sábado, 8 de octubre de 2016

"El dardo en la palabra".- Fernando Lázaro Carreter (1923-2004)


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1991
Pro y contra los neologismos

 “Una lengua que nunca cambiara sólo podría hablarse en un cementerio. La renovación de los idiomas es aneja al hecho de vivir sus hablantes, al anhelo natural de apropiarse de las novedades que el progreso material o espiritual va añadiendo a lo que ya se posee, y de arrumbar, por consiguiente, la parte inservible de lo poseído. Novedades, claro, que es preciso nombrar, manteniendo como solución frecuente los términos de origen. Muchas veces no sólo atraen los objetos materiales o espirituales nuevos sino también palabras o formas de hablar ajenas que se juzgan preferibles a las propias, por razones no siempre discernibles.
Pero ese movimiento, normal en todos los idiomas, no se produce sin resistencias que surgen entre los hablantes mismos, y que no son menos necesarias en el acontecer idiomático que los impulsos innovadores. Son fuerzas centrífugas, que tendrían efectos dispersadores si no actuaran otras de acción centrípeta que combaten la disolución.
 Normalmente, el flujo de las novedades se produce desde una lengua a otra u otras cuyos hablantes le conceden explícita o implícitamente la condición de líder. Y han sido, históricamente, los más alertados, los más interesados en el progreso quienes han promovido y defendido la innovación. En Roma, fue Horacio quien sostuvo la licitud de emplear términos, sobre todo de origen griego, para poner al día las ideas: “Es lícito y siempre lo fue poner en circulación vocablos recién acuñados”. Y añadía: “Del mismo modo que los bosques renuevan su follaje con la sucesión rápida de los años, así caen las viejas palabras y se ve, según sucede con los jóvenes, cómo florecen y adquieren fuerza las últimas que han nacido”.
 El castellano fue haciéndose lengua útil durante la Edad Media añadiendo al legado latino miles de arabismos que incorporó para nombrar cosas procedentes de aquella civilización entonces superior. Y acogiendo germanismos y galicismos que resultaron de los avatares sufridos por los reinos cristianos en los aspectos militares, administrativos, religiosos y políticos. No hay testimonio de que a este verdadero alud que caía sobre el retoño neolatino se opusiera resistencia alguna; las condiciones culturales no conocían ese tipo de reacción y el idioma recibió esas palabras como parte de su crecimiento natural.
 La aceptación acrítica prosiguió en el Rencimiento; Juan de Valdés, por ejemplo, comentando la abundancia de arabismos, asegura que “el uso nos ha hecho tener por mejores los (vocablos) arábigos que los latinos; y de aquí es que decimos antes alhombra que tapete, y tenemos por mejor vocablo alcrevite que piedra sufre (“azufre”), y azeite que olio”. He aquí, pues, reconocida por Valdés, una causa fundamental del neologismo: el tenerlo por mejor, sin causa clara, que el término propio. No olvida, como era de esperar, la otra causa, más evidente: la necesidad de servirse del término árabe para “aquellas cosas que hemos tomado de los moros”.
 Más adelante, declara su posición ante las voces nuevas, las cuales, para él y en aquel momento, sólo podían ser italianas. Valdés, que interviene con su nombre en su Diálogo de la lengua, enumera algunas que el castellano debería adoptar (como facilitar, fantasía, aspirar a algo, entretener o manejar), por lo que sufre el reproche de otro de los coloquiantes, Coriolano, precoz purista: “No me place que seáis tan liberal en acrecentar vocablos en vuestra lengua, mayormente si os podéis pasar sin ellos, como se han pasado vuestros antepasados hasta ahora”. Otro tertuliano, Torres, interviene con decisión: cuando unos vocablos ilustran y enriquecen la lengua, aunque se le hagan “durillos”, dará su voto favorable y “usándolos mucho”, dice, “los ablandaré”. Un cuarto personaje, Marcio, toma la palabra: “el negocio está en saber si querríades introducir éstos por ornamento de la lengua o por necesidad que tenga de ellos”. A lo que Juan Valdés contesta resolutivamente: “Por lo uno y por lo otro”.
 He aquí, pues, planteado el problema del neologismo a la altura de 1535, bien manifiestas ya las actitudes fundamentales en torno a él que habrán de ser constantes con el correr de los siglos. El Diálogo de la lengua ofrece, además, testimonio muy importante acerca de otro fenómeno que induce la mutación en los idiomas: la sensación de vetustez que rodea a ciertas palabras, y la necesidad que sienten las generaciones jóvenes de sustituirlas por otras de faz más moderna: la que había llevado, por ejemplo, a cambiar ayuso por abaxo, cocho por cozido, ca por porque o dende por de ahí.
 En cuanto a la actitud ante vocablos foráneos, aparte los latinos, apenas hay testimonios del siglo XVII. He aquí lo que pensaba Fray Jerónimo de San José, en su Genio de la Historia, de 1651; aunque la decadencia de nuestra patria era ya patente, todavía permanecía el orgullo imperial. “En España, más que en otra nación, parece que andan a la par el traje y el lenguaje: tan inconstante y mudable el uno como el otro.[…] De todos con libertad y señorío toma, como de cosa suya […]”. Lejos de causar aprehensión, los neologismos constituían un honroso botín.
 Viene, pues, de lejos la preocupación por los vocablos nuevos en la lengua común (en la artística, las fuerzas se manifestaron de otro modo). Muchas y muy preclaras mentes los defendieron en los Siglos de Oro; pero, en general, con una condición: que tales vocablos enriquecieran nuestro idioma o lo ornasen. Lo que ahora no consideran muchos innovadores, que tantas veces obran por incultura y por mera inconsciencia mimética”.    

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