martes, 18 de octubre de 2016

"Kanikosen. El pesquero".- Takiji Kobayashi (1903-1933)

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IV
  “-Este sitio es un infierno, pero aquí estamos; yo también. –Este último era un pescador que había trabajado en una factoría de Shibaura y así se lo contó a los demás. Pensaba que, para aquellos trabajadores de Hokkaido, era difícil imaginarse un lugar tan “maravilloso” como aquella factoría.
 
 -Con una mínima parte de lo que pasa aquí, en Shibaura ya habrían organizado una huelga –dijo.
 
 Tras ese comentario, todos comenzaron a narrar sus experiencias. “Apertura de nuevas carreteras”, “obra de riego”, “construcción de vías férreas”, “construcción de puertos en tierras ganadas al mar”, “desarrollo de minas nuevas”, “roturación”, “pesca de arenques”, casi todos ellos habían desempeñado alguno de aquellos trabajos.
 
 Cuando la situación estaba en punto muerto en el resto de Japón, porque los trabajadores se habían vuelto “insolentes” y se negaban a aceptar imposiciones, los capitalistas habían extendido sus zarpas ¡a Hokkaido y Karafuto! Ahí podían explotar a sus trabajadores de forma tan despiadada como en las colonias de Corea y Taiwán. Los mismos capitalistas sabían cosas inconfesables de lo que sucedía en esas nuevas colonias, que no se atrevían siquiera a mencionar.
 
 A los peones que trabajaban en la construcción de carreteras y ferrocarriles se les asesinaba en sus barracones con menos ceremonia de la que se usaba para matar a una pulga. Explotados más allá de lo soportable, algunos huían. Si los capturaban, los ataban a una estaca y hacían que caballos les aplastaran bajo sus cascos o dejaban que perros de pelea les mordieran hasta matarlos. Y aquello sucedía a la vista de todos. El ruido que hacía el esternón del desgraciado al romperse era algo que aterrorizaba hasta al peón más valiente. Si el torturado perdía el conocimiento, lo reanimaban echándole agua a la cara, y lo hacían tantas veces como fuera necesario. Al final, los perros los atrapaban entre sus fauces y los zarandeaban con sus poderosos cuellos, como si fueran hatillos hasta que morían. Incluso después de arrojarlo a un rincón, el cuerpo todavía se movía espasmódicamente. También era algo cotidiano recibir quemaduras de un hierro incandescente en las nalgas o palizas con una barra hasta que no podían levantarse. Mientras cenaban, de repente se oía un grito agudo y, al poco, les llegaba un olor apestoso a carne humana quemada. “Lo dejo, lo dejo. Así no se puede comer.” Tiraban los palillos y se miraban unos a otros con semblante sombrío.
 
 Muchos morían de beriberi porque les obligaban a trabajar aunque estuvieran enfermos. Y como no había tiempo que perder, ni siquiera en caso de muerte, dejaban los cuerpos tirados al raso durante días. Muchas veces fuera, en la oscuridad, asomando bajo la estera con la que se tapaba improvisadamente el cuerpo, se veían unos pies de un color mate entre amarillo y negro, que habían encogido hasta parecer los de un niño. “Tiene la cara llena de moscas. ¡Si pasas al lado se te echan encima de sopetón!”, había dicho un hombre al entrar mientras se golpeaba la frente con una mano.
 
 Les hacían salir a trabajar de madrugada cuando aún era de noche. Les obligaban a trabajar hasta que no veían ni sus propias manos y sólo se distinguía el destello azulado de las puntas de sus picos. Envidiaban a los prisioneros que trabajaban en la cárcel que había cerca. Los coreanos eran los que recibían peor trato. Les pisoteaban tanto los propios capataces coreanos como sus compañeros peones japoneses.
 
 De vez en cuando el policía destinado en un pueblo que se encontraba a unos veinte kilómetros de distancia acudía caminando, libreta en mano, a hacer preguntas. Si se le hacía tarde, se quedaba a pasar la noche. Pero nunca iba a ver a los peones. Volvía a casa con la cara enrojecida por el alcohol, a medio camino se paraba a orinar imitando a un bombero y retomaba la marcha farfullando cosas incomprensibles.
 
 Cada traviesa, cada vía férrea de Hokkaido correspondía, literalmente, al cadáver de un peón. Y los bloques de hormigón hundidos para construir los puertos eran los cuerpos de los obreros enterrados en vida como “columnas humanas”. Aquellos trabajadores de Hokkaido eran conocidos como “pulpos”. Los pulpos, para sobrevivir, se comen sus propios tentáculos. ¡Eso eran exactamente! Así surgió esa clase de explotación primitiva que a nada temía. Los dueños recogían beneficios a paladas. Y los racionalizaron hábilmente ligándolo a frases como “desarrollo de la riqueza nacional”. Los capitalistas eran muy astutos. Los trabajadores perecían de hambre o les golpeaban hasta la muerte “en nombre de la nación”.
 
 -Haber vuelto de ahí vivo se lo debo a la ayuda de Dios. ¡Le estoy agradecido! Pero, si muero en este barco, ¿dónde está la diferencia? ¿Qué estoy haciendo? –y se puso a reír de repente. Después, visiblemente sombrío, frunció el ceño y miró para otro lado.
 
 Lo mismo sucedía en las minas. Abrían galerías nuevas en las montañas. Para saber qué tipo de gases podían surgir o si la excavación toparía con obstáculos inesperados, del mismo modo que había hecho Nogi, el dios de los soldados, los capitalistas usaban trabajadores, que se podían comprar más baratos que las cobayas. ¡Más baratos que el papel higiénico! Como si fueran trocitos de atún crudo, colocaban los trozos de carne de obrero uno tras otro para reforzar las paredes de las galerías subterráneas. Ahí, alejados de las grandes ciudades, los capitalistas hacían lo que les placía, y así, a veces, ocurrían cosas terribles. En las vagonetas que transportaban el carbón, a menudo, volvía trozos pegajosos de pulgares o meñiques mezclados entre el mineral. Pero nadie, ni mujeres ni niños, se atrevían siquiera a arquear una ceja ante semejante escena. Les habían acostumbrado a ello y sabían que tenían que empujar las vagonetas hasta la siguiente parada con semblante inexpresivo. Ése era el carbón que movía máquinas gigantescas para producir lo que los capitalistas necesitaban.
 
 Esos mineros, igual que los hombres que han pasado mucho tiempo en la cárcel, tenían las caras amarillas, abotagadas y siempre distraídas. La falta de luz solar, el polvo del carbón , los gases venenosos y la temperatura y presión anormales habían provocado en sus cuerpos un deterioro que era evidente a simple vista”.
 

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