martes, 26 de febrero de 2019

Las sesiones del Zaragocí. Relatos picarescos (maqamat).- Abu t-Táhir, el Zaragozano (s. XII)


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Maqama XXVI: la de los necios

«Narró al-Mundir ibn Humam:
Refirió as-Sa'ib ibn Tammam:
Estaba yo con el flamante vestido de la juventud, con la bruñida espada de la energía; no conocía sino favores y no estaba habituado a otra cosa que ciencias y saberes. Me iluminaba con el candil de mi discernimiento y surcaba las sendas y caminos del buen proceder. Cierta noche, en que estaba con unos amigos relucientes como estrellas y frondosos como ramas, habiéndonos ahitado en los pastos y vergeles de la literatura y habiéndonos abrevado en las albercas de la amistad, cuando el perro había calmado sus gañidos y elevado sus estertores, plegado su hocico y recogido su mal agüero, cuando las moñas de la noche habían ya encanecido, dominadas sus fortalezas, con su negrísima veste, trocado su juventud en madurez, cuando el guía de las estrellas había quedado perplejo, dormido el enfermo, nadado el que en ellas se sumergía, pacido en ellas el ganado suelto, extenuado el fatigado y aminorado su marcha, mientras nosotros hablábamos largamente de diversos asuntos y especies, yendo de uno a otro, he aquí que oímos unos golpes en la puerta que nos hicieron vestir la coraza de la precaución, nos hicieron temer por nuestra seguridad e hicieron conmoverse a lo oculto. Fuimos hacia allí diciendo:
 -¿Quién es el que llama y golpea de noche la puerta, ése que surge y se oculta?
 Oímos entonces una voz misteriosa y una demanda instruida:
 -¿Tenéis a bien acoger a un hombre aturdido, a un amigo que no es traidor ni mentiroso, que desea un hogar y una morada, que se contenta por esta noche con una casa, un sable golpeado por las vicisitudes, un corcel humillado por viajes nocturnos y senderos, a quien los días han traído avatar tras avatar, y que ha recorrido verdades y absurdos, que ha sido frecuentado por sillas y bastos de camello, que ha sufrido repetidas sequías y yermos? Tal vez así encontréis disfrute en lo insólito de su conversación, descubráis a una persona noble y bondadosa, y podáis intimar con alguien afable y familiar, alguien que se oculta en el cubil de su empeño. ¿Acogéis a un forastero despojado, a un literato de gran sagacidad, que trocará vuestras noches en días, que os hará recoger las flores de su discurso, y recolectar el mirto y el bahar [planta aromática] de sus sucedidos? Sus historias no aburren, ni sus moralejas son de desdeñar. Trabad amistad con alguien cuya camella fuerte se ha detenido, que os ha traído su cordialidad, que os ha tendido su mano, que ha esperado reposo en vosotros. Trabad amistad con éste a quien el destino ha cortado los vínculos, alejado a sus seres queridos, que ha quedado como proscrito en su tiempo, como vagabundo de sus anhelos. No lo llevan sino sus pies, no lo acompaña sino su propia necesidad. Cuando llegue la aurora se habrá terminado el plazo [de mi estancia entre vosotros]. Cuando se haga la luz de la mañana, habréis obtenido el provecho.
 Así dijo. Nos sentimos felices por ser así el visitante necesitado que llamó a nuestra puerta. Le dispensamos nuestra hospitalidad, encontramos dignas de elogio sus correrías nocturnas, y nos quedamos departiendo con él de un asunto tras otro, escudriñando su resplandor no desleal ni engañoso. No cesamos de caminar y tropezar en los flecos de la conversación, hablando ora en prosa, ora en verso, asombrándonos de lo bondadoso que con él había sido el destino y de cómo se había cebado en él luego la miseria, no habiéndole tocado en suerte ningún beneficio en sus días, ni habiendo logrado ningún provecho de su tiempo. Al despuntar la aurora, exhalar sus últimos estertores los candiles, romper el alba y poder distinguirse el hilo*, nos venció la somnolencia, enmudecieron nuestras lenguas, nos cubrió con su manto el sopor, que jaleó hacia nosotros sus caballerías y sus soldados. Él se nos había mostrado, entre sus cualidades, como hombre honesto, nos había revelado el pozo pleno de su saber, hasta el punto de que nos hizo sentir por él un afecto familiar, y su bondad nos llevó a apreciarlo, e incluso a prometerle grandes cosas y a destinarle lo escogido de nuestra generosidad. Confiamos ciegamente en él, cosa que él no hizo. Nos dormimos en tal confianza, pero él no durmió. Cuando el sueño se había apoderado de nosotros, dejando caer su dulzura sobre nuestros ojos, él se deslizó reptando como la somnolencia, voló con el alcaraván, lanzó su mano sobre ropajes y objetos preciosos y quebró todos los sellos y candados. Dejó una nota que decía:
¡Oh, quien vaga errante en las tinieblas y en la oscuridad, / quien asciende de lo profundo a las cimas!
Mándale la paz y mis saludos a as Sa'ib, / aunque más merece la guerra que la paz,
y dile:¡Cuántas veces te has visto vencido por el sopor, / cuando la aurora surge y cae sobre las tinieblas,
y te ha traicionado la paz y la tregua! / ¡Y cuántas veces te ha engañado Salmà en Du Salam!
Si temes a la espada de la perdición / precávete también, no te alcance la perdición, contra la pluma.
Pues ambas son tajantes en sus insidias, / y certeras con sus flechas y sus dardos.
¡Cuán arduo me ha sido, pues afecto te tengo, / dejarte el dolor de mi maldad!»
 
*Práctica, ésta, la de distinguir un hilo blanco de uno negro, prescrita por el Alcorán para fijar el comienzo del día o de la noche.
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Prensas Universitarias de Zaragoza, 1999, en traducción de Ignacio Ferrando. ISBN: 84-7733-508-7.]
 

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