domingo, 9 de octubre de 2016

"El trovador".- Antonio García Gutiérrez (1813-1884)

 
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Jornada tercera (La gitana). Escena primera
 
Manrique: Mi objeto era el de haceros feliz… las montañas de Vizcaya no podían suministrar a mi ambición recursos para elevarme a la altura de mis ilusiones. Seguí a don Diego hasta Zaragoza porque se decidió a protegerme; y yo decía para mí: “Algún día sacaré a mi madre de la miseria”, pero vos no lo habéis querido.
Azucena: No, yo soy feliz; yo no ambiciono alcázares dorados; tengo bastante con mi libertad y con las montañas donde vivieron siempre nuestros padres.
Manrique: ¡Siempre!
Azucena: Pero, hijo mío, la pobreza tiene muchos inconvenientes y tu familia los ha experimentado muy terribles.
Manrique: ¿Mi familia?
Azucena: Nada me has preguntado nunca acerca de ella.
Manrique: No me he atrevido... No sé por qué se me ha figurado que me habíais de contar alguna cosa horrible.
Azucena: Tienes razón, ¡una cosa horrible! Yo, para recordarlo, no podría menos de estremecerme… ¿ves esa hoguera? ¿Sabes tú lo que significa esa hoguera? Yo no puedo mirarla sin que se me despegue la carne de los huesos, y no puedo apartarla de mí, porque el frío de la noche hiela todo mi cuerpo.
Manrique: Pero, ¿por qué os habéis querido fijar en este sitio?
Azucena: Porque este sitio tiene para mí recuerdos muy profundos… desde aquí se descubren los muros de Zaragoza… éste era, éste, el sitio donde murió.
Manrique: ¿Quién, madre mía?
Azucena: Es verdad, tú no lo sabes y, sin embargo, era mi madre, mi pobre madre, que nunca había hecho daño a nadie. Pero ¡dieron en decir que era bruja…!
Manrique: ¿Vuestra madre?
Azucena: Sí: la acusaron de haber hecho mal de ojo al hijo de un caballero, de un conde. No hubo compasión para ella y la condenaron a ser quemada viva.
Manrique: ¡Qué horror! Bárbaros… y, ¿lo consumaron?
Azucena: En este mismo sitio, donde está esa hoguera.
Manrique: ¡Gran Dios!
Azucena: Yo la seguía de lejos, llorando mucho, como quien llora por una madre. Llevaba yo a mi hijo en los brazos, a ti; mi madre volvió tres veces la cabeza para mirarme y bendecirme. La última vez, cerca del suplicio… allí, me miró haciendo un gesto espantoso y con una voz ahogada y ronca me gritó: “¡Véngame!” ¡Aquella palabra! No la puedo olvidar, aquella palabra… se grabó en mi alma, en todos mis sentidos, y yo juré vengarla de una manera horrorosa.
Manrique: Sí, y la vengasteis… ¿es verdad? Tendría un placer en saberlo. Mil crímenes, mil muertes no eran bastantes.
Azucena: Pocos días después tuve ocasión de conseguirlo. Yo no hacía otra cosa que rodear la casa del conde que había sido causa de la muerte de aquella desgraciada… Un día logré introducirme en ella y le arrebaté el niño y dos minutos después ya estaba yo en este sitio, donde tenía preparada la hoguera.
Manrique: ¿Y tuvisteis valor…?
Azucena: El inocente lloraba y parecía querer implorar mi compasión…Tal vez me acariciaba… Dios mío, yo no tuve valor… yo también era madre… (Llorando.)
Manrique: Y, ¿en fin?
Azucena: Yo no había olvidado, sin embargo, a la infeliz que me había dado el ser; pero los lamentos de aquella infeliz criatura me desarmaban, me rasgaban el corazón. Esta lucha era superior a mis fuerzas y bien pronto se apoderó de mí una convulsión violenta… yo oía confusamente los chillidos del niño y aquel grito que me decía: “¡Véngame!”. Pero, de repente y como en un sueño, se me puso delante de los ojos aquel suplicio, los soldados con sus picas, mi madre desgreñada y pálida, que con paso trémulo caminaba despacio, muy despacio, hacia la muerte, y que volvía la cara para mirarme, para decirme, “¡Véngame!” Un furor desesperado se apoderó de mí y desatentada y frenética tendí las manos buscando una víctima: la encontré, la así con fuerza convulsiva, y la precipité entre las llamas. Sus gritos horrorosos ya no sirvieron sino para sacarme de aquel enajenamiento mortal… abrí los ojos, los tendí a todas partes… la hoguera consumía una víctima, y el hijo del conde estaba allí. (Señalando a la izquierda.)”
Manrique: ¡Desgraciada!
Azucena: Había quemado a mi hijo.
Manrique: ¡Vuestro hijo! Pues, ¿quién soy yo, quién…? Todo lo veo”.

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