sábado, 22 de octubre de 2016

"La lluvia amarilla".- Julio Llamazares (1955)


Resultado de imagen de julio llamazares 
  6

 "Por supuesto, jamás le contesté. ¿Qué podía haberle escrito? ¿Contarle que su madre se había muerto y que yo era un fantasma solitario en medio del olvido y las ruinas? ¿Pedirle que olvidara para siempre los nombres de sus padres y el del pueblo en el que él mismo había nacido?
 Eso ya lo sabía. Eso ya debía de haberlo imaginado cuando, después de tantos años, después de tanto tiempo sin preguntar siquiera por nosotros, escribió aquella carta condenada de antemano a no obtener jamás respuesta alguna. El tiempo acaba siempre borrando las heridas. El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas. Uno trata de acostumbrarse a convivir con ellas, amontona silencios y óxido encima del recuerdo y, cuando cree que ya todo lo ha olvidado, basta una simple carta, una fotografía, para que salte en mil pedazos la lámina del hielo del olvido.
 Cuando Andrés se marchó, su madre le lloró como si hubiera muerto. Le lloró como a Sara. Le lloró y le esperó, hasta su propia muerte, lo mismo que a Camilo. Yo, en cambio, el día en que se fue, ni siquiera me levanté de la cama a despedirle.
 Fue un día de febrero, en el cuarenta y nueve, un día gris y frío que ni Sabina ni yo jamás olvidaríamos. La mañana anterior, Andrés nos lo había dicho. En realidad, lo había dicho varias veces a lo largo de aquel último año. Pero aquella mañana, una extraña tristeza en su mirada y en su voz nos advirtió que al fin había tomado la decisión definitiva. Ni su madre ni yo le respondimos. Sabina se escondió a llorar en algún cuarto y yo seguí sentado junto al fuego, inmóvil, sin mirarle, como si no le hubiera oído. Él ya sabía lo que yo pensaba. Se lo había dicho claramente el primer día. Si se marchaba de Ainelle, si nos abandonaba y abandonaba a su destino la casa que su abuelo había levantado con tantos sacrificios, nunca más volvería a entrar en ella, nunca más volvería a ser mirado como un hijo.
 Aquella noche, ni Sabina ni yo conseguiríamos dormirnos. Aquella noche –jamás la olvidaré-, Sabina y yo la pasamos entera sin dormirnos, sin hablarnos, escuchando el lamento de la lluvia en los cristales y contando las horas que faltaban para que despuntara el nuevo día. Antes de amanecer, Sabina se levantó a encender el fuego y a prepararle a Andrés el desayuno. (Por la noche, mientras Andrés y yo cenábamos –uno enfrente del otro, en silencio, sin mirarnos-, ya le había hecho la maleta y la comida para el viaje.) Yo me quedé en la cama, hundido en la penumbra, escuchando la lluvia en los cristales y los pasos de Sabina en la cocina. No tardé en oír también las pisadas de Andrés por la escalera.  Había un silencio extraño dentro de la casa. Un silencio que sólo años después volvería a recordar al quedarme solo en ella tras la muerte de Sabina. Durante largo rato, inmóvil en la cama, inmóvil como ahora (si Andrés volviera a entrar, me encontraría exactamente igual que entonces), escruté aquel silencio tratando de saber lo que pasaba en la cocina. Pero no pude oír nada. Sólo, de vez en cuando, algún murmullo oscuro y desvaído me indicaba, a través de las paredes, que Sabina debía de estar dándole a Andrés los últimos consejos, las advertencias últimas que la emoción de la despedida y la segura presencia de las lágrimas acabarían sin duda convirtiendo en súplicas: escríbenos, no hagas caso a tu padre, olvida lo que te dijo y vuelve siempre que quieras.
 Amanecía cuando escuché la puerta. Al principio, creí que era la puerta de la calle y pensé que Andrés se iba a marchar sin despedirse. Pero los pasos cruzaron el pasillo, subieron  muy despacio la escalera y se pararon finalmente ante este cuarto. Andrés tardó bastante en decidirse. Cuando lo hizo, se quedó quieto al lado de la puerta, mirándome en silencio, sin atreverse siquiera a acercarse hasta la cama. Yo le sostuve unos instantes la mirada y, luego, antes de que pudiera decir nada, me volví y me quedé mirando a la ventana hasta que se marchó.
 La partida de Andrés resucitó la sombras de Sara y de Camilo. La partida de Andrés dejó un vacío tan grande dentro de la casa que, aunque su nombre nunca más volvió a ser pronunciado dentro de ella, tampoco nada ya volvería a ser igual desde aquel día. Era lógico. Con Andrés no se iba sólo un hijo. Con Andrés se iban también las últimas posibilidades de supervivencia de la casa y la única esperanza de ayuda y compañía que, en la vejez cada vez más cercana y más temida, su madre y yo tendríamos un día. Por eso, aquella vez, cuando, al amanecer, Andrés cerró a su espalda la puerta de la casa y se alejó en silencio, en medio de la lluvia, en dirección a la frontera, por el camino viejo de los contrabandistas, los fantasmas de Sara y de Camilo regresaron a la casa para llenar el hueco que su hermano había dejado.
 En realidad, la sombra de Camilo jamás había llegado a desaparecer definitivamente de la casa. Antes por el contrario, vagaba por los cuartos y las habitaciones y, en las noches de invierno, ardía entre los troncos proyectando su aliento a nuestro alrededor. Durante muchos años, habíamos tratado de aceptar aquello que la muerte no podía asegurarnos. Durante muchos años, habíamos tratado de vivir de espaldas al recuerdo y de olvidar incluso la esperanza. Pero es difícil acostumbrarse a convivir con un fantasma. Es muy difícil borrar de la memoria las huellas del pasado cuando la duda alimenta el deseo y acumula esperanzas sobre la negación. La muerte tiene, al menos, imágines tangibles: la tumba, las palabras, las flores que renuevan el rostro del recuerdo y, sobre todo, esa conciencia clara de la irreversibilidad que se asienta en el tiempo y convierte la ausencia en costumbre añadida. La desaparición, en cambio, no tiene límites ni aun para sí misma; no es un estado, sino su negación.
 Al principio, tanto Sabina como yo nos resistimos a admitir aquello que el silencio venía sugiriendo y el tiempo y la razón hacían presagiar. Sabina se negó, de hecho, hasta su muerte y, aunque nunca lo dijo, esperó algún milagro hasta el último día. Pero el milagro era imposible. La guerra terminó, los días y los meses pasaron sin noticias y la resignación fue poco a poco suplantando a la esperanza y la melancolía a la desesperación. Camilo no volvió. Su nombre jamás apareció entre las largas relaciones oficiales de los muertos, pero él nunca volvió. Sólo su sombra regresó a la casa y se fundió en las sombras de las habitaciones mientras su cuerpo se pudría en cualquier fosa común de cualquier pueblo de España y en el recuerdo helado de aquel tren militar que partió una mañana de la estación de Huesca para no regresar más”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: