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domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


sábado, 20 de abril de 2019

El faro de la última orilla.- Stephen Marlowe (1928-2008)


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Capítulo 46

«Mi nombre es Nola May Frederick. La familia, exceptuando algunas veces a Tom, siempre me ha llamado Nola. Sin embargo, he tenido que soportar muchos nombres diferentes durante mi infancia, después de que el tío Thaddeus me mandara a la Tarr School, en Baltimore. No trato de condenarlo. Sólo fue mala suerte el que mis padres murieran en un accidente náutico en Hampton Roads y él se convirtiera en tutor mío. No era motivo para que dejase de andar divirtiéndose por todo el mundo. Él consideró que me dejaba en buenas manos, siquiera fueran un tanto experimentales.
 La Tarr School podía ser experimental (tenía alumnos de ambos sexos, aun cuando fuera de las horas de clase estábamos rigurosamente separados, por lo menos en teoría), pero no era tan experimental en su dedicación a los clásicos. Se empezaba pronto con el latín. Por la época en que comenzaron a ser visibles mis primeras curvas femeninas -las cuales también empezaron pronto-, habíamos llegado al verbo nolle, que suena como Nola y significa "no querer", cosa que me hizo ganarme el apodo de "la-señorita-prefiero-que-no". Yo opté por no hacerme la agraviada y pedí que me llamaran con el nombre más cordial de Nolie-May. Pero una compañera de clase, jugando con el noli me tangere, transformó mi apodo en "la-señorita-no-me-toques", y después de eso casi no hubo ya ningún chico que no lo intentara, tocarme, claro está. Mi siguiente idea, la de llamarme sencillamente May, no funcionó mejor. ¡Al parecer, sonaba como si estuviera dando permiso!* Por esta razón decidí rotundamente que mi nombre sería Freddie. Lo respaldé con enérgicas palabras anglosajonas y con mis puños, cuyo empleo me había enseñado el tío Thaddeus cuando se enteró de mis tribulaciones.
 No fue esto solo lo que me enseñó el tío Thaddeus. Durante las vacaciones escolares puso empeño en estar en su plantación, llamada Panchatán, sobre el río Chickahominy, cerca de Williamsburg. Allí aprendí yo a montar a caballo -a la amazona y a la jineta-, a nadar, a jugar a esgrima e incluso a manejar armas de fuego. El tío Thaddeus me enseñó lo que él sabía hacer, en suma, y confió en que "las cosas de las chicas" ya las pescaría yo de alguna otra manera. Él bebía mucho y era hombre de fuerte genio e irascible y creo que me quería tanto como yo a él.
  Cuando llegaron noticias de su muerte a los territorios de Iowa me sentí más huérfana que la primera vez.
 La plantación pasó al único hermano superviviente, mi tío Thomas, el cual también heredó mi tutela. Eso significaba que se había acabado la Tarr School. Continué mis estudios en la ecléctica biblioteca que dejó el tío Thaddeus y en los libros que mis primos traían a casa de sus colleges. Mis primas me enseñaron "las cosas de las chicas", aunque encontraba un tanto absurdo que me llamaran "señorita" si yo era tan alta como el tío Thomas. Algunas veces, cuando la añoranza por el tío Thaddeus hacía más mella en mí, cogía un caballo y un fusil y salía a cazar por los bosques de Panchatán. Mis primas me calificaban de muchachote imposible, pero secretamente me tenían envidia. Incluso mis primos varones estaban impresionados por mi manera de romper botellas puestas en la valla a cincuenta metros de distancia con un rifle del 22 defectuoso. Mi primo favorito, Thomas Jr., que sólo era dos años mayor que yo, acostumbraba decir que yo habría tenido que ser chico, y añadía también: "Por mi parte, estoy hondamente complacido de que no lo seas."
 El tío Thaddeus me dejó sólo una pequeña caja de marinero llena de fragmentos de cerámica de la isla de Panchatán, aquel lugar remoto del cual había derivado su fortuna y el nombre de la plantación. Me di cuenta de alguna manera de que aquel legado excéntrico equivalía a una prueba de su confianza en mi capacidad y mis recursos.
 Por lo demás, decir que el tío Thaddeus me dejó solamente la caja de trozos de cerámica no es enteramente exacto, porque me legó también una carta depositada en un bufete de abogados de Baltimore que habría de ser abierta a mi mayoría de edad, acontecimiento que pasó desapercibido, ya que acaeció poco después de que mi tío Thomas -Thomas W. Frederick Sr.- y mis primos Thad, Lizzy y Ginny fueran asesinados en sus camas por un asaltante desconocido. El primo Tom escapó de este destino porque estaba ausente en el colegio Wiliiam&Mary, estudiando derecho y yo me salvé porque como había luna llena aquella noche, decidí salir a galopar en la yegua de Tom, Jewelweed, por el camino de sirga.
 ¡Pobre primo Thomas! Después de cavilar más de lo que le convenía, liberó a los esclavos y vendió la plantación (a un tipo desagradable de Richmond llamado Allan) y tomó disposiciones en mi favor (una lucida cuenta bancaria y su original yegua Jewelweed), y luego determinó marcharse a Panchatán para informarse del origen de las cerámicas que habían sido robadas durante la terrible noche de la muerte de su familia.
 Vinieron las cosas de modo que yo fui a Baltimore no mucho después que Tom; él a buscar un pasaje en un barco que zarpaba para el mar del sur de la China, y yo, a reclamar mi carta ante los abogados del tío Thaddeus.
 Tenían éstos el bufete en el Distrito Cuarto. Después de haber obtenido hora para aquella tarde, salí, dado que era día de elecciones, a ver los festejos que rodeaban a las votaciones para miembros del Congreso. Al comprobar enseguida que los festejos consistían básicamente en reyertas de borrachos, me fui -impelida por la nostalgia- a visitar la Tarr School. Pero ésta ya no se encontraba en su sitio ni había nadie que la recordase en la vecindad, en la misma cumbre de Hamstead Hill, donde se alza ahora un hospital. Las ciudades cambian muy deprisa.»
 
