miércoles, 5 de octubre de 2016

"Camino de sirga".- Jesús Moncada (1941-2005)


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Tercera parte: Ceniza de calendario
III
 “Habéis perdido la guerra, Nelson, y un vencido no puede permitirse la locura de ir por el mundo desdentando administradores a trompazos y menos aún a los del bando ganador –le dijo la viuda al día siguiente después de haberle hecho llamar por una criada-. Esta vez callará. Le he dicho sin rodeos que si busca cizaña le mandaré a freír espárragos. Por ahora no creo que abra la boca entre otras razones porque tiene el morro hecho cisco. ¡Le diste con toda el alma, hombre! Cuando le vi tan ensangrentado pensé que te lo habías cargado… Serénate, anda con pies de plomo. No tengo ganas de perder a mi mejor patrón cuando más lo necesito. ¡Ya está bien de desastres! No quiero saber nada de vuestras historias. Colectivizasteis la cuenca, queríais hacer la revolución pero no me tocasteis ni un pelo y yo no tengo ganas de perjudicar a nadie. Quiero abrir las minas lo antes posible y me da igual que los que arranquen el carbón sean rojos o negros, todos tienen que comer. Ahora ocúpate de lo que me has dicho. Después hablaremos de la construcción de los laúdes necesarios para comenzar el transporte de lignito.
 Las palabras le volvieron a la mente mientras navegaba Ebro abajo en la pequeña barca personal de la viuda. Él mismo había elegido a los compañeros tratando directamente con la señora para evitarse problemas con el administrador, piltrafa gemebunda encerrada constantemente en el despacho para no mostrar el ojo izquierdo a la funerala ni la hinchazón de los carrillos. La viuda sólo frunció el ceño oyendo el nombre de Tomás de Xerta, antiguo patrón de los Torres y Camps que siempre la llamaba por los cafés “la vieja zorra de la calle del Timón”. Ante el argumento de Nelson de que Tomás era, y ella lo sabía, un buen patrón a quien después podría darse el mando de un laúd, cedió sin emperrarse. Tan solo murmuró:
 -Dile que puede proclamar que soy una zorra siempre que quiera. Ahora bien, si pretende navegar en mis barcos que se guarde como de caer al río de volver a llamarme vieja.
 Tomás de Xerta no conseguía encontrar trabajo desde su salida del campo de concentración. Los que se habían destacado políticamente durante la Guerra Civil eran arrinconados y la actitud de la viuda de Salleres resultaba excepcional. Los Torres y Camps eran implacables a la hora de las represalias, en la mayoría de los casos por obra de Carlota, aconsejada por Ramón Graells, que hacía y deshacía a espaldas del señor Jaume. Éste, desembarazado de la mujer y con la excusa de la reanudación de los negocios, menudeaba los viajes a la capital por motivos de papeleo y se desentendía de esos asuntos en cualquier caso menos interesantes que la rubia enloquecedora que mantenía en Lérida.
 Amontonados en la barca, pequeña para los cinco y las herramientas que llevaban, navegaban por un Ebro indolente. El agua se deslizaba con indiferencia entre el silencio de trincheras vacías, alambradas carcomidas por la herrumbre, casas deshechas, tierra labrada por las bombas. Tanta porfía y tanta muerte –pensaba Nelson- no habían alterado su paso: las lluvias de otoño y de primavera lo habían hinchado, los calores estivales lo desmedraban pero las aguas no conservaban memoria de la batalla. La memoria era cosa de los hombres; él, el Ebro, era una fuerza insensible a los afanes de aquella gente que le capturaba los peces, le desgarraba con las quillas de las naves o hallaba la muerte en sus entrañas fangosas y frías.
 Guardaban silencio como si todavía les observaran los ojos del brigada y de los dos números. Los guardia civiles se habían presentado repentinamente, cuando acababan de botar la barca y la cargaban con sirgas, poleas y herramientas mientras el alba comenzaba a flamear en los muelles desiertos. No tuvieron más remedio que explicar el asunto con pelos y señales bajo la mirada suspicaz de los del tricornio. Nelson notaba los ojos escudriñadores del brigada intentando penetrarle el pensamiento. Sabía que el guardia era un perro rabioso: se lamentaba, y no se privaba de decirlo, de que los habitantes de la villa no hubieran cometido atrocidades contra los señores y la gente de derechas para poder disfrutar con la venganza, fusilando a la purria minera de la cuenca, tan peligrosa –decía- como la de Asturias. Era su obsesión durante los interrogatorios de los que regresaban de campos de trabajo y de cárceles; se enfurecía no encontrando nada para justificar su delirio de sangre. No eran los asesinos que hubiera deseado sino los perdedores de una guerra que ni siquiera habían comenzado y en la que muchos habían muerto. Entonces comenzaban los gritos, los golpes, las palizas, repetidas por las noches cuando las patrullas dispersaban por las calles los grupos de gente después del toque de queda. Nelson tuvo que demostrar adonde iban con la barca, acompañarle a casa de la viuda. El ama, despertada por las criadas –“¿Qué quiere este imbécil?”-, mandó al diablo al guardia civil sin más contemplaciones.
  Los del tricornio, enfurecidos por la pifia con la señora, cuya influencia en la capital, donde tenía un pariente en un importante cargo ministerial, conocían, les observaron mientras la barca, una sombra azul recortada a contraluz contra el sol de color calabaza, se alejaba de la orilla. Afortunadamente no les llegó, o no entendieron, el murmullo de Tomás de Xerta mientras comenzaba a remar:
 -No fanfarroneaban tanto los del treinta y seis…
 Las palabras del navegante provocaron gruñidos de aprobación del grupo. Se referían a la actitud de los guardias de la villa al producirse la rebelión de los militares en África en julio de 1936. La guarnición se encontró aislada de la comandancia de la zona y los números con sus familias permanecieron encerrados en el cuartel sin saber a qué carta quedarse. Los habitantes, que tenían rodeado el cuartel se cansaron de esperar y comunicaron a los guardias que o tomaban partido inmediatamente o dejaban salir del cuartel a las mujeres y los niños porque iban a volar el edificio. “Una manifestación muy espontánea de lealtad”, comentó con sarcasmo Honorat del Café ante el entusiasmo gubernamental que inflamó a los guardias civiles a la vista de los preparativos para dinamitar el edificio y les hizo salir del cuartel lanzando vivas a la República”.      

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