego
de las naciones, en verano con pelotas auténticas y en invierno con bolas de
nieve. En este juego los alumnos se agrupan por países. El que recibe un
pelotazo debe retirarse tras la línea de tiro, y, como está muerto, ha de
seguir mirando hasta que todos los demás jugadores de su país hayan sido
liquidados, o, como se dice en el pueblo, hayan caído por la patria. El maestro
de educación física suele tener problemas a la hora de agrupar a los alumnos.
Por eso, al terminar cada clase se anota a qué país ha pertenecido cada alumno.
El que en la clase anterior pudo ser alemán, deberá ser ruso en la clase
siguiente, y el que en la clase anterior fue ruso, podrá ser alemán en la
siguiente. A veces el maestro no consigue convencer a un número suficiente de
alumnos de que sean rusos. Cuando ya no sabe qué hacer, les dice: sois todos
alemanes y basta. Y como en este caso los alumnos no entienden por qué habrían
de combatir, son agrupados en sajones y suabos.
En verano, los
alumnos también tienen tinta roja, y tras caer abatidos a tiros, se pintan
manchas coloradas en la piel y en la camisa.
El maestro de
educación física, es decir el director de la escuela, que además enseña música
y alemán, también se hizo cargo hace unos días de las clases de historia, pues
aquel juego es igualmente idóneo para la clase de historia.
Junto a la escuela
queda el parvulario, donde los niños cantan canciones y recitan poemas. En las
canciones se habla de excursiones y cacerías, y en los poemas, de amor a la
madre y a la patria. A veces, la maestra del parvulario, que aún es muy joven
-lo que en el pueblo se llama una mozuela- y toca muy bien el acordeón, enseña
a los niños canciones de moda en las que aparecen palabras inglesas como darling y love. Resulta que a veces los chiquillos pellizcan a sus compañeras
debajo de la falda o las miran por la angosta rendija de la puerta del retrete,
algo que la maestra llama una vergüenza. Como esto suele ocurrir de vez en
cuando, en el parvulario también se celebran reuniones de padres de familia, que
en el pueblo se llaman diálogos con la maestra. En ellas, la maestra da a los
padres una serie de indicaciones -que en el pueblo se llaman consejos- sobre cómo
castigar a sus hijos. El castigo más recomendado y que se adapta a cualquier
falta, es el arresto domiciliario. Durante una o dos semanas se le prohíbe al
niño salir a la calle cuando vuelve a casa del parvulario.
Junto al parvulario
está la plaza del mercado. En ella se compraban y vendían hace años ovejas,
cabras, vacas y caballos. Ahora vienen una vez al año, en primavera, unos
cuantos hombres embozados de los pueblos vecinos y traen en sus carros cajas de
madera con lechones. Los lechones sólo se venden y compran por parejas. Los
precios no dependen tanto del peso como de la raza, que en el pueblo se llama
calidad. Los compradores traen consigo a algún vecino o pariente y examinan la
constitución del cochinillo, que en el pueblo se llama físico: si tiene patas,
orejas, hocicos o cerdas largas o cortas, o si tiene la cola enroscada o estirada. Si no
quiere venderlos a mitad de precio, el vendedor tendrá que encerrar de nuevo en
su caja de madera aquellos lechones con manchas negras o distinto color de
ojos, que en el pueblo se llaman lechones de mal agüero.
[…]
Desde que el pueblo
se ha ido reduciendo debido a que la gente emigra, como mínimo, a la ciudad,
las fiestas mayores son cada vez más grandes y los trajes regionales cada vez
más solemnes, al punto de que los periódicos no pueden por menos de describir pormenorizadamente
la fiesta mayor de cada pueblo, que en los periódicos se llama, si no
localidad, al menos sí municipio. Como la fiesta mayor de cada pueblo se
celebra en un domingo distinto, todas las parejas de un pueblo van, antes o
después de su propia fiesta mayor -que en el pueblo se llama verbena-, a la
fiesta mayor del pueblo vecino, lo que en el pueblo se llama hacer tercio. Pero
como en el Banato todos los pueblos son pueblos vecinos, en todas las fiestas
mayores participan las mismas parejas, los mismos espectadores y la misma banda
de música. La juventud de todo el Banato acaba conociéndose gracias a esas
fiestas mayores, y a veces hasta se llega al matrimonio entre gente de pueblos
distintos, siempre que los padres se dejen convencer de que los novios, pese a no
ser del mismo pueblo, son, no obstante, alemanes.
Junto a la
peluquería queda la cooperativa de consumo, que en el pueblo se llama tienda y,
en una superficie de cinco metros cuadrados, ofrece ollas, pañuelos de cabeza,
mermelada, sal, barragán, pantuflas y una pila de libros de los primeros años
sesenta. La vendedora es diabética y, sin duda, del pueblo vecino, porque allí hay
una pastelería y existe el nombre Franziska.»
[El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2009, en traducción de Juan José del Solar, pp. 12-14, 84-85 y 87. ISBN: 978-84-9841-092-1.]
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