 *El verbo may, en inglés, expresa multitud de conceptos relacionados con la concesión, la autorización, la conformidad, etc. (N. de la T.) 
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1997, en traducción de Mª José Buxó-Dulce Montesinos. ISBN: 84-08-46230-X.]

sábado, 30 de marzo de 2019

L'Arrabbiata y otras narraciones.- Paul von Heyse (1830-1914)


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L'Arrabbiata

«-Anda, niña, ven -dijo el sacerdote-. Antonino es un buen muchacho y no piensa enriquecerse con tu miseria. Ven aquí, salta -y le tendió la mano-, y siéntate a mi lado. Mira, ¿ves?, ha extendido su chaqueta para que te sientes con más comodidad. Conmigo no ha sido capaz de hacer eso. Pero la gente joven es así; por una mocita se afana más que por diez religiosos. Vamos, vamos, no necesitas disculparte, Tonino. Está dispuesto así por Dios: cada uno se preocupa por sus iguales.
 Entre tanto, Laurella había saltado dentro y se había acomodado sin decir palabra, después de haber apartado a un lado la chaqueta. El joven barquero esperó a que hubiese terminado, mascullando algo entre dientes. Luego empujó con fuerza en el muelle, y la pequeña lancha se deslizó libremente por las aguas de la bahía.
 -¿Qué traes aquí, en ese paquete? -dijo el sacerdote, mientras ella contemplaba fijamente el mar, que resplandecía ya bajo los primeros rayos del sol.
 -Seda, hilo y un pan, padre. La seda la venderé a una mujer de Capri, que se dedica a tejer cintas y cordones, y el hilo a otra.
 -¿Devanaste tú misma la seda?
 -Sí, señor.
 -Si mal no recuerdo, tú aprendiste también a tejer cintas.
 -Sí, señor. Pero mi madre está otra vez peor y no puedo salir de casa; además no podemos pagar un telar útil y de buena calidad.
 -¿Está peor tu madre? ¡Vaya por Dios! Pues cuando estuve a veros por Pascua, ella estaba levantada.
 -Sí, pero la primavera es la peor estación del año para ella. Desde que tuvimos los grandes temporales y los terremotos ha tenido que permanecer echada, a causa de los dolores.
 -No dejes de rezar y de pedirle a la Santísima Virgen que interceda por ella, hija mía; y sé buena y animosa, para que tu oración sea atendida -y después de una pausa-: Cuando te acercabas por la playa te gritaron: "¡Buenos días, Arrabbiata*!". ¿Por qué te llaman así? Ése no es un nombre digno de una chica cristiana, que debe ser siempre dulce y paciente.
 El moreno rostro de la muchacha enrojeció y sus ojos relampaguearon.
 -Se burlan de mí porque no bailo, ni canto, ni doy tanto palique como otras. Que me dejen en paz; yo no me meto con ellos.
 -Sin embargo, tú tendrías que ser amable con todos. Que bailen y canten otras, cuya vida es más regalada que la tuya. Pero dar una palabra amable, también es conveniente para una persona afligida.
 Bajó ella los ojos y frunció las cejas, cual si quisiera ocultar así su negra mirada. Bogaron en silencio un buen rato; el sol resplandecía, magnífico, sobre las montañas, y la cumbre del Vesubio sobresalía por entre los jirones de la niebla que envolvía aún sus laderas, mientras las casas de la llanura de Sorrento deslumbraban de blancura entre los verdes naranjos.
 -Laurella, ¿no has vuelto a saber nada de aquel pintor, aquel napolitano que quiso casarse contigo? -preguntó el cura.
 Negó ella con la cabeza.
 -Entonces comenzó a pintarte un cuadro. ¿Por qué le rechazaste?
 -Y ¿para qué querría él hacer eso? Hay otras mucho más bonitas que yo. Y después, quién sabe a lo que hubiera llegado; mi madre dijo que podía hechizarme con eso y perjudicar mi alma, o incluso llevarme a la muerte.
 -No creo que fueran cosas tan lamentables -dijo gravemente el sacerdote-. ¿No estás siempre en manos de Dios, sin cuya voluntad no caerá ni un solo cabello de tu cabeza? Y ¿ha de ser más fuerte que el Señor un hombre con un cuadro? Además, bien podías tú ver que te quería bien. De otro modo, ¿cómo hubiera querido casarse contigo?
 Ella callaba.
 -¿Por qué le rechazaste, di? Era un buen muchacho, un chico como Dios manda, y hubiera podido sosteneros a ti y a tu madre mucho mejor de lo que tú puedes ahora, tejiendo y devanando seda.
 -Nosotras somos pobres -dijo con vehemencia-, y mi madre está enferma desde hace mucho tiempo. Habría sido una carga para él. Además, yo no valgo para casarme con un señorito; cuando sus amigos hubiesen ido a verle se habría avergonzado de mí.
 -¿Qué estás diciendo? Yo te digo que él era un hombre muy cabal. Y por si fuera poco, quería mudarse a Sorrento, para vivir allí. No, no volverá tan pronto una persona así, como caída del cielo, para ayudaros.
 -¡No quiero marido nunca, jamás! -dijo ella, tercamente y como ensimismada.
 -¿Es que has hecho voto o quieres entrar en un convento?
 Ella negó de nuevo con la cabeza.»
 
*La rabiosa, la huraña.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Rafael de la Vega. ISBN: 84-7530-313-7.]